noviembre 06, 2008

Juan Camilo Mouriño ¿Quién fue?

La vida privada del que fuera secretario de Gobernación

Revista Quien
Alberto Tavira

Juan Camilo Mouriño, secretario de gobernación, tenía 37 años, era el segundo hombre más poderoso de la escena política mexicana. Construyó una meteórica carrera en tan sólo 10 años, nació en España pero se naturalizó mexicano a los 18. Sufrió un secuestro a mediados de los noventa.


Y es que Juan Camilo mantuvo un perfil sumamente bajo en los medios de comunicación mientras ocupó el cargo de jefe de la Oficina de la Presidencia de la República de diciembre de 2006 a enero de 2008. No daba entrevistas a nadie. La mayoría de las personas que iban a los lugares que él frecuentaba no reconocían su rostro. Era un personaje anónimo para casi todos. Pero en las altas esferas del poder político, económico, religioso y periodístico del país ya se comentaba sobre el hombre que le hablaba al oído al presidente Calderón. La importancia de llamarse Juan Camilo era un asunto conocido por las élites.

Antes de convertirse en el huésped principal de Bucareli, Juan Camilo solía asistir, ya sea por comidas de trabajo o con amigos, a restaurantes de cocina española. Uno de sus favoritos era el Centro Castellano, del hotel Camino Real, en Polanco, donde el que fuera coordinador de campaña de Calderón se reunió el año pasado con Los Felipillos: César Nava, Germán Martínez, Ernesto Cordero y Jordi Herrera, entre otros integrantes del equipo calderonista, para disfrutar de una final de futbol, deporte que desata las pasiones del grupo también conocido como Los Muéganos, porque a todos lados van juntos.

Juan Camilo también tenía fama de buen anfitrión. Con cierta frecuencia organizaba cenas en su departamento de las Lomas de Chapultepec. Para ello solía pedir con anticipación el menú de banquetes del restaurante El Lago. Desde su oficina en Los Pinos palomeaba lo que deseaba ofrecer a sus invitados y solicitaba los servicios del chef español Juan Antonio Sánchez Fernández, mejor conocido como Juancho, quien personalmente acudía al domicilio de Mouriño para preparar y supervisar los platillos de la cena.

Desde agosto del año pasado comenzaron a circular rumores sobre la posible salida de Francisco Ramírez Acuña de la Secretaría de Gobernación. En el círculo cercano de Calderón ya se hablaba de Juan Camilo como posible sustituto del jaliscience, que destapó a Calderón en mayo de 2004. Fue entonces cuando su esposa Mari Gely decidió dejar su confortable vida en Campeche para mudarse a la ciudad de México. Ella llevaba alrededor de siete años de resistirse a cambiar de domicilio, pues consideraba que el Distrito Federal era demasiado peligroso para sus hijos. Mouriño vivía en la capital del país desde el 2000 porque fue elegido por la vía plurinominal diputado federal por Campeche.


A mediados del año pasado los tacones comenzaron a sonar en los pisos del departamento de Juan Camilo y las risas de los niños jugando se convirtieron en un sonido constante en la casa. Mari Gely inscribió a sus hijos en colegios dirigidos por Legionarios de Cristo.

Hasta hace poco, Juan Camilo se daba tiempo para dejar de vez en cuando a sus hijos en la escuela. Ella, por su parte, trataba en la medida de lo posible de evitar cualquier acercamiento con el mundo de la política, que entiende y respeta, pero en el cual no se siente cómoda. Prefería mantenerse al margen y contribuir para que en su casa reinaran los aires de familia.

Al nuevo titular de la Segob le gusta ir de antro. No fuma, toma ron y baila salsa. (Nota del 13 de febrero de 2008 en Tabasco Hoy)

Promete Calderón esclarecer tragedia

Redacción EXonline

• Asiste Ebrard a homenaje de Mouriño
• Analizan en EU 'cajas negras' del LearJet 45
• Aclara SCT que el jet nunca pidió auxilio
• Un adiós bajo el cobijo de la bandera nacional
• Seis bajas que enlutaron Los Pinos

Ante la presencia de familiares, funcionarios públicos e invitados, el presidente Felipe Calderón reiteró sus condolencias a las familias de las personas que fallecieron en la tragedia aérea del pasado martes en la Ciudad de México y ofreció llevar a cabo todas las investigaciones necesarias para esclarecer las causas que provocaron la tragedia con el apoyo de los mejores expertos del mundo.


