junio 01, 2006

El Mesías tropical (Versión completa)

JUNIO DE 2006
Letras Libres
Enrique Krauze



López Obrador ha proclamado que sus modelos son Cárdenas y Juárez.
A través de una puntual interpretación biográfica, Enrique Krauze descubre en él inspiraciones mucho más profundas y perturbadoras, experiencias
teológico-políticas y psicológicas que tuvieron lugar en su natal Tabasco.



Hay en el sureste
Un hombre de acción
Que a todas las huestes
Trajo redención


Corrido tabasqueño

Desayuno con "el Peje"

Conocí a Andrés Manuel López Obrador, el famoso y controvertido jefe de gobierno del Distrito Federal, una mañana (casi una madrugada) de agosto de 2003. Tempranero como un gallo, rijoso símbolo con el que le gusta compararse, elusivo como el pejelagarto, típico pez de las aguas de Tabasco, del que proviene su sobrenombre, López Obrador convocaba diariamente a los medios a una conferencia a las seis de la mañana para informarles sobre la marcha de su gestión, pero también para sortear ingeniosamente las preguntas comprometedoras y lanzar certeros picotazos sobre el presidente Vicente Fox. El desayuno tendría lugar en sus oficinas, situadas en los altos del antiguo ayuntamiento. En el pequeño anexo a su despacho, mientras observaba sus objetos de culto personal (una imagen de Juárez, una foto de Salvador Allende, otra de Rosario Ibarra de Piedra, una más del propio López Obrador conversando con el "subcomandante Marcos", la escultura en madera de un indígena), pensaba que su presencia cotidiana en aquel espacio casi teocrático de México revelaba su sagacidad política: entendía la gravitación histórica del lugar y por eso no salía de él. En cambio Fox despachaba exclusivamente en la residencia oficial de Los Pinos y sólo llegaba al Zócalo de vez en cuando.

Jovial, directo y sencillo, con una sonrisa maliciosa pegada al rostro, era difícil no simpatizar con López Obrador. Nos acompañaba un hombre de sus confianzas, José Agustín Ortiz Pinchetti, veterano luchador democrático. López Obrador comenzó a hablar de historia. En los años ochenta, en un receso involuntario de su agitada vida política, había escrito dos libros sobre Tabasco en el siglo XIX. "Están muy basados en don Daniel", reconoció, y la alusión al mayor historiador liberal del siglo XX me llevó a recordar la opinión que alguna vez me confió el propio Cosío Villegas sobre el general Lázaro Cárdenas: "Yo siempre lo admiré por su instinto popular." Le dije que advertía en él la misma cualidad, y que bien usada podría enfilarlo a la Presidencia. López Obrador lo tomó como la constatación de algo evidente: "El pueblo no se equivoca." Yo tenía curiosidad de saber si era cierto que no tenía pasaporte. "Es extraño –me dijo– que me reclamen eso. El presidente Venustiano Carranza nunca cruzó la frontera." "Es verdad –le expliqué–, pero Carranza fue presidente entre 1916 y 1920, los tiempos han cambiado mucho." Traje a cuento el caso de Plutarco Elías Calles, que antes de ocupar la Presidencia, y para preparar la serie de reformas económicas que llevó a cabo (entre ellas la fundación del Banco de México), había viajado por Europa. ¿Por qué no seguir sus pasos y luego entrevistarse con la prensa liberal en Nueva York? No fui convincente. Años atrás había pasado unos días en Estados Unidos, y con su esposa (Rocío Beltrán, fallecida en 2003) solía visitar Cuba. Eso era todo: "Hay que concentrarse en México –me dijo–. Para mí la mejor política exterior es la buena política interior."

Era obvio que el mundo lo tenía sin cuidado. Su mundo era México. Y el mundo de su mundo era Tabasco. Nacido el 13 de noviembre de 1953 en el pequeño pueblo de Tepetitán, en el seno de una esforzada familia de clase media dedicada a diversos ramos del comercio, nieto de campesinos veracruzanos y tabasqueños, y de un inmigrante santanderino que había llegado a "hacer las Américas", López Obrador vivió una niñez tropical, libre y feliz. Sus biografías oficiosas contendrían datos interesantes sobre su carácter temprano. "Fue un niño muy vivaracho –recordaba su padre– pero tenía una enfermedad: no se le podía decir nada ni regañarlo, porque se trababa." Según parece, le decían "piedra", porque pegaba duro: "Se peleaba con alguien, le ganaba, y salía con esa sonrisita burlona de 'te gané'." Era malo para las matemáticas y muy bueno para el beisbol, aunque "cuando perdía su equipo, terminaba enfurecido". Tepetitán tenía unas cuantas calles, pero los López Obrador vivían a sus anchas: "No teníamos barreras –recuerda uno de sus hermanos–, teníamos el pueblo entero, era nuestro." Si la familia salía, era para viajar en automóvil a las playas de Veracruz y Tampico. En los años sesenta se mudaron a Villahermosa, capital del estado; en los setenta, Andrés Manuel estudió ciencias políticas en la UNAM y se hospedó en la Casa del Estudiante Tabasqueño. A partir de 1977, hasta 1996, pasaría la mayor parte del tiempo en su patria chica.

Había dos maneras de animar la conversación con López Obrador: hablar de beisbol o hablar de Tabasco. Opté por la segunda. El desayuno tabasqueño (pescado frito, plátano con arroz), el prehistórico pejelagarto disecado sobre un estante, el manoteo enfático y hasta la pronunciación del personaje (que, como es común en aquella zona del Golfo de México, convierte las "eses" en "jotas"), todo conspiraba para llevar la plática a Tabasco: cuna de la cultura madre de Mesoamérica, la olmeca; puerta de la Conquista (allí
desembarcó Cortés y conoció a "la Malinche"). La historia de Tabasco lo apasionaba tanto o más que la historia de México. Con evidente gusto me refirió su buena impresión de los dos grandes jefes del siglo XX en Tabasco (Tomás Garrido Canabal y Carlos Madrazo). Y con mayor placer aún recordó su amistad con el poeta Carlos Pellicer ("el tabasqueño más grande del siglo XX") y reconoció la obra de Andrés Iduarte ("nuestro mejor escritor").

Yo recordaba que Tabasco –caso no único pero sí excepcional entre los 32 estados de México– no había dado un solo presidente a México y quise plantearle la cuestión, pero López Obrador abrió sin querer una posible pista: "a los tabasqueños se nos dificulta mucho acostumbrarnos al Altiplano –me dijo–, es otra cultura; también a mí me ha costado trabajo adaptarme." Para explicarse mejor, me leyó en voz alta un párrafo extraído de uno de los libros que escribió sobre su estado:

En Tabasco la naturaleza tiene un papel relevante en el ejercicio del poder público. En consonancia con nuestro medio, los tabasqueños no sabemos disimular. Aquí todo aflora y se sale de cauce. En esta porción del territorio nacional, la más tropical de México, los ríos se desbordan, el cielo es proclive a la tempestad, los verdes se amotinan y el calor de la primavera o la ardiente canícula enciende las pasiones y brota con facilidad la ruda franqueza.

"De aquí parte –dijo–mi teoría sobre el 'poder tropical': el tabasqueño debe controlar sus pasiones." Me había dado una clave biográfica que yo tardaría en descifrar. "Quizá en el futuro –le dije, al despedirme– tenga usted que hacer una adaptación aún mayor: pasar del Altiplano a la aldea global."

Lejos de Cárdenas

Era difícil que un hombre sin mundo entendiera el mundo y el lugar de su país en el mundo. Era difícil que un hombre encerrado en su mundo viera la necesidad de reformarlo en un sentido a la vez realista y moderno. En el concepto de López Obrador, todo lo que México requería para su futuro estaba en su pasado. "La cosa es simple –me dijo meses más tarde, en una segunda y última conversación formal: hay que ser como Lázaro Cárdenas en lo social y como Benito Juárez en lo político." Me propuse observar desde entonces los actos de su gobierno (anteriores y posteriores), para ver si confirmaban o desmentían su declarada fidelidad a aquellos dos modelos históricos.

Lázaro Cárdenas fue un presidente popular pero no populista. De temple suave, pacífico y moderado, tan silencioso y ajeno a la retórica que lo apodaban "La esfinge", en los años treinta repartió dieciocho millones de hectáreas entre un millón de campesinos. Cárdenas fue un constructor interesado en los detalles prácticos, quiso que los campesinos llegaran a ser autónomos y prósperos mediante la organización ejidal colectiva o a través de la pequeña propiedad, ambas apoyadas por la banca oficial.

López Obrador se manifestaba cada vez más como un gobernante popular y populista. De temple rudo, combativo y apasionado, orador incendiario, su vía para emular a Cárdenas consistió en ofrecer un abanico de provisiones gratuitas, entre ellas el reparto de vales intercambiables por alimentos, equivalentes a setecientos pesos mensuales, a todas las personas mayores de setenta años. Estos programas, sobre todo el de apoyo a los "adultos mayores" (del cual no existe padrón), le granjeaban una gran simpatía pero no atacaban de fondo los problemas. "Andrés y su equipo no conocían la complejidad de la problemática social de la ciudad", me dijo Clara Jusidman, su amiga de muchos años y su jefa en los años ochenta, en el Instituto Federal del Consumidor. En el gobierno perredista de Cuauhtémoc Cárdenas (1997-1999), Jusidman y su equipo habían establecido las bases de una amplia y laboriosa red de "facilitadores" que procuraba atender diversas necesidades relacionadas con la ruptura del tejido social en el DF. "Todo eso se desmanteló –lamentaba Jusidman–, se privilegiaron medidas sociales de relativa simplicidad pero con efectos masivos, como fue la entrega de ayudas económicas a los adultos mayores, a las madres solteras y a las familias con personas discapacitadas; o el montaje de dieciséis escuelas preparatorias y de una universidad sin requisitos de ingreso y con muy poco tiempo de planeación." Claramente, el criterio que las sustentaba era más político e ideológico que práctico y técnico. Lo mismo ocurrió en otros ámbitos. A un costo que nunca se aclaró, en tiempos de López Obrador se construyeron los segundos pisos del Anillo Periférico, pero se relegaron necesidades mucho más urgentes que la fluidez vial para los automovilistas: el transporte público, el abasto de agua, la inseguridad, el empleo. Entre 2000 y 2004, el crecimiento del PIB en el DF fue inferior al crecimiento promedio acumulado en el resto de las entidades. Y el empleo formal entre 2000 y 2005 creció menos que en el resto del país.

La gestión de Lázaro Cárdenas coincidió con el ascenso del nazismo europeo. Se enmarcó en una época en que, para amplios sectores intelectuales y políticos de Occidente, el socialismo soviético constituía una alternativa al capitalismo occidental. Por eso, en tiempos de Cárdenas la educación oficial en México era "socialista". Con todo, Cárdenas no atizó el odio de clases ni era proclive a las ideologías que lo propugnaban. De hecho, tras la expropiación petrolera, Cárdenas fue el precursor de la industrialización en México y para ello fundó el Instituto Politécnico Nacional.

En sus dichos y sus hechos, López Obrador ha seguido pautas muy distintas. A partir de las ruidosas querellas legales en las que se vio involucrado en 2004 y 2005, el jefe de gobierno recurrió a una retórica de polarización social que Cárdenas no habría avalado. Su vocabulario político se impregnó del conflicto entre las clases. Sus enemigos eran los enemigos del pueblo: "los de arriba", los ricos, los "camajanes", los "machucones", los "finolis", los "exquisitos", los "picudos". La palabra "dinero" era necesariamente sinónimo de abuso, de inmoralidad, de ausencia de decoro, de impureza. "Vamos a establecer –profetizó– una nueva convivencia social, más humana, más igualitaria, tenemos que frenar [...] a esa corriente según la cual el dinero siempre triunfa sobre la moral y la dignidad de nuestro pueblo." Su argumento central era el tema del Fobaproa, operación de rescate bancario que evitó el colapso del sistema financiero (y la consiguiente pérdida para los cuentahabientes) pero que, sin lugar a dudas, tuvo irregularidades y abusos en verdad flagrantes. Si bien el peso de la operación sobre las finanzas públicas era y es muy oneroso, López Obrador lo utilizaba para concentrar el odio en la figura de los empresarios.

