diciembre 30, 2008

Bicentenario de una indigestión

Luis Miguel Martínez Anzures
lmmtz@prodigy.net.mx
Doctor en Administración Pública y Maestro de Posgrado de la FCPS-UNAM.
Iconoclastia
La Crónica de Hoy

Historia de dos colonias. Una nación colonial coloniza a un continente colonial. Vendamos mercancía a los españoles para obtener oro y plata, ordenó Luis XVI, en clara referencia a que lo importante era la producción no los territorios de ultramar; Gracián exclamó en El Criticón: España es de las Indias de Francia. Pero también pudo haber dicho: España es las Indias de Europa. Y la América española fue la colonia de una colonia posando como un imperio.

Lo que se observó en la Corona, durante todo el periodo de colonización y ocupación, fue la exportación de lana, importación de textiles y fuga de metales preciosos. Todo ello fue enviado al norte de Europa con el objeto de compensar el déficit de la balanza de pagos ibérica, y fin de importar los lujos del Oriente para la aristocracia ibérica, pagar las cruzadas contrarreformistas y los monumentos mortificados de Felipe II y sus sucesores, los defensores de la fe. En su “Memorial” de la política necesaria, escrito en 1600, el economista González de Celorio, citado por John Elliot en su España Imperial, dice que si en España no hay dinero, ni oro ni plata, es porque los hay; y si España no es rica, es porque lo es. Sobre España, concluye Celorio, es posible, de esta manera, decir dos cosas contradictorias y ciertas a la vez.

La enfermedad del centro se extendió a la periferia y desafortunadamente las colonias no escaparon a la ironía de Celorio. Después de casi dos siglos de ocupación peninsular, la tradición heredada del Imperio español no fue otra sino un patrimonialismo desaforado, a escala gigantesca, en virtud del cual las riquezas dinásticas de España crecieron desorbitadamente, pero no la riqueza de los españoles.

Si Inglaterra, como indican los Stein, eliminó todo lo que restringía el desarrollo económico —privilegios de clase, reales o corporativos; monopolios; prohibiciones—, España los multiplicó. El imperio americano de los Asturias fue concebido como una serie de reinos añadidos a la corona de Castilla. Los demás reinos españoles estaban legalmente incapacitados para participar directamente en la explotación y la administración del Nuevo Mundo.

América fue el patrimonio personal del rey de Castilla, como lo fue Comala de Pedro Páramo, el Guarari de los Ardavines y Limón en Zacatecas del cacique don Mónico.

A pesar de las grandes riquezas obtenidas en las Indias, España no creció, creció el patrimonio real. Pese al dinero, oro, plata, mano de obra y materia prima, España no produjo ningún crecimiento. Todo lo obtenido se usó para financiar una corte parasitaria e inútil, en donde lo único que aumentó fueron la aristocracia, la Iglesia y la burocracia. El número de dependientes se acrecentó tanto que llegó al grado en que en 1650 había 400,000 edictos relativos al Nuevo Mundo en vigor. La militancia castrense y eclesiástica pasa, sin solución de continuidad, de la reconquista española a la conquista y colonización americanas; en la península permanece una aristocracia floja, una burocracia centralizadora y un ejército de pícaros, rateros y mendigos.

Hernán Cortés está en México y es miembro de una generación que representa a un tiempo distinto; Cortés es el hombre nuevo de la clase media extremeña, hermano activo de Nicolás Maquiavelo y de su política para la conquista, para la novedad, para el príncipe que se hace a sí mismo y no hereda nada. Pero es derrotado por el imperium de los Habsburgo españoles, el absolutismo impuesto a España primero por la derrota de la revolución comunera en 1521, y en una segunda ocasión por la derrota de la reforma católica en el Concilio de Trento de 1545 a 1563.

La América Española debe aceptar lo que la modernidad europea juzga intolerable: el privilegio como norma, la Iglesia militante, el oropel insolente y el uso privado de los poderes y recursos públicos.

Tomó a España ochenta años ocupar su imperio americano y dos siglos establecer la economía colonial sobre tres columnas, nos dicen Bárbara y Stanley Stein: los centros mineros de México y Perú: los centros agrícolas y ganaderos en la periferia de la minería; y el sistema comercial orientado a la exportación de metales a España para pagar las importaciones del resto de Europa.

La minería pagó los costos administrativos del Imperio pero también protagonizó el genocidio colonial, la muerte de la población que entre 1492 y 1550 descendió, en México y el Caribe, de 25 millones a un millón y en las regiones andinas, entre 1530 y 1750, de seis millones a medio millón. En medio de este desastre demográfico, la columna central del Imperio, la minería, potenció la catástrofe, la castigó y la prolongó mediante una forma de esclavismo, el trabajo forzado, la mita, acaso la forma más brutal de una colonización que primero destruyó la agricultura indígena y luego mandó a los desposeídos a los campos de concentración mineros porque no podían pagar sus deudas.

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