septiembre 01, 2006

El peje y su changada...

Necio!!! (Versión para mentes abiertas)

Aumenta aprobación al primer mandatario



Encuesta
REFORMA: 23a. Evaluación trimestral al Presidente Vicente Fox

María Antonia Mancillas y Alejandro Moreno

El Presidente Vicente Fox entra al último trimestre de su gestión con un 68 por ciento de aprobación ciudadana, según la más reciente encuesta de evaluación al mandatario.

El nivel de aprobación a Fox aumentó, comparado con el 64 por ciento que había registrado en los dos primeros trimestres de 2006, y se acerca al 70 por ciento con el que fue evaluado en sus primeros 100 días de gobierno, en 2001.

La calificación que la ciudadanía otorga al Presidente también va al alza, y hoy los mexicanos lo evalúan con un 7.1 en promedio.

La encuesta se realizó a mil 515 mexicanos adultos en las 32 entidades entre el 18 y el 20 de agosto.

Junto con la aprobación, la credibilidad del Presidente Fox también aumentó ligeramente, de 50 por ciento que tenía poco antes de los comicios del 2 de julio, a 53 por ciento en la encuesta más reciente.

Entre los rubros de evaluación más favorables a Fox destacan su honestidad y su manejo de la economía nacional.

Según otros indicadores derivados de la misma encuesta, el porcentaje que considera que la economía del País ha mejorado pasó de 23 a 27 por ciento entre junio y septiembre.

Los rubros en los que la evaluación a Fox es menos favorable son la seguridad pública, el combate a la corrupción y el desempleo. Sin embargo, este último registró una leve mejoría en el pasado trimestre.

A pesar de estar enmarcado por un conflicto postelectoral, así como por la situación política en Oaxaca, el cierre de gobierno de Fox registra un optimismo creciente de la ciudadanía. Hoy en día, el 45 por ciento de los entrevistados percibe que el País va por buen camino, 6 puntos más que lo que se registró justo antes de las elecciones presidenciales.



· ¿Aprueba o desaprueba la forma como Vicente Fox está haciendo su trabajo como Presidente?

Aprueba Desaprueba
2001* 65% 22%
2003* 59 33
2005* 60 30
Jun-06 64 29
Sep-06 68 26



*Promedio anual


CALIFICACIÓN

· ¿Cómo calificaría al Presidente Fox?

2001* 6.9
2003* 6.6
2005* 6.7
Jun-06 6.8
Sep-06 7.1


*Promedio anual



ECONOMÍA

· Comparada con hace un año, ¿diría que su situación económica personal...?

2001* 2002* 2003* 2004* 2005* Mar 06 Jun Sep
Mejoró 22% 18% 21% 22% 22% 28% 24% 27%
Empeoró 16 25 25 25 22 16 18 17
Sigue igual 61 56 53 52 54 54 56 54



*Promedio anual


· Comparada con hace un año, ¿diría que la situación económica del país...?

2001* 2002* 2003* 2004* 2005* Mar 06 Jun Sep
Mejoró 21% 18% 18% 19% 24% 25% 23% 27%
Empeoró 17 27 27 26 23 19 21 18
Sigue igual 57 52 51 52 50 52 53 50



*Promedio anual


CREDIBILIDAD

· ¿Cuando el Presidente Fox da mensajes a la Nación para explicar sus acciones de Gobierno, qué tanto le cree?

Mucho / Algo Poco / Nada
2001* 54% 41%
2003* 48 49
2005* 49 48
Jun-06 50 47
Sep-06 53 44



*Promedio anual


DESEMPEÑO

· ¿Cuál es su opinión acerca de la forma como el Presidente Fox está tratando los siguientes asuntos? (Porcentaje de opiniones favorables)


Jun 2006 Sep Var.
Honestidad 60% 61% +1
Manejo de la economía 50 55 +5
Combate a la pobreza 49 53 +4
Manejo de las relaciones México- EU 38 44 +6
Desempleo 33 35 +2
Combate a la corrupción 31 31 0
Seguridad pública 29 31 +2




· En general, ¿cree que el país va por buen camino o por mal camino?

