julio 17, 2006

Is victory worth any cost?

USA Today. Posted 7/17/2006 10:10 PM ET

Ever since the July 2 election in Mexico, leftist candidate Andrés Manuel López Obrador has been crying foul. The results had him being narrowly overtaken by rightist candidate Felipe Calderón in the final hours of counting. He suspects fraud and wants a recount.

Americans can relate. In 2000, Republican George W. Bush and Democrat Al Gore sparred over the Florida results for more than a month before the U.S. Supreme Court stepped in.

But López Obrador has gone one step further than Gore did. Not only is he demanding a recount, he is organizing civil resistance campaigns to pressure Mexico's election court to grant him one. Those efforts, which reached a fever pitch with a huge rally in Mexico City on Sunday, show a destructive win-at-all-costs attitude that could undermine respect for Mexico's nascent democratic institutions. Extended political turmoil or violence could also undermine Mexico's economy, sending even more illegal immigrants into the USA.

López Obrador is, of course, within his rights to seek a recount and to make the case for such an action in the court of public opinion. And, at the end of the day, it is not inconceivable that the court will side with him. He might even be declared the winner after a recount.

But he crosses a line when he tries to pressure or intimidate the court into granting a recount by putting large numbers of supporters on the streets and making unsubstantiated claims of fraud.

Mexico, though, might yet settle the election with more dignity than some local, state and federal officials displayed in Florida's fracas. It has a specially created seven-member election court empowered to decide when, where and whether recounts are in order.

This type of system can get around a major issue in Florida, which was whether it was fair to conduct recounts only in jurisdictions chosen by the Gore campaign, and where local election officials were sympathetic to his cause. It also would bypass blatantly partisan election officials such as Katherine Harris, Florida's secretary of state and now member of Congress, who showed scant interest in neutrality or integrity.

But like any other court, Mexico's election court needs to be seen as impartial and insulated from political pressure. López Obrador's actions ill serve that cause.

They also raise serious questions about his commitment to truthfulness. As evidence of the alleged fraud, he recently showed a video of a man putting multiple ballots in a box. But the man was quickly identified as a legitimate election official transferring presidential ballots mistakenly placed in a legislative ballot box. If he was not intent on fanning the flames of partisan and class discontent, López Obrador would have investigated the video before making such claims.

Gore realized there was a time to fight and a time to concede. So did Richard Nixon, who did not even challenge his narrow loss in 1960 despite evidence of vote rigging in Illinois. Both put the nation's interests above personal ambition. As he weighs his next move, López Obrador would do well to heed their example.

Fran

En vilo

María Amparo Casar
Reforma
17 de julio de 2006

Contrario a lo que debería suceder en una democracia consolidada, a 15 días de celebradas las elecciones los mexicanos tenemos más incógnitas que certezas. En realidad la única certeza que tenemos es que los cómputos distritales señalan a Calderón como el candidato que recibió la mayoría de los votos. En contraste, no sabemos quién será Presidente, no sabemos si el candidato perdedor aceptará el veredicto del Tribunal, no sabemos siquiera si el 6 de septiembre tendremos Presidente electo.

Y no lo sabemos por una sola razón. Porque el candidato que hasta el momento tiene menos votos insiste en comprometerse con su verdad, con sus principios, con sus convicciones y con su "dignidad", pero no con las instituciones ni con la legalidad.

A 15 días de la elección la presencia mediática más cuantiosa ha sido la de López Obrador. Con la habilidad indiscutible que ha mostrado en el pasado, una vez más está fijando la agenda. Una vez más tiene al país en vilo. Una vez más pone las cosas de tal manera que la única solución posible le sea favorable.

Además de sus dos "asambleas informativas" ha dado un sinnúmero de entrevistas y declaraciones que sus aliados y adversarios hurgan para saber a qué atenerse, para adivinar su ruta, para encontrar un norte. Hurgan esperanzados buscando una frase que brinde la tranquilidad de saber que, una vez agotadas todas las instancias, acatará el resultado. Cualquiera que éste sea.

