julio 28, 2006

Nueva teoría

Carlos Elizondo Mayer-Serra
Reforma
20 de julio de 2006

Hay una nueva teoría: la democracia no se alcanzó en el 2000. Sólo se logrará cuando se implemente un nuevo modelo de desarrollo. El supuesto fraude no es lo central, sino que el gobierno, una vez en el poder, implemente una política económica claramente distinta. Sólo así se podrá decir que hubo alternancia.

Este discurso confunde los instrumentos con los fines. La democracia es un medio para llegar al poder. El tipo de política económica que siga el ganador no lo vuelve más o menos democrático. Puede hacerlo más o menos eficiente, justo o consistente con lo que prometió, pero ese es otro tema. Según esta novedosa teoría, el Brasil de Lula tampoco sería democrático, salvo que importe lo que promete el candidato, no lo que hace. Con toda su retórica, ha seguido el legado de Cardoso.

Si el Tribunal Electoral (TEPJF) revirtiera el triunfo de Calderón, López Obrador difícilmente podría implementar una política alternativa a la de Fox, pero no por ello no habría habido una segunda alternancia. Sólo podría hacer una política realmente distinta violentando las instituciones, arriesgándose a una crisis mayúscula y en contra de las preferencias de casi dos tercios del electorado (si aceptáramos que el PRI y el PAN son la misma cosa en materia de política económica, premisa inicial de esta nueva teoría).

La globalización restringe mucho más la política económica de los países. Un país que no es competitivo y que no mantiene cierta estabilidad macroeconómica no puede crecer de forma sostenida, aunque el significado de estabilidad macroeconómica cambia de acuerdo a la reputación de cada país y a sus condiciones objetivas. La falta de alternativas viables de política económica no cancela la democracia, aunque limita sus posibilidades al reducir el margen de acción de los gobiernos que difícilmente pueden aislar a sus ciudadanos de lo que sucede en el otro lado del mundo. Por ello es fácil quedarse por debajo de las expectativas.

Hay otra teoría para negar que en el año 2000 hubo alternancia: el gobierno de Fox proviene del mismo semillero de los gobiernos priistas y Calderón es parte de esa dinastía que se perpetuará si se acepta su triunfo. En términos de grupo en el poder, sin embargo, el de Fox o eventualmente el de Calderón son más ajenos al sistema priista que el de López Obrador, empezando por él mismo. Si bien como priista nunca pasó de cargos regionales de cierto peso, algunos de quienes lo acompañan fueron secretarios de Estado en gobiernos tan disímbolos como los de Echeverría y Salinas.

Muchas de las teorías sobre nuestra falta de democracia que circulan reflejan que no hemos internalizado plenamente el significado de este sistema político. Pero ello no es exclusivo de un sector de la izquierda. El gran error de este sexenio fue intentar evitar que López Obrador estuviera en la boleta porque, como más de uno lo dijo en privado, no se le podía ganar en las urnas. Si bien al final ganó la cordura, el daño al proceso ya estaba hecho. Había mostrado la cara antidemocrática de ciertos grupos ligados al gobierno, aunque ciertamente no de Calderón quien fue ajeno a esta desafortunada maniobra. Por el contrario, luchaba por ganar su candidatura en su partido contra los mismos que armaban el desafuero y que también fallaron en su esfuerzo por frenarlo.

El desafuero, lejos de dañar a López Obrador, lo proyectó nacional e internacionalmente, pero lo hizo creerse indestructible. Ello lo volvió más vulnerable en las urnas de lo que propios y extraños creían. La supuesta justificación del fraude, ante la ausencia de pruebas claras, es que no lo dejaron llegar porque amenazaba el statu quo. Sin embargo, su problema fue radicalizarse y no moverse hacia el centro. Ahí se encontraban los votos faltantes. Eso es lo que uno hace en una democracia si quiere ganar. Derrotado en el conteo, ha salido con un reflejo antidemocrático: o reconocen mi triunfo o no reconozco el resultado ni las instituciones que lo validen.

No es el cambio de modelo económico o de la gente en el poder lo que prueba si un sistema es o no democrático. Sino que la elección se dé dentro de ciertas reglas, que los votos se cuenten y ellos definan al próximo Presidente y al Poder Legislativo. Tenemos el aparato institucional para contarlos y para determinar si hubo o no irregularidades. Ha costado una fortuna, poco más de 13 mil millones de pesos en este año. De éstos, unos mil millones son sólo para el Tribunal y cerca de 4 mil 400 millones para los partidos políticos.

