septiembre 12, 2006

Portazo a sí mismo

Denise Dresser
Reforma
11 de septiembre de 2006

Allí va de nuevo la izquierda a las calles. Movilizando, protestando, aventando huevos, lanzando escupitajos. Justificando su actuación sin límites con las dudas sobre una elección que el Tribunal Federal Electoral no pudo o no quiso esclarecer. Quejándose de la exclusión del sistema político pero ayudando a producirla. Hoy el PRD está atrapado en un círculo vicioso en el cual denuncia un portazo y se lo da a sí mismo. Reclama que se le negó la Presidencia pero a la vez se posiciona para no alcanzarla en elecciones futuras. Argumenta que las vías institucionales se le han cerrado pero contribuye a colocar obstáculos a lo largo de ellas. Quiere ser partido y movimiento social, sin entender que lo segundo puede ir en contra de lo primero. La Convención Nacional Democrática que el PRD ayuda a organizar no fortalece al partido. Al contrario: conspira contra él.

Porque la Convención no será un espacio para el fortalecimiento del partido, sino una plaza para el reconocimiento del líder al margen de él. No será un lugar donde se busque reformar a las instituciones existentes, sino un lugar donde se insista en descalificarlas. No será un sitio donde se pensará en cómo gobernar mejor, sino un sitio donde se pretenda hacerlo de manera paralela. Y al sumarse a ese objetivo, el PRD camina lenta y dolorosamente hacia su marginación anunciada. Hacia su inmolación declarada. Hacia su suicidio público como partido que forma parte del andamiaje institucional, y ahora declara que también lo mandará al diablo. Marchando detrás del hombre que lo ayudó a ganar, pero que le exige que se autodestruya con tal de apoyarlo. Bebiendo Kool-Aid en el Zócalo como lo hicieran en Guyana los seguidores del reverendo Jim Jones.

A eso está obligando AMLO al PRD. Al acto moralmente aplaudible pero políticamente dañino, a la postura testimonial que "el pueblo" aplaude pero los electores rechazan, a la lógica de bloquear calles en vez de ganar elecciones, a la táctica de tomar tribunas en vez de representar ciudadanos. Mientras tanto, López Obrador dice "el costo ya lo pagamos, así que ahora hay que seguirle porque ya no es un asunto de popularidad, sino de eficacia". ¿Pero eficacia de quién y con qué objetivo? ¿La del partido que quiere seguir gobernando o la del hombre radical que ya renunció a hacerlo? ¿La del PRD que quiere seguir manteniendo posiciones dentro del sistema, o la del revolucionario que busca tumbarlo? La contradicción es clara: el dirigente moral camina en sentido contrario a un partido del cual se adueñó y hoy daña. A AMLO le conviene la bolivianización de México. Al PRD no. A AMLO le conviene la radicalización del movimiento social que encabeza. Al PRD no.

Porque mientras López Obrador consolida fanáticos, el PRD pierde electores. Mientras López Obrador consigue personas dispuestas a aventar huevos, el PRD pierde personas dispuestas a depositar votos. Mientras López Obrador celebra el "servicio a la patria de gran valía", el PRD paga el precio de brindarlo. Los números duros están allí, en cada encuesta que revela la pérdida de apoyo para un partido que duplicó su votación y en el futuro se apresta a perderla.

Ahora bien, el ala radical del PRD gritará que tiene razón en hacer lo que hace, en decir lo que dice, en apoyar a AMLO de manera incondicional y sin preguntas. Todo se vale porque hubo fraude. Todo se justifica porque hubo imposición. Todo se permite en aras de refundar a la República. El problema es que el PRD mismo no tendrá cabida en ella. Si los radicales ganan, el PRD será obligado a declararse en rebeldía permanente, a romper toda relación con el PAN, a equiparar negociar con transar, a impedir la toma de posesión de Felipe Calderón o a hacerle -como sugiere el vocero perredista- la vida de "rombitos". Ya no existirá para representar sino para alebrestar. Ya no existirá para legislar sino para obstaculizar. Ya no existirá para aspirar al poder sino para sabotear a quien lo tenga.

