mayo 26, 2008

Partidos sin ciudadanos

Luis González de Alba
La calle
Milenio

Los partidos políticos —la institución más indigna de confianza a juicio de constantes encuestas que los colocan en último lugar, dos abajo que la Policía Judicial— se construyeron una legislación a prueba de votos y de críticas. La Constitución que nos rige tiene, entre sus peores fallas de ingeniería, la de no señalar el equivalente del quórum para hacer válidas unas elecciones. No únicamente entrega suelo, subsuelo, aires y aguas a una entidad que jamás define y llama “nación”, sino que no alcanza siquiera la sensatez del reglamento interno de una asociación de vecinos: en toda asamblea hay un mínimo de personas, o quórum, cuya presencia permite proceder, y sin ese mínimo la asamblea y sus decisiones no tienen validez. No ocurre otro tanto con la mayor asamblea de la nación, que son las elecciones federales. Gana quien más votos obtenga, así sean los de la mamá, tías y primos del candidato, si a los demás no los quiere ni su madre. Han blindado su acceso a fondos públicos por miles de millones con ferocidad de piratas.

El Código Federal que rige las elecciones, el Cofipe, señala causas por las que un partido pierde el registro y otras que anulan votos y hasta elecciones completas, pero entre ellas no está el no contar con un mínimo representativo de la población. Esto significa que no hay castigo alguno previsto para los partidos en conjunto. Lo hay, y es increíble, para quien en campaña señale disparates del oponente o sus delitos, aun si están comprobados, o su patanería grabada y publicada; pero no hay escarmiento contra los partidos cuando se confabulan con el fin de prohibir toda expresión que los pueda molestar, o para derrocar al árbitro o elevarse los miles de millones asignados a sus gastos.

En síntesis: no hay castigo para los partidos coaligados contra el ciudadano porque sus representantes en el Congreso se han cuidado bien de legislar para escudarse de la indignación popular ya sea penalizando toda crítica, y hasta el simple deslustre de su fama, como han asentado en la nueva legislación electoral, o, mejor aún, quitando poder al voto. En el voto radica la más definitiva capacidad de castigar la conducta ignominiosa de los partidos. Pero doscientos diputados no necesitan más voto que el dedazo de sus dirigentes; los otros trescientos no se deben tampoco a sus electores para los siguientes comicios porque de cualquier forma no hay reelección. Y, por último, pero mejor que todo: el desprecio ciudadano, manifestado como abstención, en nada los afecta. Lo mismo es ganar cuando salen 25 millones a votar que si apenas salieran 25 mil.

Las encuestas que ponen a partidos y diputados en el último lugar del respeto ciudadano niegan la propaganda de Estado que señala, en el Artículo 41 de la Constitución: “Los partidos políticos son entidades de interés público.” Los mexicanos opinan lo contrario.

Al desprestigio de los partidos debemos añadir la reciente contrarreforma en materia electoral que dio a los cabecillas una mayor concentración de poder al convertirse en la única vía posible a las candidaturas y cancelar toda posibilidad ciudadana que busque denunciar las prácticas que han hundido a los partidos por abajo de la policía más desacreditada. Las cúpulas partidarias ni nos ven ni nos oyen porque en nada podemos influir los ciudadanos en el reparto de los miles de millones que se asignan. Y sólo en eso piensan.

Así es como la adelantadísima pre-pre-campaña presidencial del Peje la estamos pagando los causantes cautivos. No hay contraloría alguna para preguntar cómo se pagan boletos y hospedajes, alimentos y matracas, renta de vehículos y equipos de sonido: todo lo que en las campañas cuesta centenares de millones. Sin control alguno por el IFE, la campaña presidencial de López Obrador sigue su marcha, ajena a toda fiscalización de sus fuentes de ingreso. Sólo pueden ser dos: gobiernos del PRD y los costos de los segundos pisos, vueltos secretos por Bejarano. Los censores del IFE actúan únicamente cuando alguno de los partidos se dice ofendido. Poco importa si los índices de confianza, pulsados periódicamente por diversas casas encuestadoras, muestran, una y otra vez, que partidos y diputados están en los dos últimos lugares de confianza ciudadana, por abajo de la temida Policía Judicial. Para un mexicano resulta más siniestro un diputado que un guarura. Pero los diputados cuestan mucho más y hacen más daño.

