junio 05, 2008

Instituciones culturales de Venezuela deberán promover el socialismo

CARACAS (AFP) - La instrucción de promover el socialismo a través de las artes plásticas, las letras, el cine o la fotografía ha provocado incertidumbre en los medios culturales venezolanos, en los que todavía no está claro cómo cumplir este objetivo del gobierno sin traicionar su razón de ser.

Un decreto emitido la semana pasada por el presidente Hugo Chávez estipula que 22 instituciones adscritas al ministerio de la Cultura deben orientarse "a la construcción de una sociedad socialista".

Entre ellas figuran el Centro Nacional de la Historia, la Cinemateca Nacional, la editorial Biblioteca Ayacucho, el Centro de Estudios Latinoamericano Rómulo Gallegos (Celarg), la Fundación Museos Nacionales, y el Teatro Teresa Careño, este último frecuente escenario de actos presidenciales y políticos.

"La cultura es en esencia libertad y si se trata de encajonarla en un concepto como el socialismo se pierde", declaró a la AFP el director de teatro Héctor Manrique.

El dramaturgo, ex director de la Compañía Nacional de Teatro, sostiene que la forma como se aplique ese decreto "dependerá de quién esté al frente de esas instituciones".

"El socialismo es un concepto ambiguo, y su ambigüedad puede llevar a que sea terrible, patético o cómico", agregó.

Para Zuleiva Vivas, directora de la Fundación Museos Nacionales, la idea de encargarse de "la construcción del socialismo" se origina en "la palabra socializar", es decir "que todos participen".

"Hablamos de socialismo en términos del uso y del servicio, del museo que se convierte en un educador no formal", explicó.

La directora descartó que este decreto haga que su fundación privilegie o vete corrientes estéticas. "Nosotros no podemos cambiar el concepto de museo, porque entonces tanto vale que lo cerremos", señaló.

La Fundación aglutina a 13 museos y en este momento prepara una enciclopedia de la historia del arte en Venezuela.

Independientemente de este decreto, desde hace ya algunos años la Galería de Arte Nacional y el Museo de Bellas Artes han abierto sus espacios a comunidades organizadas de barriadas populares.

Las expresiones del folclore venezolano también se privilegian en otros espacios culturales y el teatro Teresa Carreño, el más moderno de Venezuela, ya está encargado de promover espectáculos con "valores de arraigo e identidad latinoamericanista y caribeña".

Para Roberto Hernández Montoya, director del Celarg, el nuevo decreto no modificará su programación pues siempre ha estado "adecuada al objetivo" de construcción del socialismo.

"Ese cambio consolida formalmente lo que ya se venía haciendo. Nuestra principal línea de investigación es la integración de América Latina y el Caribe como proyecto socialista", indicó Hernández.

El Celarg otorga cuatro premios, entre ellos el de novela Rómulo Gallegos, uno de los más prestigiosos en lengua castellana, ganado por "Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez, o "Terra Nostra", de Carlos Fuentes, entre otros.

Por su parte, Alexis Márquez, ex director de la estatal Monteávila Editores, critica que en el decreto se incluya la "participación protagónica del pueblo y su corresponsabilidad activa en la formulación, ejecución y control de la gestión" de esos institutos culturales.

"La participación del pueblo sólo puede entenderse como receptor de cultura. No creo que esa participación cultural deba consistir en que el pueblo sea quien determine qué libros debe editar Biblioteca Ayacucho o qué tipo de actividades debe realizar la Casa de Andrés Bello" de promoción de la lengua castellana, concluyó Márquez.

La polémica dispara la campaña mexicana de turismo "Hidalgo en la piel"

México, 5 jun (EFE).- Los creadores de "Hidalgo en la piel", una campaña publicitaria que ha levantado polvareda en México por utilizar imágenes de una actriz "fundida" con monumentos, ven "felices" como la controversia multiplica internacionalmente su difusión.



La polémica se centra en si hubo o no censura por parte del Instituto Nacional de Arqueología e Historia mexicano (INAH) sobre las imágenes que muestran a la mexicana Irán Del Castillo ("El Tigre de Santa Julia", 2002) convertida en monumento y en las que se aprecia parte de su busto velado.

La controversia ha motivado que la campaña se reseñe en el New York Times de EE.UU., el Guardian londinense, El Mundo de España y una amplia cobertura en prensa nacional, antes del comienzo de su difusión oficial.

"Ha servido para poner rápidamente a Hidalgo sobre el tapete de los destinos turísticos", dijo hoy a Efe Roberto Gaudelli, presidente de Gaudelli MCW, la agencia especializada en turismo detrás de la idea.

La campaña original estaba compuesta por 20 fotografías, de las cuales 3 mostraban el cuerpo de la intérprete fundido con patrimonio histórico nacional de este estado del centro del país gracias a la magia del Photoshop.

Tras el permiso oficial, la imagen que mostraba a la actriz de frente como parte del acueducto del Padre Tembleque, fue sustituida por otra similar en la que la actriz cubre sus pechos con un brazo.

"Nunca estuvo desnuda, se le fotografió con bikini", desveló el responsable de la agencia publicitaria, tal y como se puede ver en el "detrás de cámaras" que se ha difundido a través de Youtube.

"Entiendo la posición porque (en el INAH) tienen que ser respetuosos con 3.000 años de historia de México", apuntó Gaudelli.

Pero, agregó, "hay quienes quieren cuidarlos en exceso y quienes pensamos que (los monumentos) son un activo económico del país".

El INAH, encargado de regular el uso promocional de monumentos a través de una estricta normativa, reiteró que el problema con estas tres fotos no fue por "moralismo" sino por un defecto de forma.

"No pedimos que se vistiera o que no enseñara, en el primer permiso solicitado no se nos dijo que la campaña iba a ser con una actriz presente junto a los monumentos", dijo el coordinador nacional de difusión del organismo, Benito Taibo.

Tanto Gaudelli como Taibo coincidieron en quitar hierro a la polémica y adscribieron el asunto al interés de los medios.

El resto de la campaña muestra a Del Castillo mezclada con el entorno natural de Hidalgo, territorio que se ubica a unos 90 kilómetros al noreste de Ciudad de México.

Su objetivo es captar la atención de los potenciales turistas de la zona centro del país y promocionar a Hidlago como un destino para el fin de semana.

"No es un estado líder en el turismo en México por lo que la publicidad tenía que ser algo muy visible", abundó el responsable de Gaudelli MCW.

El publicista aclaró también que las imágenes, dos "spots" en televisión, se hicieron públicas en un encuentro del sector en Acapulco (sur de México) y que no fue la agencia la que distribuyó las fotos de las que ahora muchos están pendientes. EFE

Los pasos de la reforma petrolera

Jorge Fernández Menéndez
Razones
exonline.com.mx

Tal vez fue, como se dijo, demasiado optimista, Jesús Reyes Heroles, el director de Pemex, cuando afirmó en entrevista con Excélsior, que habría reforma petrolera antes de septiembre. Pero no está tan lejos de la realidad. En los últimos días, mientras transcurre el farragoso debate petrolero en el Senado, han avanzado por otros caminos una serie de acuerdos que pueden llevar a ello.