Con López Obrador, la teoría de la conspiración se volvió política de Estado: toda crítica era parte de un "complot" para desbancarlo. El 27 de junio de 2004, cerca de setecientas mil personas de diversas clases sociales, alarmadas por la ola de secuestros y asaltos en la ciudad, marcharon a lo largo del Paseo de la Reforma. Horas más tarde, en vez de considerar la pertinencia objetiva de los reclamos, López Obrador se lanzó al palenque y declaró: "Sigo pensando que metieron la mano [...] para manipular este asunto, y señalo tres cosas: una, la politiquería de 'las derechas'; dos, el oportunismo del gobierno federal [...] las declaraciones del ciudadano presidente [...] Y también el amarillismo en algunos medios de comunicación" Para remachar, agregó que seguramente los propios secuestradores habían desfilado ese día. Al poco tiempo, aparecieron unas historietas que representaban a los manifestantes como jóvenes de clase alta y pelo rubio, encantados de acudir a la manifestación para "estrenar" ropa nueva y tomarse una foto con sus amigos. "Eran unos pirrurris", dijo el "Peje", refiriéndose con desdén a los marchistas. Que la referencia a la piel de los manifestantes fuera racista, y las víctimas de la delincuencia fueran mayoritariamente pobres, no lo inmutaba. Para él, la delincuencia es una función de la desigualdad y la pobreza.

El proyecto nacional de Lázaro Cárdenas se enmarcó siempre en los paradigmas de la Revolución Mexicana: por eso marginó a los comunistas prosoviéticos de la CTM, asiló a Trotsky, y dejó el poder en manos del moderado Ávila Camacho, no del radical Múgica. López Obrador repetiría incansablemente que su proyecto era "de izquierda". Nunca sentiría la necesidad de explicar el significado de esa palabra en el mundo posterior a la caída del imperio soviético, un mundo en el que China es la estrella ascendente de la economía de mercado. Pero es natural: el mundo no es interesante para López Obrador.


Ajeno a Juárez

López Obrador había afirmado, en innumerables ocasiones, que admiraba a Benito Juárez sobre todos los seres en la tierra. Pero su identificación política con Juárez era, sencillamente, insostenible. Fuera de una apelación formal a la "austeridad republicana" de aquel legendario presidente, o la repetición escolar de algunas de sus frases, López Obrador tenía poco en común con su héroe.

La "austeridad republicana" de los gobiernos juaristas (1858-1872) debía hallar su contraparte en un manejo impecable de las finanzas públicas. No fue el caso. La opacidad en las cuentas públicas del gobierno del DF era ya entonces (y sigue siendo, hasta la fecha) la zona más turbia en su desempeño. Fox había sacado adelante una Ley de Transparencia que abría a cualquier ciudadano las cuentas públicas del gobierno federal. Muchos gobiernos estatales hicieron lo mismo, pero el del DF frenó y limitó la idea, aduciendo que era muy onerosa, y, cuando no tuvo más remedio que aceptarla, durante mucho tiempo se negó a dar oficinas al nuevo organismo. Finalmente, inconforme con el consejo nombrado, modificó la ley para disolverlo y nombrar otro.

López Obrador decía admirar a Juárez por haber integrado su gabinete con los mejores mexicanos, pero de su propio gabinete no podía predicar lo mismo. Un video que se trasmitió en 2004 por la televisión abierta mostraba a su secretario de Finanzas del gobierno del DF apostando cuantiosas sumas en una habitación reservada a clientes VIP en Las Vegas. A los pocos días, un nuevo video mostraba a su principal operador político tomando fajos de dinero de manos de un empresario consentido por los anteriores gobiernos del PRD. Aunque ambos funcionarios fueron separados de sus cargos y sometidos a juicio, la estrategia política de López Obrador no consistió en honrar su lema de gobierno (la "honestidad valiente") sino en relativizar los hechos, desmarcarse de toda responsabilidad, y por primera vez declararse víctima de un "complot" orquestado por "las fuerzas oscuras", por "los de arriba".

La generación de Juárez produjo en 1857 una admirable constitución de corte liberal clásico que limitó el poder presidencial, instituyó la división de poderes y consignó las más amplias libertades y garantías individuales. Aquellos legisladores y juristas creyeron en el imperio de la ley y lo respetaron escrupulosamente. El presidente Juárez tenía adversarios de peso en la Suprema Corte y el Congreso, pero jamás utilizó contra ellos las más mínimas triquiñuelas, ni afectó o anuló su esfera autónoma. En cambio López Obrador, aunque rindiera homenaje retórico a Juárez, mostró muy pronto que no comulgaba con los preceptos esenciales de la democracia liberal.

Al despuntar su sexenio, había ocurrido un linchamiento en el pueblo indígena de Magdalena Petlacalco. López Obrador dio a entender que había normas tradicionales más altas que la ley: "el caso hay que verlo en lo que es la historia de México, es un asunto que viene de lejos, es la cultura, son las creencias, es la manera comunitaria en que actúan los pueblos originarios... No nos metamos con las creencias de la gente." En un problema similar (una sublevación indígena en Chiapas en 1869), Juárez no dudó en enviar a la fuerza pública y aplicar la ley.

En octubre de 2003, una sentencia judicial dictada por un tribunal de circuito obligaba al gobierno del Distrito Federal a pagar una suma (en verdad absurda) por la expropiación de unos terrenos. López Obrador declaró, con tonos extrañamente evangélicos: "Ley que no es justa no sirve. La ley es para el hombre, no el hombre para la ley. Una ley que no imparte justicia no tiene sentido", y agregó:

La Corte no puede estar por encima de la soberanía del pueblo. La jurisprudencia tiene que ver, precisamente, con el sentimiento popular. O sea que si una ley no recoge el sentir de la gente, no puede tener una función eficaz [...] La Corte no es una junta de notables ni un poder casi divino.

Si la ley era injusta, había caminos institucionales para cambiarla. Si el juez, como era el caso, había dado una sentencia excesiva, existían instancias jurídicas para combatirla. Los abogados del gobierno del Distrito Federal (los había, excelentes) hicieron uso de esas instancias y, al cabo del tiempo, lograron reducir sustancialmente la cantidad que se reclamaba. Pero el tema no era legal sino político. Al litigar el asunto en los medios y negar la autoridad de la Suprema Corte de Justicia, el "Peje" había dado una primera muestra de su idea de la justicia, y su imagen condicionada de la división de poderes. Un paisano suyo explicó el fundamento de su actitud: "Tiene un concepto marxista del derecho, para él es un arma de la burguesía para dominar al proletariado."

En mayo de 2004, otro proceso judicial comenzaría a ocupar las planas de los diarios y el espacio de los noticieros. El gobierno del DF se había negado a respetar una orden de suspensión dictada por un juez dentro de un juicio de amparo. El juez turnó el asunto a la Procuraduría para su consignación. Ante la posibilidad real de verse privado del fuero por la Cámara de diputados y ser sometido a juicio (proyecto que tanto el PAN como el PRI alentaban con la peregrina idea de inhabilitarlo como candidato a la Presidencia), López Obrador pasó de nuevo a la ofensiva, dobló las apuestas, declaró que no emplearía abogados ni se defendería y que –como admirador de Gandhi y Mandela– prefería ir a la cárcel en vez de acatar una orden que consideraba injusta. La responsabilidad directa recaía sobre un subordinado que había firmado la documentación, pero López Obrador se negó a involucrarlo y así liberarse legítimamente del problema. En términos legales, el caso era discutible. Para los defensores de López Obrador era inexistente o nimio; para sus críticos tenía un valor de principio, no debía permitirse el desacato a una sentencia judicial. López Obrador declaró que el poder judicial actuaba en connivencia con las "fuerzas oscuras" y dijo que lo reformaría al llegar a la Presidencia. Su "ruda franqueza" tabasqueña necesitaba de enemigos, y los encontró en la Suprema Corte.

Años atrás, al tomar posesión, el "Peje" había delineado su concepto de la verdadera democracia, no la democracia liberal sino la "democracia popular": "El gobierno es el pueblo organizado o, para decirlo de otra manera, el mejor gobierno es cuando el pueblo se organiza. La democracia es cuando el pueblo se organiza y se gobierna a sí mismo." Pero esa democracia requería la presencia cotidiana de un líder social que midiera "el pulso a la gente", que "metiéndose abajo" escuchara y canalizara –sin intermediaciones burocráticas o institucionales– las demandas de "la gente". Ésa era, a su juicio, la función del jefe de gobierno.

¿A qué tradición correspondían estas ideas? "La nación –había escrito hacia 1837 el pensador conservador Lucas Alamán al carismático dictador Antonio López de Santa Anna– le ha confiado a usted un poder tal como el que se constituyó en la primera formación de las sociedades, superior al que pueden dar las formas de elección des-
pués de convenidas, porque procede de la manifestación directa de la voluntad popular, que es el origen presunto de toda autoridad pública." Precisamente contra esa concepción "directa" del poder –de raíz medieval y monárquica–, la generación de Juárez concibió una constitución liberal en la que la "voluntad popular" se expresaba en votos individuales y el poder presidencial permanecía acotado por los otros poderes.

Curiosamente, a fines de 2004 López Obrador se hizo fotografiar con un ejemplar de la biografía de santo Tomás de Aquino, en cuya Summa teologica la división de poderes no es siquiera imaginable. En esa visión orgánica del poder público (muy arraigada en la cultura política de los países hispánicos), la soberanía popular emana de Dios hacia el pueblo, y quien debe interpretarla correctamente es la autoridad elegida por Dios. (Por eso "no había que meterse con las creencias de la gente"). ¿Y quién interpreta el divino poder de la "soberanía popular"? El líder social que se autodesignaba "el rayo de esperanza": López Obrador.

En ningún momento quedó más clara esta inspiración divina que sentía encarnar el jefe de gobierno como en la fervorosa concentración del Zócalo, el día del desafuero. Ni en los tiempos dorados del PRI se había visto algo similar, porque en el viejo sistema político mexicano la gente acudía al Zócalo para apoyar al detentador temporal de la investidura presidencial. Ahora no, ahora acudía a mostrar su apego solidario al "hombre providencial". Un grupo de ancianas portaban un letrero que decía "Que Dios te cuide, rayito de esperanza".

"La doble valla metálica que corta por la mitad a la multitud y dentro de la cual camina solitario el Jefe hacia la gran tribuna de la plaza". ¿Qué recordaba la escena? Adolfo Gilly, historiador respetado y viejo militante de izquierda, señalaría tiempo después que la inspiración de aquella "coreografía y escenografía", de aquel "método de centralización personal de la organización en la figura del Jefe", provenía "de los años treinta, en la figura y las ideas del tabasqueño Tomás Garrido Canabal".

Tenía razón. La clave para comprender mejor la for-
mación, la imaginería, el estilo y sobre todo la actitud polí-
tica de Andrés Manuel López Obrador no estaba en la historia de México, en Cárdenas o Juárez. La clave –como él mismo me había dado a entrever en aquel desayuno de agosto de 2003– estaba en la historia de Tabasco, la tierra del "poder tropical".


Un "ferviente deseo de gobernar"

"Ese estado pantanoso y aislado, puritano e impío", escribió Graham Greene en Caminos sin ley (1939), libro de viaje complementario a El poder y la gloria (1940). A Graham Greene, que recorrió Tabasco en 1938, tres años después de terminada la era de Garrido, lo intrigaba la "oscura neurosis personal" de aquel "dictador incorruptible". Su sombra seguía rondando. Ahí estaban las "escuelas racionalistas", instituciones de disciplina casi militar donde los niños era adoctrinados "científicamente", aprendían las virtudes de la razón, la técnica agrícola y los ejercicios físicos. Greene se impresionó con los carteles que vio en las escuelas: una mujer crucificada a la que un fraile le besa los pies, un cura borracho bebiendo vino en la Eucaristía, otro tomando dinero de manos indigentes. Su confesor en Orizaba se lo había advertido: "A very evil land", y Greene, converso al catolicismo, creyó constatarlo a cada paso: "Supongo que siempre ha existido odio en México –apuntó–, pero ahora el odio es la enseñanza oficial: ha superado al amor en el plan de estudios [...] Uno se niega a creer que logrará algo bueno: y es que ese odio envenena los pozos de humanidad."

