septiembre 21, 2008

'Obvio' por Paco Calderón

Terrorismo en México

Alvaro Cueva
alvarocueva@milenio.com
Ojo por ojo
Milenio

Imagínese que usted y sus hijos, como miles de familias, hubieran estado la noche del 15 de septiembre dando el Grito en Morelia.

Imagínese que le hubiera tocado una bomba. ¿Ya lo imaginó? Ahora imagínese que esto volviera a suceder.

¿Cuándo? Hoy, mañana, durante un paseo dominical, mientras está en el futbol, en la central de autobuses.

No, no lo piense mucho. Ahí vienen el Día de la Raza, el Día de la Revolución y hasta el Día de la Virgen de Guadalupe, son oportunidades perfectas para matar a más mexicanos y para terminar de sembrar el terror.

A esto hemos llegado nosotros, que presumíamos de vivir en el paraíso, de tener el país más bonito del mundo y de gozar de una paz social como no había otra.

¡Bienvenido a la realidad! Y esto es culpa de nuestras autoridades, que no han sabido ser eso, autoridades.

Pero también es culpa de nosotros, que sólo sabemos vivir en el rencor, en la división y en la oposición. Una sociedad dividida es un manjar perfecto para el terrorismo.

¿Por qué? Se lo voy a plantear así: la noche del 15 de septiembre sucedió algo que nuestras generaciones jamás habían conocido.

Y no, no me refiero a que alguien o a que un grupo de personas colocó varios artefactos explosivos en la plaza principal de Morelia que mataron a varias personas y dejaron malheridas a otras tantas durante los festejos del Grito de Independencia.

Me refiero a que alguien o a que un grupo de personas atentó contra la sociedad civil. O sea, contra usted y contra mí.

Los hombres y mujeres que habitamos esta nación estábamos acostumbrados a ver que diferentes bandas de delincuentes se mataran entre ellas, a que esos grupos atentaran contra algún político, empresario o sacerdote o, incluso, a que los políticos, los empresarios y los sacerdotes murieran en circunstancias sospechosas.

Eso era parte de nuestra vida cotidiana y, sinceramente, nos afectaba muy poco, porque aquí hay un abismo enorme entre las cúpulas del poder público, entre las del poder fáctico y nosotros.

Para bien o para mal, somos como varias patrias.

¡Pero qué cree! En esta ocasión, la persona o las personas que organizaron el atentado de Morelia no atacaron ni a un delincuente ni a un político ni a un empresario ni a un clérigo. Nos atacaron a nosotros.

Sí, claro, a nosotros nos han robado, nos han secuestrado y nos han hecho casi todo lo que han querido, pero para sacarnos algo: dinero, carros, placer.

En Morelia nos atacaron por atacarnos, para mutilarnos, para aterrorizarnos, para mandarle un mensaje al Presidente.

¿Verdad que es una diferencia espantosa? ¿Verdad que es como para que toda la nación estuviera en este momento exigiendo justicia?

¿Verdad que es como para que se organizaran 400 marchas como las que se hicieron después del tristísimo caso de Fernando Martí?

Lo más lógico sería decir: señores terroristas, no saben con quién se metieron porque podrán matar criminales, políticos, empresarios y sacerdotes, pero a nosotros, el pueblo, jamás.

Decenas de periodistas y yo deberíamos estar comentando que eso fue un error asqueroso porque los mexicanos somos un pueblo unido y solidario que en tres patadas vamos a localizar a los culpables y les vamos a hacer ver su suerte.

Pero nadie lo puede decir porque hoy, a diferencia de lo que sucedió tras los sismos de 1985, somos una nación dividida, resentida, frustrada y llena de odio.

Hoy sólo se unen grupos, y cuando se unen es para ponerse en contra de otros, no para resolver algo, no para ayudar, no para progresar.

Es muy escandaloso lo que sucedió en Morelia la noche del 15 de septiembre, pero es todavía más escandaloso lo que no ha sucedido a nivel social.

¿Dónde están las marchas nacionales? ¿Dónde está la ayuda para las familias de los muertos? ¿Dónde está la solidaridad con los heridos?

¿Dónde está el testimonio de quienes vieron a los delincuentes que colocaron las mantas que aparecieron varios días después? ¡Ahora resulta que nadie los vio!

Caray, ¿por qué nos importa tanto la reacción del gobierno si se supone que nosotros, como sociedad, estamos en otro lado y que en esta clase de situaciones sabemos ejercemos nuestro poder?

¿Sabe por qué? Porque estamos divididos. Hoy somos el blanco perfecto de cualquier ataque, un manjar para cualquier grupo terrorista. Felicidades.
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¡Atrévase a opinar!

¿Por qué Morelia?

Sara Sefchovich
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
El Universal

Dice Umberto Eco que los humanos pensamos en términos de identidad y similaridad, pues según Thomas Kuhn, así funciona la mente, buscando que las cosas nuevas se parezcan a las conocidas.

Un buen ejemplo de esto fue la primera reacción después del 11-M en España: antes de mirar ya estaban acusando a ETA y sólo después se percataron de que no había sido. Con lo de Morelia fue igual: primero culpamos al narco y luego investigamos.

A los dos días de los hechos, había quien dudaba: algunos le atribuyeron el atentado al Ejército, porque las granadas utilizadas sólo las consiguen los militares, aunque hay quien dice que no es cierto que se usó ese tipo de granadas de fragmentación, ya que hubo menos destrucción de la que ellas causan. Ricardo Alemán dijo que podrían ser líderes de grupos políticos o paramilitares y Jorge Castañeda fue más lejos diciendo que podía ser cualquier persona por cualquier motivo. No faltó quien, imitando el argumento que circuló en Estados Unidos después del 11 de septiembre, lo atribuyó al propio gobierno que así tendría pretexto para convocar a la unidad y para realizar ciertas acciones represivas.

