julio 27, 2006

Casos de alarma

(Gracias Alejandro, por traerla a la mesa)

Germán Dehesa
Reforma
26 de julio de 2006

Hoy miércoles, no sin azoro, recibimos la noticia de que Andrés Manuel López Obrador es el Presidente de México por decisión de las mayorías. Así lo anuncia la prensa extranjera y así lo afirmó Cayo Calígula AMLO en entrevista radiofónica. Al oír esto, millones de mexicanos dijeron al unísono: ¡órale!; yo añado que ya podría haberlo anunciado antes del 2 de julio y nos hubiéramos ahorrado las elecciones, el trabajo de un millón de mexicanos, la participación de cuarenta y dos millones de votantes, los edulcorados discursos de Pericles Adams Ugalde y los enojosos trámites post-electorales que han creado un santo enredijo del cual ya no vemos cómo salir.

Tan sencillo que hubiera sido que AMLO se arreglase muy bien, se dirigiera al TRIFE y, ante el Tribunal, anunciara: Oigan, jueces, la mayoría ya me dijo que yo soy el Presidente; ¿dónde paso a recoger mi banda y a dónde mando por la silla?. Con estos sencillos pasos, México sería ahora un país terso, tranquilito y contento de tener un Presidente comprobadamente legítimo y nada espurio. Estaríamos en la pura verbena popular. En verdad no entiendo por qué AMLO se tardó tanto en decirnos lo que siempre ha sabido, lo que es su destino manifiesto y lo que le susurra el Niñito Jesús. Tampoco entiendo por qué no nos dio tiempo de disfrutar tan magnífica noticia. En cuanto terminó de darla, cayó sobre su ser el velo de la ira y se arrancó con unas declaraciones que en España calificarían de acojonantes. AMLO avisó que era muy probable que esta noticia de su asunción a la Presidencia cayera en los fríos y duros corazones de los hombres de poca fe y menos madre quienes seguramente no lo aceptarían como el nuevo Mesías (exigirán un recuento neurona por neurona) y así, en el triste y molesto caso de que la gleba azul se pusiera chirrisca, él procedería a tomar carreteras y aeropuertos y muy probablemente enviaría a su grupo de choque femenil a que clausurara simbólicamente Wall Street y el Capitolio que les queda de camino.

Han de perdonar ustedes (Ma. De la Paz y Fernando), pero estas locuras y estas públicas invitaciones a la subversión ya no caben en la bandera de "primero los pobres". Yo leyendo a Bretch aprendí la noción de "El héroe eficaz" y en el caso (clínico) que hoy nos ocupa no veo la eficacia de retar y amenazar frontalmente al Estado mexicano, a sus instituciones y a los millones de seres que todavía creemos en las soluciones justas y pacíficas. Burla burlando, lo que dijo Andrés Manuel constituye una declaración de guerra. Supongo que al hacerla, AMLO, que ya aprendió la sabia lección de los macheteros de Atenco, cuenta con la parálisis y la inacción del Estado. Yo no estaría tan seguro de eso, ni tampoco confiaría tanto en que sean millones de discípulos los que le acompañen a la hora de saltarse las trancas. Ni siquiera creo que los de su propio partido que tanto ganaron en estas elecciones se lleguen a adherir a las invitaciones de su candidato incómodo.

En la otra esquina, tenemos a Felipe recibiendo con arrumacos y sonrisas a la Gordillo. Otra pésima señal. Como dice una cuata: si se tienen que ver, que se vean; pero que el encuentro sea sigiloso y en la más profunda gruta de Cacahuamilpa.

¿Y los ciudadanos?, ¿y nuestros respetables trabajos cotidianos?, ¿y la paz?, ¿y la patria?.



ENVÍO

Estos renglones son para mi cuate, Pedro Ortega, Chef del restorán "El Estoril" cuyos deleites me fueron negados en este día de flemas, dietas y calambres.



¿QUÉ TAL DURMIÓ? DCCCXLV (845)

Con razón. Ahora se entiende por qué Enrique Peña Nieto (a) Jimmy Neutrón ha sido tan laxo, tan ineficiente y tan complaciente a la hora de pedirle cuentas al Raffles MONTIEL. Ocurre que Jimmy anda también en las mismas y así una rata cubre a otra.