Ahí estaba también la huella de una existencia puritana (las luces se apagaban todavía a las 21:30, la venta y consumo de alcohol estaban prohibidos) y el recuerdo de una sociedad regimentada: cooperativas de distribución agrícola controladas por el gobierno, "ligas de resistencia" obligatorias para cada gremio de trabajadores o empleados, y, sobresaliendo entre todas, los llamados "camisas rojas", contingentes
estudiantiles de ambos sexos uniformados con colores
rojinegros, recorriendo las calles con disciplina fascista y sirviendo como tropas de adoctrinamiento y choque para la intensa campaña "contra Dios y la religión". En escenas
filmadas por el gobierno de Garrido para fines de propaganda se veía cómo los "camisas rojas" (precursores de los "guardias rojos" chinos) empuñaban la piqueta para destruir, piedra por piedra, la Catedral de Villahermosa; arrojaban a las llamas imágenes piadosas de los templos destruidos y los objetos de culto que la gente guardaba en sus casas,
y escenificaban tumultuosos "autos de fe" donde los niños, maestros, jóvenes y viejos se turnaban para destruir con la piqueta grandes esculturas de Cristo crucificado.

A juicio de López Obrador, el mérito de Garrido fue convertir a Tabasco "en la Meca política del país". El uso de la metáfora religiosa no era casual. Tabasco, en efecto, creció a través de los siglos con una población alimentada por la madre naturaleza, pero literalmente dejada de la mano de Dios: sin la presencia de los misioneros que evangelizaron a la mayor parte del país, casi sin templos ni parroquias (el Obispado, muy tardío, es de 1880), y con una cuota de sacerdotes pequeñísima frente al promedio nacional. Tampoco las instituciones de enseñanza –colegios o seminarios, comunes también en el resto de la República– se arraigaron en el lugar (el Instituto Juárez, único plantel de enseñanza superior, no se fundó hasta 1879). Además de su aislamiento geográfico, Tabasco resentía su marginalidad espiritual, y esperaba su oportunidad para afirmarse en la historia nacional, para convertirse en su Meca. Esa oportunidad arribó con la Revolución Mexicana.

Había llegado de fuera, traída por los generales del norte y del Altiplano. El primero que puso su sello en Tabasco fue el general Francisco J. Múgica, antiguo seminarista de la seráfica ciudad de Zamora que, en un movimiento muy típico de los revolucionarios de la época, se había rebelado contra su formación católica llevando el jacobinismo a extremos de profanación sólo vistos en la Revolución Francesa o antes, en la Inglaterra isabelina. Al llegar a Tabasco en 1916, Múgica ocupó con sus tropas la catedral, cambió el nombre de la capital de San Juan Bautista a Villahermosa, y dio inicio a un reparto agrario. Múgica estaba orgulloso de la naturalidad con que los tabasqueños parecían adoptar su radicalismo antirreligioso: "Hay que tabasqueñizar a México", llegó a decir. Según Andrés Manuel López Obrador, Múgica –tutor de Garrido– fue "el más idealista de los revolucionarios".

En su libro Entre la historia y la esperanza (1995), López Obrador describe este proceso como un historiador oficial, sin mayor distancia crítica. Gracias a Garrido –recuerda–, Álvaro Obregón había dicho: "Tabasco es el baluarte de la Revolución." Debido a su falta de tradición religiosa –escribió–, Tabasco tenía "condiciones ideales" para la política anticlerical. Aunque entrecomilló la "obsesión" de Garrido por destruir de raíz "el virus religioso", su recuento de aquella gestión era neutro o francamente positivo, como cuando refería la "extraordinaria" labor educativa, la organización de las Ligas de Resistencia obreras y campesinas, las ferias y los conciertos. Si bien le objetaba que, "en sentido estricto, no fuera socialista" y que "sin ser un dictador, fuese un caudillo autoritario", lo consideraba "un visionario de gran sensibilidad que supo combinar armónicamente economía y política". Para López Obrador, su verdadero error fue táctico y posterior a su gubernatura: "Querer trasladar la política anticlerical del trópico al altiplano [...] Eran otras las condiciones." (En 1935, siendo ya ministro de Agricultura en el gobierno de Cárdenas, Garrido ordenó una matanza de católicos en la ciudad de México, hecho que le valió su dimisión y exilio a Costa Rica.) "Don Tomás", en definitiva, era objeto de su admiración: "Era muy hábil, muy eficaz, muy sensible [...] Tenía un instinto certero [...] tenía otra cosa que también es fundamental [...] era un hombre con aplomo."

López Obrador admiraba al político en Garrido, pero no veía que el político era inseparable del teólogo. El celo antirreligioso de Garrido Canabal era en sí mismo "religioso", un reverso torcido y cruel del celo que furiosamente combatía. Esa dialéctica está en el centro de la novela de Greene. Al describir al teniente garridista, puritano y
ateo, Greene percibe "algo sacerdotal en su andar decidido
y vigilante, parecía un teólogo que volvía sobre los errores de su pasado para destruirlos nuevamente [...] Hay místicos que dicen haber conocido directamente a Dios. Él también era un místico y lo que había conocido es el vacío". El espacio de ese vacío, el espacio de la fe, no se llenó en Tabasco con un humanismo laico. Se llenó, sobre todo, con una fe agresiva y militante. En la Meca tabasqueña no se enseñaba la ciencia: se la predicaba. En términos históricos y culturales, en el Tabasco de entonces no había Ilustración: había una religiosidad invertida, y había iconoclasia.

Esa paradójica inserción de Garrido en la sociología religiosa es un dato crucial: se daría también –aunque con un perfil distinto– en Andrés Manuel López Obrador. Según algunas versiones, su religión, como la de más de un veinte por ciento de tabasqueños, era evangélica. Según su propio testimonio, es católico, aunque no practicante. Una biografía oficiosa consigna que, siendo adolescente en Macuspana, fue monaguillo y recorría los pueblos pobres con los curas. La familia creyó que tenía vocación sacerdotal. Su amistad posterior con el poeta Carlos Pellicer (hermano espiritual de Neruda, hombre de izquierda, cantor de la naturaleza, de la América hispana y de la religiosidad cristiana) fue, seguramente, otro momento de inspiración. ¿Frecuentó en algún período posterior a los jesuitas postconciliares? En todo caso, su religiosidad fue buscando cauces propios, políticos, pero habría de tener una inspiración garridista: puritana, dogmática, autoritaria, proclive al odio y, sobre todas las cosas, redentorista.

Gilly tenía razón, pero no sólo la coreografía, la escenografía, el culto a la personalidad que rodeaban a López Obrador provenían del Tabasco de Garrido Canabal. También la propensión al liderazgo religioso en la política. En la era de Garrido (que duró catorce años: un salvador, como se sabe, necesita tiempo), el diario oficial se llamaba Redención, se publicaban poemas religiosamente ateos, se escribían nuevos "credos" y loas al salvador: "Ese hombre es Garrido / el hombre de acción / que al pueblo oprimido / trajo redención."

Hacia mediados de 2004, el tema del liderazgo religioso comenzó a aparecer explícitamente en las entrevistas de López Obrador. Él no buscaba el poder, sino la oportunidad de servir al prójimo. Su desapego de los bienes terrenales, su pureza, no eran sólo virtudes personales sino argumentos de autoridad política indisputable, pruebas de que él tenía la razón, que sus adversarios estaban equivocados o actuaban de mala fe. Para entonces ya se refería a su persona en términos inconfundiblemente mesiánicos:

yo estoy convocando a un movimiento de conciencia, un movimiento espiritual, mucha gente que me ve, gente humilde, lo que me dice es que está orando [...] Yo soy muy demócrata y muy místico, estoy en manos de la gente.



El otro gran líder de Tabasco (mitad cacique, mitad caudillo) había sido Carlos Madrazo. López Obrador se refirió a él también en Entre la historia y la esperanza y en entrevistas posteriores. Becado desde joven por Garrido –fundador de los "camisas rojas", impulsor de la "educación socialista"–, se incorporó en los años treinta a las filas del PRI (entonces el Partido Nacional Revolucionario). En 1958 alcanzó su sueño, llegó a Tabasco con "el ferviente deseo de gobernar":

Tengo recuerdos de él cuando llegaba a mi pueblo
–rememoraba López Obrador–. Había cierta veneración por los hombres del poder. Cuando Madrazo visitaba Tepetitán se ponían arcos de triunfo con palmas, las calles se adornaban [...] lo recibían las mujeres más bellas del pueblo.

Madrazo presidió una nueva etapa de crecimiento económico, obra pública y concentración de poder. A los ojos de López Obrador, Madrazo era admirable pero imperfecto: "no era un idealista, no actuaba motivado por las necesidades de la gente [...] del pueblo raso, de los de abajo." Sin embargo, en los años sesenta, siendo presidente nacional del PRI, había intentado una audaz reforma democrática, la celebración de elecciones internas en el partido. El sistema no lo toleró y Madrazo dimitió. Durante el movimiento estudiantil del 68, pudo haber fundado una corriente política de oposición. López Obrador recuerda cuánto se reprochaba a sí mismo su indefinición. En junio de 1969, meses antes del período preelectoral, el avión comercial en que viajaban Madrazo y su esposa se estrelló en la sierra de Monterrey. Dejaban huérfanos a sus hijos, entre ellos a Roberto, que desde 1994 se volvería el principal enemigo político de López Obrador. "Yo tengo razones suficientes para sostener que fue un asesinato político, iba a lanzarse como candidato independiente", sostenía López Obrador.

Carlos Madrazo era su modelo político. Los adjetivos que le dedicaba en su libro eran caudalosos como el Usumacinta: avispado, ejecutivo, eficiente, de mucho carácter, todo él era nervio y acción, apasionado, abierto, desbordante, caliente, auténtico. Al hablar de Madrazo estaba hablando de sí mismo.



Finalmente, junto a Garrido y Madrazo, en el libro Entre la historia y la esperanza aparecía un tercer personaje. Era el sucesor natural de ambos. Como ellos, gustaba de sentir "la veneración por los hombres del poder", y compartía con ellos "el ferviente deseo de gobernar". Heredaría sus virtudes y corregiría sus defectos; él era un idealista de izquierda; nunca se reprocharía su indefinición porque se había atrevido a salir del espacio institucional; no se identificaba con "los de arriba", él sólo quería el poder para servir a "los de abajo". Él sí sabría cómo purificar a la Revolución. En él terminaba la historia y comenzaba la esperanza. Era, naturalmente, Andrés Manuel López Obrador.


El "rayo de esperanza"

Su trayectoria de líder social y activista político, recogida en ese libro y en varias biografías subsiguientes, es notable por su tenacidad y eficacia. Su carrera había comenzado en 1976, como director de campaña de Carlos Pellicer, cuando el viejo poeta lanzó su candidatura como senador del PRI (y de los indígenas chontales, decía él) por Tabasco. Quizá fue suya la idea de no gastarse en publicidad todo el dinero que el PRI les dio para la campaña, sino comprar máquinas de coser y regalarlas a las comunidades pobres, como se hizo. Pellicer moriría en 1977, pero recomendaría a su discípulo con el gobernador Leandro Rovirosa, que al advertir de inmediato la "emoción social" de aquel joven impetuoso, le encomienda la dirección del centro que atendía a los indígenas de Tabasco, los "chontales". "Andrés lo tomó como si se hubiera tratado de una misión –recordaba su esposa–. Muchas veces, en lugar de ir al cine o a un parque conmigo, yo lo acompañaba a reuniones o a asambleas para aprovechar el poco tiempo que teníamos para vernos." Gracias al súbito y fugaz boom petrolero de esos años, el gobierno pudo apoyarlo para financiar la construcción de obras sanitarias, pisos de concreto, letrinas y viviendas para los indígenas. Los "camellones chontales" creados por López Obrador (islotes de tierra firme ganados al agua, inspirados en técnicas de los aztecas) serían sus primeras "obras públicas", visibles y útiles.