Existen, como base para eso, dos acuerdos básicos entre el PAN y el PRI: primero, dejar fuera del debate el tema de la constitucionalidad de la iniciativa legislativa; segundo, no se aceptará la idea de López Obrador, instrumentada por Marcelo Ebrard, de organizar consultas o referéndums, no sólo porque la ley no lo permite, sino también porque la pregunta que se sometería a consulta: ¿está usted de acuerdo o no con la privatización de Pemex?, es una burda manipulación que no tiene sustento. Debido a eso, no será seguida por los gobernadores, ni siquiera los del PRD, ya que, como lo señaló Enrique Peña Nieto, el único objetivo de la misma sería impulsar una causa partidista. Si al Instituto Electoral del DF no ha terminado por controlarlo el Gobierno capitalino, no podría, tampoco, organizar una consulta que no cumple ningún precepto legal.

Lo cierto es que, para llegar a esos acuerdos, existirían ya algunos más que podrían incorporar a sectores de otros partidos, aparte del PRI y el PAN, incluso con la posibilidad de que el PRI presente su iniciativa o iniciativas complementarias, como lo mencionó Francisco Labastida, y de allí surja una nueva legislación. Hasta ahora los acuerdos de los grupos parlamentarios pasarían por el mantenimiento de parte de la iniciativa presidencial, pero sin dos capítulos fundamentales: el de la posibilidad de que la iniciativa privada pueda invertir ni en refinerías ni en oleoductos. Tampoco avanzaría la propuesta de Fidel Herrera, de las empresas estatales, pero sí la posibilidad de la creación de empresas “espejo”, o sea, desligadas orgánicamente de Pemex que tuvieran capacidad de operación autónoma con respecto a la paraestatal, aunque seguirían siendo propiedad del Estado.

Existen debates sobre la propuesta priista de que sean ratificados por el Senado el director y el Consejo de Administración de la empresa, lo que podría tener una salida intermedia, pues el PAN considera que la designación del director de Pemex debe seguir siendo una prerrogativa del Ejecutivo. Se están analizando los mecanismos para la explotación de los yacimientos en aguas profundas y los acuerdos transfronterizos que pudieran realizarse en ese sentido, quizás uno de los temas más delicados en toda esta negociación.

En los hechos, la reforma petrolera va de la mano con una serie de acuerdos que trascienden a la misma. Está pendiente el tema de los consejeros del IFE; ya terminaron las comparecencias de los aspirantes y el nombramiento de los tres nuevos debe estar definido antes del 15 de agosto próximo. También se encuentran pendientes muchos temas relacionados con la reforma del Estado, no concluidos por la Cámara de Diputados. En torno a esas negociaciones, y a las fechas para procesarlas, gira buena parte de los acuerdos que se puedan lograr o no en la reforma petrolera.

En el capítulo de los consejeros, uno de los temas pasa por la selección o no de Jorge Alcocer, sin duda uno de los más capacitados para esa labor y que llega con el aval de personalidades tan disímiles como José Woldenberg, Jorge Carpizo y Miguel Ángel Granados Chapa, pero padece también de una fuerte oposición, particularmente de sectores perredistas y de algunas de las corrientes más conservadoras del PAN. Sería lamentable que Alcocer quedara fuera prácticamente por caprichos o ajustes de cuentas del pasado, pero también es verdad que su activa participación en la reforma electoral le ha creado muchos enemigos. Está también el tema de la cuota de género en el IFE, porque en los hechos dejarían sus responsabilidades entre los reemplazos anteriores y los futuros tres consejeras y algunos impulsan la idea de que sean sustituidas por tres mujeres. Nada lo estipula así legalmente, pero podría ser una posibilidad política viable.

Con respecto a la reforma del Estado, hay varios pendientes que interesan, sobre todo a Manlio Fabio Beltrones, impulsor original de la misma. Hay temas relacionados con el Informe presidencial, pues lo aprobado en la Cámara de Diputados se aleja de los acuerdos que se habían adoptado originalmente; están los relativos a las preguntas legislativas que el Ejecutivo se vería obligado a responder; la desaparición de los permisos para los viajes presidenciales y los mecanismos para que el Ejecutivo tenga la posibilidad de presentar un cierto número de iniciativas en cada periodo legislativo, que el Congreso en un plazo determinado tuviera que dictaminar y votar y, si no ocurriera así, las iniciativas se convertirían automáticamente en leyes. Otro tema pendiente es la transformación del derecho a veto del mandatario, a base de eliminar el llamado veto de bolsillo (o sea, cuando el Ejecutivo no publica una ley y por lo tanto, ésta, en los hechos no se aplica) y de ampliar facultades para un veto público, sobre todo en temas presupuestales.

Y todo ello debe girar en torno a las fechas de aprobación de esos paquetes. Existe un acuerdo para tener un periodo extraordinario en junio. Y la idea sería otro en la primera quincena de agosto, que incluiría el tema energético. Pero el PRI quiere que, en lugar de en un segundo extraordinario en agosto, se pase a votación el tema petrolero en el ordinario de septiembre, cuando Manlio Fabio presidirá la Cámara alta. El asunto aún está en un proceso de negociación.

A lo que el gobierno le tiene pavor

Leo Zuckermann
Juegos de Poder
exonline.com.mx

Reproduzco algunos párrafos de una nota aparecida ayer en The New York Times titulada “India y Malasia se arriesgan a la ira de los votantes al subir los precios de los combustibles”. Es una joya para entender la situación actual en México: el pavor que le tiene el gobierno de Calderón a subir los precios de las gasolinas.

Dice la nota: “El miércoles, sin que el final de los altos precios del petróleo esté a la vista, India y Malasia se convirtieron en los últimos países asiáticos en arriesgarse a la ira de los votantes por haber subido el precio de la gasolina subsidiada. Los incrementos son medidas muy impopulares y podrían debilitar aún más a ambos gobiernos que de por sí son frágiles al haber sufrido reveses electorales recientes.

“Los movimientos siguen incrementos similares de precios en meses recientes en Indonesia, Pakistán y Sri Lanka, y son un reconocimiento de que los gobiernos ya no pueden proteger a sus poblaciones de la subida global en los precios de los energéticos.

“En la India, el incremento fue rápidamente condenado por los partidos políticos de todas las ideologías. El Partido Comunista, aliado en la coalición gobernante, prometió una semana de manifestaciones, incluidos bloqueos de caminos y trenes en toda la nación que comenzarán el miércoles; mientras que el partido opositor principal, Bharatiya Janata (BJP), dijo que sus miembros también tomarán las calles.