Nadie parece creer que pudiera tratarse de algún grupo guerrillero, porque se supone que tienen un código que “no acepta daños a la sociedad civil”. Pero esto podría ser válido también para los narcos si les creemos a quienes afirman que nunca ha sido la estategia de esos grupos atacar a civiles, pues, dice Julio Hernández, “se han esmerado en crear una base social de apoyo y critican los excesos de quienes no respetan una especie de código básico de honor del ‘buen’ criminal”. Los propios narcos parecen confirmar esto cuando públicamente un grupo se desliga de los atentados y hasta afirma que va a hacer su propia investigación sobre quién lo hizo.

Lo que por ninguna parte aparece es una hipótesis en la cual ciudadanos comunes y corrientes pudieran de esa manera manifestar su enojo contra el gobierno del señor Godoy. Pero no podemos ignorar que con este gobernador las cosas no marchan, que meses y meses han pasado desde que tomó posesión y no se ve empuje, espíritu creativo, acción.

Ver las cosas de esta manera nos serviría para de una vez tratar de responder a la pregunta de ¿por qué Morelia?

También sobre esto las respuestas han apuntado al lugar común: que si porque el Presidente y muchos panistas prominentes son de Michoacán, o porque gobierna un perredista que no es del grupo de AMLO y que se ha puesto de un lado en la disputa por el partido, o porque es una región en la que hay tanto movimiento de gente que va y viene entre México y Estados Unidos, o porque está en un lugar muy visible y allí sí se nota lo que pasa, no como cuando hay muertos en Creel, Chihuahua, o en algún paraje del estado de México. Pero tampoco aparece por ninguna parte que algo pudiera tener que ver con la propia entidad y con su gobierno, como si pensar así fuera inconveniente, como si fuera obligatorio nada más pensar en términos de fuerzas e intereses externos.

En todo caso, sea quien sea el responsable del atentado y sea cual sea la razón por la cual eligieron Morelia, es un hecho que su afán era desestabilizar. Y por eso la respuesta tendría que ir por el camino de conseguir lo contrario: estabilizar. Para ello, en lugar de seguir el patrón tradicional de respuesta y con el pretexto de los atentados dedicarse a hacer reuniones y a recortar presupuestos dizque para destinarlos a la seguridad, habría que soltar el dinero y empujar la generación de empleos, la construcción de obras y sobre todo lo que más urge: el impulso a la educación, la promoción de la cultura y del esparcimiento.

Esto sería mucho más útil que los discursos compungidos, las promesas de vamos a investigar en las que ya nadie cree y el anuncio de acciones militares o policiacas que ya han mostrado su ineficacia. La manera de generar confianza en los ciudadanos y de verdaderamente repudiar a los criminales es caminando, no paralizando y haciendo, no diciendo.

Los errores de la Presidencia

Saúl Arellano
sarellano@ceidas.org
La Crónica de Hoy

Con un firme repudio al terrorismo

Un régimen democrático basado en un modelo presidencialista requiere de un sistema institucional sólido para evitar que, a pesar de las visiones y decisiones individuales de quien ocupa la titularidad del Poder Ejecutivo, las estructuras de gobierno cumplan con sus mandatos constitucionales y legales.

En nuestro país, el triunfo del Partido Acción Nacional en el año 2000 significó la ruptura de una época marcada por un “presidencialismo excesivo”, a una etapa de incertidumbre e incapacidad de gobierno que nos está arrastrando, a todos, hacia condiciones de malestar y de temor generalizado.

Uno de los más graves errores de la Presidencia de la República, desde el año 2000, fue no haber planteado un conjunto de reformas desde el ámbito de lo político, que permitiera transitar a una jefatura del Ejecutivo, sustentada en un entramado institucional eficaz y “a prueba” de incapaces que permitiera que, a pesar de los titulares de las dependencias, el país pudiera funcionar sin mayores turbulencias.

Hoy estamos pagando el costo de la frivolidad y la incapacidad gubernamental de los últimos casi 8 años de administraciones panistas, lo cual se refleja en la enorme debilidad del actual presidente quien, a diferencia de casi todos sus antecesores, llega al segundo año de gobierno más frágil del que tengamos memoria en nuestra historia reciente.

Lo paradójico del caso es que la actual Presidencia vive una debilidad generada por sus propias decisiones, lo cual hace evidente, a pesar de la tecnocracia aún dominante, que las decisiones políticas pesen mucho más de lo que los “técnicos” del poder han siquiera podido vislumbrar.

La apuesta del Presidente de la República ha sido en estos primeros dos años de su administración por un “gabinete de leales”, aún a sabiendas de la incompetencia, la inexperiencia o la medianía de muchos de sus funcionarios. Como resultado, el costo que estamos pagando como sociedad ya es muy alto y es necesario que se dé un “golpe de timón” a fin de corregir y definir nuevas rutas para el desarrollo y la estabilidad social.

El llamado a la unidad nacional que hizo el Presidente ante los cobardes ataques terroristas de Morelia es tan confuso que pareció más bien una exigencia de sumisión social, que un llamado político a la altura de un jefe de Estado. La convocatoria a la unidad desde las estructuras del Estado no puede ser sólo un recurso retórico frente a un momento de crisis e indignación nacional, sino una “propuesta en firme” para construir nuevas estrategias de consenso.

La infamia de los ataques a la población civil en Morelia es inaceptable y representa una de las más viles abyecciones que hemos presenciado como sociedad. Julia Kristeva nos recuerda que lo abyecto es aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas y nos advierte: “Todo crimen, porque señala la fragilidad de la ley, es abyecto, pero el crimen premeditado, la muerte solapada, la venganza hipócrita lo son aún más, porque aumentan esta exhibición de la fragilidad de la ley”.

La captura de los responsables del crimen de Morelia no puede ser en ese sentido sólo un acto de detención de quien arrojó las granadas. El Estado debe ir a fondo y desmantelar a los grupos de miserables que ordenaron el ataque.

El problema que enfrentamos es que con lo que hoy ha hecho el gobierno no alcanza y no va a alcanzar para lograr este cometido. Vivimos una amenaza frontal al orden social, a la cohesión, a la integridad y la vida de las personas, y lo único que se ha generado como reacción pública son discursos, declaraciones y muy pocas señales de reforma institucional.