Tengo para mí que no hay que buscar en sus dichos la respuesta. Que es ocioso seguir analizando las palabras de López Obrador en el Zócalo o en sus entrevistas. Que buscar la verdad en sus declaraciones no tiene sentido. Hay que buscarla en sus acciones. Él ya apostó y apostó por la anulación de la elección. No fue una estrategia de última hora. Hace tiempo que sembró y abonó el terreno para ello. Hace tiempo nos lo dijo: si gano lo hice a contracorriente; a pesar de las trampas, las inequidades, las autoridades, los poderosos, los medios, los ricos. Si el voto no me favorece hubo fraude.

Hasta el momento se ha anotado una victoria. Sembró la duda sobre las elecciones: sobre las autoridades que las organizaron y sobre los 900 mil ciudadanos que fungieron como funcionarios de casillas y contaron los votos. Con o sin fundamento legal, ha conseguido convencer a buena parte de la población de que no hay reclamo más democrático que contar voto por voto otra vez. Lo que no ha dicho es que el recuento no es su última carta. Lo que no ha dicho es que si se vuelve a contar se abren dos caminos igualmente peligrosos.

No sabemos qué hará el Tribunal pero sí cuál es el siguiente paso de López Obrador. Si el Tribunal accediera a volver a contar y el recuento no le diera el triunfo, le queda el recurso del fraude genérico. La elección no es válida porque al violarse los principios de "certeza, legalidad, independencia, imparcialidad y objetividad", los resultados no son reflejo de la voluntad popular mayoritaria.

Si López Obrador gana el recuento de todas maneras tendríamos, en sus palabras, un Presidente espurio producto de unas elecciones fraudulentas.

Con sus acciones y declaraciones López Obrador ha metido en un brete a la nación. Al hablar de simulación electoral y fraude generalizado, al haber impugnado el proceso por la vía de la violación al libre ejercicio del voto, no queda más que anular las elecciones.

Lo que quiere es que el Tribunal se abstenga de hacer la declaración de validez de la elección y la declaratoria de Presidente electo y que se reponga el proceso. No quiere esperar seis años para volver a competir, pero está dispuesto a esperar poco menos de dos.

Que actúe de esta manera es perfectamente explicable y racional en términos de sus propios intereses y expectativas. Lo que es más difícil de explicar es por qué se lo permitimos. Lo que es más difícil de explicar es por qué seguimos pidiendo prudencia a quien la ha mostrado y no a quien se empecina en llevarnos al precipicio. Actuar con prudencia es actuar con cautela y moderación, con sensatez y buen juicio. Estas actitudes han sobrado de un lado y faltado del otro. Detrás del llamado a la prudencia a todos menos a él hay una constante: no le demos pretexto a López Obrador. Pero que no ha quedado claro. No necesita excusas. Ya las tiene. Las ha revelado día con día. Nos ha dicho con claridad y con todas sus letras lo que piensa, lo que quiere y lo que está dispuesto a hacer.

Desde luego hay dos Méxicos. El de los que creen en la legalidad y el de los que no creen e ella. El de los que defienden la institucionalidad y el de los que no lo hacen. El de los que están dispuestos a que su candidato gane o pierda si así lo decidieron los votantes y el de los que no.

El cabezazo

Denise Dresser
Reforma
17 de julio de 2006

"¿Por qué, por qué, por qué?", gritó un comentarista francés ante el cabezazo estremecedor de Zinedine Zidane, en los últimos minutos del juego que su equipo finalmente perdió. "¿Por qué, por qué, por qué?", deberían gritar quienes apoyan a Andrés Manuel López Obrador ante el cabezazo que le está dando a su causa. Zozobra, desconcierto, daño a la izquierda en cuya cancha tan bien jugó. Eso es lo que produce AMLO al exigir un recuento y al mismo tiempo, negarse a reconocer sus resultados. Ésa es la confusión que crea alguien que rechaza la anulación de la elección, pero hace todo para provocarla. Ése es el rechazo que produce un hombre que no quería ser clasificado como un peligro, y ahora se empeña en constatar que lo es.