“Subir los precios de los combustibles es el equivalente de ‘terrorismo económico’, dijo Rajiv Pratap Rudy, vocero del BJP, quien agregó que la medida va a poner ‘el último clavo al ataúd del hombre común y corriente’. Entre los economistas y los diseñadores de las políticas públicas, la decisión fue descrita como dolorosa pero necesaria. Los subsidios sólo en Malasia hubieran llegado a los 17 mil millones de dólares este año, cuatro veces lo que gasta el gobierno en defensa nacional, educación y salud combinados.”

Solicito al lector que vuelva a leer estos párrafos y sustituya las palabras India por México, asiático por latinoamericano, Partido Comunista por PRI, Bharatiya Janata por PRD y Rajiv Pratap Rudy por Gerardo Fernández Noroña. Imagine tal situación. ¿Se atrevería Calderón?

Por lo pronto, no. A pesar de ser un fenómeno inflacionario internacional, el gobierno no quiere subir el precio de las gasolinas para no irritar a los votantes que irán a las urnas en 2009. Ha optado, mejor, por subsidiarlos a un costo mayor que el de Malasia: entre 20 mil y 30 mil millones de dólares este año. Más lo que se acumule el primer semestre de 2009 si es que el gobierno se empeña en subsidiar las gasolinas hasta el día de la elección.

La misma nota reporta que en Malasia 30% del gasto gubernamental lo constituyen las exportaciones de su empresa pública petrolera (Petronas). Aquí en México es 40 por ciento. Y también en Malasia, al igual que en México, se están quedando sin petróleo que exportar. Prevén que en tres años importarán crudo. En este sentido resultaba insostenible y absurdo continuar subsidiando la gasolina. De ahí que el gobierno, en una decisión responsable desde el punto de vista económico, haya decidido incrementar el precio del combustible y asumir el costo político que ello implica.

Pero en México nos creemos diferentes. Estamos en la negación de un fenómeno mundial. Es una trampa que nos va a costar mucho dinero. Aquí también va a llegar el día en que el gobierno se vea obligado a aumentar el precio de las gasolinas porque su bolsillo ya no aguanta (tan sólo el primer trimestre de este año le costó al erario cinco mil millones de dólares el subsidio a los combustibles fósiles). La pregunta es si el gobierno hará los incrementos antes o después de 2009. Todo indica que será después para que los panistas no enfrenten la ira del electorado. Si es así, los votos a favor del PAN van a tener uno de los costos económicos más altos de la historia.

SOS-Jalisco-SOS

Carlos Marín
cmarin@milenio.com
El asalto a la razón
Milenio

Lo mismo que los partidos grandulones hicieron al Instituto Federal Electoral, partidizarlo, intentan ahora sus apéndices en Jalisco.

En el Congreso local, so pretexto de la reforma constitucional electoral a la que debe adecuarse el estado, los diputados afilan sus cuchillos para dar un golpe brutal al sentido común y a la democracia.

Aunque el periodo legal de los consejeros concluye en 2010, los diputados quieren echarlos a la calle desde ahora.

Si en el IFE comenzó la carnicería con la cabeza de Luis Carlos Ugalde, en el Instituto Electoral jalisciense será la del consejero presidente, doctor José Luis Castellanos González, la primera que ruede.

En Jalisco, como sucedió en el Congreso federal, la diputación estatal que debiera velar por la preservación de las leyes, va con todo para terminar con la independencia y la autonomía de una institución que debiera ser fortalecida para garantizar limpieza de comicios y respeto a la voluntad ciudadana.

La paradoja tiende a ser lo “normal”: el atentado corre a cargo de quienes elaboran a conveniencia la veleidosa “norma jurídica”.

Periodistas: confirmados y no confirmados

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Recibí una carta del director en México de Amnistía Internacional (AI), Alberto Herrera. Lamento cómo interpretó mi artículo de hace ocho días que, bien sabe, se basó en la entrevista que me dio en Radio Fórmula.

Revisé, como me sugirió, el informe 2007 de AI. El capítulo sobre México me parece de una pobreza inquietante. Busqué, para comparar, el trabajo del Comité de Protección a Periodistas (CPJ), la agrupación fundada por corresponsales en 1981 (www.cpj.org). ¡Vaya comparación!

Para empezar, CPJ divide los casos en confirmados (asesinatos y agresiones relacionados con la actividad informativa) y no confirmados (no existe una relación clara entre crimen y trabajo periodístico). Hay además una categoría de violencia contra personal de los medios que no hace tareas editoriales.

Según CPJ, los últimos periodistas asesinados en México por su trabajo fueron el camarógrafo Brad Will y Roberto Marcos García (Testimonio, de Veracruz), ambos en 2006. De las víctimas de 2007, CPJ pone en la lista de no confirmados a Amado Ramírez (Televisa), Saúl Noé Martínez (Interdiario, Agua Prieta) y Gerardo Israel García (La Opinión de Michoacán), y en la de personal de medios al chofer y los repartidores de El Imparcial del Istmo, Mateo Cortés, Agustín López y Flor Vásquez. Seis casos, ninguno confirmado.

CPJ considera también como no confirmadas las muertes en 2008 de las locutoras triques Teresa Bautista y Felicitas Martínez. Por cierto, detalla cada caso, lo que no hace AI.

Según CPJ, el número confirmado de periodistas muertos o desaparecidos en México desde 1992 es de 14, lo que ubica al país en el lugar 17 de la lista negra, que encabezan Irak, con 127; Argelia, 60; Rusia, 47, y Colombia, 40.

Rebasando al Presidente

Joaquín López-Dóriga
lopezdoriga@milenio.com
En privado
Milenio

¡Claro que hay peor ciego que el que no quiere ver!: el que no quiere sentir. Florestán

Cuando el presidente Calderón envió su mensaje a la nación, el 1 de diciembre de 2006, después de su accidentada protesta al cargo ante el Congreso, asumió un liderazgo que, como todo, se ha ido consumiendo por el paso del tiempo y la toma de decisiones.

Lo preocupante de este caso es que el paso de ese tiempo ha sido breve y la toma de esas decisiones, pocas. Decisiones y tiempo no han corrido en forma paralela al desgaste que ha sido superior.

Remontándonos a las vísperas de aquel 1 de diciembre, la interrogante era si su primer mensaje como Presidente sería suficiente para poner al país de pie y echar los cimientos de un nuevo liderazgo, reto enorme por lo cerrado de la votación y el traumático conflicto postelectoral, todo en medio de una Presidencia débil y ausente.

Es más, en aquellos días, sólo algunos le daban peso al discurso, la duda fundada era si podría protestar el cargo como ordena la Constitución, apuesta hecha en contra para estallar una crisis constitucional.

