junio 17, 2006

Aceptar la derrota

Mauricio Merino
El Universal
17 de junio de 2006

E l día de la jornada electoral ya está cerca. Luego de más de dos años de competencia, en los que los relojes electorales congelaron buena parte de la vida política del país como si todo dependiera de lo que habría de ocurrir el 2 de julio del año 2006, esa fecha por fin aparece a la vista.

Pero junto a ella, también surgen nuevos temores generados por el comportamiento sistemáticamente desleal que hasta ahora han seguido los partidos políticos. Con todo, la esperanza generalizada es que a partir del próximo 3 de julio el país pueda volver a vivir con un horizonte de largo aliento, y que la lucha por el poder ceda su sitio a la política bien entendida.

Que esa esperanza se cumpla depende, sin embargo, de la aceptabilidad de la derrota. No me refiero sólo a la madurez que demuestren los partidos que pierdan la contienda por la Presidencia de la República, sino al conjunto de reglas, razones y evidencias que hagan posible que ese comportamiento no dependa únicamente de su voluntad. La aceptabilidad de la derrota no debe asumirse como una concesión de quienes no logren la mayoría, sino como el conjunto de condiciones políticas e institucionales que impidan cualquier otra conducta.

Aceptar los resultados electorales no debe entenderse como un favor que se suplica de hinojos a los partidos, con la esperanza de que su bondad infinita los conmueva a obsequiarlo, sino como una obligación derivada del acatamiento a las reglas que ellos mismos se han dado para competir por los puestos públicos.

A partir de la noche del 2 de julio, cuando la jornada electoral propiamente dicha haya concluido, comenzará una secuencia de actos que pondrán a prueba la aceptabilidad de la derrota, con todas sus consecuencias. El primero será la publicación de las encuestas de salida que llevarán a cabo los medios de comunicación.

Tan pronto como las casillas se cierren, la televisión y la radio nos informarán sobre los datos que cada medio haya recabado para tratar de adivinar las tendencias y anticipar los resultados probables. El IFE habrá emitido reglas para que esas encuestas respondan a ciertos parámetros mínimos de seriedad estadística, pero no podrá avalar ni compartir los datos que de ahí se desprendan. Sin embargo, si esos cálculos no caen dentro de los márgenes de error estadístico previamente estimados y si todas las encuestas coinciden en la misma tendencia, como ocurrió en el año 2000, el país ya sabrá, con un alto grado de certeza, quién ganó y quiénes perdieron. Y a partir de ese momento, la clave de la aceptabilidad estará en la forma en que se habría desarrollado la jornada electoral y en la gravedad e intensidad de los incidentes que se hayan registrado durante el día. Si todo hubiera transcurrido de manera pacífica y ordenada, como supongo que ocurrirá, será muy difícil que los partidos derrotados nieguen las evidencias reunidas a pie de casilla.

En el supuesto de que esas condiciones ideales no se cumplieran, el anticipo de resultados mediante encuestas de salida no sería suficiente para construir la aceptabilidad de la derrota. Y en ese caso, habría que esperar por lo menos tres horas más para que, cerca de la medianoche, el IFE diera cuenta de su propio conteo rápido: un conteo realizado sobre una muestra representativa de casillas que anticiparían, con un grado mayor de probabilidad y confianza, el sentido de los resultados definitivos.

Los partidos han pactado ya que esperarán hasta ese momento para pronunciarse sobre las decisiones tomadas por los electores y el Presidente de la República también ha aceptado guardar silencio hasta que eso suceda. Si el conteo rápido del IFE no cayera en el margen de error de ese instrumento, los mexicanos sabríamos ya con certeza quién habría ganado y quiénes habrían perdido. Pero la clave de la aceptabilidad, además de la tersura de la jornada, estaría ahora en la distancia entre el primero y el segundo lugar de la competencia.

Si esta última condición tampoco pudiera cumplirse y los resultados del conteo rápido revelaran una suerte de empate, la siguiente oportunidad estaría en el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), que se integra con copias fieles de las actas de cada casilla, cuyo contenido se registra en tiempo real conforme van llegando a las sedes de los 300 distritos electorales en todo el país. En condiciones normales, el PREP tendría que dar cuenta de los resultados de más de 80% de las casillas hacia el amanecer del día 3 de julio.

