agosto 24, 2008

El PRI o los vacíos siempre se llenan

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Excélsior

Aunque hay excepciones notables, la mayoría de los partidos de masas que gobernaron durante el siglo XX en calidad de organización política de Estado no sobrevivieron a la transición democrática en sus respectivos países sino como mera fuerza testimonial.

Los partidos que consiguieron regresar al poder lo hicieron después de intricadas conversiones en materia de objetivos e imagen, así como la renovación de su nomenklatura.

El PRI mexicano, que fue un caso de estudio a nivel mundial durante su etapa hegemónica —“la dictadura perfecta”—, lo está siendo nuevamente, pero ahora por su capacidad de adaptación al nuevo entorno.

Mientras en otras latitudes distintos gobernantes han pedido perdón públicamente por los errores y atrocidades cometidos por sus antecesores, a ningún jerarca del PRI se le ha escuchado disculparse por los efectos del autoritarismo político que predominó en México durante 71 años.

Es más, los priistas ya abandonaron la idea de cambiar de siglas y colores, algo que han hecho casi todos los viejos partidos de Estado. “¿Para qué hacerlo, si la gente no nos lo está pidiendo?”, me confesó una fuente de la dirigencia priista hace unos días.

Sería injusto decir que el único legado del priismo gobernante fue el autoritarismo, pues muchas de las instituciones sólidas con las que cuenta el país se crearon en el primer medio siglo de la hegemonía del PRI, pero también lo sería pasar por alto la naturaleza represiva y corrupta de la mayoría de los llamados gobiernos de la Revolución.

Este año, justamente cuando se cumplen 40 años de una de las manchas más negras que dejó la hegemonía priista, el partido tricolor da señales de un reverdecimiento que pocos hubieran creído posible en julio de 2000, cuando el PRI perdió la Presidencia en las urnas, y no a balazos como había predicho el jerarca obrero Fidel Velásquez.

Me tocó atestiguar como reportero los efectos financieros de ese descalabro, exacerbado por la multa multimillonaria que le impuso el IFE por el escándalo conocido como Pemexgate. Recuerdo que el estado de las instalaciones centrales del partido, en Insurgentes Norte, era deplorable. Literalmente, los priistas no tenían ni para papel de baño.

Es cierto que el PRI no ha rendido cuentas, pero tampoco se las pidió autoridad alguna cuando esto aún era legalmente posible.

¿Reponsabilidad o tontería? Está por verse. Lo cierto es que el gobierno de Vicente Fox optó por el borrón y cuenta nueva. Los famosos peces gordos del contralor Francisco Barrio jamás aparecieron, y ningún priista de peso fue a dar a la cárcel.

De hecho, el gobierno de Fox llevó a un grado increíble su decisión de no cobrar cuentas al PRI. ¿Cómo olvidar el homenaje que realizó Carlos Abascal,cuando era secretario de Trabajo, a Fidel Velásquez, quien ni siquiera alcanzó a ver la derrota electoral de su partido? ¿Cómo olvidar los favores de los foxistas al sindicato petrolero y al SNTE?

Fuera de un cuestionable “donativo” que el gobierno de Ernesto Zedillo otorgó al equipo de transición de su sucesor, los priistas con nada retribuyeron ese esfuerzo de distensión. Al contrario: Negaron a Fox el apoyo en el Congreso a su reforma fiscal.

Hoy la relación entre el gobierno panista y la dirigencia del PRI es mucho más pareja de lo que fue el sexenio anterior. Sin embargo, el partido tricolor, bajo la dirección eficaz de Beatriz Paredes, está cosechando los frutos de un tenaz esfuerzo de reconstrucción, una transición inacabada —casi la mitad de los estados nunca ha tenido un gobernador que no sea del PRI— y una astucia política que dejan siete décadas en el gobierno, y poco a poco va desequilibrando el juego a su favor.

No olvidemos que el PRI arrancó el sexenio como tercera fuerza política, pero ahora está haciendo prevalecer su condición de partido decano. Con dos bancadas minoritarias, ha sabido controlar lo que sucede en el Congreso. Con su amplia red de cuadros y apoyos en todo el país, está ganando elecciones locales como ningún otro partido.

Está visto que eso no le garantiza regresar a la Presidencia en 2012, como ya se vio el sexenio pasado. Pero lo que ha logrado Paredes en tres años es ampliamente superior a lo que hizo Roberto Madrazo entre 2000 y 2003. Mientras Madrazo tuvo que maniobrar, incluso de manera grosera, para quedarse con la candidatura en 2006 —todo, para acabar haciendo el ridículo—, Paredes ha hecho su trabajo sin realizar esfuerzo alguno por aparecer en los medios de comunicación.