Cualquier correspondencia con esta columna nebulizada, favor de dirigirla a german@plazadelangel.com.mx (D.R)

Paranoia, distintivo de AMLO

Rigoberto Aranda
La Crónica de Hoy

Antonio Torres, psiquiatra experto en trastorno de ansiedad y fobias, investigador en psicofarmacología clínica, y quien ocupó la subdirección de Psiquiatría del Instituto de Neurología y Neurocirugía Manuel Velasco Suárez, explicó a Crónica cómo podemos analizar rasgos evidentes de la personalidad de Andrés Manuel López Obrador, sin romper con el principio ético de confidencialidad (ya que nunca ha sido su paciente) y el del rigor científico, asumiendo las limitaciones de esta metodología, tomando en cuenta su quehacer público, documentado en todo tipo de medios de comunicación, y expresamente, en su conducta inmediata en la realidad política del país.

— Andrés Manuel López Obrador ha expresado repetidamente su convencimiento de que existe un complot en contra suya, desde la candidatura a jefe de gobierno, cuando no cumplía con el requisito de residencia en el Distrito Federal, pasando por el desafuero, la campaña para la Presidencia y, ahora, cuando los resultados le son adversos en los comicios del dos de julio.

— Es cierto que es posible identificar una conducta repetitiva, coincidente con un trastorno de personalidad paranoide.

—¿Cómo es ese trastorno?

—Es un fenómeno delirante, de contenido litigioso, querulante, descrito por la escuela clásica alemana. Es una entidad muy peculiar. Toda la conducta, lo cotidiano, parece normal. No hay señales de deterioro intelectual, son individuos aparentemente congruentes, difíciles de diagnosticar incluso para el especialista. Sin embargo, hay un elemento de juicio alterado de la realidad, y resulta muy arduo identificar dónde comenzó en la biografía del paciente.

—¿Es decir, que puede pasar inadvertido para él mismo y su entorno cercano?

—Así es. Dilucidar dónde y cuándo ocurrió el punto de quiebre es trabajo de muchas sesiones de reconstrucción de historia clínica, al punto de que pueden pasar años antes de precisarlo.

—¿Pero los signos y síntomas son evidentes?

—Se hacen patentes ideas falsas de la realidad, y la dificultad estriba en que, sobre esa premisa falsa, se construye un edificio de ideas que parecen estar correctamente hilvanadas. Pero la paranoia es un signo distintivo. Buscan indefectiblemente un perseguidor, una situación de acoso y ataque, y para enfrentar a ese enemigo, articulan una serie de argumentos bien estructurados, creíbles, hasta inteligentes, con la salvedad de que el enemigo o la situación amenazante es falsa. No existe.

—¿Cómo asumen el juego de ganar y perder?

—Existe un problema básico en la situación que López Obrador deja ver en su conducta pública: saber si la evidente deformación de la realidad es una simulación —que también es una patología clínicamente reconocible— o si está genuinamente convencido de que existe un complot en su contra, y actúa en consecuencia.

—¿Es decir, puede estar mintiendo y tratarse de una estrategia o puede ser una distorsión patológica de la realidad?

—Es correcto. En la simulación, el individuo está perfectamente consciente de lo que pasa y miente, hasta donde sea necesario, para obtener su objetivo. En este caso, el poder político. Se sabe que el poder político es amoral. Es decir, la obtención de la victoria a costa de lo que sea es algo que se ha observado a lo largo de la historia. Mentir, manipular, engañar, distorsionar, amenazar e incluso tomar las calles e incentivar una revuelta está documentado como parte de la historia de muchos países.

—¿AMLO puede ser un ejemplo muy refinado de un simulador llevando su objetivo al extremo?

—Claro, y además, puede ser resultado de la estrategia política diseñada para él por asesores y grupos adherentes. Si todos siguen a López Obrador en sus mentiras, parece lógico que estén de acuerdo en mentir y distorsionar la realidad con fines políticos.

—¿Pero también puede tratarse de un problema de personalidad paranoide?

—Desde luego. En este escenario, el paciente no tiene conciencia de la realidad. Se acerca mucho a un cuadro psicótico, en el que los enemigos son implacables y él se ve forzado a acciones heroicas para defenderse. Él y sus motivaciones. Por eso, es extraordinariamente difícil dilucidar si su obsesión es falsa o genuina. Ver enemigos en todos lados y pelear activamente contra ellos sale de cualquier parámetro lógico. Entonces tenemos a un individuo que juega a la política sin escrúpulos, capaz de movilizar a la gente si es necesario, o a una personalidad convencida de que él es el centro de toda la historia, y que su papel ineludible es ser Presidente, y llevar de todas maneras a la gente a presionar en las calles.

—¿Es una fantasía de mártir?