Buen camino Mal camino
2001* 53% 22%
2003* 42 33
2005* 39 36
Jun-06 39 36
Sep-06 45 35



*Promedio anual

Metodología: Encuesta nacional en vivienda realizada del 18 al 20 de agosto a mil 515 mexicanos adultos en las 32 entidades federativas del País. Margen de error: +/-2.5%. Nivel de confianza: 95%. Encuesta patrocinada y realizada por Grupo Reforma, con la colaboración de El Debate, de Sinaloa. Comentarios: investigacion@reforma.com

En la vida hay que saber ganar

Jorge Fernández Menéndez
Razones
A.M.
1 de septiembre de 2006

Se ha dicho muchas veces que López Obrador y el PRD no han sabido perder. Es verdad y ello suele extenderse en general a nuestra izquierda, en sus más diferentes variantes, si incluimos en ella, algo a lo que siempre me he resistido porque se trata de un personaje profundamente conservador, a un hombre como López Obrador.

No saber perder, en la política y en la vida, es grave. Pero más lo es que no se sepa ganar. Cuando veo dilapidar capital político a nuestra izquierda, siempre recuerdo un magnífico texto de Miguel Rico Diener (si no me equivoco ahora director en México de Edelman) escrito en 1987, cuando ambos éramos jóvenes periodistas (“felices e indocumentados” diría Gabriel García Márquez) que trabajábamos en aquel unomásuno y que sostenía que la izquierda no sabía ganar. Se refería Miguel al triunfo indudable del CEU en la UNAM que había derrotado al rector Carpizo, había logrado todo lo que había pedido y no supo, entonces, qué hacer con semejante capital político.

Esa historia se ha repetido una y otra vez. Un año más tarde, en el 88, Cuauhtémoc Cárdenas tuvo un resultado sorprendente en las elecciones federales. Hubo muchísimas irregularidades pero si nos atenemos a los testimonios de José Woldenberg y Jorge Alcocer, a cargo entonces del servicio electoral del FDN, pese al fraude no le alcanzaba a Cárdenas para sostener que había ganado las elecciones. Pero el triunfo era enorme: por primera vez la izquierda tenía fuerza y peso como para negociar una agenda común. No lo hizo, porque se encerró en el papel de víctima y esa agenda la signó el panismo con el presidente Salinas. Nació el PRD, pero llegaron, también, los años de automarginación. En 1994, el EZLN logró con su levantamiento colocar buena parte de su agenda, sobre todo la indígena, en el escenario nacional e internacional. Tuvo un éxito político indudable, pero Marcos en lugar de entender que el alto al fuego de enero del 94 y los acuerdos de San Cristóbal constituían un triunfo sin precedentes, que le abría al zapatismo una verdadera avenida para transitar hacia juegos mucho más serios de poder, prefirió, una vez más, la automarginación, seguir jugando el papel de víctima, y el movimiento fue languideciendo hasta convertirse, hoy, casi en una rémora política. Y eso que el zapatismo tuvo dos oportunidades más, primero con la negociación de San Andrés y luego, sobre todo, con el zapatour, para consolidarse como fuerza política. Marcos prefirió regresar a la selva, donde la mayoría de las comunidades ya no están bajo su control mientras él deambula sin pena ni gloria por distintas ciudades del país.

El perredismo, luego del triunfo de Cárdenas en el 97 en la capital, volvió a colocarse en primera línea del escenario político. Tuvo su oportunidad en 2000, pero la personalidad de Fox en esa elección fue determinante, pero gracias al trabajo de Cárdenas y Rosario Robles, pudo mantener la ciudad y López Obrador fue elegido jefe de Gobierno. Desde allí y desde entonces comenzó a construir su candidatura, deshaciéndose, como primera medida, de quienes lo habían impulsado a esa posición. Se rodeó de los mismos que en el 87 no supieron qué hacer con la victoria del CEU, los que se fascinaron con el zapatismo, los que aplaudieron que no aceptará los acuerdos de San Cristóbal y que luego del zapatour se regresara a la selva como muestra de dignidad, de los que nunca han sabido ganar nada. A ellos les sumó un grupo de oportunistas que han perdido una y otra vez y han cambiado de bando político como de ropa interior, pero que por eso mismo considera incondicionales. Los mejores hombres y mujeres del PRD quedaron fuera de su círculo de influencia.

