septiembre 01, 2008

Es septiembre patrio, Marcela

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Querida Marcela:

Quienes “esparcen la colosal temeridad” de que el lopezobradorismo quiere derrocar a Felipe Calderón no son los “spin doctors de la derecha”. Lo expresan en público los asesores y compañeros de viaje de López Obrador. Ellos son quienes le están dando vuelo al viejo juego del lenguaje incendiario de la izquierda y la revolución.

Lo dijo Porfirio Muñoz Ledo en MILENIO el 21 de agosto: “Lo urgente es la suspensión constitucional del mandato de Calderón”. Lo escribió en La Jornada José Agustín Ortiz Pinchetti el 24. Lo repiten alegremente en la prensa los propagandistas de López Obrador. ¿No los has leído?

Y lo subrayó el propio López Obrador el viernes, al advertirnos que debemos prepararnos para el verdadero septiembre patrio, en el que saldrán a defender, una vez más, a la patria y al pueblo bueno. O al pedirnos ayer que “estemos atentos, porque si las cúpulas del PRI y del PAN tratan de imponer una reforma privatizadora del petróleo, abierta o disfrazada, nos vamos a ver en la necesidad de movilizarnos”.

¿De quién es el terrorismo verbal? ¿De quién el chantaje de si no se hace lo que queremos, tomaremos venganza en las calles? ¿De quién es esa tarabilla protofascista? ¿En nombre de qué patria hablan? Bullshit, diría una clásica. A huge bullshit.

No se necesitan spin doctors, Marcela. Con López Obrador y sus voceros basta y sobra. Son transparentes. E inagotables.

No sé si se crean eso del “septiembre patrio” y el derrocamiento de Calderón, pero parecería lógico. Hoy no les quedaría de otra. El lopezobradorismo se sigue desfondando como movimiento social, su perspectiva electoral es mísera y su autovictimización ya no conmueve a nadie.

Bueno, a casi nadie.

¿Cuándo nos equivocamos?

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

¡Mé-xi-co quie-re paz! ¡Mé-xi-co quie-re paz!, fue coreado por una marcha gigantesca, 40 años y 3 días después de aquella otra, la más imponente de 1968; en el Zócalo se apagaron las luces a las 8:30 en punto, las campanas de la Catedral comenzaron su alegre tañido, las veladoras se encendieron y de cientos de miles surgió: Mexicanos al grito de ¡gueeeerra!, el acero aprestad…: el belicoso Himno Nacional de los mexicanos que aprestan la espada y hacen rugir el cañón. ¿No hemos visto nunca la contradicción?

Queremos paz, pero le cantamos a la guerra; esperamos convivencia pacífica y glorificamos la Revolución en la que A mató a B que mató a C que mató a D. Exigimos respeto a la ley y ponemos en letras de oro los nombres de todos los que no la respetaron. Demandamos aplicación de la ley, pero la llamamos “represión” cuando ocurre. Un pueblo éste que se rige por el lema “no pero sí, sí pero no”.

Una marcha blanca y magnífica, ordenada: las joyerías de Madero abiertas, los cafés y tiendas de Juárez también, Reforma bien vigilada porque todos estamos cansados de la ineptitud de nuestras autoridades a la hora de combatir el crimen. ¡Si no pueden, que se vayan!, era otro grito. Está claro que estamos pagando errores acumulados: 70 años de PRI que nos dio estabilidad económica, pero nos obligó a admitir su repudio de toda ley; 200 años de lamentaciones sobre la maldad de Masiosare, ese enemigo siempre al acecho; 200 años de no equivocarnos nunca y siempre resultar burlados por otros. Décadas de jugar con el fuego del paternalismo para los sumisos, y palos para los inconformes. Décadas de PRI haciendo del populismo lastimero su fuente de poder: obreros contenidos con prestaciones y golpes, campesinos tratados como menores de edad y siempre disponibles como carne de mitin y acarreados perpetuos, sindicatos afiliados sin derecho a replicar, burócratas atados en corporaciones. Policías sin salarios justos ni entrenamiento mínimo, extraídos de esa zona neblinosa donde el PRI forma sus bases y obtiene a sus golpeadores. Impunidad como premio a la disciplina partidaria, impunidad a cambio de huestes matraqueras para el mitin del licenciado, impunidad sobreentendida en los acuerdos entre el poder priista y el hampa necesaria.

Comenzamos por tragarnos completa la rueda de molino que la más troglodita extrema derecha propone como explicación de la delincuencia: son los pobres quienes delinquen, aunque justifican sus delitos, como Soyindestructible López. Los criminales poseen tecnología con frecuencia muy superior a la policiaca, armas de última creación, vehículos y medios de comunicación inaccesibles a los investigadores del crimen: mucho dinero. No hemos entendido que en la investigación del crimen un primer aspecto, elemental, es la honestidad, pero no es suficiente sin inteligencia, tecnología, entrenamiento y, en resumen, ciencia.