Acorralado por AMLO, el PRD no tendrá otra misión más que recorrer en México la ruta de Evo Morales en Bolivia. La apuesta para la izquierda ya no será empujar para que Calderón gobierne en nombre de los pobres, sino impedir que lo haga. A través de protestas, mediante movilizaciones, bloqueo tras bloqueo, plantón tras plantón. Incendiando la ira. Atizando los ánimos. Promoviendo las divisiones mientras acusa a los otros de haberlo hecho primero. Denunciando a las instituciones tradicionales sin comprender a cabalidad que forma parte de ellas. Convocando a una revolución contra la República simulada sin entender que -como partido establecido- acabaría arrasado por ella. Alienando a quienes se rehusaron a creer que la izquierda era peligrosa y ahora comienzan a pensar que lo es.

Porque la presión de la calle puede resultar contraproducente. Porque la radicalización de la izquierda puede sabotear el cambio que exige en vez de fomentarlo. Porque mientras algunos en el PAN y en el PRI piensan que habrá que "rebasar a AMLO por la izquierda", otros ya empiezan a pensar que sería mejor descartar la inclusión de su agenda. Empiezan a argumentar el PRD no es un jugador confiable y no debería ser tratado como tal. Empiezan a sugerir que el PRD ya no es un actor racional con el que se pueda negociar y más vale no intentarlo. Empiezan a asumir que la izquierda se rehúsa a ofrecer garantías y por eso será mejor aislarla. Ignorarla. Marginarla. Excluirla. Incorporar quizás algunas de sus propuestas pero sin compartir el crédito político por ello. La recalcitrancia perredista está alimentando la intransigencia panista. Y con ella, la consolidación de una coalición de centro-derecha que AMLO tanto critica, pero está contribuyendo a crear.

Para que exista la democracia es necesario que todos los actores políticos ofrezcan salvaguardas a sus enemigos. Y hoy Andrés Manuel López Obrador niega de tajo esa posibilidad mientras el PRD todavía la debate. Los radicales ya anunciaron que están dispuestos a vivir en tiendas de campaña, mientras los moderados se preguntan hasta cuándo tendrán que permanecer allí. Por un lado Fernández Noroña y por otro Amalia García. Por un lado Martí Batres y por otro Javier González Garza. Por un lado AMLO y por otro quienes comienzan a padecer el peso de su cercanía con él. Un líder combativo que quería marchar al Congreso y los dirigentes del partido que se lo impidieron. La causa personal enfrentada a la evolución del partido. Un actor anti-institucional que se margina y un actor institucional que lo hace también. El PRD varado ante el portazo que da contra sí mismo.

AMLO vs. PRD

Jorge Alcocer V.
Reforma
11 de septiembre de 2006

Pretender educar a Andrés Manuel López Obrador en los valores de la democracia resulta tiempo perdido. La trayectoria del tabasqueño ha discurrido por veredas distintas.

Andrés Manuel es producto del conflicto, ése es su ambiente, en él se sabe conducir como pocos y sin él sus limitaciones y carencias salen a la luz, mostrando a un personaje carente de las dotes propias del político que se sabe sujeto a las reglas y sometido a los límites que supone la democracia.

Por negarse a respetar las reglas del juego y brincarse las jerarquías rompió la cuna priista en su natal Tabasco. Cuando las puertas del PRI se le volvieron a cerrar, emigró a las filas del naciente PRD para ser postulado, de inmediato, candidato a gobernador. No lo distinguió entonces, como no lo distingue ahora, su conocimiento de las normas, instituciones y prácticas electorales, sino su férrea voluntad de levantar un movimiento que le reconociera calidad de líder indiscutible.

Su ascenso en el PRD no fue producto de aportacio-nes a la construcción del naciente partido, sino de sus frecuentes actos de protesta en el terruño tropical, que merecieron primeras planas en los diarios capitalinos, llamando la atención de quien se convirtió, desde entonces, en su tutor y protector, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, que lo propuso en su lugar, en noviembre de 1990, como primer presidente nacional del partido del sol azteca.

Como líder del PRD en Tabasco, Andrés Manuel se ganó un sitio público. Después de su segundo intento, en 1994, por llegar a la Quinta Grijalva, movilizaciones y actos de protesta lo llevaron al plano nacional. La defensa que de su causa hicieron dos consejeros ciudadanos del IFE, Santiago Creel y José Agustín Ortiz Pinchetti, generó la convicción, en un amplio segmento de la opinión pública, de que López Obrador había sido víctima de un fraude electoral.

Con esa aureola vino a radicar al Distrito Federal y se incorporó a la dirección nacional del PRD. En 1996, impulsado por Cárdenas, se inscribió como aspirante a presidente nacional de su partido, teniendo como principal contrincante a Heberto Castillo al que apabulló mediante prácticas que el propio Heberto calificó de fraudulentas. De tal acusación Andrés Manuel tomó desquite un año más tarde cuando, ya siendo presidente del PRD, negó su respaldo al ex dirigente del 68 y fundador del PMT en su pretensión de encabezar la bancada perredista en el Senado.

