junio 22, 2008

Vicente Fox, Castañeda y Monasterio “se la rifaron”

Andrés Becerril

Días después de que la familia de Héctor no supo nada de su paradero en Colombia, acudió a pedir ayuda al gobierno de México.

El rol que desempeñó el gobierno de Vicente Fox para liberar del cautiverio en que las FARC tenían al ejecutivo mexicanos y a uno brasileño fue crucial.

Para lograr su libertad intervinieron directamente el propio presidente Fox, el secretario de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda; Adolfo Aguilar Zínser, entonces consejero presidencial en Seguridad Nacional, y el embajador mexicano en Colombia, Luis Ortiz Monasterio.

De acuerdo con información oficial, desde 1990 y hasta 2001, las FARC han secuestrado a por lo menos seis ciudadanos mexicanos. Entre ellos está Héctor, quien en una entrevista para Excélsior dio su testimonio de cómo vivió 369 días en manos de la guerrilla colombiana.

El último mexicano secuestrado por el grupo armado fue el ingeniero sinaloense Everardo Castro, liberado en noviembre de 2001, cuatro meses después de que el gobierno mexicano lograra rescatar a Héctor.

De distintas formas, Fox, Castañeda, Aguilar Zínser y el embajador Ortiz Monasterio mantuvieron informada a la familia de Héctor sobre cómo iba el proceso de negociación para conseguir su libertad, cuya parte más intensa se dio en los últimos seis meses de cautiverio.

“Me da gusto decir que cuatro personas de distintas ideologías hayan luchado por mí. Eso habla muy bien de México como país, porque ellos cuatro salieron y se la jugaron por mí”, cuenta Héctor.

Después de la experiencia que vivió Héctor hace ocho años, el ejecutivo se ha dedicado a ayudar a personas en situaciones similares, incluso en Colombia, y siempre hace referencia al papel que desempeñó el gobierno mexicano para que él fuera rescatado sano y salvo, porque, a diferencia del mexicano, el gobierno brasileño está impedido por ley de tomar parte en una situación de secuestro como la que vivió el colega de Héctor.

“Siempre que me han invitado a dar pláticas digo lo importante que es que el gobierno de México haga eso. Si hay algo a resaltar es el agradecimiento que debemos tener por cómo está estructurado el país. El gobierno se la rifó y nunca hicieron alarde del caso”, reconoce Héctor

Yo fui secuestrado por las FARC

Andrés Becerril
Excélsior

Durante 369 días, dos ejecutivos de la empresa farmacéutica trasnacional Novartis estuvieron retenidos por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)

A unos cuantos metros de la casa de María Cristina Arango, madre del entonces presidente Andrés Pastrana, sobre la calle Circunvalar, en Bogotá, dos altos ejecutivos de una empresa trasnacional, uno mexicano y el otro brasileño, iban a cenar, tranquilos, a bordo de una camioneta 4x4. Era el 29 de junio del año 2000.

De pronto, un comando de diez, 12 policías uniformados, en patrullas y motocicletas, les ordenó detenerse. Los extranjeros obedecieron. Todo parecía que se trataba de una revisión de rutina. Pero no. Al acercarse a la ventanilla del conductor, un uniformado les pidió los documentos y les informó que había una investigación por tráfico de drogas en su contra.

Los policías tomaron el control y mandaron al mexicano y al brasileño a la parte trasera del auto. Entonces, dos hombres vestidos de civil ocuparon los espacios del conductor y el copiloto.

“Y empezamos a avanzar hacia las afueras de Bogotá”, recuerda Héctor Valle, el ejecutivo mexicano, que ocho años después de aquel hecho cuenta por primera vez, en entrevista con Excélsior, detalles de los casi 13 meses que pasó secuestrado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y que le cambiaron la vida para siempre.

Durante su cautiverio, Valle anduvo a salto de mata, caminando en la selva colombiana atado de cuello y manos. De los 369 días que estuvo secuestrado, la enorme mayoría los pasó a la intemperie, resguardado de los aguaceros por una lona que apenas lo cubría. Durante ese tiempo, su vida dependió de un hombre que antes había sido encarcelado por violación, robo y asesinato, y poco hablaba de ideales revolucionarios. Valle nunca pudo comunicarse con su familia. Desde el tercer día de su rapto, los guerrilleros lo engañaron diciéndole: “Se acabó, mañana te vas”.

En las noches, buscaba refugio en un ser superior en el que antes no creía. En ocasiones lloraba a causa del sentimiento de abandono y se mantuvo furioso. Aunque no podía justificar su secuestro, entendía que quienes se han sumado a las FARC sólo lo hicieron para poder comer tres veces al día, a causa de la pobreza extrema.

Dice que el día que comenzó su largo secuestro tardó en darse cuenta de que quienes le ordenaron detenerse no eran en realidad policías.

“Lo que me preocupaba al principio era pensar que no éramos locales y que nos señalaran por cuestiones de drogas”, dice el ejecutivo.

“En ese momento me acordé de que, en mi temprana juventud, hubo una época en que la policía mexicana te sembraba un carrujo de mariguana en el coche para acusarte. Recuerdo que una vez saliendo de Garibaldi nos paró la patrulla y dije ‘¡Puta, no nos vayan a poner un carrujo adentro!’ Y cuando pasó esto en Bogotá vi venir la historia del carrujo. Tuve miedo de que me sembraran un kilo de coca. Me imaginaba preso en Colombia toda mi vida. Eso fue lo primero que me pasó por la mente.”

Héctor Valle, que entonces tenía 29 años de edad, visitaba por tercera vez Colombia, en su calidad de director regional de la empresa. Cuando los supuestos policías lo detuvieron en la capital colombiana, nunca le pasó por la mente que lo fueran a secuestrar.

“En un momento le digo a los tipos que iban adelante en el auto: ‘Vamos al hotel, para entregarte los documentos’. Uno de ellos me contestó: ‘Tranquilo, no te preocupes, eso lo vamos a arreglar ya más adelante, cuando lleguemos a la comandancia’. Todavía entonces hicieron la pantomima de que eran policías. Y todo indicaba que realmente íbamos a la comandancia y que ellos nada más nos llevaban porque había un asunto de tráfico de drogas.”

De esos primeros minutos, Valle recuerda que, además de los civiles que los conducían, los supuestos policías seguían en el camino.

“Por primera vez me cae la ficha de que algo andaba mal, cuando en el camino pasamos muchísimas calles con las patrullas ayudándonos a salir a toda velocidad, parando el tráfico, pasándose los semáforos en rojo. Podías jurar que en esa caravana iba un secretario de Estado.”

La camioneta seguía avanzando. “Salimos de la zona central de Bogotá. Empecé a ver cómo cambiaba el paisaje, como si saliéramos de la Condesa y de pronto entráramos a una zona de casas de tabicón gris, como el pueblo de Santa Fe, por Constituyentes (en el DF). De repente, paramos en una de esas callecitas y nos cambiaron de vehículo, a uno muy modesto, todo golpeado. Entonces supe con certeza que nada era cierto”.