En 1982 tomó posesión un nuevo gobernador, Enrique González Pedrero. Brillante maestro de la UNAM, hombre de izquierda y teórico de la política, González Pedrero y su esposa, la escritora Julieta Campos, reconocieron la vocación social del fogoso líder, y el gobernador le encomendó la dirección del PRI estatal. López Obrador puso en marcha una reforma democrática interna no muy distinta de la que Carlos Madrazo había intentado en su momento. Se dice que, al advertir en el proyecto ecos de la organización territorial del Partido Comunista Cubano, González Pedrero le advirtió "esto no es Cuba", pero el líder persistió en su plan. Igual que con Madrazo, los jefes políticos locales se rebelaron y, de manera intempestiva, el gobernador le exigió la renuncia, ofreciéndole la Oficialía mayor. López Obrador declinó, y emigró con su familia a México. Del exilio lo sacó la siguiente elección estatal. Todavía dentro del PRI, buscó la candidatura a la Presidencia municipal de Macuspana y, al serle denegada, la fraguó con una coalición de partidos de izquierda.

Su trayectoria correría en paralelo a la de Cuauhtémoc Cárdenas que, sintiéndose verosímilmente despojado del triunfo legítimo en las elecciones presidenciales de 1988, optaría por fundar el PRD. Su hombre en Tabasco fue López Obrador. Recorriendo los pueblos, pernoctando en las comunidades, editando un periódico combativo –Corre la voz–, López Obrador edificó exitosamente al PRD tabasqueño. Su primera gran campanada fueron las elecciones intermedias de 1991. El PRI reclamó, como siempre, el triunfo completo, pero López Obrador había construido una poderosa base social y, para protestar por el fraude, encabezó un "éxodo por la democracia" (de obvias resonancias bíblicas) a la ciudad de México. Una multitud de campesinos recorrió el país, del Trópico al Altiplano, y acampó en el Zócalo (la zona teocrática). El gobierno de Salinas de Gortari no tuvo más remedio que ceder a la presión. López Obrador regresó a Tabasco con una buena cosecha: tres municipios reconocidos para el PRD y la inminente renuncia del gobernador. De aquel movimiento, López Obrador extrajo una experiencia clave, que le confió a un amigo: "Diálogo verdaderamente sustantivo para el avance de la democracia es el que se acompaña de la movilización ciudadana."

En 1992, López Obrador amplía su radio de acción: organiza exitosas movilizaciones y marchas en defensa de trabajadores transitorios despedidos por Pemex. "La empresa –recuerda en su libro– tuvo que acceder a pagar las prestaciones básicas de miles de transitorios, no sólo en Tabasco sino en todas las zonas petroleras del país." Dos años más tarde, va tras la huella de Garrido y Madrazo: se lanza a la gubernatura de Tabasco. Su contrincante es nada menos que Roberto Madrazo que, a diferencia de su padre, ha seguido una trayectoria de ortodoxia partidista y ha operado de manera turbia en no pocos procesos electorales. En su campaña, López Obrador ofrece 32 compromisos muy similares a los que aplicará en el gobierno del DF. Visita todos los municipios, conoce a cientos de miles de ciudadanos. "La gente estaba prendida", recuerda. Las elecciones son disputadas, y por una diferencia de apenas veinte mil votos se declara el triunfo de Madrazo. López Obrador busca deliberadamente una proyección nacional y organiza una "caravana por la democracia" hacia la ciudad de México. En Tabasco,
la protesta incluye nuevas tomas de las instalaciones
petroleras. Sus simpatizantes se posesionan de la plaza de armas en Villahermosa, se declaran en desobediencia civil e instalan un gobierno paralelo.

A principios de 1995, decidido a abrir de verdad el sistema político, el presidente Zedillo pacta con todas las fuerzas –incluido el PRD– una reforma que consolidaría la autonomía del Instituto Federal Electoral y echaría a andar la transición democrática. Zedillo no acude a la toma de protesta de Madrazo, que habita un "búnker" en Villahermosa. Ante el peligro inminente de una represión, López Obrador disuelve el plantón en Villahermosa, pero al poco tiempo convierte su derrota en victoria al exhibir, en un segundo "éxodo" de campesinos tabasqueños al Zócalo de México, las cajas con documentos que contenían pruebas del fraude electoral en Tabasco.

En el horizonte se dibuja la oportunidad de incidir, no ya en la política de Tabasco, sino en la nacional. En 1996 moviliza a las organizaciones indígenas de La Chontalpa para tomar cincuenta pozos petroleros. Protestan por el daño ecológico causado por la empresa y apoyan a productores con carteras vencidas. La fuerza pública encarcela a doscientos seguidores. López Obrador cumple ya veinte años como líder social, siempre en ascenso: "Este país no avanza con procesos electorales –le confía entonces a su paisano, Arturo Núñez–, avanza con movilizaciones sociales." Había arribado a su teoría de la movilización permanente. El problema, claro, era que la movilización y algunas formas de resistencia (como la negativa a pagar la luz) podían entrar en conflicto con el estado de derecho. Pero el derecho para López Obrador –apunta el propio Núñez– no era (ni es) más que una "superestructura" creada por los burgueses para oprimir al trabajador. El 10 de noviembre escribió la última línea de su libro, con una profecía:

Hemos aprendido que se puede gobernar desde abajo y con la gente; desde las comunidades y las colonias; desde las carreteras y las plazas públicas; que no hace falta tener asesores ni secretarías ni guaruras; que lo indispensable es poseer autoridad moral y autoridad política; y tenemos la convicción de que mientras no haya ambiciones de dinero y no estemos pensando nada más en los puestos públicos, seremos políticamente indestructibles.

Gobernar es una palabra que le gusta a López Obrador. La usa como sinónimo de mando. Gobernaba sin ser gobernador. Y seguiría su incontenible ascenso hasta volverse "el rayo de esperanza": la Presidencia nacional del PRD en 1996 (muy exitosa en lo electoral pero no en el avance de la democracia interna del partido), la Jefatura al gobierno del DF en el 2000 y, a fines de 2005, la candidatura a la Presidencia de la República por el PRD.


"Tabasco en sangre madura"

En términos sociológicos, su misión "providencial" proviene del redentorismo garridista. Pero ¿cuál es el resorte psicológico de su actitud? Sus hagiografías refieren el episodio de una excursión con el poeta Pellicer y unos amigos, en el que la traicionera corriente de un río en Tabasco puso al joven Andrés Manuel en trance de muerte. Según esa versión, López Obrador habría interpretado su salvación como un llamado a cumplir con una misión trascendental. Pero otras publicaciones consignan un hecho anterior, íntimo, que tuvo lugar en Tabasco.

Graham Greene había escrito que Tabasco "era como África viéndose a sí misma en un espejo a través del Atlántico". Extrañamente, Andrés Iduarte –"el mejor escritor de Tabasco" según López Obrador– tenía una línea similar: "Tabasco es un país de nombres griegos y alma africana." En su obra Un niño en la Revolución Mexicana, uno de los textos clásicos del género, Iduarte se refiere con insistencia a los rostros de la violencia en Tabasco: "El desprecio a la muerte, presente en todo mexicano, adquiere en Tabasco un diapasón subido [...] El tabasqueño peleaba y mataba sin saber que hacía algo malo [...] Lo malo no es que maten [en Tabasco], lo malo es que crean que matar es algo natural."

"Estábamos envenenados de una hombría bárbara"
–apuntaba Iduarte–, recordando cómo los muchachos "usaban una pistola encajada en el pantalón, bajo la blusa" y se liaban "con brutalidad", en "verdaderas batallas [...] con rifles de salón bajo los platanares". ¿Cómo explicarlo? Era el "ambiente de Tabasco, cargado de pasiones tempestuosas", era el "individualismo tropicalmente vital, impetuoso,
desorbitado", era la voz de la selva a cuya escucha los hombres se "agujereaban a tiros por la más leve ofensa". Iduarte hablaba por experiencia propia. Hombre culto y gentil, escribía su memoria en 1937, fuera del país. Autor de una obra literaria e histórica vastísima, Iduarte llegaría a ser Profesor Emérito de la Universidad de Columbia en Nueva York, pero viviría casi todo el resto de su vida en destierro voluntario. Presa de la "pasión tropical", el caballeroso Iduarte había matado a un hombre.

Andrés Manuel López Obrador vivió también una dolorosa experiencia con la muerte. En su edición del 9 de julio de 1969, los periódicos Rumbo nuevo, Diario de Tabasco y Diario Presente consignaban la muerte de su hermano, José Ramón López Obrador. Los hechos habían ocurrido a las dieciséis horas del día anterior, en el interior del almacén de telas "Novedades Andrés", propiedad de la familia en Villahermosa. De la declaración que rindió Andrés Manuel López Obrador ante el agente del ministerio público (recogida parcialmente en la prensa), se desprendía que los dos hermanos habían tenido una discusión. Tomando un arma, José Ramón había querido convencer a su hermano de "espantar" a un empleado de una zapatería cercana. Andrés Manuel habría intentado disuadirlo, pero José Ramón lo tildaba de miedoso. De pronto, al darle la espalda a su hermano, Andrés Manuel escuchó un disparo. Trató de auxiliarlo y quiso llevarlo rápidamente con un médico, pero al poco tiempo José Ramón dejó de existir. Versiones distintas consignaban que a Andrés Manuel, accidentalmente, se le había escapado un tiro. La declaración ministerial desapareció de los archivos.

Cabe conjeturar que la muerte de su hermano no pudo menos que pesar profundamente en la vida de Andrés Manuel. Tal vez de allí proviene su conciencia de los peligros de la "pasión tropical", de esa "ruda franqueza", tempestuosa, desbordante, que sin embargo aflora en él saliéndose de cauce con mucha frecuencia. Y quizá también de allí provenga su actitud mesiánica. Él no había sido culpable de los hechos, pero tal vez pensaría que podía haberlos evitado. En un cuadro así parece difícil liberarse de la culpa. Y la culpa, a su vez, busca liberarse a través de una agresividad vehemente, tan temeraria como para tomar pozos petroleros. O mediante vastas mutaciones espirituales. López Obrador pudo haber encontrado su forma de expiación llenando su existencia con una misión redentora. Dedicaría la vida al servicio de los chontales, de los tabasqueños, de los mexicanos, del "pueblo". "Tabasco en sangre madura", había escrito Carlos Pellicer. Andrés Iduarte y Andrés Manuel López Obrador sabían con cuánta verdad.


Personalidad "maná"

Ése es "el hombre de acción que a todas sus huestes trae redención". La versión actual de Garrido Canabal que desde el poder purificará y organizará a la sociedad, mostrándole el camino de la verdadera convivencia, liberándola de sus opresores. En sus ratos de ocio lee cuentos sobre Pancho Villa, y –dato curioso– recomienda la lectura de El poder y la gloria. Lo inquietante no es su ideología: la opinión liberal en México podría ver con naturalidad y con buenos ojos la llegada al poder de una izquierda democrática, responsable y moderna, como ocurrió en Brasil y Chile. Tampoco preocupa demasiado su programa: da la espalda a las ineludibles realidades del mundo globalizado e incluye planes extravagantes e irrealizables, pero contiene también ideas innovadoras, socialmente necesarias. Lo que preocupa de López Obrador es López Obrador. No representa a la izquierda moderna que, a mi juicio, sería la alternativa ideal frente a un PAN ultramontano, sin autoridad política, y un PRI anquilosado, sin autoridad moral. Representa a la izquierda autoritaria. "No es un pragmático –comenta Gustavo Rosario Torres, perspicaz tabasqueño, psicólogo de tabasqueños–, el altiplano no lo atempera, le gana la 'pasión tropical'." Pero la suya no es una simple pasión política, sino una pasión nimbada por una misión providencial que no podrá dejar de ser esencialmente disruptiva, intolerante.

