enero 20, 2008

"Un extraño enemigo" por Calderón

“Navegar a contracorriente”

Ivonne Melgar
Retrovisor
www.exonline.com.mx
19-Ene-2008

No nos hagamos: la llegada de Juan Camilo Mouriño a la Secretaría de Gobernación ha jalado la cobija del poder. Unos sienten más frío que otros, pero el movimiento presidencial ha sido como un brusco cambio de clima. Algunos andaban sin paraguas, y ahora les llueve. Otros iban con lente oscuro, y tendrán que dar la cara. Acaso hubo quienes seguían como en verano y el giro los lleva al abrigo. Porque el jaloneo de la cobija se deja sentir en el gabinete, en las bancadas y pasa por las dirigencias del PAN y retumba en las del PRI y del PRD.

A partir del miércoles, cuando los hilos del cabildeo pasaron de la sombra de Los Pinos al renovado staff holliwoodense de Bucareli, la mudanza hizo eco en los gobernadores: el deshielo alcanzó las pistas de Marcelo Ebrard y congeló la sonrisa de “aquí no pasa nada” de Enrique Peña Nieto. El viento de la jaloneada cobija llegó a los poderes de facto, a los empresarios, los concesionarios de los medios, los líderes sindicales, religiosos y de opinión, a las estrellas ciudadanas. Porque los encargos presidenciales a Mouriño incluyen a todos los sectores de peso y contrapeso y porque su designación materializa una forma de ejercer el todavía mayor de los poderes, el de Los Pinos.

Me abstengo de jugarle a la pitonisa y augurar que este es el inicio de casi el paraíso del calderonismo o la tumba de un Presidente que confía en sus amigos. Me atengo a la pregunta más cara de los reporteros: ¿Por qué? Porque a Felipe Calderón le importa la crítica y rectifica. Pero a diferencia de su antecesor, no entrega cabezas en charola de plata ni a la menor provocación. Porque en Los Pinos caló la evaluación del primer año: un gabinete gris, desconocido, irrelevante. Caló la excepción de Josefina Vázquez Mota en la SEP, a pesar de Elba Esther Gordillo. Y caló profundo el contraste: el alter ego del Presidente no existía para el gran público. Sin embargo, el golpeteo del pequeño círculo de los informados, de los politizados, de los que hacen ruido, iba en ascenso. Un dato: a raíz de una petición interesada, el Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI) le ordenó a Calderón algo que en buen castellano daba al traste con la operación sigilosa y ajena al escrutinio que venía realizando Juan Camilo: difundir su agenda.

Todo eso contó en la decisión de concretar la salida de Francisco Ramírez Acuña, susurrada en los corrillos gubernamentales desde mediados de 2007. Contó porque Calderón y Mouriño llegaron a diciembre con un escaneo panorámico y microscópico de sus interlocutores parlamentarios. Intercambiaron pepitas de oro por espejitos, con Manlio Fabio Beltrones y con el perredismo. Pero no fueron chamaqueados. El Presidente y su flamante titular de la Segob calcularon los costos. Pagarían la factura de sacar del aire los spots con sus imágenes y la de darle cuello a los consejeros del IFE, pero en recompensa romperían la parálisis legislativa. Y eso abonaría a favor de algo que pesa mucho en el estilo calderonista: empujar la percepción de que hay Presidente.

Y esa es parte de la causa del cambio. Claro que hubo un tiempo en el que Mouriño no tenía necesidad de salir a la intemperie, hasta que el protagonismo parlamentario comenzó a colgarse las medallas de las reformas y los acuerdos, las de la mano que mece la cuna. Frente a esa preponderancia que daba paso a la imagen de un gobernante al margen, casi rehén de los enjuagues en el Congreso, es que se opta por salir al balcón. Dejó de ser rentable el silencio y la opacidad. Ahora hay que rendir cuentas, cacarear, entusiasmar, dar el debate energético y restarle golpes a Calderón. Así pasa en la China sin democracia, en el Chile socialdemócrata con granaderos en las calles, en la Bolivia bolivariana con crisis de gabinete, en la institucionalizada alternancia de España. Los jefes del Ejecutivo siempre quieren más y más espacio para que ese poder ejecute más y más.

¿Qué es entonces lo que aquí sorprende? Ahora sí voy a jugarle al adivinador. Quizá, la franca jugada presidencial de que él va con los suyos. Eso desata envidia, sentimiento de exclusión, de susto entre quienes saben de la fuerza que alcanzan los grupos cerrados y compactos: sus integrantes se leen la mirada, ríen de sus chistes locales, se la creen. Por eso la jactancia del miércoles en Acapulco, al caracterizar a su equipo: “A nosotros nos acomoda bien y nos gusta y nos agudiza el desempeño, el trabajar en un escenario bajo presión, es decir, estamos hechos a la adversidad. Yo, en lo personal, me he especializado en navegar contracorriente (…) A mí, esto del escenario preocupante del 2008 realmente hasta me emociona un poquito y me asegura que vamos a salir extraordinariamente bien”, dijo Calderón.

Y se refirió a los velocistas que, en condiciones de tensión, pierden la paciencia y la habilidad, mientras otros agudizan el instinto para salir adelante. Imposible no pensar en lo que horas atrás había dicho Ana Guevara. ¿Por qué no la lloran y por qué filtran que quería el puesto de Carlos Hermosillo?, me pregunta una amiga. Porque ese es el estilo de gobernar y ahí sí luce el cambio generacional. Los calderonistas no se enredan en el cuento de los buenos, los malos y las mártires de la libertad de expresión ni sucumben al chantaje de los profesionales de la grilla ni de los políticamente correctos. Operan con los interlocutores de los diversos poderes, para desactivar riesgos y punto. Tienen menos de 40 años, no son hijos del lamento sesentayochero ni ahijados de los mitos cardenistas.

(Por cierto, al respecto, suena sugerente la oferta que Álvaro Colom, 57 años, hizo el lunes al asumir la presidencia en Guatemala: “Quiero hacer un compromiso para aquellos que tienen menos de 40 años, para aquellos que no vivieron la tragedia de los sesentas y los setentas. Dejen a mi generación, dejen a mi gobierno llevar el luto de esa tragedia, que queremos voltear la página. Yo le pido a mi generación que no pasemos ni el hígado ni el prejuicio que nos tocó vivir”).

Los calderonistas no se sienten en deuda con nadie. Son pragmáticos y por eso recurren al eufemismo como ése de “aceptar la renuncia” de Beatriz Zavala y Ramírez Acuña. Les importa el resultado y no la bendición de las reencarnaciones de la madre Teresa. ¿Eso es bueno? Difícil responder. De ese cambio generacional celebro por ahora el arrojo y la distancia con el dogma y con batallas idas; asimismo, extraño la amabilidad, el gusto por el verbo bien pronunciado y la feminización de la política que los de atrás tomaron, así fuera por corrección política, porque en este club no hay lugar para la pequeña Lulú.