¿De veras no hemos visto la relación entre nuestra continua disculpa del delito que no nos afecta y el que nos alcanza? Nos hemos perdido el respeto: desde el empujón al cumpleañero obligado a morder el pastel para gozar con hundirle la cara en merengue, los gritos al peatón que estorba el paso de nuestro coche y la música estridente que todos los vecinos están obligados a soportar cuando otro está alegre. El secuestro y la delincuencia son el redondeo de estas cifras, su perfeccionamiento. Donde no hay tolerancia para el bloqueo de calles ni para el vandalismo menor, el crimen encuentra terreno poco propicio. No es irrelevante que la vida cotidiana en Sinaloa sea insoportable con o sin delincuencia mayor, los narcos la empeoran, pero la vida a cargo de los simples y sencillos vecinos es insufrible. Y lo mismo ocurre en amplias zonas de nuestras ciudades.

La cárcel es para reformar al delincuente. Pero quien secuestra y luego se divierte en cortar a su víctima dedo por dedo para enviarlos a la aterrorizada familia y apresurar el pago del rescate, es ya impermeable a toda terapia, a todo aprendizaje de un oficio honesto: se ha convertido en un animal y el proceso es irreversible. La sociedad debe decidir si le aplica cadena perpetua y lo alimenta de por vida o le aplica la simple y llana venganza de la muerte. Para los casos más crueles de secuestro con tortura, mutilación y muerte puede ser más terrible la “pena de vida”, porque la de muerte es apenas un instante desde que resulta socialmente inaceptable aplicarla con tortura.

Mucha gente, poco liderazgo

Pablo Hiriart
Vida Nacional
Excélsior

La marcha del sábado, a la que desde luego asistí, mostró el gran problema que tiene el país, además de la inseguridad: ausencia de líderes.

Es duro decirlo, pero López Obrador, con seguidores que no llegan a 20% del conglomerado humano que marchó el sábado, tiene suficiente para poner al país de cabeza, frenar las reformas que quiere frenar y colocar a las instituciones contra las cuerdas.

¿Y las mayorías?

¿Dónde están los líderes de las mayorías que den cauce al clamor de sus aliados?

Uno de los riesgos de la marcha del sábado es la frustración.

Que esos ríos humanos que llenaron Paseo de la Reforma y Avenida Juárez hasta el Zócalo se pregunten en las siguientes semanas y meses: ¿Y ahora, qué?

Esa marcha, que es expresión del descontento y la desesperación por la falta de resultados en seguridad pública, puede quedarse sólo en un monólogo.

Es la sociedad civil que habla sola. No la escuchan o, si la escuchan, no saben cómo responderle satisfactoriamente.

La sociedad habló el día 30 de agosto en las calles de la capital y en las principales ciudades del país.

El gobierno dejó pasar la oportunidad de responder el 1 de septiembre. Dejó pasar la oportunidad de tenderle la mano a ese de la población que es su aliado natural, pero puede dejar de serlo.

Los que se manifestaron el sábado son, en efecto, los aliados naturales del gobierno que encabeza el presidente Calderón.

Lo son porque quieren el rescate de México, y no destruirlo.

Son sus aliados porque exigen que el gobierno funcione, y no que se caiga.

Son sus aliados porque quieren orden y seguridad, no caos ni violencia.

Este es el momento para que el Presidente se ponga delante del clamor de sus aliados. Es una llamada crucial para que se crezca ante la zozobra y dé tranquilidad y confianza.

Para eso tiene que haber mensaje, contenido, no sólo spots, que son otra forma de monólogo.

Llama poderosamente la atención que Los Pinos haya decidido suspender la presentación del Presidente de la República el 1 de septiembre, como se había previsto.

¿Por qué esos titubeos?

Así sólo fomentan la incertidumbre.

¿Quién le impidió dar el mensaje del 1 de septiembre a través de la red nacional de televisión?

¿Qué iba a decir el Presidente y luego se arrepintió o consideró prudente dejarlo para otra ocasión?

¿Cuál fue la poderosa razón que obligó al Presidente de la República a cambiar de planes y abstenerse de dirigirse al país luego de la histórica marcha del sábado?

Tuvo un muy inoportuno accidente en la bicicleta, pero eso no le impide hablar en televisión, para mandar el mensaje que la ciudadanía espera: el mensaje de la confianza.

El vacío de mensaje crea más incertidumbre y deja a las mayorías pacíficas de este país en la orfandad.

Los líderes políticos de las mayorías pacíficas no están respondiendo a la intensidad del reclamo de sus aliados… que pueden dejar de serlo.

Del otro lado, del que quienes quieren que aumente el deterioro del país para quedarse con el poder, sí tienen mensaje y saben qué hacer.

Son menos, pero poseen la claridad de objetivos y el liderazgo para frenar el avance del país y obstaculizar el funcionamiento de algunas instituciones clave.

Van a tomar el Congreso y bloquear aeropuertos, por la reforma petrolera, y le van a llenar el Zócalo de enemigos al Presidente la noche del 15 de septiembre.

Puras piedras en el camino para probar que el Estado de derecho es casi inexistente y que las autoridades federales están acorraladas.

¿Por qué si somos mayoría los que queremos que las instituciones funcionen y el país avance?

Porque no hay respuestas a la altura del reto y del clamor de los aliados del orden y de la estabilidad.

El Presidente se reunió en privado con las 14 personas que convocaron a la marcha y acordaron crear un Instituto Ciudadano de Prevención Social del Delito.