Fue el aprovechamiento de las mismas circunstancias, todas en contra, las que le permitieron superar el reto del discurso cuando con su toma de protesta fijó su capacidad de decisión.

El mensaje posterior en el Auditorio Nacional, toda vez que el PRD se lo impidió ante el Congreso, fue una especie de miscelánea y guía, relación de buenos propósitos, catálogo de retos y compromisos.

Pero ya había iniciado su gestión como un Presidente fuerte, lo que ha ido a la baja en las vertientes de liderazgo e iniciativa y comunicación, habiendo sido siempre un buen comunicador.

Hoy, salvando las reformas fiscal y de pensiones, los demás temas de la agenda parecen ser colocados por la oposición. Lo político-electoral por Manlio Fabio Beltrones, lo energético por Andrés Manuel López Obrador y la seguridad por el crimen organizado.

Es tiempo, ahora que cruza el primer cuarto de su gobierno, que recupere lo perdido, reafirme liderazgo e iniciativa, y tome las decisiones de gobierno que tenga que tomar porque hay desgastes que lo desgastan y debilidades que lo debilitan.

Aunque le sean muy cercanos.

Retales

1. FAROLES. A Valentina Batres y Layda Sansores se les acabó la fuerza de su mano izquierda en la comparecencia de Jorge Alcocer para palomearlo como consejero del IFE. Dijeron que se lo iban a comer vivo y no le sirvieron ni de botana;

2. COMITIVA. El presidente Calderón invitó al gobernador Enrique Peña Nieto a la visita a España, por lo que el mexiquense se irá en su comitiva a Madrid la semana que viene; y

3. BOLAS. El nuevo director técnico de la selección nacional de futbol, el sueco Sven Goran Eriksson, declaró que “hay que ser estúpido para no aprender español”. Que no lo oiga Jorge Vergara.

Nos vemos mañana, pero en privado.
lopezdoriga@milenio.com

Fox y los intelectuales

Jorge G. Castañeda
Letras Libres
Junio 2008

Es un hecho que la mayor parte de los intelectuales mexicanos odia a Vicente Fox. Pero ¿de quién es la culpa: del inculto y rijoso ex mandatario o de una intelligentsia atada a sus viejos prejuicios y privilegios? Jorge G. Castañeda responde en este lúcido y provocador ensayo.


¿Por qué los intelectuales (de izquierda) no quieren (no quisieron, no querrán nunca) a Fox? Quien mejor resumió la paradoja del rechazo, odio, desprecio o simple animosidad de un gran tajo de la intelectualidad nacional ante Fox fue Roger Bartra, durante una discusión con un servidor y Monsiváis, en una cena organizada por Gerardo Estrada en 2001, poco menos de un año después del inicio del sexenio. Palabras más, palabras menos, Bartra se preguntaba –y si traiciono el sentido de su interrogante lo lamentaría en el acto– por qué la intelectualidad mexicana no apoyaba al gobierno de Fox, por qué no se había incorporado al mismo, por qué lo abandonaba en manos de la derecha, por qué casi prefería que se transformara plenamente en un gobierno conservador en lugar de jalarlo hacia el centro, y, en algunos aspectos, hacia la izquierda. La pregunta de Bartra me quedó rondando, y siempre me propuse ordenar mis conjeturas al respecto. A título de respuesta a una pregunta que es preciso acotar: ¿por qué Fox fue objeto de un mayor desdén por parte de los intelectuales que cualquier otro presidente de la época moderna?

Antes de entrar en materia, conviene aclarar paradas. En primer lugar, se imponen tres precisiones a propósito del término “intelectualidad”. La inicial es taxonómica: incluyo en la acepción aquí utilizada a nuestros grandes escritores, artistas, creadores, científicos y demás. Incorpora igualmente a lo que en otras latitudes se denomina la comentocracia, a saber, aquellos que, con o sin pertenecer a ese primer grupo, plasman sus ideas y/o estados de ánimo en las planas editoriales, los noticieros de radio y los programas de televisión (dedicados, en vista de su horario, ante todo a los veladores o porteros de noche), y, por supuesto, en los desplegados de abajo firmantes. Existen intelectuales que no son comentócratas (pocos), y comentócratas que no son intelectuales (muchos). Pero, para los fines de este ensayo, pienso que se justifica aglutinarlos en un sólo conjunto, a riesgo de ganarme algunos enemigos más.

Una segunda precisión estriba en la evidente diversidad de posturas políticas e ideológicas que hoy impera en el seno de ese conjunto. No es que antes reinara la unanimidad; siempre hubo de todo en esta viña del Señor. Pero exagerar la generalización y concluir que “los intelectuales mexicanos son de izquierda” me parece hoy más falso que nunca, de la misma manera que lo era años atrás cuando se solía afirmar que todos eran “oficialistas” o “críticos”. La intelectualidad mexicana nunca ha sido totalmente de izquierda, totalmente oficialista o totalmente crítica; más aún, su historia ofrece repetidos ejemplos de desplazamientos del mismo individuo de una categoría a otra. No obstante, uno de los enigmas que encierra la interrogante aquí propuesta como objeto de reflexión consiste justamente en la virtual uniformidad de criterio frente a Fox, desde diferentes trincheras ideológicas: de izquierda, de centro, de derecha, liberales, conservadores marxistas y nacionalistas revolucionarios.

Por último, vale la pena advertir que se produjeron algunas excepciones a la oposición frontal antifoxista, tanto al principio como al final de la administración, y post mórtem. No quisiera incluir nombres, para evitar exclusiones u omisiones. Simplemente apunto que en este caso tampoco se justifica la generalización absoluta. Por otro lado, huelga decir que el recurso a palabras como odio, desprecio, molestia, animosidad, inquina o animadversión, no aspira a un estatuto teórico, ni pretendo proporcionar ejemplos específicos del tenor que atribuyo a los críticos de Fox: creo que todos sabemos de quiénes y de qué estamos hablando. Y para concluir este preámbulo, y también para poner las cartas en la mesa, reitero mi opinión de que el gobierno de Fox, cualesquiera que hayan sido sus méritos (muchos, para mí) y sus defectos (muchos también), en los hechos, y no en las supuestas o reales intenciones, no fue un gobierno más de derecha que el que lo precedió, o que el que le sigue.

