octubre 27, 2008

¡Ay Andrés!

Ricardo Raphael
Analista Político
El Universal


Hubo un día en que muchos compartimos tus razones y tus causas. Era más que legítimo exigirle a la política mexicana que se convirtiera en un poderoso instrumento para la inclusión democrática.

Supiste como pocos denunciar la concentración del dinero y del poder que prevalece en nuestro país; señalaste dónde se encontraban los principales nudos autoritarios; advertiste que no habría verdadera transición en México si el Estado continuaba siendo rehén de los grupos poderosos de siempre.

Desde que ganaras aquel infame proceso de desafuero impuesto por el presidente Fox y los legisladores, tanto del PAN como del PRI, lograste convencer de la viabilidad de tu proyecto político.

¿Recuerdas todavía aquellas primeras semanas del año 2006 cuando llevabas una delantera de 10 puntos en las preferencias electorales? ¿Qué ocurrió contigo desde entonces?

Primero extraviaste, punto por punto, la distancia que te hubiera asegurado la Presidencia. Después hiciste que muchos de tus votantes se arrepintieran de haberte considerado. Luego rompiste con una fracción importante de tu propio partido. Y finalmente has terminado maltratando al núcleo de intelectuales que hasta muy recientemente se la hubiera jugado contigo.

Tu liderazgo político está a punto de alcanzar la misma estatura que hoy tienen en México fuerzas como el EZLN o el EPR. Voces apenas audibles en nuestro espacio público, cuya capacidad para transformar al país es casi ninguna.

Podrías seguir culpabilizando a tus adversarios por esta tragedia. Al pérfido de Fox, al “espurio” de Calderón, a las mafias del PRIAN, a los bandidos de cuello blanco, a los medios de comunicación, a la mediocre burguesía mexicana, a la insensibilidad de los pobres del norte, al país entero por no haber sabido aquilatar lo que tú representabas.

Sin embargo, la cantaleta del político abusado por sus enemigos hace ya tiempo que perdió simpatía entre quienes te siguieron.

Desde un principio resultó obvio que tus razones y tus causas iban a encontrar una fuerte resistencia y precisamente por ello era necesaria la mayor de las inteligencias estratégicas.

En su día lograste convencer, no sólo por la fuerza moral de tus argumentos, sino por la habilidad que mostraste para impulsarlos dentro del rudo juego electoral.

Sin embargo, la derrota comenzó a acosarte cuando tú mismo te colocaste entre esos argumentos y su viabilidad política.

La extinción de tu liderazgo se explica porque no pudiste cumplir con las expectativas que despertaste. O peor aún, porque con tu errática conducción convenciste de que las causas de la izquierda no eran posibles.

Desde la derecha te han acusado de ser un peligro para la República. La historia reciente ha demostrado la falsedad de esta premisa: ni antes, ni ahora representaste un peligro para el país.

Sí has representado, en cambio, un peligro para la izquierda mexicana. Las tácticas que emprendiste para defender tu liderazgo terminaron convirtiéndose en monumentales errores estratégicos.

Hoy has dejado a esta identidad sociológica sin un liderazgo fuerte. Con las acusaciones que lanzaste hacia los tuyos se quebraron los puentes del entendimiento que comunicaban al complejo archipiélago de las izquierdas. Más grave aún, ayudaste para que la desconfianza se instalara entre sus integrantes.

Nada es más costoso para una fuerza política que padecer desconfianza y división internas. Las pasadas elecciones en Acapulco demostraron la sordera perredista frente a ese principio tan obvio. Y anunciaron el predecible porvenir de esta expresión social.

Gracias a ti, la izquierda estuvo a nada de colocarse a la cabeza del nuevo sistema político mexicano. Hoy es justo señalarte también como uno de los grandes responsables de evitar que esa circunstancia se materializara.

El mayor de los males se encuentra en las expectativas no cumplidas. Por eso son ahora los tuyos quienes más enojo y rencor te guardan.

¿Y el capitalismo? Muy bien, gracias

Román Revueltas Retes
rrevueltas@milenio.com
Interludio
Milenio

Leí por ahí, en el diario más socorrido de la izquierda nacional, un artículo bastante rabioso de un columnista que exige, de una buena vez, el fin del capitalismo rapaz y de la sociedad de consumo: no debemos tolerar ni un instante más esta cruenta realidad reglamentada por el lucro. Debemos de comenzar la generosa repartición de los bienes terrenales para beneficiar a los desposeídos de este mundo.

