septiembre 03, 2006

Sucedió aquí...

Guillermo Ortega
La Crónica de Hoy
3 de Septiembre de 2006

¿En un país del sur?

“Venía circulando por el Viaducto —dijo ella— y en cada puente que pasaba había policías vigilando”. Él respondió: “Es que hay miles de elementos destacados en las calles, son tres mil tan sólo los que resguardan el Congreso”. Podría pensarse que estas palabras fueron escuchadas en algún país del sur del continente, de los que están sometidos a la bota de algún dictador militar. No es así. La charla ocurrió el pasado viernes por la mañana en unas oficinas del gobierno federal en las calles de Fray Servando en el centro de la ciudad de México. Era la fecha en que debería rendir su sexto Informe de Gobierno el presidente Vicente Fox, y los ánimos estaban ya por demás enconados. El país, que meses atrás fue partido en dos por el incendiario discurso del populista candidato Andrés López, continúa dividido, entre “lopistas” y “los demás”, sólo que a estas alturas son muchos los que ya han cambiado del bando de López, al otro, el de la mayoría de los mexicanos. Es un hecho: López se ha ido quedando solo. El problema está en que la gente que lo rodea, los arribistas llegados de otros partidos y los reaccionarios del PRD, insisten en mantenerlo en “la lucha”. Saben que es él con sus arengas quien consigue incendiar los ánimos de los pocos que aun quedan. Nadie más puede. Ante la extrema radicalización de las posturas, las amenazas surgieron, una y otra vez a lo largo de los últimos días, en el discurso de los vociferantes protagonistas del PRD. Lo mismo en las voces de aquellos que asumieron sus cargos en la vida institucional de la Nación como diputados y senadores, que en las de los que han tomado por la fuerza las calles del centro de la ciudad y se encontraban dispuestos a ir a más. Ha sido una historia que resulta por demás extraña para la vida de los mexicanos, que nos hemos acostumbrado, desde hace ya algún tiempo, a vivir dentro de una relativa normalidad institucional.

Cumplidores

La sesión general del Congreso de la Unión dio inicio puntual en el Palacio Legislativo de San Lázaro el pasado viernes 1° de septiembre. Las participaciones de los representantes de los partidos en las que establecieron sus respectivos posicionamientos, transcurrieron sin mayores novedades, hasta que llegó el turno al senador Carlos Navarrete, coordinador del grupo parlamentario del PRD en la Cámara alta, cuyo discurso contenía la señal que sus compañeros esperaban para lanzarse a la toma de la máxima tribuna del país. Como acostumbran, lanzando sus trilladas consignas del “voto por voto, casilla por casilla”, portando pancartas —que señalaban a Vicente Fox como traidor entre otras lindezas—, o que mostraban fotografías de Benito Juárez, una centena de legisladores perredistas ocupó la tribuna del recinto para impedir que el presidente Fox pudiera entregar su informe por escrito, como lo manda la Constitución, y pronunciar su mensaje a la Nación. Al mismo tiempo, grupos de choque perredistas financiados por el partido y el Gobierno del Distrito Federal, como el Frente Popular Francisco Villa, llegaron hasta las vallas instaladas por el Estado Mayor Presidencial y la Policía Federal Preventiva para resguardar la seguridad del Palacio de San Lázaro, para hostigar a los elementos destacados en ellas. A pesar de ese escenario, el Presidente de la República decidió asistir a su comparecencia ante el Congreso para cumplir con su obligación, y llegó hasta el recinto, pero los diputados y senadores perredistas se negaron a dejarle el paso libre hasta la tribuna. No hay duda de que este tipo de acciones son las que pueden esperarse de personajes como Martí Batres, Gerardo Fernández Noroña, Alejandra Barrales, y tantos otros golpeadores radicales que militan en las filas del PRD. Definitivamente, hay entre los legisladores muchas personas sin la preparación, ya no digamos adecuada, sino que ni siquiera cuentan con los requisitos indispensables necesarios para enfrentar con mediana dignidad la tarea legislativa. Personajes cuyos méritos están en el liderazgo de los grupos radicales de los partidos, concretamente del PRD, y no en sus calificaciones para hacer un trabajo más o menos eficiente. De ellos, no es de extrañar lo ocurrido el pasado viernes por la noche. Sin embargo, pertenecen a todos los partidos, incluido el PRD, y se desempeñan también en el Congreso, auténticas personalidades de la política de todas las tendencias. No era de esperarse que ellos, personas preparadas que cuentan con una trayectoria más identificada con el diálogo político que con el radicalismo, hayan caído en actitudes de provocación, rompiendo con la vida institucional en la que siempre se habían desempeñado. Las posturas para la foto de dirigentes de la izquierda mexicana, que convertidos en guerrilleros participaron en la toma de la tribuna de San Lázaro, como Javier González Garza, Graco Ramírez o el propio senador Navarrete, por ejemplo, fueron de dar lástima y quedarán grabadas en la historia contemporánea de nuestro país, para su vergüenza.

