agosto 17, 2006

Ebrard: la próxima traición a AMLO.

INDICADOR POLITICO
Carlos Ramírez
Jueves, 17 de agosto de 2006

• Sacrificar a caudillo, al DF o el 2012.

¿A qué extremos se arrojará tu desenfrenada audacia, Catilina? Cicerón (*)

La jefatura electa de Marcelo Ebrard se encuentra en manos de Andrés Manuel López Obrador y su plantón en el corredor
Zócalo-Madero-Juárez-Reforma. Sin embargo, el próximo jefe de Gobierno del DF ha comenzado a deslindarse de su jefe político.

El gran dilema de Ebrard ha minado la fortaleza del PRD. Al final de cuentas, Ebrard como próximo jefe de Gobierno del DF tendrá que negociar con el presidente electo desde el momento mismo en que el TEPJF decrete la victoria de Felipe Calderón, pues el nombramiento del próximo procurador capitalino y el próximo jefe de la policía dependen del presidente de la República. Y ahí Ebrard tendrá que decidir si asume el cargo de gobernante político de la ciudad de México o se conforma con la modesta posición de un plantonista durmiendo en las calles secuestradas del centro de la capital.

Por lo pronto, Ebrard ya le envió un mensaje a López Obrador. El reportaje en la revista Caras representó el primer deslindamiento de Ebrard con respecto a la izquierda pobrista y populista de López Obrador. Las fotos de su boda y de su luna de miel mostraron a un Ebrard ajeno a la vinculación con los pobres. El reportaje mostró a un Ebrard proclive al derroche y a la buena vida.

La relación de López Obrador con Ebrard ha pasado por dos confrontaciones graves. La primera ocurrió cuando López Obrador le exigió a Ebrard que no recibiera su constancia de mayoría, dejando abierta la posibilidad de no tomar posesión y precipitar una crisis política en el DF y en el PRD. Ebrard se negó con argumentaciones políticas, pero al final de cuentas marcó su primera distancia del caudillo.

La segunda fue la boda de Ebrard. López Obrador le pidió que no se casara porque se venían meses de lucha. Ebrard se negó a cancelar la boda y apenas la pospuso una semana. Sin embargo, la boda se cruzó con el primer mitin de rebeldía de López Obrador. Aunque estaba invitado como testigo, López Obrador marcó ostentosamente su ausencia de la ceremonia, y no sólo por razones políticas sino por el derroche de lujo.

La tercera confrontación está a la vuelta de la esquina. El día que el TEPJF dictamine a Felipe Calderón como presidente electo, el jefe electo de Gobierno del DF tendrá que negociar un acuerdo de convivencia pacífica. Asimismo, el presidente de la República tiene que aprobar las designaciones del procurador y del secretario de Seguridad Pública del DF.

Ebrard no lo hará con Fox. Un poco porque Fox lo despidió por incompetente a raíz de los linchamientos en Tláhuac. Pero en realidad porque Fox dejará el gobierno el 1 de diciembre y Ebrard tomará posesión el 5 de diciembre. Por tanto, los dos nombramientos de seguridad pública tendrá que hacerlos Calderón.

Ebrard tendrá que decidir esta semana si le reconoce a Calderón su rango de presidente electo dictaminado por el TEPJF y por tanto se sienta a negociar con él o si sigue los pasos de López Obrador y se declara en rebeldía contra las instituciones. Si opta por el reconocimiento, entonces Ebrard tendrá que alejarse de la lucha callejera de López Obrador y asimismo estará obligado a tomar una posición respecto a los plantones. Una cosa es que lo haga como perredista y otra que lo haga como jefe electo de Gobierno.

Pero si Ebrard decide seguir como representante de López Obrador en los plantones, entonces tendrá que renunciar a su condición de gobernante electo porque la protesta de López Obrador tiene como objetivo impedir la toma de posesión de Felipe Calderón. Ahí se dará la verdadera gran decisión de Ebrard: reconocer, aun bajo protesta, el valor de las instituciones y aceptar a Calderón como presidente electo o rebelarse contra él y mandar el mensaje de que el DF será un municipio autónomo al estilo zapatista y anunciar una ruptura constitucional.

En este contexto, Ebrard será una carta de negociación pero no de López Obrador sino de Calderón. Por tanto, esta semana se dará el primer gran deslindamiento del bloque de López Obrador. Y ahí Ebrard tiene la gran oportunidad de marcar su propio espacio político y de gobierno sin traicionar al PRD o asumir su dependencia de la voz de mando de López Obrador y convertirá al GDF en una punta de choque contra la legalidad y la institucionalidad.

Las posibilidades de Ebrard para la candidatura presidencial de 2012 dependen de su decisión en el conflicto de López Obrador contra el proceso electoral. Un gobernante en rebeldía no tendría espacios en una sociedad que se hartó muy rápido del conflicto postelectoral de López Obrador. Ebrard tiene la posibilidad de fijarse como una tercera posición entre López Obrador y Cuauhtémoc Cárdenas. Para ello, Ebrard tendrá que tomar una decisión clave: quitarle el PRD a López Obrador.

La vida política del conflicto postelectoral de López Obrador tiene una mecha muy corta. Y depende de la posición que asuma Marcelo Ebrard a la hora que el TEPJF decida la presidencia electa de Calderón. Ebrard tendrá que decidir si quema sus posibilidades presidenciales en 2012 por seguir el plantón de López Obrador o si decide ser el jefe institucional del gobierno del DF y reconocer la presidencia electa de Calderón.

La decisión no es fácil. El reconocimiento de Ebrard a la presidencia electa de Calderón implicaría la aceptación de que el proceso electoral fue legal y sin fraude y con ello quitarle la principal bandera de lucha postelectoral a López Obrador.