Excelente. ¿Y? ¿Qué más?

Esas 14 personas tuvieron la buena idea de hacer una marcha, pero no son líderes de nadie y sólo se representan a sí mismos.

El país necesita que el Presidente salga a responderle, pero no a esos 14 con la creación de un Instituto, sino a la ciudadanía, a los millones que marcharon y darles un gran mensaje de confianza.

La mayoría pacífica necesita que el Presidente se ponga delante de ella y de sus reclamos.

La nación necesita de su Presidente un mensaje claro, creíble, emotivo, que indique que sí se entendió la demanda ciudadana.

Se necesita liderazgo, que hasta ahora ha sido escaso.

Aún hay tiempo, aunque poco.

Análisis pejiano de la inseguridad

Carlos Marín
cmarin@milenio.com
El asalto a la razón
Milenio

En tanto desata el Apocalipsis que viene cocinando, Andrés Manuel López Obrador aludió ayer al tema que más preocupa a la gente común, el de la inseguridad, que motivó la exitosa marcha del sábado.

Lo hizo como era de esperarse: con desdén, como cuando se refiere a lo que sea que perturbe su principal obsesión: el Poder (en pos del cual inventa lo mismo “complots” que “fraude electoral”, “cercos informativos” o la desesperada “lucha patriótica por la soberanía petrolera”.

En su impertinente mitin de ayer, espetó uno más de sus memorables desatinos:

“A todos nos preocupa lo que está pasando, sólo que tenemos maneras distintas de analizar y enfrentar el problema…”.

Pues claro, sí… ¿pero cómo lo “analiza” y “enfrenta” López Obrador que no sea eludiéndolo?

En 2004, cuando se dio la primera colosal marcha en reclamo de seguridad pública, no tan sólo descalificó con el ofensivo cargo de “pirrurris” a los centenares de miles que participaron, sino echó en su contra a la administración capitalina.

La embestida de AMLO en esa ocasión llegó al extremo de fabricar una demencial conspiración, de la que formaba parte el trabajo periodístico de Joaquín López-Doriga.

El subsecretario de Gobierno, Martí Batres, hizo el trabajo sucio, afirmando que Televisa promovía también aquella marcha porque pretendía… fundar un nuevo partido de derecha.

Por aquellos días corrió la versión de que unos ciudadanos españoles habían sido secuestrados y asesinados, y en ella se montó la embajadora de España en México, pero una investigación periodística permitió a Joaquín demostrar que las aseveraciones de la diplomática no tenían sustento. Sin embargo, prevaleció la línea de la insania, y Batres dio esta retorcida muestra de cómo se puede “analizar” y “enfrentar” el tema de la inseguridad:

“Me da la impresión de que, como a la derecha no le funcionó Fox, están tratando de hacer una especie de otra fuerza política para impulsar todo el proyecto de la derecha que no les ha podido funcionar (…). Se pretendió demostrar lo que la embajadora de España no pudo probar. Me parece que hay una manipulación que tiene que ser presentada, señalada y contestada en el marco del derecho de réplica que cualquier ciudadano tiene. Como televidente, prendo la televisión y veo un noticiario porque pretendo informarme, y me desinforman. Lo que vimos no corresponde a la realidad, y tiene que ver con una cuestión propiamente política…”.

La cruda realidad es que demandas como la tumultuaria de este sábado pegan igual a tirios que a troyanos.

En la de 2004, por ejemplo, hubo mantas en que se preguntaba: Fox, ¿tienes el valor?, o te vale, o ¿Y yo por qué?, o se recomendaba: Los robos y secuestros no son complot, son una realidad, y López Obrador, vive en la realidad y ponte a trabajar…

Marchar, ¿eficaz?

Arturo Damm Arnal
arturodamm@prodigy.net.mx
La Crónica de Hoy

(Segunda y última parte)
Para Silvia y Nelson

Queremos presionar, eficazmente, a los gobernantes para que cumplan con sus tareas esenciales, que no son otras más que garantizar la seguridad contra la delincuencia y, en caso de fallar, impartir justicia en sus dos facetas, la de castigar al agresor, y la de resarcir a la víctima del delito? Claro que queremos. ¿Sí?, entonces dejemos de marchar y comencemos a no pagar impuestos, pero hagámoslo como debe hacerse, para que quede claro que lo que queremos no es no pagar impuestos sino que los gobernantes cumplan, con honestidad y eficacia, con sus tareas esenciales, que se definen como aquellas a las que no se puede renunciar sin dejar de ser lo que se es. Si los gobernantes no garantizan la seguridad contra la delincuencia, y si no imparten justicia, ¿son gobierno? En México, ¿hay gobierno?