Lo único aceptable en una democracia es acatar lo que el Tribunal diga, el cual además proviene de una decisión que incluyó a los tres principales partidos. Si ahora optamos por negar su legitimidad para determinar quién gobierna, acabaremos imponiéndole un costo muy alto a casi todos los mexicanos. De negar la decisión del Tribunal seguiremos enfrascados en el pleito descarnado por el poder, mientras otros países continuarán construyendo economías más competitivas. Quienes quieren imponer su propia ley, desde narcotraficantes a maestros de Oaxaca, aprovecharán la debilidad del gobierno para promover sus intereses en contra del interés general.

Correo: elizondoms@yahoo.com.mx

La locura

Ezra Shabot
Reforma
28 de julio de 2006

Los intelectuales orgánicos se incorporan a la masa que obedece ciegamente consignas sin medir las consecuencias. Perdieron la elección y la razón

La lucha por el poder tiene características que en ocasiones derivan en la pérdida de la razón y en una abstracción de la realidad propia del pensamiento totalitario. La derrota en un proceso electoral enormemente competido pone a prueba las instituciones de la democracia, pero también el temple y la responsabilidad de aquellos políticos que, sintiéndose seguros ganadores, se ven obligados a enfrentar una realidad adversa. La candidatura de López Obrador se fue construyendo desde el 2000, cuando su triunfo en la capital del país se combinaba con una derrota estrepitosa de Cuauhtémoc Cárdenas y con ello concluía el dominio de éste sobre su partido.

Toda la gestión de Andrés Manuel al frente del Distrito Federal estuvo guiada por la lógica de la candidatura presidencial. Las críticas a Fox, la construcción del segundo piso del periférico junto con una buena dosis de corrupción por parte de los constructores, su defensa frente a los videoescándalos, los apoyos a traficantes de arte convertidos en beneficiarios del presupuesto capitalino, y el desprecio por la ley en el caso del desafuero, todos y cada uno de estos eventos tenían en la mente de AMLO un solo objetivo: la Presidencia de la República. Poco a poco, fue copando los espacios dentro de su partido, convirtiendo el asunto de los videoescándalos en el instrumento idóneo para deshacerse de sus oponentes cardenistas, especialmente Rosario Robles.

De una u otra forma, Andrés Manuel se convirtió en el único factor de poder dentro y fuera del PRD. La torpe estrategia del gobierno de Fox al enfrentar el asunto del desafuero, no sólo reforzó la popularidad del tabasqueño, sino abrió las puertas de un proceso de gran riesgo para la sociedad mexicana en su conjunto: la construcción del culto a la personalidad y el martirio como proyecto político personal. A partir de este momento, la separación de la realidad se fue produciendo paso a paso. La teoría de la conspiración fue sustituyendo al principio fundamental de la lucha política en donde los adversarios hacen todo lo posible por desacreditar uno a otro, para finalmente llegar a acuerdos a partir de los resultados obtenidos en las elecciones.

Las fuerzas del bien, construidas alrededor de López Obrador, se enfrentaron una y otra vez a la conspiración de la derecha, Salinas, los ricos encabezados por Roberto Hernández, los medios de comunicación controlados por los privilegiados (a excepción de La Jornada, quien diariamente expresa la pureza de la verdad revelada por el caudillo) quienes, en un acuerdo secreto, pactaron la destrucción del representante de los pobres. Este pensamiento, que recuerda la lógica del nazismo y el estalinismo, tuvo su punto más álgido en el momento en que la elección presidencial le fue adversa al caudillo por menos de un punto porcentual.

En ese momento, a los conspiradores anteriores se les unieron los encuestadores, el IFE, los funcionarios y los propios representantes del PRD en las casillas, todos los comunicadores no dispuestos a repetir la consigna del fraude electoral, y próximamente el Tribunal Electoral.

La masa convocada en el zócalo, inflamada por el discurso del caudillo que le habla, le pregunta y recibe siempre la respuesta adecuada a sus deseos, entra en el proceso de enloquecimiento total. A este fenómeno de delirio colectivo, hay que incorporar a los intelectuales orgánicos incapaces de discernir entre la realidad y el deseo propio, y quienes, al carecer del más mínimo sentido de la crítica, se unen al coro de creyentes dispuestos a ofrendar su conciencia por la causa. En este escenario no hay lugar para aceptar responsabilidad alguna. Los que atacaron físicamente a Calderón lo hicieron, o por culpa del propio candidato de la derecha, quien no acepta el recuento voto por voto, o porque eran agentes infiltrados del enemigo.

Los mismos argumentos de los nazis cuando incendiaron el Reichstag y culparon a los comunistas. La locura ha llegado y puede destruirnos.

Tabasco 1994

En el programa Fórmula Financiera de Radio Fórmula Mary Carmen Cortés y David Páramo presentan un video del Peje en Tabasco impugnando las elecciones de la misma manera que lo hace ahora.