Más adelante, los secuestradores volvieron a cambiarlos de auto, a otra camioneta 4x4, “y en ésa salimos de la ciudad hacia la montaña, o no sé hacia dónde…”

Tres horas después de que aquellos “policías” habían detenido a los ejecutivos, ya en la montaña, el hombre que manejaba la camioneta les dijo: “Miren, no se preocupen, esto es un secuestro, y quien lo va a conducir son las FARC. Nosotros hasta acá. Ya no tenemos nada que ver”.

“Lo que entendí es que el grupo que nos detuvo inicialmente trabaja para la guerrilla haciendo ese trabajo urbano. Después supe que la guerrilla no va a las ciudades a secuestrar, sino que compra los secuestros”, relata.

Años después, la policía colombiana pondría en manos de un juez especializado de Bogotá a cuatro miembros de la banda de Los Calvos, y con base en pruebas recabadas por un fiscal de la Unidad Nacional contra el Secuestro y la Extorsión, los condenó a más de 20 años de cárcel, a cada uno, por el secuestro de Héctor Valle Mesto y el brasileño de origen polaco André Zoltan Ladislao Alexandre Brazay. Esto, de acuerdo con un boletín de prensa que aún se puede encontrar en internet.

En Colombia, grupos de mercenarios como Los Calvos se dedican a rastrear a personas que podrían interesar a la guerrilla y que son plagiados para llevárselos como mercancía, que después el grupo armado utiliza para obtener rescates en efectivo.

“El tipo que nos informó del secuestro fue quien nos entregó a una persona vestida de civil, en una casita medio escondida en el bosque, en una zona parecida a Tres Marías, Morelos. Ahí, ese cuate nos recibe y con mucha naturalidad pregunta que cómo va nuestro secuestro. Y después aparecen otros dos, esos sí uniformados como guerrilleros, y armados. Entonces nos llevan a otra casita y ahí dormimos la primera noche”.

Uno de los dos guerrilleros que recibieron a los secuestrados era un capitán, “un cuate que estuvo a cargo del secuestro desde ese día uno y hasta el final. Él nos recibió y nos entregó al año siguiente”. Ése que se presentó como jefe lo fue de principio a fin y se hacía llamar Óscar”.

“Al día siguiente, por la tarde-noche, lo que hicieron fue sacarnos de ahí para meternos a la selva. Los primeros días fueron de mucho movimiento, aunque en el día no hacíamos nada, porque tenían la preocupación de que en el día se pudiera ver movimiento”.

En medio de su angustia, Valle captó en esos primeros días de su rapto la mecánica del grupo armado para resguardar a las personas que, eufemísticamente, llama “retenidos”.

“Creo que al inicio de cada secuestro el Ejército tiene un espacio, los primeros días, cuando intentan hacer una recuperación. Esto porque se supone que hay un poco de más cercanía de donde uno fue secuestrado. Es por eso que en los primeros 45 días hay mucho nerviosismo entre los guerrilleros. Están cuidando la parte de comunicación, monitorean todos los movimientos del Ejército, y al principio noté que hubo mucha comunicación vía radio, que se elimina cuando están más tranquilos”.

Según recuerda el ex rehén de las FARC, las caminatas siempre fueron a partir de las 6 o 7 de la noche. Durante esas marchas forzadas, Valle y Alexandre iban atados de manos y unidos por un mecate, el cuello de uno con el del otro.

“Caminábamos largos trayectos hasta que el grupo llegaba a un punto predeterminado. No conocíamos ese tipo de terreno y nunca sabíamos a dónde íbamos. Yo soy completamente urbano y de pronto iba caminando y me caía, terrible. No podía saber si nada más caminábamos en círculos por alguna zona; a lo mejor subíamos la montaña por un lado y la bajábamos por otro, ni idea. Íbamos atados. Todo, siempre en medio de una oscuridad total; si hubiera puesto la mano frente a mi rostro, simplemente no la hubiera visto”.

Lo que si es un hecho, cuenta el ejecutivo, es que durante todo el tiempo que estuvo secuestrado estuvo caminando de un lado a otro; a veces las caminatas duraban un día, a veces eran dos, dependiendo de qué información tuviera el grupo que lo cuidaba sobre los movimientos del Ejército, que siempre estaba a la caza.

“Hay una profunda comunicación entre la guerrilla y los pobladores de cada lugar al que se llega. Ellos son los que ponen en alerta a los guerrilleros. ‘Ahí viene el Ejército’, les decían y entonces empezábamos a movernos”.

Cuando se le pregunta por qué los llevaban amarrados, Valle afirma que el grupo captor tenía dos preocupaciones: que el secuestrado se escapara y que fuera a atentar en contra de alguno de ellos.

“Las caminatas se hacían en línea”, describe. “Unos iban adelante y otros atrás, los secuestrados quedábamos en medio y no se podía rebasar, había que mantener el grupo. Por otro lado, la estructura de la columna les permite que, en caso de un ataque o un intento de recuperación por parte del Ejército, hay alguien que está designado para matar, de tal forma que uno no salga vivo bajo ningún esquema. A ellos no les importa que los mate el Ejército, pero el secuestrado no puede salir vivo”.

Prosigue: “Esto es para demostrar al gobierno que hay fuerza, que el Ejército no puede recuperar a los secuestrados con vida, que el gobierno no es más fuerte que ellos. Es una forma de retar al poder”.

Durante esos poco más de 12 meses que Héctor Valle estuvo en cautiverio, calcula haber estado en unos 15 campamentos distintos. Nunca supo que fueran identificados con algún nombre o número. Y todas las veces que pudo escuchar que los guerrilleros hablaban por radio siempre fue en claves indescifrables para él. “En eso también son muy herméticos”.

Valle cuenta que los guerrilleros —a los que se refiere como “los muchachos”— siempre lo llamaron por su nombre, aunque durante todo el proceso siempre hubo hostilidad entre las partes.

“No podía no haberla, porque nosotros estábamos ahí a la fuerza, pero también debo decir que hubo respeto entre las dos partes”.

De parte de los guerrilleros dice: “Había la preocupación de que nos pudiéramos escapar y siempre estaban pendientes de que no sucediera. Por otro lado, está implícita su propia seguridad, de que me parara y que en un arranque de furia agarrara una pistola y los matara.

“De mi lado era igual. Siempre hubo una rabia natural: no podía estar con mi familia, no podía hacer las cosas que quería. Es ahí donde entré en un espacio de reflexión fuerte de la arbitrariedad: un cuate, yo, que va a otro país, que no tiene nada que ver con su problemática y que el país y la coyuntura me atajaron de esa forma”.

Afirma que no podía dejar de tener rabia, ira, el no querer entender. Después pensó por qué ocurrió aquello. Entendió el tema de la pobreza extrema, que lleva a la gente que no come a decir “me vinculo a este movimiento porque por lo menos voy a comer tres veces al día”. Eso, dice, pasa con muchísima gente de las FARC. Antes no comía bien, vivía aislada, no tenía educación, y al no tener educación es presa fácil para que el movimiento la recoja, pues éste les garantiza alimentación y un sentimiento de pertenencia a algo.

“Los muchachos se daban cuenta perfectamente de que era malo lo que estaban haciendo”, cuenta Valle. “Saben que lo que están haciendo está mal, pero por otro lado saben que si estuvieran en otra coyuntura no tendrían acceso a comida, a medicina, a una serie de cosas que esa realidad les permite tener. Ceden sus valores y principios por alimentación”.