Es verdad. El PRD perdió las elecciones del 2 de julio y perdió de una forma dolorosa: por apenas el 0.58 por ciento y 240 mil votos de diferencia. Pero también ganó muchísimo, mucho más que en cualquier otro momento de su historia y parece empeñado en despilfarrar todo ese capital político en apenas tres meses. Hoy las expectativas de voto por el PRD están casi en su nivel histórico del 20 por ciento: según la mayoría de las encuestas se ubica en el 25 por ciento. Es difícil perder diez puntos porcentuales en apenas dos meses.

¿Qué ganó el PRD?. Obtuvo el grupo parlamentario más grande de su historia. Ha logrado, sin embargo, con su esquizofrenia política inducida por López Obrador, quedar fuera de buena parte de los ámbitos centrales de decisión en el congreso. Ganó más de un tercio de los estados del país, lo que constituía una plataforma inmejorable para ganar futuras gubernaturas: ganó Juan Sabines en Chiapas pero no seguirá la ruta de AMLO. Pero, por sobre todas las cosas, logró imponer su tesis central: nadie puede ignorar que no hay tema más importante que establecer un programa eficaz de corto, mediano y largo alcance en la lucha contra la pobreza y la desigualdad. Y en eso, si quisiera, el perredismo podría jugar un papel central. Marginándose, los réditos serán de otros.

En una democracia la norma es que nadie gana todo y nadie pierde todo en una elección. Pero López Obrador no lo entiende así porque no es un demócrata: su política se basa en aquel viejo dicho priísta de que el poder no se comparte y quiere ganar o perder todo. Y está llevando a su partido por ese camino, que para colmo es un camino ya recorrido: López Obrador está haciendo exactamente lo mismo que hizo en su momento Marcos, incluidos sus respectivos Aguascalientes y convenciones nacionales.

Hoy, el PRD, de la mano con López Obrador, parece dispuesto a impedir a cómo dé lugar el Informe del presidente Fox. Si lo hacen, será el mayor triunfo de sus adversarios, la acción que sellará definitivamente su derrota (cuando podría haber sido su triunfo aunque fuera parcial) del 2 de julio y lo regresará, otra vez, a la marginalidad.

jfernandez@milenio.com

El día de la Coalición

Carlos Marín
El Asalto a la razón
Milenio
1 de septiembre de 2006

Los partidos que integran la coalición en torno de Andrés Manuel López Obrador tienen hoy una oportunidad insuperable para optar entre dar a la sociedad una oportuna y clara señal de que quieren construir una sólida pista rumbo a la Presidencia en 2012, o continuar con su desmadre (de cuando las aguas de un río se salen de cauce o de madre) y dilapidar su capital electoral.

Para ganar confianza tendrán que renunciar a seguir pasándose de listos, ya que juegan a la institucionalidad en el marco de la Constitución (de donde se desprenden las prerrogativas multimillonarias de que gozan), pero fuera de él cuando apoyan a su líder en el propósito de “restaurar” una “República” patito.

Los nuevos diputados y senadores del PRD, PT y Convergencia deben tomar en cuenta una certera frase de Napoleón que sus adversarios del PAN acaban de descubrir: “Si el enemigo se está equivocando, no lo distraigamos…”.

Otra vez: ¡aguas!

Represión

Ciro Gómez Leyva
La historia en breve
Milenio
1 de septiembre de 2006

Es estrujante la conclusión del especialista en temas de seguridad nacional, Carlos Humberto Toledo, en el artículo que escribe hoy en MILENIO: “Si la fuerza pública es exigida como medio último y recurso final para hacer prevalecer la voluntad mayoritariamente popular, los mandos de la coalición Por el Bien de Todos deberán, quieran o no, aceptar su responsabilidad histórica por ello”.