En una entrevista de televisión, al preguntársele por su religión, contestó que era "católico, fundamentalmente cristiano, porque me apasiona la vida y la obra de Jesús; fue perseguido en su tiempo, espiado por los poderosos de su época, y lo crucificaron". López Obrador no era cristiano porque admirara la doctrina de amor de los Evangelios, porque creyera en el perdón, la misericordia, la "paz en la tierra a los hombres de buena voluntad". Él era "fundamentalmente cristiano" porque admiraba a Jesús en la justa medida en que la vida de Jesús se parecía a la suya propia: comprometida con los pobres hasta ser perseguido por los poderosos. La doble referencia a "su época" y "su tiempo" implicaba necesariamente la referencia tácita a nuestra época y a nuestro tiempo, donde otro rebelde, oriundo no de Belén sino de Tepetitán, había sido perseguido y espiado por los poderosos, y estuvo a punto de ser crucificado en el calvario del desafuero. No había sombra de cinismo en esta declaración: había candor, el candor de un líder mesiánico que, para serlo cabalmente, y para convocar la fe, tiene que ser el primero en creer en su propio llamado. No se cree Jesús, pero sí algo parecido.

Hay diversos escenarios para la mañana del 3 de julio, pero son tres los que, en mi opinión, tienen mayor posibilidad. El menos probable es la derrota de López Obrador por un margen amplio, digamos más de un siete por ciento: en ese caso, el tabasqueño esperaría una nueva oportunidad en el 2012. Si el margen fuera menor que un siete por ciento, López Obrador repetirá su experiencia en Tabasco: desconocerá los resultados, aducirá fraude, hablará de complot, fustigará a los ricos, redoblará sus apuestas, invocará la resistencia civil, llamará a movilizaciones en todo el país para convocar a nuevos comicios y hasta intentará formar un gobierno paralelo. Si Madrazo se suma a las protestas, la situación sería caótica: aunque, en teoría, ese endurecimiento le daría una posición más fuerte para negociar un pacto de gobernabilidad, las fuerzas desatadas en el proceso podrían resultar incontenibles. En caso de darse la convergencia, ésta tendería a desacreditar la movilización del PRD, aunque no necesariamente a detenerla, porque para ello haría falta también negociar con López Obrador y el PRD. La tercera posibilidad –que es alta en este momento–, es el triunfo de López Obrador en las elecciones. En ese caso, la democracia en México también enfrentará una prueba histórica, aunque en otros términos.

Hace treinta años, en su ensayo "El 18 Brumario de Luis Echeverría" (Vuelta, diciembre de 1976), Gabriel Zaid recordaba los estudios de Jung sobre la "personalidad maná": "El inconsciente colectivo puede arrastrar a un hombre al
desequilibrio, exigiéndole cumplir expectativas mesiánicas". Para compensar su responsabilidad en el crimen del 68, Echeverría asumió una personalidad mesiánica. Pero para acotarlo –además del límite infranqueable de los seis años–, el sistema político mexicano tenía sus propios valladares internos, como la fuerza de los sindicatos.

Ahora, mucho más que en la época de Echeverría, la dialéctica descrita por Jung está operando. El "inconsciente colectivo" de muchos mexicanos está arrastrando a López Obrador al desequilibrio, exigiéndole cumplir expectativas mesiánicas: "Acá Andrés Manuel es como una creencia, nosotros pedimos en la iglesia para él" –dijo una mujer de la comunidad Pentecostés, durante la gira por Tabasco–. "Yo que soy católica también pido que gane", dijo otra. "México necesitaba un Mesías y ya llegó López Obrador", decía una pancarta en el pueblo natal de Juárez. Pero él ha sido el primero en alentar esas expectativas y en creer que puede cumplirlas. "Ungido", más que electo, por el pueblo, podría tener la tentación revolucionaria y autocrática de disolver de un golpe o poco a poco las instituciones democráticas, incluyendo la no reelección. Ésta parece ser, por cierto, la preocupación de Cuauhtémoc Cárdenas, líder histórico de la izquierda mexicana, hombre tan ajeno a la explotación de la religiosidad popular para fines políticos como lo fue su padre, que por ese motivo rompió con Garrido Canabal. En una charla, Cárdenas me dio a entender que no descarta la perpetuación de su antiguo discípulo en el poder. Quizá tenga razón. Un proyecto mesiánico aborrece los límites y necesita tiempo: no cabe en el breve período de un sexenio.

Pero México no es Venezuela. Si bien ya no existen los antiguos valladares del sistema que autolimitaban un poco los excesos del poder absoluto, ahora contamos con otros, nuevos pero más sólidos: la división de poderes, la independencia del poder judicial, la libertad de opinión en la prensa y los medios, el Banco de México, el IFE. México es, además, un país sumamente descentralizado en términos políticos y diversificado en su economía. El federalismo es una realidad tangible: los gobernadores y los estados tienen un margen notable de autonomía y fuerza propia frente al centro. Adicionalmente, dos protagonistas históricos, la Iglesia y el Ejército, representarán un límite a las pretensiones de poder absoluto, o a un intento de desestabilización revolucionaria: la Iglesia se ha pronunciado ya por el respecto irrestricto al voto, y el Ejército es institucional. Por sobre todas las cosas, México cuenta con una ciudadanía moderna y alerta. Los instintos dominantes del mexicano son pacíficos y conservadores: teme a la violencia porque en su historia la ha padecido en demasía.

Costó casi un siglo transitar pacíficamente a la democracia. El mexicano lo sabe y lo valora. De optar por la movilización interminable, potencialmente revolucionaria, López Obrador jugará con un fuego que acabará por devorarlo. Y de llegar al poder, el "hombre maná", que se ha propuesto purificar, de una vez por todas, la existencia de México, descubrirá tarde o temprano que los países no se purifican: en todo caso se mejoran. Descubrirá que el mundo existe fuera de Tabasco y que México es parte del mundo. Descubrirá que, para gobernar democráticamente a México, no sólo tendrá que pasar del trópico al Altiplano sino del Altiplano a la aldea global. En uno u otro caso, la desilusión de las expectativas mesiánicas sobrevendrá inevitablemente. En cambio la democracia y la fe sobrevivirán, cada una en su esfera propia. Pero en el trance, México habrá perdido años irrecuperables. ~

http://www.letraslibres.com/index.php?art=11289

Dudas "existencialistas"

Yuriria Sierra
Excélsior
Nudo Gordiano

Aprovechando que Roberto Madrazo puso de moda la filosofía en estos días (al acusar de "existencialista" a Manuel Bartlett por "arrimársele" a López Obrador), aprovecho para montarme en la ola y expresar algunas sinceras dudas, también de corte existencialista (o lo que es lo mismo, "¿nada importa, todo vale gorro?"), relacionadas con algunas recientes declaraciones de Andrés Manuel:

1. El candidato monolingüe. En la entrevista que le hicieron para la cadena MTV, López Obrador puso cara de "What?", cuando la entrevistadora le hizo una pregunta en inglés. Que no, que no habla inglés, pero no necesita hablarlo, porque hablar inglés es propio de "los peleles" de Estados Unidos y para eso hay traductores. De Estados Unidos y del resto del planeta. Tiendo a creer (y casi a asegurar) que no hay primer mandatario en el "mundo mundial" que no hable inglés, o por lo menos lo mastique. Salvo Lula da Silva, no tengo noticia de ningún otro presidente o primer ministro que no considere requisito indispensable medio manejar este idioma. Aunque sea un inglés bien rancherote como el de Fox. Finalmente, Estados Unidos es nuestro más importante socio comercial, un total de 11 millones de carnalitos se encuentran de ese lado del río y, sobre todo, nos guste o no, es la primera potencia del mundo. La duda existencialista en este caso es: ¿Andrés Manuel estará pensando en buscar a Mafalda para que, en el futuro y si gana la Presidencia, le traduzca sus conversaciones con George W. Bush o Condoleezza? Y si no acepta, ¿qué va a hacer El Peje cuando, en una cumbre internacional se le acerque el presidente chino y le diga, a manera de broma, pero en perfecto inglés achinado: "We’re gonna keep on fuckin’you guys"? ¿Pondría cara de "lo que me dices está en chino… o en inglés", da lo mismo porque no entiendo ni el inglés ni el chino? Pero lo más locochón de todo: El Peje ha declarado que "él no piensa viajar mucho, que prefiere hablar por teléfono con sus homólogos". ¿Acaso Andrés Manuel piensa que sus contrapartes tendrían todo el tiempo del mundo para perder mientras el traductor pone al tanto al presidente monolingüe de lo que se dice en la teleconferencia? (por cierto, ¿sabrá lo que es una teleconferencia?).

2. Lapsus Robertus. Ayer, el candidato del PRI tronó contra sus dos principales opositores y aseguró que "le piratean sus ideas, mismas que están debidamente registradas ante el Instituto Federal Electoral". Acusó, pues, a Felipe Calderón y a López Obrador de "robarle" sus propuestas de gobierno. Cosa extraña porque, ayer mismo, Roberto Madrazo dijo que las propuestas de Andrés Manuel y de Felipe eran poco menos que una porquería. ¡¿?! ¿O sea? ¿Acusó a sus opositores de piratearle sus ideas, que son poco menos que una porquería? La duda existencial es si estamos frente a algo así como un "lapsus Robertus" o más bien (¡por fin!) frente a un candidato que dice la puritita verdad.

3. Está del Napo. ¡Si todos ya nos enteramos de que Napoleón Gómez Urrutia está en Canadá! ¿Por qué el gobierno no va por él y busca extraditarlo? ¿Acaso porque no hay pruebas de su culpabilidad o porque al gobierno foxista le tiembla la mano o simplemente porque ya decidieron que el caso está del Napo, digo, del nabo? Mera duda existencial…

"los perredistas están mintiendo descaradamente": Cecilia S.

Ayer en la noche ví el nuevo spot de AMLO sobre su ´maravilloso´ proyecto para mejorar la economía, después leí la explicación de Ramirez de la O, y me dí cuenta de que algo en los números nada más no cuadraba.

Hoy en la mañana me puse a hacer cuentas y descubrí que los perredistas están mintiendo descaradamente. De acuerdo con la Encuesta nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2004 el 31.7 por ciento de los hogares mexicanos ganan hasta 2 salarios mínimos (en promedio mensual de 1912 pesos), el 32.3 por ciento ganan entre 2 y 4 salariós mínimos (4810 pesos en promedio), mientras 22.8 por ciento tienen un ingreso entre 4 y 8 salarios mínimos (promedio de 9270 pesos).

Si se multiplican los porcentajes arriba mencionados, (descontando el 60 por ciento de aquellos que ganan entre 4 y 8 salarios, al ser éstos no considerados en el proyecto de AMLO) por el aumento del 20 por ciento prometido, esto significaría que en promedio cada familia recibiría unos 830 pesos adicionales al mes, o lo equivalente a 9900 pesos al año.

Si se multiplica esto por los 18 millones de familias supuestamente beneficiadas, esto da un total de 179 mil millones de pesos que el gobierno tendría que pagar para cumplir con este compromiso, no los 80 mil millones que Rarmirez de la O ha manejado.

Nada más para que se den una idea de la magnitud de esta cantidad, equivale a más de cinco veces el presupuesto destinado durante el 2005 al Conacyt, institutio considerado clave para el desarrollo de México.

De hecho, 80 mil millones sólo sería posible si se considerara que el 90 por ciento de los beneficiarios tuviera un ingreso familiar de menos de 2 salarios mínimos, lo cual, como ya demostré con las mencionadas encuestas del INEGI no es una realidad en México.
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Hoy navegando descubrí su sitio web y se me hizo que esta información podía serles de interés. Aunque los datos mencionados los obtuve rápidamente haciendo redondeos, creo que un análisis más profesional daría los mismos resultados con variaciones mínimas.

Saludos.

Cecilia S.

AMLO ¿productivo?

Enrique Canales
Reforma
1 de junio de 2006

Para mí, AMLO no es un peligro para México, porque no estamos amarrados. Sin embargo, AMLO es un enorme riesgo, porque regalando dinero y reduciendo impuestos normales pretende ayudar a los pobres y a la clase media reactivando la economía. Ésta es una perversidad populista muy peligrosa. A López Obrador le importa sorbete nuestro bajo nivel de productividad -nunca ha hablado de ella- pero la neta es que sólo con más productividad habrá más oportunidades para que la gente pobre y la clase media aumenten su nivel de vida.