Dice que, en más de una ocasión, los guerrilleros se le acercaban y lloraban con él. “Saben que están metidos en una situación de la que no pueden salir. Si tratan de escapar y no lo logran, los matan. Si escapan, matan a sus familiares. Aquello es como la mafia”.

Después de esa larga convivencia, Héctor Valle Mesto cree que cuando nació el movimiento de las FARC, hace poco más de 44 años, había necesidad de apoyar a una población en una situación de miseria extrema. “No tengo duda de que cuando (Manuel) Marulanda inició el movimiento, probablemente quería ayudar a un grupo que tenía necesidades extremas y hacer ver al gobierno y la sociedad cómo vivía toda aquella gente”.

Agrega: “Creo que no se resolvió ese problema a tiempo en Colombia, creció y se le salió de control. Y después la guerrilla aprovechó esa coyuntura y se desvió de su foco inicial. Al no haber financiamiento de las fuentes que de manera natural lo podrían haber hecho mundialmente, entonces el movimiento de las FARC no tuvo otra opción más que buscar fuentes de financiamiento interno, y por eso se dedica a secuestrar y a relacionarse con los diferentes cárteles de las drogas”.

Con total tranquilidad y convicción, dice que la célula que lo tuvo secuestrado nunca pasó por ningún plantío ni sembradío de droga y que tampoco vio que protegieran cargamentos de coca.

“A veces se olvida —apunta Valle— que las FARC son un grupo muy diverso y que no todos sus frentes se dedican a lo mismo. Unos frentes pueden participar en el tráfico de drogas, pero otros no.

“Incluso escuché que había células dedicadas a diferentes cosas, los mismos guerrilleros lo contaban. Esta célula sólo se dedica a secuestros, hay otras que se dedican a otras cosas. Los muchachos mencionaron que había células que protegen al narco y otras trafican con automóviles y autopartes.”

Sin embargo, dice que tomaba esa información con escepticismo: “Yo no sé si es cierto o no, porque los guerrilleros tienen dos cosas: la primera es que son mitómanos y, por otro lado, a ellos también les mienten. Es una estructura donde ellos se mantienen alejados de la realidad y se mienten los unos a los otros. Dicen que es por cuidar su identidad y, otra, porque es muy fácil mentirles. No saben sumar, yo les enseñé a sumar; les enseñé a restar y a multiplicar, también les enseñé a leer. No sabían escribir, invertí un montón de horas en eso”, comenta.

El ejecutivo relata que cuando iban a cambiarlos de sitio él no se enteraba. “Ellos debían tenerlo planeado, pero no sé si los mismos muchachos sabían, porque de pronto llegaba el jefe y les decía: ‘Agarren las cosas, que nos vamos’. Yo veía que no habían preparado nada. En ese momento empezaban a preparar sus cosas junto conmigo. No había nada que me indicara que íbamos a salir esa noche. Me parece que eso tiene que ver con el hermetismo y la seguridad que manejan. Cuando Óscar llegaba, como a las 6 de la tarde, y decía ‘agarren su cosas que vamos a caminar’, empezábamos a recoger y en 20 o 30 minutos ya estábamos caminando. Ése fue un cambio fundamental para mí, porque regularmente la gente planea cuándo se va a ir”.

De hecho, recuerda que ese cambio de conducta fue muy importante cuando en realidad iba a ser liberado. “Cuando ya me iban a liberar me dijeron: ‘Bueno, ya te vas’, ‘¿Cómo que ya me voy?’, ‘Sí, ya, hoy se acabó’, ‘No, cómo, no jueguen con eso…’ Fui y empaqué, y de pronto pensé: ‘Como para qué empaqué…’.

“Volví a guardar las cosas como si volviera a salir a caminar, y es que no les tenía confianza, porque no es gente buena.”

Como ejemplo de lo anterior menciona que Óscar, el jefe, había estado preso tres veces. Por violación, robo a un banco y por actuar como sicario, matando gente por encargo.

—¿Usted cómo sabía eso?, se le pregunta.

—Él mismo lo contaba.

Retoma su relato: “Entonces, cuando me dijo que ya me iba, no podía creerle. Desde el tercer día de mi secuestro me estuvo diciendo ‘ya se va acabar el secuestro’. Ahora sé que ese engaño es normal, porque ellos tienen que jugar con que ya casi se acaba, porque eso les daba la seguridad de que no los agrediría y que ya no me iba a escapar, al cabo ya se iba a acabar. Todo el tiempo me estuvieron mintiendo en ese tema, de tal forma que cuando me dijeron la verdad, yo no les creía”.

Como en otras ocasiones, sin embargo, Héctor volvió a empacar en su mochila dos camisas, un par de calzones y los calcetines que le dieron después de 30 días de su secuestro.

“Los primeros 30 días estuve con la misma ropa con la que me atraparon en Bogotá. Poco a poco fui teniendo cositas: el cepillo de dientes, la pasta, el rastrillo”.

Según su apreciación, en el grupo que lo cuidó había quienes nunca habían tenido ese tipo de utensilios. “Es una población que está abandonada, que vive en la extrema pobreza y que se convierte en moneda de cambio. Hacen cosas que una persona con cierta educación aquí cuestionaría seguramente, pero tampoco hay un espacio natural para ver que hay otros caminos”. Recuerda que alguno de los muchachos le decía: “En mi pueblo yo comía un plato una vez a la semana”, y que el plato casi siempre era de arroz, frijol y elote.

Valle dice que siempre comió tres veces al día y muy sano: granos, fruta, verduras, con alguna regularidad pollo, incluso, en ocasiones, res. Un par de veces le llevaron una Pepsi Cola, aunque regularmente bebían agua del río. Esa alimentación y las largas caminatas provocaron que Héctor bajara 20 kilos.

Cuenta que en las primeras semanas de su secuestro, las picaduras de mosco eran una tortura. “Una vez, André y yo nos contamos las piquetes de mosco en los brazos y rebasaban los cien. Con el tiempo, el cuerpo se va adaptando al entorno y genera sus defensas. Es increíble”.

La mayor parte del tiempo lo pasó con una soga al cuello. Dependiendo de las circunstancias, lo que cambiaba era qué estaba al otro lado de la cuerda. “A veces era un árbol y, en ocasiones, el otro extremo de la cuerda la sostenía uno de los guerrilleros, para que sintieran si había movimientos, especialmente por la noche, a la hora de dormir, con una distancia de unos tres o cuatro metros”.

El ex rehén narra que durante casi todo su cautiverio su cama fue el piso de tierra y que regularmente colocaban una lona como techo para cubrirse, sobre todo de la lluvia. Dice que nunca intentó escapar porque lo mantenían engañado con que pronto sería liberado, aunque sí lo pensó.

“Lo que nunca me permitieron fue comunicarme directamente con mi familia, sino sólo mediante cartas que no sabía si llegarían.