En su emotivo discurso en el Campo Marte, el Ejecutivo federal dijo que el mejor homenaje al secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, es seguir adelante y seguir viviendo intensamente, “como él lo estaría haciendo y diciendo”.

Luego de nombrar a cada uno de los colaboradores de la Secretaría de Gobernación que perdieron la vida, Calderón Hinojosa resaltó los logros de uno de sus mejores amigos y destacó su capacidad de diálogo en su carrera política.

Entre los últimos logros, mencionó el mandatario, está que los profesores de Morelos decidieran regresar a las aulas.

Además del secretario de Gobernación, en el percance también murieron José Luis Santiago Vasconcelos; el director general de Comunicación Social de la Secretaría de Gobernación, José Miguel Monterrubio Cubas; el coordinador de Eventos y Administración de la oficina del secretario de Gobernación, Arcadio Echeverría Lanz; la Directora de Información y Difusión de Comunicación Social de Segob, Norma Angélica Díaz Aguiñiga; el piloto aviador Julio César Ramírez Dávalos; el copiloto Álvaro Sánchez Jiménez y la sobrecargo Giselle Carrillo.

El cáncer extinguió al dinosaurio mayor, Michael Crichton

Excélsior
DPA y AFP


LOS ÁNGELES.-Michael Crichton poseía inusualmente varios talentos. Era médico graduado en Harvard, autor de 26 novelas y 11 guiones para cine, además de director y productor.

Fue guionista de la película Jurassic Park de Steven Spielberg, basada en un libro escrito por él, que lo hizo tan famoso que paleontólogos le dieron su nombre a una nueva especie de dinosaurios descubierta en China: Crichtonsaurus bohlini.

Crichton murió ayer de cáncer a los 66 años.

La serie televisiva ER (Emergency Room), creada y parcialmente escrita por él, aún es vista actualmente en todo el mundo más de 14 años después de su estreno en Estados Unidos. Allí Crichton describe sus experiencias como joven médico asistente. Doce de sus novelas fueron llevadas al cine. Él mismo dirigió siete veces y produjo éxitos cinematográficos como Twister, la historia de un devastador tornado en mitad de Estados Unidos.

Crichton nació en Chicago y se crió en Roslyn, una pequeña localidad cerca de Nueva York. Hijo de un periodista, primero estudió literatura y luego medicina. Ya en aquella época escribía novelas con seudónimo, entre otros como John Lange, una alusión a su estatura de 2.06 metros que le permitió de joven ser un buen basquetbolista. Además dio conferencias sobre antropología como profesor invitado de la Universidad de Cambridge, en Reino Unido.

Los libros de Crichton, de los cuales se vendieron 150 millones de copias, son leídos en todo el mundo. Sus mayores éxitos los obtuvo con thriller tecnológicos como The Andromeda Strain, The Great Train Robbery, The Lost World y State of Fear.

Su primer premio, el Edgar Allan Poe, lo obtuvo con su libro A Case of Need, escrito con seudónimo. La Asociación de Médicos estadunidense (AMA) lo distinguió con su premio literario por Five Patients - The Hospital Explained. En 1995 obtuvo un Oscar por logros técnicos, y ese año así como el siguiente sendos Emmy por ER.

En Westworld (1973) utilizó como primer cineasta imágenes bidimensionales creadas por computadora (CGI), y en 1976 alcanzó el éxito con imágenes tridimensionales en Futureworld.

Con un amigo, el neodadaísta Jasper Johns, Crichton editó un gran volumen de arte. Escribió programas informáticos y los presentó orgulloso en el libro técnico Electronic Life. En 1992, la revista People incluyó a Crichton, entonces aún de 50 años, en su lista de las “Cincuenta personas más atractivas”. Estaba casado en quintas nupcias con la actriz Sherri Alexander (Sex And The City) y tuvo una hija, Taylor, de una relación anterior.