Retomo mi alegato: ¿queremos presionar, eficazmente, a los gobernantes para que cumplan con sus tareas esenciales? Entonces dejemos de pagar impuestos, pero hagámoslo como debe hacerse, para dejar muy claro que nuestro fin no es, no pagar impuestos, sino obligar a que los gobernantes cumplan. Aclarado este punto, ¿que quiere decir dejar de pagar impuestos pero hacerlo como debe hacerse? Que se calcule el monto de impuestos a pagar, que se haga un cheque por esa cantidad a nombre de quien deba hacerse, y que se “deposite” en una notaria, para que el notario dé fe del hecho, con el fin de que quede claro que el objetivo no es, no pagar impuestos, sino obligar a que los gobernantes cumplan con su parte de lo que, con toda propiedad, podemos llamar el pacto tributario, por el cual el gobernado se ve obligado a ceder parte del producto de su trabajo a favor de los gobernantes y los gobernantes se comprometen, ¡antes que a cualquier otra cosa, y por encima de cualquier otra cosa!, a garantizar la seguridad contra la delincuencia y a impartir justicia, garantía e impartición que en México dejan mucho que desear. De Calderón para abajo, ¿pueden los gobernantes, en conciencia, afirmar que el cobro de impuestos, es decir, que la obligación legal de los contribuyentes de entregar parte del producto de su trabajo, se justifica?
La asimetría es evidente: los gobernantes fallan una y otra vez en las dos tareas que les son esenciales —garantizar la seguridad e impartir justicia—, pero los contribuyentes tenemos que cumplir, una y otra vez, con el pago de impuestos, ¡independientemente de lo que hagan, o no hagan, los gobernantes! Asimetría que es producto del poder de los gobernantes para obligarnos a pagar impuestos y de la impotencia de los gobernados para obligar a los gobernantes a que garanticen la seguridad e impartan justicia, asimetría que pretendemos corregir marchando, como ya lo hicimos en dos ocasiones, el domingo 27 de junio del 2004, y el sábado 30 de agosto de este 2008, marchas que, por más voluntarias y multitudinarias que sean, dejan mucho qué desear en cuanto a su eficacia para obligar a que los gobernantes cumplan en materia de seguridad y justicia. Repito lo escrito en la primera entrega de esta serie: han pasado más de cuatro años desde la primera de las dos marchas, y las cosas en materia de seguridad y justicia no solamente no han mejorado, sino que han empeorado, muestra de su poca eficacia, ante la cual debemos preguntarnos, ¿qué más vamos a hacer? ¿Seguir marchando?

Ante la incapacidad del gobierno para garantizar la seguridad e impartir justicia, y ante la dimensión que ha alcanzado el crimen en el país, ¿resulta poco ético proponer el no pago de impuestos como medio para presionar a los gobernantes, y dejar de pagarlos como lo he propuesto?

Con letras de oro

Pedro Ferriz
El búho no ha muerto
Excélsior

La última vez que hablé contigo, supe que ya no nos volveríamos a ver en esta vida… Seguramente en la siguiente. Me dijiste que no ibas a poder ir a la marcha de “Iluminemos México”, por causa de un nuevo marcapasos que te acababan de instalar en tu corazón doliente. Y así lo entendí. También supe que aunque no físicamente, tu noble alma me acompañaría a lo largo de Reforma, Juárez, Madero y hasta el Zócalo. Calles para ti tan familiares, como entrañables… Pero, ¿sabes Gilberto? Te quiero compartir lo que viví.

Entendí que la voz de un pueblo —que se acercó a contarme sus penas— semeja estrofas del himno que nos identifica. Pude ver que la bandera cambiaba todos sus colores por el blanco. Que aunque sea por la fatalidad que nos sacude, de todas maneras existen razones para estar unidos. La sociedad… todos, nos preguntábamos insistentemente si serviría de algo sacarlo del pecho. Caminar juntos. Vernos a los ojos. Estar para hacernos visibles. Sentir la carne viva de la solidaridad. Otros con voz trémula me preguntaban si lo viable, lo sensato era salir de México para hacer en otro lado, una nueva vida… Yo les dije que no. “Amar a tu país en las buenas, resulta fácil”. “Amarlo bajo la prueba de la adversidad, es demostrarle lealtad presente”. “Esperanza”. Oí, vi, sentí frases duras. “El Estado debe existir solo para protegernos” me decían unos. “Que no vengan aquí los políticos… no los queremos entre nosotros” era la voz de otros. “A mí me secuestraron en el 2003”… y me dijeron decenas de otras fechas. “A mi hermano lo mató la policía, porque se metió por una calle en sentido contrario” era la voz de una mujer llorosa. Fueron tantos testimonios, Gilberto, que podrás imaginar la carga que te deja en el alma. La sensación de frustración de no poder decirles nada. Nada más… “que no pierdas la fe”. “Lucha”. “Denuncia”. “No te quedes callado”.

Todo aquel río inagotable de gente. Toda esa energía. Me ha cambiado la vida. La forma de ver las cosas. Créeme que solo viéndolo. Viviendo esta experiencia, te puedes dar cuenta de la verdadera fuerza que mueve nuestra identidad. Esa que para muchos ya estaba perdida.

No obstante la justicia es el vínculo de la sociedad. Hoy supe que sin ella, la cohesión no se había extraviado.

Gilberto, sé que ya te fuiste. Pero tu vida apagada cobra sentido. Tu lucha por la paz, la igualdad, la democracia, la libertad y esmero por los demás, si bien no está resuelta, se ha encauzado. ¡Enderezaste el camino! Tantas veces preso por expresar tu conciencia. Hoy has dejado un fruto que con tu vida y los que amamos a México, no vamos a desperdiciar.

