septiembre 05, 2007

Abogan por los consejeros del IFE

Alberto Aguirre
El Universal

Miércoles 05 de septiembre de 2007

El Instituto no debe ser objeto de negociación: intelectuales

La comunidad intelectual de México salió en defensa de los actuales integrantes del Consejo General del Instituto Federal Electoral (IFE), y cuestionó a los legisladores que intentan condicionar las reformas del Estado y fiscal a la sustitución de las autoridades comiciales.

“Nos oponemos a cualquier medida que implique la erosión de esa autonomía o de la sumisión del Instituto a la negociación política de los partidos”, establece un manifiesto dirigido a los ciudadanos de México y a los integrantes del Congreso de la Unión.

El pronunciamiento es promovido por el escritor Héctor Aguilar Camín, ex director de la revista Nexos, y la politóloga María Amparo Casar. Circula entre analistas políticos y catedráticos de los principales centros educativos del país, que han sido invitados a sumarse a la defensa del IFE.

Resulta paradójico que los legisladores que hoy proponen remover a los consejeros del IFE sean producto de una elección organizada y vigilada por los consejeros de la misma institución que hoy encuentran inaceptables.

“La permanencia de los consejeros no puede estar sujeta a que todas las fuerzas políticas queden conformes con la actuación del árbitro electoral, cuyo trabajo no es dar gusto a los contendientes, sino cumplir la ley y garantizar la voluntad ciudadana”, dice la última versión del documento, que conoció ayer EL UNIVERSAL.

Sin dejar de cuestionar la pertinencia de una eventual destitución de los actuales consejeros, avalan la renovación escalonada como mecanismo para designar las autoridades electorales.

Entre los convocados a suscribir el manifiesto están: Enrique Krauze, Federico Reyes Heroles, Jean Meyer, Luis de la Barreda, Luis Miguel Aguilar, Raúl Trejo Delarbre, Luis Rubio, Ricardo Raphael y Álvaro Matute.

Dentro de los firmantes: Benito Nacif, Ángeles Mastretta, Soledad Loaeza y Jorge Castañeda, entre otros.

Los venezolanos buscan dólares ante las preocupaciones económicas

de sentidocomun.com.mx

por John Lyons
Dow Jones Newswires

Caracas, Venezuela, 28 de agosto – Al igual que muchas personas que conocen en Caracas, Alfred y Norma Muñoz se preparan para lo que creen inevitable: la devaluación de su moneda provocada por las políticas del presidente Hugo Chávez.

La pareja de clase media pretende pedir prestado a un banco local tanto dinero como les sea posible para comprar un departamento en el extranjero. Dicen que, si el bolívar se devalúa frente al dólar, será muy barato pagar el préstamo, y el departamento en el extranjero mantendrá su valor en dólares. “Además, nos brinda un lugar para huir si las cosas se ponen de verdad mal”, dijo Alfred Muñoz, quien dirige un pequeño negocio.

Por el momento, con el precio del petróleo cerca de su máximo histórico, la economía de Venezuela está en auge. El país, el cuarto mayor exportador de petróleo a Estados Unidos, ha promediado un crecimiento anual de 12.6% desde 2004: el mayor crecimiento de América Latina. Las listas de espera de tres meses para adquirir un automóvil nuevo son normales en las distribuidoras de Caracas debido al auge del financiamiento al consumidor. El desempleo ha caído a tasas de un solo dígito por primera vez en más de una década.

No obstante, hay señales de problemas.

La producción petrolera va a la baja, dado que la petrolera estatal pierde a sus altos funcionarios e invierte menos recursos. La inflación es cercana a 19%, de acuerdo con el gobierno venezolano, aunque muchos economistas privados dicen que la tasa está más cerca de 25%, debido a un creciente mercado negro de bienes difíciles de obtener.

Como resultado, el bolívar, cuya paridad oficial es 2,150 unidades por dólar, ha perdido en parte más de la mitad de su valor en el mercado negro. Muchos residentes locales temen que una devaluación oficial y una inflación galopante sean inevitables.
La contracción crediticia global provocada por los problemas hipotecarios en Estados Unidos puede dar a los venezolanos más razones para preocuparse. Eso debido a que los precios del petróleo podrían caer si, como temen algunos economistas, una desaceleración mundial en la concesión de préstamos provoca un bache económico generalizado.

Una disminución en los precios del petróleo le restaría ingresos a Chávez para sufragar sus vastos programas sociales y aumentaría la presión sobre el bolívar.

En las últimas décadas, las devaluaciones y la hiperinflación se intensificaron en Latinoamérica, desestabilizando a los gobiernos y diseminando la miseria entre la población. De hecho, el ascenso al poder de Chávez se vio apoyado por un colapso financiero y la inflación galopante bajo el gobierno de Rafael Caldera a mediados de la década de 1990, lo que provocó que los electores, hartos, apoyaran a Chávez en la elección de 1998.

Si estos problemas vuelven a surgir en Venezuela, eso podría minar la popularidad de Chávez, además de mermar su influencia en la región, al obligarlo a reducir su ayuda extranjera.