Además de sus obligaciones con Hollywood, el médico Crichton también criticó el abuso con patentes en el sistema de salud norteamericano.

En comentarios y artículos, entre otros para el diario The New York Times, denunció reiteradas veces que en su país el 20 por ciento de los genes humanos ya están bajo patente. Agregó que esto encarece innecesariamente los exámenes y tratamientos, y que por razones legales y de costo se impide que los científicos sigan investigando enfermedades en un gen ya patentado.

Crichton fue reservado en cuanto a su propia enfermedad. Él luchó en privado contra el cáncer, informó su familia.

En 2004 figuró con el número 41 en la lista de 100 celebridades más adineradas de la revista Forbes, con una fortuna de 33.5 millones de dólares.

Las reacciones a su deceso no se hicieron esperar. El director de Jurassic Park, Steven Spielberg consideró a Crichton como un amigo y compañero de muchos años.

“Su talento fue mayor que sus dinosaurios en Parque Jurásico”, escribió el cineasta, quien aseguró que Crichton tuvo la capacidad única de relacionar la ciencia con grandes conceptos escénicos para darle mayor credibilidad al mundo de los dinosaurios.

“Será extrañado profundamente por aquellos que marcó sus vidas, pero deja entre sus grandiosos legados una sed por el conocimiento, el deseo por entender y la sabiduría para usar nuestras mentes para mejorar nuestro mundo”, indicó el comunicado de la familia.

Best seller

Las tres películas basadas en la creación más conocidas de Chrichton fueron éxitos descomunales en la taquilla mundial:

Jurassic Park: 914 millones de dólares.

The Lost World: 618 millones de dólares

Jurassic Park III: 368 millones de dólares.

El mundo lo conoció como un gran narrador que cuestionó nuestras ideas preconcebidas sobre el mundo.”

Fue un alma suave, que supo reservar su lado extravagante para las novelas.”

Director de la versión fílmica de Jurassic Park

Fuente: www.boxofficemojo.com

Analizan en EU cajas negras de avión en que viajaba Mouriño

Redacción
El Universal
Ciudad de México
Jueves 06 de noviembre de 2008

Detalla el secretario de Comunicaciones, Luis Téllez, que además de la caja negra, se recuperó la grabadora de voz de la aeronave

El secretario de Comunicaciones y Transportes, Luis Téllez Kuenzler, informó hoy que las cajas negra del avión accidentado, donde falleció el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, junto con el ex titular de la SIEDO, José Luis Santiago Vasconcelos y otros funcionarios federales, está siendo analizada por expertos de Estados Unidos.

En conferencia de prensa, Téllez Kuenzler señaló que, además de hallar la caja negra del Learjet 45, también se recuperó la grabadora de voz, lo que permitirá explicar las causas de la caída de la aeronave.

La grabadora contiene las conversaciones entre los politos y la tripulación de la aeronave.

El el secretario detalló que el día de ayer un avión del gobierno mexicano viajó hacia Washington con la caja negra para que sea analizada por expertos de la National Transportation Safety Board.

Los resultados del análisis estarán en una semana, informó.

El secretario de Comunicaciones y Transportes dijo que un equipo de expertos estadounidenses apoya la investigación del accidente, y que desde esta mañana están laborando en el aérea donde cayó la aeronave.

Las áreas que serán investigadas, tanto por autoridades mexicanas, como por expertos extranjeros son: Factores humanos, operaciones, mantenimiento, metereología, tránsito y medicina forense.

'Brazo derecho' por Paco Calderón

Minutos que cambian la historia

Rafael Álvarez Cordero
rafael.alvarez@nuevoexcelsior.com.mx
Excélsior

Al ver cómo se desarrollaron las elecciones en EU siento envidia: cualquiera puede ser candidato, se puede pedir dinero, hacer publicidad y propaganda el día de las elecciones, votar días antes y, lo mejor, el resultado se sabe de inmediato y el perdedor lo reconoce...

PUERTO VALLARTA.- Una aeronave a punto de llegar al aeropuerto cae y cambia la historia.