Este fin de semana el PRI dio un importante paso en el levantamiento de su imagen y sus posibilidades políticas futuras: arrebató al PRD, así sea en el papel, las causas de la centroizquierda.

Mientras la organización heredera del Partido Comunista Mexicano y la Corriente Democrática se debate entre el llamado al radicalismo que hace Andrés Manuel López Obrador y las ambiciones de la tribu Nueva Izquierda, el partido tricolor alza la bandera de la socialdemocracia y dice que va por el voto de “los de la calle”.

Para muchos se trata un acto de oportunismo. Sin embargo, no olvidemos que panistas y perredistas han pasado demasiado tiempo peleando entre ellos, empeñados en reeditar las luchas de conservadores y liberales del siglo XIX y, al hacerlo, han pretendido usar al PRI como arma para vencer a su acérrimo enemigo, sin darse cuenta que es el PRI el que ha usado a ambos en buena medida.

El PAN ha sido demasiado arrogante para reconocer que el antiguo régimen acabó por desmoronarse solo y sueña con que después de siete décadas de priismo, ahora vienen siete décadas de panismo.

En tanto, el PRD se la ha pasado creyendo que con oponerse a todo lo que hagan los panistas será suficiente para alcanzar el poder.

Con esas actitudes, era poco más que una cuestión de tiempo para que el PRI viniera a llenar los vacíos.

'Meollo del hoyo" por Paco Calderón

El PRI y su guerra

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

En las semanas recientes, hemos visto una guerra abierta entre los verdaderos centros de poder del PRI y el presidente Felipe Calderón

Divorcio de Calderón
Defiende a Marín y Ulises

En las semanas recientes, hemos visto una guerra abierta entre los verdaderos centros de poder del PRI y el presidente Felipe Calderón. Y la pregunta parece obligada: ¿qué razones existen detrás de ese divorcio?

Son muchas las respuestas posibles. Unos dicen que la repentina fobia tricolor a los azules se debe a un acto reflejo del PRI frente a su 20 Asamblea Nacional; otros, que el pleito se debe a que desde la casa presidencial se excluyó al tricolor de la toma de decisiones en torno al pacto sobre seguridad; en tanto que los de más allá ponen en el fondo del pleito a la reforma petrolera.

Como sea, el poderoso PRI, otrora fiel de la balanza en el nuevo gobierno, envía mensajes en torno a que el de Calderón es un gobierno ineficaz, fracasado en seguridad pública, una de las grandes prioridades nacionales. Más aún, los jefes del partido parecen reaccionar a una sola voz para combatir a su otrora aliado, el gobierno de Calderón.

LA 20 ASAMBLEA

Tiene sentido la primera hipótesis, que acredita que los jefes reales del tricolor, Beatriz Paredes, Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa Patrón, habrían cerrado filas contra del gobierno para dar la imagen de partido opositor y hasta radical frente a los asambleístas del PRI en Aguascalientes. Es decir, que esos jefes no quieren aparecer como aliados del gobierno Calderón, al que combaten ferozmente en un tema que tampoco los gobiernos del PRI fueron capaces de resolver: la inseguridad pública.

Ese puede ser el origen de la pelea y lo que parece un divorcio entre azules y tricolores. Pero de ser real esa hipótesis, entonces supone que los jefes del PRI en todo el país son estúpidos, ya que todos saben que el tricolor es el principal aliado del gobierno, y que justo gracias a esa alianza han alcanzado el peso de partido confiable, capaz de regresar en 2009 y 2012 por el control del Congreso y del Ejecutivo federal.

De igual manera tiene sentido el hecho de que frente a su 20 Asamblea Nacional, el PRI quiere mostrar su rostro de partido opositor, radical al gobierno de Calderón, para atemperar con eso a un electorado que se dice inconforme con azules y amarillos y que ve al PRI como la alternativa real, a pesar de la historia de siete décadas del PRI.

De nuevo, si esa teoría es real, entonces la estupidez estaría entre los simpatizantes tricolores, que verían a un PRI radical frente a un gobierno de derecha como el de Calderón, y al que el Revolucionario debía combatir. Bien, pero entonces estaríamos ante la noroñización del PRI. Es decir, que el PRI habría asumido el papel de Fernández Noroña como instrumento de presión política. ¿De veras ese es el PRI que nos quieren mostrar los líderes del tricolor? No lo creemos.