Los intelectuales mexicanos detestan a Fox por cinco razones principales, todas ellas lógicas y comprensibles. La primera, no necesariamente en orden de importancia, pero sí en el tiempo, reside en la gran desilusión que para muchos implicó el que la salida del autoritarismo en México se hubiera dado por el centro-derecha y el PAN, y no por una izquierda compuesta por parte del PRI y el PRD o su equivalente. Un gran número de intelectuales y dignos integrantes de la comentocracia apoyaron a Cárdenas en el 88; un número menor lo hizo en el 94, y una cantidad aún más exigua en el 2000, pero incluso muchos de los que fueron desencantándose con el líder perredista y votaron por el PAN gracias al fenómeno del voto útil, lo hacían tapándose la nariz y con resignación. Consideraban una injusticia, una desgracia o un error nacional grave, el que nuestro tránsito a la democracia representativa no desembocara en un gobierno socialdemócrata, semejante por cierto a los últimos regímenes priistas, pero desprovisto de las taras de corrupción, represión, fraude electoral e incompetencia propias de los sexenios más recientes. Fox, de algún modo, se convertía en un usurpador: el que le arrebató a una izquierda mexicana democrática y moderna (hoy sabemos que existente sólo en la imaginación de sus partidarios) el derecho de piso de la transición.

Olvidaban esos intelectuales y comentócratas algo que habían seguido o vivido de cerca. Las transiciones, en la mayoría de los casos, se dan por la derecha, precisamente porque la única manera asequible de convencer a los poderes fácticos de renunciar al autoritarismo que tanto los benefició, es garantizándoles muchos de sus privilegios. El PSOE llegó a La Moncloa siete años después de la muerte de Franco y después de tres gobiernos de centro-derecha (Arias, Suárez y Calvo Sotelo); antes de Ricardo Lagos ocuparon La Moneda Patricio Aylwin y Eduardo Frei; para que arribaran al poder Fernando Henrique Cardoso (sin hablar de Lula) o Tabaré Vázquez tuvieron que conquistarlo Neves (apenas por algunas horas), Sarney, Collor de Mello, e Itamar Franco, por una parte; Sanguinetti (dos veces), Lacalle, Batlle y varios más, por la otra. La excepción ha sido Mandela en Sudáfrica, que, por cierto, brindó a tiempo las garantías necesarias. Salvo con un “descontón” como en el 88, hubiera resultado casi imposible que las élites mexicanas aceptaran de buena o de mala gana una transición encabezada por alguien como Cárdenas, sobre todo antes del surgimiento de López Obrador, el espantapájaros por excelencia.

El segundo origen de la animadversión por Fox yace... en el origen de Fox. Para colmo de males, no sólo la transición se dio por la derecha, sino que se plasmó en la persona de alguien que no podría provocar mayor anatema para la intelectualidad nacional que el ex gobernador de Guanajuato. En lugar de que Acción Nacional hubiera escogido a un dirigente caro a la intelligentsia, como Castillo Peraza, o incluso Diego Fernández, sucumbió ante la peor de las pesadillas. Fox aglutinaba todos los males antes incluso de iniciar su presidencia y de poner en evidencia otras características negativas. Era “mocho” y se jactaba de ello, como lo demostraban sus repetidas apariciones en público asistiendo a misa (antes de casarse), portando una efigie de la Virgen de Guadalupe, o recibiendo artefactos religiosos de sus hijas en diversos eventos públicos u oficiales. Era empresario y empresariófilo, y de la peor calaña, del epítome de las multinacionales, productora de las aguas negras del imperialismo: la Coca-Cola. Representaba la condensación químicamente pura de lo más antitético para un intelectual de izquierda: una presidencia privatizada. Con una agravante: por tratarse no sólo de un ejecutivo de una multinacional, sino de una multinacional estadounidense, adolecía de otro defecto intolerable: ser proyanqui, o entreguista (en la jerga pejista actual) o vendepatrias. En otras palabras, para el arquetipo de comentócrata de izquierda en México (y, ciertamente, de casi toda América Latina), Vicente Fox acopiaba en su persona todos los atributos más reprobables que un presidente (o político de cualquier estatura) pudiera reunir. No se le podía aceptar, ni mucho menos querer o apoyar.

La tercera razón emergió un poco más tarde, aunque incluso durante la luna de miel previa a la elección y durante el período de transición se asomaba vía susurros y apartés en cenas elegantes. Fox era ignorante, inculto, medio mal hablado y carecía por completo del refinamiento y de la sofisticación que “debiera” poseer un presidente. Ya en la presidencia, cuando comenzaron sus gaffes supuestamente graves y recurrentes, los susurros se volvieron aullidos: ¿Cómo era posible que alguien que no supiera quién era Borges pudiera representar a México en el Congreso de la Lengua Española en Valladolid? Y así sucesivamente con la botas de charol, los negros en Estados Unidos, el Premio Nobel de Vargas Llosa, etc. Y, en todo caso, si Fox era un iletrado en el sentido más amplio de la palabra, lo menos que podía hacer –y que no hizo– era rodearse de personas que lo cuidaran de su ignorancia, la disimularan y la suplieran. En realidad este tipo de tirria se asemeja mucho a la anterior, y ambas pueden subsumirse bajo la noción del intruso.

En efecto, las élites mexicanas, dotadas de una mayor continuidad desde antes de la Revolución de lo que muchos suponen, rechazan con ferocidad todo lo que resulta ajeno a sus prácticas, orígenes, predilecciones y fobias, a sus costumbres y tradiciones. Es la versión local –tácita, pero innegable– de la corrección política, hipócrita como todas las encarnaciones de esa contribución estadounidense de dudoso valor a la vida cultural. Dichas élites son multiformes: empresariales, políticas, religiosas e intelectuales. El último segmento, por ser el menos poderoso, quizá se distinga por ser el más estridente. Diversos valores –entendidos o no–, determinadas formas, algunas afinidades o complicidades, siempre han sobresalido, por lo menos desde el alemanismo, en el seno de estas élites; por selectiva que fuera la admisión, el poder o el dinero aseguraba el derecho de ciudad, a condición de que se cumpliera con ciertos requisitos, más de forma que de fondo (no importaba de dónde provenía el dinero, si se gastaba correctamente: Artemio Cruz); no importaba la naturaleza rústica de algunos políticos, siempre y cuando tuvieran poder real, y aprendieran a usar los cubiertos en los convivios diplomáticos: Gonzalo N. Santos. Y, por qué negarlo, imperaba en el seno de las familias sagradas una dosis de convergencia de sustancia: una misma idea del país, del mestizaje, de la historia, del patriotismo, del lugar de México en el mundo y el del mundo en México, del rol de la iglesia y la religión, de la vocación redentora (siempre en los bueyes de mi compadre, por supuesto) de políticos empresariales y de empresarios políticos. Siendo élites relativamente cerradas (cf. las dinastías políticas, empresariales y hasta intelectuales del país desde los años cuarenta), su aversión al extraño era y es extrema; y cuando la alteridad es de forma y de fondo, se transmuta en intolerancia.