Dos hechos marcaron su paso por la presidencia perredista: la reforma electoral de 1996, a la que otorgó su aval, y su postulación, para las elecciones de 2000, como candidato a jefe de Gobierno del DF, sin reunir los requisitos legales, cerrando el camino a Porfirio Muñoz Ledo, quien con tal motivo renunció al PRD y aceptó la candidatura presidencial del PARM. La historia posterior es conocida y explica, en buena parte, al López Obrador de hoy.

Quien el próximo domingo se hará proclamar "Presidente alterno" o "jefe de la resistencia", en el canto del cisne de un movimiento que merecía mejor destino, es incapaz de concebir y articular el tránsito del PRD al ejercicio del papel que los electores le otorgaron el 2 de julio pasado. El Andrés Manuel de hoy no se concibe a sí mismo como dirigente de su partido, tampoco, por ahora, como candidato presidencial en 2012, sino como motor y bujía del movimiento perpetuo cuyo objetivo único es hacer imposible al legítimo ganador de la elección presidencial ejercer su mandato constitucional.

Como lo ha manifestado, su propósito no es reformar las instituciones que él mismo contribuyó a crear, sino acabar con ellas para sobre las ruinas ver surgir las que concibe como fiel reflejo de su visión autoritaria. Nada tiene que ver el Andrés Manuel de hoy con la historia y pensamiento de la izquierda, mucho menos con la historia reciente de sus expresiones reformadoras en México; su raíz y razón están en la ilógica reminiscencia del pueblo en armas que los generales de la revolución mexicana representaban, fraccionados y confrontados, en la Convención de Aguascalientes de 1914.

La batalla que dará inicio a partir del sábado 16 es AMLO vs. PRD, partido al que mantiene sometido bajo un régimen de terror verbal en el que la crítica y la autocrítica no tienen espacio. Es el síndrome Barzini (recuérdese la cinta el Padrino I): quien proponga el diálogo y la negociación es el traidor. La retirada del Zócalo y Reforma es presentada como repliegue táctico para hacer cumplir, en el resto del país, las decisiones que dicte a la quimérica convención a la que ha convocado.

Queda por ver la respuesta de los dirigentes perredistas, de sus legisladores, gobernadores y alcaldes, parte integrante de las instituciones enviadas al diablo por Andrés Manuel. Tendrán que optar entre la ciega disciplina al caudillo tronante o la lealtad a la democracia que les permite tener voz y voto en esas mismas instituciones.

Siempre lo supo

Luis González de Alba
Milenio
11 de septiembre de 2006

La noche misma del 2 de julio, López Obrador supo que había perdido la elección presidencial, pero ganado el mayor contingente legislativo. Lo supo porque era el resultado de la simple suma de las actas con los votos de cada casilla, actas avaladas con la firma de los representantes del PRD. Prefirió darnos estos meses de tortura porque fue incapaz de aceptar un triunfo de su partido simultáneo a una derrota personal. Él y nadie más que él había perdido. Todos los demás candidatos tenían sus puestos asegurados dentro de las instituciones que luego, la tarde del Informe, prefirió mandar “al diablo” desde su mitin diario, al que llama asamblea. Ese fracaso, personal, íntimo, único, le resultó intolerable al caudillo. Y lo habría sido para cualquiera: allí están Guadarrama y Núñez, priistas con senadurías del PRD; allí está Ebrard, salinista con jefatura de Gobierno del PRD. Todos, todos, excepto él. Eso lo quebró.

También Carlos Castillo Peraza supo que su derrota en la campaña por el DF, donde el PAN comenzó con todas las encuestas a su favor, era obra suya. Y tampoco pudo con esa derrota. Hombre íntegro, la reconoció. Pero no vivió mucho tiempo más.

El rostro de López Obrador, que unos pocos señalamos con insistencia cuando se ocultaba detrás del maquillaje para la foto electoral, en la derrota aparece tal cual es y ha sido siempre: “Al diablo con las instituciones”, grita, sin importarle poner en tremendo brete al PRD, partido que es parte de esas instituciones, pues ganó diputados y senadores como nunca antes en su historia, ganó el gobierno del DF y gobierna varios estados. No le importa porque el PRD jamás ha sido su partido, de ahí que su principal afán haya sido el de rellenarlo con los peores priistas, con bazofia del calibre de José Guadarrama y Arturo Núñez, para mencionar sólo dos; uno, acusado de asesinar perredistas; otro, campeón del Fobaproa, el rescate bancario considerado por El Peje como el peor robo a México... y hoy senadores por el PRD. ¿Usted no entendió? Yo tampoco.