Pero la aceptabilidad de la derrota dependería, otra vez, de la distancia que separara a los dos primeros lugares o bien del momento en que, por el número de casillas faltantes, resultara ya aritméticamente imposible que el segundo lugar lograra alcanzar al primero. En ese caso, despertaríamos el 3 de julio con un ganador definido de la contienda presidencial. Si tampoco esto último fuera posible, habría que esperar ocho días más, hasta que todos los consejos distritales del país hubieran sesionado para contar los votos efectivamente emitidos y el IFE hubiera obtenido un resultado final del recuento. En este caso, la aceptabilidad de la derrota dependería de la diferencia entre el número de votos ganados por el primer lugar y el número de votos potencialmente anulables por el Tribunal Electoral como consecuencia de las impugnaciones presentadas por los partidos, en cada casilla.

Si esa diferencia hiciera imposible llegar a una conclusión definitiva, habría que esperar varias semanas más para que el Tribunal resolviera todos los recursos presentados y concluyera la calificación definitiva de la elección. Llegados a este punto, se habría dicho la última palabra y ya no habría ningún argumento para que los partidos se negaran a aceptar los resultados electorales definitivos.

Sin embargo, creo que nadie sensato desearía llegar tan lejos. Hemos pasado demasiado tiempo en la incertidumbre de la contienda y las cuerdas de la política mexicana están tensas y frágiles. Lo mejor para todos sería que los partidos aceptaran los resultados desde el primer momento, pues todos saben que modificarlos con artimañas ya no es posible.

Los mexicanos queremos dormir tranquilos desde la noche del 2 de julio. No queremos que (como diría Monterroso) a la mañana siguiente el dinosaurio siga ahí.

Profesor investigador del CIDE

El 2 de julio

Juan Francisco Escobedo
El Universal
17 de junio de 2006

E l 2 de julio a las ocho de la noche sabremos quién será el próximo presidente. Ese es el escenario deseable para restablecer la confianza que el país necesita. Para que eso ocurra, los mecanismos que ha previsto el Instituto Federal Electoral para disponer de la información confiable que exprese tendencias irreversibles de los resultados electorales, deben funcionar adecuadamente. Tanto el conteo rápido como el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP).

Pero sobre todo, el IFE debe persuadir a las empresas de difusión Televisa y TV Azteca de ser prudentes y no ofrecer anticipadamente resultados definitivos, que eventualmente no coincidan con los resultados que ofrezca la autoridad electoral.

También debe persuadir al gobierno y en especial al presidente Vicente Fox de la necesidad de abstenerse de declarar triunfador a uno u a otro de los contendientes. No sería prudente, y además no le corresponde hacerlo.

El riesgo principal en este momento, dada la cerrada competencia política, podría radicar en la falta de prestancia del IFE para imponerse como el árbitro de las elecciones... que todos esperamos que sea.

En esa condición, debe realizar un intenso proceso de diálogo político para evitar que el poder de los medios y la impaciencia del gobierno, se atreviesen en su camino y disminuyan la relevancia del momento que le toca protagonizar el día de las elecciones, como portavoz de la voluntad de los ciudadanos.

En caso de que la distancia entre el primero y el segundo lugar en las preferencias electorales para la Presidencia, de acuerdo con los datos del conteo rápido, no sea superior a 1%, el Instituto Federal Electoral se abstendrá de dar como definitiva esa información.

Esta posición no ha sido suficientemente difundida y en cualquier caso, si se prevé un escenario de ese tipo, lo más recomendable es esperar al día de las elecciones, teniendo muy claros los escenarios y las probables decisiones que en cada caso sea prudente tomar.

En este momento, la sociedad espera que el IFE dé a conocer los resultados electorales, porque a la autoridad le corresponde hacerlo y porque como nunca antes, el que la autoridad ofrezca dichos datos es una condición necesaria aunque no suficiente, para alentar el clima de certidumbre que todos deseamos prevalezca, una vez concluida la jornada electoral.

La sociedad no tiene clara la diferencia entre los resultados que provienen de una encuesta realizada a la salida de las urnas, respecto de la información que resulta del PREP.

El instituto se encuentra a tiempo de aclarar qué va a hacer exactamente en la noche del 2 de julio. No debe dar por supuesto, que la sociedad mexicana está suficientemente informada al respecto.

El reconocimiento de los resultados electorales y la aceptación por parte de todos los adversarios del ganador de la contienda para presidente, no constituyen garantías suficientes para evitar que se interpongan recursos ante la autoridad jurisdiccional.

