agosto 27, 2006

Proclamacion

El 16 y después

Luis Rubio
Reforma
27 de agosto de 2006

Prudencia es el nombre de la estrategia seguida por el gobierno federal a lo largo de las semanas que lleva el plantón. La prudencia ha surtido su efecto, si bien no ha dejado satisfechas a las personas directamente afectadas ni a las que requieren cruzar la ciudad y se encuentran con impedimentos todavía más formidables a los acostumbrados. Las encuestas muestran que la población preferiría que el gobierno actuara con la fuerza pública, pero su prioridad número uno es evitar cualquier incidente violento. El nivel de tolerancia para la violencia policiaca en el país es ínfimo, lo que se acentúa por la ausencia de policías competentes, entrenados y disciplinados. Por todas estas razones, la manera en que el gobierno federal ha encarado el desafío que representa el plantón ha sido exitosa. Pero esa estrategia no es sostenible para el desfile del 16 de septiembre. Ahí las circunstancias cambian de manera radical.

Más allá de las incomodidades y costos que origina, el plantón constituye un desafío a la vida institucional del país. Por supuesto, quienes organizan, participan y soportan el plantón consideran que su actuar es democrático y legítimo. Resulta claro que en el país coexisten perspectivas e interpretaciones radicalmente opuestas sobre lo que constituye una base sostenible de desarrollo económico y político, pero también visiones contrastantes sobre temas elementales como la importancia de las instituciones y la solución institucional de los diferendos. Es decir, no sólo es un conflicto suscitado por el resultado de una elección; es un conflicto anclado en la existencia de profundas diferencias conceptuales sobre temas básicos para la convivencia colectiva.

Décadas de un sistema educativo orientado al control político y de la influencia de educadores que de entrada consideran que el desafío a la ley, el bloqueo de las vías públicas y la protesta violenta son métodos legítimos de lucha política, nos han llevado al momento que estamos viviendo. No menos importante es el legado de la vieja política mexicana que, sobre todo después del 68, privilegió lo informal y lo ilegal, sobre lo institucional. Es decir, estamos cosechando lo que el viejo sistema político sembró y que el gobierno actual no modificó. No nos sorprendamos ahora por el desprecio a la ley y las instituciones de las que hacen gala los inconformes, ni las premisas de las que parten. Para ellos la ley sirve a los poderosos, las instituciones son represoras y el fraude es flagrante. Paso seguido, un presidente puede ser aclamado y ungido en la plaza pública sin más.

Hasta ahora, la estrategia del gobierno federal ha rendido frutos. Algunas de las fechas complicadas del mes de septiembre son salvables con la misma prudencia y disposición con que se ha venido encarando la rijosidad de los protestantes. Pero eso no es cierto para el festejo de la Independencia, pues ahí los actores son otros. La presencia del ejército y la tradición del desfile cambian la ecuación. Es posible que los participantes en el plantón vean en el desfile militar la oportunidad para salir del callejón sin salida al que llegaron con una estrategia que, si bien tenía un inicio obvio, no tiene un final definido. Pero es igualmente posible que traten de desafiar al ejército, negociar cambios de ruta o buscar soluciones intermedias (por ejemplo, liberar un carril de Reforma y no toda la avenida). Sin embargo, es dudoso que cualquiera de esas "soluciones" fuera satisfactoria para un cuerpo que se precia de su disciplina y objetivos precisos y no de las medias tintas.

Lo que los políticos -y la población- han tolerado en estas semanas es probable que no sea tolerable para los militares. Visto así, los riesgos inherentes a una confrontación son enormes y todos los actores deben contemplarlos con claridad. Una cosa es que algunos políticos perciban como aceptable y legítima la protesta callejera, los plantones, el cierre de vías de comunicación (actos que pueden tipificarse como delitos penales) y se hagan de la vista gorda ante la presencia de elementos no institucionales y proclives a la violencia entre el grupo inconforme, y otra cosa es que la sociedad acepte y tolere la posibilidad de una confrontación entre el ejército y los rijosos. Si a lo anterior se agrega que hay elementos radicales dentro de estos grupos que esperan una oportunidad (un muerto por ejemplo) para justificar su movimiento, en las próximas semanas podríamos ver el fin de casi cuatro décadas de esfuerzos por sumar a la izquierda en los procesos institucionales, de los frutos de las sucesivas reformas políticas y de una exitosa candidatura para la presidencia.