López Obrador fue el primero en creerse su atractivo, el que levantó sobre la miseria, pero no la de los pobres, sino la miseria educativa del país: suelta los lugares comunes más comunes con la convicción del adolescente ceceachero que ha descubierto las clases sociales, tiene “filosofía” de taxista, certezas de carbonero, sabiduría de esquina, frases de “jilguero” (como se llamaba a los encargados de calentar un mitin antes de dar la palabra al candidato priista); acusa a los contrarios de hacer exactamente lo que él está haciendo, repite estribillos sin preocuparse por fundamentarlos, ofreció una colección desarticulada de recetas comprobadamente fallidas, todo envuelto en una densa aureola de feromonas sexuales, en una cachondería de ríos tabasqueños que enamoró a muchas y a muchos.

Encontró la palabra más creíble para todo México: “fraude”. Porque fraudes sufrimos por 70 años de PRI. Y escamoteó mañosamente que las elecciones no las organiza ya el gobierno, y que al frente de las casillas están vecinos que son vigilados por representantes de los partidos, vigilados por observadores nacionales e internacionales. Gritó “fraude” y la miseria educativa del país hizo el resto: poca gente sabe explicar los cambios en el sistema electoral hechos hace 15, 12, 10 años. Lo hizo de mala fe porque siempre tuvo las pruebas de su derrota, su insoportable, su imposible derrota.

Reprimir

¿Se reprime a un secuestrador cuando se lo somete por la fuerza para liberar a la víctima? Los mexicanos hemos terminado por no distinguir entre 1) Aplicar la ley a quien la infringe, y 2) Reprimir una manifestación legal de protesta. Lanzar la policía contra una marcha pacífica y desarmada es reprimir. En cambio, bloquear avenidas y carreteras, cerrar bancos, es claramente ilegal y afecta los derechos de terceros, es un secuestro de la ciudad. Evitar los secuestros es obligación del Estado, y no es materia optativa.

Complot

Aquí está el último: 1) Fox siempre estuvo contra la candidatura de Calderón y apoyó a Creel; 2) no pudiendo manifestarse en contra del candidato de su partido, decidió, maquiavélica, astuta, arteramente (mostrando esas destrezas por primera vez en su vida), manifestarse a favor; 3) pero hacerlo de tal manera que fuera causal para invalidar su posible triunfo. O más a su tosco nivel: lo traicionó su inconsciente. ¿Cómo la ven? pm

El Peje por su boca muere

Carlos Marín
Asalto a la razón
11 de septiembre de 2006
cmarin@milenio.com


Andrés Manuel López Obrador insiste en echarse unas vencidas el próximo viernes con Vicente Fox.

En el Zócalo, presentó como “propuesta” su decisión de “que celebremos aquí el Grito de Independencia”, lo cual anticipa un estentóreo, colosal duelo de gargantas.

“Hay que invitar a más gente —animó—. Con ese propósito, desde mediodía habrá un festival artístico y cultural de primer orden…”

Por lo visto supone que la más popular tradición cívica de México es agandallable por un champurrado de corrientes políticas afines.

De imponer su capricho, López Obrador habrá hecho lo que los maistros de Oaxaca con la Guelaguetza: un pachangón sólo para iniciados.

El problema de las autoridades perredistas del DF y panistas del gobierno federal se antoja irresoluble: Fox ha terqueado con ir a Palacio Nacional para declamar su arenga, y nada impide que familias que detestan a López Obrador decidan “jugársela” entre tumultos de pejistas que, obviamente, querrán ejercer su derecho de exclusión.

Hace poco más de 22 años (el 1 de mayo de 1984), José Antonio Palacios Maquina, El Pato (vivía fosilizado en la Preparatoria Popular Tacuba) arrojó dos bombas molotov a Palacio Nacional, estallando una en el Salón de Embajadores.

Nadie puede hoy garantizar que no suceda una estupidez parecida o peor en el delirio patriotero y tumultuario del próximo viernes.

En su mitin, López Obrador perdonó la vida y la excluyó de su versión del “eje del mal” a una de las instituciones que diez días antes mandó “al diablo”:

“Vamos a permitir que el Ejército mexicano lleve a cabo el desfile militar…”, dijo.