El riesgo mayor no radica en la judicialización del proceso electoral, sino en la politización desbordada de los resultados electorales.

La Constitución establece con toda claridad en su artículo 99 que corresponde al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación resolver en forma definitiva e inatacable, sobre: impugnaciones en las elecciones federales de diputados y senadores, e impugnaciones sobre la elección de presidente, y una vez resueltas, proceder a la declaración de validez de la elección y la de presidente electo.

No hay vacío institucional ni legal al respecto. La autoridad jurisdiccional sólo debe actuar con la prestancia y solvencia legal necesarias. El problema radica en el desconocimiento de las vías constitucionales y legales por parte de los actores políticos.

Si una o dos de las fuerzas políticas de entre las tres principales opciones en disputa, decide explorar alguna vía no institucional para dirimir los conflictos electorales, una vez que la autoridad jurisdiccional hubiese emitido su última palabra, entonces sí podrían generarse problemas de gobernabilidad que pondrían en riesgo la estabilidad de nuestro sistema democrático.

La decisión más radical de parte de la autoridad jurisdiccional podría ser la anulación de las elecciones y el mandato para realizar un nuevo proceso electoral, acotado a la elección de presidente. Pero incluso ese escenario está previsto en la legislación electoral.

El problema, entonces, no es legal, sino político. Y podría empezar, la noche del 2 de julio si el IFE no se desempeña con la determinación que todos esperamos tenga en ese día histórico para el país.

Doctor en Ciencia Política y Sociología

El tren que se fue

Rafael Ruiz Harrell
Reforma
17 de junio de 2006

Las divisiones son cada vez más tajantes y, con ellas, cada vez más encontradas las intransigencias. Todavía semanas atrás el ciudadano común y corriente que era partidario del PAN podía saludarse con el que favorece al PRD, pero hoy los separan fracturas e intolerancias. No se trata de algo tan simple como que cada uno crea que el otro hizo una elección política desacertada, sino de algo más básico: cada uno cree que el otro es un mal mexicano y lo que quiere nace de egoísmos que cancelan el futuro del país.

Los motivos inmediatos son absurdos y baladíes. Aunque López Obrador pretenda caracterizar a su "proyecto" -apenas una aburrida colección de lugares comunes-, como algo distinto y novedoso, es evidente que si triunfa tendrá que hacer muchas de las cosas que Felipe Calderón ha venido defendiendo -y que en su gran mayoría no pasan de ser sino otros lugares comunes. Y a la inversa, si llegara a ganar el panista, se verá obligado, aun a pesar de sus intransigencias, a orientar varios aspectos de su gobierno en el sentido que propone el perredista. La afirmación no esconde secreto alguno: quien llegue al gobierno se verá obligado en varios casos a hacer cosas distintas a lo que ha venido predicando porque no hacerlo sería llevar el país a la ingobernabilidad y a la catástrofe.

Es obvio que entre los dos punteros hay mala sangre. Le dan origen las acusaciones de fraudes familiares y de inversiones sin justificación transparente con que se han estado atacando uno a otro, pero aun así las coincidencias en sus discursos son más numerosas de lo que parece. Ambos juran acabar con la pobreza, promover el empleo, reestablecer la seguridad y defender la soberanía. Ninguno de los dos sabe bien a bien cómo alcanzar tales fines y aunque parezcan dispuestos a seguir caminos divergentes, la realidad los llevará a admitir que si en verdad quieren lograrlos no son muchas las opciones eficaces. A pesar de los puntapiés y de los golpes bajos -o quizá incluso también por eso-, los candidatos que van al frente en la preferencia pública son en el fondo menos distintos de lo que aparentan: los dos son candidatos de derecha, mas están aderezados con el sabor de algunas especias de izquierda o de derecha.

El inconsciente colectivo, no obstante, ve la próxima elección de muy otra manera. Los dimes y diretes que se han cruzado entre los candidatos, sin duda han servido para exacerbar los ánimos de sus respectivos partidarios y llevarlos al rojo vivo propio de las intolerancias fundamentalistas, pero desde mucho antes, quizá desde seis años atrás, venía siendo perceptible que el triunfo de Fox había despertado rencores y esperanzas que no encontraron solución ni salida bajo los gobiernos supuestamente revolucionarios del PRI. Los anhelos de "los ricos" -para usar el lenguaje cinematográfico que AMLO heredó de Ismael Rodríguez-, quedaron enquistados y los de "los pobres" quedaron frustrados. La gran decisión, casi diría la herida que nos dejó pendiente el siglo XIX -¿somos un país conservador o liberal?-, revive plena y supurante en los términos del XXI: ¿queremos vivir hacia adentro o hacia fuera? ¿Bastan nuestros empeños para resolver nuestros problemas o tenemos que decidirnos a formar parte del mundo?