En otro momento sería una frase lógica, simple, pero decirla en las circunstancias actuales es un atrevimiento. A la corrección política no le gusta el uso preciso de algunas palabras. Por ejemplo, represión.

Nos hemos pasado dos meses escuchando juicios sobre la “protesta social”, “la crisis de las instituciones”, el marco legal”, el “uso legítimo de la fuerza”. Así llegamos a septiembre, mes en que habrá, por fin, un Presidente electo y el lopezobradorismo le tendrá que dar profundidad a su insurrección o, bien, tendrá que desinflarla. Septiembre: Presidente e insurrección.

Si la insurrección consigue avanzar unos pasos, se le habrán terminado las opciones al gobierno de Vicente Fox. No puede jugar otros tres meses al “cuando el adversario se está haciendo pedazos él solo, no lo distraigamos”. Si la insurrección avanza será porque, como dice Toledo, contará “con una masiva base popular activa y actuante, y un reconocimiento social de apoyo claramente mayoritario”.

Y si eso llegara a suceder, si se consumara la derrota de la política como vía para encontrar una solución, al gobierno no le quedará más que reprimir a quien se mueva al margen de la ley: disparar contra los lopezobradoristas (quizá agua, quizá gas, quizá salva, quizá plomo), perseguirlos, detenerlos, someterlos, procesarlos, amedrentarlos.

Si el gobierno fracasa, la insurrección habrá triunfado, al menos en un primer momento. Si tiene éxito, la represión implicará algún grado de reducción de ciertas libertades: asociación, manifestación, expresión. Por un lapso breve, o tal vez no tan breve.

¿De quién sería la culpa por ese infortunio? Un admirado amigo periodista me dijo hace unos días que de todos, los medios incluidos. Carlos Humberto Toledo escribe que, sobre todo, sería de López Obrador y los suyos, “porque si el Estado, por mandato de la ley, es compelido para accionar, queda sin opciones; y ese camino cierra en línea recta”.

Hemos llegado a septiembre.

AMLO: la estrategia que viene

Joaquín López Dóriga
En Privado
Milenio
1 de septiembre de 2006

Ausencia no es sinónimo de estrategia. Florestán

Cuando el Tribunal Electoral haga público el cómputo final, valide el proceso del 2 de julio y declare a Felipe Calderón Presidente electo, habrá terminado una primera etapa del movimiento de López Obrador, la del voto por voto y anulación de las elecciones, para abrir paso a otra: impedir la toma de posesión de Felipe Calderón.

Entonces declarará que el fraude electoral confirma que el voto no es vía para que la izquierda acceda al poder y endurecerá su movimiento.

Esta segunda etapa lo llevará a ordenar el levantamiento del bloqueo Centro Histórico-Reforma, para concentrar a sus seguidores en el Zócalo, convertido en su cuartel general.

Y tiene sentido este repliegue para reagruparse: los campamentos fueron parte de la estrategia para presionar a los magistrados y exigir el voto por voto; declarada la legalidad del proceso y expedido el fallo de Presidente electo, la estrategia cambia, pero no el objetivo: que Calderón no sea Presidente.

Dentro de esos ajustes está la corrección que hizo a la propuesta original de declararse, vía su convención, “Presidente legítimo”, ampliando el abanico a “encargado del Ejecutivo”, “jefe de Gobierno en resistencia” o “coordinador nacional de la resistencia civil pacífica”, posibilidad, esta última, que le da un mayor espacio y presencia políticos, además de una representatividad seria, que de otro modo no tendría.

Así, no debe asombrar, ni tomarse como una derrota, el que empiece a despejar los campamentos.

Es la estrategia, cuando en su primer círculo mantienen la esperanza de que prospere la demanda de anulación, proyecto final que ha dividido a los magistrados del Tribunal que anoche se encontraban en un apretado 4-3 a favor de la validez cuando buscan construir una salida unánime.

