octubre 26, 2008

'Réquiem por un sueño" por Paco Calderón

Por dónde empezar

Gabriel Zaid
Reforma

No es fácil que las autoridades sepan que se cometió un delito, porque el 88% de las víctimas no se toma el trabajo de presentar una denuncia (www.icesi.org.mx). No esperan resultados, sino malos tratos; y sospechan lo peor: que las autoridades protegen a los delincuentes.

No es fácil que el ministerio público investigue una denuncia, porque tiene cosas más importantes que hacer, porque carece de recursos (investigadores calificados, laboratorios bien equipados, bases de datos y estadísticas amplias y actualizadas) o porque sabe quién fue y es intocable.

No es fácil que las investigaciones conduzcan al arresto del culpable, porque es más fácil arrestar a un inocente, porque los criminales reciben avisos de las autoridades para huir o porque las esperan con armas de alto poder: desde los cañonazos en efectivo hasta el degüello.

No es fácil que la consignación termine en castigo, porque es difícil reunir pruebas contundentes, y cuando las hay desaparecen; porque los testimonios, confesiones, peritajes, documentos y objetos recogidos suelen estar contaminados por procedimientos ilegales, ineptos o corruptos; porque el ministerio público no es profesional cuando lleva su caso ante el juez, o lo presenta mal deliberadamente.

No es fácil que el juez condene al culpable, porque la acusación o las pruebas son incompetentes; porque los criminales tienen buenos abogados, amigos poderosos y dinero; porque los expedientes son largos y el proceso lentísimo y manipulable; porque sabe cuántas decisiones judiciales no se cumplen; y que nadie lo protegerá, ante el dilema de recibir plata o plomo.

No es fácil que los sentenciados cumplan su condena, menos aún que se rehabiliten, porque las cárceles son inhumanas y están retacadas (aunque los delitos castigados son el 1% de los cometidos). Porque están llenas de inocentes, de sentenciados por delitos menores que no pueden pagar la fianza y de acusados no sentenciados que no tienen dinero para defenderse o ni siquiera hablan español. Porque son un mercado de servicios ilícitos. Porque nada impide la golpiza, la violación, el asesinato, el trabajo forzado o el reclutamiento de ayudantes para las bandas criminales. Porque ni los custodios tienen la vida segura, mientras los capos montan oficinas ejecutivas, dirigen operaciones desde adentro o escapan. Hay dos fugas por semana, según la Secretaría de Seguridad Pública (El Universal, 12/VIII/08).

No es fácil saber si multiplicar los órganos de seguridad, sus facultades legales, personal, armas, equipo y presupuesto es dar mayores recursos a los delincuentes. Que gobiernen destruye la confianza en las autoridades. Nadie sabe a quién creerle.

No es fácil que las autoridades se depuren a sí mismas, porque es difícil distinguir a los buenos de los malos, y los malos pueden estar entre sus jefes; porque toda depuración parece (y es) una lucha política de facciones; porque los malos (y los buenos) promueven a los suyos, para que ocupen puestos decisivos y, en unos cuantos años, toda la estructura de poder quede secuestrada (o liberada); porque es difícil probar lo que han hecho los malos, y es fácil perder el cargo, la vida y hasta el buen nombre en el intento, pues nunca se sabrá si el perdedor era de los buenos o los malos.

Para recuperar la confianza en las autoridades, la sociedad tiene que auditarlas y presionarlas, con independencia y transparencia; puntos fuertes que las autoridades destruyen amistosamente invitando a la cooperación no tan independiente ni tan transparente.

Para depurar desde afuera, hay muchas cosas que hacer. Tantas que cada quien, según sus posibilidades, debería concentrarse en una o pocas. Pero tiene ventajas estratégicas empezar por las cárceles: la disuasión última, hoy inoperante. Por ejemplo:

1. Pagar masivamente defensores y fianzas para que no estén en la cárcel los que no deben estar. Es más justo y barato que construir cárceles. Resta pupilos a la escuela del crimen.

2. Encargar a técnicos internacionales (digamos, de la ONU) auditorías de construcciones, instalaciones, ambiente y procedimientos, contra fugas, privilegios, inseguridad, tortura, vejaciones, corrupción e impunidad.

3. Mandar encuestadores y shoppers a las cárceles, para documentar todo lo que se puede hacer y meter ilegalmente, pagando a quién.

4. Monitorear las llamadas que entran y salen de las cárceles, y usar las grabaciones como pruebas contra las autoridades.

5. Publicar calificaciones semestrales de cada cárcel y exigir el despido (cuando menos) de las autoridades ineptas o corruptas.

El Estado es la institución que garantiza la seguridad en su territorio, imponiendo el monopolio de la violencia legítima. Lograr eso en las cárceles: la millonésima parte del territorio nacional (cerrada y vigilada), es una buena forma de empezar.

El gusto por perder de AMLO

Jorge Medina Viedas
jmedina@milenio.com
Milenio

No es noticia que al líder popular más conocido de México no le gusta ganar. Se confirma que su hábitat natural es la derrota. Así es Andrés Manuel López Obrador. La reforma petrolera adjetivada por contrariar la propuesta original del presidente Felipe Calderón como “descafeinada”, esto es, sin nada de la esencia reformadora y privatizante que el Presidente pretendía, se debe en buena medida a su movimiento político. Pero él, López Obrador, no quiere reconocerlo. Quiere más; si no, no.

No debe extrañarnos esta actitud. Se conoce bien la historia: en las elecciones de 2006, gracias a su candidatura presidencial, la izquierda mexicana logró la votación más alta de su historia y se posicionó como una fuerza indiscutible en las cámaras legislativas. En menos de un año, ese capital político logrado lo ha venido dilapidando. Los millones de seguidores pasaron a cientos de miles y ahora se cuentan por miles. En Coahuila, en las elecciones de la semana pasada, el PRD prácticamente desapareció.

Y no es que sus causas no tengan simpatizantes. Ni que la opinión pública (y publicada) no reconozca las razones morales y justas de su lucha. Lo que ocurre es que cada vez más personas discrepan de sus actitudes, de su obcecada y casi única estrategia de lanzar a las calles a sus seguidores, de alterar la vida de los demás con sus arbitrariedades, de insultar a sus adversarios, de sus propuestas demenciales, y de introducir en el de por sí nublado clima político y social del país mayores elementos de crispación.

En el momento que gozaba de más credibilidad política obligó a sus legisladores del frente opositor (incluido el propio senador Carlos Navarrete, con el que mantiene discrepancias evidentes) a que reconocieran públicamente la condicionante de la movilización en su labor cameral, como una extensión de su estrategia. Quiso, después de su derrota, mantener paralizado al país. Pensaron, él y sus secuaces, como Porfirio Muñoz Ledo, derrocar a Felipe Calderón. Imagínese.

Contagiados por esa desmesura, 50 de esos legisladores por cierto, se mantienen fieles a la orientación de continuar las movilizaciones contra la reforma y van a tratar —infructuosamente como puede preverse— de descarrillar los siete dictámenes ya consensados por todos los partidos, donde hay que contar a sus archienemigos de Izquierda Unida del PRD.

Por su estrategia mal pensada y errática aguzó los sentidos de partidos como el PRI que se convierte, en los hechos, en el principal impulsor de esta reforma. Ha sido tanta su negativa, que por nimios que sean los cambios a la ley, éstos ya le son atribuidos. Más aun: sin que se lo propusiera, el ex candidato presidencial del PRI y actual senador, Francisco Labastida, en su calidad de presidente de la Comisión de Energía del Senado, se percibe como el moderador de los esfuerzos colectivos, dando tiempo y ritmos al proceso de la ley, y eso envía un mensaje que la sociedad capta y asimila.

Se entiende que el mesianismo de López Obrador le proporciona la capacidad de soportar las críticas, pero además también la energía mental suficiente para seguir en su lucha y mantener sus estrategias. Sin quitarle ningún mérito al liderazgo social del tabasqueño, es cierto que cualquier político con un mínimo de sensibilidad, que a su discurso le adose expresiones contra la injusticia social y la desigualdad, es muy probable que acierte. No se puede negar. Que tal componente discursivo el perredista lo ha utilizado bien y esto es lo que lo mantiene hasta hoy políticamente fuerte y provocando escozor en el gobierno panista.

Sin embargo, su vocación por la derrota o su incapacidad para develar qué hay después de la victoria ofrece elementos para pensar que quiere jugar un papel distinto al de los políticos tradicionales. Puede que suceda con López Obrador algo de lo que pasó con el subcomandante Marcos. Algunos deben acordarse de que este último puso en vilo al país; luego se transformó en una especie de vigía moral de la política nacional, cuyo poder de persuasión moral llegaba hasta los centros de decisión del país.

Con el tiempo, la imagen de Marcos se fue deslavando. De actor político insustituible, se fue convirtiendo en una figura mítica, testimonial. Lo mismo le puede pasar a López Obrador si sigue con su terquedad política. Además, a éste no se le ve la vocación de poder, por ejemplo, de Marcelo Ebrard; éste si sabe lo que quiere: el poder de las instituciones. Y López Obrador, parece conformarse con el poder de la calle como Marcos con el poder de las montañas.

El suicidio de López Obrador

René Avilés Fabila
www.reneavilesfabila.com.mx
Excélsior

En minutos, AMLO organizó una especie de referéndum que tuvo los resultados que esperaba: no a la “privatización del petróleo” organizada por el “PRIAN” y los traidores del PRD.

Pareciera que los políticos son capaces de todo con tal de sobrevivir, mantenerse en el poder. Otras veces no buscan el cargo sino los cambios de un país. Ernesto Guevara era uno de éstos. Llegó a probar suerte como ministro de economía y fracasó, entonces volvió a la lucha que lo condujo a la muerte. Lo digo porque en este torneo de vanidades y mentiras que es la política mexicana, no hubo una sola persona que no se reconociera triunfador en la lucha por el petróleo. Nadie perdió, todos se apuntaron el “triunfo”. Los panistas y Calderón no resintieron los cambios a su iniciativa, los priistas lo consideraron un éxito y el PRD dijo que el dictamen era resultado de sus acciones. Incluso López Obrador, en un principio, vio en los resultados del trabajo legislativo un punto de apoyo para su retorno al primer plano. Sus intelectuales orgánicos, los que trabajan para él, hicieron semejante consideración. La armonía parecía haber regresado al PRD, el mismo Cárdenas declaró que era lo mejor que podía hacerse.

Hasta el miércoles al mediodía, los partidos y sus líderes habían triunfado de modo rotundo. El optimismo era exagerado. ¡Ya tenemos reforma energética, México saldrá del atraso! Pero faltaba la última palabra. Las adelitas y los adelitos aguardaban inquietos y decididos la señal de AMLO. Y la hizo. En minutos pensó que no era el momento para festejar la unanimidad y echó una cubeta de agua helada en la fiesta de los partidos políticos, el suyo incluido, que por voz de sus principales actores había garantizado la aprobación del dictamen.