Los testigos de la post modernidad; los que entienden que la información es ahora la semilla del futuro; quienes han visto los cambios de nuestro tiempo y saben que las fronteras entre los estados nacionales se han venido desvaneciendo -a veces más lentamente que los propios estados nacionales-, saben que la disyuntiva del párrafo anterior es poco menos que idiota. Hace tiempo que dejaron de importar las decisiones patrióticamente trascendentales. En ese sentido ya no interesa qué queramos: lo que importa es cómo podemos posicionarnos mejor en los ejes de lo que va a ser la historia de aquí en adelante. Nuestras decisiones ya no van a decidir destinos, sino apenas lugares: ¿vamos a ver lo que ocurra en este siglo desde la platea o detrás de una columna en el tercer piso? ¿Seremos en todo espectadores sin más función que aplaudir o habrá rendijas para colarnos a veces como participantes?

Esto es lo que se debate en el fondo de la próxima elección. Debo insistir en la acotación: hablo del fondo, de algo muy oscuro y submarino que tiene poco que ver con la torpe simplicidad de nuestros candidatos y todavía menos con la sorda intolerancia de sus partidarios. Es más, la intransigencia, los ataques electoreros entre los candidatos y la superficialidad que distingue a sus propuestas, están impidiendo que veamos el fondo.

Todo esto lleva a una sola conclusión posible: después de todo no importa quién gane. Es irrelevante que el próximo presidente sea de origen amarillo, azul o incluso tricolor. Para la solución de los problemas de fondo del país da igual. Perdidos en los pleitos de quinto patio de candidatos menos que mediocres y ensordecidos por cegadoras intolerancias partidistas, no importan ni las cuentas pendientes que tenemos con el pasado ni los ahorritos que pretendamos invertir en el futuro. Llámese como llegue a llamarse el próximo Presidente de la República el hecho es que nosotros, los mexicanos, seguimos perdiendo el tren.

Correo electrónico: ruizharrell@gmail.com

Sí a la libertad

Jaime Sánchez Susarrey
Reforma
17 de junio de 2006

La moneda está en el aire. Unas encuestas favorecen a AMLO y otras a Felipe Calderón. Pero la diferencia es prácticamente la misma: dos o tres puntos de ventaja, según el caso. No hay puntero definido. Hay empate técnico, efecto del debate y el posdebate. Porque el candidato del PAN ganó el primero, pero perdió el segundo. Además, ya entraron en la recta final y no es probable que en los próximos días ocurra un giro radical. Vamos, pues, hacia una elección muy cerrada que decidirán los electores indecisos el 2 de julio.

Pero esto viene de atrás. AMLO escaló y está escalando la campaña. Esa fue su respuesta al repunte de Felipe Calderón hace dos meses. Intensificó su presencia en los medios y emprendió una "guerra sucia" basada en mentiras o en verdades a medias. De la denuncia del Fobaproa a los 2 mil 500 millones de Hildebrando, la tónica es la misma: calumnia, calumnia y calumnia que algo queda. Y en efecto algo ha quedado. Porque el pobre desempeño de López Obrador en el debate fue olvidado y sepultado.

Por otra parte, las últimas encuestas le han devuelto la serenidad al candidato de la Alianza por el Bien de Todos. Se le ve sonriendo y anunciando la buena nueva: la alegría está por llegar. Los perredistas confían en que ya tienen el triunfo en la bolsa. Por eso, el secretario general del PRD le está proponiendo una tregua a Acción Nacional. Cesemos las campañas negativas y concentrémonos en las propuestas, dice Acosta Naranjo.

El cálculo es, sin duda, apresurado. Ya lo hicieron una vez y se equivocaron. En una contienda como ésta nadie puede hacer predicciones. Hay muchos factores que incidirán en el ánimo de los indecisos y ninguno es predecible; el desempeño de la Selección Nacional en Alemania, por ejemplo. Pero independientemente de las cuentas alegres del Peje y sus entornos, vale detenerse en el tono y el contenido de su campaña negativa en las últimas semanas. Y vale detenerse porque muestran y anuncian un futuro muy ominoso.

Lo primero que hay que resaltar es el cinismo en el mentir e, incluso, en falsear documentos. Calderón no ha propuesto IVA en medicinas y alimentos, no firmó ningún documento relacionado con el Fobaproa y no otorgó como secretario de Energía contratos a Hildebrando por 2 mil 500 millones de pesos. Pero además de eso, se está montando una campaña de linchamiento en los medios contra una serie de personajes. El spot del PRD en el que aparecen Roberto Hernández, José Madariaga, Zavala, Diego Fernández de Cevallos y Calderón es ejemplar y aleccionador.

La imagen dice más que mil palabras. Los rostros de los personajes y el montaje que se hace de ellos constituye una versión moderna de los pósters que se fijaban en el lejano oeste: Wanted (se busca). Sólo que en este caso la justicia, el sheriff, no es otro que el candidato de la Alianza por el Bien de Todos. Él es quien decide quién es culpable y de qué se le acusa. El proceso, sobra decirlo, es sumario y contundente. Los que aparecen en la pantalla son delincuentes y han cometido el fraude más grande del siglo.

Peor aún, se hallan asociados a un candidato, Felipe Calderón. Pero me expreso mal, no son asociados, no; ellos son los que mandan y manipulan. Ellos son los que quieren preservar el orden establecido para seguir robando y defraudando a la nación. Ellos son los de arriba, los que no pagan impuestos. Ese es el otro proyecto de nación. No hay más. Por eso no hay que concederles tregua. Hay que denunciarlos y mostrar sus rostros insultantes. El pueblo llano no debe olvidarlos. Debe memorizarlos y repudiarlos allí donde los encuentre.

Sólo quien no quiere escuchar, no oye; sólo quien no quiere ver, no mira, porque lo que este mensaje concita y anuncia es una cacería de brujas. El linchamiento es virtual, pero no por ello menos efectivo. Sobre todo cuando se inscribe en el discurso y en las prácticas de AMLO y de fracciones del perredismo. Pasar de las palabras a los actos no es difícil, todo lo contrario. Basta recordar la turba que zarandeó a Fernández de Cevallos afuera del Senado o las provocaciones y persecuciones que enfrentó el propio Calderón en diversos mítines de su campaña.

Porque ese y no otro es el fondo de la cuestión. López Obrador sí cree en los usos y costumbres del pueblo. Es más, no sólo cree en ellos, sino que además considera que es su responsabilidad encauzarlos y fomentarlos. La justicia expedita y por propia mano no es condenable; antes al contrario, es la forma de superar las deficiencias y complicidades de un sistema formal que no le cumple al pueblo. O, dicho de otro modo, entre la justicia y la legalidad hay que optar siempre por la primera.

Su condenación de Roberto Hernández es, por lo mismo, ejemplar. Desde un punto de vista legal no hay nada que alegar y López Obrador lo sabe. La venta de Banamex fue una transacción bursátil no gravada porque la ley así lo establece. No hay, en consecuencia, ilícito alguno que perseguir. Sin embargo, al candidato de la Alianza por el Bien de Todos le parece que es inmoral y que por eso debe ser condenada y Roberto Hernández denunciado hoy y perseguido y encarcelado mañana.

Ese es el verdadero rostro de AMLO. La purificación de la vida pública se transformará más temprano que tarde, de hecho ya está ocurriendo, en una cacería de brujas. La lista, además, es larga. En ella están los empresarios mencionados y otros que han apoyado abiertamente a Calderón (como Lorenzo Servitje, Manuel Arango, Claudio X. González, etcétera) o a Roberto Madrazo, además de Mariano Azuela, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y Guillermo Ortiz, gobernador del Banco de México.

Otro tanto hará con aquellos periodistas o intelectuales que han sido críticos de su proyecto y de su persona. Ninguno será perdonado. Y no lo será porque López Obrador no tolera la crítica ni la disidencia. No está en su temple ni en su formación hacerlo. Para él, el mundo se divide en buenos y malos. Quien no está con él, está contra él. Toda oposición encarna una dimensión maligna y, como tal, debe ser aniquilada.

Esto es lo que está en juego en esta elección. Los atentados contra la libertad de unos hoy, terminarán con la libertad de todos mañana. Una vez que la maquinaria de purificación se eche a andar no se detendrá. Será implacable contra todo lo que se oponga a la voluntad de AMLO presidente. Poco importará que sea un diario, una televisora, un empresario o un intelectual. Será como en la época más dura del priato, pero mucho peor. Las teas encendidas y las piras para quemar herejes nunca han dejado nada bueno.