“Siempre me prometieron que iba a poder hablar. ‘Se va a generar una comunicación, van a traer un radio’, me decían. ‘Eso va a ser una prueba de vida’. Pero fue un mito. Además me contaban historias de cuando habían tenido a algún otro secuestrado. ‘¿Te acuerdas cuando teníamos secuestrado a…?’ y me decía un nombre de alguien famoso, pero me daba cuenta de que estaban mintiendo. ‘¿Te acuerdas…?’ ‘Sí, sí, y el radio es impresionante…’ Y otro aportaba información: ‘Sí, el radio era de dos vías y de tantas bandas…’ Hasta que caen en algo muy natural. Pregunté: ‘¿Y la energía?’ ‘No, no, tiene cables y todo…’ ‘¿Y aquí dónde lo conectas…?’ Era patético”.

Durante todo el secuestro, Héctor no supo si lo estaban buscando o no. Lo único que tuvo, dice, era esperanza. “Una parte fundamental es la esperanza, el mantener una actitud positiva, porque si no, sabía que me metería en un contexto complicado”, afirma.

Sin embargo, tuvo un sentimiento de abandono durante los 369 días de su retención. “Porque fueron un montón de meses. Cuando comencé a ver pasar el tiempo no podía dejar de sentirme abandonado. Lo que cuesta trabajo es ver cómo pasan los días que son memorables: mi cumpleaños, el de mis hijos, el de mis padres, la Navidad, el Año Nuevo, el Día de la Madre, el del Padre… En un año pasa todo”.

Afirma que, por esa situación, un día se sentía mal porque era Día del Padre; al otro, el de su aniversario; otro, el cumpleaños de alguien a quien quería mucho. Ese pasar del tiempo, de fechas, hacían que se sintiera desamparado.

“Sobre todo que en Colombia los secuestros son larguísimos. Ahí está el de Ingrid Betancourt (ex candidata presidencial plagiada en 2002, aún retenida), por decir alguien conocido; pero hay otros, muchos de gente desconocida, como yo, es decir, un nombre más en una lista. Hay cuates que están de por vida, cuates que ya desaparecieron, a los que la familia los sigue buscando creyendo que están vivos porque no han visto el cuerpo. Llegué a escuchar la historia de cuates que tenían dieciocho años secuestrados, doce años desaparecidos”, comenta.

Reconoce haber llorado muchas veces. “Llegaba un momento en que no tenía otra opción más que llorar, y lo hice por el sentimiento de lejanía, de abandono, de no poder entender lo que estaba pasando y me daba cuenta de que hay una parte que, si no la justificaba, la entendía. No puedo justificar que se dediquen al secuestro, pero sí entiendo que hay pobreza extrema”.

En opinión de Héctor Valle, sus captores también estaban de alguna forma secuestrados. “Pensemos que hubo un grupo de personas que estuvieron 13 meses conmigo, que estuvieron sin ver a sus familiares. La guerrilla los obliga a estar ahí, no pueden salir, de alguna forma es un secuestro en ambas vías a cambio de comida, porque no los remuneran”.

Esos 13 meses le cambiaron la vida a Valle. “Soy más conciente socialmente, entiendo más y mejor los porqués; me paro y analizo y veo que no todo es blanco y negro. La razón no la tienen unos ni la tienen otros. Me dio la capacidad de entender que el tejido es mucho más complicado, que hay muchos hilos metidos. Antes simplificaba mucho, ahora entiendo que hay muchos más caminos”.

Proveniente de un contexto agnóstico, el ejecutivo acepta que en la selva colombiana no tuvo más remedio que hacerse de una fe. “Hubo un cambio. Entendí muy bien esa necesidad de reconocer que debe haber un ser superior: ‘¡Ayúdame, por fa!’, y dejar de lado esa grandeza de creer que lo somos todo y que lo podemos todo, porque ya me había dado cuenta de que no era así, que hay cosas que se salen de control.”

Así como hay un proceso de entrada a la selva, hay otro para salir, cuenta Héctor Valle. “Primero hay una caminata larga, un viaje en burro y otro a caballo sobre la selva, siempre con el mismo grupo. En el camino fui viendo cómo desaparecía la selva, la vegetación deja de ser tupida, hasta que llegamos a una casita en algún paraje.

“Ahí la guerrilla nos entregó al gobierno de México. Ahí me entregó al embajador Luis Ortiz Monasterio, a quien nunca en la vida había visto. Recuerdo que llegamos antes que el embajador.”

Cuenta que en el momento de su entrega al gobierno de México, en escena apareció un guerrillero al que nunca había visto, pero que claramente era jefe de Óscar y que bien podría haberse tratado de alguno de los comandantes, como Edwin o Julián. “Óscar me entregó a ese jefe y éste al embajador”, dice el ejecutivo, y asegura que él no supo ni quiere saber si se pagó rescate por él y su compañero brasileño.

El pasado 8 de mayo, sin embargo, la periodista Maite Rico, del periódico El País, publicó una nota en la que, sin dar nombres, habla de los secuestrados del 29 de junio del año 2000. Atribuye la información a datos obtenidos de la computadora de Raúl Reyes, el ex jefe de facto de las FARC, muerto el 1 de marzo pasado en Sucumbíos, Ecuador. Son documentos que, según la periodista, hablan de una descomposición en las filas de las FARC.

“Se dan casos de fugas con el botín, como el que comunica Jorge Briceño, alias Mono Jojoy, el 20 de septiembre de 2001. Los comandantes Edwin y Julián se robaron medio millón de dólares (...) del secuestro de Novartis. Las FARC secuestraron en 2000 a dos ejecutivos de la farmacéutica suiza”, dice la nota de Rico.

En otro boletín de la Unidad Nacional contra el Secuestro y la Extorsión, fechado el 21 de noviembre de 2005, se afirma que Valle y Alexandre estuvieron en poder del Frente 22 de las FARC, que opera en el departamento de Cundinamarca, y que el grupo armado exigió un rescate de diez millones de dólares por los dos extranjeros.

De acuerdo con información de esa dependencia disponible en internet, cinco personas que formaban parte del grupo Los Calvos, que secuestró en Colombia a los dos ejecutivos de Novartis, fueron sentenciadas a 20 años o más de prisión. Se trata de Pedro Julio Rojas González, Jorge Enrique Baena González, Carlos Alberto Cucunubá, Jorge Gregorio Cifuentes Preciado y Alexander Bermúdez Molina.

Héctor Valle recuerda el momento en que fue entregado al embajador Ortiz Monasterio: “Me dijo ‘soy el embajador de México’ y sentí una tremenda alegría”.

Una vez hecha la entrega, el mexicano y el brasileño recién liberados subieron al auto en el que llegó hasta aquel paraje Ortiz Monasterio, junto con Jean Pierre Gontard, un facilitador suizo muy conocido dentro de las FARC, y el chofer. Entonces emprendieron el camino hacia Bogotá. “Él estaba conmovido y claro que yo también. Muy buena onda, muy buena química hubo entre el embajador y yo”.

Viajaron durante tres o cuatro horas antes de llegar a la capital colombiana; pasaron sobre una brecha hasta tomar una carretera. Dentro del auto, dice el ejecutivo, tenía “un dejo como de incredulidad”. Aún no tenía la certeza de que fuera cierta su liberación y pensaba que quizá solamente iba a cambiar de manos, que seguiría secuestrado.