Andrés Manuel también ha dicho que aumentará los subsidios y los créditos al campo, pero no ha mencionado la necesidad de hacer más productivo al campo. Con créditos sin pagar, con subsidios desparramados con criterio político y sin exigencias de productividad, el campo de propiedad colectiva o de siembras de subsistencia seguirá siendo una de las principales causas de la emigración de nuestros campesinos.

Todas las izquierdas piensan que la causa de la pobreza es la mala repartición de la riqueza y rechazan aceptar que la pobreza es una cuestión de improductividad comunitaria. Los izquierdistas le tienen tirria a la ambición personal de producir y tener más, cuando es precisamente el motor de esa ambición -modulado por las leyes- el que genera los empleos que andan buscando nuestros compatriotas al otro lado de la frontera.

Debido a sus anquilosadas creencias, AMLO no acepta que la propiedad personal del campo, por el simple despertar de la natural ambición personal, logra el anhelo de sacarle cada vez, cada vez, cada vez más provecho tanto a la tierra, como a los créditos, como a la tecnología.

Pero dudo que AMLO en realidad piense en los pobres, pues pensar en los campesinos más o menos pobres no es pensar en la gran mayoría de los pobres. AMLO sigue terco en pretender renegociar el Tratado de Libre Comercio, porque para él es injusto obligar a los productores nacionales a competir con los gringos por la cantidad de subsidios que los gringos reciben de su gobierno. Pero ese subsidio es la parte menos importante de la verdad.

AMLO no menciona la importancia que tiene para la productividad, precisamente, el sistema de propiedad de la tierra. El nivel de productividad que las tierras gringas logran es por la claridad de los derechos de propiedad personal. Inclusive allá las cooperativas son autónomas y la propiedad personal se mantiene intacta.

Esa propiedad personal en sí, y por sí, capitaliza la tierra y es el factor que impulsa a realizar innovaciones en la aplicación de la mecánica, de la química y de la meteorología. También he visto cómo la ambición personal logra encontrar nuevas aplicaciones; de matemáticas en los diseños de experimentos para optimizar las siembras, de biotecnología, de sofisticados equipos agrícolas, y dicha ambición personal ha modernizado el sistema de distribución y comercialización.

Pretender competir sin modificar las tradicionales costumbres de nuestro campo, desperdiciar subsidios y esperando no recuperar los créditos, como era antes de El Barzón, es un retroceso vergonzoso. Por eso, para mí, Andrés Manuel es un gran riesgo para los pobres, pues seguirán igual, porque México no entenderá cómo aumentar su productividad.

El Tratado de Libre Comercio no trata de beneficiar a los productores improductivos, pretende que los pobres de los tres países puedan adquirir los productos más productivos y baratos que se producen en dichos países. Pero eso no lo entienden AMLO ni Hugo Chávez ni Evo que se han encerrado en su propio jugo incestuoso permitiendo que los productores improductivos se chupen a sus pueblos sin temer a la competencia internacional.

AMLO ha amenazado con renegociar el Tratado porque no quiere que los pobres mexicanos puedan comprar barato el maíz y el frijol americano. Así, por beneficiar a unos 2 millones de campesinos, AMLO piensa sacrificar a 100 millones de mexicanos, especialmente a 45 millones de pobres que tendrán que comprar su maíz y su frijol más caros en comparación a como los pueden comprar los pobres americanos y los pobres canadienses.

Pero ojo, Andrés Manuel no quiere reconocer que debido al TLC muchos productores, en base a su productividad y su calidad, han podido exportar a Estados Unidos como nunca en la historia; hortalizas, mangos, aguacates, naranjas, nueces, fresas, brócoli, y decenas de productos. Mantener a los campesinos comunitarios a base de subsidios, sin exigirles aumento de productividad, es dinero desparramado en el campo.

El peligro de AMLO es que no entiende que mantener a los productores con sus métodos tradicionales no elimina la pobreza. Es inmoral obligar a nuestros pobres mexicanos a comprar caro. Es inmoral mantener la ilusión de un campo mexicano improductivo. También es inmoral regalar dinero o quitar impuestos, destruyendo las finanzas nacionales. ¿Será Echeverría el que le aconseja a Andrés Manuel?

Correo electrónico: enriquecss@gmail.com

¡Qué fiasco!

Oscar Mario Beteta
Milenio
1 de junio de 2006

El coup de théâtre (golpe de teatro) que Andrés Manuel López Obrador preparó para anunciar su plan económico de beneficio a los trabajadores fue un fiasco total, absoluto, rotundo.

¡Parturien montes, nascetur...! (¡Paren lo montes, nacerá...!) pidió en cuantos espacios le permitieron decirlo. Sembró la expectación, llamó la atención, generó interés, pero... ¡ridiculus mus!

Eso es el monstruoso plan económico que anunció primero Rogelio Ramírez de la O, y luego recalcó AMLO en un lamentable spot, inentendible para quienes estaba destinado.

Tanto la presentación del programa, hecha por quien AMLO placea ya como si fuera secretario de Hacienda, como su propaganda para reforzarlo, dinamitaron la base que éste había construido para acceder a la Presidencia. A saber:

El mensaje no fue tal, fue un spot; no se presentó en los medios simultáneamente y la propuesta económica, analizada por estudiosos y especialistas en sus orígenes, desarrollo y factibilidad, es del todo inviable.

A partir de esos hechos, que aún los observadores más mesurados y objetivos no pueden valorar en favor de AMLO, es previsible el declive.

La reafirmación que hizo de la proclividad demagógica y populista que se le ha imputado, implícita y explícita en su oferta, será la base de la aceleración a fondo de la acción mediático-comunicativa en los días que vienen hasta arrollarlo y arroyarlo.

Reservados los detalles de su proposición para espacios más amplios, se sintetiza en la inviabilidad que todo país tiene si sus autoridades regalan dinero, reducen la captación de impuestos y abaratan productos y servicios, como promete AMLO.

Lo que plantea, sin considerar que las decisiones del gobierno que pretende encabezar tendrían qué pasar por el Congreso, donde seguro no contaría con una mayoría absoluta es, en síntesis, la crónica anunciada de una especie de golpe de Estado económico.

Enfermo México por la verborragia de los políticos; convertidos en venditores verborum (mercaderes de la palabra), AMLO rebasó todos los límites, lo que podría costarle lo que más ambiciona.

Un spot a los mexicanos

Milenio

¡Ché Lavolpe! No entiendo tal exabrupto sin una garrafa. Florestán

Los promocionales anunciaban algo inédito: un candidato presidencial enviaría “un mensaje a los mexicanos” en cadena nacional de televisión.

Una y otra vez machacaron con una red nacional de López Obrador a todos los que ganan menos de nueve mil pesos, para el martes a las 21 horas, en todos los canales.

Así, ese día y a esa hora, encendí el canal 2 y me sentaba cuando una engolada voz irrumpió en mi tele sin más:

—Mensaje a los mexicanos del candidato presidencial de la coalición Por el Bien de Todos, Andrés Manuel López Obrador —tono que contrastó con el del tabasqueño, que apareció con traje negro, corbata rosa, inédita en él, desdeñosamente anudada, camisa blanca, fondo blanco, un primer plano, todo plano.

“Si crece el ingreso de tu familia, México crece. Estoy convencido, y he trabajado toda mi vida para que las personas que ganan menos de nueve mil pesos mejoren su calidad de vida. Mi propuesta significa que desde el inicio de mi gobierno mejores tu ingreso familiar en un 20 por ciento y aumentes tu poder de compra”.

En seguida, anunció una baja en las tarifas de gas, luz y gasolinas, y ofreció “complementos en efectivo” y “programas sociales en dinero para ti”. Con burbujas ilustraron la oferta. De golpe, la misma voz impostada, cortó: “Por su atención, muchas gracias”. No me terminaba de acomodar para recibir el promocionado mensaje a los mexicanos, cuando había ya terminado.

Fueron 80 palabras que en extensión no correspondieron a la expectativa creada por los promocionales.

Pero me aseguran que el impacto les funcionó, que era lo que buscaban.

Es posible, no lo sé, pero veo de alto riesgo meter a Andrés Manuel en una expectativa que no se cumple cabalmente, porque de ahí a la decepción sólo hay un breve espacio.

Por lo demás, de “Mensaje a los Mexicanos” a nivel estadista, como se publicitó, tuvo poco. Con sus 54 segundos, es el más breve que he visto.

Vamos, que más que un mensaje fue un spot, un spot a la nación.

Y así lo manejaron desde ayer.

López no logró encadenar

Pepe Grillo
Jueves 1 de Junio de 2006

Mal le fue a López Obrador con su fallida cadena nacional.
“Una farsa, el mensaje…”, dijo El Economista.
“El mensaje de AMLO se quedó en spot”, escribió Milenio.
Los noticieros de radio y televisión hablaron de burla y de falta de seriedad.
Y los analistas señalaron que las propuestas de AMLO, son deseables, pero irrealizables.
La cadena nacional falló en todo.

Madrazo, me copian… lo malo
El que se hizo bolas con la propuesta lopista fue Roberto Madrazo.
El priista la calificó de peligrosa y capaz de llevar al país a la quiebra.
Pero de inmediato se quejó de la piratería política que hay en el proceso electoral.
López, dijo Madrazo, se fusila mis propuestas.
Es decir, ¿la propuesta de Madrazo que López copió, es peligrosa y nos puede llevar a la quiebra?
Que lo aclare el PRI, pero ya.

Cota pone condiciones
Leonel Cota, líder del PRD, estuvo a punto de resbalar ayer, pero corrigió a tiempo.
De pronto dijo a los reporteros que no estaba pensando en organizar movilizaciones si el 2 de julio perdía López Obrador.
Pero luego luego reculó:
“Salvo que existan indicios de que hubo un gran fraude, o indicios de que se falsificaron los resultados”.
Y, claro, será el PRD el que determine si hubo fraude o falsificación.
Lo han dicho hasta el cansancio, no le creerán al IFE… si el resultado les es adverso.

Aprueba la gente a Fox
El 62 por ciento de los consultados por la encuestadora Mitofsky, aprueba el gobierno de Vicente Fox.
Y le dan calificación de 6.9, la más alta de los últimos meses.
El sondeo, dijo Roy Campos, es el último que hará antes de las elecciones; el siguiente será en agosto, cuando ya haya nuevo presidente electo.
Lo que puede ser un mal presagio para Madrazo y López, si es cierto aquello de que buenos gobiernos ganan las elecciones.

Pirata, el mensaje a la nación de Amlo; también su plan económico

José Carreño Carlón
La Crónica
Jueves 1 de Junio de 2006

Fueron muchas las interpretaciones —la inmensa mayoría negativas— que suscitó el gesto fallido de poder, el intento a la vez tramposo y fracasado de Amlo, de producir un mensaje de apropiación simbólica del poder presidencial en el imaginario colectivo, al anunciar un “mensaje a la nación en cadena nacional”.

Y precisamente porque —en los términos planteados anteayer por Carmen Aristegui— las cadenas nacionales de radio y televisión son asociadas por el público con los presidentes de la República, el análisis acucioso de una aguda analista de medios la condujo a comparar aquel mensaje de campaña de Amlo con un producto pirata de los que inundan el mercado.
Y aunque en todos los casos, tras un producto pirata hay una impostura, una violación a los derechos del productor genuino, una adulteración del mercado y, algunas veces, un engaño al comprador, los cierto es que hay de productos pirata a productos pirata.

Porque los hay tan bien falsificados que cuesta trabajo distinguirlos de los genuinos.

Y los hay tan descuidadamente producidos que la impostura salta a la vista.

El mensaje pirata a la nación de Amlo pertenece a esta última clase:
a) en cuanto a la ausencia de las condiciones y los requisitos esenciales de este tipo de mensajes;
b) en cuanto a la pobreza patética de contenidos y el vacío de valores de producción, y,
c) en cuanto a la incompatibilidad con la investidura presidencial de una imagen tan desmejorada y de unos recursos expresivos tan elementales como los letreritos y las bolitas con que se subrayaban las ofertas de compra de votantes pobres a cambio de una serie de promesas.

