octubre 19, 2007

Cuánto tiempo disfrutamos de este Fox

(La prensa, el monstruo que se alimenta a sí mismo. Y que más confesión de parte necesitamos después de leer esta columna)


Jairo Calixto Albarrán
Cero Política
Milenio

Invito a quienes en este momento viven la pasión del deporte del momento, linchar a Vicente Fox, a que tomen las cosas con calma, que no se engolosinen ni quieran acabarse ese recurso guanajuatense no renovable de un solo trago porque lo único que van a conseguir es acorralarlo y que se autoaplique el cállate chachalaca de aquí hasta que le renueven los comodatos. Se lo digo de veras: acosando al ex presichente de esa manera tan inhumana como si fuera don Norberto y sus pederastas, corremos el peligro de que tan distinguido compatriota decida aplicarnos la ley del hielo, arrebatándonos para siempre una de las fuentes de diversión y entretenimiento más entrañables del pueblo mexicano. Hay que pensar que el señor de las botas no es nuestro, sólo lo tenemos en comodato.

Acuérdense que durante el sexenio foxista, por abusar de la amabilidad de la señora Marta con chistes, caricaturas y señalamientos a sus costillas, vivimos un difícil periodo de abstinencia cuando la mujer cerró el pico en venganza. Fue horrible; nos dejó cual yonquis bien erizos sin los estupefacientes y alucinógenos de su declaracionitis aguda.

En cambio, si administramos de manera racional el linchamiento a don Vicente (no como el IPAB, que malbarató Aeroméxico en el peor estilo de Salinas cuando hizo la venta de garage de las paraestatales con puras cuentas de vidrio), podremos incluso conseguir —ya que le falta— que termine como el antropófago poeta de la Guerrero, no engulléndose a su peor es nada, sino echándole la culpa de todo a su mamá.

Que México se quede sin agua, pasa; que se acaben las reservas de petróleo, es soportable; pero quedarnos sin Fox sería no sólo un acto depravado sino desnaturalizado.

***

Cuando no tenía nada que hacer, Manuel Ávila Camacho me hablaba por teléfono para comunicarme alguna insidia, pasarme algún dato diabólico o mal hablar sabrosamente de los pobres mortales que se habían cruzado en su camino. Tenía un humor negrísimo, era un recabrón y poseía una memoria maliciosa que lo hacia temible. Era el ajonjolí de todos los complós. Fue el primero en felicitarme por mi libro con los irónicos y manchadísimos comentarios que lo caracterizaban. Lamento mucho su muerte, México era más divertido con él metiendo cizaña por doquier. Era un canalla tremendo, implacable, que le ponía sabor al caldo del sospechosismo nacional. Lo siento por sus enemigos, porque seguramente les va a ir jalar las patas en las noches.