La lógica del movimiento de protesta es muy clara. Por una parte, es evidente que se ha reconocido, pero no aceptado, que AMLO perdió la elección. Por otro lado, es igualmente evidente que el movimiento ha adquirido una dinámica cuyo objetivo es amenazar con la violencia para intimidar al gobierno (saliente y entrante) y eventualmente tumbarlo o, en su defecto, acumular suficientes fichas para negociar una salida. Es decir, aunque la retórica sigue siendo electoral, el movimiento ha avanzado en dos direcciones paralelas: una maximalista de presión sobre las instituciones, comenzando por el Trife en el momento actual y sobre la presidencia en la siguiente etapa; y otra para ir construyendo una salida que implique, por lo menos, la remoción de cualquier cargo penal sobre sus integrantes.

En otras palabras, más allá de la presión que el movimiento ejerce sobre el Tribunal Electoral y del ruido que pudiese causar en las próximas fechas cívicas, la verdadera lucha se enfila hacia el próximo gobierno. El próximo gobierno tendrá que enfrentar el reto con una gran capacidad para sumar, tender puentes y abrir espacios de diálogo, a la vez que despliega habilidad para resolver los impedimentos al crecimiento de la economía que tanto daño nos han causado.

Lo ideal sería que de ambas partes, gobierno y movimiento, surgieran voces, en público y/o en privado, que comenzaran a reducir la brecha. Si algo ha demostrado este periodo postelectoral es que el desafío es mucho más profundo, urgente y grave de lo aparente. Más importante, ese desafío no se relaciona con el movimiento mismo o con su fanatismo y estalinismo, sino con la enorme brecha de percepciones y concepciones que evidenció. En tanto no se cierre esa brecha, el jaloneo será permanente. Al mismo tiempo, un sólido avance en materia política, educativa y económica podría transformar la película de hoy en una oportunidad para construir algo mucho mejor que lo que jamás cualquiera antes imaginó.

En busca del centro perdido

Enrique Krauze
Reforma
27 de agosto de 2006

La buena noticia del trance que vive México es la participación ciudadana en la vida pública. ¿Cuándo, en los tiempos del PRI, se había visto a tantos ciudadanos opinar y actuar sobre lo que les compete? Por fin la política ha dejado de ser patrimonio privado de los políticos para convertirse en una tarea colectiva. La mala noticia es la riesgosa polarización del momento. "Son las mismas caras de odio entre compañeros, entre familiares", me dijo hace unos días mi amigo Alberto Pedret, que vivió la Guerra Civil Española en su natal Cataluña. Esta ominosa reminiscencia de su niñez no es ilusoria. La exacerbación de las pasiones ideológicas está en todas partes: en los blogs y en la prensa doctrinaria, en las conversaciones de café y en las reuniones sociales, en los campamentos y en los parlamentos. El debate público está envenenado a un extremo sin precedentes. Hay que combatir ese mal de inmediato, y sólo hay un antídoto conocido: recobrar el centro.

Las propuestas de campaña han desaparecido. Una visión maniquea se ha apoderado del discurso (sobre todo en los ámbitos del PRD, pero no sólo en ellos), volviendo simple, dual y sólida la realidad que, por naturaleza, es compleja, diversa y fluida. Tras la caída del Muro de Berlín, parecíamos haber comprendido que "Derecha" e "Izquierda" son conceptos pobres en significación real, armas verbales que sirven para descalificar al enemigo, no para describir, comprender, explicar o incluso refutar el contenido de lo que piensa o cree. Hoy esos adjetivos disfrazados de sustantivos, esos sucedáneos de los viejos anatemas religiosos (hereje, apóstata, infiel, impuro, ateo), son etiquetas que se han vuelto de uso común.

