septiembre 18, 2006

Costará a PRD autoproclamación.-Cárdenas

El líder de izquierda lamentó que los perredistas no se hayan atrevido a criticar a López Obrador

Luis Méndez

Madrid, España (18 septiembre 2006).- El llamado líder moral del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, consideró que es un grave error desconocer la elección del panista Felipe Calderón y proclamar a Andrés Manuel López Obrador como "presidente legítimo", ya que repercutirá negativamente en el PRD y en la izquierda mexicana.

"Es un grave error que puede tener un alto costo para el PRD y para el movimiento democrático. Me preocupa la situación actual de enfrentamiento. Posiblemente vamos a tener ciertas confrontaciones y turbulencias por algún tiempo. El camino de la confrontación, de romper y no respetar un orden constitucional no dará los mejores resultados para el País", señaló el líder moral del PRD al diario español La Vanguardia.

Además, el político michoacano criticó la campaña "excluyente" que realizó el ex candidato de la ex coalición Por el Bien de Todos, así como distintos factores que conllevaron a la derrota del tabasqueño.

"Faltó una clara candidatura de izquierda, no sólo de dicho, sino también de propuesta y compromiso. Varios candidatos del PRD estuvieron en posiciones antagónicas a lo que representan los principios del partido.

"Hay que agregar la exclusión en la campaña de buena parte del propio PRD, imposición de candidatos sin prestigio, las formas de expresión de López Obrador hacia el Presidente Fox, los ataques a ciertos sectores de la población. Presentaba a todos los banqueros y empresarios como malos. Fueron factores que hicieron perder votos".

Cuestionado sobre la fuerza moral que tienen algunos dirigentes perredistas como Manuel Camacho Solís para protestar por el presunto fraude electoral, Cárdenas subrayó que no tienen autoridad moral para estar en los cargos que ocupan por su pasado contrario a los principios que ahora dicen defender.

Asimismo, el fundador del sol azteca lamentó que los perredistas no se hayan atrevido a criticar ni a protestar contra las acciones de López Obrador.

"No se atreven a levantar la voz (contra AMLO), pero muchos lo van a hacer en poco tiempo. Las condiciones del País y del partido obligarán a hablar a mucha gente que hasta ahora ha estado callada", indicó.

En la entrevista con La Vanguardia, Cárdenas agregó que México, como cualquier País democrático, no puede funcionar sin respeto a las instituciones y sin acato a las normas constitucionales.

Bailando por un sueño (presidencial)

“¡Traidor, traidor!”

Ciro Gómez Leyva
La historia breve
Milenio
gomezleyva@milenio.com

Dante Delgado tuvo que acercarse a la pasmada Elena Poniatowska. “Siga leyendo, siga leyendo”, le dijo al oído con firmeza diplomática. Poniatowska dejó correr todavía unos segundos antes de retomar la lectura del discurso inaugural de la Convención Nacional Democrática, que había sido interrumpido por el grito “¡traidor, traidor”!”, que la multitud le dedicaba a Cuauhtémoc Cárdenas por haberse osado a criticar un par de días antes a Andrés Manuel López Obrador; por advertirle que sería un craso error jugar a ser un “presidente en rebeldía”.

Poniatowska parecía cobrarse, a la vez, el atrevimiento de Cárdenas por haberle escrito una carta invitándola a reflexionar. La dulce Elena decidía tirar la imagen del ingeniero a la jaula de los lobos hambrientos. Fiel estampa de lo que ha sido el lopezobradorismo en las últimas semanas: autoengaño, intolerancia y sevicia. La noche del 2 de julio tenía al menos a 15 millones de almas en la bolsa y al México político en un puño. El sábado, en una convención sin representación efectiva, se desvanecía en un circense acto de onanismo masivo. Pero quien se atreve a decírselos es un traidor.

