agosto 17, 2008

De la Guerra Fría a la paz cínica

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Excélsior

Fui adolescente en un mundo marcado por el equilibrio atómico y la confrontación sigilosa de dos superpotencias.

Como me resultaba imposible tomar partido por Washington o Moscú, opté por mirar al horizonte en busca de figuras sensatas que representaran lo mejor de la humanidad, amenazada por la posibilidad de que la Guerra Fría deviniera de pronto en invierno nuclear.

Una de esas figuras fue Olof Palme, el primer ministro sueco, asesinado en 1986; otro, Julius Nyerere, el presidente de Tanzania; uno más, el primer ministro canadiense Pierre Elliot Trudeau.

Hombres como esos eran referentes para quienes no deseaban alinearse con Estados Unidos o la Unión Soviética. De ellos siempre podía esperarse una postura independiente. Los tres se caracterizaron por poner la razón por delante del uso de la fuerza y el desbordamiento de la pasión.

En eso pensé cuando la televisión captó, en pleno cuchicheo, a los mandatarios George W. Bush y Vladimir Putin durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín. No creo que hayan estado hablando de su último viaje de pesca juntos, como bromeó el primer ministro australiano Kevin Rudd, quien estaba sentado dos filas atrás del presidente estadunidense y del primer ministro ruso.

No era difícil imaginarse a Bush diciendo: “Me fregaste esta vez, Vladimir, no esperaba tu ataque a Georgia, pero no te vas a salir con la tuya”. Y a éste, respondiendo: “Eso te pasa por reconocer a Kosovo y pasar por encima de la soberanía de Serbia. Ahora, decide si quieres la amistad de Rusia o la de Georgia.”

No es el equilibrio nuclear de hace un cuarto de siglo sino el equilibrio del cinismo. No son ideologías las que están en juego sino los intereses geopolíticos más descarnados.

Por desgracia, en este mundo faltan estadistas de talla moral que nos recuerden dónde queda la decencia. Se les extraña, sobre todo, porque la Organización de las Naciones Unidas ha quedado anulada para intervenir en este tipo de conflictos, sometida a lo que hagan con su poder de veto las naciones con presencia permanente en el Consejo de Seguridad.

En marzo pasado escribí aquí que el empecinamiento de Estados Unidos y otros países en decretar la independencia de Kosovo tensaría las relaciones internacionales y generaría consecuencias nefastas.

Rusia dejó claro entonces que estaba en contra de la escisión. La razón principal, aunque no la explícita, era que afectaba su presencia en los Balcanes, región donde tiene una fuerte alianza con Serbia.

Sin embargo, en su argumentación, Moscú apeló correctamente a la carta de las Naciones Unidas y advirtió que la secesión kosovar alentaría el separatismo en otras regiones, como ya sucedió en Osetia del Sur.

En realidad, nada tenía que ver el reconocimiento de Kosovo con la defensa del derecho a la autodeterminación de los pueblos que viven bajo el yugo de otras naciones. Si así fuera, decía yo hace cinco meses, los kosovares tendrían que formarse detrás de los kurdos, los quebequenses, los saharahuis y los vascos, entre otros, que llevan décadas, si no es que siglos, luchando por su independencia.

De la misma manera, no puede alegarse que los soldados rusos son una “fuerza de pacificación” en Georgia. Rusia, al igual que Estados Unidos y otros países, tiene intereses en la región. Rusia quiere ampliar su salida hacia el Mar Negro, pues hasta ahora su flota naval necesita del permiso de Ucrania para poder atracar en sus costas.

Además, Georgia tiene el único oleoducto que lleva el crudo de la región del Mar Caspio hacia Europa, sin pasar por territorio ruso. Por dicha tubería —tendida entre Bakú, capital de Azerbaiyán, y el puerto turco de Ceyhan— pasan diariamente 1.2 millones de barriles de petróleo.

También recordemos que el año pasado, en Munich, Putin había advertido que no toleraría el nuevo expansionismo de Estados Unidos. Ya es público que el gobierno estadunidense estaba reconfigurando las bases militares georgianas para hacerlas compatibles con las de la OTAN. No es casual que esas mismas bases hayan sido reducidas a escombros.

Esos son los intereses en juego. Lo demás es un debate demagógico sobre cuáles de los separatismos son válidos y cuáles no.

Hoy, ante la ausencia de referentes y de autoridad moral en el mundo, sólo queda acogerse al derecho internacional, manoseado pero aún válido. Los países que no quieran ser parte de esta burda disputa tendrían que exigir su cumplimiento.

En momentos así, cuando hay centenares de muertos y heridos en el Cáucaso, cuando los periodistas que cubren el conflicto son tomados como blancos, cuando el cese al fuego se ha vuelto un simple chiste, cuando los primeros informes de organizaciones de defensa de los derechos humanos afirman que las fuerzas armadas rusas usaron bombas de racimo en sus ataques, también se extraña la postura clara y firme de la política exterior mexicana, que tradicionalmente había sido un baluarte de la paz y la legalidad internacionales. Hubo un tiempo en que los mexicanos podíamos alegar, con bases, que carecíamos de un régimen democrático, pero, al mismo tiempo, teníamos una política exterior que generaba consenso y respeto.

¿Alguien puede decirme qué ha sido de ella? Lo pregunto porque no la veo reflejada en el comunicado de 153 palabras que sobre el conflicto en el Cáucaso emitió la Secretaría de Relaciones Exteriores el martes pasado.

Por cierto, ¿quién ha visto a la canciller Patricia Espinosa?

'Marca de Caín' por Paco Calderón