En momentos definitorios es crucial que los grandes jugadores no pierdan la cabeza y AMLO parece no controlar la suya. Inconsistencia tras inconsistencia, contradicción tras contradicción, López Obrador parece estar haciendo todo para arruinar su propia reputación. Allí va, en los últimos minutos del juego, dándole a sus adversarios todos los argumentos para que lo saquen del partido. Actuando de maneras que ameritan una tarjeta roja. Volteando a un cada vez mayor número de espectadores en su contra. Evidenciando que muchos jugadores tenían buenos motivos para desconfiar de él. Dándole la razón, cabezazo tras cabezazo, a todos sus enemigos. El dios del equipo convertido en un simple mortal.

Como Zidane, AMLO dirá que no ha tenido más remedio que responder a las provocaciones. Y claro que las hubo. Una después de otra y no hay necesidad de contratar a un especialista, capaz de leer labios, para descifrar su intención. El desafuero y la campaña multimillonaria de Vicente Fox y la guerra sucia y la compra de publicidad por el Consejo Coordinador Empresarial y la conducta criticable de Luis Carlos Ugalde y la parcialidad de los medios y la cerrazón de filas alrededor de Felipe Calderón. Pero ése fue el terreno de juego en el que Andrés Manuel aceptó jugar desde hace años. Allí se convirtió en uno de los jugadores más valiosos del PRD y hoy ha contribuido a su expansión. Allí armó jugadas ganadoras, metió goles célebres, se convirtió en la estrella de la izquierda nacional. Llegó a la final y tenía todo para ganarla, quizás incluso en tiempos extras.

Por eso resulta tan sorprendente su autosabotaje actual, su cabezazo frontal. Con él, ha transformado una impugnación legítima en una batalla política que no lo es. Con él, ha sustituido la lógica de sus acciones con la vehemencia de sus emociones. Porque no tiene sentido exigir el recuento voto por voto y -al mismo tiempo- negar sus resultados. Porque no tiene sentido demandar la transparencia y -al mismo tiempo- argumentar que nunca ha existido. Porque no tiene sentido denunciar la ilegalidad de la contienda y -al mismo tiempo- aceptar los avances del PRD en ella. Porque no tiene sentido pedir que se examinen los votos de esta elección y -al mismo tiempo- sugerir que es necesario anularla. Porque no tiene sentido decir que llevará esto "hasta donde quiera la gente" -y al mismo tiempo- no confiar en la confirmación de su voto.

Paradójicamente, la mejor manera de lidiar con un jugador que cuestiona las reglas es usarlas para contenerlo. Por ello, México tendrá que recontar los votos para trascender la confusión que López Obrador ha logrado crear. El Trife tendrá que recontar los votos para evidenciar el objetivo del cabezazo que se empeña en dar. Ante la ambigüedad de AMLO va a ser necesaria la claridad del electorado. Ante la cabeza caliente de AMLO va a ser necesaria la frialdad de los datos duros. Ante las acusaciones de fraude va a ser necesaria la certeza de que en realidad no lo hubo. La transparencia total no como concesión, sino como muro de contención. La rendición absoluta de cuentas no para darle a López Obrador lo que quiere, sino para impedir que lo obtenga con otros métodos. La ruta institucional para el hombre que se empeña en cuestionarla cada medio tiempo. Los postes de la portería colocados con firmeza ante alguien quiere moverlos en cada torneo.

