mayo 07, 2006

¿Anomalía democrática?

El Universal
Francisco Valdés Ugalde
Miembro del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Sus actuales líneas de indagación están encaminadas a teoría de las instituciones y la decisión social, reforma del Estado, reformas constitucionales y conflicto político, así como filosofía política de la justicia.

07 de mayo de 2006

¿ Cuáles son los supuestos, axiomas y principios básicos que ningún demócrata sincero puede ignorar o traicionar? No se trata de una pregunta superficial o indiferente a 56 días de las elecciones. Según todos los indicadores, la elección presidencial puede ser cerrada y el ganador puede obtener el triunfo por una nariz. El peor escenario es que el candidato ganador obtenga un porcentaje de ventaja inferior al margen de error de las apreciaciones estadísticas conseguidas por vía de las encuestas de salida y otras mediciones. Si esta posibilidad se materializa, la disputa postelectoral promete ser una medición de fuerzas que poco tendrá que ver con el reconocimiento de la voluntad electoral expresada en las urnas.

El viraje del electorado evidenciado en las encuestas de la semana pasada, que coloca en la delantera a Felipe Calderón en todas ellas, parece ser el resultado de la definición de la porción de votantes que no tenía decidido su voto previamente. Después de varios meses en que el puntero fue el candidato del PRD, las cosas han dado vuelta. Como señalamos en este mismo espacio, la probabilidad de que esto pasara dependía de dos factores. Primero, que las mediciones previas incluían más indecisos que las más recientes; segundo, que a medida que se acerca la elección, muchos votantes redefinen su opinión y empiezan a reflexionar en serio su decisión final a la hora de las urnas.

Aunque el resultado de una encuesta no puede considerarse definitivo, sí representa una aproximación a las preferencias electorales. Cada partido y candidato realmente comprometido con el juego electoral de la democracia está obligado a tomarlo en serio. Por supuesto que habrá siempre una tendencia natural a la insatisfacción con los números desfavorables, pero es distinto insatisfacción que descalificación.

En este respecto sobresale la actitud del Partido de la Revolución Democrática y su candidato de considerar que las encuestas están distorsionadas o manipuladas intencionalmente como parte de un ardid de sus "enemigos" (no adversarios), trátese de El Innombrable o Los Pinos. El común denominador de la respuesta perredista ha sido la negación e, inclusive, la invención de la realidad, al referirse a una encuesta encargada por cuenta propia que arroja resultados favorables a su candidato, pero que no dan a conocer públicamente.

En política, como se sabe, el peor error es despegarse de la realidad. El mejor de los políticos siempre tiene entre sus características el reconocimiento de los hechos puros y duros. La coraza que le forma esta virtud hecha costumbre le brinda la mejor protección, pues lo blinda contra acusaciones de distorsión o ceguera que pueden ser mortales para su sobrevivencia. Si, además, cuenta con sagacidad e imaginación, la combinación puede ser un arma poderosa para prestigiarlo. En cambio, la negación de los hechos, la presunción de ser víctima cuando no se es más que un combatiente en el fragor de la competencia, y la continua presunción de que se es ya ganador sin contar con la prueba de las urnas, suele causar un daño profundo que resulta en pérdida de credibilidad.

Es el caso del candidato perredista y su primer círculo. Luego del debate y la aparición de las primeras encuestas posdebate, la previsión conservadora del daño por no comparecer junto a sus pares se vio superada por la realidad. En lugar de un par de puntos de declinación, a su entender fácilmente recuperables, los datos permiten suponer que el aumento de las preferencias por Felipe Calderón Hinojosa dista de ser un hecho circunstancial y puede ser una tendencia en crecimiento. Esto lo habrán de confirmar o refutar las próximas encuestas.

Pero la pregunta que deberíamos hacernos ante estos hechos no es la relativa a la suerte que corra un candidato, sino a las consecuencias que, en una elección cerrada, pudiera acarrear la negativa del primer perdedor para aceptar el resultado, atacar a las autoridades electorales y proponer a sus simpatizantes un curso de acción que descalifique la elección.

Este escenario está dentro del menú de situaciones posibles, y no solamente en México. Recientemente, en Costa Rica e Italia ocurrió algo parecido. Naturalmente, los candidatos que quedaron en el segundo sitio por estrecha diferencia buscaron por todos los medios a su alcance asegurar un conteo favorable que les permitiera remontar la desventaja. En el caso italiano se agregó el factor de que el perdedor era el primer ministro del gobierno.

La arraigada cultura democrática de ambos países permitió desahogar el diferendo. ¿Hay en México una cultura democrática tan arraigada para descontar la posibilidad de un conflicto al margen de las instituciones electorales? Quizá la pregunta no se pueda responder contundentemente de antemano en ningún sentido. La evidencia con que contamos es que, a diferencia de los países mencionados, la democracia en México está en pañales. Una declaratoria de ilegitimidad de las elecciones por un candidato perdedor con popularidad y capacidad de movilización sería equivalente a "patear el tablero", actitud característica de los malos perdedores, y llevar a consecuencias perniciosas.

En todo caso, el afianzamiento de la cultura democrática requiere de respeto público a los valores y reglas de la competencia. Si se juega, se acepta la posibilidad de perder; si se echa mano de las encuestas favorables en un momento dado, es menester atender a las desfavorables en otras ocasiones. El actuar democrático exige apego explícito y escrupuloso a las reglas del juego. La decisión de cualquier actor en sentido opuesto a estas reglas sería inaceptable por antidemocrática; sería traición a la democracia.

ugalde@servidor.unam.mx
Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM