noviembre 06, 2008

La dimensión personal, política, de la tragedia

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Robert Kennedy, destrozado por el dolor de la muerte de su hermano, el presidente John Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, atenazado por la convicción de que había sido asesinado como consecuencia de una conspiración, pero convencido de que ni el país ni él mismo podían aventurar esa hipótesis en público, por lo menos no en esos días y esos años, se tomó unos días en la isla de Antigua, para leer, encerrado en una cabaña, el libro El camino de los griegos. Encontró especial consuelo, dicen sus biógrafos, en una frase de Esquilo, el dramaturgo y héroe de Maratón: “Aquel que aprende —escribió Esquilo y leyó Kennedy—, debe sufrir. E incluso en nuestro sueño, el dolor que no puede olvidar cae, gota a gota, sobre el corazón y en nuestra propia desesperación, y en contra de nuestra voluntad, llega la sabiduría hasta nosotros por la terrible gracia de Dios”.

Los hechos ocurridos en la tarde del martes 4 de noviembre deben poner al presidente Calderón en una tesitura similar. La muerte de Juan Camilo Mouriño, de José Luis Santiago Vasconcelos, de Miguel Monterrubio y de otros colaboradores del secretario de Gobernación, no sólo constituye una tragedia personal, humana, sino también política. Para aprender, se debe sufrir, decía Esquilo, pero a veces las lecciones son demasiado dolorosas. Y si, antes de estos hechos, el presidente Calderón estaba en la encrucijada de tener que definir cambios profundos en su gobierno, hoy son las circunstancias, trágicas, las que lo obligan a ello.

Juan Camilo Mouriño era, sin duda y por encima de vicisitudes políticas, uno de sus mejores amigos y de sus más cercanos colaboradores. La pérdida es tan personal como política. En los últimos días se había especulado con la posibilidad de que Juan Camilo dejara Gobernación para buscar, ya fuera la gubernatura de Campeche o una diputación federal. El mismo Juan Camilo lo había desmentido en encuentros privados y, esta misma semana, hablando con uno de sus colaboradores de mayor confianza, me decía que, en realidad, Mouriño quería continuar en Gobernación porque consideraba que, aprobada la reforma energética, ahora sí tenía un triunfo político que entregarle al Presidente. Era también Mouriño, en parte por atavismos estúpidos, por chovinismos antediluvianos, objeto de una persecución política implacable de alguno de sus enemigos. Y en esa persecución había cometido errores políticos de los que, según decía en sus últimos días, quería resarcirse con su amigo el Presidente. No tuvo tiempo, no tuvo espacio, se cruzó el destino que segó su vida. Podría o no haber continuado en Gobernación, pero de lo que no cabe duda es de que, desde allí o desde otra posición, era una pieza personal, un amigo no sacrificable, del presidente Calderón. Pero también uno de los exponentes de la nueva clase política, de la nueva generación que tiene que construir desde el presente nuestro futuro.

José Luis Santiago Vasconcelos era un funcionario público ejemplar y, además, un amigo. En lo personal no me cabe duda de que, como no puede ser de otra manera en una carrera de dos décadas dedicada al área más delicada, más peligrosa, de la seguridad pública y la nacional, de que en ello tuvo grandes aciertos y también errores. Pero no me cabe duda tampoco de su honestidad y entrega. Santiago Vasconcelos sentía que esa responsabilidad institucional que asumía era una suerte de misión que tenía en la vida y estaba entregado a ella. Sufrió innumerables amenazas, atentados (algunos, públicos, otros que quedaron en el registro privado) y asumió una de las decisiones más delicadas (probablemente la que constituye hasta hoy el mayor golpe real al narcotráfico): la extradición a Estados Unidos de prácticamente todos los capos de la droga que estaban en condiciones legales de ser enviados al país del norte. Tenía muchos enemigos pero contaba con la confianza, forjada en un trabajo de años, de áreas de seguridad, del Ejército Mexicano y de los principales servicios de información e inteligencia de varios países, entre ellos Estados Unidos. Como aquí dijimos, no sólo no estuvo involucrado en los hechos de infiltración que se divulgaron en la SIEDO en semanas pasadas, sino fue una figura clave en las investigaciones sobre lo sucedido. Y, por eso, el presidente Calderón lo colocó en una posición estratégica para coordinar las reformas jurídicas y de seguridad. Hemos perdido a uno de los hombres clave en la lucha contra el crimen organizado. Y a un amigo.

Miguel Monterrubio debería estar disfrutando enormemente lo que ocurría en Washington, el tono de la campaña electoral y el triunfo de Barack Obama. Había hecho buena parte de su carrera como comunicador en la embajada de México en Estados Unidos y fue uno de los colaboradores más talentosos, más cultos y mejor informados de las áreas de comunicación del gobierno de Calderón. Era un hombre joven, con un enorme futuro personal y profesional. Una pérdida, una vez más, no sólo de un gobierno, sino de una generación política.

Ya habrá posibilidad y espacios para la investigación a fondo, puntual, con datos duros, de lo sucedido. La pérdida política y personal es para muchos irreparable. La tragedia se dio, en forma simultánea, en uno de los momentos más significativos de la historia contemporánea, en una tarde que tendría que haber sido, y en buena parte del mundo lo fue, de fiesta: el triunfo de Barack Obama. Fue la victoria de la lealtad consigo mismo, del esfuerzo, el tesón, de una generación que finalmente llegaba al poder, mientras en nuestro México sufría golpes desgarradores. Queda, con todo, una lección: 40 años después de los asesinatos de Martin Luther King y de Robert Kennedy, aquel lector que buscaba consuelo en Esquilo, verdaderos inspiradores de Obama, el pasado pudo ser vencido por el voto, la gente, el compromiso y no por la venganza. Ojalá no nos tardemos tanto.

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