mayo 18, 2008

Enroque moscovita

Jean Meyer
jean.meyer@cide.edu
Profesor investigador del CIDE
El Universal

Una vez más la actualidad nos rebasa; un ciclón destroza al pueblo birmano oprimido por una cruel dictadura militar que no deja entrar la ayuda internacional e impone un referéndum entre escombros y cadáveres, un poderoso sismo golpea a la provincia de Sichun en China, una vez más arde Beirut, mientras que los guerreros de Chad y Sudán se las arreglan para hacer sufrir todavía más a la gente de Darfur, y los vecinos de Eritrea y Dzhibuti se preparan a la guerra, de la misma manera que rusos y georgianos, por el pequeño territorio de Abjasia. A propósito de Rusia, cuando la semana pasada escribía mi artículo sobre las pobres muchachas de los reformatorios rusos, lo hacía adrede para no hablar de los acontecimientos del momento en dicho país, a saber el gran enroque realizado por Vladimir Vladimirovich (Putin) entre la torre de la Presidencia y la del Primer Ministerio.

A una semana de distancia lo puedo hacer, sin olvidar los sufrimientos y las miserias que disimulan los fastos del Kremlin y que evoqué anteriormente. El día 7 de mayo, el primer ministro de Putin y ex dirigente del gigante Gazprom, el señor Dmitri Medvédev ocupó la presidencia de la Federación de Rusia, a la cual ha sido electo por el pueblo, tan pronto como el presidente Putin lo designó como su delfín. La toma de posesión tuvo lugar en el salón San Andrés —Andrés es el santo patrón de Rusia— del Kremlin, lugar de la coronación de los tres últimos zares. Es de notar que el primero en entrar en esa hermosa sala no fue D. Medvédev, sino Vladimir Putin, y quien pronunció el primer discurso fue Vladimir Putin también. Luego el nuevo presidente caminó hacia la catedral de la Anunciación, en el recinto del Kremlin, para recibir, en compañía de su esposa, la bendición del patriarca de la Iglesia ortodoxa de Rusia, Alexei II. ¡Qué dirían nuestros buenos anticlericales!

Al día siguiente, el jueves 8 de mayo, Putin, designado primer ministro por el ahora presidente, su primer ministro todavía dos días antes, se presentó a la Duma para ser ratificado por un voto masivo, con la sola excepción de la abstención del Partido Comunista. Finalmente, el viernes 9 de mayo Medvédev y Putin (¿Putin y Medvédev?) presidieron el grandioso desfile militar conmemorativo del fin de la Segunda Guerra Mundial, de la toma de Berlín por el glorioso Ejército soviético, un desfile que no fue sólo conmemoración sino también demostración de fuerza militar, por primera vez desde la caída de la Unión Soviética. A buen entendedor, pocas palabras.

Todo el mundo se pregunta cómo funcionará el binomio presidente/primer ministro después del enroque ideado por Vladimir Vladimirovich. Es difícil saberlo. Por lo pronto el ex presidente, antes de transformarse en PM, tomó muchas precauciones estratégicas, en un intento de concentrar el poder en su persona. Una semana antes del enroque, amplió por decreto (presidencial) las funciones del cargo (suyo pronto) de primer ministro, de manera a controlar a los gobernadores provinciales, los cuales habían dejado de ser electos hace tiempo, por decisión de Putin. Lo bonito, con una pizca de humor, es que Putin modificó su propio decreto de 2007 que obligaba a los gobernadores a presentar un informe anual al presidente: ahora lo presentarán al primer ministro. Como si al todavía presidente Putin le pareciera insuficiente el control que había tomado poco antes sobre el partido Rusia Unida, que tiene la mayoría absoluta en la Duma, una mayoría tan grande que puede reformar la Constitución; ese partido, del cual el presidente no era miembro, había escogido por unanimidad, menos un voto, a Vladimir Vladimirovich como su presidente. ¿Qué más? El presidente Putin fortaleció los departamentos de prensa y protocolo del primer ministro de tal manera que podrán rivalizar en importancia con los del presidente… ¿Será suficiente para que Dmitri Medvédev no pueda, algún día, caer en la tentación de ejercer la prerrogativa que le permite destituir a su primer ministro sin más?

