septiembre 17, 2008

Atentados en Morelia: “La granada golpeó mi cabeza pero no explotó”

Alberto Torres Téllez / enviado
El Universal
Morelia. Michoacán
Miércoles 17 de septiembre de 2008

Vive para contarlo; la crónica de un testigo de la primera explosión a quien el artefacto explosivo le golpeó la cabeza antes de estallar

Sentí que algo me golpeó la cabeza. Era la granada. Fue minutos después de las 11 de la noche luego de gritar el último ¡Viva México! Sólo veníamos de paseo. Vivimos en Querétaro pero decidimos esa noche estar aquí en Morelia.

Habíamos salido a dar la vuelta alrededor de las 10:20 de la noche y decidimos presenciar el grito en la plaza de aquí de Morelia. Nos quedamos a la mitad, al lado de la Catedral. Nos dispersamos un poco. Yo tenía a mi sobrina cargándola en los hombros.

Luego, a las 11:00 de la noche comenzó el grito. El gobernador de aquí (Leonel Godoy) comenzó a gritar vivas. Fue justo en la última ¡Viva México! que la granada golpeó mi cabeza, justo aquí, en la parte izquierda de mi nuca donde ahora tengo una abertura de cinco puntadas.

Yo en ese momento había girado un poco mi cabeza. Recuerdo que tenía la mirada fija en el balcón. Percibí que al terminar de gritar ¡Viva México! el gobernador quizo tocar la campana pero esta no sonó. Entonces giré la cabeza a la izquierda y miré a mi cuñada Araceli para decirle de este detalle. Se hizo una pausa. Un silencio. Y luego sentí el golpe.

Todo pasó muy rápido. Aquel objeto rebotó hacia atrás y rodó hacia la izquierda. Yo me desvanecí. Me había descalabrado. Entonces estalló. El estruendo, el humo y la explosión me aventó con todo y mi sobrina ya en las espaldas.

Hubo mucha confusión. Ahí el tiempo se congeló. De inmediato comenzaron ya los juegos pirotécnicos en la Catedral. No sabía qué pasaba. Pensaba que iban a caer más. Temía por mi sobrina. Ella gritaba desesperada por su mamá y yo no la soltaba.

Yo perdí de vista mi cuñada, quien cayó al piso también herida. Mi hermano se había quedado más atrás y también resultaría herido por las esquirlas. Mi sobrino Maximiliano que estaba adelante de mí también y mi sobrina Bárbara, que estaba arriba de una jardinera, se le estalló una vena y se desangraba.

Mi novia fue la única de mi familia que salió ilesa. Ella corrió a ayudarme y a ver a mis sobrinos y a la mamá de ellos. A todos cuando la ayuda llegó nos separaron. Nos subieron a ambulancias distintas y nos llevaron a distintos hospitales.

Mientras estaba tirado apenas y podía arrastrarme. Pude ver al joven que minutos antes estaba detrás de mí. A él la explosión le había destrozado la pierna izquierda. Y la señora que estaba detrás de él estaba despedazada. A ella, supongo, el artefacto le cayó debajo de sus pies y de alguna manera ella nos protegió.

Estaba todo ensangrentado. Mi camisa blanca estaba manchada de sangre. Lleve las manos a mi pecho y sentí algo pegajoso en la camisa, eran los pedazos de carne de las demás personas que se me habían pegado. Todo sucedió como en cinco metros a la redonda y nosotros nos salvamos. Estamos vivos y podemos contarlo. Ahora sé que esa sería la primera de dos explosiones.

Mi nombre es Mauricio Benítez Aguilar. Soy ingeniero. Siento coraje e impotencia porque esto no deben hacérselo a los niños. No es el México que se merecen. Ellos no han votado y no han decidido aún qué Gobierno quieren. Pero ese sentimiento de coraje e impotencia se me borra al pensar que estamos con vida y que somos afortunados.

Terrorismo por Paco Calderón

La hora de los canallas

Román Revueltas Retes
rrevueltas@milenio.com
Interludio
Milenio

De todas las plagas bíblicas que nos han azotado – sequías, epidemias, guerras civiles, terremotos, huracanes, magnicidios, inundaciones, golpes de Estado, etcétera— sólo nos faltaba que, bien entrados ya en el s. XXI, nos golpeara el terrorismo. Pues bien, ahí está, ya lo tenemos. Prueba de que las cosas siempre pueden estar peor.

Los sediciosos de las diferentes organizaciones “sociales” y “revolucionarias” que han surgido en los últimos decenios nunca han pasado de asesinar por ahí a algún infortunado que se les cruzó por el camino y, en cuanto al manejo de explosivos, de volar un gasoducto de Pemex o de colocar petardos en agencias bancarias fuera de los horarios laborales. Esto, lo de que estallen bombas en medio de una multitud en un día de fiesta, no lo habíamos visto. Esto ocurría en Colombia antes de que mi presidente Uribe tomara el toro por los cuernos y esto pasa todos los días en lugares infernales como Iraq y Afganistán. Pero… ¿aquí? Es el peor de los mundos y la más espantosa de las pesadillas.

Suponemos –sin saber mayor cosa— que una de las grandes organizaciones criminales de este país ha querido dar un aviso, lanzar una advertencia, dejar un recado. Porque, ¿sirve de algo matar a gente perfectamente inocente, aterrorizar al pueblo, sembrar dolor y muerte entre los parroquianos que celebran buenamente las fiestas de siempre? No. Como siempre, pagan justos por pecadores aunque las bajas ocurridas entre las fuerzas de seguridad del Estado sean también absolutamente inaceptables. El destinatario, entonces, es el Gobierno de Felipe Calderón o, tal vez, el Gobierno del Estado libre y soberano de Michoacán. Pero, vaya vileza la de usar la vida de personas comunes como moneda de cambio. Vaya chantaje tan canallesco.

Ahora bien, los rufianes ¿no esperarán algo a cambio, o sí? Digo, es difícil pensar que, a punta de amenazas, el Estado mexicano baje los brazos y que deje actuar libremente a los cárteles de la droga. Surge ahí una perturbadora pregunta: ¿qué nos depara el futuro?