En minutos, Obrador organizó una especie de referéndum (léase tomadura de pelo) que tuvo los resultados que esperaba: no a la “privatización del petróleo” organizada por el “PRIAN” y los traidores del PRD. Como pudo organizó a sus leales, los más radicales, y salió de nuevo a las calles al frente de unas diez mil personas en un país de más de 100 millones de habitantes a garantizar más problemas para una ciudad agobiada, cada semana estrangulada por una razón u otra. Las “fuerzas del orden” se prepararon para resistir el acoso de los lópezobradoristas y defender el trabajo de los senadores. Unos cuantos miles (seamos generosos) rodearon la Cámara de Senadores y la sede alterna. De un lado los seguidores de AMLO querían una “agresión” policíaca, algo que les diera los mártires necesarios para revitalizar la guerra contra el usurpador, el sistema y las malvadas instituciones que lo sostienen. Los atizaba el rencor. En un país donde todo está en manos de particulares, el petróleo es un pretexto para dividir, derribar al gobierno y llegar por otras vías al poder. Muñoz Ledo lo ha anticipado y personajes como Manuel Camacho, Dante Delgado, Rosario Ibarra, Yeidckol Polevnsky, Ricardo Monreal y Fernández Noroña lo han secundado.

Ni los medios ni la sociedad están dispuestos a seguir las patrañas de AMLO, quieren que las luchas sigan otros cauces. Si dentro del PRD hay una enorme división, qué podemos decir del DF, el bastión principal de tal partido, su principal fuente de votos: comienza a hartarse de su eterna lucha callejera. Para decirlo con claridad: López Obrador está quedándose solo, la reforma pasará pese a los esfuerzos de sus seguidores de adueñarse violentamente del Senado, y él será un marginado, perdió la oportunidad que tuvo. No será siquiera candidato del PRD, deberá buscar otro partido y éste queda en posibilidad de trabajar sin líderes iluminados, donde sea posible la discusión. Dejó el paso franco a la derecha.

Ir al matadero no es el objetivo de un partido o de un líder. AMLO sí tiene la peculiaridad de buscar la muerte, piensa que le arrebataron la posibilidad de mostrar su grandeza. La salvación de la patria estaba en sus manos y la “mafia” se la quitó. Sus enemigos no son sólo los del “PRIAN” sino también los chuchistas y otros más del PRD. Es, pues, un hombre contra el mundo. Incapaz de hacerse una autocrítica, mucho menos ir al siquiatra, sugerencia de Víctor Hugo Círigo. Unas dosis de cordura, algo de humildad, un poco de honestidad, un mínimo de inteligencia, lo hubieran devuelto a la lucha por la Presidencia de la República. Ahora su destino es ver la desintegración de su movimiento, lo seguirá más de un trastornado hasta el derrumbe final. Se siente una mala versión de Jesucristo, va a inmolarse para que su muerte redima a los demás y llegue al panteón de los héroes. Pero la realidad es otra. Se percibe un patético final, los analistas más serios anticipan signos de locura: el peor enemigo de AMLO es el mismo AMLO. Es una pena que él y los suyos sean incapaces de vislumbrar la estrepitosa caída, luego de que los partidos y el gobierno festejen el éxito de la reforma energética y no haya un pretexto más para destruir instituciones y salvar a la patria. Ahora, ¿por qué partido será candidato presidencial? ¿Formará uno al vapor o de plano optará por ser presidente legítimo vitalicio gobernando para dos o tres mil personas desde Macuspana?

El regreso de Somoza

Jean Meyer
Profesor investigador del CIDE
jean.meyer@cide.edu
El Universal

En su proyecto de establecer en Nicaragua un somozismo sin Somoza, el presidente Daniel Ortega no ha dudado, en los últimos meses, en prohibir partidos políticos de izquierda, centro y derecha, que tienen un solo punto común: estorbar el proceso de concentración arbitraria del poder de Ortega, quien prepara una reforma constitucional para poder reelegirse y perpetuarse en el poder.

Controla completamente el Poder Judicial, de modo que sus jueces se dedican servilmente a perseguir a Ernesto Cardenal, revolucionario, poeta y sacerdote; a castigar artistas, revolucionarios también, como los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía; a cancelar programas de televisión que critican al régimen, como El 2 en la Nación; a enjuiciar directores de diarios y radios, todo en medio de una campaña de difamación e intimidación contra los periódicos independientes y los dirigentes de ONG. Cuando es necesario, Ortega manda fuerzas de choque para reprimir a macanazos las manifestaciones opositoras pacíficas.