Estos llamados a la liquidación del egoísmo humano se están multiplicando justamente ahora que los voraces señoritos de Wall Street llevaron al planeta al borde de la hecatombe financiera. Y uno de los argumentos más traídos y llevados es que el sistema de libre mercado privatiza las ganancias y socializa las pérdidas, algo que cualquier buen salvaje recién aterrizado en Manhattan podría comprobar de inmediato al enterarse de que el supremo Gobierno de Estados Unidos (de América) ha decidido intervenir con dineros bien contantes y bien sonantes para rescatar a las instituciones financieras que han quebrado.

Bueno, habría que responderles a los agoreros del derrumbe del sistema capitalista que, de entrada, las intervenciones de los Gobiernos —los de Francia, de Gran Bretaña, de Holanda, de Japón, de Rusia y de tantos otros países— no son obsequios para los banqueros sino garantías para los millones de clientes que les han confiado sus ahorros. Eso, y no otra cosa, fue el Fobaproa mexicano aunque algunos pillos hayan sacado provecho de las ayudas públicas. Pero, además, los recursos públicos que se están gastando en estos momentos habrán de ser recuperados en cuanto la economía globalizada vuelva a comenzar otro ciclo de crecimiento. Así de simple. Por más negra que parezca la situación, en algún momento retornará la bonanza. Tal es la naturaleza del capitalismo y tales son sus leyes. El comunismo ya pasó a mejor vida. El futuro del capitalismo parece aún más prometedor porque las reglas, tras la catástrofe, serán más claras. Eso es todo.

¿Fuero parlamentario o patente de corso?

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Tiene que existir una cierta capacidad de resignación o quizá de masoquismo. Pero no deja de asombrar que López Obrador haya calificado a los senadores que votaron por la reforma energética, incluida la enorme mayoría del PRD y el FAP, de “mayordomos de los potentados y sirvientes al servicio del extranjero” y que ninguno, comenzando por los de su partido, le haya contestado en forma directa a alguien que los está insultando sin disimulo alguno.

La actitud es más incomprensible aun cuando, luego de los insultos, diputados como Alejandro Chanona, de Convergencia, terminen intentando hacerle el juego a López Obrador y pidan que el martes “sea recibido” por la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados para exponer sus argumentos. En realidad, lo que sucede con muchos legisladores es que no tienen el menor respeto por su investidura. Si el señor López Obrador tenía algo que exponer ante los congresistas tuvo tres meses de una costosa y en buena parte inútil consulta que fue realizada precisamente como demanda de López y los partidos del FAP a lo que no quiso concurrir. Es más vergonzante en el caso de Convergencia porque, primero para exponer esos puntos fueron elegidos Chanona y otros 499 diputados y peor aún porque de la plataforma con la que fueron elegidos los legisladores de Convergencia, el programa propuesto por ese partido para las elecciones de 2006, como se puede consultar en su página de internet y en el IFE, es una plataforma en la que se propone una amplísima intervención de la iniciativa privada en la industria petrolera y en la energética en general. Entonces, ¿a quién se le debe creer?, ¿a lo que plantearon esos legisladores para ser elegidos en sus cargos?, ¿a lo que declaran ahora ante los medios o a lo que votan en el Congreso?

El líder de Convergencia, Dante Delgado, estuvo a punto de liarse a golpes con otros dos legisladores el jueves, después de quejarse por la presencia de la Policía Federal resguardando la sede alterna del Senado, pero no tuvo ni una palabra contra el grupo de manifestantes (un puñado encabezado por López, que actuaron en las calles del DF, como se ha vuelto costumbre, con total impunidad) que impidieron al Senado sesionar en su sede e incluso, una vez más, con tolerancia de las autoridades capitalinas, ni siquiera permitieron llegar a los senadores a la casona de Xicoténcatl. Es más, Layda Sansores, la beligerante diputada de Convergencia, intentó ingresar por la fuerza al recinto alterno del Senado con el fin de evitar que la Cámara alta sesionara, acompañada por otro grupo de legisladores, que fueron llevados a la sede alterna, entre otros, por los senadores de Convergencia, la perredista Yeidckol Polevnsky, Rosario Ibarra y Ricardo Monreal. Y luego, esos mismos senadores, incluido Delgado, han pedido la renuncia del secretario de Seguridad Pública Federal, Genaro García Luna, por implementar un operativo que resguardara la posibilidad de que la cámara de ellos pudiera funcionar. Sansores, el diputado Gerardo Villanueva y las diputadas Aleida Alavés y Valentina Batres, intentaron forzar una y otra vez el cordón policial y aseguraban que tenían fuero parlamentario para ello.