Morelia

Yuriria Sierra
Nudo Gordiano
Excélsior

Es México y es nuestro. Pero hoy nos lo quieren arrancar a golpe de granadas. Volar en pedazos la confianza en el presente, la esperanza en el futuro. Dinamitarnos la unión, reventarnos el sueño, estallarnos la mente y el corazón, hasta dejarlos, indefensas vísceras mexicanas de millones, tiradas por los suelos del horror y del sometimiento.

No sólo en Morelia: en este México que es nuestro y que nos quieren arrebatar, fue una noche de grito, el grito del terror…

Lejos, muy lejos, quedó la interrogante de lo que podría pasar en el Zócalo con las dos celebraciones que se realizaron casi en paralelo. Atrás también quedó la euforia y la tradicional vena mexicana para celebrar sin importar carencias o conflictos. Porque todo tiene un límite, y cuando creíamos que la incertidumbre provocada por la inseguridad que se respira en el aire de nuestro país desde hace ya buen tiempo no podía crecer, nos encontramos con un nuevo episodio que, lejos de alentarnos, nos llena de temor y nos encoleriza más de lo que ya estamos.

Es México y es nuestro. Pero quieren esclavizarnos a su horror. Hoy nos amanecemos sin la Independencia de quienes tienen un país que les es propio, que les es casa, que les es lugar para nacer, vivir y morir sin miedo. Hoy nos quieren cubrir los zócalos de sangre; las banderas, de esquirlas; los rostros, de terror…

El crimen organizado dio un golpe y un claro mensaje de lo que es capaz para no verse débil, porque no lo es.

Hace unos días los mexicanos tomaron calles de todo el país para mostrar su enojo y su paciencia agotada, ante el actuar de unas autoridades más preocupadas por la firma de acuerdos que por el cumplimiento de los mismos.

De la misma manera, aquellos quienes le han cortado la vida y la tranquilidad a muchos, ahora también coartan la libertad de todos. Así, de la nada, siete personas murieron y más de un centenar resultaron con heridas cuando artefactos explosivos estallaron minutos después de que el gobernador de Michoacán, Leonel Godoy, realizara la tradicional ceremonia del Grito de Independencia.

Caos, gritos y desconsuelo. ¿Será que ahora también tendremos que vivir como si este fuera un Estado en guerra? ¿México, en su totalidad, es ya un campo minado?

Es México y es nuestro. Pero quieren robarte a tus hijos: llevárselos secuestrados a veces con pistolas, a veces por las drogas. Te los matan con un arma, o te los matan con cristal, crack, coca, metanfetaminas, heroínas que de heroico no tienen nada. Te los matan rápido o te los matan a cuentagotas. Te los matan en un atentado o te los matan por entregas de narcotiendita.

El de Morelia, hecho abominable desde todas las percepciones, es un anuncio no sólo de un grupo específico de criminales, sino un aviso en nombre de todos los que han sembrado el miedo en todas las regiones del país. Aquellos que no objetan en mostrar su sangre fría y fueron capaces de tomar como escudos a un grupo de niñas en Chihuahua, que dejaron los cuerpos inertes de tres menores en un rancho en Jalisco y disparan al aire sin pensar que Naomi, una pequeña de tres años, se encontraría en el trayecto con una bala que la mandaría a terapia intensiva.

Es México y es nuestro. Pero hoy nos lo secuestran, nos quieren encajuelar a todos junto al cuerpo de la impunidad, a respirar el aliento de la muerte, a verle los pies ensangrentados a las instituciones, a mirar, muy de cerquita, el cuerpo descabezado de la justicia y su cabeza rodando por todos los abismos.

¿Hay responsables? La lista de probables culpables es larga, la jerarquía poco importa cuando sabemos que ya nadie está exento de ver de frente la impunidad con la que estos grupos se manejan.

Lo que importa ahora es qué se va hacer. Con lo ocurrido la noche del lunes, hemos llegado a un nuevo estado, uno de alerta y otro —el que se escribe con e mayúscula— que deberá actuar sin contemplaciones, no igualando la saña de aquéllos, pero sí mostrando el significado real de esa palabra que representan…

Es México y es nuestro. No nos lo pueden secuestrar: ¡no se los permitamos!

Sí, un acto de terrorismo

Joaquín López-Dóriga
lopezdoriga@milenio.com
En privado
Milenio

No importa entre cuantos; la probabilidad siempre es una. Florestán

Apenas ayer escribía aquí que Algo muy grave está sucediendo en México que nos afecta a todos, inmersos en una ola de violencia cada día más violenta y en la que víctima a víctima, nos hemos acostumbrado a vivir en una relación enfermiza muerte-indiferencia.

Muerto a muerto, hemos visto cómo se dispara la numeralia fatal, pero también cómo se acomoda nuestra capacidad de indignación. Cada día no sólo son más las víctimas, sino más brutales los métodos que superan la peor ficción y llenan transitoriamente la capacidad de asombro que, sin sentir, eleva su cota para ajustarse al impacto del siguiente golpe.

Así como se llevan las estadísticas de guerra, en las que al ponerse el sol se da un parte del día y otro acumulado de caídos y heridos, así es hoy en México, donde hay jornadas en las que matan aquí a más personas que en Irak, en Afganistán, en la Franja de Gaza o en Líbano, y con métodos más sanguinarios.

Respecto a la ejecución de 24 personas encontradas cerca de La Marquesa, decía, no produjo el impacto social que hubiera tenido hace algunos años y hablaba de "la incapacidad de las autoridades y los niveles de impunidad".

Pasadas las 11 de la noche del mismo lunes, cuando el gobernador de Michoacán, Leonel Godoy, terminaba de vitorear a los héroes de la Independencia desde el balcón del Palacio de Gobierno en Morelia, en la plaza estallaba una primera granada que, sumada a otra que explotó unos instantes después a cuatro calles de distancia, dejó un saldo de siete personas muertas y 100 más heridas, en lo que representaba el primer golpe terrorista en la historia del México moderno en que las víctimas, además de inocentes, eran representantes de los sectores más pobres.

La explosión sorprendió a todos; creyeron que era parte de los fuegos artificiales, por lo que continuó el repique de campanas hasta que la sangre, el miedo, los heridos y los muertos, comenzaron a dar una primera dimensión de la tragedia en una plaza que, como en cámara lenta, pasaba de la euforia de la fiesta a la angustia de la tragedia.