En lo único en que se diferencia este producto de los piratas es que los costos de éstos suelen ser muy bajos y por tanto los precios de venta resultan muy inferiores a los del mercado legal, mientras que el desaliñado spot que se pretendió vender como mensaje a la nación tuvo estratosféricos costos de transmisión.

Y ya respecto de los contenidos y los efectos del producto, es cierto que determinó la agenda político-mediática, como lo registró Consultores en Información y Análisis de Medios (CIAM). Pero también es cierto que, continúa CIAM, “tanto en medios especializados en finanzas como en espacios políticos predominó una tendencia crítica hacia el mensaje de Amlo, tanto por el contenido como por la forma”.

Y es que, como “propuesta económica”, el mensaje también aparece como producto pirata de la más baja calidad de imitación de los verdaderos programas económicos nacionales, gubernamentales o incluso partidistas.
Señales de alerta

Pero el factor Amlo ya acumula otros efectos.

Tras la noticia de que la Bolsa Mexicana de Valores tuvo en mayo la mayor baja mensual en cinco años, desde septiembre de 2001, y de que el peso mexicano alcanzó su nivel más débil desde enero de 2005, en el noticiario de Adela Micha (Imagen), Manuel Somoza, presidente de Prudencial Financial, comentó que hasta hace dos semanas los mercados se movían por muchas cosas, pero no por la política.

Sin embargo, dijo, recientemente los grandes inversionistas que metieron dinero en los países emergentes como México han decidido ser más cautelosos y salirse, y esto ha tenido efectos en todos lados.

Respecto de las caídas de la Bolsa y del peso, explicó que hay preocupación de los inversionistas, tanto nacionales como extranjeros, por el panorama político, no sólo por la elección —independientemente de los favoritos de cada quien— sino también por la parte postelectoral. Planteó que cada vez que hablan los candidatos, a muchos inversionistas no les gusta.
Y especificó que las propuestas de Amlo no gustan, porque simplemente dice que va a dar, pero no dice de dónde va a sacar y, por tanto, generaría agujeros en otros lados.

A ello agregó el factor Amlo en el ambiente postelectoral que, dijo, va a estar muy bravo si es derrotado por Calderón, con las previsibles consecuencias en el mercado.

Crisis es el nombre con el que se asocia, en definitiva, el mensaje pirata a la nación de Amlo, como lo resumió ayer con algo de humor negro, Enrique Campos, en el noticiero de Joaquín López-Dóriga (Radio Fórmula):

Antes, regularmente se usaban los medios para anunciar medidas emergentes para tratar de resolver los problemas económicos, pero ahora es la primera vez que se utiliza una cadena nacional para anunciar que se pretende desatar una crisis económica. Amlo pretende que los mexicanos estiren la mano para recibir regalado y su paquetazo es una vía rápida y sin escalas para llegar a una debacle económica, que desatará la guerra precios-salarios que siempre pierden los trabajadores. Subsidiar sin tener asegurada la fuente de ingreso es un acto de suicidio financiero. Lo que es cierto es que si logra desatar una nueva crisis, entre todos los afectados estarán sin duda, “primero los pobres”.

Consejería

Pedro Alonso
Excélsior
1 de junio de 2006

dinero@nuevoexcelsior.com.mx

Ayer la Bolsa bajó y, como de costumbre, alguien cuestiona por qué. Uno mismo lo hace y, aunque estoy habituado, la pregunta no tiene una respuesta precisa y, por lo general, es una mezcla de condiciones, noticias y percepciones, que además combinan pasado, presente y futuro.

Si hoy tuviera que escoger una razón para decir por qué la Bolsa en México bajó, digo que es la presentación de Andrés Manuel López Obrador y los complementos y explicaciones que dio Rogelio Ramírez de la O, su especialista (no sé de qué manera llamarlo, por eso uso el término), a la oferta de AMLO. Una vez más, prometen felicidad gratis, grande y eterna. Los ciudadanos merecemos más respeto y los candidatos deberían ser conscientes del uso que hacen de nuestros recursos durante su campaña. Ya sé que no lo son y que las campañas se prestan para este tipo de desperdicios, lo cual fuerza a revisar esa parte de los procesos electorales: la duración de las mismas y la aplicación de los dineros.

Más allá de los cargos, abonos y saldos en los diversos renglones de las finanzas públicas que deberían afectarse, una vez más insisto en lo fácil de decir "qué". Lo complicado es decir "cómo", tema que, desde mi punto de vista —ya lo he mencionado aquí— tiene relación en primer lugar con la capacidad de negociación de una fuerza política (quiero pensar que no un individuo) con el resto de los actores, cosa para la que hasta ahora AMLO no ha mostrado disposición, más bien todo lo contrario y, por ende, su propuesta, más allá de los aspectos económicos y técnicos que supone (cuestionables, por cierto), no es viable. Y no me refiero sólo a los militantes activos y a los personajes de la política mexicana, sino a una mucho más amplia gama de ciudadanos.

Me preocupa más lo que resalta de todo el asunto: la postura general y de base, es decir, la propuesta de tener un gobierno "proveedor" y no un gobierno "promotor" de la actividad económica y del bienestar de la sociedad, sin que esto tenga necesariamente que pasar por ello. El rollo de "…nosotros lo haremos todo. Tú no te preocupes, sólo vota por mí", me parece vergonzoso como propuesta, venga de quien venga. Espero que los mexicanos hayamos aprendido, después de 70 años de "dictablanda" priista, que tales posturas conducen al rezago social que hoy vivimos. Con la propuesta escuchada se confirma que el parentesco entre el PRI y el PRD no es de primos hermanos, como dijo Chuayffet. El PRD es hijo legítimo del PRI.

Lo anterior preocupa más que las tasas de interés gringas, pues predice no sólo un cambio de enfoque, sino de reglas y de percepción correcta del entorno. En una economía que pretende ser competitiva en el siglo XXI, no se puede pensar en pensiones generales para adultos mayores, porque este es el sector de la población que más rápidamente crecerá en los próximos años.

Programa de AMLO, los números no dan

José Yuste
Excélsior
Archivo Empresarial
1 de junio de 2006

dinero@nuevoexcelsior.com.mx

El candidato perredista presentó su plan para elevar 20% el nivel de ingresos de la población, particularmente de la clase media, es decir, de quienes ganan menos de nueve mil pesos mensuales. Desde luego suena sensacional, pero el problema viene cuando notamos que los números, simple y sencillamente, no cuadran.

El programa de López Obrador se va a financiar con 100 mil millones de pesos, de los cuales la mayoría provendrá de reducir el gasto corriente en representaciones en el exterior, nómina y prestaciones de altos funcionarios, así como ahorros en la compra de medicinas.

Ya existe un análisis serio del CEESP donde explica que reducir 100 mil millones de pesos el gasto corriente, como lo plantea el candidato perredista, es imposible de lograr.

El Centro de Estudios Económicos del Sector Privado, dependiente del Consejo Coordinador Empresarial, hizo la tarea de ver los números, y la propuesta de López Obrador no logra cuadrar.

Si realmente se llegara con la tijera para reducir 50% de los salarios y prestaciones de altos funcionarios, significaría un ahorro de apenas cinco mil millones de dólares.

Con la eliminación total de bonos en mandos medios y superiores se dejarían de gastar 14 mil millones de pesos.

Y párale de contar. No hay más ahorros sustanciales. Eliminar gasto en las representaciones en el exterior no nos va a proporcionar los 80 mil millones de pesos que faltan ni tampoco lo hará el combate a la corrupción ni dejar de comprar medicinas.

Incluso, si se piensa en recortar personal, también tiene el lado contraproducente de generar lo relativo al costo de
liquidación.

Los números de 100 mil millones de pesos de ahorros, simplemente, no dan. No se pueden generar.

Suponiendo que pudiéramos hacerlo, entonces tendríamos un nuevo problema adicional. Los 100 mil millones de pesos son un flujo constante, pero éste no crece con el tiempo y, en cambio, sí van a aumentar en número y necesidades, los adultos mayores.

Personas con más de 65 años las habrá cada vez en mayor número. Hoy en día son cerca de cinco millones, y algunos colegas realizaron una válida y sencilla operación: si Andrés Manuel López Obrador piensa reaplicar el programa de ayuda a las personas de la tercera edad del Distrito Federal, en donde erogó 650 pesos mensuales para cada beneficiario, entonces, con cinco millones de personas de la tercera edad en el país, estamos hablando de un gasto anual de 32 mil 500 millones de pesos.

De por sí es elevado el monto, pero el mayor problema consiste en que van a seguir aumentando en número. Y no hay un flujo de recursos que se vaya incrementando a la par.

Por estas razones se ha hablado mucho de una reforma de pensiones. Incluso el secretario de Hacienda, Francisco Gil, la sitúa como una reforma urgente para evitar una nueva crisis financiera. Cada año son más las personas mayores de 65 años.

El programa de López Obrador para elevar 20% los ingresos de las personas tiene problemas de sustentación, tanto en el financiamiento mediante ahorros, como en el otorgamiento de recursos a personas mayores de 65 años que, como ya se ha mencionado, serán cada vez más.

Entre Poseidón y La Profecía

David Páramo
Excélsior
Personajes de Renombre
1 de jumio de 2006
dinero@nuevoexcelsior.com.mx

A principios de este mes se estrenarán dos versiones de películas de la década de los 70. Poseidón (que originalmente se llamó La tragedia del Poseidón) y La Profecía. Andrés López Obrador plantea otro reestreno: La Inflación.

A pesar de lo muy confuso del anuncio del candidato del PRD la noche del martes, quedó claro que este hombre y sus asesores económicos creen en el expansionismo económico y la inflación.

Cuando se estrenaron las versiones originales de las películas había una corriente económica según la cual se decía que para crecer era necesaria la inflación. Muy rápidamente el mundo se dio cuenta de que se podría tener inflación sin crecimiento. Hoy los perredistas dicen que es preciso probar este modelo como si fuera nuevo, cuando ya demostró haber sido un churro para la mayoría de los mexicanos.

Si se analiza la correlación entre inflación, crecimiento económico y disminución de la pobreza, queda claro que, a mayor crecimiento en los precios, la economía se frena y aumenta el número de pobres. Sólo vea cómo creció el número de personas en la miseria durante 1988 o 1995 y cómo han disminuido en tanto que el Banco de México, gobernado por Guillermo Ortiz, ha logrado controlar la inflación.

AMLO prácticamente basa toda su propuesta económica en que logrará ahorros por 100 mil millones de pesos. Ningún economista ha podido cuadrar sus cifras. En un documento secreto que guardan junto con las encuestas en las cuales van ganando por diez puntos y a ver si logran explicar cómo le harían.

Según los perredistas, bajando sueldos de altos funcionarios (aun cuando eso sólo serían tres mil millones de pesos) y acabando con otros despilfarros, sin especificar cuáles, van a ahorrar 80 mil millones. Dicen que no se han hecho esfuerzos de ahorro durante esta administración, pero ello es una mentira y ahí están los números de la Secretaría de Hacienda.

En la simplificación hasta el absurdo de los perredistas, afirman que, sí pudieron disminuir 11 mil millones de pesos el Presupuesto del DF, cuyo monto es de 80 mil millones de pesos, ¿por qué no 100 mil millones del federal? Una de las primeras razones es porque los gobiernos perredistas de la capital, en el poder desde 1997, no hicieron ningún esfuerzo para disminuir el gasto corriente.

Los seguidores de AMLO consideran necesario disminuir el gasto corriente, pero la única pregunta es si le bajarán primero el sueldo a maestros o burócratas, quienes reciben la mayoría del gasto corriente de la Federación. Vamos, ni siquiera entran al centro del problema: la urgente necesidad de reformar el sistema de pensiones de la burocracia.

Los trenes bala, convertir a las Islas Marías en parque de diversiones y otras obras prometidas por los perredistas costarían más de los 100 mil millones de pesos… Entonces, es válido suponer que estas obras o no se harán o se van a financiar con deuda o a base de déficit fiscal.

