septiembre 22, 2008

El diablo

Pedro Ferriz
El búho no ha muerto
Excélsior

La oscuridad llega con la insensatez… No existe nada que me pueda explicar, cómo un grupo decide salir una noche a matar familias en una fiesta nacional. Imagino la escena previa. “Vamos a la plaza a gritar vivas a nuestra patria” —habrá dicho el papá—. “Órale vieja… nuestros hijos deben saber qué es México… y el porqué de este jolgorio”. Compraron sus globos. “La chiquita” seguro no olvidó llevar a su muñeca, para que también viera tanto color. Oliera todos los aromas que despide nuestra comida favorita. Ilusionaba sentarse en una de esas mesitas que “se ponen” afuera de las casas. No faltaría el caldo, el taco, el elote o la tostada. No faltaría el dulce, la capirotada. Pa’ todos alcanza. Siempre hay una silla. Siempre hay un lugar para vernos todos a la cara. Siempre sale el chiste… y la risotada. Siempre el cariño y la regañada. ¡Siempre! Los grandes, pendientes de que los chamacos se fijen en todo lo que les rodea. Son cosas nuevas, pero conocidas. Costumbres de un pueblo, que a fuerza de repetir sus tradiciones, acaso riega la plantita de lo que es la patria. Es un pueblo que se asegura, que cuando los viejos se vayan, vengan otros para repetir la escena. Querer a México es vivirlo. Sentir en las venas alegres tonadas. Focos que lastiman, pero que calientan la carne de puerco. Vitrinas de grasa. Sabor de la masa. Salsa martajada que acomoda todo. Como si nada existiera, sin su complemento. México y su fiesta, su historia. Esas campanadas que enchinan la piel. La bandera ondeando. El himno. ¡Los vivas! ¡Por todos los héroes que nos dieron patria!

Esa es mi tierra, mi gente… mis cosas. No sé si haya pueblos que tengan su fiesta. Con los mismos cohetes y mismas tonadas. No sé si haya pueblos lindos como el mío. ¡Pero cómo quiero lo que me hace vivo! Este suelo y cielo. Esas sus cañadas. Sus ríos, sus playas. Su gente y sus sueños. Eso era México antes de las 11. Eso era mi patria. Hombres y mujeres. Viejos y chamacos. Hasta el policía parecía gozarlo… Antes de las 11 y las campanadas.

Luego todo cambió… El diablo salió a las calles. La idea era muy clara. “Voy por la venganza” se pudo escuchar. “No importa en qué pare, con tal de matar”. “¿A quién?… ¡a quien sea!” el diablo espetó. “Que al cabo que nadie me puede encontrar”. “Voy de mexicano, como los demás” Solo que distinto, aunque no lo sepan. El diablo es así. Diferente a todos. Es como un garbanzo quemado entre todos. Aunque por momentos nos parezca igual.

Fueron dos segundos. ¡No más! …A volar muñecas, globitos y más. Toda la familia que contenta estaba, no podía entender lo que le pasaba. Una pesadilla. No es cierto, no pasa. ¿“Qué es todo este estruendo”? “Seguro son cohetes”. Murió mi hermanito. También mi mamá. Logró con su cuerpo taparme y ¡ya está! Los ojos de mi padre salían de su cara. No podía creer lo que nos volcaba. El diablo llegó sin ser invitado. No sé cuántos años, que esto no pasaba. Me retumba el alma, no puedo creerlo. Fueron dos segundos y todo cambió. Ya no tengo a nadie. Mi familia es nada. Ya acabo la fiesta. Resultó celada. ¡Pobre de mí! Vine a ver la luz y acabé en las sombras. Hoy mi Patria sufre. El diablo la acosa. El diablo ha llegado en diversas formas. Llegó disfrazado de mi misma gente. No puedo creer que sean mexicanos. Es la voz del diablo que en su risotada, no sabe que reta a un pueblo que ama y sabe pelear. Pelear contra el diablo para rescatar, el alma de una niña que no entiende nada. Es lo que nos toca. Rescatar la patria.

No tengo duda de que Dios creó al mundo. Nos dejó las formas de que seamos libres. Y en plena libertad, hemos decidido echar al diablo en 69 días.

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