“Hay un espacio de preocupación hasta que salimos de la región. Entre mí pensaba: ‘A ver si no nos agarran a este chaparrito y a mí, a ver si no se queda el embajador aquí prendido’. Creo que él también lo pensaba, sobre todo cuando veía que la guerrilla secuestra de todo, ¿por qué no un embajador? Yo sí pensé: ‘Qué arrojo de este cuate, venirse hasta acá, qué necesidad’. Tenía miedo de festejar antes de tiempo. ‘Calladito, calladito, no se me vaya a cebar’, pensé”.

En la capital colombiana nadie de la familia esperaba a Héctor, porque no sabían que iba a ser liberado.

“Hablé por teléfono con ellos por primera vez después de 13 meses. Entonces se produce una escena por demás fuerte, emotiva, no pude ni hablar, se me cortaba la voz, lloré. Así de sencillo.”

El 13 de julio de 2001, trescientos sesenta y nueve días después de aquel secuestro perpetrado casi frente a la casa materna del presidente colombiano, Héctor y su colega brasileño regresaron a Bogotá a cenar, lo que habían planeado hacer antes de que su vida cambiara para siempre.

Lo hicieron en la residencia del embajador mexicano, sorprendidos de redescubrir la existencia de las mesas, los platos y los cubiertos.

Durante 369 días, dos ejecutivos de la empresa farmacéutica trasnacional Novartis estuvieron retenidos por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)

A unos cuantos metros de la casa de María Cristina Arango, madre del entonces presidente Andrés Pastrana, sobre la calle Circunvalar, en Bogotá, dos altos ejecutivos de una empresa trasnacional, uno mexicano y el otro brasileño, iban a cenar, tranquilos, a bordo de una camioneta 4x4. Era el 29 de junio del año 2000.

De pronto, un comando de diez, 12 policías uniformados, en patrullas y motocicletas, les ordenó detenerse. Los extranjeros obedecieron. Todo parecía que se trataba de una revisión de rutina. Pero no. Al acercarse a la ventanilla del conductor, un uniformado les pidió los documentos y les informó que había una investigación por tráfico de drogas en su contra.

Los policías tomaron el control y mandaron al mexicano y al brasileño a la parte trasera del auto. Entonces, dos hombres vestidos de civil ocuparon los espacios del conductor y el copiloto.

“Y empezamos a avanzar hacia las afueras de Bogotá”, recuerda Héctor Valle, el ejecutivo mexicano, que ocho años después de aquel hecho cuenta por primera vez, en entrevista con Excélsior, detalles de los casi 13 meses que pasó secuestrado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y que le cambiaron la vida para siempre.

Durante su cautiverio, Valle anduvo a salto de mata, caminando en la selva colombiana atado de cuello y manos. De los 369 días que estuvo secuestrado, la enorme mayoría los pasó a la intemperie, resguardado de los aguaceros por una lona que apenas lo cubría. Durante ese tiempo, su vida dependió de un hombre que antes había sido encarcelado por violación, robo y asesinato, y poco hablaba de ideales revolucionarios. Valle nunca pudo comunicarse con su familia. Desde el tercer día de su rapto, los guerrilleros lo engañaron diciéndole: “Se acabó, mañana te vas”.

En las noches, buscaba refugio en un ser superior en el que antes no creía. En ocasiones lloraba a causa del sentimiento de abandono y se mantuvo furioso. Aunque no podía justificar su secuestro, entendía que quienes se han sumado a las FARC sólo lo hicieron para poder comer tres veces al día, a causa de la pobreza extrema.

Dice que el día que comenzó su largo secuestro tardó en darse cuenta de que quienes le ordenaron detenerse no eran en realidad policías.

“Lo que me preocupaba al principio era pensar que no éramos locales y que nos señalaran por cuestiones de drogas”, dice el ejecutivo.

“En ese momento me acordé de que, en mi temprana juventud, hubo una época en que la policía mexicana te sembraba un carrujo de mariguana en el coche para acusarte. Recuerdo que una vez saliendo de Garibaldi nos paró la patrulla y dije ‘¡Puta, no nos vayan a poner un carrujo adentro!’ Y cuando pasó esto en Bogotá vi venir la historia del carrujo. Tuve miedo de que me sembraran un kilo de coca. Me imaginaba preso en Colombia toda mi vida. Eso fue lo primero que me pasó por la mente.”

Héctor Valle, que entonces tenía 29 años de edad, visitaba por tercera vez Colombia, en su calidad de director regional de la empresa. Cuando los supuestos policías lo detuvieron en la capital colombiana, nunca le pasó por la mente que lo fueran a secuestrar.

“En un momento le digo a los tipos que iban adelante en el auto: ‘Vamos al hotel, para entregarte los documentos’. Uno de ellos me contestó: ‘Tranquilo, no te preocupes, eso lo vamos a arreglar ya más adelante, cuando lleguemos a la comandancia’. Todavía entonces hicieron la pantomima de que eran policías. Y todo indicaba que realmente íbamos a la comandancia y que ellos nada más nos llevaban porque había un asunto de tráfico de drogas.”

De esos primeros minutos, Valle recuerda que, además de los civiles que los conducían, los supuestos policías seguían en el camino.

“Por primera vez me cae la ficha de que algo andaba mal, cuando en el camino pasamos muchísimas calles con las patrullas ayudándonos a salir a toda velocidad, parando el tráfico, pasándose los semáforos en rojo. Podías jurar que en esa caravana iba un secretario de Estado.”

La camioneta seguía avanzando. “Salimos de la zona central de Bogotá. Empecé a ver cómo cambiaba el paisaje, como si saliéramos de la Condesa y de pronto entráramos a una zona de casas de tabicón gris, como el pueblo de Santa Fe, por Constituyentes (en el DF). De repente, paramos en una de esas callecitas y nos cambiaron de vehículo, a uno muy modesto, todo golpeado. Entonces supe con certeza que nada era cierto”.

Más adelante, los secuestradores volvieron a cambiarlos de auto, a otra camioneta 4x4, “y en ésa salimos de la ciudad hacia la montaña, o no sé hacia dónde…”

Tres horas después de que aquellos “policías” habían detenido a los ejecutivos, ya en la montaña, el hombre que manejaba la camioneta les dijo: “Miren, no se preocupen, esto es un secuestro, y quien lo va a conducir son las FARC. Nosotros hasta acá. Ya no tenemos nada que ver”.

“Lo que entendí es que el grupo que nos detuvo inicialmente trabaja para la guerrilla haciendo ese trabajo urbano. Después supe que la guerrilla no va a las ciudades a secuestrar, sino que compra los secuestros”, relata.

Años después, la policía colombiana pondría en manos de un juez especializado de Bogotá a cuatro miembros de la banda de Los Calvos, y con base en pruebas recabadas por un fiscal de la Unidad Nacional contra el Secuestro y la Extorsión, los condenó a más de 20 años de cárcel, a cada uno, por el secuestro de Héctor Valle Mesto y el brasileño de origen polaco André Zoltan Ladislao Alexandre Brazay. Esto, de acuerdo con un boletín de prensa que aún se puede encontrar en internet.

En Colombia, grupos de mercenarios como Los Calvos se dedican a rastrear a personas que podrían interesar a la guerrilla y que son plagiados para llevárselos como mercancía, que después el grupo armado utiliza para obtener rescates en efectivo.