En realidad, el trabajo realizado por la PFP con miras a garantizar la sesión, a pesar de los insultos y las agresiones que recibieron los policías, entre otros, de los citados diputados, fue ejemplar, porque preservar el recinto se los había ordenado el presidente de la Mesa Directiva del Senado, quien tiene que velar, según el artículo 61 constitucional, “por la inviolabilidad del recinto” donde se reúnan a sesionar sus pares. Dice el mismo artículo que el presidente de la Cámara debe velar por que se respete el fuero constitucional. Pero se olvidan algunos legisladores de que el fuero no es una patente de corso ni una carta franca para delinquir. Según la Constitución, otra vez el artículo 61, “los diputados y senadores son inviolables por las opiniones que manifiesten en el desempeño de sus cargos y jamás podrán ser reconvenidos por ellas”. Nada menos pero tampoco nada más: el fuero no es un argumento para conducir borracho, hacer exhibiciones en lugares públicos, bloquear calles y mucho menos impedir el funcionamiento de las instituciones. Si alguno de estos legisladores se pregunta por qué hoy tienen un grado de aceptación tan baja entre la población deberían, entre otras cosas, revisar el tema del fuero: la gente, con toda razón, se indigna cuando ve a un legislador o a una legisladora, que nos cuesta, en promedio, poco más de un millón de pesos por mes cada uno de ellos, convertido en un hooligan o un vulgar peleador callejero, cuando, en vez de defender sus posiciones partidarias, se dedica a tomar tribunas o a ser utilizado (argumentando que no puede ser “tocado” porque tiene “fuero”) como ariete por un grupo de vándalos que buscan impedir que el Congreso funcione.

Se trata, en última instancia, de tener un poco de respeto por sí mismos y por su investidura. Para exigirle a los demás ser respetados se debe comenzar, como dirían las abuelitas, por ser respetuoso consigo mismo. Se esté o no de acuerdo con la reforma energética, las cámaras, sobre todo la de Senadores, terminaron trabajando de forma ejemplar en torno a ella y la enorme mayoría dieron una muestra de buena labor parlamentaria, que esperemos se repita en San Lázaro mañana. Pero no estaría de más que los legisladores, que tanto y en tantas ocasiones han votado leyes para poner controles y límites a los otros poderes, comenzaran por legislar, aunque sea en ese punto, sobre sí mismos: acerca de lo que puede y no puede hacer un diputado o un senador, sobre lo que debe ser entendido como el fuero parlamentario y lo que se convierte en una simple coartada con el objetivo de violar las leyes y no ser sancionado como sí lo sería cualquier otro ciudadano.

Religión

Pedro Ferriz
El búho no ha muerto
Excélsior

En este final, de como se expresaba hasta ahora la economía, política y sociedad. Quiero hablar de Dios. También la religión tendrá que buscar —para el hombre moderno— otros senderos. Cuando de manera latente, los pueblos modernos están manifestándose calladamente en contra de viejos preceptos. Axiomas incuestionados, que como actos de FE, no pasaron por la razón de una sociedad, hoy ilustrada. A la luz del pragmatismo científico, imbuido de un ánimo tecnológico, que rechaza postulados que fueron pilar y esencia de las creencias religiosas, de una raza humana que ha desaparecido. Si vemos que la cuna del cristianismo ya no repasa en su vivac cotidiano, la filosofía cristiana. Si la casa de la cristiandad, las iglesias, se han reducido en un 80% a ser meros museos de arte por toda Europa. Si los jóvenes de nuestro tiempo, no se saben siquiera persignar. Si las iglesias que funcionan como tales, convocan solo a la tercera edad. Si faltan “vocaciones” y las que hay, unas deflectan en el camino y otras emiten una voz cada vez más callada. Si las sectas van a la conquista de “clientelas” inatendidas. Es justo pensar que también las religiones habrán de caminar por el umbral de una plena metamorfosis. La revaloración de Dios. Su reposicionamiento en el día a día. La oración como recurso. El repaso de la doctrina cristiana, vive también un turbulento remolino que entremezcla a la ausencia de Dios, con su presencia absoluta. Ludwig Feuerbach, en “La esencia del cristianismo” crea un referente existencial: “Mi primer pensamiento fue Dios, el segundo fue la razón, el tercero el hombre”. Propuso… “no fue Dios quien creó al hombre a su imagen y semejanza. Fue el hombre, quien ha creado a Dios en figura idealizada”. El postulado lacónico, es base del distanciamiento de la masa de la juventud sobre preceptos religiosos. Las sociedades pasadas, basaron su “seguridad” en explicaciones divinas. Dios era el último recurso. Los jóvenes de hoy, cimientan sus certezas en el avance de la ciencia. La arrogancia de las sociedades actuales, procesa su felicidad en la generación de riqueza. El bienestar conceptual óptimo, ubica al éxito como meta. No a la trascendencia del ser. El admirado entonces, no es el ser espiritual… sino el bien vestido. El del buen coche, buena casa —no morada—. El galán egoísta. El Apolo de buenas formas. El que no conoce enfermedad, ni carencia… Sin importar si su bonanza es bien habida. El sufrimiento y la expiación, han dejado de ser medios para la superación. Si antes Dios era el báculo para apoyar al cuerpo en el trayecto de la vida. Hoy es el dinero, el medio que provee certezas en la tiniebla del ser.