Mi página: www.luisgonzalezdealba.com

"HIstoria de un letrero" gana el Short Film Corner en Cannes

vuarnet
isopixel.net

Hoy nada más despertar me entero de otra de esas historias que suceden todos los días, las del talento no reconocido y las de picar piedra para obtener lo que quieres. Estoy hablando por supuesto del caso de Alonso Álvarez, jóven tampiqueño aspirante a cineasta que con el corto “Historia de un letrero” ganó el premio Special Cannes 2008 otorgado en el marco del Short Film Corner. El corto narra la historia de un publicista, su encuentro con un indigente y la eficacia de un copy.

La participación del cortometraje en esta competencia en línea inicia con su registro en el Short Film Corner en Cannes, en el que compitieron mil 831 cortos de todo el mundo, posteriormente paso una preselección de 650, y finalmente quedo finalista junto con otros ocho trabajos que eran presentados en Youtube como “nueve de las mejores producciones que se estrenarán este año en el Short Film Corner de Cannes”.

Todo bien hasta ahora, salvo cuando nos enteramos que las representantes del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) en Cannes declararon que el autor “no es conocido en el ámbito cinematográfico en México y tampoco se encuentra en Cannes.”

Asi es, Alonso no pasó los rigurosos filtros de ninguna escuela de cine en México y fue rechazado. La falta de talento no creo que fuera la excusa. Como sea, Alfonso recibirá una cámara profesional y una computadora portátil, aunque el mayor logro del cortometraje es el de haber sido elegido entre miles de trabajos de todo el mundo y esperemos que le abra las puertas del difícil mundo del cine y los patrocinios.

¿Qué sigue? Lo de siempre, Alfonso en todos lados, sobre exposición en medios y el oportunismo de varios queriendose atribuir el mérito. Hace rato en el noticiario 1 Noticias de Loret de Mola, escuche que el cortometraje fue realizado con la ayuda de su familia y de amigos principalmente, así que nadie quiera hacer caravana con sombrero ajeno.

Aquí les dejo el corto, el cual es muy emotivo y con un lindo mensaje.

Siete personajes, siete historias

Jorge Fernández Menéndez
Razones
exonline.com

La primera historia ocurre en Colombia. Se confirmó que desde el 26 de marzo pasado murió el líder de las FARC, apodado Tirofijo, llamado popularmente Manuel Marulanda y cuyo verdadero nombre era Pedro Marín, un hombre que estaba alzado en armas desde hace prácticamente 50 años y, paradójicamente, desde la mayor de las ortodoxias, construyó un movimiento armado que se fue desdibujando con el paso de los años y la pérdida de principios y objetivos. La muerte de Marulanda permite comprender por qué el gobierno colombiano apostó tan alto para desarticular la dirección alterna de ese movimiento que encabezaba Raúl Reyes, muerto unos días antes, el primero de marzo, en el ataque al campamento de las FARC ubicado en la frontera entre Colombia y Ecuador, donde murieron también cuatro militantes mexicanos y resultó herida Lucía Morett. Mucho se debe investigar, aún, sobre la presencia del contingente mexicano en ese campamento.

La segunda historia la protagoniza el jefe de Gobierno capitalino, Marcelo Ebrard. En la larga entrevista que se publicó ayer en Excélsior, Ebrard se victimiza y destapa: dice que “a Calderón no le simpatizo”, pero también que ya está pensando en 2012, en la candidatura presidencial. No se trata de simpatías personales, alguien tendría que recordarle a Ebrard que es difícil que un gobierno “simpatice” con un funcionario público que no lo reconoce, que se niega a cooperar en temas de Estado pero acepta gustoso uno de los presupuestos federales más altos del país, para aplicar sus propios planes. Y que a cuatro años de distancia ya está pensando, especulando y haciendo proyectos para ver cómo llegará a la Presidencia de la República. Una cosa es gobernar y otra estar en campaña. Ya lo vivimos con la desastrosa gestión de López Obrador y, antes, con las consecuencias que generó una administración capitalina en la cual Marcelo estuvo íntimamente involucrado y que de principio a fin fue marcada por la búsqueda de la candidatura presidencial, la de Manuel Camacho.