Somos muchos quienes hemos insistido desde 2004 en que es urgente convocar a un intenso proceso de reforma de las instituciones públicas, y hoy más que nunca es evidente que esta reforma no sólo es posible sino imprescindible, lo cual requiere de una tremenda claridad sobre el proyecto de país que se quiere impulsar y que se pretende defender, no en seis años, sino para una generación.

La Presidencia se equivocó en el nombramiento de sus funcionarios. La Secretaría de Gobernación no ha sido capaz de generar un debate político nacional serio. La Sedesol no opera y hay subejercicios graves en todos sus programas; Sagarpa es un nido de incompetencia que se reproduce en prácticamente todas las delegaciones estatales de la dependencia; la Secretaría de la Función Pública constituye un “elefante blanco” que no ha abonado prácticamente nada las últimas administraciones a la transparencia, la rendición de cuentas y el combate a la corrupción; la SCT se ha convertido en la “gerencia de facto” de los intereses de los grandes consorcios; y suma, y sigue.

Al Presidente no le alcanza con el PAN y es algo que al llegar al término de su segundo año de gobierno deben tener muy claro tanto él como sus asesores. El presidente Calderón está solo; no porque no tenga a funcionarios leales, sino porque éstos no pueden con la responsabilidad asignada; no cuentan con la capacidad de impulsar las reformas necesarias y mucho con la autoridad moral para convocar a todos a un nuevo diálogo político.

Al Presidente le urge convocar, no a la unidad, sino a un pacto que nos lleve a reformas de fondo. Los problemas de seguridad no se van a resolver sólo con más policías. Se requiere de una nueva política social; de una nueva política ambiental y de muchas nuevas políticas que sus actuales funcionarios no alcanzan siquiera a imaginarse.

La cantaleta de Porfirio Muñoz Ledo sobre cómo “derrocar al Presidente” constituye un síntoma grave de nuestra realidad social. La decadencia de este personaje es tal, que bien puede identificar el riesgo de que los putrefactos y los amantes del desorden social cuenten con espacios y recursos para abonar al clima de distorsión y, otra vez, de abyección del que somos presa en estos meses trágicos de muerte, criminalidad y violencia.

Felipe Calderón está a tiempo aún de construir durante lo que queda de este año y todo el 2009, una plataforma para un verdadero gobierno de transición. La supina ignorancia y la mezquindad de Vicente Fox le impidieron comprender que el país no requería de un mesías sino de instituciones sólidas y de estructuras de bienestar y seguridad para el desarrollo social y humano en México.

Es un hecho que Felipe Calderón es mucho más inteligente que Fox; sin embargo, hoy requiere de un ánimo sereno y sobre todo de mucha humildad para convocar, con honestidad y transparencia, a personalidades que aún contrarias a su proyecto y a la ideología de Acción Nacional, estarían dispuestas a contribuir en la construcción de un pacto para redefinir el rumbo y el proyecto de nación que queremos ser en el siglo XXI.

Combatir el crimen y mejorar las condiciones de seguridad es indispensable; pero igualmente importante es reducir la pobreza y la desigualdad; en la misma dimensión está la necesidad de un proyecto nacional de desarrollo sustentable; y en medio de la crisis alimentaria global, el desarrollo agropecuario no puede estar en manos de los mercaderes y dueños de los negocios agrícolas más jugosos del país.

En cada una de estas áreas, México cuenta con personalidades de dimensiones mayores, a las que el gobierno debiera pedirles, con garantías reales de respeto y sobre todo de real voluntad de reforma, su respaldo para mejorar urgentemente las condiciones de vida de todas y todos los mexicanos.

El dilema es muy simple para la Presidencia: seguir en la línea de los errores por los que avanza actualmente o sustituir a los incompetentes que le rodean por personas con real vocación y capacidad de servicio a México.

Periodismo e inseguridad

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Excélsior

“No me interesa lo que te parece obvio, me interesa lo que sabes”, dice Harry M. Rosenfeld, el editor citadino del diario The Washington Post (personificado por el actor Jack Warden), al reportero Carl Bernstein (Dustin Hoffman), en la célebre película Todos los hombres del Presidente.

La frase sintetiza el objetivo primordial de cualquier periodista: averiguar el hecho, el dato duro sin florituras ni sesgos, para después darlo a conocer al público debidamente contextualizado.

Conviene recordarlo en estos días en que algunos políticos y comentaristas andan errados con respecto a cuál es el propósito de este oficio, y creen que el actual embate del crimen organizado impone a los periodistas un urgente cambio de piel.

Esas personas nos llaman a convertirnos en propagandistas desprovistos de distancia con respecto al poder, en porristas complacientes de la lucha contra la delincuencia.

Proponen que medios y gobierno se unan para derrotar al enemigo común: el crimen organizado. Muy bien, ¿y quién se hará responsable de la labor de fiscalización de la autoridad que corresponde a los medios?

Si tuviéramos la garantía de que las fuerzas de seguridad no se corromperán en esta lucha ni confundirán a los inocentes con los culpables, que los buenos siempre serán buenos, quizá podríamos ahorrarnos dicha fiscalización… pero sabemos que no es así, como se evidenció, por enésima ocasión, en el caso Martí.

Entonces, ¿quién va a sonar la alarma cuando los malos quieran meterse por la puerta trasera?

Yo, en cambio, sostengo que si algo debemos hacer los periodistas, frente a los retos que indudablemente nos impone la escalada de violencia que vive el país y la globalización de la delincuencia, es repasar nuestro deber ser y aplicarlo rigurosamente.

Además, debemos discutir en las redacciones de cada medio cuál es la mejor manera de presentar los hechos de interés público sobre los que los periodistas mexicanos no hemos tenido quizá la costumbre de informar, como son las acciones cada vez más descaradas del crimen organizado. Y hacerlo sin caer en los propósitos aviesos de los delincuentes, pero también sin dejar de hacer el trabajo que nos corresponde.