Al tiempo que el bolívar se debilita, muchas otras naciones petroleras ven cómo su divisa se hace más fuerte. La explicación de esta incongruencia reside, por lo menos en parte, en las políticas económicas de Chávez. Su intento por manejar la economía en beneficio de los pobres ha provocado problemas imprevistos, que Chávez ha enfocado con soluciones nada ortodoxas, que a su vez han creado más problemas.

Con cada cambio de política, las personas como los Muñoz se convencen más que las cosas se saldrán de control.
Desde 2003, Chávez ha duplicado sobradamente el gasto del gobierno en servicios médicos gratuitos, salarios más elevados, subsidios a la gasolina y otros servicios. Eso ha generado más demanda de bienes y servicios, lo que, a su vez, ha aumentado la inflación. En respuesta, Chávez amplió el control de precios, que ahora cubre la carne, azúcar, huevos, leche y otros productos básicos.

Esto provocó escasez de alimentos, ya que los productores se negaron a vender sus bienes a los precios establecidos por el gobierno. La escasez ha producido un mercado negro, donde los precios se han disparado.

Esta mezcla de escasez de alimentos, mercados negros e inflación galopante es algo muy conocido por los venezolanos, que han padecido tres crisis financieras desde la década de 1980. En la más reciente, el colapso de un gran banco ayudó a la caída de su moneda y la inflación superó 100% en 1996. Para protegerse de otra crisis, los venezolanos tratan de obtener dólares, y con ello debilitan más al bolívar.

“Todos sabemos lo que sucederá, pero no sabemos cuándo”, dijo David Macedo, conductor de un camión de entregas que abastece a tiendas pequeñas. Cuando ahorra algunos bolívares, dijo, con frecuencia va al aeropuerto de Caracas para comprar dólares a los turistas que llegan. Paga más de la tasa de cambio oficial de 2,150 bolívares por dólar, pero menos que la del mercado negro, que ahora se acerca a 4,800.

Los venezolanos más acaudalados han descubierto que pueden usar el crédito para explotar la diferencia entre los tipos de cambio oficial y del mercado negro. Algunos han volado a la cercana isla de Aruba y compran 5,000 dólares en fichas de apuesta, la máxima compra a crédito en el extranjero que permite el gobierno venezolano, de acuerdo con una persona que arregla estos viajes. Luego convierten las fichas a dólares, regresan a Venezuela y compran bolívares en el mercado negro para pagar la deuda de su tarjeta de crédito. Así obtienen una utilidad de casi 2,300 dólares a los tipos de cambio actuales, más de lo necesario para pagar el viaje.

Una vez que los residentes locales empiezan a esperar la crisis, se vuelve más difícil que el gobierno la evite. Este fenómeno se vio hace poco en Argentina.

En 2001, los argentinos que perdieron la confianza en la capacidad de su gobierno para evitar el incumplimiento en el servicio de su deuda y empezaron a retirar sus fondos bancarios en masa, acelerando con ello el colapso económico y la devaluación de la moneda, que tanto temían.

En Venezuela, Chávez llegó al poder prometiendo usar la riqueza petrolera del país para beneficiar a los pobres. Pero sus problemas económicos empezaron después del fallido golpe de estado y de la huelga de los trabajadores petroleros de 2002.

La agitación económica resultante hizo que muchos venezolanos sacaran su dinero del país, lo que amenazó con minar al sistema bancario. Chávez impidió la huida de capitales al prohibir las transferencias de dinero al extranjero y las compras de dólares.
Cuando subió el precio del petróleo, Chávez aumentó sensiblemente el gasto, lo cual le ayudó a obtener votos cruciales en 2004 y 2006. Pero los controles al capital limitaron el gasto al interior de Venezuela, cuadruplicando con creces la cantidad de bolívares en circulación. La excesiva oferta de dinero socavó al bolívar e intensificó la inflación.

El gobierno de Chávez se ha percatado de los problemas y promete controlar la inflación antes de que se salga de control. En julio, exigió a los bancos pagar mayores intereses a los clientes por sus depósitos, con la esperanza de hacer más atractivo al bolívar y fomentar el ahorro. No obstante, la nueva tasa sólo es la mitad de la inflación. El ministro de finanzas, Rodrigo Cabezas, dijo que el gobierno moderará el gasto social por primera vez en años y que mantendrá la tasa de cambio oficial sin cambio alguno, por lo menos hasta 2009.

“No tenemos planes de devaluar el bolívar”, dijo.

Pocos de los economistas que analizan a Venezuela pronostican profundos problemas financieros pronto, por lo menos mientras los precios del petróleo sigan elevados. Pero la prognosis a largo plazo es mucho menos evidente.

Mark Weisbrot, co-director de Center for Economics and Policy Research, un centro de estudios de Washington, quien en general apoya a Chávez, dijo que el gobierno aún tiene tiempo para fomentar el crecimiento económico al invertir en industrias ajenas al sector petrolero. Otros economistas son más escépticos. Afirman que el gobierno no realiza suficientes inversiones a largo plazo, como construir fábricas, y que aún depende demasiado de los ingresos petroleros.

Traducido por Luis Cedillo
Editado por Juan Carlos Jolly
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