abril 04, 2007

A Fox y Otro Cualquiera: Sin Pilón, Pero Sin Sisa

Reporte Sobre Política
Por Ernesto Julio Teissier
El mañana

Hace poco me referí al Corrido del general Calles, y cometí una grave omisión: No llamé la atención de los lectores sobre la parte en que dice “fuiste un GRAN presidente/y también BUEN general...”. En esa frase está la honestidad del juicio histórico y una rígida, inflexible imparcialidad.

No obstante que el anónimo autor de la letra es un callista convencido y entusiasta, no se deja llevar por la pasión y establece con precisión que el General Calles fue un GRAN presidente, pero a continuación le regatea otros méritos: Dice que fue “BUEN” militar.

La calificación es correcta. Calles fue un gran presidente, al que se le debieron los primeros programas de carreteras, el Banco Central, los programas de presas y otra serie de medidas visionarias; y fue un militar bueno a secas, quizá eficaz pero sin los méritos sobresalientes de otros mexicanos que dirigieron acciones bélicas más brillantes, mejor concebidas.

Esa objetividad es la que yo envidio, y la que creo que deberíamos envidiar todos los que escribimos acerca de los hombres públicos, frente a los cuales es muy fácil caer a cualquiera de las dos cunetas: O perderse en el elogio o caerse en la censura. Y de eso me acordé al comenzar esta semana, cuando muchos opinadores se frotaron las manos porque, al fin, Vicente Fox iba a ser llevado al banquillo de los acusados para que respondiera por un “faltante” de 25 mil millones, detectado por el Auditor Superior de la Federación, Arturo González de Aragón, que puso en manos de diputados federales el análisis de la Cuenta Pública del año 2005.

Fue la de esos comentaristas una alegría prematura e infundada porque el informe del auditor González Aragón no habla de “faltantes” sino de “anomalías”. Además, el auditor de la Federación no tiene el cargo de fiscal, de agente del Ministerio Público: No acusa, sino solamente señala. Lo que sigue es que los diputados, cuando vuelvan de vacaciones o antes quizá, se encarguen de revisar los apuntes de don Arturo y, en el peor de los casos, pidan una aclaración a las autoridades que en 2005 eran responsables: Tal vez secretario de la Función Pública, acaso de Hacienda, posiblemente otro miembro del gabinete, pero no el presidente, que en este entierro no tiene otra vela que esa que han encendido y puesto en sus manos sus malquerientes, los foxifóbicos.

En los medios de comunicación de México ha habido y hay, justo es decirlo, esos y otros exagerados, los que hablan demasiado mal y algunos que hablamos bien del ex presidente. Unos y otros han, o hemos, fallado en la función que teníamos: Se cantearon, o nos canteamos, para un lado o para el otro, y perdieron o perdimos la vertical que siempre es de obligación.

Vicente Fox ha sido en los años recientes, el presidente de México que ha despertado mayores pasiones, tanto en su favor como en contra suya. Los que hemos hablado bien de él quizá ocasionalmente nos excedimos y le dejamos caer varias docenas de adjetivos que no merecía y de calificaciones a las que su actuación no le daba el derecho. Los de la banqueta de enfrente, esos sí sin duda ninguna, se pasaron de la raya: A Fox lo han acusado de algunas fallas, deficiencias y omisiones de las que fue responsable --su falta de tacto, sus afanes publicitarios, la forma en que metió a su esposa en un papel político al que no tenía acceso legal ni acostumbrado--, pero también le han dejado caer, insinuados o proferidos, cargos de los que a todas luces es inocente: El de arbitrario, el de falto de honestidad, el de nepotista.

Los del contra han pretendido descalificar todo el desempeño de Fox en la Presidencia con las dos series de imputaciones, y allí hay una falta seria: Las primeras no son bastantes para teñir de negro lo blanco, y las segundas son a todas luces injustas: El ex presidente Fox pudo haber cometido, o quizá cometió, todos los errores o las faltas que se le atribuyen en la primera lista, pero no son causa suficiente para reprobar todo su desempeño.

Y de las otras, nadie en su sano juicio puede acusarlo: Vicente Fox no sólo no fue arbitrario, sino que se pasó de tolerante, pues su intención primera consistía en hacernos saber y sentir a los mexicanos que había terminado el periodo priísta de la política nacional y que el país entraba ahora en la etapa de la democracia en la que caprichos, alcaldadas e imposiciones no han cabido ni tendrán ya lugar; acusarlo de favorecerse o de favorecer a los suyos con negocios hechos al cobijo del poder presidencial es lisa y llanamente una idiotez, porque Fox hizo fortuna en la iniciativa privada, pero en la pública jamás ha tomado un centavo que no le correspondiera, y de eso hay montones de pruebas.