Con una primera evaluación, Godoy habló con el presidente Calderón, quien saludaba a sus invitados en el patio central de Palacio Nacional, del que se retiró con su gabinete de seguridad para hacer una primera evaluación del atentado.

En el correr de las siguientes horas todo fue medir el impacto del golpe y un fallido intento de eliminar la palabra terrorista de lo que había sido, un atentado, sin duda terrorista, que la sociedad exige se aclare y se castigue.

Y si en verdad es imposible, como dicen, ganarle la guerra al narcotráfico, es indispensable ganársela a la inseguridad y a la impunidad, por encima de discusiones vanas de semántica y de guerras de etiquetas.

Nos vemos mañana, pero en privado.

Ni un paso atrás

Francisco Garfias
Arsenal
Excélsior

Aunque los autores de las mortales explosiones en la capital michoacana han permanecido mudos, las autoridades federales no parecen tener duda alguna de que son obra del crimen organizado. “La preocupación que tenemos es arraigada en hechos ominosos, que tienen en lo de Morelia una de sus expresiones más tristes, sumamente graves, y la evidencia clara de la escalada de violencia de estos malditos…”, nos dice una voz autorizada de la PGR.

Y es que, a través del peor de los chantajes —el terrorismo—, los autores del atentado buscan obligar al gobierno federal a negociar condiciones que les permitan continuar con su millonario “negocio” sin tener encima al Ejército. El Presidente de la República no debe, no puede, ceder al chantaje. Ahora menos que nunca. “Si dobla las manos, el año que entra tendremos hasta dipunarcos metidos en el Congreso”, advirtió, en corto, un experto en seguridad nacional.

El peligro es real. Se nos vienen encima las campañas para la elección de diputados federales en julio próximo. Las bandas del crimen organizado manejan ríos de dinero. Son los amos en ciertas zonas del país. Tienen capacidad para comprar candidaturas. Los partidos políticos deberán estar muy alertas a la hora de elaborar sus listas de aspirantes.

Los caídos en Morelia son muestra de que el enemigo número uno de México no es Andrés Manuel López Obrador ni sus seguidores. Tampoco los partidos políticos o el Congreso de la Unión. Ni siquiera el EPR o el PROCUP, que han hecho explotar algunos petardos, pero sin hacer daño a la población civil. No nos confundamos. El riesgo real para la seguridad nacional es el crimen organizado.

* * *

Una vez concluido el muy mojado grito de los libres, en el Zócalo capitalino, Porfirio Muñoz Ledo bajó del templete con su joven acompañante y se enfiló hacia la salida. En el camino se detuvo un momento para conversar con gente cercana a López Obrador. “Calderón se va a caer…”, comentó en voz alta, como si quisiera que todo el mundo volviera a escucharlo.

Muñoz Ledo fue uno de los protagonistas principales de la discusión que, sobre el asunto, se llevó a cabo en las oficinas del legítimo, horas antes de la ceremonia en la Plaza de la Constitución. Testigos del cónclave nos dijeron que Manuel Camacho volvió a manifestar sus diferencias con Porfirio alrededor del explosivo tema.

“La revocación del mandato de Calderón se discutió, pero es poco creíble lo que pasó…”, señaló Gerardo Fernández Noroña, participante en el encuentro. Las palabras nos hicieron insistir. ¿Y qué pasó? “No debo, pero a grandes rasgos se hizo un análisis interesante de Calderón y sus debilidades, de las dificultades que tiene”, repuso el polémico secretario de Comunicación del CEN del PRD.

En el Zócalo nos encontramos también con Luis Linares, secretario de Programación del llamado gobierno legítimo. Se mostraba indignado por la “desproporcionada” reacción de los comunicadores —mencionó a Ciro Gómez Leyva, Óscar Mario Beteta y Leopoldo Mendivil—.

Alrededor de la supuesta línea golpista promovida —y luego desmentida— por Muñoz Ledo, puntualizó: “Que lo diga Porfirio no quiere decir que todo el movimiento de López Obrador esté detrás de él”.

Noroña, por cierto, nos dijo que todos los dirigentes del movimiento obradorista iban a llegar juntos al Zócalo con el Peje para dar el grito de los libres, pero que el famoso Nico consideró que no era prudente. Alegó que los del Estado Mayor podrían considerarlo “una provocación”. Andrés subió al templete acompañado de César Yáñez, y nadie más.

* * *

Un inesperado problema de salud del senador del PRI Francisco Labastida Ochoa, presidente de la Comisión de Energía de la Cámara de Senadores, tiene paralizadas las negociaciones sobre la reforma energética, aseguró a este espacio Javier González Garza, coordinador de diputados del PRD.

El Güero está convencido de que no habrá reforma energética, por lo menos en septiembre, a pesar de que un influyente senador del blanquiazul dijo a este espacio que será aprobada durante este mes patrio.

El jefe de la bancada del PRD en San Lázaro mencionó el aparente distanciamiento entre el presidente Calderón y Manlio Fabio Beltrones para respaldar su convicción de que ya se les complicaron las negociaciones al PAN y al PRI y que la suerte de la reforma aún no está echada.

¿Será de a devis?, cuestionamos. “No sé, pero yo en Manlio Fabio no confío ni madres…”, respondió.

El salto

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Lo que llamamos guerra contra el crimen organizado dio un salto cualitativo la noche del 15 de septiembre en Morelia, donde fueron lanzadas granadas contra la multitud, anónima y pacífica, que celebraba la noche de la Independencia nacional.

Ha sido el primer ataque intencional contra población inocente en esta guerra, el primer acto de violencia en que el blanco no son las bandas rivales, las policías o el Ejército, sino la población misma.

Los autores le han declarado la guerra a la sociedad en una acción cuyo origen y cuyo sentido son difíciles de adivinar salvo en su intención fundamental que es aterrorizar a la población inocente.

El mensaje a los mexicanos, en especial a los michoacanos, en especial a la gente de Morelia parece ser: no importa si ustedes son o no parte de esta guerra, pueden ser sus víctimas.

En su noticiero radiofónico de ayer me preguntó Ciro Gómez Leyva si creo que esto prueba el fracaso del Estado en esta guerra o, más bien, la desesperación del crimen organizado por la eficaz batida gubernamental contra él.

Respondí que las dos cosas, que el salto de la violencia al terrorismo acumula fracasos en el Estado como garante de la seguridad pública y revela también un momento de exasperación extrema en los autores del atentado.