(*) Hasta que no se levante el plantón que lesiona al ciudadano en Zócalo-Madero-Juárez-Reforma, este epígrafe se va a plantar en Indicador Político.

(Lea el Diario de Campaña de Carlos Ramírez, todos los días en
www.lacrisis.com.mx o www.indicador-politico.com.mx.)

José Woldenberg / Lo más triste

Reforma
17 agosto 2006

La diferencia entre la tristeza y la compasión quizá sea la distancia. Si nos informan que un avión se desplomó en Bulgaria, que todos los pasajeros perecieron y no conocemos a ninguno de ellos, es probable que nos invada una compasión lejana -epidérmica- por los muertos y por los deudos. No obstante, si entre ellos se encuentra un familiar querido o un amigo cercano, el sentimiento más rotundo será la tristeza, la profunda y abrumadora tristeza. Ese "perro que ni me deja ni se calla", como diría Miguel Hernández. Y la diferencia se encuentra en la distancia anímica con la cual contemplamos los acontecimientos.

Lo más triste del conflicto postelectoral es la erosión de un patrimonio que compartíamos (casi) todos: la confianza en la vía y las instituciones electorales; la presunción de que habíamos alcanzado un mínimo acuerdo en un mecanismo eficiente para regular la lucha entre partidos, programas y candidatos. Porque lo que se ha desgastado-¿sólo por el momento?- es una fórmula de competencia que permite la coexistencia pacífica de la diversidad, una construcción de la cual todas las fuerzas políticas resultan beneficiadas, una edificación civilizatoria que paulatinamente nos enseña a vivir con los "otros".

Se trató de una auténtica construcción (no de una aparición) difícil, paciente, compleja, que tardó décadas y a la cual concurrieron gobiernos y partidos de oposición, organizaciones no gubernamentales e instituciones electorales, legisladores y militantes, medios masivos de comunicación y ciudadanos. Una operación que debió desmontar un entramado institucional autoritario y substituirlo por otro que ofreciera un lugar a todas las corrientes políticas representativas. A lo largo de ese trayecto de más de 20 años se reformaron la Constitución y la ley (varias veces), se crearon nuevas instituciones (IFE, TEPJF, FEPADE), se inventaron y remodelaron rutinas electorales (desde el padrón hasta el Programa de Resultados Electorales Preliminares, desde las boletas hasta la fórmula de integración de las mesas directivas de casilla), se fortalecieron los polos organizativos de diversas corrientes ideológicas y se equilibraron sus fuerzas, se transformaron los códigos de entendimiento de la política (de los paradigmas excluyentes a los democráticos), hasta lograr que el mundo de la representación política fuera plural y no monocolor.

Y todo ello fue posible a través de una vía (básicamente) pacífica, institucional y altamente participativa. Y los resultados están a la vista: la colonización del Estado por la diversidad de fuerzas políticas que habitan el país, el poder compartido, un equilibrio de fuerzas en las instituciones estatales como nunca antes en nuestra historia.

Elección tras elección se hacía y se hace patente que ninguna fuerza política lo gana todo, mientras las otras tampoco lo pierden todo; que quien triunfa en un momento y lugar luego puede perder gracias a que los humores públicos son cambiantes, y que por ello estamos obligados a convivir en la diversidad.

Una ilustración pedestre: un niño de 12 años más o menos informado en 1976, observaba y sabía que el mundo de la representación política era ocupado por un solo partido; que el Presidente, los gobernadores, la inmensa mayoría de los presidentes municipales, así como todos los senadores y casi todos los diputados salían de una sola organización política: el PRI. Un niño de 12 años hoy en el Distrito Federal sabe que su ciudad es gobernada por el PRD, que el estado de México lo
gobierna el PRI y que el PAN postuló al actual presidente de la República. Esos niños -a querer o no- eran y son socializados en mundos políticos radicalmente diferentes: el primero en uno sin espacio para la pluralidad, el segundo, en un universo habitado por la diversidad. Todos -parecía- cambiábamos bajo el influjo de una transición democratizadora.

Y sin embargo, hoy franjas relevantes de la sociedad creen que las elecciones no han sido limpias y peor aún que los votos no se han contado con pulcritud. Esa noción ha sido alimentada por diversos nutrientes: desde las "explicaciones" delirantes (la existencia de un algoritmo que modificó los resultados del PREP) hasta los errores en la presentación de los resultados preliminares (la no distinción entre actas recibidas y actas computadas), desde las operaciones propagandísticas más burdas (la presentación de un presidente de casilla introduciendo unas boletas a la urna con el consentimiento de los representantes de los partidos como si se tratara de un acto ilícito) hasta el doble discurso en relación a lo que se demanda de
las autoridades electorales (el recuento total de votos en la plaza y la impugnación de un poco más de 40 mil casillas a través de los juicios de inconformidad), desde la descalificación genérica y en bloque de lo que se ha construido hasta la conversión de errores en el llenado de algunas o muchas actas en un fraude orquestado. Y el resultado también se encuentra a la vista: una disminución de la confianza en el procedimiento electoral y un número significativo de ciudadanos que hoy "creen" en menor medida en la limpieza de los comicios.

Se trata de una pérdida sustantiva cuyas derivaciones nadie puede minusvaluar. Un patrimonio común -estratégico- se desgasta ante nuestros ojos. Sin embargo, no hay tiempo para las lamentaciones -nunca hay tiempo para ello-, porque como escribió Guillermo Fadanelli, "los únicos que tienen la vida resuelta son los muertos". De tal suerte que será imprescindible restañar las heridas y reiniciar las operaciones reformadoras capaces de, poco a poco, remontar lo perdido.