¿Sabrá que no tiene atribución alguna para consentir o impedir eso?

Hecho bolas, improvisó un cuento para niños:

“… La institución militar no es un órgano de gobierno, pertenece al Estado”.

Qué pena, pero patinó: el Ejército sí es una institución… ¡a las órdenes del Presidente en turno! (su comandante supremo).

¿Supondrá que las fuerzas armadas tienen mandos “autónomos”?

Aun suponiendo sin conceder: qué, ¿no el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación es una entidad “de Estado”, ésta sí tan “autónoma” como las cámaras del Poder Legislativo?

El Peje teje su propia telaraña y se atrapa solo: si cree su sofisma, ¿por qué no acata el fallo sobre la elección presidencial y sigue con la calumnia de que los magistrados fueron comprados “por la derecha”?

Fiel a su agudizada propensión a condenar el ejercicio libre del periodismo, rindió tributo a medios y periodistas de su intolerante confianza (no me ayudes compadre) y volvió a azuzar contra los que le tendieron un imaginario “cerco”, llamándolos “alcahuetes del régimen de la derecha”.

Ni oye ni ve ni lee. No se le da la entendedera.

Perdió Goliat

Pablo Hiriart
La Crónica
11 de Septiembre de 2006

La contienda fue desigual.

Es cierto que la memoria es corta, pero no para tanto.

¿O ya se nos olvidó que por más de cinco años López Obrador tuvo en su puño la fuerza de un estado, el Distrito Federal?
Todo el aparato del gobierno capitalino se volcó durante años y sin recato a promover la candidatura de López Obrador.

Desde el DF doblegó a las autoridades federales cuantas veces quiso.

El gobierno de Fox no tenía cohesión para frenar a López Obrador.

Iba solo.

Dio a conocer nombres de los que estarían en su gabinete porque tomaba las elecciones como un trámite para mudarse a Palacio Nacional.

Estaba arriba de las preferencias electorales con más del 50 por ciento de la intención de voto.

No sólo él se daba como ganador indiscutible. También la mayoría de la opinión pública lo veía como inevitable.

Cuando se le puso enfrente un contendiente, lo miró para abajo.

Rehusó ir al primer debate con Felipe Calderón. Según explicó su coordinador de redes ciudadanas, Federico Arreola, no tenía caso debatir cuando la diferencia en las encuestas era tan grande.

“Me da flojera”, respondió AMLO con lacónica arrogancia.

La prensa casi entera hacía campaña para López Obrador. Pintaban a Calderón como un niño chaparrito y lento.

Ese contendiente al que ningunearon, les ganó.

Y todavía no lo digieren López Obrador ni sus seguidores cercanos.

Van a lanzar un gobierno paralelo que será tan funcional como la carabina de Ambrosio.

Perdió Goliat, aunque ahora se quiera hacer pasar por víctima de una lucha en la que compitió en desventaja.

Fue al revés.

El que ahora se dice “avasallado” por “los de arriba”, contó con el apoyo de grandes empresarios beneficiados con contratos millonarios de obra pública sin licitación de por medio, como en su momento lo documentó Crónica.

Ahí estuvieron con él, en primera fila, cuando se registró como candidato ante el IFE.

¿El que dice que los medios de comunicación no le han brindado espacios, que lo han cercado y jugaron a favor de Calderón, es el mismo que salía todas las mañanas en televisión, con entrevistas de una hora en el medio electrónico que él quisiera?

Sí, es el mismo.

Es el mismo que recibió un trato privilegiado en la televisión y en la prensa.

Es el mismo al que le tapaban sus errores porque no querían enemistarse con él.

Es el mismo que a los medios electrónicos les pagó —con dinero público— hasta anuncios que nunca salieron al aire, como lo documentó Crónica.

Es el mismo que apareció durante casi cinco años en spot para promover su imagen personal.

Es el mismo que con dinero público pagó cinco años de anuncios en televisión, donde aparecía con el pulgar hacia arriba, sonriente, con frases de campaña.

¿Ya se nos olvidó?

En el futbol, en Big Brother, en las telenovelas, en los noticiarios, hasta en la sopa salía López Obrador.

Su caja chica no tenía fondo. Era el presupuesto del DF, disfrazado en fideicomisos que nunca rindieron cuentas.

Una legión apabullante de conductores de radio y televisión estaba con él, y no todos por afinidad ideológica.