Habrá quienes pongan el acento en un sitio o en el otro, pero será lamentable que no hubiera en todas las fuerzas políticas y en todos los medios informativo una condena sin atenuantes del hecho y una solidaridad absoluta con las víctimas.

El atentado de Morelia es una declaración de guerra al pueblo de México, más allá de las autoridades y los gobiernos. Debe tener una respuesta equivalente de la sociedad, los medios y los políticos.

Habrá quedado claro, sangrienta y abrumadoramente claro, que la solución política a la guerra contra el crimen organizado no es negociar con él jurisdicciones mutuas o convivencias respetuosas.

El atentado es, por otra parte, el posible anuncio de una época sombría, una época de violencia indiscriminada, dirigida a la población civil, contra la que ningún gobierno en el mundo, ninguno, ha encontrado respuesta eficaz.

El país sangra por la herida abierta de la inseguridad, desatendida tanto tiempo como cuestión central del Estado.

Los gobiernos deben de dejar de mirar a otra parte cuando esa herida pasa ante sus ojos. Es la hora de cerrar filas contra el crimen organizado y contra su primer salto, de consecuencias imprevisibles, al terrorismo.

Se inicia el terrorismo

Rafael Cardona
La Crónica de Hoy

Ni siquiera en los peores momentos de las actividades clandestinas y delictivas de los guerrilleros de todas las ligas habidas y por haber en México se había escogido un grupo compacto de personas indefensas para dejarles caer en medio de una plaza pública abarrotada y en presencia del Ejército bombas de fragmentación sin explicaciones posteriores ni reivindicaciones de ninguna clase.

Simple y llanamente se trataba de sembrar el terror. Y a eso se le llama terrorismo.

La (mala) carga semántica de la palabra ha confinado y definido este tipo de acciones únicamente a las supuestas reivindicaciones étnicas, políticas, religiosas o de venganza nacionalista, como afirman los nostálgicos del Ejército Republicano Irlandés, la ETA o los movimientos armados mexicanos de los años 70 y sus herederos del Ejército Popular Revolucionario.

Hoy el gobierno de Felipe Calderón, cuyo arranque estuvo marcado por la inestabilidad postelectoral y se afirmó en la posición de poder mediante el despliegue de la fuerza en contra de la delincuencia organizada, ha ido a dar directo a un callejón sin salida: el mundo tentacular de la narco-violencia ha llegado al extremo donde ya no es el Estado su único enemigo, ahora le ha declarado la guerra a toda la sociedad.

Antenoche, en Morelia, entre los vítores a la Independencia, en la ciudad natal del Presidente de la república, se inauguró una etapa cuyo fin deseamos cercano: el terrorismo como lenguaje delincuencial.

Desgraciadamente, estos hechos confirman las afirmaciones de esta columna el 15 de septiembre: “Por muchas razones, las fiestas patrias de este año serán todo menos felices y alegres”.

Hasta donde hay recuerdo y registro, nunca se había convertido la fiesta del 15 de septiembre en la reunión de urgencia del gabinete de seguridad, como ocurrió en la noche del 15 en el Palacio Nacional. Tomando en cuenta la titubeante redacción del comunicado de la casa presidencial –emitido hasta la mañana del martes 16–, la mentada reunión sirvió para untarla en el Camembert:

“Tan pronto como tuvo noticias de los hechos, el Presidente de la república se comunicó con el gobernador de Michoacán y sostuvo una reunión con el secretario de la Defensa Nacional, el secretario de Marina, el secretario de Seguridad Pública y el director del Cisen, en Palacio Nacional, donde giró las instrucciones necesarias (de ninguna manera iba a girar instrucciones innecesarias) para proceder de inmediato al esclarecimiento de lo acontecido, así como a la búsqueda de los posibles responsables (en vista de lo arduo de hallar a los imposibles responsables)”.

Pero, además de la urgencia de un curso de redacción para la prensa de la Presidencia, varios datos terroríficos saltan a la vista y por cuya relación podemos medir los tamaños del desafío y la advertencia: Michoacán es la entidad donde el gobierno inició toda su estrategia de combatir los delitos (federales o comunes) con fuerzas organizadas para defender la soberanía y la integridad nacionales, el cual es un detalle olvidado con frecuencia.

Siendo el estado natal del Presidente, mucho tenía de significativo y larga era su pretensión ejemplificadora. El combate al delito ha sido dos cosas: una respuesta ante una grave situación y un mecanismo de legitimación, mediante el despliegue de la fuerza.

Pues hoy, con una abusiva certeza de sincronía con el festejo en la ciudad de México y en medio de la celebración más gregaria de los mexicanos, alevosamente utilizada y mancillada, los terroristas golpean en dos ocasiones, aun en contra de esa fuerza. ¿Cómo escaparon quienes causaron tales explosiones? ¿Cuántos eran y cómo pudieron eludir el cerco humano de la festiva muchedumbre?
Son preguntas hasta ahora sin respuesta a pesar de la presencia militar y la vigilancia policiaca. Y son también evidencia de cómo los autores de estas carnicerías celebran el fracaso de una estrategia incapaz siquiera de identificarlos e impedirles tales acciones cuando les viene en gana cometerlas.

La vulnerabilidad de los sitios de reunión –de aquí en adelante– hace aún más espeluznante esta furiosa actitud. Si esto ocurrió en una plaza colmada y vigilada, muchas cosas podrían ocurrir en estadios, plazas de toros, oscuras salas cinematográficas, centros comerciales o autobuses y otros transportes.

Nuestro 15 de septiembre se convirtió de pronto en nuestro 11 de septiembre.

¿Han pasado de la reacción ante el Ejército a la Intifada? No se sabe si están dispuestos a luchar contra el Estado o pelean contra él para de una vez desplazarlo por completo.

El terrorismo, un arma del narcotráfico

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Lo ocurrido la noche del martes en Morelia, durante la ceremonia del Grito de la Independencia fue, sencillamente, un atentado: las granadas lanzadas entre la gente que estaba celebrando no buscaban un objetivo concreto, sino lo que constituye la razón de ser de una acción terrorista: matar a inocentes, imponer el terror entre la población, desestabilizar y amedrentar a la sociedad y a las autoridades.

