mayo 31, 2006

El eje del Peje

Jorge G. Castañeda
jorgegcastaneda@gmail.com
Reforma

Existe en francés la expresión "faire le plein", que se usa en referencia a llenar un tanque de gasolina, pero que también, al agregársele "des voix", significa juntar todos los votos potenciales en una elección. Si se quiere, la traducción podría ser: "que no se quede un voto fuera de la buchaca". Éste es el reto que enfrenta AMLO, y para el cual parece estar recurriendo a una solución muy a la mexicana.

En efecto, las encuestas de finales de abril y ahora de finales de mayo muestran que el candidato del PRD ha perdido votos, sobre todo los votos que le dieran su amplia ventaja inicial: votos foxistas no panistas del año 2000 (el voto útil o la izquierda azul). Los perdió, como ya es bien sabido, por el "efecto chachalaca", la hábil asociación que Calderón hizo de él con Chávez, la campaña del miedo de Morris, y por la segunda campaña de Fox. Los empezó a recuperar a partir de principios de mayo con una triple estrategia: maniatar a Fox; volver a los medios con serenidad y la docilidad de sus interlocutores mediáticos; y al desplazarse hacia el centro sin desproteger su flanco izquierdo. Ésta es la parte más interesante.

Correrse hacia el centro sin el adecuado aderezo ideológico es peligroso, ya que puede no convencer a los electores foxistas a la deriva, pero sí ahuyentar al voto duro del PRD y a la carne de cañón de la ultra-izquierda para la posible salida a la calle del no pasarán. La solución parece ser recurrir a la Revolución Mexicana y al priismo "bueno y puro" que puede funcionar bajo determinadas condiciones. Éstas consisten en plantear la elección como una disputa entre el bando de la Revolución nacionalista, laica, social y liberal, y la ultraderecha clerical, entreguista, intolerante, y sobre todo, plutocrática. AMLO es en esta óptica el candidato de los pobres, pero también de los laico-juaristas, de los patriotas antiimperialistas, y de todos aquellos que creen en la salvación del espíritu depurado de la Revolución Mexicana.

Colocar la elección en este contexto puede permitirle a AMLO rehacer "le plein" de votos: jalar la cobija desde el priismo de Echeverría (Muñoz Ledo), López Portillo (García Sáinz), De la Madrid (Bartlett), y hasta de Salinas (Camacho-Ebrard); tratar de conservar al cardenismo sin Cuauhtémoc; y a la ultraizquierda zapatista y atenquista (aunque Marcos venda caro su amor).

Además de sus desgracias, ¿qué puede unificar a todos estos sectores y a muchos más que aún no caen en las redes de la restauración de la Revolución Mexicana? Pues justamente los apotegmas del nacionalismo revolucionario acompañado de la "honestidad valiente", es decir, el PRI "bueno fiel a sus orígenes y honrado". ¿Cuáles son esos apotegmas? Los de siempre: nacionalismo antiamericano; laicismo anticlerical; estatismo antineoliberal; populismo antimercado; identificación con "los pobres", es decir, con la gente de escasos recursos organizada principalmente en las ciudades gracias a los métodos clientelares del PRI reconvertidos al PRD (Bejarano); a un cierto liberalismo o tolerancia cultural mientras no importe, es decir, mientras se mantenga en los murales de Palacio, en la literatura ortodoxa o en el cine irreverente, pero sin invadir los ámbitos de la vida privada de la gente (matrimonio del mismo género, interrupción de embarazos).

¿Qué puede movilizar a los adeptos de todas estas tesis anacrónicas, aberrantes y aplastantes del intelecto? El miedo a sus antinomias. De ahí la campaña del miedo de AMLO, que puede resultar igual de eficaz que la de Calderón. Consiste en tildar a Calderón de anverso de cada una de estas medallas o perlas priistas. Calderón es la ultraderecha del Yunque, no sólo la derecha como Fox sino la intolerancia cultural y social de Abascal, pero en Los Pinos y no en Bucareli; Calderón es el entreguismo proyanqui en la era del resurgimiento de la izquierda latinoamericana, ya no en el mundo unipolar de finales del siglo XX; y sobre todo, Calderón es la plutocracia, como el Fobaproa, como Roberto Hernández, en una palabra: los ricos, al igual que Fox, pero peor. Este discurso puede pegar: según varias encuestas los spots perredistas asociando a Calderón con el Fobaproa han calado, el no pasarán de los intelectuales ha logrado partidarios (trasnochados). Y la tesis del Yunque, repetida una y otra vez, al igual que la de Calderón sobre López y Chávez, empieza a convertirse en verdad para muchos.

Con la excepción de los gobernadores priistas del norte, que obviamente prefieren a Calderón que al Peje o incluso a Madrazo, este discurso penetra en el alma priista. Y convence a los intelectuales, a los sectores políticamente correctos y a ciertos sectores -no todos- del foxismo no panista. La amenaza del fascismo blanquiazul puede despistar/convencer a muchos, y no se necesitan tantos.

Veremos en el mensaje a la nación y en su desempeño en el debate qué tan articulado tiene este discurso. Sabremos si sus propuestas y sus ataques a Calderón -entreguista, mocho e intolerante- se inscriben en el cuadro abstracto del nacionalismo revolucionario y la ideología de la Revolución Mexicana, o no. Comprobaremos si la restauración priista pintada de amarillo se da sin la parafernalia, la demagogia y el bagaje ideológico del viejo PRI o no; y veremos si puede construir el Gran Frente Nacional y Popular contra el Fascismo, o no.

Sobre todo veremos, como lo espero, si Calderón sabe salirse de la trampa y mostrar que el peligro para México no es él, sino un presidente de México colocado en la foto del absurdo, publicada en este diario y en el mundo el sábado: Chávez, Morales, Lage, y López Obrador vestidos de aymara, conformando el eje del Peje.