noviembre 06, 2008

El fenómeno Iván

Joaquín López-Dóriga
lopezdoriga@milenio.com
En privado
Milenio

Algún día contaré mi historia sin mí. Florestán

Nunca pensé que en el actual clima de crispación y enfrentamiento, en el escepticismo en el que nadie cree en los políticos ni en las ideologías, ni en la economía ni en el mercado ni en el socialismo y, como dijo el mismo presidente Calderón al referirse a los jóvenes, "y muchos ni en Dios", la muerte de un funcionario público pudiera causar la consternación social que ha provocado la trágica desaparición de Juan Camilo Mouriño.

El joven secretario de Gobernación no cruzaba por su mejor momento público, al contrario: lo habían hecho pedazos con el caso de los contratos de Pemex, cuyo tráfico siempre negó; de la autenticidad de su ciudadanía, de la de su mamá; luego el caso de su padre, las descalificaciones a su papel como titular de la Segob y hasta se dudaba de su cercanía, nunca afectada, con el presidente Calderón, poniéndole plazos de salida y nuevos destinos, en el afán opositor de deshacerse de él.

Iván, como le decía su padre, como le llamaba con afecto entrañable el mismo Felipe Calderón, provocaba la violencia de sus enemigos políticos y la admiración de los suyos, sobre los que ejercía una extraña atracción.

La última vez que lo vi fue durante la comida que el presidente Calderón y Margarita, su esposa, ofrecieron a los príncipes de España en el Castillo de Chapultepec, donde quedamos como siempre, en el siempre pospuesto encuentro.

El fin de semana anterior tenía una llamada suya por el radio telefónico, que contesté diciendo que yo me había equivocado, adelantando que quien se había equivocado al marcarme había sido él.

Este martes por la tarde, en Washington, cuando había iniciado la transmisión especial prevista con motivo de las elecciones en Estados Unidos, me enteré de su muerte al caer el avión de la Secretaría de Gobernación en el que regresaba a México de una visita a San Luis Potosí.

La primera información: una avioneta había caído en la Fuente de Petróleos –no puede ser avioneta, pensé, porque por ahí no vuelan. Luego que había sido un avión privado –y me dije que tampoco, pues al aeropuerto de la Ciudad de México sólo llegan los oficiales. Después que era el de Gobernación, más tarde que en él viajaba Juan Camilo y finalmente que había muerto en el accidente, con otras siete personas más.

Por la noche, un desvastado Presidente confirmaba los fallecimientos y su compromiso de determinar las causas del accidente, colocándose como el primer interesado en conocer qué provocó la tragedia y muerte de quien fue su amigo, colaborador, inspiración y proyecto; si fue un accidente o no.

Y ayer recibí una carta que empezaba diciendo "Estimado Joaquín" y terminaba con "un fuerte abrazo" y la firma de Juan Camilo Mouriño.

Cosas del destino, de la vida, pero también de la muerte.

Nos vemos mañana, pero en privado.

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