Apenas ayer decíamos que no deberíamos perder el sentido de lo que está sucediendo en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado: el Estado y la sociedad nos estamos enfrentando a organizaciones que utilizan los métodos de una guerra de guerrillas sin un componente ideológico, sin un objetivo concreto que vaya más allá de desestabilizar para imponer condiciones más cómodas al narcotráfico en todas sus formas. Tampoco deberíamos confundirnos con un punto: para realizar acciones de estas características no se requieren miles de hombres. Lo que se necesita es tener un grupo de operadores sin escrúpulos, pero con recursos y armas.

Sin embargo, no es una muestra de fortaleza sino de debilidad. No es tampoco la primera experiencia internacional que se vive en este sentido. Lo mismo ocurrió en Colombia sobre todo durante la persecución a Pablo Escobar, que terminó operando junto con organizaciones armadas como el M-19, las FARC e incluso con los paramilitares que combatían a las anteriores. Escobar inició un movimiento marcado por carros-bomba, atentados contra la población civil, ejecuciones sumarias en todo el país, una ola indiscriminada de secuestros, el asesinato de varios candidatos presidenciales, era un movimiento desesperado porque se sentía cercado luego de años de casi absoluta libertad de operación. Le trató de dar a ese movimiento un contenido ideológico basado en el rechazo a las extradiciones y cobijado en las posiciones que mantenían los grupos armados: apoyó a candidatos, buscó y obtuvo espacios en el Congreso, cuando fue perseguido por los jueces terminó ocupando e incendiando la Suprema Corte de Justicia. Al iniciar ese recorrido criminal Escobar era considerado casi un Robin Hood, pero terminó siendo el criminal más detestado de Colombia.

Para esos mismos años, la campaña contra la mafia en Italia y particularmente en Sicilia vivió episodios similares. La mafia había ocupado sin problemas los espacios geográficos y el poder en el sur de Italia y tenía aliados poderosísimos en Roma. Cuando se decidió iniciar la lucha contra la mafia también era un momento en el cual existían grupos armados de dudoso origen, como las Brigadas Rojas, y los mafiosos comenzaron a operar con esa dinámica y esa lógica. Si no podían dominar por el poder del dinero lo harían por la intimidación y la violencia. Colocaron coches-bomba, atacaron a la población civil, asesinaron a los principales fiscales que los estaban investigando, entre ellos el muy conocido Giovanni Falcone y su esposa.

No es demasiado diferente lo que estamos viendo en México. Luego de los golpes que ha sufrido en los últimos días, por autoridades y por sus propios rivales, uno de los principales cárteles del narcotráfico, en este caso el denominado La Familia, recurre al terrorismo, a atacar a la población civil para buscar la intimidación de la sociedad y los gobiernos: no hay otra explicación a lo sucedido en Morelia. Y cada vez veremos más a este tipo de organizaciones, a ellas o a sus rivales, realizando estas acciones porque necesitan imponer sus condiciones en el enfrentamiento con el Estado. Y para ello recurrirán a acciones similares a las que podría realizar una organización armada, una guerrilla con inclinaciones terroristas.

Para poder actuar así se requiere un sustento político, aunque los narcotraficantes no lo tengan. En Colombia había, y aún persiste, una guerra abierta, sobre todo en aquellos años. En Italia, se sufrían los embates de grupos como las Brigadas Rojas y otros, de poca presencia social pero militarmente muy agresivos. En México existen grupos armados que operan pero que, según todos los indicadores y salvo situaciones muy peculiares como las que se dan en algunas zonas de Guerrero, Oaxaca o la periferia de la Ciudad de México, no tienen relación con los grupos del narcotráfico. Pero se equivocan al considerar y difundir que los operativos contra el narcotráfico en realidad no están destinados a combatir a los criminales sino a ellos mismos. De esa manera, aunque no sean lo mismo y no tengan una relación orgánica, paradójicamente es su mismo discurso el que permite que ambos fenómenos se identifiquen.

Al mismo tiempo, un movimiento social como el de López Obrador, que desconoce a las instituciones, que apuesta a la desestabilización y se mueve en el límite de la legalidad, que no condena abiertamente al narcotráfico ni apoya la lucha en su contra, con el argumento de que el gobierno no es legítimo, construye una magnífica coartada, política e ideológica, para el desarrollo del crimen organizado. Unos y otros, los grupos armados y el lopezobradorismo tendrían que ser los primeros en deslindarse de estos hechos y de estas acciones. La tentación de la violencia por parte de grupos políticos es la mejor cobertura que pueden tener los narcotraficantes. Y en la lógica de acciones como las de Morelia, la sociedad terminará identificando a unos con otros, aunque no sean lo mismo.

Para las autoridades debe haber absoluta claridad sobre el enemigo que están enfrentando y las tácticas para combatirlo: la idea de que enfrentan una guerra de guerrillas sin sustento ideológico, de acciones terroristas que buscan intimidar para tener mayores espacios, debe estar en el corazón de cualquier estrategia. Y, como en todo enfrentamiento de estas características, deberían recordar que es el hombre, la política, la que dirige el arma, y no al contrario.

Infortunadas coincidencias

Carlos Marín
cmarin@milenio.com
El asalto a la razón
Milenio

Andrés Manuel López Obrador hizo bien en referirse al tema y ayer mismo, como muchos otros personajes relevantes del país, reprobó los atentados homicidas en Morelia.

Sin embargo, su comunicado incluye dos frases que le conviene releer y que debieran motivarlo a reconsiderar la estrategia de confrontación que ha venido alentando a partir del supuesto “fraude electoral”, hoy dizque por la defensa del petróleo.

“El gobierno legítimo condena enérgicamente estos y cualquier otro acto de violencia que afecte al pueblo y transgreda la estabilidad política y social del país”.

Por desgracia su mensaje delata una incongruencia medular consigo mismo y el movimiento que lidera, dispuesto a desquiciar el país con movilizaciones y tomas de instalaciones diversas (petroleras, tribunas legislativas, carreteras, aeropuertos, oficinas de gobierno...).

Guardadas las proporciones y evidentes diferencias de objetivos, el autodegradado pejismo tiene una desafortunada pero sustantiva coincidencia con el crimen organizado en sus intentos por debilitar a las instituciones y retar al Estado.