“El tipo que nos informó del secuestro fue quien nos entregó a una persona vestida de civil, en una casita medio escondida en el bosque, en una zona parecida a Tres Marías, Morelos. Ahí, ese cuate nos recibe y con mucha naturalidad pregunta que cómo va nuestro secuestro. Y después aparecen otros dos, esos sí uniformados como guerrilleros, y armados. Entonces nos llevan a otra casita y ahí dormimos la primera noche”.

Uno de los dos guerrilleros que recibieron a los secuestrados era un capitán, “un cuate que estuvo a cargo del secuestro desde ese día uno y hasta el final. Él nos recibió y nos entregó al año siguiente”. Ése que se presentó como jefe lo fue de principio a fin y se hacía llamar Óscar”.

“Al día siguiente, por la tarde-noche, lo que hicieron fue sacarnos de ahí para meternos a la selva. Los primeros días fueron de mucho movimiento, aunque en el día no hacíamos nada, porque tenían la preocupación de que en el día se pudiera ver movimiento”.

En medio de su angustia, Valle captó en esos primeros días de su rapto la mecánica del grupo armado para resguardar a las personas que, eufemísticamente, llama “retenidos”.

“Creo que al inicio de cada secuestro el Ejército tiene un espacio, los primeros días, cuando intentan hacer una recuperación. Esto porque se supone que hay un poco de más cercanía de donde uno fue secuestrado. Es por eso que en los primeros 45 días hay mucho nerviosismo entre los guerrilleros. Están cuidando la parte de comunicación, monitorean todos los movimientos del Ejército, y al principio noté que hubo mucha comunicación vía radio, que se elimina cuando están más tranquilos”.

Según recuerda el ex rehén de las FARC, las caminatas siempre fueron a partir de las 6 o 7 de la noche. Durante esas marchas forzadas, Valle y Alexandre iban atados de manos y unidos por un mecate, el cuello de uno con el del otro.

“Caminábamos largos trayectos hasta que el grupo llegaba a un punto predeterminado. No conocíamos ese tipo de terreno y nunca sabíamos a dónde íbamos. Yo soy completamente urbano y de pronto iba caminando y me caía, terrible. No podía saber si nada más caminábamos en círculos por alguna zona; a lo mejor subíamos la montaña por un lado y la bajábamos por otro, ni idea. Íbamos atados. Todo, siempre en medio de una oscuridad total; si hubiera puesto la mano frente a mi rostro, simplemente no la hubiera visto”.

Lo que si es un hecho, cuenta el ejecutivo, es que durante todo el tiempo que estuvo secuestrado estuvo caminando de un lado a otro; a veces las caminatas duraban un día, a veces eran dos, dependiendo de qué información tuviera el grupo que lo cuidaba sobre los movimientos del Ejército, que siempre estaba a la caza.

“Hay una profunda comunicación entre la guerrilla y los pobladores de cada lugar al que se llega. Ellos son los que ponen en alerta a los guerrilleros. ‘Ahí viene el Ejército’, les decían y entonces empezábamos a movernos”.

Cuando se le pregunta por qué los llevaban amarrados, Valle afirma que el grupo captor tenía dos preocupaciones: que el secuestrado se escapara y que fuera a atentar en contra de alguno de ellos.

“Las caminatas se hacían en línea”, describe. “Unos iban adelante y otros atrás, los secuestrados quedábamos en medio y no se podía rebasar, había que mantener el grupo. Por otro lado, la estructura de la columna les permite que, en caso de un ataque o un intento de recuperación por parte del Ejército, hay alguien que está designado para matar, de tal forma que uno no salga vivo bajo ningún esquema. A ellos no les importa que los mate el Ejército, pero el secuestrado no puede salir vivo”.

Prosigue: “Esto es para demostrar al gobierno que hay fuerza, que el Ejército no puede recuperar a los secuestrados con vida, que el gobierno no es más fuerte que ellos. Es una forma de retar al poder”.

Durante esos poco más de 12 meses que Héctor Valle estuvo en cautiverio, calcula haber estado en unos 15 campamentos distintos. Nunca supo que fueran identificados con algún nombre o número. Y todas las veces que pudo escuchar que los guerrilleros hablaban por radio siempre fue en claves indescifrables para él. “En eso también son muy herméticos”.

Valle cuenta que los guerrilleros —a los que se refiere como “los muchachos”— siempre lo llamaron por su nombre, aunque durante todo el proceso siempre hubo hostilidad entre las partes.

“No podía no haberla, porque nosotros estábamos ahí a la fuerza, pero también debo decir que hubo respeto entre las dos partes”.

De parte de los guerrilleros dice: “Había la preocupación de que nos pudiéramos escapar y siempre estaban pendientes de que no sucediera. Por otro lado, está implícita su propia seguridad, de que me parara y que en un arranque de furia agarrara una pistola y los matara.

“De mi lado era igual. Siempre hubo una rabia natural: no podía estar con mi familia, no podía hacer las cosas que quería. Es ahí donde entré en un espacio de reflexión fuerte de la arbitrariedad: un cuate, yo, que va a otro país, que no tiene nada que ver con su problemática y que el país y la coyuntura me atajaron de esa forma”.

Afirma que no podía dejar de tener rabia, ira, el no querer entender. Después pensó por qué ocurrió aquello. Entendió el tema de la pobreza extrema, que lleva a la gente que no come a decir “me vinculo a este movimiento porque por lo menos voy a comer tres veces al día”. Eso, dice, pasa con muchísima gente de las FARC. Antes no comía bien, vivía aislada, no tenía educación, y al no tener educación es presa fácil para que el movimiento la recoja, pues éste les garantiza alimentación y un sentimiento de pertenencia a algo.

“Los muchachos se daban cuenta perfectamente de que era malo lo que estaban haciendo”, cuenta Valle. “Saben que lo que están haciendo está mal, pero por otro lado saben que si estuvieran en otra coyuntura no tendrían acceso a comida, a medicina, a una serie de cosas que esa realidad les permite tener. Ceden sus valores y principios por alimentación”.

Dice que, en más de una ocasión, los guerrilleros se le acercaban y lloraban con él. “Saben que están metidos en una situación de la que no pueden salir. Si tratan de escapar y no lo logran, los matan. Si escapan, matan a sus familiares. Aquello es como la mafia”.

Después de esa larga convivencia, Héctor Valle Mesto cree que cuando nació el movimiento de las FARC, hace poco más de 44 años, había necesidad de apoyar a una población en una situación de miseria extrema. “No tengo duda de que cuando (Manuel) Marulanda inició el movimiento, probablemente quería ayudar a un grupo que tenía necesidades extremas y hacer ver al gobierno y la sociedad cómo vivía toda aquella gente”.

Agrega: “Creo que no se resolvió ese problema a tiempo en Colombia, creció y se le salió de control. Y después la guerrilla aprovechó esa coyuntura y se desvió de su foco inicial. Al no haber financiamiento de las fuentes que de manera natural lo podrían haber hecho mundialmente, entonces el movimiento de las FARC no tuvo otra opción más que buscar fuentes de financiamiento interno, y por eso se dedica a secuestrar y a relacionarse con los diferentes cárteles de las drogas”.