Asimismo, comprender que el crimen organizado es un fenómeno cada vez más complejo, que está presente en múltiples áreas del espacio público y tiene conexiones internacionales, como acaba de demostrar la operación policiaca multinacional Project Reckoning. Hoy los periodistas mexicanos necesitamos saber, por ejemplo, qué es la ‘Ndrangheta, la más escurridiza y violenta de las mafias italianas, aliada con el Cártel del Golfo.

Y, finalmente, reflexionar sobre qué medidas podemos poner en práctica para protegernos de las agresiones del crimen organizado, que seguramente se verá afectado por nuestro trabajo.

Si de escoger bandos se trata, debo decir que elegí el mío desde que quise ser periodista: mi bando es el de los hechos.

Yo estoy, inequívocamente, del lado de quienes quieren conocer los datos duros y ciertos, sin adornos ni calificativos.

Siempre he considerado más importante obtener información que ayude a la gente a tener una opinión sobre los hechos que a decirle cómo debe pensar. Y que la exposición a diferentes puntos de vista produce una síntesis que nos enriquece intelectualmente si mantenemos una mente abierta y no nos dejamos gobernar por prejuicios.

También estoy, siempre he estado, del lado de la democracia, de la vida pública institucional y del imperio de la ley. Y lo estoy porque mi oficio florece mejor cuando ellos gozan de cabal salud.

Es decir, la mía no es una elección impulsiva, tomada ahora que mi país parece entrar en un túnel oscuro, sino mucho más reposada. Hoy, como ayer, estoy convencido de que simplemente por hacer bien mi trabajo estaré contribuyendo a que México salga adelante.

Además, no puedo hacer otra cosa.

Y es que hay que ser honestos, porque mucha gente cree que los periodistas somos expertos en todo. No, señores: una cosa es que tengamos la obligación de saber un poco de todo, pero la verdad es que sabemos mucho sobre muy pocas cosas.

Ya lo decían en la universidad: el conocimiento periodístico es un océano de un centímetro de profundidad. Así es.

Eso sí, somos muy buenos recopiladores de información.

Lo hacemos rápidamente, porque tenemos contactos y hemos desarrollado un instinto para saber qué es relevante para el interés público. Entendemos qué lugar guarda un hecho o una frase en su contexto. Nuestro olfato nos indica si una fuente es honesta o nos está mintiendo; y si no estamos seguros, buscamos la manera de comprobarlo.

Como no somos videntes, revisamos que la información obtenida sea correcta. Comprendemos que el rigor es tan importante como la velocidad, porque el público necesita información precisa y oportuna. Sabemos sintetizar y jerarquizar los datos que obtenemos, y, con el tiempo, vamos desarrollando la pluma para entregar al público un resultado de nuestro trabajo que sea claro y esté bien escrito.

Porque sabemos que de nuestra labor depende que la sociedad tenga la información que necesita —y ésta puede ser “buena” o “mala”—, los periodistas no tergiversamos y no trivializamos los datos obtenidos.

Si en el contexto actual, las autoridades logran asestar un golpe al crimen organizado, hay que decirlo, porque es de interés público. Pero si fracasan en esa lucha, también hay que decirlo, por la misma razón. Y en ambos casos, tratar de explicar cómo y por qué ocurrió el hecho.

Si las fuerzas de seguridad son honestas y hacen bien su trabajo, digámoslo. Si son ineficaces o se corrompen, también.

Si el dato es cierto, está verificado y es de interés público, hay que darlo a conocer, sea “bueno” o “malo” porque la información sirve al ciudadano, pero también a la autoridad y las instituciones.

Tan negativo es para la buena marcha del país que difamemos a las agencias gubernamentales como que ocultemos algo que las aqueja.

Si los periodistas nos formamos, sin un mínimo espíritu crítico, del lado de las fuerzas de seguridad —olvidando que buena parte de la situación que vivimos se debe a que han sido penetradas desde hace muchos años por la delincuencia—, ¿quién va a creer que somos objetivos cuando digamos que están haciendo bien su trabajo?

Los periodistas compartimos una serie de valores sin los cuales ejercer este oficio sería imposible: honestidad, tolerancia, justicia, lealtad, respeto, verdad, dedicación, entrega, compromiso…

Entendemos nuestro trabajo como un deber que la sociedad nos confiere: mantenerla enterada de aquello que afecta la vida comunitaria de sus integrantes. Sabemos que entre nuestras funciones está fiscalizar la administración pública y orientar a la sociedad.

Por esto último, y para no dejar al público con la sola recepción de las noticias, Grupo Imagen —del que nuestro diario es parte— participó activamente en la promoción de la marcha ciudadana Iluminemos México.

Para no dejar caer ese esfuerzo, cada jueves Excélsior informa sobre el seguimiento que han dado las autoridades a los acuerdos adoptados en la reunión cumbre del Consejo Nacional de Seguridad que antecedió a esa marcha y diariamente recordamos cuántos días quedan para cumplir con los compromisos anunciados.

Los periodistas seguimos un decálogo, que es de sobra conocido, pero a mí me encanta repasarlo, más aún en estos tiempos:

1) Respetar la verdad y el derecho que el público tiene a conocerla;
2) defender la libertad de publicar con honestidad la información verosímil y el comentario fundamentado;
3) informar sólo sobre hechos cuya fuente se conoce y no suprimir datos esenciales ni fabricarlos;
4) rectificar cualquier dato que sea inexacto;
5) guardar el secreto profesional acerca de la fuente de informaciones obtenidas de modo confidencial;
6) no divulgar ideas que atenten contra la convivencia social, como las que surgen de la discriminación y la violencia;
7) evitar a toda costa incurrir en conductas contrarias a la ética, como son el plagio, la difamación y el soborno;
8) resistir la injerencia del gobierno o grupos de interés en el trabajo periodístico;
9) nunca asumir las funciones propias de los organismos de investigación o judiciales del Estado, y
10) no comprometer la imparcialidad a favor de persona o grupo algunos con el fin de otorgarle ventajas frente a otros.
(Fuente: Federación Colombiana de Periodistas.)