Aunque hay guerrillas maoístas en la India, una dictadura estalinista en Norcorea y una monarquía absoluta, hereditaria y revolucionaria en Cuba, sólo unos cuantos extremistas pretenden que el modelo marxista puede ser viable o lo fue alguna vez. El Partido Comunista Chino rinde pleitesía formal a Mao, pero para su desarrollo económico ha adoptado el más salvaje de los capitalismos. Inversamente, en Occidente al menos, sólo unos cuantos grupúsculos marginales proponen una vuelta a la teocracia, a los militarismos tiránicos o al nazifascismo. Por lo demás, ningún país occidental, ni siquiera Estados Unidos, ha renunciado a la necesidad de un Estado que modere, incluso severamente, la orientación individualista del mercado, y atienda con eficacia las demandas sociales, sobre todo las de los más necesitados. Purgada de los ismos totalitarios que desgarraron el siglo XX y sacrificaron a decenas de millones de personas concretas en el altar de principios abstractos, la civilización occidental se ha vuelto "centrista" y ha adoptado (incluso en ese polo excéntrico que es América Latina) un sistema democrático. Ese corrimiento también ha ocurrido en México, donde el mandato del ciudadano en las urnas ha sido proteger el centro. Por eso a ningún partido le dio la mayoría absoluta.

Pero el centro, en nuestro tiempo, no señala una equidistancia fija de los extremos ideológicos, rebasados y refutados por la historia. El centro es una franja de opinión que varía en puntos específicos sobre los que las personas pueden y deben dialogar, discrepar, negociar, pactar. Más que un "lugar" intelectual, el "centro" es una actitud, una disposición moderada y atenta, un espacio de tolerancia a las ideas ajenas, un sitio abierto y habitable donde los hombres se escuchan unos a otros, defienden con vehemencia sus puntos de vista, pero están dispuestos a modificarlos si el interlocutor esgrime datos objetivos y razones suficientes. (Un caso concreto: en las frenéticas discusiones de estos días en torno al supuesto fraude, se ha ido evaporando el elemento racional y empírico para dar paso a argumentos de fe; hace falta la operación inversa: pasar del mito a las razones comprobables.) El centro, por lo demás, no es infalible sino todo lo contrario: es humanamente falible, y por eso está normado por leyes que los protagonistas pueden cambiar pero no violar o subvertir. El centro, en suma, implica una cultura de la civilidad.

En México necesitamos recobrar el centro perdido. El PAN no podrá esgrimir un programa de ortodoxia económica liberal, ni mezclar la religión con la política (el PRD lo ha copiado en fechas recientes), ni aferrarse a sus rancias actitudes de intolerancia moral. El PRI (que en sus mejores momentos representó una posición de centro, aunque manchada por la corrupción y el clientelismo) tendrá que reconstruirse, recobrando sus raíces perdidas de liberalismo político y responsabilidad social. Pero el problema mayor lo tiene el PRD y la coalición que lo acompaña. Para converger hacia el centro, tanto en pensamiento como en actitud, sus miembros tendrán que convertirse en "traidores", en el sentido en que el escritor israelí Amos Oz refiere en su libro Cómo curar a un fanático:

Traidor es aquel que cambia ante los ojos de quien no puede cambiar, de quien no quiere cambiar, de quien odia cambiar, de quien no concibe cambiar... A los ojos de un fanático, traidor es cualquiera que cambie. Hay que escoger -y no es fácil hacerlo- entre volverse un traidor o volverse un fanático. En cierto sentido, no ser un fanático significa, hasta cierto punto, ser un traidor a los ojos de un fanático.


Separarse del fanático, renunciar al fanatismo, moverse con inteligencia hacia un espacio de mínima convivencia, es la tarea prioritaria que les espera. No tienen opción. Después de todo son políticos y, como tales -no lo olvidemos ni permitamos que lo olviden-, son nuestros asalariados. El diálogo no es para ellos una opción discrecional: es un mandato que están obligados a cumplir. Si en los meses siguientes convergemos hacia ese centro, la recuperación pacífica del otro centro, el centro geográfico, el centro de nuestra capital, vendrá por añadidura.

Palabra del peje...

Mi alegría...