¿Quién se hace cargo de la derrota? ¿Quién ahí adentro encarará a López Obrador para reprocharle que dilapidara una ventaja tan formidable que llegó atener a los adversarios de rodillas, rezando para que el tsunami amarillo fuera benevolente con ellos? ¿Todo es culpa de la “propaganda sucia”, de la lengua de Fox? ¿Cuántos nuevos adeptos tiene hoy el “movimiento”? ¿Quién, honestamente, cree que la autoridad moral de Andrés Manuel es más grande hoy que en julio, mayo, marzo...? ¿Quién se hace cargo de los millones que votaron por él y hoy vomitan al “presidente legítimo”?

Es un desastre. Lo que López Obrador y su pequeño círculo (ni siquiera fueron capaces de abrirle al “pueblo” un lugar en las tres comisiones creadas por la convención) han hecho con la esperanza de millones de personas es una infamia. Dilapidaron una gran cosecha de votos a cambio de, Carlos Marín dixit, crearse su república patito; a cambio de convencerse a sí mismos que son los elegidos para purificar a la sociedad.

Cuauhtémoc Cárdenas debe estar tranquilo. Es un honor ser acusado de traidor por la intolerancia democrática nacional.

Nueva amenaza

Susan Kaufman Purcell
Directora, Centro de Politica Hemisféria, Universidad de Miami
América Economía

Hasta hace muy poco, la mayor amenaza a los procesos electorales en América Latina venía de la derecha, específicamente, de los golpes militares. Las fuerzas armadas usualmente recibían apoyo político de grupos de clases media y alta, deseosos de evitar que los estratos bajos obtuvieran poder político.

Durante los últimos años, sin embargo, la principal amenaza a los procesos electorales en la región ha venido de la izquierda, específicamente de líderes carismáticos y populistas que dicen tener la representatividad de los pobres. Y en una especie de reflejo de los anteriores golpes militares de derecha, las movilizaciones sociales de izquierda están desafiando cada vez más a la legitimidad de los presidentes de derecha para gobernar. Como resultado de esta dinámica, durante la década pasada fueron desbancados mandatarios en Argentina, Bolivia y Ecuador.

La actual crisis política en México forma parte de esta tendencia. Una serie de reformas electorales realizadas en los 90 dieron al país uno de los sistemas electorales más transparentes de América Latina. La elección de julio, sin embargo, fue muy estrecha, con el aparente ganador, Felipe Calderón, que obtuvo cerca de 224.000 votos más que el candidato que le siguió, Andrés Manuel López Obrador, de un total de 41 millones de votos. Comprensible y legítimamente, López Obrador pidió un recuento en algunos distritos que habían dado a Calderón mayorías amplias. Las autoridades accedieron.

Pero en vez de esperar que las autoridades finalizaran el recuento, López Obrador animó a sus seguidores a tomarse las calles, quienes cerraron una de las arterias principales de Ciudad de México. Luego, demandó un recuento total de los votos escrutados y después llamó a anular las elecciones.

Entonces amenazó con continuar sus movilizaciones por años y a extenderlas a otras partes del país. Finalmente, pidió la reestructuración del sistema político completo. Durante todo este proceso, insistió en que había ganado la elección, porque era el candidato de los pobres y México tiene más gente pobre que rica. Rehusó aceptar que muchos pobres hubieran votado por un candidato de derecha.

López Obrador no es el único a quien le resulta difícil aceptar la idea de que los pobres en América Latina pueden votar por candidatos conservadores. Este prejuicio está difundido a lo largo de toda la región. Y es entendible, dada la historia de gobiernos militares de derecha y la histórica concentración del poder en las elites económicas y religiosas.

Pero muchos de los pobres de la región no son ahora tan pobres como lo eran antes. Habiendo sido víctimas de políticas económicas fracasadas e irresponsables, vieron sus estándares de vida mejorar como resultado de las políticas conservadoras que han controlado la inflación y estabilizado las monedas de sus países. En México, muchos de esta clase pobre emergente, particularmente en el norte, votaron por Felipe Calderón.