Fox fue un intruso: en su desempeño profesional, en su vestido, en su lenguaje, en su educación (o falta de ella), en su ostentosa religiosidad, en sus valores y en su rechazo a las reglas del juego superficiales (las más profundas, por desgracia, las acabó acatando). Era lo más políticamente incorrecto en forma y fondo: discrepaba de la discreción religiosa, del patrioterismo antiyanqui, de las versiones de la historia oficial (Madero en lugar de Juárez), del culto a la Revolución Mexicana, del paternalismo estatal (de allí sus berrinches públicos contra la gente en las vallas que le pedía incontables favores). Violaba mucho del fondo, y casi todas las formas, que aglutinaban a las élites mexicanas, cuyas opiniones y sentimientos eran a la vez confeccionados y difundidos por la intelligentsia. ¡Cómo no lo iban a reprobar!

Lo que los intelectuales quizás no vieron era que muchos de los rasgos execrables ya mencionados, en realidad hacían de Fox no sólo el único vehículo para salir del autoritarismo por una vía pacífica, tersa y caracterizada en buena medida por la continuidad. Permitían, principalmente, la coexistencia, en su vida personal, de otras posturas, que a su vez lo abrían a propuestas, respuestas y apuestas contrarias a las que se podría suponer. Por ser divorciado, por haber adoptado a cuatro hijos, por casarse de nuevo sin anulación de su matrimonio previo, por no cargar complejo alguno frente al exterior y en particular frente a Estados Unidos, por haber convivido desde su infancia y juventud con los sectores populares del país, en esa extraña combinación de cercanía y condescendencia que implica ser el ranchero blanco y grandote con apellido extranjero que juega con los niños pobres de la hacienda, y el gerente de ventas de Coca-Cola que recorre los pueblos trepado en los estribos del camión de reparto; es decir, por haber podido separar en su vida personal sus creencias religiosas y nacionales de sus actos cotidianos, Fox no se sintió nunca obligado a traducir en políticas públicas sus convicciones personales.

Durante sus seis años de gobierno, ni propuso, ni fomentó, ni insinuó cualquier modificación al carácter público, laico y gratuito de la educación (al contrario: tal vez el mayor reproche que se le pueda dirigir consiste en no haber transformado el desastroso legado educativo que recibió y que entregó); nunca intentó modificar la legislación federal vigente en materia de aborto o impugnar las leyes más liberales de los estados; e introdujo, casi a la fuerza, la píldora del día siguiente en la canasta básica de medicinas y en las farmacias (una de las medidas más populares de toda su administración, según diversas encuestas). Pudo, frente a Estados Unidos, demandar a ese país ante la Corte Internacional de Justicia, por primera vez en la historia de México; pudo retirar el país del Tratado de Río, pudo colocar el tema migratorio en el centro de la agenda bilateral, pudo resistir la mayor presión diplomática infligida a México desde inicios de los años sesenta (a propósito de Cuba), al negarse a apoyar a Bush en el Consejo de Seguridad de la ONU; pudo más que duplicar el número de familias inscritas en el programa de combate a la pobreza diseñado por su predecesor y más replicado y alabado en el mundo (aunque, en efecto, se trata de dinero destinado al consumo y no a la infraestructura).

En otras palabras, los vicios que muchos intelectuales aborrecían en Fox, y que según ellos conducirían a políticas públicas conservadoras, mochas, proyanquis y antipopulares, posibilitaron y hasta cierto punto alentaron definiciones de hecho que, en todo caso, representaron una continuidad con el pasado, para bien o para mal. Ante estas evidencias, la comentocracia (en paralelo, hay que decirlo, con la vieja clase política priista y con parte de la élite empresarial) esgrimía su último recurso: aunque todo eso fuera verdad, no se debía a Fox, sino a ciertos colaboradores, a determinados aliados (o aliadas) y a la opinión pública. Mas no a él. Nunca se comprendía en este enfoque, sin embargo, quién había nombrado a los colaboradores, quién había escogido a los aliados, y por qué se atendía a la opinión pública en un país donde ni siquiera existía pocos años antes.

La tercera razón del desencuentro entre el vaquero de San Cristóbal y la docta academia mexicana fue la exclusión y la etérea pero indudable incomodidad de Fox para tratar con y escuchar a “intelectuales que no me quieren”. Desde la presidencia de Ernesto Zedillo, el tradicional apapache –cooptación o corrupción dirían algunos– estatal de la intelectualidad y de la comentocracia ya se había empezado a extinguir. Pero con Fox el asunto llegó a extremos, ya que prácticamente ningún integrante de la intelligentsia consagrada fue incorporado al gobierno; las posibles excepciones habrían sido, en distintos niveles, el que escribe, Adolfo Aguilar Zinser, Carlos Elizondo Mayer-Serra y Francisco Valdés, junto con creadores más jóvenes designados como agregados culturales en varias embajadas, y cuatro figuras destacadas a quienes se les ofrecieron sendos nombramientos de embajadores; uno aceptó, tres declinaron. De tal suerte que quizás el principal instrumento utilizado tradicionalmente por el Estado mexicano para acercar a los intelectuales al poder, o para acercarse el mismo al estamento en cuestión, sencillamente no fue empleado para sus fines de siempre.

Se puede argumentar que el recurso a las viejas mañas del sistema no era ya –o nunca fue– indispensable para que el Estado sostuviera una relación correcta con la intelectualidad; es cierto. Como lo es también que la acostumbrada integración de algunos intelectuales al servicio exterior, al aparato cultural, a la SEP, a los innumerables consejos consultivos del gobierno, así como una relación más cercana de Fox con la Universidad –y no sólo con las universidades públicas y privadas del interior de la república– no hubieran evitado la animosidad, aunque tal vez la habrían aminorado. Y es válido afirmar que gobiernos como el de Zedillo o el de Calderón –ninguno de los cuales practicó la seducción de siempre– construyeron un vínculo con los sectores académicos, científicos y culturales del país menos áspero que Fox. Quizá convendría concluir que este factor, justamente porque se sumaba a los demás, envenenó las cosas más allá de lo ineludible en vista de las explicaciones previamente expuestas.

Ahora bien, esta exclusión de una intelectualidad de cualquier manera reticente a forjar un nexo con Fox, se explica y a la vez se agravó por una característica del mismo Fox. Nunca se sintió cómodo con los intelectuales o comentócratas, le disgustaba hacer la tarea, y la consideraba superflua por doble partida. Por una parte, siempre abrigó el convencimiento de que los intelectuales no lo querían, por todas las razones expuestas aquí, y que todos sus esfuerzos resultarían fútiles; ¿para qué insistir? Y de allí el ciclo vicioso: como no se empeñaba, y su renuencia se notaba, exacerbaba la percepción entre los intelectuales de los rasgos señalados, sobre todo el de la incultura y el de... el antiintelectualismo.