Pero el dinero. El bien material, está fallando en el orbe. El sueño capitalista, se convierte en pesadilla que muestra su falibilidad. El “progreso” se torna regresivo. Hay colapso… y un trauma así, llama forzosamente a una reflexión. Habrá también en este siglo otra revolución. Ésta será espiritual. Se nos ha presentado la ingente necesidad de reinventar a Dios. El viejo concepto se alejó del hombre de nuestro tiempo. La borrachera del desarrollo, pasó por la inconsciencia y despertó en un exabrupto que nos conduce a la angustia. El hombre de la “nueva modernidad” tiene un innegable hueco en el alma. Carece de fe. No hay más sustento que el de la propia vida. Ni antes… ni después. Si llegué al nacer, sin pedir explicaciones. No puedo reclamar la esperanza de la ruta que he de seguir, después de dejar de ser. Hay hombres que se conforman con que la vida es suficiente definición para la conciencia. Pero en el fuero interno de todo humano, siempre estará la agonía de entender… ¿y después de mi…que? En este punto entra Dios a la escena. Para creyentes y escépticos. Para arrogantes y humildes. Inteligentes y absurdos. Todos buscaremos en el tiempo por venir, diversas teorías que nos aten nuevamente a Dios. En eso que hasta ahora, se llamó religión

El peso del mito

Macario Schettino
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Ahí seguimos. Incapaces de decidir. Se desmoronó el régimen de la Revolución, pero no su mitología. Hay presidente, pero no presidencialismo; hay PRI, pero no partido único; hay sindicatos corporativos, pero no régimen corporativo. Hoy hay múltiples centros de poder: el Congreso, los gobernadores, la Suprema Corte de Justicia, los organismos autónomos (Banco de México, CNDH, IFE…). Hay contrapesos para algunos, pero hay otros, como los gobernadores, que no limitamos de ninguna forma.
Lo que no logramos es deshacernos de las creencias construidas para dar legitimidad del régimen autoritario. Poco sirve demostrar cuánto nos han costado. Poco ayuda hacer notar que este país no tuvo crecimiento económico, desarrollo social, bienestar, en cantidad o calidad diferente a lo que lograron otros países. El fracaso que fuimos en el siglo XX no es evidencia suficiente para desmontar el mito. Así son los mitos: separados de la realidad, autosuficientes, irracionales. Viven en la mente de quienes de niños fueron indoctrinados, en quienes permanentemente alteran la realidad para adecuarla a sus creencias.

Hoy se reforma Pemex. No la energía ni el petróleo, sólo la empresa. Es decir que para resolver un problema se fortalece su causa. De más está decir que es una solución absurda. Los creyentes del mito insistirán en que sólo así puede el país de la Revolución continuar existiendo. Los optimistas verán en la reforma el éxito de la negociación, una muestra fehaciente de la capacidad de los políticos. Desde fuera del mito, de la autocomplacencia, es evidente el tamaño del error. Un país de caricatura, como tantas naciones latinoamericanas lo hemos sido tanto tiempo. Una vez más, sólo Argentina supera nuestro ánimo autodestructivo: su gobierno ha expoliado por segunda vez los ahorros de su población. Y parte de la población lo festeja, como acá parte de la clase política celebra la reforma.

México jamás ha sido potencia petrolera, sino sólo por Cantarell, que se agota irremisiblemente. Nunca logramos construir una industria petrolera nacional, pese a nuestra producción y de ser vecinos del país que más petróleo ha producido en la historia. Pemex es una empresa ineficiente que ocupa al menos tres veces más personal del requerido, un pozo de corrupción, y que ahora reducirá los pagos al gobierno, apropiándose de más renta petrolera. Pero aunque se quedara con toda la renta, no le alcanzaría para desarrollar aguas profundas, de ese tamaño es la inversión que debe hacerse. ¿En dónde ganó México?