Con total tranquilidad y convicción, dice que la célula que lo tuvo secuestrado nunca pasó por ningún plantío ni sembradío de droga y que tampoco vio que protegieran cargamentos de coca.

“A veces se olvida —apunta Valle— que las FARC son un grupo muy diverso y que no todos sus frentes se dedican a lo mismo. Unos frentes pueden participar en el tráfico de drogas, pero otros no.

“Incluso escuché que había células dedicadas a diferentes cosas, los mismos guerrilleros lo contaban. Esta célula sólo se dedica a secuestros, hay otras que se dedican a otras cosas. Los muchachos mencionaron que había células que protegen al narco y otras trafican con automóviles y autopartes.”

Sin embargo, dice que tomaba esa información con escepticismo: “Yo no sé si es cierto o no, porque los guerrilleros tienen dos cosas: la primera es que son mitómanos y, por otro lado, a ellos también les mienten. Es una estructura donde ellos se mantienen alejados de la realidad y se mienten los unos a los otros. Dicen que es por cuidar su identidad y, otra, porque es muy fácil mentirles. No saben sumar, yo les enseñé a sumar; les enseñé a restar y a multiplicar, también les enseñé a leer. No sabían escribir, invertí un montón de horas en eso”, comenta.

El ejecutivo relata que cuando iban a cambiarlos de sitio él no se enteraba. “Ellos debían tenerlo planeado, pero no sé si los mismos muchachos sabían, porque de pronto llegaba el jefe y les decía: ‘Agarren las cosas, que nos vamos’. Yo veía que no habían preparado nada. En ese momento empezaban a preparar sus cosas junto conmigo. No había nada que me indicara que íbamos a salir esa noche. Me parece que eso tiene que ver con el hermetismo y la seguridad que manejan. Cuando Óscar llegaba, como a las 6 de la tarde, y decía ‘agarren su cosas que vamos a caminar’, empezábamos a recoger y en 20 o 30 minutos ya estábamos caminando. Ése fue un cambio fundamental para mí, porque regularmente la gente planea cuándo se va a ir”.

De hecho, recuerda que ese cambio de conducta fue muy importante cuando en realidad iba a ser liberado. “Cuando ya me iban a liberar me dijeron: ‘Bueno, ya te vas’, ‘¿Cómo que ya me voy?’, ‘Sí, ya, hoy se acabó’, ‘No, cómo, no jueguen con eso…’ Fui y empaqué, y de pronto pensé: ‘Como para qué empaqué…’.

“Volví a guardar las cosas como si volviera a salir a caminar, y es que no les tenía confianza, porque no es gente buena.”

Como ejemplo de lo anterior menciona que Óscar, el jefe, había estado preso tres veces. Por violación, robo a un banco y por actuar como sicario, matando gente por encargo.

—¿Usted cómo sabía eso?, se le pregunta.

—Él mismo lo contaba.

Retoma su relato: “Entonces, cuando me dijo que ya me iba, no podía creerle. Desde el tercer día de mi secuestro me estuvo diciendo ‘ya se va acabar el secuestro’. Ahora sé que ese engaño es normal, porque ellos tienen que jugar con que ya casi se acaba, porque eso les daba la seguridad de que no los agrediría y que ya no me iba a escapar, al cabo ya se iba a acabar. Todo el tiempo me estuvieron mintiendo en ese tema, de tal forma que cuando me dijeron la verdad, yo no les creía”.

Como en otras ocasiones, sin embargo, Héctor volvió a empacar en su mochila dos camisas, un par de calzones y los calcetines que le dieron después de 30 días de su secuestro.

“Los primeros 30 días estuve con la misma ropa con la que me atraparon en Bogotá. Poco a poco fui teniendo cositas: el cepillo de dientes, la pasta, el rastrillo”.

Según su apreciación, en el grupo que lo cuidó había quienes nunca habían tenido ese tipo de utensilios. “Es una población que está abandonada, que vive en la extrema pobreza y que se convierte en moneda de cambio. Hacen cosas que una persona con cierta educación aquí cuestionaría seguramente, pero tampoco hay un espacio natural para ver que hay otros caminos”. Recuerda que alguno de los muchachos le decía: “En mi pueblo yo comía un plato una vez a la semana”, y que el plato casi siempre era de arroz, frijol y elote.

Valle dice que siempre comió tres veces al día y muy sano: granos, fruta, verduras, con alguna regularidad pollo, incluso, en ocasiones, res. Un par de veces le llevaron una Pepsi Cola, aunque regularmente bebían agua del río. Esa alimentación y las largas caminatas provocaron que Héctor bajara 20 kilos.

Cuenta que en las primeras semanas de su secuestro, las picaduras de mosco eran una tortura. “Una vez, André y yo nos contamos las piquetes de mosco en los brazos y rebasaban los cien. Con el tiempo, el cuerpo se va adaptando al entorno y genera sus defensas. Es increíble”.

La mayor parte del tiempo lo pasó con una soga al cuello. Dependiendo de las circunstancias, lo que cambiaba era qué estaba al otro lado de la cuerda. “A veces era un árbol y, en ocasiones, el otro extremo de la cuerda la sostenía uno de los guerrilleros, para que sintieran si había movimientos, especialmente por la noche, a la hora de dormir, con una distancia de unos tres o cuatro metros”.

El ex rehén narra que durante casi todo su cautiverio su cama fue el piso de tierra y que regularmente colocaban una lona como techo para cubrirse, sobre todo de la lluvia. Dice que nunca intentó escapar porque lo mantenían engañado con que pronto sería liberado, aunque sí lo pensó.

“Lo que nunca me permitieron fue comunicarme directamente con mi familia, sino sólo mediante cartas que no sabía si llegarían.

“Siempre me prometieron que iba a poder hablar. ‘Se va a generar una comunicación, van a traer un radio’, me decían. ‘Eso va a ser una prueba de vida’. Pero fue un mito. Además me contaban historias de cuando habían tenido a algún otro secuestrado. ‘¿Te acuerdas cuando teníamos secuestrado a…?’ y me decía un nombre de alguien famoso, pero me daba cuenta de que estaban mintiendo. ‘¿Te acuerdas…?’ ‘Sí, sí, y el radio es impresionante…’ Y otro aportaba información: ‘Sí, el radio era de dos vías y de tantas bandas…’ Hasta que caen en algo muy natural. Pregunté: ‘¿Y la energía?’ ‘No, no, tiene cables y todo…’ ‘¿Y aquí dónde lo conectas…?’ Era patético”.

Durante todo el secuestro, Héctor no supo si lo estaban buscando o no. Lo único que tuvo, dice, era esperanza. “Una parte fundamental es la esperanza, el mantener una actitud positiva, porque si no, sabía que me metería en un contexto complicado”, afirma.

Sin embargo, tuvo un sentimiento de abandono durante los 369 días de su retención. “Porque fueron un montón de meses. Cuando comencé a ver pasar el tiempo no podía dejar de sentirme abandonado. Lo que cuesta trabajo es ver cómo pasan los días que son memorables: mi cumpleaños, el de mis hijos, el de mis padres, la Navidad, el Año Nuevo, el Día de la Madre, el del Padre… En un año pasa todo”.