Ahora bien, ¿cuál es la herencia que deja el presidente Putin, el hombre que vuelve a ocupar el puesto de PM que le había confiado Boris Yeltsin a fines de 1999? “Por lo menos, los trenes ahora llegan a tiempo”; eso decían los italianos cuando uno les preguntaba qué opinaban de su Duce, Benito Mussolini, en los años fastos del fascismo. Se podría decir lo mismo de la Rusia del zar Vladimir, el hombre fuerte que redujo la democracia incipiente al estado de fachada que mal disimula un régimen bastante autoritario, para no decir más. Entre 1999 y 2007 los derechos cívicos y políticos han sido reducidos a su más sencilla expresión: existe una medida internacional que va de 1 a 7. La cifra 1 corresponde a los países realmente libres y el 7 corresponde a los países sin libertades, a Birmania, por ejemplo. Cuando Boris Yeltsin se fue, dejaba a su país en el nivel 4 (lo había recibido en 1991 en el nivel 3). Hoy en día Rusia ha bajado al nivel 6.

Dicen algunos o muchos que este era el precio que había que pagar para restablecer el orden, reconstruir el Estado y la economía, después del derrumbe final de la URSS. Y devolver a Rusia su estatuto de gran potencia, claro. Putin presume de haber sacado al país del caos y de la ruina y de haber puesto fin a la guerra de Chechenia. Sí, pero ¡a qué precio! Y sin resolver los graves problemas estructurales de Rusia que empiezan con su lamentable estado demográfico y sanitario, algo que, ciertamente, rebasa las posibilidades a corto plazo de cualquier gobierno. El éxito es aparente y no compensa los fracasos.

Sólo la homosexualidad se estudia

Luis González de Alba
Se descubrió que...
Milenio

El término “homosexual” es reciente: fue acuñado en 1869 por Karl Maria Kertbeny a partir de “homos”, palabra griega para “igual” como en homogéneo (de estructura uniforme), homocigoto (del mismo óvulo), homónimo (de igual nombre), homologar (igualar leyes o normas) y otros.

Durante el siglo XX, los estudiosos de la conducta animal encontraron conducta homosexual en todos los mamíferos y en muchas aves, peces y reptiles. Los orangutanes de Sumatra están entre los últimos en salir del clóset.

Lo extraño, e irritante, de los estudios que en los últimos 150 años se han preguntado por las causas de la homosexualidad, es que ninguno de los investigadores, salvo el siempre grande Sigmund Freud, se pregunte las causas de la heterosexualidad o gusto por el sexo contrario, como si no exigiera también una explicación. Esa búsqueda unilateral ha medicalizado la homosexualidad. Explico esto: durante milenios, los seres humanos vieron en la homosexualidad una conducta, aceptada en algunas sociedades, rechazada en otras. El homosexual no era un tipo humano diverso, de ahí que ni nombre tuviera.

En la tan citada antigüedad clásica, lo que hoy llamamos homosexualidad: sexo entre adultos, tampoco era bien vista, según prueban las muchas burlas “homofóbicas” contra Eurípides en las comedias de Aristófanes: que se arreglaba mucho el cabello, que si se perfumaba, que si era medio afeminado. Lo natural era el amor por los adolescentes.

Los tres grandes monoteísmos condenaron los actos sexuales entre varones como parte de su pelea contra el paganismo. De la narración bíblica acerca de Sodoma, la ciudad pecadora, vino el nombre de “sodomita” que usó la Iglesia cristiana primitiva.

Las iglesias orientales se pelearon con la occidental por la discusión sobre la procedencia del Espíritu Santo, y la Reforma protestante comenzó cuando Roma puso en venta indulgencias que hacían salir más rápido del Purgatorio a las almas cuyos parientes pagaran la edificación de la nueva basílica de San Pedro; pero siguieron de acuerdo en que la sodomía era un pecado abominable.