Los periodistas sabemos que esta declaración de principios de ninguna manera está peleada con el derecho que tiene cualquier medio de comunicación de definir cuáles son sus prioridades informativas y su visión del interés público.

Sabemos asimismo que el medio tiene un deber social, pero también una faceta empresarial, y que puede y debe establecerse un sano equilibrio entre ambas, porque un medio con credibilidad tiene mayores posibilidades de ser un buen negocio y un medio que es un buen negocio tiene mayores posibilidades de hacer un buen periodismo.

Los periodistas sabemos que un medio de comunicación difunde información y opiniones y que debe haber una barrera clara entre unas y otras, pero que ambas tienen por fundamento la información comprobada.

Un periodista sabe que no se puede ser periodista y militante, porque ambos no caben en un mismo cuerpo.

Un periodista entiende que lo suyo no es ser estratega militar ni policía ni propagandista. Si nos pidieran a los periodistas hacer cualquiera de esos trabajos —muy respetables, todos ellos— lo haríamos pésimamente.

Por ejemplo, yo no tengo idea de cómo se le sube el ánimo a un país herido; no podría atrapar a un delincuente porque no tengo alma de agente del Ministerio Público, y si tuviera que tomar por asalto la casa de seguridad de unos secuestradores, no sabría ni por dónde comenzar.

Es por eso que arqueo las cejas y me rasco la cabeza cuando me piden —“ante las apremiantes circunstancias que vive el país”— que haga algo que no está en mi naturaleza.

En primer lugar, no me queda claro el mensaje: ¿De qué se trata, de mentir por la patria, de desinformar en nombre de la seguridad, de ocultar datos de interés público para sacar la vuelta a un mal intangible?

No sé a quién serviría eso. De lo que estoy seguro es que al ciudadano no. Nada más alejado del interés público.

Quizá el gobierno necesite un mayor margen de maniobra legal y más recursos para hacer frente a una delincuencia cada vez más despiadada. Si es así, tiene la posibilidad de pedírselos al Congreso y tal vez esa solicitud cuente con el apoyo de la ciudadanía, que ya está harta de la inseguridad. Lo que dudo es que pueda ganar la guerra simplemente porque los medios digan que la va ganando.

Winston Churchill decía que una guerra se pelea mediante una defensa hecha de mentiras. Seguramente el viejo tenía razón, pero yo nunca sabría cómo construir esa muralla. La propaganda no se me da. Por eso prefiero dejársela a quienes son expertos en ella.

Si lo que se nos pide a los periodistas es huir del sensacionalismo, la historia sesgada, las especulaciones y la trivialización de los hechos, está bien… pero, perdónenme, es una obviedad.

Me pregunto qué diría un panadero si le recordamos que las conchas están cubiertas en su parte superior por una capa de azúcar canalada.

Seguramente nos respondería: “Sí, señor, ya lo sé. No se preocupe, yo sé hacer mi trabajo, usted haga el suyo”.

Por eso prefiero abstenerme de decir lo obvio al panadero, más aún porque no tengo la menor idea de cómo se hace una concha.

Lo que sí sé es que hay conchas bien elaboradas y mal elaboradas. Aunque a veces se vean iguales, a unas les ponen los mejores ingredientes y a otras les rebajan la masa.

Para distinguir unas de otras, no hace falta colarse a la cocina o meter la cabeza en el horno, pues el paladar no falla.

El cliente regresará por las buenas conchas, no por las malas.

En el periodismo sucede lo mismo: el lector, el radioescucha y el televidente saben distinguir. No se les puede engañar pues lo que sacia el deseo de informarse es una sola cosa, y se llama credibilidad.

Y eso es verdad en tiempos de guerra y en tiempos de paz.

También estoy, siempre he estado, del lado de la democracia, la vida pública institucional y del imperio de la ley. Y lo estoy porque mi oficio florece mejor cuando ellos gozan de cabal salud.

Si los periodistas nos formamos, sin un mínimo espíritu crítico, del lado de las fuerzas de seguridad, ¿quién va a creer que somos objetivos cuando digamos que están haciendo bien su trabajo?

¿Narcoterrorismo?

Jean Meyer
Profesor investigador del CIDE
jean.meyer@cide.edu
El Universal

Veinticuatro ejecutados y tirados en La Marquesa, granadas en medio de la verbena popular en Morelia, a la hora del grito en la noche del 15 de septiembre, más de mil asesinados en Ciudad Juárez en lo que va del año, ¿qué significa esto?

Tomás Borge, el antiguo combatiente, luego secretario de Gobernación del gobierno sandinista en Nicaragua, publicó hace poco un libro: Maquiavelo para narcos. El fin justifica los miedos. El narcotráfico doblemente criminal busca inspirar el miedo supremo, el terror. Como todo terrorismo, juega en triángulo cuando mata inocentes: la víctima no es “culpable” como el rival, el soplón, el traidor o el combatiente al servicio de la sociedad. La víctima debe ser inocente para que su asesinato inspire terror a todos los niveles: “Si son capaces de matar inocentes, son capaces de todo y es mejor negociar con ellos”.

Borge afirma que la hora ha llegado de pactar con los narcos, puesto que el gobierno no puede vencerlos con los medios convencionales y tampoco con el empleo de las Fuerzas Armadas. Cuando analiza los puntos débiles del Estado, de los estados regionales y de la sociedad, cuando subraya los puntos fuertes del narco, es tristemente convincente y da miedo.

Y más miedo todavía cuando profetiza que los cárteles están todavía en la primera fase del “narcoterrorismo”, la de la intimidación; después vendrá la fase dos, la de la acción directa (concepto estratégico bien conocido de todos los revolucionarios y de sus historiadores), para desestabilizar al Estado y convencer a la sociedad de presionarlo para que negocie con el enemigo.

Por lo tanto, argumenta Borge, hay que abrir canales de comunicación con ellos y negociar en la oscuridad, como lo hacían antes los del PRI. Dice que los narcos no son sanguinarios, que no matan por gusto sino porque business are business. A estas alturas matan por necesidad, ciertamente, pero también, creo yo, por gusto, y me temo que el macabro récord de La Marquesa y el asesinato indiscriminado de Morelia en la simbólica hora del grito obedezcan tanto a la “necesidad” (“a la guerra, como a la guerra”) como al gusto. ¿Será la señal de que la guerra entró en la fase dos de la acción directa?