Un senador negro gana la presidencia de su país y cambia la historia. Ambos acontecimientos, uno trágico, el otro insólito, tendrán repercusiones en la vida nacional y la internacional.

Juan Camilo Mouriño no sólo era el secretario de Gobernación, sino el más cercano amigo y colaborador del presidente Calderón desde tiempo atrás. Su muerte, que muchos lamentamos (yo en particular), trastoca el precario equilibrio del Poder Ejecutivo y plantea numerosos interrogantes: ¿quién lo reemplazará? No parece lógico que sea alguien del gabinete, ya de por sí endeble y desorganizado. ¿Será, como alguien lo propone, el “jefe” Diego Fernández de Cevallos, cuestionado pero enérgico?, ¿podrá ser Eduardo Medina-Mora?, ¿será..?

Pero hay una interrogante mayor: ¿en verdad es necesaria en el momento actual una Segob?, ¿no sería mejor que el Presidente cuente con un jefe o coordinador de gabinete (un chief of staff) cercano a él, para tener el control de lo que ocurre en el país y un contacto adecuado y permanente con los poderes Legislativo y Judicial, con gobernadores y demás?

A su regreso de Guadalajara, Felipe Calderón dio un mensaje sobrio, claro y contundente. Sin poder ocultar su pesar, lamentó lo ocurrido, pero invitó a los mexicanos a “pelear sin descanso por los ideales que tuvo Juan Camilo Mouriño” y a “cumplir nuestro anhelo de tener un México mejor”.

La presidencia de Felipe Calderón nunca será igual. Es una tragedia, sí, pero también una oportunidad de cambio. El Presidente deberá, de una vez y para siempre, ignorar a los terroristas políticos y poner todo el empreño en su programa de trabajo, sin voltear a ver ni a oír los gritos y las amenazas de sus enemigos, que son enemigos de México, rencorosos y siniestros.

Y, del otro lado de la frontera, después de meses de lucha, Barack Hussein Obama, quien desde hace unos años es recordado como el mejor orador que ha pisado la Cámara alta , habló ante casi un millón de simpatizantes reunidos jubilosamente en Chicago. Había logrado una victoria aplastante, no sólo en la presidencia, sino en ambas cámaras. Su discurso, brillante como siempre, fue alentador y veraz. Dijo: “Esto no es el cambio, es la oportunidad para hacer el cambio”, e invitó a todos, blancos y negros, ricos y pobres, republicanos y demócratas, hispanos, orientales, africanos, etcétera, a trabajar para que los Estados Unidos de América sea el país que todos desean.

Al ver cómo se desarrollaron las elecciones allá, siento envidia: cualquiera puede ser candidato (Ralph Nader compitió de nuevo), es posible pedir dinero (McCain y Obama colectaron millones), se permite hacer publicidad y propaganda hasta el mismo día de las elecciones, votar días antes y, lo mejor, el resultado se sabe (se supo) de inmediato y el perdedor McCain lo reconoció públicamente y felicitó a Obama. ¡Qué diferencia con nuestro sistema electoral arcaico y amañado y con nuestros políticos obcecados y necios!

Hay minutos que cambian la historia. Lo ocurrido en Reforma y Periférico y en las urnas de Estados Unidos cambiará nuestras vidas para siempre.

Mientras más normal, más sospechoso

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Supongo que ciertos funcionarios del Gobierno de Calderón han recibido instrucciones muy precisas para que la tragedia del Learjet en que viajaba Mourinho sea explicada al público como lo que fue: un accidente, por lo pronto. O, si las investigaciones terminan por comprobarlo, un atentado. De otra manera no entenderías la minuciosa conferencia de prensa que ofreció ayer el secretario de Comunicaciones y Transportes: los legos pudimos enterarnos ahí de cuestiones tan específicas como las comunicaciones entre los centros de control del espacio aéreo del valle de México, las trayectorias de aproximación al aeropuerto, las distancias que separaban a los distintos aviones que aterrizaban, etcétera. Todo ello validado tanto por las grabaciones de los intercambios entre pilotos y controladores como por los gráficos de las imágenes recibidas en los radares.