Hace 11 años que cayó la estructura del régimen de la Revolución, pero su mítica sombra sigue con nosotros. Nos hizo perder el siglo XX, y nos está haciendo perder el actual. País de mitómanos…

No hay “bloques” pero habrá bloqueos

Carlos Marín
cmarin@milenio.com
El asalto a la razón
Milenio

Aunque algunos de sus antiguos incondicionales digan ahora “lo perdimos”, Andrés Manuel López Obrador, por insensato que sea o parezca, sabe bien lo que hace.

El de la “lucha patriótica” por la defensa de la soberanía petrolera es un tema que le cayó de Los Pinos, y aprovechó para figurar de nuevo en las marquesinas, después de un deflacionario año y medio con la cantaleta del “fraude electoral”.

La iniciativa original de Felipe Calderón, diluida ya en la propuesta de consenso del Senado, le sirvió también para ver desde afuera la crisis que provocó en el partido al que debiéndole tanto no asume como suyo, el de la Revolución Democrática.

Se metió en el tema de la imaginaria privatización de Pemex porque sabía que era imposible que sucediera: si hasta durante el priato las iniciativas presidenciales eran corregidas, aumentadas o disminuidas en el Congreso, ¿quién con honestidad intelectual pudo imaginar que cualquiera del panato pasaría tal cual fuera presentada?

No obstante, como su propio equipo de intelectuales y expertos avalan, cuando es evidente que la propuesta senatorial es en absoluto confiable, Andrés Manuel necea, esta vez con un capricho igualmente fantasmal.

Como le dijo a Jairo Calixto Albarrán para MILENIO Televisión: ¿qué tanto es pedir un breve añadido a la iniciativa que aprobarán mañana los diputados?

Tan sólo son 12 palabras las de su razón, afirma, pero (a menos que la intención sea que “el pueblo” establezca una evangélica y subliminal equiparación con los apóstoles de Jesús) alguien debió contarlas y decirle que son 17: “No se suscribirán contratos de exploración o producción que contemplen el otorgamiento de bloques o áreas exclusivas”.

Los “bloques” petroleros de que habla López Obrador simplemente no existen en la propuesta de reforma… aunque su invención sirve de coartada para los bloqueos.

Por eso la corriente descalificación (“le busca chichis a las víboras”) de Jesús Ortega.

No es la primera vez que AMLO recurre a la imaginación: así fue llevado al baile del “fraude algorítmico” que él mismo terminó por aceptar que no, pues la movida para despojarlo del triunfo electoral tampoco estuvo en las computadoras, en el conteo del IFE o en que “se vendieron” muchos de sus representantes de casilla (como también llegó a decir), sino en el levantamiento de las actas distritales.

Si quiere convencer de que su propuesta merece reconsiderarse, al menos debiera arriesgar una hipótesis viable para intentar comprender por qué 109 senadores “entreguistas” votaron la iniciativa y sólo diez en contra: ¿fueron comprados por Juan Camilo Mouriño para que su familia tenga más contratos con Pemex? ¿Los sobornó el priista Manlio Fabio Beltrones? ¿Sus correligionarios Carlos Navarrete, Graco Ramírez, Pablo Gómez y los demás que aprobaron la propuesta conjunta quieren agandallarse el tesorito?

AMLO: del bulevar a las veredas

Agustín Basave
abasave@prodigy.net.mx
Excélsior

O quizá AMLO nos está sorprendiendo una vez más. No hay que descartar que su olfato político le diga que hace dos años cruzó su Rubicón, y que debe quedarse en su papel de luchador social.

Los analistas tendemos a juzgar a los políticos bajo una lógica convencional. Es decir, consideraciones éticas aparte, los evaluamos en función de su cosecha de poder: si sus acciones los hacen más poderosos, aciertan, si los hacen menos poderosos, yerran. Pero nuestro concepto de poder está sesgado hacia la formalidad. Lo asociamos primordialmente con triunfos electorales y cargos públicos, de modo que solemos soslayar la importancia de los liderazgos sociales. Por ejemplo, ni en sus tiempos de gloria era común encontrar caracterizaciones del subcomandante Marcos como un hombre poderoso. A él se dedicaban otros adjetivos: popular, mediático, famoso. Puesto que renunció a la violencia como medio para hacerse del gobierno y rechazó convertir al EZLN en un partido político, se le situó en la categoría de celebridad. Y sin embargo Marcos tuvo y, aunque menguado, sigue teniendo bastante poder.

En un sentido lato, el poder es la capacidad de extender o multiplicar una voluntad. Es lograr que una volición individualmente ajena se vuelva colectivamente propia o, para decirlo en palabras llanas, que los demás hagan lo que uno quiere. Para bien o para mal; uno puede querer que se haga algo en aras de un beneficio personal o porque cree que beneficiaría a otros.

