diciembre 17, 2008

Estamos metidos en un pozo

Mauricio Merino
Profesor investigador del CIDE
El Universal

México está metido en un pozo y no estamos encontrando salidas. En el mejor de los casos, nos hemos especializado en describir los detalles del pozo. Como personajes de una novela de Murakami, cada día vamos cobrando mayor conciencia de ese lugar oscuro y profundo, y cada vez nos resulta más familiar. Pero estamos siendo incapaces de imaginar cómo podríamos salir de él. Apenas ayer, un estudiante a quien aprecio sinceramente, me dijo: “lo mejor que podemos hacer, es esperar a que todo esto termine”.

¿Pero cómo podría terminar, si no tenemos siquiera una idea, una intuición, para comenzar a salir del pozo? El gobierno federal está muy ocupado en la guerra contra las bandas del narcotráfico y el crimen organizado, y ha decidido leer el mundo que le rodea en clave de campo de batalla. Todas las acciones que emprende acaban vinculadas con la obsesión de vencer a esos enemigos, quienes, sin embargo, ahora tendrán de su lado al magnífico aliado de la crisis y la desesperación que traerá el desempleo y la pérdida del ingreso. Y en las fronteras, una nueva amenaza: el llamado de Guatemala a integrar una fuerza multinacional para combatir a los malos, y el reconocimiento oficial del gobierno de Estados Unidos sobre el peligro que entrañan las bandas organizadas de México.

Caímos en este pozo mientras estábamos imaginando la construcción de la democracia. Pero nos distrajimos y esa construcción se fue convirtiendo en una larga secuencia de pérdidas de los espacios públicos donde convivimos. Viene a cuento que a finales del mes de noviembre, la Universidad Veracruzana dedicó su tradicional Simposio de Otoño, convocado por Enrique Florescano, a preguntarse: ¿Qué tan público es el espacio público en México? Tras dos días de deliberaciones sin desperdicio, todos los ponentes llegaron a una conclusión similar: casi todos los espacios públicos del país se han convertido en lugares privados, excluyentes y oscuros. Perdieron los atributos que Nora Rabotnikof ha sintetizado con lucidez: lo público como lo que es común; lo público como lo que es conocido; lo público como lo que es accesible.

La expresión más dramática de esas pérdidas es la violencia orquestada por el crimen organizado. Pero no es la única y quizás ni siquiera sea la causa de las demás, sino su consecuencia. Antes perdimos a las instituciones públicas, de las que se apropiaron los grupos que iban llegando al poder. Los puestos públicos y las decisiones tomadas desde esos lugares, incluyendo el destino de los dineros públicos, se tomaron de plano como cosa privada. La alternancia de Fox no cambió esa dinámica, sino que la profundizó. Perdimos también los espacios abiertos para la deliberación pública: la televisión y la radio son empresas privadas y excluyentes, en todos sentidos. Perdimos el control sobre los partidos y la dinámica de la representación pública: perdimos al IFE y los órganos electorales de los estados, que ahora son territorio de los partidos. Y fuimos perdiendo la fuerza de la regulación del Estado sobre los oligopolios privados, sobre los bancos, sobre las grandes empresas. Y al final, perdimos también el monopolio de la coacción física. Caímos, en definitiva, en el pozo en el que estamos metidos.

Mi amigo estudiante está equivocado: no debemos sentarnos a esperar a que todo esto termine, porque es posible que no termine jamás. Necesitamos una escalera para salir del pozo: una ética del espacio público, para volver a convivir gozando, al menos, del aire libre.

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