Muy bien. Es un notable ejercicio de transparencia que busca evitar especulaciones y fantasías por más que, en este país, cualquier suceso sea trasmutado, de inmediato, en un acontecimiento sospechoso: ya sabemos que en México nada es lo que parece. Ya ayer, en la presentación del secretario Téllez, algunos periodistas exhibieron su mala leche y su ignorancia: gruñeron que en ese punto de la ciudad habían ocurrido otros accidentes (sí, en efecto, dos helicópteros se cayeron despegando y aterrizando en edificios cercanos pero eso no tiene nada que ver con los jets que sobrevuelan por encima) y que la “avioneta” de Gobernación iba demasiado cerca del Boeing de Mexicana que la precedía en la secuencia para el aterrizaje. Pero, más allá de estas conjeturas arbitrarias ¿cuál puede ser la conclusión que la gente de a pie derive de las aclaraciones oficiales? Pues, justamente, que algo hay de inexplicable a pesar de los esfuerzos del Gobierno por ofrecer un escenario de absoluta normalidad. Porque, señoras y señores, si el avión llevaba el rumbo correcto, si no se había detectado anomalía alguna, si todo estaba bien, entonces, ¿por qué se cayó?

Juan Camilo

Yuriria Sierra
Nudo Gordiano
Excélsior

La última vez que lo vi fue hace dos semanas durante la comida de la CIRT con el Presidente. En esa ocasión, como en todas las demás, saludé a un Juan Camilo sonriente, bromista, pero siempre pendiente de cada detalle de lo que a su derredor ocurría. Y cómo no: desde su arribo a la Secretaría de Gobernación, Juan Camilo Mouriño supo que los tiempos no se veían fáciles. Habían pasado apenas un par de meses de su nombramiento, cuando llegaron los escándalos que lo acusaban de tráfico de influencias para beneficio a favor de los negocios que su familia posee en Campeche, esto, sacado a la luz por miembros del Partido de la Revolución Democrática. Casi al mismo tiempo, los opositores a la Presidencia de Calderón mostraron su descontento ante la llegada de Mouriño, al segundo despacho más importante del país, con otro escándalo con la clara intención de sacarlo de la Segob y, de paso, de la carrera política en vísperas de 2012, con aquella famosa duda sobre su nacionalidad. Episodios con resultados nulos para los acusadores: Mouriño no quebrantó la ley en momento alguno, según los resultados de todas las investigaciones.

A pesar de todos los señalamientos en su contra, Juan Camilo Mouriño tomó el lugar que Felipe Calderón le había asignado y logró lo que parecía imposible: dialogar con el PRD. Las razones que lo llevaron a las oficinas de Bucareli también fueron las mismas que lo mantuvieron firme durante el tiempo que ocupó el cargo, tal como lo expliqué, en este mismo espacio, un día después de su nombramiento, el 16 de enero de este año: “A pesar de su corta edad (37 años), el ahora secretario de Gobernación ha sido, desde el principio, el verdadero interlocutor del Poder Ejecutivo con la clase política del país. Ha sido él quien ha instrumentado y negociado todos los temas que a la Presidencia le ha interesado sacar adelante. Ha sido él quien ha administrado políticamente al gabinete calderonista. Y ha sido él quien, desde la campaña, empezó a articular, junto con el presidente Calderón, el proyecto de relevo generacional entre los tomadores de decisiones.”

Esas mismas cualidades lo llevaron a que, sin titubeos, lograra poner en la mesa a miembros de los diversos partidos políticos en la búsqueda del mentado acuerdo energético, a pesar de todo el movimiento que algunos hacían con tal de impedirlo. Fue el interlocutor entre un Poder Ejecutivo que no encontraba oídos y un Legislativo áspero. Se convirtió, a nivel federal, porque lo era ya a nivel personal, en el brazo derecho del presidente Calderón.

Su muerte no sólo cimbra la calma con la que el país intentaba seguir su curso tras los atentados de Morelia. Nos da —y duro— en la confianza. Unos momentos después de saber que en la nave estrellada en Las Lomas de Chapultepec se encontraban el secretario de Gobernación, el ex subprocurador de la PGR, José Luis Santiago Vasconcelos, y otras siete personas, de inmediato hubo quien salió y aseguró que fue un accidente. Sin el inicio de una investigación, intentaron echar abajo el supuesto de un atentado.