El tercer personaje es Andrés Manuel López Obrador y una mentira que ha circulado profusamente por internet y me involucra. Hace unos meses escribí un texto en este espacio que se titulaba ¿De qué vive López Obrador? Ratifico todos y cada uno de los puntos que allí se publicaron. En síntesis, decíamos que el ex jefe de Gobierno nos debe una explicación con respecto a su nivel y forma de vida. Decíamos que, con 60 mil pesos, como dice que cobra López Obrador y sin haber tenido durante años un empleo remunerado, no se pueden mantener cuatro casas, dos en el DF y dos en Tabasco, mantener y mandar a estudiar incluso al extranjero a cuatro hijos, viajar por todo el país y sostener en torno suyo una amplia estructura. El texto, por alguna razón ajena al autor, comenzó a circular por internet. Pero en algún momento alguien le agregó una larga lista de adjetivos y, sobre todo, un párrafo que asegura que el ex candidato tiene una mansión de diez millones de dólares en un lujoso condominio residencial en el DF. No lo escribí ni tampoco lo creo. No tengo motivos para simpatizar políticamente con López Obrador, pero no existe información alguna con respecto a que viva en una propiedad de ese costo y esas características. Sencillamente es mentira y como tal debe consignarse. No es una cuestión de simpatías. Es una mentira.

El cuarto personaje, quien sí me simpatiza en lo personal y en ocasiones políticamente, es Cuauhtémoc Cárdenas. También se ha difundido en infinidad de ocasiones por internet una historia que asegura que desde el momento de la expropiación se le entrega a la familia Cárdenas un centavo por cada barril de petróleo que exporta México. Se trata, lisa y llanamente, de otra mentira: Cárdenas no recibe, no recibió y sin duda no recibirá nada por ese concepto. Es una mentira sin fundamento alguno.

La quinta historia es la de Santiago Creel y el registro de la hija que tuvo con Edith González. Se podrá estar o no de acuerdo con el rumbo por el que cualquiera decide llevar su vida personal, pero se ha dicho tanto y en forma tan amarillista, con respecto a este tema, ha sido tan manoseado, que lo menos en lo que se podría insistir es que el señor Creel y la señora González pueden hacer de su vida personal lo que quieran y que la hija, Constanza, tiene todo el derecho del mundo a vivir protegida y sin ser expuesta a estas historias. Llama la atención, finalmente, que todo haya comenzado con la filtración, por las autoridades del Registro Civil del DF (a través de un funcionario cercanísimo a René Bejarano y Dolores Padierna), del acta de nacimiento, a una revista de espectáculos. Y luego los partidos, como en estos tres casos citados, nos quieren convencer de que no están interesados en las guerras sucias.

La sexta historia se relaciona con un texto de uno de los más destacados intelectuales de México: Lorenzo Meyer, quien el jueves pasado, en su habitual texto en Reforma, dice, en otras palabras, que la reforma petrolera podría ser aceptable si hubiera sido presentada por el PRD que es nacionalista y de izquierda, pero es inaceptable porque la presentó el PAN porque es de derecha. ¿No deberíamos esperar que una iniciativa fuera valorada por sus méritos y no debido a su origen ideológico y partidario? ¿Tan indigestados de partidismo están nuestros mejores intelectuales?

La séptima es una historia de vida: el sábado falleció uno de los empresarios más importantes y que mayor contribución, a lo largo de muchos años, hizo al país: don Eugenio Garza Lagüera, presidente honorario vitalicio de FEMSA y del Consejo del Tecnológico de Monterrey. Un hombre que creó y transformó empresas, hizo un aporte invaluable para la educación y apoyó innumerables causas sociales. Nuestro recuerdo y un saludo afectuoso y solidario para los suyos. Descanse en paz.