La guerra… y los medios

Pablo Hiriart
Vida Nacional
Excélsior

Por si alguien lo dudaba, ahí están los hechos de Morelia. Es la guerra.

Las mafias le han declarado la guerra a México.

Y en una guerra no se valen ambigüedades. O estamos con el país o estamos contra el país.

Cada quien debe ocupar su lugar. Asumir que es un asunto que le corresponde únicamente al gobierno, es un error.

Esta guerra la podemos perder. Podemos perder al país. Es demasiado importante como para dejársela únicamente al gobierno.

Los medios de comunicación y los comunicadores no somos simples narradores de lo que acontece.

Hay que tomar partido, y por lo menos abstenerse de desinformar, de desalentar y de trabajar voluntaria o involuntariamente para el bando del anti México.

Cuando leemos que el crimen organizado debe estar “carcajeándose” ante los fracasos del estado, se está mintiendo y se le está haciendo el juego al enemigo.

Decir que sólo se han dado palos de ciego y que el narcotráfico está vapuleando al estado en esta guerra es una mentira.

Se crea un ambiente de desaliento social que lleva a la conclusión de que es mejor pararle y pactar con los capos de las mafias.

Eso es lo que el crimen organizado necesita. Eso es lo que se requiere en toda guerra: bajar la moral del enemigo.

Los medios y los comunicadores, ¿a quién le estamos minando la moral? ¿A la sociedad mexicana o a sus enemigos?

La delincuencia necesita crear el terror entre la sociedad para que ésta presione al estado y baje la intensidad del combate.

Por eso el ataque terrorista en Morelia.

Por eso vemos decenas de ejecutados en las puertas del Distrito Federal.

Buscan sembrar el terror y la sensación de que el estado ha perdido contra las bandas criminales.

Estamos en una guerra. Hay que entenderlo, asumirlo y actuar en consecuencia.

Los narcos tienen su estrategia de comunicación, que aunada a sus alardes terroristas, da resultados.

Hay miedo, confusión, y en muchos existe la percepción de que esta guerra no debió darse y que la alternativa era y es pactar con las cabezas de las bandas.

En esa línea parecen estar quienes un día sí y otro también se regocijan de que la delincuencia se está “carcajeando” por los tropezones del estado.

Lo peor del caso es que esos comunicadores mienten. O están equivocados, por falta de información.

Y allegarse información correcta es su responsabilidad, para no confundir a sus audiencias.

Hay otros que argumentan, de buena fe, que la policía debe dedicarse a cuidar a la sociedad y que los comunicadores deben informar a esa sociedad aunque ello implique ser mensajeros de los narcos.

“Que cada quién haga su chamba”, apuntan en algunos círculos editoriales.

La policía a su trabajo y nosotros al nuestro.

Ese simplismo no procede en una guerra. Soslayar el contexto en que estamos es hacerle, de manera involuntaria, los servicios que los criminales requieren.

A ver, ¿por qué pusieron los narcos, en una docena de ciudades importantes, mantas en las que acusan a miembros del Ejército de proteger a otras pandillas?

Las pusieron para que los medios masivos de comunicación les hicieran el servicio de llevar las imágenes y leyendas de esas mantas a todos el territorio nacional.

Esa estrategia de comunicación ha resultado muy exitosa para los grupos criminales.

Lo mismo que decapitar personas y poner junto a la cabeza o junto al cuerpo un mensaje para tal o cual autoridad o banda rival.

Al difundir esos mensajes los medios que lo hacen están en el juego de los narcos.

¿Y cuál es el juego?

Minar la moral de la sociedad. Hacerle creer que quienes golpean a las mafias lo hacen para ayudar a otra banda criminal.

Presionan para zafarse el marcaje

Es en ese contexto donde entra la responsabilidad de los medios.

Estamos en una guerra contra un enemigo que se había apoderado de buena parte del país.

Que pone alcaldes, que pone y mata jefes de policía, que infiltra cuerpos policiacos, que secuestra, que envenena a la juventud, a los adolescentes…

¿Qué hacemos?

¿Nos dejamos amedrentar y le pedimos al gobierno que pacte?

Es mentira que la delincuencia organizada está “carcajeándose” del estado.

Va un ejemplo. Uno solo:

De enero a agosto se le han decomisado a los grupos delictivos 228 aviones.

¡Doscientos veintiocho aviones decomisados en ocho meses!

¿Se están carcajeando?

No. Están presionando para bajar el acoso. Y no hay que aflojar.

15 de septiembre terrorista

Katia D´Artigues
Campos Elíseos
El Universal

Ebrard, ¿un padrastro miedoso?

Habrá un antes y un después del 15 de septiembre de 2008 en este país.

El Zócalo capitalino con sus tres gritos pasó a segundo plano. Todos los ojos miraron hacia Morelia, donde estallaron dos artefactos (todo parece indicar que granadas de fragmentación) en plena plaza Melchor Ocampo. Siete muertos, más de 100 heridos, nueve de ellos graves. Algo nunca visto antes: familias enteras que fueron a una fiesta patria, de Independencia —qué paradoja—, y salieron heridas. Terrorismo es la inevitable palabra.

Fue justo cuando Leonel Godoy, gobernador del estado —de donde es originario Felipe Calderón, también donde arrancó al inicio del sexenio el ataque frontal con el Ejército contra el narcotráfico—, sonaba la campana. Primero pensó que eran cohetones. Luego vendría otra más.

Y el desfile militar, al día siguiente, ya ni le digo. Todos los elementos que participarían se fueron a vigilar la capital michoacana.

En plena fiesta —que dejó de serlo— en Palacio Nacional, Felipe Calderón se reunió con su gabinete de seguridad. Él tardó en bajar al patio central una hora, un poco más… y se quedó después poco tiempo. No era para menos.

¿Quién y por qué fue? Hasta el momento, no se sabe de manera oficial. Pero muchas cosas apuntan hacia la mano del narcotráfico, que hasta anteayer por la noche había siempre respetado a la población civil.

La PGR atrajo las investigaciones. Godoy vino ayer al DF a hablar personalmente con Calderón.

¿Por qué? Una hipótesis: habría que voltear a ver a Colombia. Llegó un momento en que sus narcos también dejaron de respetar a la población. Lo hicieron con el afán de presionar a las autoridades, que a su vez los presionaban a ellos.

