junio 13, 2008

México-España: la forma es fondo

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

MADRID, 12 de junio.- El Palacio de El Pardo, en las afueras de Madrid, el lugar donde vivió y murió Francisco Franco (cuyo fantasma, dicen quienes aquí trabajan, vaga aún por sus pasillos), era una fiesta. El rey Juan Carlos cantaba, acompañando a Pepe Aguilar y a un mariachi local, México Lindo y Querido. Antes habían pasado por Mujeres Divinas y toda una colección de rancheras. Era la culminación, girando una vez más en torno a las formas que como nos lo recordaba don Jesús Reyes Heroles, son el fondo, de una gira francamente exitosa, muy probablemente de las más cálidas que se recuerden en la relación entre México y España.

Pero si la forma es fondo: esa calidez debía basarse, lo hizo, en acuerdos y alianzas que van mucho más allá del protocolo. En esa alianza, todo converge en torno a dos grandes capítulos en la renovada relación México-España: la consolidación de una sociedad de aliados “estratégicos y preferentes”, como la llamó José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno Español, y la visión conjunta de que, en esa misma lógica, la economía se debe complementar con la política. O, mejor dicho, ésta debe ir de la mano con aquélla.

En el marco de un muy exitoso recorrido, en todos los sentidos, que se pueda recordar de un Presidente mexicano en Madrid, quizá lo que más destaca es la transparencia (en la que coinciden desde el rey Juan Carlos hasta Rodríguez Zapatero, desde el PSOE hasta el PP) con que los españoles han hecho una “apuesta” (como ellos mismos la han calificado) por México, como su socio privilegiado para su política en América Latina. Es verdad que existe un fuerte crecimiento de la influencia y las inversiones españolas en muchos países, pero lo cierto es que, desde aquel 3 de julio, cuando Rodríguez Zapatero saludó a Felipe Calderón y lo felicitó como ganador de las elecciones que se habían efectuado el día anterior, quedó en claro, y se ha ido confirmando con el tiempo, pero particularmente en estos días, que esa “apuesta” busca convertir a España en el aliado más confiable de nuestro país en lo político y en lo económico. Y que la administración de Calderón, sin menoscabo de la relación con Estados Unidos y Canadá (una, incierta, por el periodo electoral y las vicisitudes de la política y la economía estadunidenses; la otra, porque, independientemente de la cordialidad y la cooperación, no alcanza a ser un factor determinante para la inserción internacional del país) ni el destino latinoamericanista de México, ha decidido hacer su propia apuesta: la de consolidar la relación con la Unión Europea al considerar a España como puente y también principio para la propia consolidación democrática del país. Y eso abarca desde el discurso común en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico hasta los acuerdos migratorios que ayer firmaron el secretario del Trabajo, Javier Lozano, y sus homólogos españoles.

Y, para ello, como decíamos, se requiere no sólo economía e inversiones, sino también coincidencias políticas. Hoy, esto fue evidente en los distintos encuentros, en los modos diplomáticos, pero difícilmente se puede ser más explícito públicamente que en la conferencia de prensa que ofrecieron Calderón y Rodríguez Zapatero. Y esas coincidencias pasaron desde los temas energéticos hasta las relaciones con Cuba. En lo energético, Zapatero dejó un poco de lado los matices diplomáticos y simplemente opinó que una de las grandes ventajas de España es contar con un sector público empresarial muy reducido y afirmó que el capital privado realiza mucho mejor esas labores que el Estado. Felipe Calderón fue mucho más allá y abrió el debate (en la demostración de cómo se procesará en el futuro el discurso gubernamental sobre este tema) con mucha mayor agresividad política que la seguida hasta ahora. También se ahorró las formas diplomáticas: el debate en el Congreso, reconoció, es importante y muy útil porque abre distintas perspectivas, pero ese debate se ha centrado, hasta ahora, en aspectos ideológicos y no ha abordado ni refutado los tres capítulos más importantes de su propuesta: que la reforma elevará la exploración y la explotación de crudo, incrementará las reservas y reducirá la importación de gasolina y que, con ello, se van a originar condiciones idóneas para la generación de riqueza y la creación de un mayor número de empleos. En otras palabras, dio a entender que esos son los ejes sobre los que trabajará y va a establecer la negociación acerca del tema. Había puesto, antes, un ejemplo que sustenta su posición: mientras que una refinería moderna y eficiente tiene una tasa de retorno, sobre la inversión realizada, de 12% aproximadamente, extraer un barril de petróleo en México cuesta diez dólares y hoy se vende en 120 dólares. Los recursos de Pemex, por lo tanto, deben canalizarse hacia la exploración y la explotación, más que a la refinación. En cuanto a la consulta popular, simplemente la colocó en contexto: la ley determina cómo se procesan las iniciativas de reforma: a través del Congreso. Pero se dio tiempo, incluso, para tender un puente a Marcelo Ebrard: sin nombrarlo, le reiteró, su respeto y voluntad para trabajar juntos en todos los temas que atañen a la ciudad, desde la seguridad hasta el agua. Un puente que muy probablemente sabe que el jefe de Gobierno del DF no está dispuesto a cruzar… por el momento. Un puente, a su vez, que sí han cruzado, y han utilizado mucho y bien para su causa, en este recorrido, los gobernadores Enrique Peña Nieto y Juan Sabines, quienes, en los encuentros políticos y empresariales, han hecho suyo, tanto como José Guadalupe Osuna, contactos para invertir a futuro en los dos ámbitos: la política y las inversiones.

La forma es fondo y esa historia marca esta visita. No se trata de protocolo y calidez: de lo que hablamos es de una alianza “estratégica y preferencial”.

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