La incapacidad para aceptar esta nueva realidad llevó a muchos, tanto en América Latina como en el extranjero, a simpatizar, tolerar e incluso apoyar el comportamiento ilegal y disruptivo que amenaza con socavar las instituciones democráticas aún débiles de la región. Estas personas asumen que los movimientos sociales, integrados principalmente por gente pobre, merecen simpatía y compasión, aun cuando estén fuera de la ley.

Este prejuicio en favor de la izquierda también hace difícil para el desarrollo de las democracias de América Latina dedicar los recursos que corresponden a mejorar instituciones como las policías y las fuerzas armadas, necesarias para garantizar el cumplimiento de la ley. Es, por supuesto, siempre riesgoso tomar acciones en contra de los movimientos sociales que rompen la ley, ya que esto puede repercutir en una violencia incontrolada y en la muerte de personas inocentes. Y es particularmente riesgoso hacerlo cuando la confianza en las instituciones a cargo de mantener el orden público es baja, como ocurre en América Latina.

Sería mejor para América Latina si el prejuicio a favor de los pobres produjera un compromiso real de los gobiernos de la región y las personas que los eligen para mejorar su situación. También sería mejor si este prejuicio fortaleciera la capacidad de las democracias de la región para hacer cumplir la ley. Ésta sería, por supuesto, una solución parcial del problema. La otra solución obvia involucra fortalecer el compromiso de las democracias latinoamericanas y las personas que representan para hacer sus sociedades más equitativas y justas.

De mal en peor

EL PAÍS
Opinión
18 de septiembre de 2006

La conducta del candidato izquierdista en las elecciones presidenciales mexicanas, Andrés Manuel López Obrador, ha pasado del esperpento a la amenaza real para las instituciones políticas de México, un país de gran peso político y económico en todo el continente americano. López Obrador, del PRD, perdió las elecciones por un margen muy pequeño de los votos (el 0,58%) frente al candidato del conservador Partido de Acción Nacional (PAN), a pesar de lo cual inició un peligroso camino de deslegitimación de la democracia cuando mandó al diablo las instituciones y decidió rechazar el resultado electoral en nombre de un supuesto fraude. Ahora acaba de dar un paso que empeora la situación, al proclamarse presidente de México ante cientos de miles de partidarios en la plaza del Zócalo. Los temores, bastante fundados si se atiende a la escasa finura democrática del personaje, apuntan a que el siguiente disparate sea el nombramiento de una especie de Gobierno paralelo que consagre la división del país.

Aunque excéntrico hasta ahora en México, el comportamiento de López Obrador está en línea con las tentaciones bien recientes de cambios constitucionales y reformas legales en algunos países latinoamericanos, como Venezuela o Bolivia, orientados a perpetuar o ampliar las presidencias actuales sin pasar por las urnas. Son la excrecencia de actitudes caudillistas o de simple desprecio a las reglas más elementales que deben respetar todos los partidos democráticos: el ganador, por el margen que sea, gobierna si se lo permiten sus leyes parlamentarias y el perdedor saluda, da la enhorabuena y se dedica a vigilar estrechamente al Gobierno elegido. Sería inútil, probablemente, recordar a López Obrador la conducta en casos similares de otros políticos de más fuste y tradición democrática, como la de Al Gore en Estados Unidos, que renunció a prolongar una controversia sobre un supuesto fraude electoral para no dividir al país y mantener la estabilidad.

Si los comportamientos elegantes no le conmueven, puede reflexionar sobre el deterioro de la imagen de México en el exterior, política y también económica. Lo que importa es que las instituciones mexicanas dispongan de resortes para acabar con este intento ridículo de subvertir la democracia, y que los países del entorno que ahora jalean sus pretensiones -y que coinciden con quienes sugieren reformas constitucionales retrógradas- reconozcan públicamente y sin reservas al verdadero ganador, Calderón.