Todos los tirios y casi todos los troyanos han criticado el rechazo de Andrés Manuel López Obrador a la reforma petrolera. Y en el sentido de la lógica electoral, la crítica es válida. Si lo que quiere es ser electo presidente en 2012, cometió un grave error. Siempre es mejor culminar un triunfo que iniciar una derrota, y él tenía todo para capitalizar su oposición exitosa a la privatización de Pemex. Más aún, la aprobación por parte del Congreso de unos dictámenes que excluyen prácticamente todo a lo que él se opuso era el momento justo para que empezara, de cara a la próxima elección presidencial, a disminuir su radicalización y a correrse al centro-izquierda. Con la bandera de haber salvaguardado la soberanía nacional sobre los hidrocarburos, AMLO pudo haber lanzado su precampaña con un talante menos polarizador y más incluyente.

Pero no lo hizo. Prefirió conservar su núcleo duro de militantes antes que intentar la recuperación del voto blando que lo llevó a ser el candidato de la izquierda mexicana más votado, con más del doble del porcentaje de sufragios que históricamente ha obtenido el PRD. De paso, dejó a su partido en una situación difícil (o fácil, según se vea): si hay cisma, pierde a los electores enojados, y si no, pierde a los esperanzados. No sé si la decisión la tomó el miércoles pasado o mucho antes, en septiembre de 2006, cuando optó por privilegiar la movilización social e inhibir la negociación parlamentaria. Tal vez desde entonces adoptó algo similar a la estrategia boliviana que le propusieron algunos, y en tal caso el fantasma de Miguel Henríquez Guzmán no necesitaba rondar el Hemiciclo a Juárez hace unos días. Porque si su apuesta es la vía insurreccional —obvio, se trataría de una insurrección civil en pos de la renuncia del presidente y no de un derrocamiento por la vía armada— su decisión tiene sentido. No hay que olvidar que si bien la lógica electoral implica construir una mayoría para gobernar, la lógica insurreccional presupone consolidar una minoría para no dejar gobernar. Y desmovilizar a sus bases más leales y arrojadas habría significado perderlas, como ocurrió con el movimiento henriquista.

O… O quizá AMLO nos está sorprendiendo una vez más. Acaso no ha comprado el proyecto boliviano y sabe que la caída de Felipe Calderón no es probable ni deseable y simplemente ha decidido volver a sus orígenes. Si el bulevar de la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México desembocó en el atropellamiento de 2006 y le hizo convencerse de que no es ése su hábitat, no sería descabellado pensar que ahora quiera quedarse en las veredas que mejor conoce y donde más a gusto se siente. No hay que descartar que su olfato político le diga que hace dos años cruzó su Rubicón, que ya no le es posible recobrar a los electores que perdió al radicalizarse y que debe quedarse en su papel de luchador social. Sé que no faltará quien se ría de esta conjetura, aduciendo que AMLO es ante todo un animal político y que como tal no va a renunciar jamás a la Presidencia de la República, pero yo en su lugar me aguantaría la risa un rato más. Como dije al principio de este artículo, el poder sirve para muchas cosas y se ejerce desde muy distintas posiciones (incluida la de king maker). Y en México, por atavismos culturales, la beligerancia minoritaria logra a veces más que la institucionalidad mayoritaria.

En todo caso, no deja de ser un tanto ocioso especular sobre el futuro de AMLO. Es un líder intuitivo que toca de oído, sin partituras, y en consecuencia el concierto a menudo acaba en desconcierto. Por lo demás, en el réquiem como en la política o en la lucha social se confunde la muerte con la reencarnación. Quien manda suele ser ante todo un hombre de poder que sabe ejercerlo de acuerdo a su circunstancia y cuya materia prima no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Y si su afán de ser poderoso tiene un sentido de misión —eso que unos llaman apostolado y otros mesianismo— ese hombre no puede ser predecible bajo el prisma de la lógica convencional.

abasave@prodigy.net.mx

Casi todos han criticado el rechazo de López Obrador a la reforma petrolera. Y en el sentido de la lógica electoral, la crítica es válida. Si lo que quiere es ser electo presidente en 2012, cometió un grave error.