A Fox, y a cualquier otro presidente del futuro --y quizá también del pasado--, debe juzgárseles con una imparcialidad prístina e inmaculada. Allí no deberían tener cabida ni los elogios inmerecidos ni las censuras injustificadas: El hombre que llega a ese cargo debe ser intocable para los que ejercemos el derecho a opinar sobre la forma en que se maneja a nuestra nación.

No conocí jamás a un presidente que sintiera tanta repulsión por los elogios desmedidos--que para los poderosos son el pan de cada momento—como Don Adolfo Ruiz Cortines. Les tenía horror, terror y furor a los lambiscones. Y de vez en cuando aconsejaba aquí y allá:

--“Dígales a los monaguillos laicos que no le den vuelo al incensario: Que si pueden lo dejen aparte, y si no pueden lo utilicen con mucha mesura. Hay que recordarles que, en ese aspecto, nuestros antepasados indígenas fueron testigos de la sabiduría de los tlatoanis, que no eran respetados solamente por su rango sino también por la profundidad de sus pensamientos. Ellos condenaban a los que se iban de la mano en esos menesteres: Sabían que DEMASIADO COPAL TIZNA AL ÍDOLO...”

Ernesto Julio Teissier
eteissier@stx.rr.com
04/04/2007

Transparencia para todos

Miguel Carbonell
4 de abril de 2007
El Universal

Aunque a veces no se le percibe como tal, durante el sexenio de Vicente Fox sí hubo una reforma estructural, quizá la única de esos seis años: fue la aprobación de la Ley Federal de Transparencia, que vino a revolucionar la rendición de cuentas y reformuló en buena medida la relación entre ciudadanos y autoridades.

Pensemos simplemente en todo lo que ha pasado desde que el llamado Grupo Oaxaca comenzó a impulsar el tema en la agenda pública nacional. De cuántas cosas nos hemos podido ir enterando y qué consecuencias han derivado de ese conocimiento. O dicho de otra manera: cuántas cosas nos habríamos perdido si esa ley nunca se hubiera aprobado.

Por eso es que es de celebrarse la reciente aprobación en la Cámara de Diputados de la reforma al artículo 6 de la Constitución a fin de que los principios básicos en materia de transparencia sean compartidos por todos los niveles de gobierno.

¿Qué significa la reforma en cuestión? Fundamentalmente obliga a las entidades federativas, a los municipios y al Distrito Federal a incorporar estándares internacionalmente reconocidos en la materia del acceso a la información. Además, a partir de su puesta en funcionamiento la reforma permitirá que toda persona pueda solicitar información a través de medios electrónicos o remotos (internet, para decirlo rápido), cuestión que hoy está limitada en un número considerable de entidades federativas.

El gran éxito de la ley federal y de su órgano de garantía, el IFAI, ha consistido precisamente en la posibilidad de hacer llegar solicitudes de información y promover recursos a través del internet, sin que la persona tenga necesariamente que desplazarse físicamente hasta las oficinas de la autoridad para presentar un documento ante la ventanilla correspondiente.

Por otra parte, la reforma obliga a las autoridades de todos los niveles de gobierno a hacerse cargo de lo que podría llamarse "la otra cara de la moneda" en materia de acceso a la información, que son los datos personales. Es decir, en toda democracia lo público debe estar disponible para quien lo quiera ver, pero lo privado debe ser precisamente privado, alejado de la mirada pública. Esa separación entre lo público y lo privado se logra a través de la protección de datos personales, tema que la reforma introduce por primera vez en el texto constitucional.

Un tercer elemento positivo de la reforma es que dota de autonomía a los órganos que revisan la actuación de las autoridades en materia de transparencia. Algunos gobernadores, contrarios a la rendición de cuentas, han creado órganos a modo y han puesto en ellos a personas incondicionales, intentando de esa forma que cualquier caso delicado o controvertido se resuelva conforma a criterios cercanos al parecer de las autoridades, aunque de esa manera se viole el "derecho a saber" de la persona interesada.

A partir de la reforma los órganos encargados de revisar la clasificación de las informaciones y de conocer de recursos contra las negativas a informar por parte de algún órgano público serán autónomos, con lo que deberá terminarse con las simulaciones que hemos visto en estos últimos años.

Es de esperarse que el Senado se aboque con la mayor prontitud al estudio y aprobación de la reforma y que luego las entidades federativas por medio de sus congresos locales la aprueben con igual rapidez, a fin de que cualquier persona, con independencia del lugar en el que viva pueda ejercer el derecho fundamental a ser informado de las cuestiones públicas. Estamos ante un gran paso en lo que se han llamado reformas de "segunda generación", es decir, reformas dirigidas a dotar de contenidos prácticos y concretos a la democracia mexicana.

Investigador del IIJ de la UNAM