Aún en el aire

Catón
Reforma
17 de junio de 2006

El novel reportero escribió en su primera nota: "Una señora denunció a un individuo que en el autobús le tocó las tetas". Al jefe de redacción no le agradó lo explícito de la frase, de modo que llamó al muchacho y le pidió que cambiara el texto. Le indicó: "Cuando te topes con una expresión riesgosa lo que debes hacer es omitirla, y poner en su lugar puntos suspensivos, o paréntesis". El muchacho escribió entonces: "Una señora denunció a un individuo que en el autobús le tocó las (.)(.)"... Desde luego el PRI no ganará la elección presidencial, pero por una extraña parajoda -grado el más intenso de la paradoja- los priistas podrían decidir esa elección. Madrazo, es cierto, contará con un voto duro, el de los priistas de viejo cuño que por razón vital darían su voto al PRI así postulara a Luzbel, Lucifer, Belial, Satanás o Belcebú. Un gran número de priistas, sin embargo, ha decidido que en conciencia no puede votar por Madrazo, a quien culpan de la tremenda división que priva ahora en el partido, y al ver las nulas posibilidades que el tabasqueño tiene de alcanzar la Presidencia quieren hacer de su voto un voto útil. Todo indica que en su mayoría esos votos favorecerán a Felipe Calderón. He hablado con priistas importantes en diferentes partes del país, y casi en modo unánime me cuentan -un poco apenados, por supuesto- que sus familiares y amigos más cercanos les han dicho que no votarán por el PRI en la elección presidencial, aunque podrían sufragar por candidatos de ese partido a senadores o diputados federales. La mayor parte de esos priistas me manifiestan que los votos de su familia y de sus amistades serán para Calderón. Con esos votos, y otros de los llamados indecisos, el candidato panista podría superar la ventaja -ligera ventaja, que con el margen de error equivale casi a un empate técnico- que las encuestas dan a López Obrador. Esto significa que la moneda todavía sigue en el aire. Los perredistas que sonríen al dar por cierta desde ahora la victoria de su candidato quizás están sonriendo prematuramente, y los panistas que ya echan a vuelo las campanas anunciando el seguro triunfo de Felipe Calderón están a lo mejor adelantando vísperas. De aquí al 2 de julio pueden suceder muchas cosas. Y el 2 de julio todo puede suceder... En tiempos de la Segunda Guerra Mundial unos soldados alemanes llegaron a una aldea francesa. La encontraron desierta, pues todos los habitantes habían huido del lugar. Se quedaron nada más un granjero y su abuela, mujer de 90 años. El jefe de los soldados le ordena al hombre: "Consíguenos comida". "Sólo tengo este medio pan -dice el granjero, tembloroso-, pero es para la abuela". "Lo siento -dice el germano arrebatándole el pan-. La guerra es la guerra". Enseguida le exige: "Consíguenos de beber". "Sólo tengo este vaso de vino -responde el de la granja-. Pero es para la abuela". Vuelve a decir el militar: "La guerra es la guerra". Y le quita el vaso. "Ahora -le pide- consíguenos mujeres". "Sólo queda una en el pueblo -dice el granjero-, y es la abuela. Tiene 90 años". El oficial la ve y dice: "Está bien. Buscaremos en otra parte". "¡Hey! -grita desde su cuarto la viejita-. ¡La guerra es la guerra!"... Llegó don Astasio a su casa y encontró a su mujer con un desconocido. Tras de colgar el sombrero y el paraguas en la percha fue don Astasio al chifonier donde guardaba la libretita en que anotaba vilipendios para decirlos a su esposa en tales ocasiones. Regresó y le leyó el último que había registrado: "¡Furcia!" Luego, con lenguaje más liso y llano, añadió: "¡Traidora infame, vulpeja inverecunda, mesalina, hembra sin pudor!" Le dice la esposa: "No te pongas dramático, Astasio. ¡Ni que se lo fuera a acabar!"... FIN.

El “cochinito” de López Obrador

José Contreras
La Crónica
Sabado 17 de Junio de 2006

Desde los inicios de la gestión de Andrés Manuel López Obrador al frente del Gobierno del Distrito Federal, se habló de la creación de un “cochinito” durante la administración de su antecesora, Rosario Robles, para financiar –se dijo entonces— la campaña de la ex gobernante a la dirigencia nacional del PRD.