Ayer Denise Maerker entrevistaba al director de El Tiempo, quien dijo una frase para pensarla. Cuando esto sucedió en Colombia, en los 80, la sociedad se indignó contra los “asesinos sin escrúpulos”, como ayer dijo el presidente Calderón en los primeros dos atentados.

Pero para el tercero… la percepción era que la culpa la tenían el gobierno y el Estado que no podían detenerlos.

Ayer por la mañana, Calderón decidió dar el discurso que daría la secretaria de Relaciones Exteriores:

—Se equivocan quienes pretenden que el miedo haga presa de nuestra sociedad y nos inmovilice.

Ahora, ¿qué podemos hacer realmente? ¿Dejar que la delincuencia tome el país? Creo que no. Pero también es momento de exigir que los políticos —de todos los partidos— dejen de ser “nanos” y crezcan en la medida que la situación se los demanda.

La versión corre en el círculo cercano al novio, cantante de grupo de moda: está dolido porque Christiane, su novia, se fue a vivir a Nueva York.

Primero, dice él, se fue sólo con unas amigas a comprar ropa y revenderla en el DF. Unos días en un pequeño hotelito, hasta que su padrastro les dijo que mejor se quedaran en el Waldorf Astoria, por cuenta de él…

Pero luego, por recomendación del nuevo esposo de su mamá, Christiane mejor se quedó a estudiar allá. Algo relacionado con las letras. ¿Por qué? Porque la inseguridad en el DF está difícil. Del novio, dicen sus amigos que aquí se queda.

Esta historia no tendría nada de extraordinario si no fuera porque el padrastro en cuestión se llama Marcelo Ebrard, y ella, Christiane de Anda Pratts, hija del primer matrimonio de Mariagna Pratts.

Ella lo dijo:

—Me voy porque no le veo ninguna perspectiva, ninguna posibilidad de poder reconquistar a los ciudadanos que votaron por el partido: Patricia Mercado, al anunciar su próxima salida del ahora Partido Socialdemócrata, antes Alternativa (sin ironía).

A eso súmele que Alberto Begné renunciará a la presidencia del PSD para buscar una curul en 2009.

¿Quién quiere pactar con el terrorismo?

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Desde la tarde, el gobierno federal tenía pocas dudas sobre el responsable de las explosiones en Morelia. Todo apuntaba al grupo de narcos conocido como La Familia. Tendrá que terminar de documentarlo. Y entonces comenzar a llamar a las cosas por su nombre.

Lo de Morelia fue un atentado terrorista. A partir de la noche del 15 de septiembre de 2008, el terrorismo mexicano está dispuesto a ejecutar indiscriminadamente. El objetivo ya no son policías, soldados, presidentes municipales que no se dejan extorsionar, cómplices, traidores, hijos, esposas. Cualquier persona, en cualquier circunstancia, es ahora un blanco potencial en la estrategia de sembrar terror. Y eso se llama terrorismo.

Ya los especialistas discernirán si los hechos de Morelia (y los decapitados de Mérida, los cadáveres de La Marquesa y la ola de secuestros) son señales de debilidad o poderío de La Familia, los Zetas et al. Como sea, la narrativa nacional no puede quedar en manos de terroristas.

No es momento, pues, para la ambigüedad. ¿Quiere el PRI de Beatriz Paredes un pacto con criminales? Si no lo quiere, que lo diga con claridad. ¿Lo quiere el Ejército mexicano? ¿Quién quiere pactar con el terrorismo?

“Con el hampa no se negocia”, me dijo ayer Héctor Aguilar Camín. “No hay nada que negociar. Esa hipótesis trivial y peligrosa ha puesto en manos del hampa enormes porciones del territorio y de la policía. Ese es el verdadero origen del pudridero que es la vida pública en tantas regiones del país”.

De acuerdo. Ningún Estado que deseé sobrevivir puede doblar las manos frente a quienes hacen estallar granadas en la plaza un 15 de septiembre.

Ni siquiera el Estado mexicano.

15 de septiembre de 2008

Leo Zuckermann
Juegos de Poder
Excélsior

Fueron al centro de Morelia a celebrar un aniversario más del comienzo de la guerra de Independencia. Seguramente iban contentos a la fiesta. Algunos ondeaban la bandera nacional. Durante la arenga del gobernador, gritaron los “vivas” tradicionales. Las campanas tañían y los fuegos artificiales comenzaban cuando, de pronto, escucharon el estruendo de dos granadas. En un soplo, sin nunca haber entendido qué pasó, murieron al instante. Por azares del destino, estuvieron en el peor lugar posible esa noche del festejo a la patria: junto a los explosivos mortíferos. Hinchados sus pechos de orgullo nacional, de repente sintieron un golpe seco y, sin más, dejaron de existir. Sus cuerpos se llenaron de esquirlas. Algunos de sus miembros se desprendieron.

Quizá su suerte fue mejor que la de aquellos inocentes que sí se percataron de la explosión y murieron lentamente. De los que escucharon la detonación, pensando que habían comenzado los fuegos artificiales, pero que también sintieron un impacto en algún lado de su cuerpo. Cayeron al piso. Pretendieron levantarse, pero sus piernas no les respondieron. Postrados, comenzaron a desangrarse. Trataron de pedir ayuda pero sus gritos se ahogaron en una boca llena de sangre. Confusos, pensaron en sus familias y, acaso, en algún amigo cercano. El dolor fue incrementándose; resultaron más agudos donde estaban enterradas piezas de metal ardiente. Escucharon gritos y gemidos a su alrededor. Se encomendaron a Dios, el mismo al que los cobardes terroristas le piden perdón. Un gran frío los invadió. Con suerte, llegaron a ver una cara amiga que trató de rescatarlos; que les tomó la mano cuando perdieron la conciencia para luego morir.

Fueron siete los muertos en el atentado terrorista en Morelia. Martha Quintero, de 40 años de edad; Elisa Guerrero, de 76; Gloria Álvarez, de 32; Alfredo Sánchez, de 53; María del Pilar Mendoza, de 30; Juan Antonio Río, de 50, y Leticia Tapia, de 48. Siete mexicanos que fueron a celebrar la Independencia y terminaron en la plancha del Servicio Médico Forense.

