agosto 10, 2008

'El mundo al instante' por Paco Calderón

'El mundo al instante' por Paco Calderón

Las lecciones de El Mochaorejas

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Excélsior

Por estas mismas fechas, hace cinco años, me convertí en uno de los pocos periodistas que han traspasado las puertas del Centro Federal de Readaptación Número Uno, en Almoloya de Juárez, Estado de México.

Llegué allí con la anuencia del entonces secretario de Seguridad Pública federal, Alejandro Gertz Manero, para entrevistar al guerrillero preso Jacobo Silva Nogales, alias Comandante Antonio.

Había hecho otras solicitudes de entrevista además de esa. El secretario me había advertido que él autorizaría el acceso al penal pero nada podía hacer para que los reclusos quisieran hablar conmigo. Sólo Silva Nogales había aceptado la conversación.

Ese día me acompañaba el periodista Antonio Jáquez (q.e.p.d.), quien por su lado había conseguido una entrevista con Daniel Arizmendi, el infame secuestrador conocido por el terrible mote de El Mochaorejas.

Aunque nos citaron a la misma hora, Jáquez y yo asumíamos que cada quien haría su entrevista, pero las autoridades de la cárcel lo habían previsto de otra manera: ambos tendríamos que estar en las dos.

La cárcel de máxima seguridad de Almoloya —hoy llamada El Altiplano— es un lugar opresivo. En mi carrera periodística me ha tocado visitar varios penales, pero ninguno tan terrible como ése.

En otros reclusorios lo que se queda en la memoria de quien va de paso es el hacinamiento, el penetrante olor a fritanga y sudor, el barullo falsamente festivo de los días de visita, la indignidad de los estafetas que localizan a los presos en el patio, las miradas inyectadas de droga…

Nada de eso existe en El Altiplano, al menos a simple vista. Allí uno tiene la impresión de haber entrado en las entrañas de un submarino sin rumbo, que jamás sale a la superficie. El silencio sofoca, la grisura de sus paredes y de sus rejas oprime, el frío tritura los huesos.

Después de pasar varios controles de seguridad y de atravesar diferentes esclusas, donde la reja siguiente se abre sólo después de que se ha cerrado la anterior, nos encontramos frente a El Mochaorejas.

El recuerdo de sus crímenes seguía fresco. La sociedad estaba aún desgarrada por sus atrocidades. No tuve estómago para darle la mano.

Mientras aguardábamos su llegada, en un pequeño locutorio, imaginaba que quien de pronto entraría por la puerta sería un hombre tan cínico como astuto y despiadado, un Hannibal Lecter región cuatro. Pero lo que estaba frente a nosotros era una piltrafa, un ser vencido y abyecto.

Almoloya había acabado con el mito de El Mochaorejas. Durante cerca de dos horas, el preso habló de su lastimoso presente, intercalado de anécdotas de fechorías que parecían pertenecer a otra persona.

Por razones obvias, no me había preparado para esa entrevista. Por respeto a mi colega, guardé silencio un buen rato y me dediqué a revisar la fisonomía del criminal en cautiverio. Me impresionaron sus orejas descomunales. “Vaya rasgo para un tipo con ese apodo”, pensé.

Cuando me animé a intervenir, le pregunté cómo comenzó su carrera delictiva. Arizmendi contó que lo primero que hizo fue atracar a transeúntes en la avenida Chimalhuacán, en Ciudad Neza. De ahí se siguió con robo de autopartes, asalto a pasajeros y robo de vehículos. Sólo entonces ingresó en la mafia del secuestro.

“¿Por qué no me pararon antes? Yo no debí llegar tan lejos”, se lamentaba El Mochaorejas.

Suena descarado, pero tiene mucho de verdad: en este México nuestro, robar chamarras y carteras a mano armada en la vía pública es visto como un delito menor, poco más que una travesura, más aún si la víctima es pobre. La excepción son los criminólogos, quienes saben que quien una vez empuña una pistola para despojar a alguien de sus pertenencias ha emprendido un sendero que puede conducirlo a cometer los crímenes más espantosos.

A reserva de que las investigaciones lo aclaren, no creo que la historia de los asesinos de Fernando Martí sea muy distinta. La diferencia mayor quizá resida en su condición de policías en activo, lo cual, sin duda, es un agravante, pero sus orígenes deben ser similares.

La sociedad falló, fallamos todos, en detener a tiempo la incubación de la saña que acabó con la vida de Fernando. No busquemos excusas. La suya no es una maldad genética ni los poseyó un demonio. Su vileza es una elección personal, desde luego, pero también producto de un país que no apuesta por la educación, la vida productiva, el respeto de los derechos del otro, la solidaridad y el imperio de la ley.

El miércoles pasado supimos de la desarticulación de la banda La Iguana, integrada por casi puros menores de edad quienes presuntamente mataron a varios taxistas a picahielazos y abandonaron sus cuerpos amordazados en parajes del Ajusco.

¿Qué pasó en la vida de unos muchachos de 14, 16 y 17 años de edad para actuar con tal furor? ¿Qué futuro les espera —y nos espera a los demás— cuando no exista más razón legal para retenerlos en el Consejo Tutelar?

En lo que averiguamos eso, en lo que nos decidimos a hacer que la mínima trasgresión del Estado de derecho sea castigada con rigor, en lo que erradicamos la impunidad que fomenta el crimen y en lo que trabajamos en construir una sociedad más justa donde un empresario honesto sea alguien a quien se admire y no alguien cuya fortuna se quiera arrebatar, en lo que hacemos todo eso es bueno saber que existe un lugar como El Altiplano, donde los desalmados como El Mochaorejas paguen por sus crímenes.

Por eso espero que pronto los asesinos de Fernando estén sepultados en vida entre el cemento y las rejas de esa prisión, pues ahí merecen estar, viendo pasar los días de su miserable existencia.