agosto 01, 2007

Sí hay clase media

Jorge G. Castañeda
jorgegcastaneda@gmail.com
Reforma

Ya Luis de la Calle y Pablo Hiriart, entre otros, han comentado algunos de los resultados a la vez sorprendentes e ilustrativos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) del 2006, publicada hace unos días por el INEGI. Las cifras son comparables con aquellas de las pesquisas levantadas para los periodos 1996-98, 98-00, 00-02, 02-04 y 04-06. Es cierto que al excluir el annus terribilis de 1995 se proporciona una imagen algo distorsionada de la realidad; igual nos permite detectar las tendencias de la evolución de la pobreza, la clase media y la distribución del ingreso en México para el último decenio. Sin ser de oro, seguramente éste es el mejor decenio que ha vivido el país desde aquel que comenzó en 1965 y terminó en 1975, en vísperas de la debacle de 1976. Como recordarán los viejos, y sabrán los jóvenes por haberlo estudiado, desde 1976 hasta 1995 el país no disfrutó en ningún momento de 10 años consecutivos sin descalabro económico mayúsculo.

La primera estadística reveladora es la más global: entre 1996 y 2006 el ingreso corriente total promedio por hogar trimestral aumentó 30 por ciento en términos reales. Se trata de una variación notable que tuvo sus mejores momentos entre 1998 y 2000 (+13.7 por ciento) y 2004-06 (+10.1 por ciento) y su peor periodo entre 2000 y 02 (-2.2 por ciento). Pero los números se vuelven aun más interesantes al entrar al detalle de la distribución por deciles de hogares, donde el primer decil es el más pobre y el décimo el más rico. A reserva de que los peritos puedan abundar en esta rápida reseña, subrayemos algunos resultados. Entre 2000 y 2006, limitándonos al sexenio de Fox, el ingreso corriente monetario (que representa el 80 por ciento de ingreso de las personas), aumentó 22.6 por ciento para el decil más pobre, 21.8 por ciento para el segundo decil, 22.9 por ciento para el tercer decil y, saltándonos el cuarto para ir a los deciles de clase media baja, 18.4 por ciento para el quinto y 16 por ciento para el sexto. Aunque la variación relativa para los mexicanos más pobres (deciles 1 y 2) es la más alta de todas, la evolución de los deciles medios es, en términos absolutos, mucho más grande. Y por supuesto, la variación para el decil más rico, el décimo, es decir para los 2 millones 654 mil 130 hogares más prósperos del país, la evolución fue la más baja: 10 por ciento para los seis años transcurridos.

Como es lógico, entonces, si el ingreso corriente monetario de los pobres, en precios constantes de 2006, aumentó más rápidamente que el de la clase media, pero el de la clase media creció mucho también y el de los ricos se incrementó relativamente poco la distribución del ingreso debe haber mejorado. Efectivamente así fue. El índice más comúnmente utilizado para medir la distribución del ingreso o igualdad/desigualdad, el llamado Coeficiente de Gini, pasó de 0.501 en el año 2000 a 0.473 en el año 2006. El Coeficiente de Gini va de 1 a 0, donde 1 significa que una sola persona dispondría de todo el ingreso de una sociedad -la desigualdad extrema- y 0 que el ingreso estuviera perfectamente repartido entre los integrantes de esa sociedad. Para seis años ésta es una mejora excepcional y que se reproduce cualquiera que sea la medición: en términos per cápita (de 0.523 a 0.490), con transferencias o sin transferencias, o con el ingreso corriente monetario ajustado.

Se puede cuestionar la transparencia o exactitud del trabajo del INEGI, aunque estas cifras abarcan dos sexenios seguidos. Se puede considerar que la evolución, por sensible que haya sido, es muy insuficiente. Y se puede, como muchos lo hacemos, pensar que sigue habiendo demasiados pobres en México. Y también se puede atribuir a varios posibles factores esta sobresaliente evolución: las reformas estructurales de Salinas, la estabilidad macroeconómica de Zedillo y de Fox, o el combate a la pobreza de Progresa/Oportunidades.

Pero dos cosas son seguras. La primera: en estos números -y no en fantasías de un algoritmo o de un fraude descomunal- yace la explicación de la derrota del Peje. Y dos, estas cifras corroboran lo que todos podemos ver de manera cotidiana a lo largo y ancho del país: se ha producido una expansión descomunal, ésta sí, de la clase media baja mexicana. Como prenda basta un botón: en una encuesta levantada hace menos de un año entre los pasajeros de una de las líneas aéreas de bajo costo en México 47 por ciento de dichos pasajeros confesó que viajaba por primera vez en avión. México quizás no sea Foxilandia, pero tampoco es la Pejepesadilla que muchos creen, lamentan o, seamos honestos, festejan.

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