Del nacionalismo y su peso

Sara Sefchovich
Escritora e investigadora en la UNAM
El Universal

A mediados del siglo XIX, los liberales creían que “todos los mexicanos formamos una familia” y, por lo tanto, deberíamos formar una nación.

Para Justo Sierra, la nación se definía por “el suelo en que nacimos”, afirmación que hoy está de moda otra vez, pues según T.K. Oomen, el territorio es la condición primera para la formación de una nación. Pero además del territorio, tienen que existir otros elementos: según Leopoldo Zea, “una historia común”; según Norberto Bobbio, “un poder que organice a la población” y, según Pietro Barcellona, “un orden jurídico” con la capacidad de “proveer protección a sus residentes contra la inseguridad interna y la agresión externa”.

Hay quienes consideran que esas cuestiones no son suficientes y ni siquiera son las decisivas. Para Luis Villoro, una nación es “una modalidad de hombres que formarían un conjunto, de fronteras imprecisas, que comparten una manera de sentir y ver el mundo, esto es, una cultura”; según Horacio Labastida, “para sentirse parte del ser nacional mexicano hay que sentirse parte de la cultura mexicana”, y Gilberto Giménez y Catherine Héau hablan de “un legado cultural compartido”.

El nacionalismo, entonces, se refiere a la pertenencia a un territorio de fronteras físicas precisas así como a una herencia histórica y una cultura compartidas, arraigados en el imaginario y legitimados por el discurso.

Pero lo que estamos viendo ahora en México, es un tipo de nacionalismo que no tiene que ver ni con la primera ni con la segunda definición. A raíz de la cuestión energética, el nacionalismo es una ideología, pero también, como diría Natividad Gutiérrez, “un sentimiento, un ideal, un movimiento y una política”, según los cuales se debe “defender” un recurso natural de los deseos antinacionalistas de ciertos grupos sociales dentro de la propia nación mexicana. Así que lo que alguna vez sirvió como forma de cohesión social y de contención de conflictos, hoy es una forma de oposición y de creación de conflictos.

Pero en cualquier caso, se trata de algo que no pasa por la razón sino por la emotividad, de modo que “no es lo que es sino lo que la gente cree que es”, como escribió un estudioso. Pero eso tiene tanta fuerza, al punto que determina las actitudes y conductas de las personas y constituye la razón principal tanto de la solidaridad como de la enemistad.

Así que el tema no son las leyes ni las reformas a la Constitución o las diferentes consideraciones de lo que sí o no se puede hacer para extraer o refinar más petróleo, sino la comprensión del hecho de que en el imaginario mexicano el petróleo, como bien lo han dicho algunos, no es una materia prima y Pemex no es una institución o empresa sino que son emblemas de nuestra nacionalidad (Jiménez Espriú), parte de nuestra mitología (Aguilar Camín) y como tales se les debe abordar. El no hacerlo así, el no darle valor y reconocimiento a esa forma de entender las cosas, es lo que nos está llevando a un diálogo de sordos entre “expertos” e “ideólogos”, entre “técnicos” y “políticos”, cuyo resultado es la imposibilidad de acuerdos. Y no sólo eso, también a una división entre “nosotros” y “ellos”, según la cual el mundo se divide entre patriotas y vendepatrias.

Porque mientras la obsesión de los países desarrollados es crear riqueza, para nosotros es otra: la de no perder piso en aquello que ideológicamente nos construyó y cohesionó como nación. Hoy son nacionalistas quienes creen que esto merece la pena defenderse aun si el precio de ello es no “modernizarse” en el sentido como lo conciben hoy las élites pro globalizadoras. El nacionalismo de hoy entre nosotros es lo contrario del de hace un siglo, pues si entonces fue estímulo para entrar en la modernización capitalista, hoy se presenta como lo contrario.

Para algunos el precio es alto, para otros vale la pena pagarlo y ojalá hiciéramos lo mismo con el agua, con los bosques, con ciertos cultivos.