—Aunque no podemos determinar si se trata de una simulación o de un auténtico mesianismo, López Obrador se ha comparado con Jesucristo, ha invocado al Mal como su contrincante…

—¿Por eso le gusta darse baños de pueblo, predicar, arengar…?

—Es su elemento favorito. Si lo cree auténticamente, si sus allegados alimentan estas fantasías o juegan a su papel es algo que quizá ni ellos mismos tengan claro. Evidentemente hay personas inteligentes y preparadas en su equipo, y podemos ver cómo les cuesta trabajo salir a explicar algunos errores obvios.

—¿El mesianismo es políticamente rentable todavía?

—Sí, en la medida que promete bienes, privilegios o justicia, aunque nunca explique cómo lo va a lograr. Sin embargo, falta analizar cómo es que no funcionó totalmente el modelo. La mayoría del pueblo mexicano rechazó la oferta mesiánica de López Obrador, muchos de ellos en la pobreza extrema.

—¿Para que exista un Mesías se necesita un pueblo que requiere ser liberado…?

—Puede ser el caso que la sociedad mexicana no está necesariamente pensando en un líder así, y si es el caso, la reacción de López Obrador a este escenario puede ayudarnos un poco a dilucidar el enigma de si se trata de un simulador o de un paranoide.

—¿Cómo?

—Si se trata de una estrategia política inteligente, estructurada, con despliegue de prospectiva de escenarios y alternativas de solución, AMLO deberá acatar la resolución del Trife y aprovechar el capital político que cosechó: senadurías, la segunda posición en el Congreso, interlocución válida y respetable, el gobierno de DF, y trabajar para seguir ganando espacios en las elecciones por venir. Tendrá que rectificar el error de cálculo en la campaña y aspirar a una segunda candidatura, con un discurso diferente. Esa es la normalidad política en todo el mundo. Oscar Arias, Alan García, la izquierda en Chile, en Francia… todos aprenden de sus errores y siguen en la lucha política.

—¿Y si se trata de un trastorno de personalidad?

—Verá como imperante el tomar el poder, usar su capital carismático en aras de romper el orden civil, anular la elección, imponerse como la única solución al conflicto, que es como una personalidad con trastorno paranoide asumiría la realidad. No negociará porque su posición es irreductible. Ganar es la única opción para alguien que tiene como obsesión el poder político —como obsesión patológica— y en cuyo caso llevará el delirio litigante hasta sus últimas consecuencias.

—¿Lo van a seguir sus allegados?

—Es difícil saber si se van a dar cuenta o si van a asumir esta posibilidad de trastorno. Para muchos de ellos, la causa es justa, y no necesariamente es central la figura de López Obrador. Si le compraron el proyecto, van a seguir con él. Algunos van a identificar los rasgos obsesivos, y harán de la vista gorda, porque políticamente les conviene. Si les gusta lo que escuchan, lo pueden apoyar. Es interesante insistir en darse cuenta de que el país en su conjunto no le compró el proyecto.

—¿Si AMLO llegara al poder, cómo gobernaría?

—Es algo muy difícil de determinar, porque tendríamos que evaluar su conducta respecto de sus contrincantes, la necesidad de ver reivindicados sus preceptos… dependería mucho de si se trata o no de un simulador o de un individuo con trastorno de personalidad paranoide… con todo lo que ello implica.

Soy el presidente de México...

Malas sumas

Sergio Sarmiento
Reforma
27 de julio de 2006

"Yo soy el presidente de México por voluntad de la mayoría". Andrés Manuel López Obrador

Tengo la impresión de que al candidato presidencial de la alianza Por el Bien de Todos y a sus colaboradores no se les dan las matemáticas. Sólo así se entiende que en una entrevista al periodista Jorge Ramos de la cadena estadounidense de lengua española Univisión le haya dicho que es "presidente de México por voluntad de la mayoría". Esta misma falta de habilidad con las matemáticas puede explicar por qué Andrés Manuel y su gente han afirmado que reunieron a 1.1 millones de personas en el Zócalo el 16 de julio y que congregarán a cuando menos al doble este próximo domingo.

Durante su campaña electoral, López Obrador afirmó constantemente que tenía una misteriosa encuesta de opinión que lo ponía 10 puntos porcentuales arriba de su más cercano contendiente. Esto le habría dado una ventaja de más de 4 millones de votos sobre Felipe Calderón.

Sin embargo, el 2 de julio por la noche, el propio Andrés Manuel dijo que había ganado la elección no por 4 millones sino por sólo 500 mil votos, lo cual equivalía a poco más del 1 por ciento de los sufragios. La verdad es que perder 3.5 millones de votos en unos cuantos días habría sido un verdadero desastre político. Pero Andrés Manuel ni se inquietó ni ofreció explicación alguna. Quizá alguien había hecho mal las cuentas.

