febrero 26, 2007

Solo

Excelsior
El búho no ha muerto
Pedro Ferriz de Con

A cuatrocientos proveedores de una de las "ferreterías on line" más grandes del mundo estaban listos para sopesar las posibilidades de México en los próximos cinco años. Tamaños del vuelo de General Electric aguardaban sentados a la espera paciente de que les argumentara a favor de nuestro país. Sólo para mostrar la dimensión del "animal" que requirió mis servicios, he de decir que el año pasado el consorcio en cuestión vendió 5,980 millones de dólares en insumos para la operación y el mantenimiento del sector industrial en Estados Unidos. Estamos hablando de empresas globales, con proveedores, mundiales, y capacidades totales. El reto que llevaba en mi mente era convencer a —por lo menos— diez de esos gigantes, de que México es un país estable, de visión de largo plazo, de concepciones legales modernas, madurez democrática, paz social, libertad empresarial, de competencia, permisivo al flujo de capital, de leyes laborales promotoras, de formas de asociación, de procesos fiscales y financieros. Que tenemos infraestructura, agilidad en la toma de decisiones de un gobierno que define reglas básicas para un sector empresarial orientado a la expansión. En suma, mi tarea era la de demostrar que estamos listos para competir con otros actores de clase mundial, ahora que el argumento de los salarios bajos empieza a deslavarse. Deja de ser clave en nuestra futura promoción si lo comparamos con esa misma herramienta utilizada como atractivo en 1994 al inicio del "Tratado de Libre Comercio de América del Norte". Lo anteriormente enunciado es lo mínimo necesario de entre una enorme gama de requisitos a llenar para hacer atractivo a México. Eso lo sabe cualquier mexicano moderno con aspiraciones de ser un pueblo rico, admirado... un modelo a seguir. Tenía una hora para hablar de ello. Hacerlo con desparpajo, eslabonando sustancia que derivara en decisiones de inversión, me pidió echar mano de todo el amor que tengo por México. Les hablé de la democracia como un proceso. De la madurez de la gente que en los últimos tres lustros se ha vuelto enérgica, participativa... impulso del cambio. Los traté de convencer del proceso de desregulación que hay en la industria y el comercio. Les dije que nuestro gobierno ya no quiere ser el factor económico de las épocas de Echeverría y que más que actor para el bienestar se está convirtiendo en promotor y marco rector del mismo. Les dije que estamos listos para los acuerdos —cosa que les preocupaba— y, lo más importante..., "confíen en nosotros", "traigan su dinero", "¡hagan aquí sus productos!" "Generen empleos en este lado del mundo". Sólo me faltó cantarles y pararme de manos en aras de resultar convincente. Mi sangre, energía, años de ser mexicano y desear lo mejor para mi gente, me animaron... Salí contento de ahí, en medio de miradas que llevaban cargas de sentimientos. Desde las que me decían: "No podemos dejar de estar en México", hasta las que —sentía yo— pensaban que mi discurso no embonaba con la realidad que percibían. Una especie de país que nace de las entrañas de otro que ya murió. Eso fue el jueves pasado. El viernes llegué a mi programa para contarle a mi auditorio de las noticias del día. "Los senadores se quejan de que obreros estadunidenses pisan suelo mexicano en la construcción de una valla que pretende evitar que otros miles... tal vez millones pisen su suelo". "Que si Chertoff es o no soldador". "Que quieren juzgar a Fox porque se desquitó de AMLO en las pasadas elecciones". "Que no... que mejor juzgamos al gobernador de Coahuila". "Que quieren guardaespaldas". "Una peluquería"... y me sentí profundamente solo.