mayo 09, 2008

Justicia inmanente

Héctor Aguilar Camín
Día con día
Milenio

Nada tan paradójico en el derrotero de la izquierda mexicana como su falta de lealtad a las reglas que le han dado todo lo que tiene, las reglas de la democracia.

De ninguna estrategia política ha obtenido tanto la izquierda como de las instituciones democráticas que la han llevado de la clandestinidad grupuscular de los años setenta a ser la segunda fuerza electoral del país en el año 2006.

La democracia le ha dado a la izquierda la preferencia de millones de votantes, el gobierno de la Ciudad de México y de otros cuatro estados de la República. En 2006 estuvo a punto de darle la Presidencia.

Pero a nada ha dedicado la izquierda esfuerzos tan concentrados como a cuestionar los veredictos de la democracia, y a obstruir y desacreditar el funcionamiento de las instituciones derivadas de ella.

La crisis electoral del PRD muestra como en una prueba de laboratorio que la deslealtad de esa izquierda con la democracia es pareja: se ejerce fuera y dentro de casa.

En ningún sitio se han hecho tan presentes los vicios que el PRD denunció, sin probar, en la elección presidencial de 2006, como en la elección interna de la presidencia del PRD.

Ahí lo vimos todo: consigna oficial a favor de un candidato, manipulación del programa de resultados preliminares, declaración anticipada de ganador, fraude a la antigüita, compra e inducción de votos, parcialidad de las instancias encargadas de la elección.

Al final, se hizo evidente que la parálisis del proceso no era sólo por la batalla cerrada entre dos candidaturas, sino entre dos maneras de hacer trampa. Los candidatos exigían que se aplicara el procedimiento que favorecía el conteo de sus trampas, y ahí se estancó el proceso.

Antier, el Tribunal Federal Electoral terminó ordenando al PRD lo obvio: que cuenten todos los votos y limpien luego la elección con los propios procedimientos de impugnación previstos en sus estatutos. Es decir, que cumplan sus estatutos, las reglas democráticas que ellos mismos se han dado.

El pleito ha sido extraordinariamente caro para el PRD y quizá no muestra aún todos sus costos. Puede decirse entonces que nada le ha dando tanto al PRD como las reglas democráticas y nada le va quitando tanto como su deslealtad a esas reglas.

El juego contra las reglas y las instituciones democráticas ha sido catastrófico para el PRD. Hay cierta justicia inmanente en esto: un castigo democrático proporcional a la deslealtad democrática ejercida dentro y fuera de las propias filas.

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