febrero 20, 2008

Y después de Castro… ¿qué?

Leo Zuckermann
exonline.com.mx

“Y después de Franco… ¿qué?”, se preguntaban los españoles a principios de los setenta cuando era evidente el deterioro físico del dictador. Para sus seguidores, el reto era la permanencia del franquismo sin Franco. Ya en julio de 1969 se había anunciado que el príncipe Juan Carlos de Borbón sería el sucesor del “Caudillo de España por la gracia de Dios” en la jefatura del Estado. Sin embargo, se entendía que esta posición sería decorativa y que el verdadero poder lo tendría el sucesor del dictador en el gobierno y el ejército. Todo indicaba que sería el almirante Luis Carrero Blanco, vicepresidente de gobierno, hombre de todas las confianzas de Franco.

Sin embargo, en diciembre de 1973, un comando de la ETA asesinó a Carrero Blanco lo cual fue un duro golpe al franquismo. A pesar de ello, el dictador, en una frase que hizo historia, aseguró que dejaría “todo atado y bien atado”. Su apuesta era la de una España monárquica y franquista. El 20 de noviembre de 1975 falleció Franco. Dos días después, Juan Carlos fue investido como rey de España. Pero el monarca se salió del guión establecido demostrando su compromiso por instituir una monarquía parlamentaria. El rey se convirtió en factor clave para la transición a la democracia. En menos de una década, España efectivamente transitaría a un régimen democrático muy exitoso. Mejor desenlace no pudo haber a la dictadura franquista.

A finales de la primera década del siglo XX muchos mexicanos se hacían la pregunta de qué pasaría con México a la muerte de Porfirio Díaz. En 1908, el periodista estadunidense James Creelman entrevistó al dictador quien dijo: “Es un error suponer que el porvenir de la democracia de México se haya puesto en peligro por la continua y larga permanencia de un Presidente en el poder. Por mí, puedo decirlo con toda sinceridad, el ya largo periodo de la Presidencia no ha corrompido mis ideales políticos, sino antes bien, he logrado convencerme más y más de que la democracia es el único principio de gobierno, justo y verdadero; aunque en la práctica es sólo posible para los pueblos ya desarrollados”. El presidente luego soltó una bomba: “He esperado con paciencia el día en que la República de México esté preparada para escoger y cambiar sus gobernantes en cada periodo, sin peligro de guerras, ni daño al crédito y al progreso nacionales. Creo que ese día ha llegado”.

El dictador fue enfático: “No importa lo que digan mis amigos y partidarios, me retiraré cuando termine el presente periodo y no volveré a gobernar. Para entonces, tendré ya ochenta años”. A continuación dio la bienvenida a “cualquier partido oposicionista”. Las declaraciones de Díaz desataron una euforia de cara a las elecciones de 1910. Sin embargo, el general, dictador al fin y al cabo, incumplió su palabra y se presentó a la reelección. Esto desató una crisis política que desembocaría en una cruenta Revolución, la cual dejó cientos de miles de muertos. Peor desenlace no pudo haber a la dictadura porfirista.

En julio de 2006, Fidel Castro cedió las principales responsabilidades de gobierno a su hermano Raúl debido a una enfermedad intestinal. Ayer, el dictador cubano anunció que no aspirará ni aceptará “el cargo de presidente del Consejo de Estado y comandante en jefe”. Sin embargo, aun disminuido, Castro sigue vivo. No será el presidente pero ahí estará el líder indiscutible de la revolución. Como buen tirano que es, mientras viva, seguirá influyendo en las decisiones. Y es que los dictadores no pueden dejar el poder hasta que se mueren, como Franco, o son enviados al exilio, como Díaz.

El anuncio de ayer revivió la pregunta “Y después de Castro… ¿qué?” ¿Habrá dejado “todo atado y bien atado”? ¿Cuál será el desenlace de la Cuba poscastrista? ¿Tan bueno como en España o tan malo como en México? Esta historia apenas comienza.