enero 16, 2006

Cocina integral

Denise Dresser

Los priistas están de nuevo en la cocina. Arremolinados alrededor de la estufa afilan los cuchillos, sacan las sartenes, piensan qué platillo van a preparar. Están hambrientos. Llevan casi seis años fuera de Los Pinos y quieren desesperadamente volver al lugar que tan bien los nutrió, al sitio que a tantos engordó. Por ello, intentan reunir los ingredientes de una receta ganadora que los regrese allí. Un candidato fuerte. Un partido unido. Una maquinaria engrasada. Pero por más que tratan de cocinar de manera conjunta como alguna vez lo hicieron, todo sale mal. Los chefs se pelean, las salsas se cortan, los soufflés se desinflan, los filetes se chamuscan. El PRI pierde sazón y toda posibilidad de recuperarlo.

Para empezar, los ingredientes tradicionales del buffet priista están podridos. Huelen mal y saben peor. Pero el PRI insiste en usarlos; el PRI insiste en aderezarlos; el PRI insiste en lavarlos tal y como lo hace el procurador del estado de México con Arturo Montiel. A quien no se le encuentra el cuerpo del delito porque lo escondió muy bien. Al que inició su gestión como gobernador con un "sólido patrimonio" porque lo había robado ya. Al que no presenta su declaración de ingresos porque son consistentes con los de un multimillonario. Montiel, el priista emprendedor. El priista multiusos. El priista típico. Vendiendo cocinas y transportando carga y vendiendo autos y engordando ganado y engordándose. Ahora protegido por sus subalternos, escudado por sus amigos. Mostrando que el PRI no cambia; sólo se vuelve peor.

Cocina lo mismo de siempre con una estufa cada vez más vieja, con sous chefs cada vez más decrépitos. No aprende de sus errores. No intenta mezclar de otra manera, batir de otro modo, hornear para democratizar en vez de agandallar. Trae de vuelta a todos aquellos que le dieron al restaurante tan mala reputación. A quienes ahuyentaron a los comensales con sus fraudes a punto de turrón. A los de las manos negras y las mañas sucias. A los de la filipina manchada y el gorro caído. A Jiménez Morales, a Lira Mora, a Pichardo Pagaza, a Murat, a Ulises Ruiz. Marchando de regreso para preparar platillos pasados de moda que un número menor de mexicanos está dispuesto a probar.

Y mientras, al mismo tiempo, los priistas se pelean por el control de la cocina. Por el uso de los utensilios. Por el diseño del menú. Por quién estará a cargo del local y quién se verá obligado a salir de él. Roberto Madrazo y Elba Esther Gordillo, aventándose todo lo que encuentran. Rompiendo platos y estrellando vasos, protagonistas de una tragicomedia de su propia autoría. Porque parafraseando a Shakespeare, la furia del infierno es poca cosa comparada con una mujer rechazada y Elba Esther Gordillo lo es. Una mujer seducida y abandonada. Una mujer que miró a los ojos a "la cobra" y alguna vez le creyó. Ahora decidida a despedazar al que fuera su compañero de 100 comidas. Ahora comprometida a envenenar al hombre con el cual antes brindó. La venganza no como un platillo servido muy frío, sino bien caliente.

La venganza entendida como la muerte política de Madrazo a través de mil cortadas del cuchillo que carga La Maestra. La herida de los espectaculares que preguntan "¿Tú le crees a Roberto Madrazo? Yo tampoco". La herida de los huevos que le avientan los miembros del magisterio en cada mitin. La herida del Partido Nueva Alianza y los votos que le arrancará. La cortada que produce la candidatura de un hombre -Roberto Campa- con el mismo primer nombre. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, Madrazo se desangra mientras Gordillo aplaude. El tabasqueño cae mientras la maestra planea hacer picadillo con lo que quede de él.

Por algo que en algún momento fue político pero ahora es puramente personal. Puramente visceral. Porque él le arrebató el poder en vez de compartirlo. Porque él la agravió en vez de apapacharla. Porque él impuso su mafia en vez de de incorporar a la que ella dirige. Porque el madracismo creyó que podía ganar sin el elbismo. Y porque Elba Esther nunca logró lo que quería; eso que quieren todas las mujeres que sucumben frente a un seductor con mala fama y pésima reputación: cambiarlo, salvarlo, domesticarlo, convertir a Roberto Madrazo en otra cosa. En alguien que no moviera un dedo sin consultar a La Maestra en vez de humillarla a cada oportunidad.

Ambos hicieron apuestas equívocas y el PRI pagará el precio. Allí está en la fundación de Nueva Alianza y los votos que obtendrá. En la figura de Roberto Campa y los apoyos magisteriales que ella le comprará. En los banquetes clientelares que Elba Esther financiará y los bacanales partidistas que el SNTE pagará. La gran comilona organizada para arrancarle adeptos a un hombre desesperado. A un político que ni siquiera puede hacer pública su declaración patrimonial. A un candidato atrapado en una cocina en llamas que no supo remodelar. Roberto Madrazo va cayendo en las encuestas y los priistas lo saben. El partido es cada vez menos preferido por el paladar nacional y los priistas lo intuyen. La unidad ficticia no puede ocultar la división verdadera, la desunión real. Y por ello correrán en desbandada en busca de un nuevo hueso -aliancista, lopezobradorista, panista- para satisfacer su voracidad.

Y ese pragmatismo inescrupuloso se esconde bajo los manteles largos de la democracia electoral. Lo que pasa dentro del PRI revela la podredumbre de los partidos del país. No funcionan para representar ciudadanos sino para proteger políticos. No operan para generar ideas sino para promover pleitos. No existen para proponer políticas públicas sino para alimentar ambiciones privadas. Piensan que están allí para vivir del financiamiento público y gastarlo; para estar cerca del erario y utilizarlo; para manejar las cuotas de los maestros y comprar candidaturas con ellas. Lo que hace el PRI ahora no es nuevo; sólo es más obvio.

Porque si el PRI aspirara a la nouvelle cuisine, hubiera condenado a Montiel. Si el PRI apostara a una oferta culinaria de mejor calidad, hubiera desechado la candidatura de Madrazo. Si el PRI quisiera alimentar de otra manera al país, hubiera contratado a los mejores en vez de rodearse de los peores. Ahora es demasiado tarde; la población ya se intoxicó. Como dice la Biblia, "comerás el fruto de la labor de tus manos", y las del priismo han cocinado un potaje indigerible para México. Por eso, Roberto Madrazo será el último candidato del PRI tal y como ha existido hasta ahora. Por eso, el 3 de julio del 2006, el changarro político más longevo de México amanecerá con la palabra Clausurado.