Vete en paz, Gilberto. Ya no sufras. Si bien no ha llegado a donde quieres. Tu tierra, esa que tanto amaste, ya sabe a donde ir. Qué hacer. Dónde nutrir su fe.

¡No sabes cuanto aprecio el impulso que diste al despertar de conciencias! Ahora que ya descansas, tendrás tiempo para aquilatarlo. Fue hermoso conocerte… importante. Te agradezco el ímpetu. Una mente brillante. Un alma que no te cupo en el cuerpo. Un preso de carne y no de conciencia. Hoy estás libre. Ya nada te limita. Solo lamento no haber estado contigo para darte un abrazo, después de terminada esta marcha. “Sí, iluminamos México”… Nosotros aquí abajo, a nivel de calle. Tú allá arriba. Seguro en un balcón, donde tu alma tendrá razones para estar contenta.

A Gilberto Rincón Gallardo

1939- 2008

Gilberto permanece …

Ricardo Raphael
Analista Político
El Universal

Varias veces fue encarcelado y todas por motivos políticos. La estancia más larga ocurrió después de la represión que sufrieron los estudiantes en 1968. Como era parte de la dirección del Partido Comunista, Gilberto Rincón Gallardo fue recluido con otros varios de sus compañeros en la prisión de Lecumberri.

Por aquellos días las autoridades dijeron de él muchas mentiras. La más inverosímil fue cuando se le acusó de haber lanzado bombas molotov. Riendo de sí mismo, Rincón solía levantar los brazos y afirmar que aquello era imposible.

Y lo era, no por las razones más obvias, sino por el imbatible rechazo que a lo largo de su vida sostuvo en contra de la violencia. Fue comunista, fue socialista, fue un hombre de izquierda, pero nunca consideró a la vía armada como instrumento de transformación.

Esta convicción suya sería la brújula más importante de su larga e histórica actuación política en nuestro país. En lugar de reunir furia, enojo o rencores, una vez que pudo salir de Lecumberri, Rincón Gallardo se convirtió en una de las voces más vibrantes para convocar al cambio pacífico del sistema político mexicano.

Se asumió demócrata, antes que cualquier otra cosa. Reformista y ya no revolucionario.

Intuía bastante bien dónde podrían terminar las cosas para México si la ruta de la confrontación escalaba. En su juventud visitó varias veces Europa del este. Miró de cerca la destrucción moral que un Estado autoritario podía provocar sobre las sociedades cuando se instalaba la polarización.

Con otros dirigentes del Partido Comunista Mexicano redactó un airado extrañamiento en contra del gobierno de la Unión Soviética cuando los tanques rusos invadieron la ciudad de Praga, en la primavera de 1967. Aquél fue uno de los tantos actos de autosubversión que Gilberto Rincón Gallardo se impuso a lo largo de su vida.

Por su confianza en las soluciones pactadas fue que, como dirigente relevante de la izquierda mexicana, se opuso una y otra vez a la guerrilla. Entendió las razones de aquellos jóvenes. Simpatizó con sus argumentos. Pero no estuvo dispuesto a apoyar la ruta armada que los guerrilleros hubieran tomado para defenderse.

En contraste, se invirtió con todas sus energías en las pista contraria. En los complejos años 70 apostó por el diálogo con el régimen priísta. Exigió la amnistía para los presos políticos. Reclamó la apertura del régimen. Cuando todavía era inviable, se empeñó en la vía electoral para despresurizar las tensiones y, sobre todo, para volver plural al poder político.

Muy pronto comenzó a recibir recriminaciones de los suyos. Fue calificado de antirrevolucionario, de traidor a la lucha de clases, de ingenuo, cuando no, de vendido al sistema. Pero aquello tampoco lo amedrentó. Necio por momentos, y tenaz la mayoría de las veces, Rincón Gallardo logró convencer a más de uno sobre la viabilidad de sus propuestas.

En 1976 recibió respuesta a sus afanes. Jesús Reyes Heroles —operador político de José López Portillo y luego secretario de Gobernación— le propuso legalizar al Partido Comunista Mexicano. Invitó a los dirigentes de esa organización para que participaran en la confección de una nueva ley electoral.

No hay manera de explicarse la transición a la democracia que se vivió después en México sin aquel importantísimo momento.

Rincón volvería a participar de manera protagónica en las subsiguientes reformas democráticas. Casi siempre supo colocarse por encima de las luchas partisanas. Gracias a su notable capacidad para logar acuerdos, se hizo amigo de personalidades cuyo origen político era muy distinto al suyo. Fue cercano a Carlos Castillo Peraza. Valorado por Ernesto Zedillo. Político respetado ante los ojos de Andrés Manuel López Obrador.

Hombres de su naturaleza humana quedan ya muy pocos hoy. Deja ahora un inmenso hueco, pero queda también su obra. Es justo afirmar que Gilberto Rincón Gallardo fue uno de los principales fundadores del nuevo Estado mexicano.

Después de la marcha

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Después de la marcha admirable del sábado, el balón de la seguridad vuelve a estar donde siempre ha estado: en la cancha de las autoridades, que tienen recursos, facultades y obligación constitucional de cumplir y hacer cumplir la ley.