El recuento para evidenciar la desmesura y elevar los costos de su seguir incurriendo en ella. Porque si AMLO pierde el recuento ya no podría seguir jugando. Ya no podría seguir cabeceando. Una gran parte del estadio se pondría de pie para exigir que fuera enviado a la banca y tendría que resignarse a lanzar consignas desde allí. Pero muchos miembros del establishment político y económico del país no lo entienden. Creen que para lidiar con López Obrador basta con odiarlo. Creen que al presentar la elección como un caso cerrado, debilitan la posición de AMLO cuando contribuyen a lo contrario. Su resistencia al recuento alimenta la percepción de que el fraude masivo ocurrió, aunque hoy no hay evidencia para comprobar que fuera así. Miles de mexicanos están marchando porque las élites del país insisten en darles motivos para hacerlo.

Cada vez que Vicente Fox argumenta que quienes votaron por López Obrador son "renegados" ayuda a crearlos. Cada vez que las cúpulas empresariales exigen el silbatazo para darle fin al partido, evidencian todas las jugadas que -como el Juventus italiano- financiaron. Cada vez que Calderón habla de su gabinete y actúa como ganador incuestionable, enoja a quienes no creen que lo es. Cada vez que el panista asegura que "no es posible legalmente" volver a examinar los votos, sugiere que tiene algún motivo para esconderlos. Cada vez que el presidente del IFE asume posiciones que ponen en tela de juicio su neutralidad, le da argumentos a quienes creen que nunca la tuvo. Acción tras acción, los adversarios de AMLO vuelven mártir a un hombre que, a cabezazos, dobla las reglas del deporte que aceptó respetar.

El jugador que rehusaba ser peligroso, pero que actualmente se comporta así. El que no sabe lo que quiere y todavía se lo pregunta: ¿Anular o recontar? ¿Incendiar al país o gobernarlo algún día? ¿Ser mártir asegurado o Presidente posible? ¿Aceptar lo que diga el árbitro o destruir el estadio? Ahora enfrenta la próxima jugada después de promover varias que van en contra del equipo nacional. AMLO no puede descalificar todo el juego y también insistir en que lo ganó. No puede exigir el recuento y también sugerir que no lo respetará. No puede seguir dando cabezazos y pretender que no se merece una tarjeta roja. Como escribió otro periodista francés ante la actitud ignominiosa de Zidane: "No importa cuán bella sea la actuación de un jugador; nada puede justificar el surgimiento de la bestia que lleva dentro".

El traje del Caudillo

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma
17 de julio de 2006

En una comarca mexicana apareció un Gran Caudillo tan aficionado a las intrigas que nada veía que no formara parte de una vastísima conspiración. Al momento que sus párpados se abrían, desfilaban ante sus ojos intrigantes tramando la siguiente puñalada. El paisaje de su mirada era un cuento sencillo y comprensible. No era necesario mucho esfuerzo para entender su fábula. El Bien había encarnado en él, el gran hombre de la esperanza. Era un hombre que no dejaba de divulgar su evangelio. El Mal, por el contrario, se escondía entre los árboles, bajo la tierra, en las nubes. El mal podía estar en todos lados. Hasta la sopa que bebía el gran hombre podía estar envenenada. Nadie más que el Caudillo podía detectar la sombra maligna. Por ello los habitantes de ese reino entregaron su inteligencia al Gran Caudillo. Podían dudar de sus ojos y de sí mismos pero nunca del Virtuoso. Ellos podrían equivocarse. Él no.