Pero al mismo tiempo que filtraba la información sobre el presunto desvío de recursos en que supuestamente incurrió Rosario Robles, la administración de López Obrador formaba su propio “cochinito” para financiar otra campaña, la presidencial.

Parte de los recursos con los que fue engordada esa alcancía podrían tener su origen en las cuotas que les fueron retenidas desde el inicio del gobierno de López Obrador a 18 mil 546 trabajadores eventuales del GDF para darlos de alta en el ISSSTE, cuotas que nunca llegaron al Instituto.

El 23 de octubre del año 2000 –a casi un mes de dejar el cargo— Rosario Robles firmó el oficio 0M/2460/2000 por el que se acordaba la incorporación de los trabajadores eventuales al ISSSTE.

La administración de Robles terminó el 5 de diciembre del 2000 y fue a la de López Obrador a la que le correspondió concretar la afiliación de los trabajadores eventuales al Instituto.

Las autoridades del DF descontaron las cuotas a los trabajadores eventuales pero no entregaron las cuotas al ISSSTE, lo que motivó que el 7 de mayo del 2001, el jefe de Servicios de Emisión y Cobranza de la Tesorería General del Instituto, Alejandro Téllez Caballero, enviara el oficio número 125.1/222 a las unidades administrativas del GDF.

En el oficio, el funcionario solicitó “cubrir los adeudos por capital e intereses a partir de la primera quincena de octubre del 2000” y no contravenir diversas disposiciones del Código Fiscal de la Federación, de la Ley Federal de Responsabilidades de los Servidores Públicos y de la Ley del ISSSTE.

Alejandro Téllez recordó a las autoridades capitalinas que el convenio firmado en noviembre del 2000 las obligaba a retener al trabajador el 8 por ciento de su salario como cotización y que la aportación patronal sería del 12.75 por ciento.

Precisó que se deberán realizar aportaciones quincenales a más tardar los días 10 y 25 de cada mes y advirtió que en caso de no cubrir el adeudo tendrían que pagar un interés equivalente al costo porcentual promedio de captación de recursos del sistema bancario.

El Gobierno del Distrito Federal nombró a Ricardo García Sainz —asesor personal del jefe de Gobierno, Andrés Manuel López Obrador— como negociador ante el ISSSTE para tratar de resolver el conflicto por la falta de pago.

El 12 de junio del 2001, el director general de Administración de Personal de la delegación Gustavo A. Madero emitió el oficio DGAM/DGA/950/01 en el que asegura que durante una reunión sostenida el 6 de junio de ese año, “se recibió por primera vez la instrucción verbal de no pagar en tanto se definieran las negociaciones que encabezaba García Sainz”.

En el transcurso del 2002, el ISSSTE envió oficios a las 16 delegaciones y a las unidades administrativas del GDF, en los que advierte de que tendrán que pagar intereses moratorios.

Los directores generales de administración de las 16 delegaciones sostuvieron varias reuniones entre 2002 y 2003 con el oficial mayor del GDF para tratar de encontrar una solución a la falta de pago y a los constantes requerimientos del ISSSTE, pero los encuentros fueron infructuosos.

El 9 de septiembre del 2003, los titulares de Recursos Humanos de 14 delegaciones suscribieron un documento en el que dejaron constancia de la falta de definición de la administración central para cumplir con los pagos al ISSSTE y declararon que las demarcaciones “no serán responsables por la inobservancia de un procedimiento inexistente”.

El ISSSTE informó a este columnista que el convenio de incorporación de los trabajadores eventuales del GDF fue cancelado unilateralmente por el Instituto en abril del 2006, ante la falta de cumplimiento por parte de la autoridad capitalina.

No se sabe en dónde quedó el dinero de las cuotas que les fueron retenidas a los trabajadores ni cuál es su monto, pero la falta de claridad sobre todo este proceso, que tuvo su arranque cuando Gustavo Ponce Meléndez era el secretario de Finanzas del GDF, genera muchas suspicacias.

El dinero retenido a los eventuales y los recursos obtenidos a través de otras fuentes mediante el chantaje, la extorsión y otras maniobras –según la denuncia que el PAN presentó el pasado miércoles en la Fepade— formarían parte del “cochinito” que nutre de recursos a la costosa campaña de López Obrador.

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