Lo cierto es que lo que suceda hoy, dentro y fuera del Congreso, influirá en los tonos y tiempos de su movimiento, pero también podría marcar los de la última etapa de la Presidencia de Fox y, de salirse de control, repercutir hasta en el fallo judicial y la transición a la próxima Presidencia.

Retales

1. AL TANTEO. El presidente Fox llegará hoy a San Lázaro y ahí le medirá. Sobre la marcha decidirá si sube a la tribuna y lee su mensaje o no. Ya arreglaron el salón de Protocolo para que ahí conste que asistió a la instalación del Congreso, entregue el Informe por escrito y se vaya;

2. GRITO. De lo que pase esta tarde, tomará otra decisión: si el día 15 va a Palacio a dar el Grito. De ponerse las cosas difíciles, se irá a Dolores Hidalgo a encabezar el Grito. Es el “plan B”; y

3. POR ESCRITO. La Mesa Directiva del Senado no acudió a Los Pinos con motivo de su instalación, como era la liturgia. Manlio Fabio Beltrones notificó al Presidente y a la Corte por escrito.

Nos vemos el martes, pero en privado.

Los lopezobradoristas serán los responsables si se usa la fuerza

Carlos Humberto Toledo*
Milenio
1 de septiembre de 2006

Los plazos se acortan. El movimiento de López Obrador quiere estallar una revolución. Frente a esa perspectiva, el Estado se va quedando sin opciones: si se usa la fuerza pública, la coalición Por el Bien de Todos no podrá reclamar para sí el papel de víctima.

La ruta de colisión ¿es ya inevitable? Los equilibrios están hoy ¿a punto de rompimiento? La seguridad nacional mexicana ¿sabrá aliviar el trance? Veamos:

Los movimientos sociales de protesta de carácter pacífico, para que continúen siendo considerados así, tienen una clara limitante: la estricta observancia de la ley. Al preciso instante de poner en práctica la decisión de abandonar las fronteras del marco legal, en cualquiera de sus formas, sus actividades los sitúan en automático en terrenos francamente identificables como actos de clara provocación contra los intereses de las estructuras políticas establecidas.

De esta manera, lo que en un inicio pretendían ser únicamente muestras no violentas de descontento, al abandonar la tesis de la no confrontación y sistemáticamente oponerse a las determinaciones de las instituciones públicas, a pesar de que aquéllas están fundadas en derecho, en sí mismo convierte a este proceder en una expresa renuncia a solucionar el origen y núcleo del conflicto mediante el uso de los medios y sistemas creados ex profeso.

Qué pretendería con ello el grupo inconforme. ¿Activar de facto el ejercicio al llamado derecho a la revolución? ¿Romper, ante su abierto rechazo a sujetarse a un Estado de Derecho, con las estructuras que rigen las normas generales de convivencia pacífica que ordenan a una nación? ¿Mudarse a la clandestinidad subversiva?

Nuestra Constitución Política (Título Segundo, Capítulo I, “De la Soberanía Nacional y de la forma de Gobierno”) señala al respecto en el artículo 39: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene todo el tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”.

Surgen preguntas obligadas: ¿Está la coalición Por el Bien de Todos comprendida en este precepto? ¿Son sus integrantes “el pueblo” al que alude la Carta Magna en el artículo 39? ¿Justifica la Constitución su presente accionar?

El espíritu del Constituyente, al instituir el inalienable derecho arriba citado, tuvo por motivación cumplimentar la necesidad de todo un pueblo. O, al menos, la mayoría. Pero definitivamente no a una fracción minoritaria de éste. Mucho menos el de motivar la toma de las vías de hecho violentas para efectuar un cambio, considerado por los inconformes imprescindible, en sus instituciones políticas y formas de gobierno.

El mismo pacto federal señala el camino que para tal caso debe seguirse.

El artículo 41, complementando al 39, advierte con precisión que el pueblo podrá cumplir sus propósitos ejerciendo su soberanía por medio de los Poderes de la Unión y de los estados en lo que toca a los regímenes interiores, sin la posibilidad de por ello contravenir lo dispuesto por este ordenamiento.