Afirma que, por esa situación, un día se sentía mal porque era Día del Padre; al otro, el de su aniversario; otro, el cumpleaños de alguien a quien quería mucho. Ese pasar del tiempo, de fechas, hacían que se sintiera desamparado.

“Sobre todo que en Colombia los secuestros son larguísimos. Ahí está el de Ingrid Betancourt (ex candidata presidencial plagiada en 2002, aún retenida), por decir alguien conocido; pero hay otros, muchos de gente desconocida, como yo, es decir, un nombre más en una lista. Hay cuates que están de por vida, cuates que ya desaparecieron, a los que la familia los sigue buscando creyendo que están vivos porque no han visto el cuerpo. Llegué a escuchar la historia de cuates que tenían dieciocho años secuestrados, doce años desaparecidos”, comenta.

Reconoce haber llorado muchas veces. “Llegaba un momento en que no tenía otra opción más que llorar, y lo hice por el sentimiento de lejanía, de abandono, de no poder entender lo que estaba pasando y me daba cuenta de que hay una parte que, si no la justificaba, la entendía. No puedo justificar que se dediquen al secuestro, pero sí entiendo que hay pobreza extrema”.

En opinión de Héctor Valle, sus captores también estaban de alguna forma secuestrados. “Pensemos que hubo un grupo de personas que estuvieron 13 meses conmigo, que estuvieron sin ver a sus familiares. La guerrilla los obliga a estar ahí, no pueden salir, de alguna forma es un secuestro en ambas vías a cambio de comida, porque no los remuneran”.

Esos 13 meses le cambiaron la vida a Valle. “Soy más conciente socialmente, entiendo más y mejor los porqués; me paro y analizo y veo que no todo es blanco y negro. La razón no la tienen unos ni la tienen otros. Me dio la capacidad de entender que el tejido es mucho más complicado, que hay muchos hilos metidos. Antes simplificaba mucho, ahora entiendo que hay muchos más caminos”.

Proveniente de un contexto agnóstico, el ejecutivo acepta que en la selva colombiana no tuvo más remedio que hacerse de una fe. “Hubo un cambio. Entendí muy bien esa necesidad de reconocer que debe haber un ser superior: ‘¡Ayúdame, por fa!’, y dejar de lado esa grandeza de creer que lo somos todo y que lo podemos todo, porque ya me había dado cuenta de que no era así, que hay cosas que se salen de control.”

Así como hay un proceso de entrada a la selva, hay otro para salir, cuenta Héctor Valle. “Primero hay una caminata larga, un viaje en burro y otro a caballo sobre la selva, siempre con el mismo grupo. En el camino fui viendo cómo desaparecía la selva, la vegetación deja de ser tupida, hasta que llegamos a una casita en algún paraje.

“Ahí la guerrilla nos entregó al gobierno de México. Ahí me entregó al embajador Luis Ortiz Monasterio, a quien nunca en la vida había visto. Recuerdo que llegamos antes que el embajador.”

Cuenta que en el momento de su entrega al gobierno de México, en escena apareció un guerrillero al que nunca había visto, pero que claramente era jefe de Óscar y que bien podría haberse tratado de alguno de los comandantes, como Edwin o Julián. “Óscar me entregó a ese jefe y éste al embajador”, dice el ejecutivo, y asegura que él no supo ni quiere saber si se pagó rescate por él y su compañero brasileño.

El pasado 8 de mayo, sin embargo, la periodista Maite Rico, del periódico El País, publicó una nota en la que, sin dar nombres, habla de los secuestrados del 29 de junio del año 2000. Atribuye la información a datos obtenidos de la computadora de Raúl Reyes, el ex jefe de facto de las FARC, muerto el 1 de marzo pasado en Sucumbíos, Ecuador. Son documentos que, según la periodista, hablan de una descomposición en las filas de las FARC.

“Se dan casos de fugas con el botín, como el que comunica Jorge Briceño, alias Mono Jojoy, el 20 de septiembre de 2001. Los comandantes Edwin y Julián se robaron medio millón de dólares (...) del secuestro de Novartis. Las FARC secuestraron en 2000 a dos ejecutivos de la farmacéutica suiza”, dice la nota de Rico.

En otro boletín de la Unidad Nacional contra el Secuestro y la Extorsión, fechado el 21 de noviembre de 2005, se afirma que Valle y Alexandre estuvieron en poder del Frente 22 de las FARC, que opera en el departamento de Cundinamarca, y que el grupo armado exigió un rescate de diez millones de dólares por los dos extranjeros.

De acuerdo con información de esa dependencia disponible en internet, cinco personas que formaban parte del grupo Los Calvos, que secuestró en Colombia a los dos ejecutivos de Novartis, fueron sentenciadas a 20 años o más de prisión. Se trata de Pedro Julio Rojas González, Jorge Enrique Baena González, Carlos Alberto Cucunubá, Jorge Gregorio Cifuentes Preciado y Alexander Bermúdez Molina.

Héctor Valle recuerda el momento en que fue entregado al embajador Ortiz Monasterio: “Me dijo ‘soy el embajador de México’ y sentí una tremenda alegría”.

Una vez hecha la entrega, el mexicano y el brasileño recién liberados subieron al auto en el que llegó hasta aquel paraje Ortiz Monasterio, junto con Jean Pierre Gontard, un facilitador suizo muy conocido dentro de las FARC, y el chofer. Entonces emprendieron el camino hacia Bogotá. “Él estaba conmovido y claro que yo también. Muy buena onda, muy buena química hubo entre el embajador y yo”.

Viajaron durante tres o cuatro horas antes de llegar a la capital colombiana; pasaron sobre una brecha hasta tomar una carretera. Dentro del auto, dice el ejecutivo, tenía “un dejo como de incredulidad”. Aún no tenía la certeza de que fuera cierta su liberación y pensaba que quizá solamente iba a cambiar de manos, que seguiría secuestrado.

“Hay un espacio de preocupación hasta que salimos de la región. Entre mí pensaba: ‘A ver si no nos agarran a este chaparrito y a mí, a ver si no se queda el embajador aquí prendido’. Creo que él también lo pensaba, sobre todo cuando veía que la guerrilla secuestra de todo, ¿por qué no un embajador? Yo sí pensé: ‘Qué arrojo de este cuate, venirse hasta acá, qué necesidad’. Tenía miedo de festejar antes de tiempo. ‘Calladito, calladito, no se me vaya a cebar’, pensé”.

En la capital colombiana nadie de la familia esperaba a Héctor, porque no sabían que iba a ser liberado.

“Hablé por teléfono con ellos por primera vez después de 13 meses. Entonces se produce una escena por demás fuerte, emotiva, no pude ni hablar, se me cortaba la voz, lloré. Así de sencillo.”

El 13 de julio de 2001, trescientos sesenta y nueve días después de aquel secuestro perpetrado casi frente a la casa materna del presidente colombiano, Héctor y su colega brasileño regresaron a Bogotá a cenar, lo que habían planeado hacer antes de que su vida cambiara para siempre.

Lo hicieron en la residencia del embajador mexicano, sorprendidos de redescubrir la existencia de las mesas, los platos y los cubiertos.

'Que no' por Paco Calderón