Cierto, pero el sodomita, como el adúltero, era un pecador, no un tipo humano diverso. A veces había que quemarlos para salvar sus almas, pero el mismo remedio se aplicaba a los primeros químicos, acusados de brujería, y hasta a mujeres particularmente feas o bellas o solitarias o raras.

Luego también fue un delito. La medicina tomó la estafeta de la ley y convirtió la homosexualidad en caso clínico, enfermedad. En 1973, la American Psychiatric Association la borró de su lista de enfermedades mentales, donde iba al parejo que las psicosis.

En los años noventa se publicaron abundantes estudios sobre diferencias cerebrales entre hombres con preferencia sexual por mujeres o por hombres. Ninguno resultó definitivo. Los estudios de gemelos idénticos también apuntaron hacia una posible base genética; pero, una vez más, hubo excepciones: la mayoría de los gemelos tienen la misma orientación sexual, reportaron los estudios estadísticos de Pillard y Bailey. El dato fue confirmado por Dean Hamer y sus estudios en familias.

Pero, y es un gran “pero”: si hay gemelos “idénticos” que no lo sean en su sexualidad, así sean minoría, hay en acción algo más que genes. Si dos gemelos se originan del mismo óvulo y mismo espermatozoide tendrán, con 100 por ciento de certeza, ojos del mismo color. ¿Por qué en su orientación sexual van a mostrar una tendencia y no una certeza del 100 por ciento? La tendencia confirma que algo hay genético; las excepciones, que no.

En 1991, Simon LeVay, neurobiólogo del Instituto Salk en La Jolla, California, publicó el primero de sus discutidos estudios sobre diferencias en el hipotálamo, núcleo cerebral claramente dimórfico: con diferencias entre hombres y mujeres.

La fobia o rechazo al homosexual ha sido poco estudiada. Se da por descontado que es normal. Para comenzar, debemos colocar ese estudio en un contexto evolutivo: somos un animal territorial y rechazamos, por ende, lo que nos resulta ajeno, sea por color, forma o comportamiento. No se trata de justificar el racismo, el patrioterismo ni el odio a la homosexualidad y, en general, a lo diverso (o heterofobia), sino de encontrar sus fuentes para cerrarlas.

Un estudio conducido por Richard Petty de la Ohio State University, hace diez años encontró algo muy sorprendente: la gente con menos prejuicios contra minorías puede ser más crítica de esas minorías:

“La gente con alto nivel de prejuicios ignoró simplemente el contenido en los mensajes de negros y homosexuales”. Ni siquiera se sintonizaron, dice Petty, así que la calidad de los argumentos no influyó. Es irónico que haya sido “gente con bajo nivel de prejuicio la que observó cuando los miembros de una minoría decían algo tonto”. Pero también, porque pusieron atención al mensaje, descubrieron cuando lo dicho era razonable.

Tiene mucho sentido: todos sabemos que es perder el tiempo dar argumentos lo mismo a enamorados del Peje que a defensores de Emilio González. Así como sabemos que, para el prejuicioso, lo más importante es saber si el expositor es homosexual o no.

www.luisgonzalezdealba.com

Estupidicidio

Gerardo Galarza
La estación
exonline.com

Entre 1941 y 1959, en las principales estaciones radiodifusoras de la Cuba prerrevolucionaria y, posteriormente, en muchos países latinoamericanos, entre ellos México y Estados Unidos, se trasmitió una serie que aún conserva su fama: La Tremenda Corte.

Para quien nunca ha escuchado, le cuento que El Tremendo Juez (a quien prestaba su voz Aníbal de Mar) tuvo que condenar una día si y otro también —sólo ganó dos juicios en 254 capítulos originales y eso porque él no fue acusado en ellos, según cuentan los especialistas— a un granuja llamado Tres Patines (Leopoldo Fernández), quien fue acusado de los más inverosímiles y jocosos delitos contenidos en el código penal de aquel incorruptible juez que llegó a autoimponerse alguna multa en varias ocasiones. Fueron muchos esos delirantes delitos, como por ejemplo el gallinacidio (hurto de alguna gallina), el vaquicidio (rifa, organizada por Tres Patines, de una vaca propiedad de Rudecindo o de Nananina), el guaguacidio (delito cometido en una guagua) y así, hasta el infinito.