Criminalizar la protesta social

Luis González de Alba
La calle
Milenio

Magnífica expresión de Miguel Ángel Granados Chapa al recibir la medalla Belisario Domínguez: “Criminalizar la protesta social” es algo que debe evitarse. De acuerdo. Pero tiene dos lecturas: algunos afirman que la protesta social no puede tener límites ya que ponerlos es criminalizarla: liberar una avenida de un bloqueo, desalojar a quienes toman casetas de pago en carreteras; impedir la ocupación de Los Pinos, el Palacio Nacional o la Secretaría de Gobernación es olvidar las intenciones sociales de esos actos. De esta forma el robo es expropiación revolucionaria, el homicidio es destrucción del enemigo de clase, el secuestro de ricos es merecido… Es el viejo, rancio y nauseabundo encubrimiento de un modus vivendi: el de los “luchadores sociales”.

Pero otra lectura es que, en efecto, la protesta social ha recurrido a métodos claramente delictivos y quienes llaman a no criminalizar la protesta están exigiendo a los bribones, golfos, pillos y truhanes al estilo de los appos de Oaxaca, asesinos de maestros que pretendieron dar clase a sus alumnos, que abandonen esos métodos criminales al plantear sus protestas, o sea, pues, que “no criminalicen la protesta social”, no hagan como los maestros que piden el retorno de los puestos heredables, típicos de las monarquías. ¿Es contra esa criminalización de la protesta social que Granados Chapa levanta su voz? ¿Quién podría estar en desacuerdo con él? ¿Cómo podríamos permitir que Felipe Calderón pudiera heredar su plaza? ¡O venderla!

Durante los últimos años hemos visto cómo las protestas sociales se criminalizan, o sea, se practican con métodos criminales y fuera de la ley. Lo hacen no solamente los escasos guerrilleros que aún medran, sino también los atencos enmachetados, los maestros rejegos a presentar exámenes, los alumnos que exigen exentar materias y pase automático a la vida, etcétera. Y, desde la tribuna del Senado, Granados Chapa les grita un “¡ya basta!” rigorista, moralmente intachable, éticamente recio. Por eso nos unimos a él con entusiasmo quienes estamos cansados de ver a los activistas de la protesta social vivir a esas costas y avanzar en la criminalización de sus métodos, lucrar con su habilidad para conducir masas y tomar cada día una porción más del territorio de la ley.

Nadie mejor que el priista de toda su vida, López Obrador, para mostrarnos la tenebrosa labor de contrainsurgencia con la que, priista infiltrado como izquierdista, consigue el regreso al poder federal de su partido, su única querencia, su viejo amor: el PRI. El próximo Presidente de la República será del PRI gracias a las maquinaciones, mentiras, engaños y argucias del priista López Obrador. Sus métodos son, creo, el tema denunciado por Granados: obra social criminalizada: no puso a concurso los segundos pisos, escondió precios para los siguientes diez años, corrompió empresarios con magna obra pública no licitada a cambio de nunca sabremos cuánto, ocultó a su jugador secretario de Finanzas en territorio perredista, inventó encuestas favorables y millones de votos “perdidos”… que su partido consultó en una sola noche hasta ochenta veces, envenenó mentes jóvenes… y ya no jóvenes. El crimen del narcomenudeo creció un 750 por ciento… ¿a cambio de qué? El del ambulantaje se instaló en las calles para vender productos del robo y del contrabando, y sí sabemos a cambio de qué: carne de mitin y votos a cambio de calles privatizadas para el ambulante fiel. En fin, obra de gobierno asociada al crimen.

El DF fue entregado a la protesta social criminalizada: bloqueos, carpas en Reforma, policías quemados vivos, marchas armadas. Ya basta. Absolutamente de acuerdo con Granados Chapa: nunca más un Jesús Piedra en el secuestro y asesinato de un industrial, nunca más la desaparición de un Jesús Piedra en vez de entregarlo a las autoridades para juzgarlo y sentenciarlo. Ni la vergüenza de una madre casi oligofrénica (diagnóstico, no ofensa) trepando en su carrera política sobre el cadáver de un hijo para, luego, ir a sentarse al Senado con los asesinos del hijo, súbitos “camaradas” en los salarios y prestaciones de sultán… ¿Y el “pueblo”? Nunca más un grupo de mexicanos sorprendidos en territorio de la narcoguerrilla más sórdida en la sórdida historia de las guerrillas colombianas y latinoamericanas. Nunca más una protesta social con métodos criminales. No a la criminalización de la protesta social. Bravo, Miguel Ángel.

El solitario “legítimo”

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

Marcelo Ebrard no quiere saber nada de AMLO; lo dejó “colgado de la brocha”
Casi todos, desde intelectuales hasta políticos, lo han abandonado


La razón lo abandonó desde hace mucho. La pasión poco a poco lo deja solo. Y la conveniencia política de plano que no quiere saber nada de él, sobre todo ante 2009 y 2012. ¿De quién hablamos?