En sus cuentas apuntan que podrían aumentar 20% el bienestar de quienes ganan menos de nueve mil pesos mensuales al reducir el costo de energéticos, electricidad y gasolina, así como ampliar apoyos monetarios para adultos mayores y la distribución gratuita de útiles escolares.

Vale la pena destacar que los economistas de la campaña de Felipe Calderón opinan que un programa como el anunciado por AMLO tendría un costo fiscal de 300 mil millones de pesos.

Bajar los energéticos en esta época de altísimos precios internacionales sólo haría más delicada la situación financiera de Pemex, la CFE y Luz y Fuerza del Centro, que viven momentos de gravísimo apremio financiero.

Según las cuentas perredistas, cuatro quintas partes serían un costo fiscal, pero, evidentemente, ni AMLO ni Rogelio Ramírez de la O explicaron de qué partidas saldrían estos fondos y, los 20 mil millones de pesos restantes, por la disminución de precios provocados por la baja de los energéticos. Es un hecho que los precios no disminuyen por mayores subsidios, según se vio en los años de mayores subsidios del populismo de José López Portillo y Luis Echeverría.

Al tratarse de subsidios generalizados se beneficia más a quienes más tienen y no a los que ganan menos de nueve mil pesos. Si bajan las tarifas de los energéticos, quien se queda con mayor proporción del subsidio es el que consume más.

La cartelera de estrenos setenteros se puede evitar. Ya sea no yendo al cine o no votando por un churro populista.

Deporte para que vivamos mejor



Para promover el talento deportivo, fomentar el espíritu de competencia y ser ganadores en todas las disciplinas, Felipe Calderón propone:

• Vincular la actividad física y el deporte al sistema educativo e incrementar el tiempo de clase de educación física, con la participación de profesores capacitados. Fomentar centros del deporte escolares y municipales y establecer becas para talentos deportivos.

• Crear un Sistema Nacional de Competencias, para detectar el talento deportivo y canalizarlo al nivel adecuado, y promover la participación familiar en el fomento del deporte.

• Impulsar un programa de activación física y deportiva para toda la población, con modalidades específicas para personas con discapacidad y de la tercera edad. Apoyar los deportes no masivos, promover la organización de torneos populares locales y rehabilitar las unidades deportivas, parques y espacios públicos.

• Crear la cartilla para monitoreo voluntario de la condición física de la población, para hacer conciencia acerca de la importancia de la salud y la actividad física, y otorgar incentivos para quienes logren un nivel físico óptimo.

• Apoyar la formación y desarrollo de los deportistas, otorgando reconocimientos económicos especiales a los de excelencia. Incorporar a todos los deportistas a un esquema de seguro médico, diseñarles un programa de ahorro para el retiro y promover un “teletón” deportivo. Fortalecer las escuelas de educación física y de entrenadores, rehabilitar la infraestructura deportiva y construir centros de alto rendimiento. Aumentar en 100% los recursos presupuestales, transparentar la rendición de cuentas y reforzar la participación de las empresas privadas en el financiamiento del deporte.

Estampilla conmemorativa

El Servicio Postal Mexicano ha lanzado una nueva estampilla con la imagen de López Obrador, para conmemorar los logros durante su gestión como jefe de gobierno del Distrito Federal.

Sin embargo, en el uso diario se ha detectado que las estampillas no se pegan bien a los sobres y terminan por desprenderse, lo cual ha enfurecido al ex-jefe de gobierno quien exigió una inmediata y exhaustiva investigación.

Tras un mes de pruebas y encuestas, la comisión especial del gobierno capitalino dio a conocer el resultado de su investigación:

"La gente escupe en el lado equivocado de la estampilla"

La mejor bolsa

Y no se lo tomen en serio amigos perredistas... es broma y está muy buena

"Piratería" por Paco Calderón

Mayor consumo

Sergio Sarmiento

"El consumo abundante es el resultado y consecuencia de la producción". Ayn Rand

En la forma, Andrés Manuel López Obrador decepcionó. Su muy publicitado "mensaje a la nación en cadena nacional" resultó un simple anuncio, como tantos otros que hemos visto a lo largo de esta campaña, programado para pasar a aproximadamente la misma hora en un amplio grupo de emisoras de radio y televisión.

La producción del comercial era francamente pobre. El candidato estaba mal iluminado y la posición de la cámara, que apuntaba de abajo hacia arriba, lo hacía ver extraño. Este tipo de toma se utiliza mucho en la cinematografía para crear un aura para los personajes que deben generar miedo o para los que representan una imagen de autoridad. Me pregunto si ésta era la intención de los productores o si simplemente no consideraron el ambiente que generaría esta toma, la cual se antoja inadecuada para un candidato que está buscando el apoyo de sus conciudadanos en las urnas.

En el contenido, el mensaje seguramente fue más efectivo. No hay promesa más atractiva que pueda hacer un candidato que decir que subirá en un 20 por ciento los ingresos del 85 por ciento más pobre de la población, y que lo hará sin que ésta haga ningún esfuerzo. La última vez que tuvimos algo así fue en 1982, cuando José López Portillo ordenó aumentos de 30 por ciento en los salarios que produjeron un colapso posterior de la economía.

Ésta es la propuesta de López Obrador. Y por supuesto que los mexicanos tenemos derecho a mostrar cuando menos cierto escepticismo. Ya escuchamos en el 2000 a un candidato, Vicente Fox, que prometió un crecimiento económico del 7 por ciento y que ofreció también bajar los impuestos, subir la recaudación y eliminar el déficit de gasto público... todo al mismo tiempo.

Mucho se ha hablado ya de los detalles técnicos de esta propuesta. López Obrador y su gente han insistido en que pueden recortar 100 mil millones del gasto burocrático y trasladarlo a apoyos sociales. En principio esto no debería ser imposible. Se trata de un 5 por ciento de un presupuesto gubernamental que asciende a 2 billones (millones de millones) de pesos. Cualquier administrador sabe bien que toda estructura burocrática puede resistir una poda de 5 por ciento, y en la obesa estructura del Estado mexicano esto sería extraordinariamente fácil. El problema es que la promesa es hacer el recorte sin afectar al personal de base o sindicalizado, que es la inmensa mayoría del ejército burocrático del país. Y ahí es donde las cosas se vuelven más difíciles.

En un principio López Obrador hablaba de lograr el ahorro reduciendo los sueldos de los altos funcionarios públicos. Pero además de que esto puede ocasionar una mayor fuga de talento del gobierno federal de la que hemos presenciado en los últimos años, un recorte a la mitad del ingreso de todos los funcionarios públicos de director general hasta Presidente -aunado a la eliminación de las pensiones de los ex presidentes en que tanto insiste Andrés Manuel- lograría un ahorro de tan sólo 3 mil millones de pesos. Faltarían, pues, otros 97 mil millones para llegar a la meta.

Rogelio Ramírez de la O, quien podría ser secretario de Hacienda en un gobierno de López Obrador, me decía ayer en una entrevista que hay mucho más espacio de dónde cortar en otros rubros. Mencionó, por ejemplo, los fletes que Pemex paga por el transporte de su mercancía, que ascienden a 24 mil millones de pesos. Según él se paga más de lo que se debería por este concepto. Si es así, y si el ahorro se puede hacer sin afectar la capacidad de mover los productos de la empresa, maravilloso. Pero habrá que ver si éste y otros ahorros son realmente posibles.

En el campo del gasto, puede uno aplaudir que se hagan esfuerzos por repartir dinero entre el 85 por ciento más pobre de la población. También mucha gente estaría contenta si se redujera el precio de los energéticos. Pero ésa no es la manera de construir un país más próspero.

En su anuncio del 30 de mayo López Obrador señaló que un mayor consumo equivale a más prosperidad. Pero los países que han logrado aumentar su prosperidad no lo han hecho promoviendo el consumo o reduciendo artificialmente los precios de los combustibles. Estas políticas tienden a generar dispendios y una mala distribución de los escasos recursos económicos de una nación en desarrollo.

Las economías que han logrado darle un mejor nivel de vida a su población han seguido el camino contrario. En vez de impulsar el consumo han promovido el ahorro y la inversión productiva para generar actividad económica y empleos.

Entiendo que es mucho más vendible para un candidato ofrecer un aumento del 20 por ciento en el ingreso personal de los mexicanos sin exigir un esfuerzo a cambio que ofrecer las difíciles reformas que harían más competitiva a la economía nacional. Pero la experiencia nos dice que no hay nada gratis en la vida.

Multa por Aznar

Al PAN le costó 146 mil pesos el apoyo que le brindó el ex presidente del gobierno español José María Aznar. Y lo peor de todo es que ese respaldo no le consiguió ni un solo voto a Felipe Calderón. Éste ha sido un error muy tonto que deja un precedente para todos los partidos.

Correo electrónico: sarmiento.jaquemate@gmail.com

Salinista, chafa e… ¡imposible!

Yuriria Sierra
Excélsior - Nudo Gordiano
31 de mayo de 2006

Nos tenía en un hilo a todos (a quienes ganan menos de nueve mil pesos y a los que no): ayer, por fin, El Peje (y horas antes, su asesor económico, Rogelio Ramírez de la O) presentó su propuesta económica. Carlos Salinas de Gortari debe sonreír a todo lo amplio de su carita, porque López Obrador no hizo sino retomar los principios fundamentales del que fue el gran proyecto del salinismo: el liberalismo social (pero en bizarro). Me explico, por partes:

1. Adelgazamiento del Estado. El proyecto supuestamente alternativo de nación se propone continuar por la ruta que se propusieron los gobiernos tecnócratas, sin lograrlo a cabalidad: el adelgazamiento de la burocracia y el aparato estatal para reducir el llamado "gasto corriente" y reorientarlo a programas de corte social. AMLO anuncia que será 1% del producto interno bruto el porcentaje que se va a sustraer del presupuesto para nóminas del gobierno y se reorientará a gasto social. Esta vez no serán canchas de básquet, sino útiles escolares, pensiones a viejitos y "otros apoyos". Salinas sonríe.

2. Subsidios a empresarios y competencia económica. De los 100 mil millones que dicen que van a recortar del gasto gubernamental, 25 mil millones estarían destinados a subsidiar la reducción del costo de electricidad y gasolinas. Consumo doméstico e industrial al parejo. Para disminuirles los costos de producción y, en teoría, que esto redunde en la reducción de precios al consumidor. Cosa que nunca sucede si no hay competencia. Y por eso AMLO y Ramírez de la O explican que "se reducirán precios en un efecto cascada, en un clima de competencia entre oferentes de bienes y servicios, los cuales registrarían menores costos de insumos, especialmente de electricidad". ¿Clima de competencia? Ramírez de la O aseguró en su rueda de prensa que las reducciones de precios se esperan en compras en supermercado, entretenimiento y transporte colectivo. Lo que no aclararon Ramírez de la O ni Andrés Manuel es cómo piensan fomentar la competencia en el área de "entretenimiento" (suponemos que habla de las televisoras) ni en el de transporte colectivo (¿acaso piensa privatizar, por lados diferentes, el metro, los camiones, el metrobús o ponerlos a competir contra las trajineras de Xochimilco?). ¿O tal vez, simplemente, piensa subsidiar la privatización? Salinas vuelve a sonreír.

3. ¿100 mil millones de pesos? ¡Imposible! Lo que no es muy salinista que digamos es la contabilidad presupuestaria del Peje. Veamos: justamente ayer se dio a conocer el PIB actual de México: casi nueve billones de pesos. En efecto, 1%, como lo anuncian los lopezobradoristas, son alrededor de 100 mil millones de pesos. Eso pretenden ahorrar adelgazando al Estado, pero habría que aclarar que 100 mil millones de pesos de recorte a la burocracia (y por lo tanto al Presupuesto de Egresos) equivalen a diez IFE o, lo que es lo mismo, a desaparecer en su totalidad al IFE, al TEPJF, a la SCJN, al Congreso de la Unión y unas dos o tres secretarías de Estado de cabo a rabo. Y otro dato: la recaudación en México no llega a 5% del PIB.

Salinas sonríe más: es una copia, sí, pero pirata, de su "liberalismo social". ¡Imposible de reproducir en la región 4!