La gran paradoja del nacionalismo es esa: que puede ayudar o obstaculizar, sirve para afirmar o para negar, para empujar o para detener, para conseguir o para impedir.

sarasef@prodigy.net.mx

El final definitivo

Macario Schettino
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

En abril, cuando los prohombres del Senado decidieron tomarse unos meses para meditar acerca de las posibles reformas a la industria petrolera mexicana, la producción de petróleo cayó por debajo de los 2.8 millones de barriles diarios (mbd). Esto no había ocurrido desde los últimos meses de 1999, cuando se empezó a inyectar nitrógeno en Cantarell, para posponer su agonía. Pero ésta ya ha llegado, y en el mes pasado, el campo de Akal-Nohoch, el Cantarell original, apenas pudo producir un poco más de un millón de barriles cada día. Para comparar, este mismo campo produjo casi 2.2 mbd en 2003-2004.

Cantarell se acaba, y lo hace mucho más rápido de lo que Pemex esperaba. En este mes de mayo producirá menos de un millón de barriles, y llegará a medio millón durante 2009. No es fácil saber en qué mes. Si el ritmo de caída que ha tenido durante el último año continúa igual, será en febrero. Si tenemos suerte, puede ocurrir hasta julio. Pero no mucho más que eso.

Esto significa que, en el mejor de los casos, terminaremos este año produciendo 2.5 mbd, es decir, exportando apenas un millón de barriles cada día durante diciembre próximo. Casi la mitad de lo que exportamos entre 2003 y 2007. Se acabó Cantarell, y con él, se acabó el México petrolero. Porque este país nunca fue importante en la producción de crudo sino hasta que apareció Cantarell. Sólo entre 1911 y 1921 México tuvo alguna presencia mundial, con el petróleo de Tampico y el norte de Veracruz, pero a partir de entonces, la producción cayó y no se volvió a recuperar sino hasta 1974, cuando el embargo árabe inició la época de petróleo caro y eso nos permitió explotar áreas costosas. Pero en esos 50 años, apenas producíamos para nuestro propio consumo, y a veces ni eso. El mito del país petrolero es producto, claro, del mítico general y su mítica expropiación. Pero fue Cantarell lo que nos colocó en el mapa petrolero del mundo, lo que nos hizo pensar en la abundancia, y lo que nos permitió vivir sin esfuerzo, sin pagar impuestos, y sin cambiar nuestra ineficiencia por los últimos 30 años.

Pero esto ya se acabó. Por eso la urgencia de la reforma fiscal del año pasado, de la energética que ahora se discute, de la reforma educativa que aparentemente ha dado inicio, y de tantos cambios que tendremos que hacer. Porque hemos vivido en la mentira durante décadas, y ahora hay que enfrentar la verdad, aunque duela. En la posguerra, crecimos porque había para dónde: terreno disponible, población reducida. Hacia 1965 nos acabamos el territorio, y ya no hubo cómo seguir creciendo. Para no reconocerlo, los gobiernos de entonces decidieron contratar deuda externa, expediente que permitió mantener el despilfarro y la mentira hasta fines de los 80. Desde entonces, fue el petróleo el que pagó esa deuda que habíamos contratado y los esfuerzos que no quisimos hacer.

Ahora no parece que tengamos ya ninguna manera de evitar la realidad. Éste es un país fracasado, que ha desperdiciado décadas encerrado en sí mismo, que se ha ido deteriorando poco a poco hasta llegar a lo que hoy tenemos, ese paisaje urbano deprimente, esos millones de mexicanos en pobreza extrema y esos otros millones en miseria moral, que sin ningún escrúpulo siguen viviendo del presupuesto, defendiendo sus prebendas, agarrados como lapas a su plaza, a su pensión, a su pedacito de Revolución Mexicana.

Es ese fracaso el que defienden los llamados “izquierdistas”, aunque su ubicación real no sea geométrica, sino cronológica: son rémoras que no pueden entender que el fracaso de México se le debe a ellos mismos. El régimen de la Revolución no funcionó, no hizo a este país más justo, ni más competitivo, ni más democrático. Mientras más rápido lo entendamos, será mejor. Mientras eso ocurre, el petróleo se seguirá acabando. Día a día.

www.macario.com.mx