Otro ex comandante revolucionario, el salvadoreño Joaquín Villalobos, ahora consejero en asuntos de contraguerrilla y contraterrorismo, ha repetido en varias ocasiones que, si bien va a tomar varios años y costar sangre, lágrimas y sudor, la victoria será del gobierno mexicano. Dice que el Estado ha puesto fin a 40 años de tolerancia, complicidad e impunidad absoluta, que los grandes narcotraficantes mexicanos estaban a unos pocos meses (como Pablo Escobar en la Colombia de aquel entonces) de hablar directamente por teléfono con la Presidencia de la República.

Según él, la guerra era la única alternativa para recuperar el territorio y la autoridad legítima, salvar las instituciones y proteger la población. No habla en ningún momento de negociar con los cárteles, dice que habrá guerra y más guerra y que, además, tendremos que enfrentar “la cultura de la ilegalidad” de nuestros conciudadanos y nuestros consumidores nacionales de droga, así como rescatar económicamente a las 400 mil personas que trabajan para el narcotráfico.

Los regios marcan el rumbo del desarrollo sustentable en México

Luis Manuel Guerra
quimicoguerra@quimicoguerra.com
La Crónica de Hoy

Se inauguró en Monterrey la segunda etapa del sistema de generación de energía eléctrica, a partir del biogás que se produce en el relleno sanitario que recibe los desechos sólidos urbanos de Monterrey y Villa García.

No sabe usted, querida, querido lector, el enorme gusto que me dio como mexicano el ver que en estos tiempos convulsos por los que atraviesa nuestro país, existen ejemplos exitosos de compatriotas que emprenden, buscan, arriesgan, convencen a otros mexicanos para invertir en el futuro de nuestra nación.

El gusto es para mí aún mayor, porque fíjese que el primer artículo que escribí en estas páginas de Medio Ambiente, el 20 de mayo del año pasado, o sea, el trabajo con el que me inicié en La Crónica, fue precisamente sobre la primera etapa de este sistema, el primero en América Latina en producir en forma importante electricidad a partir de la basura: la energía del Metro de Monterrey, el MetroRey, se obtiene de este sistema de aprovechamiento de una energía alterna.

En ese entonces escribí: “Uno de los síntomas más vergonzantes del subdesarrollo es el manejo inadecuado de la basura, que ha convertido a nuestro país en un cochinero. Gracias al gran reto del cambio climático, que pone en riesgo nuestra existencia misma, la basura puede pasar de ser una pesadilla, a una fuente de riqueza que eleve la calidad de vida de los habitantes de México y atraiga inversiones de capital fresco, no “golondrino”, que tanto necesitamos.

En la descomposición de la basura, cuando está enterrada, se producen tanto gas metano mezclado con bióxido de carbono (biogás), como unos líquidos concentrados muy tóxicos llamados lixiviados. Este biogás puede ser conducido a motores de combustión interna que muevan generadores eléctricos. Los alcaldes de todo el país tienen una oportunidad de oro para convertir su basura en un negocio electro-ecológico.

Para acceder a estas soluciones existe un ejemplo exitoso en nuestro país, que ya se está llevando a cabo en la ciudad de Monterrey donde, aprovechando una de las celdas ya cerradas del relleno sanitario que da servicio a los municipios de Monterrey y Garza García, con la empresa Bioenergía de Nuevo León, SA de CV, se genera energía eléctrica con biogás y produce siete megawatts .
La electricidad producida a través del biogás se vende directamente a un usuario que la compra a un 90% del costo al que lo adquiriría regularmente de la Comisión Federal de Electricidad, CFE.

La energía producida se eleva a 34,500 Volts a 60 Hz y se sube al sistema interconectado nacional, pagándose una renta a CFE por porteo, y ya substrayendo todos los costos directos e indirectos queda una utilidad de entre el 30 y el 35% del precio de venta al usuario para la empresa generadora.

Desde la entrada en vigor del protocolo del Kyoto y la aparición en el mundo del mercado de bonos de carbono, la producción de electricidad a través del biogás se está convirtiendo en una alternativa muy atractiva para los municipios. Esta opción le da un valor agregado a los desechos sólidos orgánicos que actualmente se depositan mayoritariamente a cielo abierto y minoritariamente en rellenos sanitarios.

El manejo inadecuado de los residuos sólidos municipales es un símbolo del subdesarrollo y de la insalubridad y la baja calidad de vida de los habitantes. Los fenómenos de cambio climático y calentamiento global están obligando aceleradamente a las sociedades de todo el mundo a buscar fuentes alternas de energía que disminuyan la emisión de gases invernadero a la atmósfera, y que se hagan acreedoras a los estímulos económicos a través de los bonos de carbono, que actualmente otorga el Banco Mundial por conducto de la Global Enviromental Facility, GEF.

Es hoy 21 de septiembre del 2008 que, a través del ejemplo que nos dan los regiomontanos, refrendo mi convicción de que a través del medio ambiente, los mexicanos nos podemos unir en un propósito común, avanzar apoyados en la diversidad de criterios y visiones diferentes, pero con bondad, tolerancia y sabiduría.

También me dio un gran gusto que el Presidente de la República inaugurara esta segunda etapa, expresando su convicción de que nuestro país tiene la obligación de avanzar en el empleo de tecnologías alternas que nos liberen de la dependencia de un petróleo cada vez más caro y escaso: México produce hoy en día el 60% de su electricidad a través del combustóleo, un derivado muy contaminante del petróleo.

Esta segunda etapa, Monterrey II, permitirá evitar la emisión de un millón de toneladas de bióxido de carbono al año, lo que equivale a retirar de la circulación 90,000 automóviles, o reforestar mil hectáreas de bosque. Estos son los ejemplos concretos de desarrollo sustentable que deben proliferar en México.