Y no es que seamos fatalistas, pero muy extraño es que, durante el reconocimiento de lo sucedido, la figura del Estado haya recaído prácticamente completa sobre Marcelo Ebrard durante las primeras horas. Él fue el único que habló todo en los momentos iniciales y dio la cara en nombre de un grupo de funcionarios que no se atrevía a decir algo. Ni siquiera el resto del gabinete de Felipe Calderón se atrevió a dar alguna declaración sobre lo sucedido. Marcelo sí lo hizo, y lo hizo bien.

Y es que, a la pregunta expresa de “¿atentado o accidente?”, al gobierno federal no le queda sino optar de manera pública por la segunda opción. Sería una declaración demasiado fuerte y que, irónicamente, lo debilitaría frente al resto de los ciudadanos porque mostraría su lado más vulnerable y la incertidumbre sería mayor. Evidentemente, esto no significa que con las explicaciones dadas hasta el momento estemos satisfechos. Si fue un accidente, necesitamos detalles de lo que pasó. Si fue un atentado, urgimos por consecuencias tales que alcancen para devolverle al país la fuerza que con Mouriño se llevaron. Lo cierto es que, así bajara Dios Padre a dar una conferencia de prensa a jurarnos que fue un accidente que él mismo comandó a su corte celestial, la percepción en la opinión pública de que el avionazo del martes fue un atentado difícilmente podrá modificarse. Por lo tanto, las investigaciones deberán ser absolutamente escrupulosas y transparentes, porque se trata de la única oportunidad de que la sociedad recupere un poco de certezas con respecto a lo que sucede en su país.

¿Qué sigue ahora? Ya sabemos que Abraham González Uyeda queda a cargo del despacho de manera provisional mientras el presidente Calderón nombra un nuevo titular en la Segob. Siguen los servicios funerarios en el Campo Marte, con la propiedad requerida por tratarse de un secretario de Estado. También siguen las dudas que hagan trabajar a quien le corresponda la investigación. Y mis condolencias, sentidas con la misma fuerza del resto de quienes conocimos a Juan Camilo, para sus amigos, todos, y en especial para su esposa y sus pequeños hijos.

El fenómeno Iván

Joaquín López-Dóriga
lopezdoriga@milenio.com
En privado
Milenio

Algún día contaré mi historia sin mí. Florestán

Nunca pensé que en el actual clima de crispación y enfrentamiento, en el escepticismo en el que nadie cree en los políticos ni en las ideologías, ni en la economía ni en el mercado ni en el socialismo y, como dijo el mismo presidente Calderón al referirse a los jóvenes, "y muchos ni en Dios", la muerte de un funcionario público pudiera causar la consternación social que ha provocado la trágica desaparición de Juan Camilo Mouriño.

El joven secretario de Gobernación no cruzaba por su mejor momento público, al contrario: lo habían hecho pedazos con el caso de los contratos de Pemex, cuyo tráfico siempre negó; de la autenticidad de su ciudadanía, de la de su mamá; luego el caso de su padre, las descalificaciones a su papel como titular de la Segob y hasta se dudaba de su cercanía, nunca afectada, con el presidente Calderón, poniéndole plazos de salida y nuevos destinos, en el afán opositor de deshacerse de él.

Iván, como le decía su padre, como le llamaba con afecto entrañable el mismo Felipe Calderón, provocaba la violencia de sus enemigos políticos y la admiración de los suyos, sobre los que ejercía una extraña atracción.

La última vez que lo vi fue durante la comida que el presidente Calderón y Margarita, su esposa, ofrecieron a los príncipes de España en el Castillo de Chapultepec, donde quedamos como siempre, en el siempre pospuesto encuentro.

El fin de semana anterior tenía una llamada suya por el radio telefónico, que contesté diciendo que yo me había equivocado, adelantando que quien se había equivocado al marcarme había sido él.