Pero además, Fox suscribió desde su campaña y sobre todo a partir de la toma de posesión, la tesis –en última instancia falsa– de Ricardo Salinas Pliego sobre los llamados círculos verde y rojo. El primero es el de las grandes masas, que votan y se definen en función de criterios muy básicos: empleo, precios, seguridad, educación, salud, vivienda. Se llega a ellos por dos medios: la televisión y, en menor escala, la radio. De allí la enorme importancia que Fox (y Calderón, por cierto) otorgaba a las campañas de publicidad gubernamental, y a sus salidas directas en la televisión. Por el contrario, conforman el círculo rojo los mexicanos informados, que leen los periódicos y siguen de cerca las noticias, politizados y organizados en partidos, dirigencias sindicales, universidades, cúpulas empresariales, ONG, etc. La comunicación con ellos se produce a través de los medios impresos: titulares, columnas editoriales, fotos, etc. Su número no rebasa el millón: casi nada en un país de más de ciento diez millones de habitantes. Para Fox, carecían de importancia; eran el equivalente de las inglesísimas chattering classes, reflejando una inmensa desproporción entre su estridencia y su influencia en el México democrático.

Pero Fox “ni los veía ni los oía” no sólo debido a su diminuta dimensión, sino también por su falta de ascendencia sobre el círculo verde. Los intelectuales y la comentocracia pecaban doblemente: por formar parte del círculo rojo, y por no influir en el círculo verde, el único que cuenta. Sus asesores de imagen y de opinión –y en particular Manuel Rodríguez y Rolando Ocampo, sus encuestadores de casa durante buena parte del sexenio– intentaron persuadir a Fox del simplismo de esta tesis, al señalar que el círculo rojo en realidad englobaba dos segmentos: los que hoy denominamos la comentocracia (los que forman opinión), y el círculo café, que funciona como enlace entre los opinadores (círculo rojo) y la amplia masa del país (círculo verde). Fox nunca aceptó el matiz.

Al final de cuentas, Fox acertó al creer que debía concentrar todo su énfasis y energía en el círculo verde, dirigiéndose a él a través de los medios masivos de comunicación. Salió de la presidencia con índices de popularidad y aprobación sumamente elevados (los más altos que se hayan registrado), y logró la reconducción del candidato de su partido a la presidencia. La intelectualidad del círculo rojo no logró contaminar los sentimientos del círculo verde, gracias ante todo al Peje: los intelectuales se dividieron en torno al candidato del PRD, y muchos sublimaron su odio a Fox a favor de su rechazo a López Obrador. Pero Fox se equivocó en un aspecto decisivo: la historia la escriben los miembros del círculo rojo, y en particular los historiadores, periodistas, analistas, ensayistas, etc. Su visión del sexenio sí influye en el círculo verde, y puede terminar por definirlo, con el tiempo. Fox no retuvo los niveles de aceptación de diciembre de 2006, en buena medida por esto. Y es que la teoría de Salinas Pliego tal vez haya perdido vigencia con el tiempo. Hoy, los dos círculos parecen vasos comunicantes: un asunto de círculo rojo comienza en la prensa de la mañana; pasa de los periódicos a los noticieros de radio matutinos; si tiene piernas, rebota a los de mediodía y de la tarde, para aterrizar en la televisión a las diez de la noche, donde, si no es controlado antes, ya penetra en el círculo verde. No son compartimentos estancos, sobre todo debido al efecto multiplicador de la radio.

El cuarto motivo de la desavenencia del régimen con los intelectuales consiste en una consecuencia directa de las consideraciones anteriores. Hasta Fox –aunque Zedillo ya había comenzado a tropezarse en este ámbito– todos los gobiernos mexicanos de la época moderna (y no tan moderna: cf. Justo Sierra) incluían en su seno a algunas figuras que, si bien no se concebían a sí mismas, ni eran consideradas por terceros, como creadores o científicos en tanto tales, fungían como correas de transmisión entre el presidente y el sector. Como se dice en otras latitudes, “atendían” a los intelectuales: se reunían con ellos, los acercaban al presidente, resolvían sus quejas, problemas o solicitudes, dispensaban favores y comunicaban disgustos del “Señor” con ellos. Variaban los cargos ocupados por estos intermediarios: Gobernación, Relaciones Exteriores, Educación con mayor frecuencia, Conaculta o antes Bellas Artes, el director de Comunicación Social de la Presidencia, algún allegado al presidente (jefe de la Oficina de la Presidencia, o equivalente).

Ninguno de los responsables de estas carteras o funciones en el sexenio de Fox resultó ser un interlocutor válido para la intelectualidad. La directora del Conaculta, el secretario de Educación, los sucesivos voceros (la excepción parcial fue el último), y el director de Innovación Gubernamental (virtual jefe de la Oficina de la Presidencia) no lo fueron por obvias razones: no había química posible entre unos y otros. El secretario de Gobernación lo intentó sin éxito, y el primer secretario de Relaciones Exteriores asumió la función por default, a medias, y con un éxito relativo durante dos años. Nadie más lo hizo. Al grado que durante la mitad de 2003, habiendo ya salido del gobierno, y todavía en 2005, le tocó al autor de estas líneas ser requerido por Los Pinos para invitar a diversos intelectuales a Los Pinos, porque nadie más lo hacía: a falta de pan, tortillas. De nuevo, no es que la ausencia de un “ministro de Intelectuales” provocara el distanciamiento, ni que su existencia lo hubiera evitado, pero la inoperancia de los tradicionales mecanismos de enlace contribuyó al desaguisado que todos conocemos.

La quinta y última razón de tal desaguisado yace en lo que quienes discrepan de lo dicho hasta aquí podrían llamar el fondo del problema. Los intelectuales llegaron a detestar a Fox (aunque, como vimos, el sentimiento nació incluso antes de la toma de posesión) porque era detestable; porque fue un pésimo gobernante, de principio a fin, porque descuidó algunos elementos esenciales de la gobernabilidad mexicana, como son el oficio político, la búsqueda y realización de consensos o acuerdos mayoritarios, y la solemnidad de la investidura. Sigue, desde luego, abierta la interrogante: dichos atributos ¿emanan del alma mexicana ancestral, o del chip priista?

Los intelectuales y comentaristas, en México y en China, se consideran los guardianes del templo: ellos, desde la distancia, saben cómo se gobierna, cómo se fraguan alianzas, cómo se respetan y conservan las formas (importantes en México y en China, pero en muchos otros países no), en una palabra, qué se debe hacer y qué no. Y Fox no sólo no solicitaba con suficiente frecuencia su consejo al respecto, sino que no lo seguía cuando se lo brindaban. Gobernó mal porque desconocía los hilos del poder, porque no quiso pedirles a los sacerdotes encargados de proteger y perpetuar esos hilos que le enseñaran cómo se tejían, y porque pensó, en su ignorancia y arrogancia, que podía gobernar de otra manera: hablando en exceso, diciendo disparates, confrontando a opositores, rompiendo las reglas, olvidando las tradiciones, descuidando las famosas formas. Desde esta óptica, Fox se ganó el desprecio de los intelectuales a pulso: les cayó gordo con toda razón.