Son las víctimas inocentes de un cobarde acto terrorista. Como también son los más de 100 heridos que sobrevivieron, pero quedaron mutilados de por vida. Que perdieron alguna parte de su cuerpo: una pierna, medio brazo o la vista completa. Que quedaron desfigurados producto de las quemaduras. Para ellos, la vida nunca será la misma. Estarán condenados a sillas de ruedas, prótesis o enfermeras. Las cicatrices resultarán permanentes, al igual que su amargura. Frente al espejo, al ver su penuria, recordarán el día que fueron a celebrar a su patria y su vida cambió por completo. Algunos, los más afectados, se preguntarán si no habrán tenido más suerte aquellos que murieron en el acto.

Tendrán pesadillas recurrentes. Lo mismo aquellos heridos que, si bien no perdieron alguna parte de su cuerpo, tuvieron que pasar días enteros en un hospital recuperándose. Que quedarán con el trauma permanente de haber vivido un infierno impensable. Por siempre recordarán la destrucción y el pánico: humo, metal retorcido, lamentos, pedazos de cuerpo humano y gente en estampida. Recurrirán a terapias psicológicas para tratar de sanar las otras heridas, igual o más dolorosas que las físicas, las de la mente.

No olvidemos que detrás de cada una de las víctimas inocentes hay una historia personal. Que pudo haber sido cualquiera de nosotros. Que debemos asombrarnos y enojarnos. Pero que no podemos paralizarnos por el miedo que tratan de infundirnos.

15 de septiembre de 2008, una fecha infame. Día que México sufrió un vergonzoso atentado terrorista. Día que los mexicanos debemos marcar como un hito en la lucha por rescatar a nuestro país de aquellos cobardes criminales que lo tienen amenazado.

El golpe toca la puerta

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

Los líderes de todas las tendencias no pueden seguir jugando a la desestabilización
Algún grupo político o paramilitar pudo haberse montado en la máscara del narco


Nadie sabe bien a bien quién o quiénes son los responsables, por qué recurrieron al terrorismo, para qué llegaron al extremo de cobrar vidas civiles. ¿Cuál es la utilidad?

Pero lo que todos o casi todos sabemos es que en alguna parte y algún grupo social, político o criminal, se cocina una suerte de golpe de Estado contra el gobierno federal, estrategia que tocó a la puerta la noche del 15 de septiembre en la capital de Michoacán, Morelia, la entidad natal de Felipe Calderón.

El golpe terrorista detonado en la capital michoacana pudo venir lo mismo de bandas criminales del narcotráfico y del crimen organizado, que de grupos radicales de tendencia político-guerrillera —como las llamadas brigadas bolivarianas—, gestados al amparo de quienes lo mismo promueven la polarización y el odio sociales, la pelea entre hermanos, que impulsan la idea de reventar al gobierno de Felipe Calderón Hinojosa y “mandan al diablo” a las instituciones.

En todo caso, de lo que está clara una buena porción social es que los políticos de todos los partidos, los líderes de todas las tendencias y golpistas como AMLO no pueden seguir jugando con el fuego de la desestabilización social, la promoción del odio, la caída del gobierno de Calderón y hasta el golpismo, si no quieren ser vistos como parte de los criminales —organizados o políticos— que estimulan un reprobable golpe de Estado contra un gobierno legalmente constituido como el de Calderón que —les guste o no— por eso mismo es un gobierno legítimo.

Frente a lo ocurrido la noche del pasado lunes en Morelia, ni Andrés Manuel López Obrador, Porfirio Muñoz Ledo, Manuel Camacho, Marcelo Ebrard y… menos el resto de la claque del derrotado candidato presidencial puede seguir el juego de derribar al gobierno, si no quieren aparecer como responsables de solapar y/o estimular el clima de confrontación, violencia y terror que sale de manos criminales, y que en el fondo busca lo mismo que ellos: la caída del gobierno y el colapso del Estado.

¿Quién o quiénes son los responsables? Hasta la noche de ayer —y es posible que en muchos días no se sepa—, nadie podía responder esa interrogante. Lo que es posible, sin embargo, es descartar la autoría de grupos guerrilleros como el EPR, cuyo código no acepta daños a la sociedad civil. En esa misma lógica nadie puede dejar de lado la hipótesis de que estemos ante la aparición de un grupo radical de los que en años recientes han incubado y alentado las llamadas “brigadas bolivarianas”, que se sabe reciben adiestramiento en el manejo de armas y explosivos, que se han emparentado a los radicales seguidores de Andrés Manuel López Obrador y a los grupos que en México reivindican a las FARC y la “lucha” del chavismo.

Aun así, y a partir del explosivo presuntamente utilizado —granada de fragmentación—, son muchas las posibilidades de que detrás de los estallidos de Morelia se encuentre alguno de los cárteles de la droga, y que precisamente tienen en Michoacán su principal territorio. Apenas en el Itinerario Político de ayer detallamos el tipo de armas que emplean los cárteles mexicanos, el potencial de las mismas y su capacidad destructiva. Para ningún gobierno municipal, estatal y el federal es un secreto que en esa entidad llega el mayor potencial de armas prohibidas, y que el grupo de La Familia controla el territorio.

Tampoco es una novedad que La Familia ha sufrido serias bajas a manos de las autoridades federales. Por eso, la hipótesis más socorrida sobre la autoría intelectual de los bombazos es la del narcotráfico. Pero también cabe la posibilidad de que algún grupo político o paramilitar se haya montado en la máscara del narcotráfico para llevar agua a su molino.

Por eso debemos pasar a otra interrogante fundamental. ¿Por qué el golpe terrorista en Morelia, la capital de Michoacán, la casa de La Familia, entidad gobernada por un PRD no adicto a AMLO, y que al mismo tiempo es la cuna no sólo del Presidente sino del panismo dominante? ¿Por qué no en cualquier otra entidad, gobernada por el PAN o por el PRI?

Podemos suponer que en Michoacán se vive un proceso como el de Colombia en su momento, que al romperse y/o agotarse los canales de tolerancia, negociación y acuerdo entre los cárteles de la droga y el gobierno surge la guerra entre las partes, en la que el poder fáctico criminal lanza un mensaje de terror contra el poder constituido para someterlo. ¿Por qué recurrir al terror? Porque los criminales pretenden debilitar la confianza social en el poder legal, e imponer su poder y jerarquía a través del miedo.