La Verdad y la Justicia eran los reinos exclusivos del Gran Caudillo. De su convicción manaba la Realidad. Nada sucedía realmente sin su Testimonio. La lluvia empezaba a mojar en el momento en que el Gran Caudillo sacaba su paraguas. Mientras eso no ocurría, el agua que caía era un engaño orquestado por los malignos. Por eso los súbditos del Caudillo decidieron deshacerse de todos los instrumentos de la vieja objetividad. Una tarde todos los habitantes de aquel reino quemaron los relojes en la plaza central. Habían llegado a la conclusión de que los instrumentos de las manecillas estaban infectados. Que todas las horas contengan la misma cantidad de segundos era una treta. Nos engaña quien pretende contar de igual modo las horas felices y las horas tristes. Es un fraude darle el mismo valor al tiempo de la esperanza que al tiempo del miedo. El día, las semanas, las estaciones se midieron desde ese momento con un instrumento que divulgaba el compás emocional del Buen Hombre. Si el amado líder estaba contento, las horas de todo el reino acompañarían su dicha. Si se entristecía, el reloj colectivo se adheriría a su aflicción. Lo mismo sucedió con el resto de los dispositivos de la medición. Condenados como mecanismos sospechosos, el reino se deshizo de las reglas, los termómetros, los censos y las siniestras estadísticas. La suposición del Gran Caudillo era infinitamente más confiable que cualquier dato. Por eso se puso a la venta la biblioteca del reino y se colocó en su lugar el archivo de las opiniones del Caudillo. Los súbditos del reino adoraban esa colección de ocurrencias diarias como el santuario de la moral pública.

Lo mismo podría decirse de las reglas. Las viejas normas del reino resultaron obsoletas: el abrigo de los privilegiados. Lo debido era lo hecho por el Caudillo. Lo indebido, aquello que condenaba el Gran Hombre. En el palacio de gobierno se inscribió esta frase sentenciosa: "El respeto a los principios del Gran Hombre es la paz". En otras palabras, quien no se atiene a los deseos del Caudillo llama a guerra civil. Por cierto, el nuevo estatuto del reino resultó rentable: los jueces y legisladores decidieron voluntariamente abstenerse de declarar la reglas del lugar. La ley sería simplemente la voz del Caudillo. El parlamento cerró sus puertas. Los jueces se fueron de vacaciones permanentes.

De ese modo, quien quisiera conocer las ordenanzas del reino, tendría que codificar el pontificado personal del Caudillo. El investigador interesado en saber cuántos habitantes vivían en el reino acudía al dicho más reciente del Caudillo. Si alguien quería averiguar lo que había sucedido recientemente en algún paraje distante, habría de consultar la opinión del incorruptible. Los certificados, las pruebas, los testimonios eran totalmente irrelevantes para la constatación de la verdad. Es más, todos esos certificados resultaban engaños. Frente al fraude de lo visible, se imponía la convicción de un hombre. El Caudillo se convirtió en la única fuente de la verdad.

Ahí empezó la decadencia del feliz reino. El Caudillo amante de las intrigas empezó a ver conspiraciones en su antesala. Primero fue un hombre que se atrevió a sacar su paraguas cuando sintió gotas de lluvia en su cabeza. Admiraba y quería al Caudillo, pero un día se distrajo, sintió que lo mojaba el agua y abrió la pantalla. ¡Herejía inadmisible! El Caudillo no había decretado la existencia oficial del aguacero, por lo que la sombrilla resultaba abiertamente insurreccional. El hombre del paraguas fue condenado como traidor. Se le acusó de venderse a los malignos y de pasar al territorio enemigo. Fue fusilado. El fusilamiento sirvió de advertencia. En temporada de tempestades todos salieron a demostrar que el sol radiaba. Ostentaban su lealtad con sus cuerpos empapados. Pero a las siguientes lloviznas los paseantes empezaron a sacar sus paraguas sin esperar el permiso oficial. El Caudillo empezó a quedarse solo, rodeado de fanáticos cada vez más vehementes. Los súbditos se atrevieron a abrir los ojos y empezaron a recuperar el uso de su inteligencia. El Caudillo no sobrevivió el momento en que la razón regresó a la cabeza de sus seguidores.

En su fundación, el reino había mirado hacia la colina de la izquierda. Defendía la igualdad, la racionalidad, la legalidad. Los delirios conspiratorios del Caudillo llevaron a ese reino al extremo contrario: a la promoción fanática de un elegido, a la fascinación por un mito que no se interesa en la verdad y al imperio del chantaje. Hubo que esperar al primer súbdito para que el grito cundiera: el Caudillo está desnudo.