Sin duda algo hay de válido en esta diatriba implícita. Fox efectivamente despreció las formas ortodoxas, descuido el trabajo político de menudeo y de construcción de alianzas (aunque también se le reprochan las alianzas que sí fraguó: Elba Esther Gordillo, la CTM, el Partido Verde en 2000-2001 y varios gobernadores priistas), y se quedó a medio camino: ni rompió de verdad con el pasado, ni respetó explícita y formalmente la continuidad que en ocasiones pretendía asumir. Logró menos de lo esperado, de lo necesario y de lo prometido; entregó un país económica y socialmente en ascenso, pero políticamente paralizado. Nunca supo que la ruptura era imprescindible, por lo menos para arrancar, ni comprendió que, con el andamiaje institucional vigente, gobernar se reduce a administrar, mejor o peor que antes, la herencia recibida. Pero estos reclamos, colocados en boca de la intelectualidad con términos que no son los suyos, se podrían dirigir con la misma eficacia y verdad al régimen anterior a Fox, y al que le sigue. Sin embargo, ni Zedillo ni Calderón (hasta ahora, pero es probable que el statu quo se mantenga) han padecido la virulencia de la hostilidad comentocrática contra Fox. Por eso esta última explicación, la más autojustificatoria, se antoja insuficiente, aunque no falsa.

La historia es inclemente con los presidentes mexicanos. Sus aciertos, o los motivos, costos y beneficios de sus fracasos, empalidecen frente al juicio implacable del retrovisor. El caso de Fox reviste, no obstante, una diferencia esencial frente a tres de sus predecesores, objetos o víctimas de un encono análogo: Echeverría, López Portillo y Salinas de Gortari. Justificadamente o no, han sido vilipendiados por los historiadores, los periodistas, los intelectuales, y en general por lo que los estadounidenses llaman punditocracy. Pero en su caso, y, de nuevo, con o sin razón, también son repudiados por la opinión pública (no sólo la publicada), por las clases medias que perdieron su patrimonio y por los sectores populares que vieron prolongada indefinidamente su pobreza y adversidad.

No es el caso de Fox: aunque dilapidó la popularidad de sus últimos días en Los Pinos (como Salinas hasta el derrumbe de diciembre, o Echeverría antes de la devaluación de agosto de 1976, o López Portillo hasta la devaluación de febrero de 1982), sigue contando con el afecto y el respeto de un número insólito de ciudadanos, medido por encuestas, y por impresiones en la calle, entre mexicanos en el exterior, en la provincia, en los mercados y aeropuertos, salvo, por supuesto, en territorio apache: dentro de las comarcas del Peje.

En los anteriores sexenios citados, el pueblo arrastró a los intelectuales; en el de Fox, hasta ahora, los intelectuales no han jalado al pueblo. La suerte de Fox descansa, quizás, en ser de centro-derecha en un país que así se autodescribe y designa. Fox fue un presidente asumido de centro-derecha con valores conservadores, en un país asumido de centro-derecha con valores conservadores.

Si nos guiamos por la encuesta comparativa de autoidentificación ideológica de Cima/Barómetro Iberoamericano de Gobernabilidad 2007, donde en la escala del uno al diez el uno es izquierda y el diez es derecha, México, con 6.8, es el tercer país más a la derecha de América Latina; el promedio de la región es de 5.8. Si nos remitimos a una encuesta reciente de Consulta Mitofsky, que nos arroja datos indirectos pero igualmente precisos, 32% de los mexicanos se identifican con el PAN, y 22% con el PRD, y 50% de los mexicanos consideran al PAN como un partido de derecha y 54% consideran al PRD como un partido de izquierda. Por último, si nos referimos a una encuesta levantada por GAUSSC en plena campaña presidencial del 2006, donde de nuevo uno es “muy de izquierda” y diez es “muy de derecha”, los encuestados se ubicaban en el seis, es decir, ligeramente cargados hacia la derecha.

Así, podemos conjeturar que en los casos de Echeverría, López Portillo y Salinas, los intelectuales se ubicaron en sintonía con el país, con independencia de qué vino primero: la antipatía de la sociedad, o la de sus formadores de opinión. En cambio, en el caso de Fox, quizás, este último se halló en sintonía con el país, y los intelectuales, no. ~

México es líder mundial en el cuidado del medio ambiente: ONU

• El programa PROÁRBOL ha creado sinergias entre la población: Magdy Martínez-Solimán

• Lanza el Presidente Calderón convocatoria para jornada histórica nacional de reforestación


México, DF.- La Organización de las Naciones Unidas (ONU) entregó el Certificado de Liderazgo Mundial al Presidente Felipe Calderón y al pueblo de México por la destacada participación de nuestro país en el cumplimiento de la convocatoria Plantemos para el Planeta: Campaña de los Mil Millones de Árboles.

Magdy Martínez-Solimán, Coordinador Residente de la ONU en México y representante personal de Ban Ki-moon, Secretario General del organismo internacional, dijo que los 250 millones de árboles que México comprometió y plantó en 2007, fueron determinantes para lograr el cumplimiento de la meta establecida a nivel mundial.

“Reconocemos y felicitamos a México por el informe remitido al Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente que sustenta el cumplimiento de su meta, y notamos con gran satisfacción que el programa ProÁrbol ha creado sinergias entre las autoridades públicas y diversos actores sociales y privados para el cuidado del medio ambiente, el combate a la pobreza y el incremento de la productividad de sus bosques y selvas”, afirmó el funcionario.

Esta es la primera ocasión en que la ONU entrega el certificado de Liderazgo Mundial a un presidente, y con ello México reafirma su liderazgo en el cuidado del medio ambiente global, a través de acciones concretas, verificables y de alto impacto.

En el marco del Día Mundial del Medio Ambiente, el Presidente Felipe Calderón agradeció la entrega del reconocimiento y refrendó su compromiso de trabajar aún más a favor de la preservación del medio ambiente.
En este sentido, lanzó una convocatoria a todos los mexicanos y mexicanas, sin importar condición social o afiliación política, a participar unidos a plantar en todo el país el mayor número de árboles posible en una sola jornada, a desarrollarse el próximo sábado 5 de julio.

“No se trata sólo del número de árboles que plantemos, que espero sean varios millones, se trata también de dar una acción que refleje unidad de los mexicanos en torno al propósito común, que es ambiental; una acción que mueva a la sociedad, que es lo que está haciendo falta, una conciencia colectiva sobre el tema ambiental y coloque a México en la ruta correcta del desarrollo sustentable”, dijo el Mandatario.

Refirió que la meta es que para este 2008 se siembren 280 millones de árboles en el país y se incluya un millón de hectáreas más al Programa de Pago por Servicios Ambientales.