febrero 06, 2007

La estafa de la anécdota

Jesús Silva-Herzog Márquez

La anécdota confunde. Todo lo convierte en material para el pleito personal y la pequeña historia. Cada uno de los hechos de la vida pública tratado como insumo para el chisme. El alimento del análisis son las flaquezas individuales, el desliz verbal, el tropiezo registrado por las cámaras, la tontería ante el micrófono, la bravata mil veces reproducida por el radio y la televisión. El político convertido en payaso de las bofetadas. Será que practicamos una especie de sociología de lo chusco. Una picardía boba que se ensaña con la horrible corbata del diputado sin tomarse la molestia de examinar su dictamen. La torpe dicción del gobernante se presenta como síntesis de su ineptitud. Sociología de lo fachoso no porque analicemos con cuidado el (muy abundante) catálogo de aberraciones nacionales, sino porque concebimos la crítica como una deriva del entretenimiento más que de la comprensión. Un periodismo de bloopers. Crítica como desahogo que se mece en la pereza. Creemos condimentar nuestra comida con el sabor de la anécdota. No nos percatamos de que es la anécdota la que nos traga.

Pienso en esto por la superficialidad que nos asfixia. Para examinar los orígenes y los efectos de la carestía basta repetir una frase del banquero central y regodearse con su insensibilidad. Pasa lista entonces el contingente de la indignación. El análisis desaparece para convertirse en competencia de adjetivos. ¡Esto es absurdo! No, es ofensivo. Sí, ofensivo pero, sobre todo, grotesco. Una extraña unanimidad se forma súbitamente: la frase del funcionario (no la carestía de la que hablaba) es el verdadero tema a debate. Y en realidad, no se trata de analizar la expresión -sus fundamentos, sus alcances, su significado- sino de fustigarla a coro. La anécdota nos ha absorbido: dejamos de pensar en los precios que suben para pensar en las palabras del personaje que nos irrita. Nadie recuerda el asunto pero todos se entretienen, indignados, con el desliz intolerable.

Se critica por todos lados a una clase política que no tiene capacidad de entenderse. Lamentan los opinadores que los hombres de gobierno no saben ponerse de acuerdo, que cuidan sus intereses sin procurar el interés que los trasciende. Pero ese culto al consenso está acompañado por una fascinación por el pleito. El periodismo ha hecho industria de la desavenencia. El entrevistador que encara a un político entrega, al acercarle el micrófono, un cuchillo. Señor senador, ¿a quién quisiera enterrarle hoy este cuchillo? A nadie, responderá benévolo el político que apenas se despierta. ¿Entonces no responde usted al gobernador que acaba de decir que usted es un bandido? El cuchillo rechazado al inicio es empuñado decididamente. El reportero ha tenido éxito: la entrevista será un despliegue de sablazos. Por la tarde se repetirá la ceremonia. El gobernador recibirá el mismo cuchillo y lo usará frente al mismo micrófono. La prensa resulta un establecimiento manufacturero de anécdotas y de altercados, más que registro de ellos. Por eso solemos ver la anécdota como ratificación de tópicos. No nos entretenemos con anécdotas de la sorpresa, sino de la reiteración. Relatos para reiterar que los legisladores son flojos y los burócratas dispendiosos. Confirmación de prejuicios, lugares comunes que cobran vida.

La anécdota se vuelve el método, el argumento y el mundo. Se entiende acumulando anécdotas. Una anécdota es axioma; tres forman una doctrina; cinco son suficientes para fundar una secta. La técnica es bastante simple: no se suman razones, no se sigue el desenvolvimiento de un proceso, no es necesario hacer selección de datos ni verificar evidencias. Se pontifica a base de relatos reveladores: la anécdota se presenta entonces como la verdad en cueros. Nuestra sociología anecdótica es, en sí misma, tesis y demostración. La conjetura se vuelve prueba irrefutable y, muy pronto, doctrina. Frente a su contundencia, toda explicación es redundante. Un hecho curioso vale más que mil razones. El contexto también estorba. La anécdota flota en el aire. Su marco es el vacío. No es necesario instalarla en su circunstancia para entender su significado. Una fotografía puede ser suficiente para demostrar el estrepitoso fracaso de una política. Una institución agoniza por una frase y un gesto es revelación del sentir profundo de la nación. La desproporción del dato y la conclusión es asombrosa. No hay correspondencia alguna entre lo que se relata y aquello que se deduce.

No imagino la crítica sin el condimento del relato alegórico. Lo que me resulta indigesto es el abuso: botana, sopa y postre hechos de pura pimienta. La observación de lo disconforme o lo característico, la detección del rasgo absurdo o natural es crucial en la inteligencia de cualquier crítica. El descubrimiento de lo emblemático puede ser, efectivamente, revelador. Una pista, quizá un atajo de la comprensión. El observador, al encontrar lo extravagante, al detectar aquello que rompe las expectativas de regularidad, cuenta con una pista para penetrar en el significado de un fenómeno complejo. Lo mismo puede decirse en el caso contrario: detectar el acto que destapa la regularidad o la costumbre es un indicio invaluable para descifrar rutinas. En todo caso, se trata del punto de partida o la síntesis final. La anécdota puede ser una abreviatura elocuente, pero ha de ser siempre ruta hacia otro lado, no deleite en sí mismo. La anécdota encuentra significado a través de la crítica, del examen, de la razón. La pensamos, sin embargo, como sustituto de esos ejercicios. Anécdota que reemplaza el análisis y aplasta el argumento.