Su última hazaña ha sido hostigar al periodista Carlos Fernando Chamorro, director del programa de televisión Esta Semana del canal 8, una emisión seguida por un amplio público por su independencia. Chamorro es también el presidente de la Fundación Cinco, que promueve investigaciones sobre cultura, democracia y comunicación, con fondos otorgados por organizaciones internacionales respetables, como lo es Oxfam. Sergio Ramírez, vicepresidente de Nicaragua en tiempo del sandinismo, ahora escritor, denuncia “un abuso arbitrario de la ley para aplicarla a los que no piensan como los que están gobernando. Esto es viejo en Nicaragua y pareciera que la rueda está girando hacia atrás”.

El domingo 16 de octubre la Policía Nacional, dirigida por un juez, rompió en Managua las puertas de las pequeñas oficinas de Fundación Cinco para llevarse todo el material, correspondencia, archivos, estudios además de las computadoras.

Sin explicar jamás cuál era el delito investigado, ni tomar las medidas necesarias para que el contenido de las computadoras no pueda ser falseado más adelante. La noche anterior, las fuerzas mal llamadas del orden habían hecho lo mismo en las oficinas del Movimiento Autónomo de las Mujeres y otras 15 organizaciones de mujeres, derechos humanos, promoción del voto etcétera… organizaciones legales y democráticas todas.

¿Por qué? En junio, Carlos Fernando Chamorro, hijo de aquel famoso Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director de La Prensa, asesinado en 1978 por los esbirros de Somoza, cometió el “error” imperdonable de demostrar por primera vez un gran caso de innegable corrupción en el gobierno de Ortega: un empresario había sido víctima de una millonaria extorsión por parte del partido presidencial. Quien resultó condenado fue el empresario (por calumnias, difamación, injurias) y el valiente diputado Alejandro Bolaños fue despojado ilegalmente de su curul por haber respaldado la denuncia.

Desde aquel momento Daniel Ortega esperaba la hora de la venganza; una intensa campaña contra Chamorro fue lanzada por la televisión y radio oficiales que controla la primera dama, Rosario Murillo, enemiga mortal del Movimiento Autónomo de las Mujeres, alguna vez ayudado por Fundación Cinco… y por Oxfam.

Se trata de acabar con Chamorro, para que todos los periodistas se alineen, con los movimientos ciudadanos y con la actividad de ONG internacionales que los apoyan. Lo que hizo el amigo Vladimir Vladimirovich Putin en Rusia. Conste que Dany y Vlad de comunistas no tienen nada: son déspotas y nada ilustrados. Oxfam había suscrito un convenio con la Fundación Cinco y con el Movimiento Autónomo de Mujeres, convenio financiado por nueve gobiernos europeos: Alemania, Austria, Dinamarca, Finlandia, Holanda, Noruega, Reino Unido, Suecia y Suiza. Pues, resulta que, en palabras de la primera dama, dicho convenio era “el fondo satánico” que repartía “los fondos del mal”. Gobernación acusó a Fundación Cinco, por lo tanto a Carlos Fernando Chamorro, de “triangulación y lavado de dinero” por haber suscrito al convenio; el caso pasó a la Fiscalía General, que decide las acciones penales en contra de los ciudadanos, y Chamorro ha sido sometido ya a un duro interrogatorio de varias horas.

El objetivo final va mucho más allá de un periodista independiente y estimable. Se trata de intimidar y callar a todos los inconformes y desmantelar todas las organizaciones independientes, después de cortar toda ayuda internacional. Hay que solidarizarse con Chamorro porque, igual que su padre, defiende la libertad contra el regreso de la dictadura.