agosto 17, 2000

¿Sin remedio?

Carlos Castillo Peraza
El Universal

Ya casi se iban a su casa los diputados locales prístias de Morelos, cuando decidieron despedirse de la manera menos noble: dando un madruguete, embozados en su agonizante mayoría, para que el gobierno entrante quedara maniatado legislativamente. El acto, artero y desvergonzado, mostró el rostro primitivo del PRI: el de una corporación sin los fundamentos de decencia, sin los que a su vez la domocracia no podrá nunca funcionar. De paso, hay que decirlo, esta decisión ventajosa y mezquina es una invitación a los electores morelenses: la próxima vez, no les dejen ni una curul.

Todavía no nos reponíamos del albazo, cuando los legisladores del PAN hicieron algo análogo en Guanajuato, en materia de penalización excesiva para las mujeres que recurren al homicidio de su hijo aún no nacido, constreñidas por una violación previa de la que se siguió la concepción. Independientemente de la discusión de fondo relativa a este asunto, lo que llama la atención es también el aprovechamiento de la situación y los tiempos para sorprender a los adversarios, dejando de lado formalidades de cortesía que asimismo están en la base de cualquier régimen democrático.

Ahora, es el gobierno del Distrito Federal el que abusa de su postrimera mayoría en la Asamblea Legislativa. No sólo para abrir aún más las puertas al aborto, sino para legalizar la invasión de algunos predios –algunos de ellos reserva ecológica de la maltrecha capital del país–, ocupados nada más y nada menos que por obra y gracia de los miembros del mismo partido que declaró las reservas, promovió su invasión y ahora legalizará el indebido establecimiento de asentamientos humanos en aquellas.

Parece que nuestra flamante democracia con alternancia tiende a convertirse en una democracia de "agandalle".

Una anécdota personal muy reciente alienta mis sospechas al respecto. Hace unos días recibí una llamada "de parte de Vicente Fox". La tomé y cuál no sería mi sorpresa: en el otro extremo de la línea estaba nada más y nada menos que don Porfirio Muñoz Ledo, usuario del nombre del presidente electo para agilizar sus comunicaciones personales. Por supuesto que el pluriex –ex priísta, ex parmista, es perredista, ex parmista de nuevo, ex presidente del PRI y ex presidente del PRD, etcétera– culpó del lapsus a su secretaria, según él tan novata que era capaz de confundir las cuatro sílabas vicentefox (una "i", dos "e" y una "o", rematadas por una "x") con las siete porfiriomuñozledo (o-i-i-o-u-o-e-o). Si esn estas manos y en esta boca está depositada la reforma del Estado, lo más probable es que ésta consagre el agandallamiento como un derecho político o hasta como derecho humano o garantía constitucional. Con estoa amigos ¿para qué necesita don Vicente Fox de enemigos?

Así que, no obstante los añorados, gozados, aplaudidos, disfrutados y bienvenidos resultados del 2 de julio, todavía campea en tierra de la clase política mexicana el espíritu de la maña, la revancha, la alevosía y la trampucheta. o, dicho de otro modo, la derrota electoral del PRI en la campaña presidencial no significó un triunfo general sobre la cultura política mayoritaria entre los priístas. Las añejas y acedas prácticas que hicieron la delicia de caricaturistas y críticos del PRI siguen imperando, y ya no sólo entre los desazonados derrotados del domingo feliz, sino entre quienes nos han dicho que se proponen a cambiar desde la raíz los modos de pensar, de hablar, de gesticular, de comportarse y de ser que fueron el calvario mexicano durante 70 años.

Ojalá que la democracia fuese sólo la asepsia aritmética de las elecciones. En tal hipótesis, bastaría un Instituto Federal Electoral decente y eficiente –como el que en buena medida ya tenemos– para poder cantar a todos los vientos que hemos dejado atrás la antidemocracia. Pero no es así. El régimen democrático exige un conjunto de buenos hábitos humanos para sobrevivir y desarrollarse. La democracia prospera y se fortalece con un conjunto de instituciones que garantizan la libertad, puesto que sin libertad no hay virtudes. Pero la vida en libertad exige a su vez que los hombres libres asuman que viven con otros como ellos y que la libertad no es patente de corso para mentir, calumniar, engañar, fintar, fingir y abusar. Libertad y virtud han de ir juntas para que haya un verdadero régimen demodrático, es decir, una organización racional de libertades con base en una ley.

Hay quienes piensan que la esencia de la domocracia es la libertad, y que el bien y la virtud no importan, ya que invocarlos, evocarlos o incluso sugerirlos equivale a limitar aquella, a acotarla con dogmatismo, "moralismo" o intolerancias. Suponen y postulan, me parece, una libertad sin contenido, vacía, que no es aquella pensada y definida por Tocqueville cuando sostuvo que la libertad es "algo sagrado", pero que "sólo hay una cosa más merecedora de tal calificativo: la virtud", que el gran teórico de la democracia definió como "libre elección de lo que es bueno".

Todo indica que nuestros políticos, tan demócratas de palabra y de grito, están haciendo uso de su libertad para perpetrar todo tipo de procedimientos "gandallas". Nadie objetará que, en efecto, actúan como los seres libres que son e incluso con apego a las leyes que en ningún caso tipifican como delito la maña, la mentirilla, el truco, el disimulo y otros procederes como los descritos en los primeros párrafos de este artículo. Lo que vale la pena preguntarse es si estos "usos y costumbres" pueden cimentar un régimen democrático, o si bien lo que propician es una generación de la mala fe, la astucia, el ventajismo y el abuso bajo el paraguas de la libertad y la democracia mismas, y por esta vía, el imperio de los vivales, de los cínicos y los tramposos.

Si así fuese, ¿cuál sería la novedad cultural, política e histórica que nos habría producido el estupendo logro del 2 de julio? El "madruguete" democrático ¿es menos indecente que el no democrático? La trampucheta y la chicana ¿se dignifican y elevan cuando se practican en régimen democrático y sólo son viles cuando gobierna el PRI? El régimen de libertades, ¿ennoblece la mentira y la alevosía? Pero, si tod eso continúa como antes de que el PRI perdiera las elecciones presidenciales ¿deveras dejó de gobernar el PRI?

Aunque no extrañe ni sorprenda que el PRI no pueda encontrar como rehacerse después de lo que le sucedió el primer domingo de julio, tampoco alegra, visto que ese grupo humano forma parte del país y es imprescindible para que el conjunto sea capaz de diseñar un futuro distinto y mejor. Lo que entristece es que, simultáneamente, los vicios más específicamente priístas se repitan y reiteren después de la caída del viejo régimen. Lo que indigna e irrita es que los partidos que dorrotaron al PRI estés poniendo las bases para que la cultura priísta permanezca más allá de la derrota del PRI. Aún es tiempo de que las virtudes y valores propolíticos le den contenido a la libertad. Más vale avisar de los primeros malo síntomas a tiempo, que callarse en la euforia del triunfo: se trata de evitar una derrota mucho más grave que las que antes generaba el fraude electoral.

Ojalá Vicente Fox no se vea obligado a escribir lo mismo que hace unos años dijo a sus compatriotas Václav Havel, el protagonista estelar de lo que se llamó "la revolución de terciopelo" en Checoslovaquia: "…aunque a alguien, en la situación actual, le parezca ridículo o quijotesco, tengo la obligación de insistir una y otra vez en el origen moral de toda política verdadera… (porque) somos testigos de una situación muy extraña: aunque la sociedad se ha liberado ya en muchas cosas, se comporta peor que cuando no era libre".