Bueno, pues ahora en México, especifiquemos que en Coahuila, el Congreso de ese estado libre y soberano está por aprobarse el delito de periodicidio, según ha publicado Excélsior. ¿En qué consiste ese nuevo delito? Pues, no se ría y créalo: castigo de 60 años de cárcel a quien asesine a un periodista, por motivos inherentes a su actividad. Además, por la comisión de ese delito no habrá derecho a la libertad bajo fianza ni otros beneficios procesales.

Los 14 diputados miembros de las comisiones de Gobernación y Justicia del Congreso de Coahuila ya aprobaron por unanimidad el dictamen legislativo correspondiente de la iniciativa para reformar los artículos 67 y 335 del Código Penal estatal, impulsada por el panista José Ignacio Máynez Varela, quien con toda seguridad aspira a ser un prócer de estatua, aunque ésta sea de papel periódico, si el pleno legislativo aprueba su fabulosa ocurrencia.

Déjeme lector decirle que he ejercido el oficio del periodismo por casi 30 años. Lo he hecho por decisión propia, como pude haber sido o al menos intentar ser futbolista, cantante de rock, torero, biólogo, abogado, médico, ingeniero, bombero, panadero o hasta diputado. No ignoro que ser reportero o periodista tiene riesgos, algunos de ellos mayores. Sí, sí, ya se que no son comparables, pero otros oficios y profesiones también implican riesgos.

Nunca dejaré de reclamar el esclarecimiento de los delitos cometidos en contra de mis compañeros de oficio, por móviles que tengan que ver estrictamente con nuestro trabajo. Nada más eso faltaba. Y de igual manera reclamaré la impunidad de cualquier crimen cometido en contra de otro ser humano. Esto es obligación de todos. Por ahí se grita: todos los derechos para todos. Este grito tiene razón. No puede haber privilegios ni exclusividades ni diferencias legales por razones de raza, creencias religiosas, sexo, edad, nivel académico o inteligencias, mucho menos por el ejercicio de un oficio o profesión. Los asesinos son asesinos, hayan matado a un periodista o un policía o a un soldado o a una mujer o a un desempleado... y deben ser castigados por ese delito, no por la condición laboral de su víctima.

Se afirma que los periodistas somos muy importantes por, así lo dicen, la función social que tenemos la obligación de desempeñar. Bueno, usted ha de disculpar, pero yo no creo en privilegios ni en ningún fuero. Aunque no se crea, nunca me he sentido superior a cualquiera, salvo cuando canto Paloma querida, a coro con José Alfredo Jiménez. Y eso de mi función social, pues intento cumplirla ejerciendo mi oficio de la mejor manera posible, al igual que cumplen con su función social los zapateros que hacen buenos zapatos, los empresarios que invierten su dinero para crear nuevos empleos —o mantener los que ya habían creado—, las enfermeras que cuidan como debe de ser a los enfermos, los taqueros que hacen buenos tacos, los albañiles y arquitectos que hacen buenas casas, los maestros que enseñan y los estudiantes que estudian como dicen que Dios manda, y todos aquellos que ejercen decenas o cientos de oficios y profesiones.

Entonces, propongo que el Congreso de Coahuila, a propuesta del diputado Máynez Varela, de preferencia, deberá aprobar delitos como el zapaterocidio, empresariocidio, enfermericidio o el taquerocidio, albañilcidio o cualquier otro, siempre y cuando hayan sido cometidos con motivos en el ejercicio de su oficio.

Los fueros son el mejor camino para la impunidad. Y, por fortuna, de esa nunca disfrutó el inolvidable pícaro del Tres Patines.

'Artes de México' por Paco Calderón