El problema es que ahora ni siquiera ese medio millón de votos de ventaja del 2 de julio aparece por ningún lado. La alianza Por el Bien de Todos seguramente tiene ya todas las actas de la elección en su poder. No se entiende por qué, para solucionar todas las dudas, sus colaboradores no presentan simplemente las actas que sumadas supuestamente le dan a López Obrador un triunfo por 500 mil votos en lugar de la derrota por 243 mil 934 votos que arrojan las actas que todos podemos consultar en la página de internet del IFE. ¿Será que a alguien no le salen las sumas? Y si las actas del PRD tienen cifras diferentes a las del IFE, ¿por qué no se dan a conocer las discrepancias acta por acta y la suma corregida?

Debe uno suponer que son las cifras de esas actas las que llevaron a López Obrador a autoproclamarse "presidente de México por voluntad de la mayoría" en su entrevista con Jorge Ramos. Hay que recordar que los perredistas han cuestionado que el IFE señale a Felipe Calderón como el "candidato ganador" o que Elba Esther Gordillo se refiera a él como "Presidente electo". Deben tener los miembros de este grupo, por lo tanto, una confianza absoluta en sus propias cifras y en el hecho de que éstas serán ratificadas por el Tribunal Electoral. Sólo así puede Andrés Manuel presentarse directamente como "presidente de México".

Ahora bien, ¿qué significa ser Presidente "por voluntad de la mayoría"? ¿Quiere decir que la mayoría de los 71.5 millones de ciudadanos empadronados votó por López Obrador? ¿Realmente podemos pensar que 36 millones de mexicanos, y no los 14.8 millones que dice el IFE, votaron por el perredista? O quizá Andrés Manuel se refiera a la mayoría de los 42 millones que votaron el 2 de julio, en cuyo caso debería haber obtenido 21.5 millones de votos. De todas maneras, las sumas tampoco cuadran: faltan 7 millones de votos para ello.

Tal vez lo que quiere decir López Obrador es algo distinto. Quizá ser presidente de México por "la voluntad de la mayoría" simplemente quiere decir que obtuvo "más votos" que Calderón. Lo que sea, incluso esto hay que demostrarlo de alguna manera. Y hasta ahora las sumas del PRD no cuadran.

Y por ello Andrés Manuel ha optado por "demostrar" su triunfo a base de grandes manifestaciones. En la del pasado 16 de julio nos dice que reunió a 1.1 millones de personas. Pero una vez más la suma parece equivocada.

La verdad es que según la información disponible, el Zócalo cuenta con una superficie de 34 mil 515 metros cuadrados. De ella, un 20 por ciento fue ocupado el 16 de julio por el templete y el camino que se dejó abierto en medio de la plaza para permitir el ingreso de los oradores. Esto significa que había unos 27 mil 612 metros cuadrados para los asistentes, que a cuatro personas por metro cuadrado nos da un total de 110 mil 448.

Vamos a suponer generosamente que, además de la gente en el Zócalo, se congregaron 80 mil personas en las calles de Madero, 16 de Septiembre, 5 de Mayo, 20 de Noviembre, Pino Suárez, 5 de Febrero (Norte y Sur) así como en el Hemiciclo a Juárez y en la torre del Caballito. Y seamos generosos una vez más y coloquemos a 40 mil más en el Paseo de la Reforma y en grupos que se retiraron antes de llegar al Zócalo. Aun así, si Pitágoras no me engaña, la suma es de 230 mil 448 personas y no de 1.1 millones.

En fin, parece que las matemáticas no se le dan ni a López Obrador ni a sus colaboradores. Hay que encontrar todavía dónde están esos 500 mil votos que le dieron la victoria el 2 de julio o esos 800 mil participantes en la manifestación del 16 de julio. Aunque quizá fueron estos manifestantes fantasma los que le dieron a Andrés Manuel el triunfo claro que hoy le permite autoproclamarse "presidente de México por voluntad de la mayoría".


Otros tiempos

Manuel Camacho Solís es uno de los activistas que hoy cuestionan el supuesto fraude electoral. En 1988, como operador de Carlos Salinas de Gortari, su trabajo fue validarlo. A Gilberto Rincón Gallardo, quien colaboraba con Cuauhtémoc Cárdenas, lo amenazó entonces con meterlo a la cárcel por su defensa de la democracia.