Me llama la atención, que no hayan surgido otros ejemplos en nuestro país en el año cuatro meses desde que escribí el primer artículo. Esto tiene dos razones: La primera es la tenacidad empresarial de los regios de sacar adelante sus proyectos frente a cualquier adversidad, y la segunda es la falta de propósito y claridad de pensamiento y compromiso fundamentalmente de autoridades municipales que siguen atrapados mentalmente en la prehistoria ecológica. A todos ellos les dedico el último párrafo de mi primer artículo.

Un municipio de 500,000 habitantes, que actualmente considera sus rellenos sanitarios como una pesadilla, al dejar de emitir 50,000 toneladas de CO2 tendría un ingreso adicional de un millón de dólares al año, además del valor de la energía eléctrica producida.

Estos ingresos, además de liberar recursos importantes para obra pública urgente, proporcionarían los recursos para un manejo integral higiénico y moderno de la basura de sus municipios. Se convierte así la basura de una pesadilla, en un sueño electro-ecológico.

Te invito a ver hoy a las 11:30 de la mañana el programa ecológico de televisión Vida Verde por el canal 412 de cablevisión.

Por sus caras los conoceréis

Luis González de Alba
Se descubrió que...
Milenio

¿Se ha fijado usted en que todos los perredistas parecen como recién espolvoreados con tierra del camino luego de viajar en un camión de redilas? Y ellas... Bueno, pues una reciente investigación realizada en la Universidad Rice y publicada el viernes pasado por Science, dice que usted tiene razón: hay ciertos rasgos asociados a las preferencias políticas, y no tienen que ver con raza ni con clase ni menos con los caminos que se hacen al andar.

John Alford, profesor de ciencia política (pues sí, eso existe) en Rice, y su equipo, estudiaron un grupo de adultos con fuertes convicciones políticas. Las personas con “medible baja sensibilidad a ruidos súbitos y a imágenes visuales amenazantes tuvieron mayor tendencia a apoyar ayuda al extranjero, política de inmigración liberalizada, pacifismo y control de armas, mientras que las personas que mostraron reacciones fisiológicas mediblemente más altas a los mismos estímulos tuvieron mayor probabilidad de favorecer la defensa del gasto, la pena de muerte y la guerra de Irak”, sostienen los autores.

Los participantes fueron elegidos al azar. A quienes expresaron fuertes puntos de vista políticos –sin importar el contenido político mismo— se les pidió llenar un cuestionario acerca de sus creencias políticas, rasgos de personalidad y características demográficas. En una sesión posterior, fueron conectados a equipos de medición fisiológica y se les mostraron tres imágenes amenazadoras (una muy grande araña frente al rostro de una persona aterrorizada, un individuo ofuscado con la cara ensangrentada y una herida abierta y engusanada) dispersas entre una secuencia de 33 imágenes.

De forma similar, los participantes también vieron tres imágenes no amenazadoras (un conejito, un tazón de fruta y un niño feliz) colocadas dentro de una serie de otras imágenes. Una segunda prueba empleó estímulos auditivos para medir las respuestas involuntarias a un ruido súbito.

Los investigadores encontraron correlación entre los voluntarios que reaccionaron con fuerza a los estímulos y los que expresaron más preocupación por amenazas contra los Estados Unidos e incluyeron apoyo para gasto militar, a la pena de muerte, a la guerra de Irak, a predicar la Biblia en la escuela y a la Patriot Act (esa legislación, puesta en vigor por Bush, que permite detener sin orden judicial y encarcelar sin derechos a los sospechosos de terrorismo; abra esa infamia, con traducción oficial al español, en www.interamericanusa.com/articulos/Leyes/US-Patriot%20Act.htm). Los mismos se opusieron al pacifismo, la inmigración, el control de armas, la ayuda al extranjero, al sexo premarital, al matrimonio homosexual, al aborto y a la pornografía. En síntesis, son lo que llamamos derecha militante.

El artículo concluye: “Las actitudes políticas varían con los rasgos fisiológicos relacionados con las diversas formas de experimentar y procesar las amenazas del ambiente”. Esto puede explicar “tanto la falta de maleabilidad en las creencias de individuos con fuertes convicciones políticas como el consiguiente conflicto político”.
Contacto: Franz Brotzen, franz.brotzen@rice.edu

Rice University. “Political Attitudes Are Predicted by Physiological Traits”.

SALUD MENTAL Y ACEPTACIÓN GAY

Investigadores de la Universidad de Minnesota han publicado un estudio que demuestra cómo una actitud negativa hacia la propia homosexualidad (homonegatividad internalizada) entre hombres homosexuales es un predictor de pobre salud mental y sexual, no el hecho mismo de ser homosexual.

Como parte de un seminario para la prevención del VIH, hombres bisexuales y homosexuales respondieron una encuesta que evaluaba sus actitudes hacia su preferencia sexual, así como algunas variables correspondientes a salud mental y sexual.

En todos los casos, el rechazo a su sexualidad, la homonegatividad internalizada, y no el hecho mismo de ser homosexual, predecía en particular una mayor depresión y peor salud sexual. El estudio aparece en el número de septiembre del Journal of Homosexuality.

Señala Simon Rosser, director del estudio: “Es particularmente dañina la vieja recomendación al gay de luchar contra, negar o minimizar su homosexualidad. Lo más probable es que eso únicamente aumente su depresión, aislamiento social y mala salud sexual. En breve, ver la homosexualidad como una enfermedad no sólo es inexacto, también es dañino”.