Las entrevistas con él eran, generalmente, de alfombra roja y caravana para el entrevistado.

Desde el gobierno capitalino quiso amedrentar a periodistas y medios de comunicación que ejercían su función crítica.

¿El que se dice atropellado en sus derechos, no es el mismo que usó su posición de gobernante para atropellar el derecho de amparo de los ciudadanos?

Sí, es el mismo.

Es el mismo que a empresarios que no se alinearon con él los persiguió y en algunos casos los metió a la cárcel.

Es el mismo que al dueño del Paraje San Juan lo encarceló por reclamar indemnización por sus terrenos expropiados, y luego Alejandro Encinas tuvo que liberarlo y empezar a pagar.

Es el mismo que al grupo EUMEX, que no entró a los juegos de “arreglarse” con las autoridades capitalinas, lo hizo ver las de Caín y pidió orden de aprehensión para sus directivos. Uno de ellos fue a dar al reclusorio.

Es el mismo que a Carlos Ahumada, que tenía que darle dinero al secretario particular de López Obrador para financiar “la causa”, lo metió a la cárcel cuando rompió el pacto y delató públicamente a sus extorsionadores.

¿El que dice que los grandes empresarios apoyaron a Calderón para seguir teniendo la riqueza pública como botín, es el mismo que usó los bienes del Distrito Federal para granjearse el apoyo de fraccionadores y empresarios del sector inmobiliario?

Sí, es el mismo.

Es el mismo que cambió terrenos de alta plusvalía en Santa Fe, por puentes mal hechos y que terminan en un embudo.

Es el mismo que intentó meterse a la bolsa a la alta jerarquía de la Iglesia, cuando les regaló miles de metros propiedad de la ciudad para que hicieran negocios con criptas en las inmediaciones de la Basílica de Guadalupe.

Es el mismo cuyo equipo autorizó la construcción de torres en Polanco.

Es el mismo que cambió bienes por cemento a la trasnacional número uno del ramo, y entregó el Centro Histórico al mayor empresario del país.

¿El que dice que la elección fue injusta porque “al pueblo lo quisieron comprar con “migajas”, es el mismo que a los adultos mayores, que reciben los 700 pesos de pensión del GDF, su gobierno los coaccionaba para asistir a sus mítines en el Zócalo?

Sí, es el mismo.

Ahí están las fotos, con el pase de lista a los viejitos, publicadas en Crónica.

¿El que dice que los ricos se confabularon en su contra para impedir un gobierno que atienda primero a los pobres, es el mismo que abandonó al sector salud durante su gobierno?

Sí, es el mismo que los dejó sin medicinas ni instrumentos, porque el dinero se iba para otro lado, a financiar obras por adjudicación directa a posibles financieros de su campaña.

Aquí se publicaron las fotos del desabasto en los hospitales y los testimonios dramáticos del abandono.

Es el mismo que con lo poco que autorizaba para el sector salud, se las arreglaba para usarlo como propaganda personal.

Hasta en los preservativos masculinos que repartía Salud del GDF aparecía el rostro de López Obrador con propaganda suya: sí cumple.

Aquí lo publicamos. Y el reportero Raymundo Sánchez le entregó en la mano uno de esos condones para probar la veracidad de los hechos.

¿El que dice que compitió contra el dinero de Calderón, no es el mismo que conformó un ejército de taxistas piratas que aportaban su cuota semanal a las organizaciones del PRD?

Sí, es el mismo.

Igual cosa ocurrió con los ambulantes. Cuotas y más cuotas para la causa.

¿El que dice que su adversario gastó a raudales durante la contienda, no es el mismo que más gastó en campaña?
Sí, es el mismo. López Obrador fue el que más gastó.

Avasalló durante la campaña.

Diez mil 500 spots en televisión le contabilizó el IFE.

¿Quién podía competir contra eso? Según él, nadie.

La victoria parecía segura, pero... perdió Goliat.

Y ahora se apresta a formar un gobierno paralelo, con un “Presidente legítimo”.

Lo tendremos un sexenio, acampado en el Zócalo, con la misma actitud que la del campanero de la iglesia de Lagos de Moreno.

Después de muchos años de ser el campanero de la iglesia, el cura decidió cambiarlo por el monaguillo, pues como campanero era muy informal, borrachín y con los años se sentía el dueño de la iglesia.

El resto de sus días el campanero se la pasó sentado en un banco de la plaza diciéndole a quienes se sentaran a su lado: “miren, que mal toca las campanas ese güey”.

phiriart@cronica.com.mx