Este martes por la tarde, en Washington, cuando había iniciado la transmisión especial prevista con motivo de las elecciones en Estados Unidos, me enteré de su muerte al caer el avión de la Secretaría de Gobernación en el que regresaba a México de una visita a San Luis Potosí.

La primera información: una avioneta había caído en la Fuente de Petróleos –no puede ser avioneta, pensé, porque por ahí no vuelan. Luego que había sido un avión privado –y me dije que tampoco, pues al aeropuerto de la Ciudad de México sólo llegan los oficiales. Después que era el de Gobernación, más tarde que en él viajaba Juan Camilo y finalmente que había muerto en el accidente, con otras siete personas más.

Por la noche, un desvastado Presidente confirmaba los fallecimientos y su compromiso de determinar las causas del accidente, colocándose como el primer interesado en conocer qué provocó la tragedia y muerte de quien fue su amigo, colaborador, inspiración y proyecto; si fue un accidente o no.

Y ayer recibí una carta que empezaba diciendo "Estimado Joaquín" y terminaba con "un fuerte abrazo" y la firma de Juan Camilo Mouriño.

Cosas del destino, de la vida, pero también de la muerte.

Nos vemos mañana, pero en privado.

La dimensión personal, política, de la tragedia

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Robert Kennedy, destrozado por el dolor de la muerte de su hermano, el presidente John Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, atenazado por la convicción de que había sido asesinado como consecuencia de una conspiración, pero convencido de que ni el país ni él mismo podían aventurar esa hipótesis en público, por lo menos no en esos días y esos años, se tomó unos días en la isla de Antigua, para leer, encerrado en una cabaña, el libro El camino de los griegos. Encontró especial consuelo, dicen sus biógrafos, en una frase de Esquilo, el dramaturgo y héroe de Maratón: “Aquel que aprende —escribió Esquilo y leyó Kennedy—, debe sufrir. E incluso en nuestro sueño, el dolor que no puede olvidar cae, gota a gota, sobre el corazón y en nuestra propia desesperación, y en contra de nuestra voluntad, llega la sabiduría hasta nosotros por la terrible gracia de Dios”.

Los hechos ocurridos en la tarde del martes 4 de noviembre deben poner al presidente Calderón en una tesitura similar. La muerte de Juan Camilo Mouriño, de José Luis Santiago Vasconcelos, de Miguel Monterrubio y de otros colaboradores del secretario de Gobernación, no sólo constituye una tragedia personal, humana, sino también política. Para aprender, se debe sufrir, decía Esquilo, pero a veces las lecciones son demasiado dolorosas. Y si, antes de estos hechos, el presidente Calderón estaba en la encrucijada de tener que definir cambios profundos en su gobierno, hoy son las circunstancias, trágicas, las que lo obligan a ello.

Juan Camilo Mouriño era, sin duda y por encima de vicisitudes políticas, uno de sus mejores amigos y de sus más cercanos colaboradores. La pérdida es tan personal como política. En los últimos días se había especulado con la posibilidad de que Juan Camilo dejara Gobernación para buscar, ya fuera la gubernatura de Campeche o una diputación federal. El mismo Juan Camilo lo había desmentido en encuentros privados y, esta misma semana, hablando con uno de sus colaboradores de mayor confianza, me decía que, en realidad, Mouriño quería continuar en Gobernación porque consideraba que, aprobada la reforma energética, ahora sí tenía un triunfo político que entregarle al Presidente. Era también Mouriño, en parte por atavismos estúpidos, por chovinismos antediluvianos, objeto de una persecución política implacable de alguno de sus enemigos. Y en esa persecución había cometido errores políticos de los que, según decía en sus últimos días, quería resarcirse con su amigo el Presidente. No tuvo tiempo, no tuvo espacio, se cruzó el destino que segó su vida. Podría o no haber continuado en Gobernación, pero de lo que no cabe duda es de que, desde allí o desde otra posición, era una pieza personal, un amigo no sacrificable, del presidente Calderón. Pero también uno de los exponentes de la nueva clase política, de la nueva generación que tiene que construir desde el presente nuestro futuro.