En otras palabras, el acceso al cambio es bienvenido por la Constitución Política Mexicana siempre y cuando se persevere en la ruta de la legalidad como único medio para su logro.

Esta particularidad, ante la que hoy parece ser una muy posible y no lejana definitoria por parte del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (validando la elección y procediendo a declarar presidente electo a Felipe Calderón), convertiría las actuales conductas de la coalición en un abierto desafío, que la centraría a sólo centímetros de caer en una clara ilegalidad.

De persistir en este proceder, una vez agotadas las instancias legales, el guante que invitando a duelo Andrés Manuel López Obrador arroja repetidamente, no puede quedarse tirado.

Quedaría entonces la obligación de levantarlo. Y no sería otro sino el Estado mexicano el indicado para hacerlo. Omitir esta responsabilidad, que no opción, comprometería gravemente, corrompiéndolo, el presente y futuro desarrollo histórico de un proceso democrático en el que, del universo de sufragantes en 2006, aproximadamente 62.5 por ciento no eligió a López Obrador como su próximo Presidente.

La seguridad nacional
Es en este punto en el que la seguridad nacional entra en juego. Un movimiento social presuntamente pacífico, que en los hechos no lo es, escala por lo general en revuelta. Y su propósito inmediato es el de ascender a revolución.

Nada fácil esto último. Para ello requeriría de dos condicionantes:
1) Una masiva base popular activa y actuante; y
2) Un reconocimiento social de apoyo claramente mayoritario.

Con esas dos condiciones, triunfa y toma el poder. Sin ellas, fracasa y pasa al recuerdo.

La coalición Por el Bien de Todos es una minoría. Punto. Su errático accionar estratégico ha dilapidado capital político y un considerable número de sus seguidores ha perdido ya el encanto ante la presencia de López Obrador. Pero es innegable que donde sí ha ganado es en la determinación que sus incondicionales muestran a su líder. Con lo que tienen ¿para qué les alcanza?

Si la seguridad nacional es la obligación por parte del Estado para crear, preservar, fortalecer y custodiar todos aquellos valores que dan origen y razón de ser a una nación, los lopezobradoristas (López Obrador primero) habrán de estar concientes que, una vez resuelta la elección por el Tribunal en favor de Felipe Calderón, el accionar del Estado habrá de ser radicalmente opuesto a lo que hasta hoy ha sido.

La obligación entonces, directa e inmediata, del Estado mexicano será la de cumplir y hacer cumplir la ley protegiendo y haciendo válido ese valor llamado democracia.

Si la fuerza pública es exigida como medio último y recurso final para hacer prevalecer la voluntad mayoritariamente popular, los mandos de la coalición deberán, quieran o no, aceptar su responsabilidad histórica por ello.

Inducir amañadamente manipulaciones que pretendan confundir o crear falsas analogías con hechos sucedidos en “68” o “71” carecería para este caso de todo valor. Los actores principales de la coalición, con sus determinaciones, habrán de ser responsables únicos de lo que esta respuesta provoque.

Sin embargo, el uso de la fuerza pública es un tema altamente delicado. Nadie, en su sano juicio, se alegra ante la llegada del garrote, la sangre y el fuego. Pero lo que es inadmisible es convertir a la fuerza pública en debilidad pública. El hacerlo solamente consigue que los peligros consuetudinarios que enfrenta el orden público (y aquellos que por esta circunstancia resultaran supervenientes) fácilmente encuentren terreno propicio para su cultivo en gran escala, favoreciendo con ello la conducente explosiva agresión social.

Si Andrés Manuel López Obrador en su dislocada pretensión por ser presidente de México continúa virando el timón de su nave hacia los puntos que, de acuerdo con él, le concedan vigencia a su propósito, a pesar de ser la ruta elegida de clara colisión, lo único que conseguirá será acortar la validez y subsistencia de una cada vez más debilitada coalición Por el Bien de Todos. Porque si el Estado, por mandato de ley, es compelido para accionar, queda sin opciones. Y ese camino cierra en línea recta.

*Profesor e investigador en temas de seguridaridad nacional en México, Estados Unidos e instituciones militares