Todos saben que de Andrés Manuel López Obrador, hoy convertido en la “versión legítima” del “solitario de Palacio”, en la “clonación” del fenómeno Marcos —que señaló la ruta que hoy sigue AMLO—, y en el político del que más se habla. Sí, el más mencionado en medios, pero al que más cuestionan sus otrora fieles, aliados, feligreses y sacerdotes.

¿Quiénes están hoy con AMLO? Pocos: Porfirio Muñoz Ledo, Ricardo Monreal, Manuel Bartlett, Gerardo Fernández Noroña y René Bejarano. También lo siguen políticos de medio pelo que creen en el milagro, en un hueso, que convirtieron “el movimiento” en religión y confirmaron el carácter de “mesías” del tabasqueño.

¿Quiénes ya no están con AMLO? Lo dejaron Alejandro Encinas, buena parte de los “intelectuales” —que no lo dicen, pero lo hacen saber, igual que hicieron con el subcomandante Marcos—, Manuel Camacho, casi todo su “gabinete legítimo”, los gobernadores amarillos, senadores y diputados —están con AMLO 5%—, casi todos los asambleístas y jefes delegacionales y, especialmente, lo abandonó Marcelo Ebrard. ¿Marcelo?

Sí, el jefe del GDF ya “pintó su raya” y nada quiere saber de AMLO. ¿Y por qué Marcelo no lo dice de manera abierta; por qué juega al “conejo”? Porque harto abusadillo, juega las mismas cartas de AMLO. ¿Cuáles cartas? Elemental. Las de caminar por los senderos de la política “como pateando un bote...”. Pero se deben responder interrogantes. ¿Por qué han dejado solo a AMLO aquellos que hace poco le quemaban incienso y ponían en blanco los ojitos cuando les hablaba?

Las razones son muchas y de cata variada. La primera es que a poco más de dos años de julio de 2006, Andrés ya no tiene poder. El poder real. Todos saben que desde 1996 —cuando Andrés se convirtió en el presidente del PRD, y desde que se alió a Ernesto Zedillo para pactar la transición democrática y la alternancia del poder, y luego como jefe del GDF—, uno de los políticos más poderosos era el tabasqueño.

Su palabra, decisiones y chabacanerías eran ley divina —todos, políticos, intelectuales y periodistas olvidaban razón y sentido común frente a la demoledora fuerza de poder— a la que todos se sometían. ¿Por qué se sometían? Por la misma razón, por el poder. Porque decir “no” a esa encarnación de Dios en la tierra, era el pasaporte al infierno político. Todo aspirante a una carrera política, al reconocimiento intelectual y académico, a aparecer como parte del “movimiento por el cambio”, debía quedar bien con AMLO. Lo políticamente correcto era estar con AMLO. Los que cometíamos el pecado de cuestionarlo éramos algo así como herejes insensatos incapaces de ver y entender la palabra divina. Al final de cuentas ganó espacio la razón por sobre la pasión.

Pero luego vino la conveniencia política. ¿Eso qué es? La renta que obtienen los políticos de los líderes y caudillos. Es decir, que un líder como AMLO pudiera ser capaz de empujar o jalar tal o cual causa, a tal o cual candidato, a tal o cual gobierno. Pero en el caso de AMLO ocurrió precisamente todo lo contrario. Toda aspiración política a la que se acercó López Obrador, se convirtió en derrota asegurada. Se puede seguir puntual la historia desde el 2 de julio de 2006 a la fecha, y se concluirá que todo lo tocado por AMLO terminó en derrota. Bueno, el asunto llegó a extremos como el de Guerrero, en donde las elecciones destrozaron al PRD. A partir de ahí lo motejaron como el “jugo gástrico”, con todo lo que eso implica.

Y si en buena parte del país nada quieren saber de AMLO, en tanto liderazgo capaz de convertirse en votos, en poder, en el crecimiento de un movimiento político, en el DF menos. Y ese es el caso de Ebrard, cuyas ambiciones presidenciales y de poder para 2012 chocan de manera frontal con los delirios del “legítimo”. Marcelo lo dejó “colgado de la brocha” y va solo rumbo a su única oportunidad como un buen presidenciable. Y si no, al tiempo.

EN EL CAMINO

Sorprende el agotador trabajo de las y los senadores. Ejemplares mujeres que además de legislar tienen tiempo para hacer de sirvientas en la caja idiota. Las mujeres de la política que nos merecemos. Dominan la farsa en televisión y en el Congreso. Y claro, todos pagamos.