Los ciudadanos pueden hacer poco más de lo que han hecho. Pueden organizarse para vigilar el desempeño de las autoridades, pueden tener un lugar como observadores en los espacios institucionales que les abran las autoridades, pueden fortalecer observatorios independientes como el ICESI (Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad), que preside Luis de la Barreda.

Los medios pueden hacer más. Pueden mantener alto el clamor de las víctimas y de los ciudadanos. Pueden también ordenar el reclamo de seguridad, poniendo en el debate público los indicadores que la autoridad no ha puesto aún, los puntos de referencia numéricos y analíticos de dónde estamos y cuánto nos hemos movido hacia atrás o hacia delante en materia de seguridad.

Pueden también establecer las responsabilidades de la autoridad por niveles de gobierno, decirnos cuánta de la inseguridad es responsabilidad del gobierno federal y cuánta de los gobiernos estatales y municipales.

En suma, los medios pueden aclarar y hacer comparable el problema, precisar su dimensión y diagnosticar su agravamiento o mejoría.

Hecho todo eso, el balón volverá a estar donde siempre ha estado, el único lugar de donde puede y debe venir un cambio. Ese lugar es el de los políticos electos, que tienen recursos, policías y el mandato constitucional de garantizar la seguridad de los ciudadanos.

Entre todos tienen bajo su mando medio millón de policías.

La marcha del sábado es una estación más del viaje hacia la nueva demanda histórica de la vida pública mexicana. La democracia lo fue del fin de siglo XX. La seguridad empieza a serlo de los principios del XXI.

La democracia sin seguridad es una bomba de tiempo: un espacio de libertades y garantías para delincuentes.

El complemento indispensable de un Estado democrático es un Estado de derecho que otorgue las seguridades fundamentales de la convivencia: seguridad física, seguridad patrimonial, seguridad jurídica.

El reclamo de seguridad debe instalarse en el centro de las exigencias ciudadanas, tal como el reclamo de la democracia a fines de los años 80. Si eso sucede, la seguridad llegará, como llegó la democracia.

Y después de la marcha ¿qué..?

María Elena Álvarez de Vicencio
malvarezb@diputadospan.org.mx
La Crónica de Hoy

El silencio pedido a la marcha quiso hablar del descontento, del reclamo y de la exigencia de la ciudadanía al gobierno demandándole seguridad.

Si la ciudadanía no recibe respuestas del gobierno ¿romperá el silencio para gritarle “si no puedes renuncia”? y si renunciara ¿qué…? Se espera que sean cumplidos en tiempo y forma los compromisos asumidos por los distintos órdenes y niveles de gobierno y que el Observatorio Ciudadano cumpla su cometido.

Hoy que se ha dado un paso en el despertar ciudadano éste no puede encausarse sólo en vigilar y reclamar al gobierno. La ciudadanía deberá actuar organizada o individualmente, si en verdad quiere un país a la medida de sus necesidades y anhelos.
Los ciudadanos tienen que asumir que vivimos en una democracia representativa y que al elegir a sus gobernantes se les da el encargo de representarlos durante un período determinado. Los electos ejercerán la representación aun de los que no votaron por ellos, ya que deben gobernar para todos, por lo que los ciudadanos habrán de respetarlos y apoyarlos, pues de no hacerlo el país no subsistiría.

En un sistema de democracia representativa es indispensable la acción de los ciudadanos, no sólo para reclamar y exigir sino para apoyar al gobierno en sus políticas públicas.

En todos los países del mundo, y en especial en los más desarrollados, la participación ciudadana desempeña un papel muy significativo en los procesos de gobernabilidad y desarrollo, de acuerdo a las particularidades de cada uno, en su entorno histórico, cultural, económico, social y político.

En Asia, por ejemplo, las asociaciones ciudadanas buscan satisfacer necesidades básicas de la comunidad: reconstrucción de hospitales, rescate de bosques. En África varias asociaciones se enfocan en la generación de ingresos para mejorar el cuidado del medio ambiente.

En Norteamérica y Europa los ciudadanos se asocian para prevenir la criminalidad, para el remozamiento de viviendas y colonias y el rescate de espacios públicos. En Europa también trabajan por la equidad de género, por la paz y el apoyo a víctimas por desastres. En Europa del Este se unen para recuperar la democracia y para mejorar los servicios públicos.
El 40% de los ciudadanos de estos países, tanto desarrollados como en vías de desarrollo, considera que es indispensable su colaboración ya que no basta la acción del gobierno para tener una mejor calidad de vida. En nuestro país sólo el 10% participa en alguna actividad ciudadana.

Para que la participación ciudadana sea eficaz se requiere que los ciudadanos se incorporen o separen de la participación con total libertad. La asociación puede buscar la institucionalización, pero no su corporativización, esto último ha sido el problema en nuestro país con los sindicatos y otras organizaciones.

La participación ciudadana no es un fin en sí misma, es un medio de alcanzar objetivos deseables que ayuden a resolver problemas comunitarios y a mejorar la calidad de vida de las personas.