EL DIVORCIO

Lo que sí creemos es que existe un divorcio real entre el gobierno de Calderón y el PRI, que presiden esos políticos de largo y retorcido colmillo a los que muchos motejan como los tres fantásticos: Paredes, Beltrones y Gamboa. Entonces la pregunta es otra. ¿Por qué se produjo el divorcio, sobre todo ante los ojos de todos, que al mismo tiempo habían sido testigos no sólo del matrimonio entre el PRI y el gobierno de Calderón, sino de un verdadero amasiato?

Lo más creíble, en todo caso, es que el divorcio entre el PRI y el gobierno se produjo por un asunto más mundano y que tiene que ver con el control de los órganos de poder: el manejo de la fuerza policiaca, de los recursos para esa tarea y de la elección federal por venir. Es decir, que una vez que el gobierno federal reaccionó al clamor social por los elevados índices de violencia e inseguridad, casi echó por tierra la reciente reforma sobre seguridad, diseñada, cabildeada y aprobada por el PRI, como si se tratara de la panacea en materia de seguridad.

¿Qué pasó? No hay que buscar mucho. Como todo grupo político, el del Presidente tiene diversos aliados. Y en este caso específico, el conflicto empieza porque la profesora Gordillo es aliada fundamental del gobierno de Calderón, y algunos de los suyos se quedaron con el control de la nueva estructura para combatir al crimen organizado.

¿Quién condujo buena parte del evento en que se firmó el Acuerdo Nacional por la Seguridad? Si pensaron que fue Roberto Campa, están en lo correcto. ¿Por qué él? Porque en el jaloneo por el control de las nuevas estructuras de seguridad pública, el PRI quedó fuera del reparto. En realidad, el tricolor buscaba quedarse con el control de los nuevos organismos encargados de articular la seguridad en los tres órdenes de gobierno y los tres poderes de la Unión. Y la pelea fue de tal magnitud, que hasta hoy no han designado al “secretario ejecutivo” del Consejo Nacional de Seguridad Pública.

EL PRI Y NOROÑA

Por lo pronto, el PRI se corrió a una postura radical, más que ideológica, que lo coloca cerca de caricaturas de políticos como Fernández Noroña, del PRD. Según los priístas, el gobierno de Calderón fracasó en materia de seguridad. Y en eso tienen razón los tricolores. Luego, en voz de Beltrones, el gobierno de Calderón debía reconocer el fracaso de sus estrategias de lucha contra el crimen, porque, dijo, “hasta los alcohólicos” primero reconocen la enfermedad y luego la combaten.

Pero, en los hechos, el PRI está adoptando una postura radical que a nadie gusta y que puede resultar en una peligrosa pérdida de potenciales preferencias electorales. Al excluirse de los acuerdos firmados el jueves, el tricolor parece marchar junto al ala radical del PRD, sobre todo se coloca del lado de AMLO, cuyos enviados encabezados por Fernández Noroña realizaron una protesta poco efectiva y nada benéfica para los ciudadanos en materia de seguridad pública.

¿Qué significa que los extremos del PRI y del PRD aparezcan juntos no a favor del las políticas públicas contra el crimen, sino contra un clamor popular a favor de la eficacia del gobierno y del Estado frente a un flagelo que desbarata familias, enluta a muchos, crea zozobra e inseguridad y que, al final de cuentas, no es más que una muestra del terrorismo al que han llegado los criminales organizados?

El PRI parece jugar con fuego ante un problema prioritario para amplios sectores sociales como el de la violencia y la extensión del narcotráfico y el secuestro. Porque si bien en los más recientes ocho años, los gobiernos más importantes del país han estado en manos de azules y amarillos, el PRI estuvo en el poder siete décadas y nunca resolvió el problema de fondo. En realidad, lo contuvo y lo mantuvo fuera de los grandes centros urbanos. ¿Qué es lo que quiere el PRI?

Pretende impunidad de algunos de sus gobiernos, como el de Puebla, con Mario Marín, y el de Oaxaca, con Ulises Ruiz. En los dos casos todo indica que el gobierno de Calderón no estaría dispuesto a mantener una alianza frente a dos hechos contundentes: Marín sigue desatado como una amenaza para los ciudadanos de Puebla —que lo quieren, pero fuera del estado—, en tanto que a causa de la indagatoria sobre el origen de dos dirigentes del EPR, el gobierno federal parece dispuesto a responsabilizar de “desaparición forzada” al gobierno de Oaxaca.

Es decir, que el PRI pelea con el gobierno de Calderón no sólo por jugar sus cartas en las reformas petrolera y de seguridad, sino por mantener con vida a dos de los suyos: los gobernadores Marín y Ruiz. Y si el PRI defiende a esos nefastos gobernantes y políticos, es capaz de defender lo que sea, con tal de ganar el poder. Al tiempo.