mayo 06, 2008

Evitar a Evo

Germán Martínez Cázares
El Universal

Algunos perredistas ven a Evo Morales, el presidente de Bolivia y se les hace agua la boca.

Exactamente eso es lo que sueñan para México. Una ruta de la desestabilización para el triunfo, de movilizaciones para imponerse, de pedradas en la calle contra la policía para generar odio entre diferentes, de temor en los ciudadanos, de exacerbar ánimos raciales, de EPR, EZLN, “panchosvillas”, “adelitas” y “appos” juntos ayudando al caudillo a poner en jaque mate al sistema democrático.

Subyugar a las instituciones, y ponerlas bajo sus pies mediante la violencia y el chantaje es la consigna. Luego claro está, como le hizo Evo, usarlas a esas mismas instituciones y al ritual democrático para intentar una victoria electoral.

De esa estrategia que encoleriza a la sociedad y enfurece a unos contra otros, Bolivia quedó irreconciliablemente dividida.

México no es Bolivia, advertía con acierto el editorial de EL UNIVERSAL de ayer, pero señalaba también que en cualquier parte, dividir a una nación en “ricos y pobres” o “buenos y malos” genera violencia.

Eso es justamente lo que busca López Obrador, quien por ahora tiene en receso a sus huestes, pero las volverá a activar en cuanto se busque dictaminar y aprobar la reforma a Pemex.

En Bolivia la doble estrategia de sabotear a las instituciones con una movilización permanente probó dividendos. Evo hizo renunciar al presidente Sánchez Lozada. Y aquí, López Obrador cree que puede doblegar a todas las instituciones, porque con una presión similar, con manifestaciones similares, como aquel “éxodo por la democracia” de 1991, hizo renunciar al gobernador tabasqueño Salvador Neme Castillo.

Pero calculan mal los perredistas. El país es otro y la sociedad también. El camino elegido ha resultado una pésima apuesta para el PRD, escribió recientemente el analista Macario Schettino.

“Subestimaron la estabilidad de las instituciones —sigue Schettino con acierto—, la madurez de la sociedad y el entorno económico. Apostaron a un derrumbe del gobierno, como si estuvieran en un país al borde del colapso, que sólo necesitaba un pequeño empujón. No era así, y no lo es ahora. A pesar de constantes descalificaciones al Presidente, al Congreso, a la Suprema Corte, las cosas avanzan... Tampoco se puede olvidar que la economía mexicana tiene hoy una solidez que no se veía desde hacía medio siglo. En palabras viejas, no hay ‘condiciones objetivas ni subjetivas’ para el camino elegido por López Obrador y sus seguidores”.

El otro aviso de la aventura fallida perredista por doblegar a las instituciones puede parafrasearse en la sentencia: “toma de Congreso que no mata a la democracia, la fortalece”.

Esa lección es española. El 23 de febrero de 1981, cuando la transición a la democracia no estaba consolidada, tomaron el edificio del Congreso algunos nostálgicos del dictador Francisco Franco (¿no son López Obrador y los suyos la añoranza de los tiempos de Echeverría y López Portillo, al menos en su rancio discurso dizque de defensa de Pemex?). Secuestraron la Cámara de Diputados española, cuando se disponían a investir como presidente de Gobierno a Leopoldo Calvo-Sotelo. El golpe no prosperó, conclusión: la democracia española y su transición salieron fortalecidas.

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Leopoldo Calvo-Sotelo acaba de morir el fin de semana. Todos los dirigentes de partidos le recuerdan con gratitud porque defendió a la democracia, porque detuvo el chantaje del secuestro de su Congreso.

Presidente Nacional del PAN

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