La participación fomenta la responsabilidad, mejora los resultados y economiza recursos a los gobiernos locales, los cuales pueden utilizarse para satisfacer otras necesidades. La vigilancia de los ciudadanos a su gobierno ayuda a la transparencia y al comportamiento ético de los gobernantes.

Después de la marcha sería deseable ver el surgimiento de comités, juntas vecinales, grupos de emergencia, brigadas ciudadanas, etc., que pudieran colaborar no sólo directamente en la lucha contra la violencia y la inseguridad, sino en todo lo que ayude a prevenirla, para no continuar sumidos en el crimen y la impunidad.

La experiencia demuestra que en los países donde la participación ciudadana es numerosa, sus acciones reportan beneficios considerables, tanto en la aportación y ahorro de recursos económicos como en la solución de problemas sociales y en el impulso a las políticas públicas de sus gobiernos.

En un estudio de la Universidad Johns Hopkins hecho en 1995, se descubrió que en 22 países el apoyo altruista de las organizaciones de la sociedad aportó más de un billón de dólares, además una media del 28% de la población de esos países aporta gratuitamente tiempo a estas organizaciones, lo que equivaldría a 10.6 millones de empleados pagados a tiempo completo. Si el sector no lucrativo de los países estudiados formara un país, sería la octava economía mundial.

La realidad de México en este aspecto no es muy halagadora. En un cuestionario aplicado por la Secretaría de Gobernación en 2005, a las preguntas ¿Qué significa ser ciudadano? 40% respondió: “Tener obligaciones y derechos” y 13% “tener obligaciones”. A la pregunta ¿Cree usted que a la gente le toca hacer algo respecto a los problemas que trata de resolver el gobierno? Sólo el 13% respondió que sí. A la pregunta ¿Qué tan interesado está usted en la política? 55% respondió poco y 33% nada.

El que más del 90% casi no se interese en la política significa que la conciencia social tampoco está muy desarrollada, así que el formar la conciencia ciudadana, para que puedan discernir sobre lo que escuchan de los partidos o de los candidatos en la radio y la televisión, es indispensable para vivir la democracia y quienes ya han alcanzado esta etapa sería deseable que ayudaran a que la mayoría de los mexicanos la alcancen.

Un mundo raro

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Para Gilberto Rincón Gallardo, un paradigma de la tolerancia, la inteligencia y la verdadera izquierda que el país necesita.

Quizá como un símbolo de los tiempos que vivimos, este primero de septiembre no sólo no habrá Informe presidencial en el Palacio Legislativo de San Lázaro sino que también el presidente Calderón vivirá esta jornada fracturado. Físicamente, el Presidente sufrió la rotura de la cabeza del húmero izquierdo, lo que lo llevará a estar en recuperación varias semanas. Es una fractura dolorosa pero que en absoluto le impide ejercer sus funciones. En todo caso, lo importante, como lo pudimos comprobar el sábado con la multitudinaria marcha contra la inseguridad, es que algo también se ha roto en el país y la tarea fundamental de las autoridades es volver a soldarlo: la sociedad no está creyendo en las autoridades ni en los partidos, no tiene fe en ellos pero al mismo tiempo les exige que actúen.

El escenario en el que se inscribe este primero de septiembre, que a partir de ahora será un día más en el calendario republicano, es el de un mundo raro, donde las autoridades y los partidos no terminan de comprender y asumir plenamente lo que se espera de ellos (dos ejemplos, ¿cómo se le ocurre al secretario de Seguridad Pública capitalino presentarse de uniforme y con moto ante la avanzada de la marcha del sábado, para tratar de “organizarla”?, ¿quién fue el genio del GDF que ordenó en el Ángel de la Independencia, antes de las ocho de la noche y cuando aún el lugar estaba lleno de gente, que comenzaran su labor camiones recolectores de basura y limpiadoras? Mondragón y Kalb tuvo que irse ante la reacción de la gente, injusta con un buen servidor público, pero lógica por su pésima decisión, y las barredoras tuvieron que regresar a su lugar porque la gente les impidió continuar hasta que terminara la movilización); donde los partidos y el Congreso asumen un protagonismo para el que tampoco están preparados (¿o dispuestos?) con miras a desarrollarse plenamente en relación con las verdaderas exigencias sociales. Un mundo donde la sociedad, quizá por primera vez en mucho tiempo, ha puesto fechas, plazos y responsabilidades a las tareas pendientes.

Pero también, y ese es un matiz que se le ha escapado a muchos analistas, donde la gente, con todo su hartazgo, tampoco está dispuesta a resignar de sus instituciones: la gente no quiere mandar al diablo las instituciones, como lo dijo López Obrador, quien sigue en caída libre de popularidad y cada día más alejado de la verdadera agenda de la sociedad. Ayer cayó nuevamente en el ridículo y mostró que quienes no son los suyos son, para él, sus enemigos. Luego de una manifestación desangelada y pobre, marcada por el acarreo, desestimó la marcha del día anterior y demandó ahora tomar el Zócalo el 15 de septiembre. Como lo han dicho López Obrador y Muñoz Ledo, su preocupación no es la seguridad, sino generar una situación de ingobernabilidad tal que provoque “la caída” (la palabra es de ellos) del gobierno de Calderón, para iniciar una “transición”, con ellos, desde luego, en el poder. El único problema (y lo que explica la caída de su popularidad, su incapacidad de comunicarse con la ciudadanía, la mezquindad del discurso) es que lo que la gente quiere no es el derrumbe, sino la eficiencia, las reglas claras, el funcionamiento de las instituciones para lo que fueron construidas: brindar seguridad.