Contacto: Nick Hanson, hans2853@umn.edu

El mortífero néctar de la amargura nacional

Francisco Javier Acuña
fjacuqa@hotmail.com
Excélsior

Se ha dicho por los historiadores incisivos, como en su mejor momento lo fue Lorenzo Meyer, entonces dueño de su gran categoría: “Somos un pueblo amantado por la leche del rencor”. Desde el comienzo de la nación, esto que llamamos patria ha sido, en resumen, la constante de abrirle flancos a la intriga desmedida y la traición regresiva de los unos y de los otros (siempre hay bandos que se odian según tengan o no el poder por encima de quemar la casa nacional), ésas, la intriga vibrante cual culebra que saca al viento su bífida lengua para esparcir su pócima letal, y la obsesiva intención de eliminar al enemigo (difícilmente podemos hablar así de adversarios) a golpe de traición son nuestras mejores preseas. Acaso la intriga reptante y la mustia traición acechante son nuestras mas afinadas “cualidades” colectivas. En parte es injusta esa impresión porque lo único que se ha podido comprobar es que somos, como sociedad, un conglomerado humano de gente buena y hasta demasiado noble, claro, históricamente gobernada por una expresión selecta —selectísima— de familias (el honorable sufragio de apellido que por tanto tiempo y ahora mismo se hace valer) que desde el inicio de la independencia se han repartido con ánimo patrimonial las posiciones más importantes del mando y del poder; y eso sin distingo a través de revoluciones y la instalación de dictaduras y regímenes de transición como el que ahora tenemos.

Si bien podemos asegurar que los políticos mexicanos no cayeron en un meteorito proveniente de Marte, tampoco podemos enlodar la buena cantera humana de la sociedad mexicana en general con la calaña que cada vez más identifica al estamento sociopolítico que hace gobierno desde hace casi 200 años. La conclusión social es muy severa: se echan a perder. La conversión de las personas en seres cínicos radica en qué tan alto y cuánto tiempo se mantengan en el fascinante ejercicio del poder; luego, sólo se recupera la calidad de virtuoso ciudadano si al término del mandato llevan —por la calle— la frente en alto, sin guardias ni equipos de seguridad.

Resulta que tan sólo unos días después de las arengas incitando al derrocamiento del Presidente se recrudeció la galería de muerte y desolación que, como desfile de zozobra, nos inquieta y nos hunde día a día. Y no es que la causen los agoreros de la subversión, sino que sus vociferaciones incautas las aprovechan, y muy bien, las cuadrillas criminógenas que se formaron o más bien que ampliaron el número de sus siniestros integrantes —sicarios desalmados y verdugos despiadados— con las fugas impunes de los mandos policiacos que se fueron del poder y, sobre puente de plata, terminaron siendo reclutados por algunos que experimentaban la desolación de la orfandad de poder.

¿Quién ha venido a agitar las aguas envenenadas en que chapoteábamos y a buches y tragos abrevamos todos los que por cualquier razón somos o hemos sido parte del estamento sociopolítico nacional? Aquí alzar la copa de la amargosa envidia a quienes detentan el poder y beber del vaso de odio persecutorio a los que no lo han conseguido es una tradición más efectiva que las parafernalias de las ceremonias cívicas; esos jugos de ponzoña envidiosa y extracto de rencor nos han endulzado los labios y esa agua del poder es un licor exclusivo de los gobernantes y su séquito formal o informal (militar/policiaco o paramilitar) que causa terrible adicción. Por eso, repito: las condiciones naturales para la miseria política de nuestra estirpe nacional ya existía y siempre ha sido agua mala en la que aprendimos a nadar. ¿Quiénes han venido a remover del fango el sedimento de arsénico ancestral que ahí alojado aguardaba tan poderoso momento de reactivación? Yo no lo sé de cierto pero por cobardía tampoco me atrevo a suponer.

Cleptocracia y terror

Francisco Valdés Ugalde
ugalde@unam.mx
Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM
El Universal

Hace más de 20 años que la comunidad académica, una parte de la periodística y otra muy pequeña de la clase política insistimos en tomar medidas que, al tiempo que se transitaba hacia un nuevo modelo político, condujeran a erradicar la corrupción generalizada en los aparatos del Estado. La respuesta fue la sordera sistemática por parte de quienes detentaron sucesivamente el poder.

La evidencia y la razón muestran que no sólo no se hizo lo necesario, sino siquiera lo indispensable para acometer esta tarea. Como hiriente prueba, EL UNIVERSAL (18/IX/08, pág. 1, nota de Alejandro Jiménez) muestra cómo La Familia tejió una red de protección política en Michoacán que incluye alcaldías, policías, y diputados federales.

Si el ejercicio que hizo el reportero se replicara en todo el país, en los poderes del Estado y en los órdenes de gobierno, seguramente nos llevaríamos una enorme sorpresa. Una sorpresa equivalente a la ausencia de información oficial sobre el grado de penetración de la corrupción en los ámbitos gubernamentales y de colusión entre políticos, funcionarios y crimen organizado. Una sorpresa del mismo tamaño de toda la rendición de cuentas que le ha sido negada una y otra vez a la sociedad por la clase política.

Cuando el Estado mexicano inició una transformación profunda de sus vínculos con la economía, insistimos en la necesidad de cambiar el patrón de relación de los funcionarios públicos con los negocios privados y de garantizar el control sobre su ejercicio de los bienes del erario. Un Estado renovado requiere nuevas estructuras y mecanismos de control del poder.

En lugar de ello inició un cambio inexplicablemente lento, que ofrece fundamento a la hipótesis de la complicidad. En pocas palabras, en lugar del cambio se mantuvo la estructura de arbitrariedad que ha permitido a viejos y nuevos actores usar los dineros públicos en el marco de un sistema arcaico de rendición de cuentas.

Aunado lo anterior a la tolerancia hacia el crimen organizado y su penetración en los gobiernos y poderes del Estado tenemos a la vista el resultado de la combinación entre cleptocracia y terror.

Por omisión o comisión, quienes detentaron y detentan el poder desde diferentes partidos políticos y posiciones de gobierno son responsables de la creación de este tejido infernal desde el que las bandas organizadas y sus cómplices en los gobiernos atentan contra la población indefensa.

El Presidente de la República ha llamado a la unidad. No se puede regatear la inmediata respuesta positiva. Pero debemos exigir que este llamado incluya no solamente la persecución policiaca y militar, sino la transformación política que los gobernantes han pospuesto negligentemente una y otra vez. La agenda de esta transformación debe ser colocada en el centro del llamado a la unidad.