El gran favor

Al final del día, la realidad es que los perredistas le hicieron al presidente Vicente Fox un enorme favor. Seguramente los estudios de medición de imagen que se realicen en los próximos días reflejarán un importante repunte de la calificación de Vicente Fox. Ha habido ya varios analistas que han mencionado el impulso que el llamado “efecto chachalaca” dio a la imagen presidencial en su momento, que se ha convertido en un indicador importante de lo que representa para los mexicanos la figura presidencial. El viernes por la noche, durante la mesa de análisis en la que participamos en Imagen Informativa, pudimos comprobar a través de los mensajes del público radio escucha el gran repudio que lo hecho por los perredistas tuvo en el ánimo de la gran mayoría de nuestros compatriotas. Al no haber podido pronunciar su mensaje en el recinto legislativo, el Presidente se dirigió a la Nación a través de los medios, en cadena nacional y en un mejor horario. Dijo lo que quería decir en San Lázaro, con un “rating” mucho mayor que el que hubiese tenido en la ceremonia del informe. Señaló que esto es parte del juego de la democracia, que es sinónimo de libertad, que pasamos del discurso del federalismo al federalismo de los hechos, pero también que sin instituciones y sin leyes la democracia se aniquila. Definitivamente, el viernes ganaron el Presidente de la República y las instituciones, mientras que el PRD y la izquierda mexicana continúan perdiendo todo lo que habían conseguido ganar y avanzar en los últimos quince años.

Verba volant, scripta manent.

en_corto@prodigy.net.mx

El exceso de Obrador


EL PAÍS
Opinión
3 de septiembre de 2006

El candidato izquierdista a las elecciones presidenciales mexicanas Andrés Manuel López Obrador, no sólo ha perdido la cita con las urnas de julio, aunque por el muy estrecho margen de votos del 0,58%, sino también todo grado de mesura y madurez política y, cada vez con mayor seguridad, toda posibilidad de volver a ser candidato a la jefatura del Estado de un país serio con la historia, el peso y la dignidad de México.

El espectáculo ofrecido el viernes en el Parlamento mexicano por los miembros del Partido de la Revolución Democrática (PRD) de López Obrador al impedir físicamente al saliente presidente de la República, Vicente Fox, que leyera su informe anual del Gobierno es un paso más del líder izquierdista hacia su fracaso y automarginación de todo proceso democrático en el futuro. El daño que López Obrador está infligiendo a la izquierda democrática mexicana es incalculable. Las últimas encuestas revelan que de celebrarse hoy elecciones, aquel exiguo medio punto de ventaja obtenido por Felipe Calderón podría ser ahora de 12 o 13 puntos.

Quien, como hizo López Obrador el viernes, manda "al diablo las instituciones" y las tacha a todas de caducas, corruptas e inservibles, se descalifica para presidirlas, y no sólo en este mandato que el voto le ha negado, sino también en los futuros. México ha luchado mucho por el crecimiento, solidez y mejora de sus instituciones democráticas como para sacrificarlas por la obcecación de quien parece presa de puro resentimiento. Lo que intentó en un principio con concentraciones callejeras, bloqueos urbanos, amenazas a los jueces e intimidaciones a la junta electoral ha acabado, fatídicamente, en un acto de coacción contra la cámara parlamentaria y el presidente saliente. Ningún país democrático quiere ver su Parlamento, donde reside la soberanía popular, rodeado de miles de agentes de seguridad, como sucedió el viernes en previsión de incidentes, pero eso no justifica, como pretendieron los diputados del PRD, el boicoteo sufrido por el presidente Fox, que tuvo que abandonar la cámara sin poder ejercer su derecho y deber de exponer su último informe de Gobierno, algo insólito en la democracia mexicana.

La deriva antisistema a la que parece haberse entregado ya definitivamente López Obrador no puede poner en peligro las instituciones democráticas mexicanas ni la madurez de una ciudadanía volcada en la lucha por la modernidad, el progreso y el respeto a las leyes. Se equivoca el candidato izquierdista cuando intenta evocar fantasmas del pasado al sugerir tentaciones represivas del Ejército o la policía mexicanos. México quiere estar a años luz de aquellos escenarios. Precisamente el comportamiento -impecable en su eficiencia, moderación y criterio- en estos dos meses de todos los estamentos e instituciones, incluidas las armadas, revela lo inútil del insensato populismo radical de López Obrador. El Tribunal Electoral ha fallado que ha perdido las elecciones. Su desmesura está fuera de tiempo y de lugar en el México moderno.

Sick Transit