No es un matiz menor y es el que abre una ventana de oportunidad para que México no sufra un derrumbe institucional como lo vivieron en su momento Venezuela, Ecuador, Bolivia o Argentina. Para aprovechar esa ventana de oportunidad, los partidos y sobre todo los gobiernos, deberán convertirse en otros, tendrán que actuar diferente, abandonar la cultura política dominante y aprender a relacionarse con una sociedad que piensa y actúa de manera distinta y que, salvo parcelas muy específicas, no simpatiza con ninguna de las fuerzas políticas existentes.

Hoy, las autoridades, pero más los partidos, actúan como aparatos electorales y la reciente reforma los reafirma en ese papel. Pero, en esa lógica que atiende casi exclusivamente sus respectivas agendas se han topado con personalidades y organizaciones sociales que enarbolan una agenda propia, dictada por la gente y que obligará a partidos y autoridades a asumirla como tal o perder cada vez mayor representatividad.

Se dice que un pesimista es un optimista bien informado. Puede ser verdad, pero también lo es que la situación actual en el ámbito de la seguridad, con toda su gravedad, no es mayor que la vivida por otras naciones y de la cual han podido salir adelante. Para ello se requieren proyectos estratégicos, de largo plazo, para superar la enorme cantidad de insuficiencias que sufren nuestros sistemas de seguridad, mas también son necesarias medidas de corto plazo, que permitan recuperar aunque sea los márgenes mínimos de confianza de la gente hacia las autoridades. Y, en ese sentido, nada parece más importante que enviar señales serias de que se acabará con la impunidad y se van a privilegiar las acciones, directas, concretas, contra los grupos delincuenciales más peligrosos.

Los tiempos de la sociedad son otros, diferentes a los de los políticos. Estos creen que tienen aún muchos meses para resolver cosas que la gente exige ya. La convocatoria del Consejo de Seguridad y las medidas ahí adoptadas han sido un primer síntoma de que son vulnerables a la presión social. La marcha del sábado es una reafirmación de esa presión y, dentro de 90 días, esa misma gente exigirá ver los primeros resultados. Quienes comprendan la urgencia y la fortaleza de las demandas saldrán políticamente beneficiados. Los otros pueden comenzar a retirarse del escenario.

Herencia

Macario Schettino
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Hace 40 años, México organizaba los Juegos Olímpicos. El primer país del tercer mundo en hacerlo. Tal vez porque parecía estar ya fuera de ese grupo y en camino al desarrollo. Un país de 40 millones de seres, la mitad menores de 20 años, con 20 millones en las ciudades. La economía crecía al 6% anual por ya dos décadas. Los conflictos obreros habían sido reprimidos, y sus líderes encarcelados. Peor suerte habían corrido los campesinos. La clase media, creciente, sería también aplastada ese 1968.

Hoy, somos más de 100 millones, 80 de ellos apiñados en las ciudades, con una economía que crece al 3% en las últimas dos décadas. Pero en donde los líderes obreros y campesinos, lo mismo que los falsos mártires del 68, se han acostumbrado a vivir del presupuesto. No hay ya la represión de aquellos años del régimen autoritario, sino la anomia de una transición interminable. Se mantiene, sin duda, la corrupción e impunidad que aquel régimen no inventó, pero sí llevó a niveles desconocidos.

No existe generación espontánea, nada sale del vacío. Lo que hoy tenemos viene de lo que tuvimos. Entender el proceso por el cual México se convirtió en lo que es hoy es condición indispensable para construir soluciones a nuestros problemas. Sabemos que no estamos conformes con lo que hoy es nuestro país, pero no hemos logrado entender qué ocurrió. Unos creen que los problemas del país provienen de la ruptura “neoliberal” de los años 80; otros, de la corrupción (así, genérica y por lo mismo inútil para explicar). Se van sumando explicaciones que resultan de sólidas creencias y muy débiles datos. Y por lo mismo, nunca sirven, pero nunca desaparecen.

Un análisis serio nos muestra que el México de hoy es heredero de el país de hace 40 años, páramo autoritario montado en un esquema de crecimiento destructor, sostenido en una estructura corporativa, de complicidades y corrupción, que no tenía más remedio que hundirse en una espiral de miseria y deterioro, como lo hizo al inicio de los 80. Ese hundimiento nos dejó un marco institucional inútil, una economía destrozada, una sociedad incapaz de competir, encono político y una corrupción profunda, con una delincuencia indistinguible de la policía. Ésa es, indudablemente, la herencia del régimen de la Revolución.

Mientras no logremos enfrentar esa realidad, no podremos encontrar respuestas a nuestros problemas. Somos lo que hicimos de nosotros mismos. Si en verdad queremos otro México, tengamos el valor de enfrentarnos con lo que hicimos, con nuestro pasado, con ese inmenso mito que nos detiene.