José Luis Santiago Vasconcelos era un funcionario público ejemplar y, además, un amigo. En lo personal no me cabe duda de que, como no puede ser de otra manera en una carrera de dos décadas dedicada al área más delicada, más peligrosa, de la seguridad pública y la nacional, de que en ello tuvo grandes aciertos y también errores. Pero no me cabe duda tampoco de su honestidad y entrega. Santiago Vasconcelos sentía que esa responsabilidad institucional que asumía era una suerte de misión que tenía en la vida y estaba entregado a ella. Sufrió innumerables amenazas, atentados (algunos, públicos, otros que quedaron en el registro privado) y asumió una de las decisiones más delicadas (probablemente la que constituye hasta hoy el mayor golpe real al narcotráfico): la extradición a Estados Unidos de prácticamente todos los capos de la droga que estaban en condiciones legales de ser enviados al país del norte. Tenía muchos enemigos pero contaba con la confianza, forjada en un trabajo de años, de áreas de seguridad, del Ejército Mexicano y de los principales servicios de información e inteligencia de varios países, entre ellos Estados Unidos. Como aquí dijimos, no sólo no estuvo involucrado en los hechos de infiltración que se divulgaron en la SIEDO en semanas pasadas, sino fue una figura clave en las investigaciones sobre lo sucedido. Y, por eso, el presidente Calderón lo colocó en una posición estratégica para coordinar las reformas jurídicas y de seguridad. Hemos perdido a uno de los hombres clave en la lucha contra el crimen organizado. Y a un amigo.

Miguel Monterrubio debería estar disfrutando enormemente lo que ocurría en Washington, el tono de la campaña electoral y el triunfo de Barack Obama. Había hecho buena parte de su carrera como comunicador en la embajada de México en Estados Unidos y fue uno de los colaboradores más talentosos, más cultos y mejor informados de las áreas de comunicación del gobierno de Calderón. Era un hombre joven, con un enorme futuro personal y profesional. Una pérdida, una vez más, no sólo de un gobierno, sino de una generación política.

Ya habrá posibilidad y espacios para la investigación a fondo, puntual, con datos duros, de lo sucedido. La pérdida política y personal es para muchos irreparable. La tragedia se dio, en forma simultánea, en uno de los momentos más significativos de la historia contemporánea, en una tarde que tendría que haber sido, y en buena parte del mundo lo fue, de fiesta: el triunfo de Barack Obama. Fue la victoria de la lealtad consigo mismo, del esfuerzo, el tesón, de una generación que finalmente llegaba al poder, mientras en nuestro México sufría golpes desgarradores. Queda, con todo, una lección: 40 años después de los asesinatos de Martin Luther King y de Robert Kennedy, aquel lector que buscaba consuelo en Esquilo, verdaderos inspiradores de Obama, el pasado pudo ser vencido por el voto, la gente, el compromiso y no por la venganza. Ojalá no nos tardemos tanto.

Accidente o atentado, falló la seguridad

Salvador García Soto
Serpientes y Escaleras
El Universal

Empiezan a surgir datos, hechos, evidencias de que la trágica muerte de Mouriño estuvo rodeada de graves fallas en los protocolos para los funcionarios de alto nivel

Mientras Calderón se debate entre el duelo personal de perder un amigo y la apremiante decisión de un nombramiento que será clave para lo que resta de su gobierno (que todo indica se dará hasta el viernes), muchas versiones y especulaciones campean sobre la tragedia que costó la vida a Juan Camilo Mouriño y al menos a 12 personas más, entre funcionarios y civiles.

Si bien ninguna hipótesis puede descartarse, fue el propio Presidente quien ordenó que se investigue a fondo qué pasó y abrió el abanico de causas más allá del accidente. Y así empiezan a surgir datos, hechos, evidencias de que la trágica muerte de Mouriño estuvo rodeada de graves fallas en los protocolos de seguridad obligatorios para los funcionarios de ese nivel y de los que es responsable el Estado Mayor Presidencial.

Al menos dos de esos protocolos obligatorios, especialmente en el momento de violencia por la guerra contra el narcotráfico, no se cumplieron o se relajaron de tal modo que pudieron vulnerar la seguridad de los funcionarios.

El primer protocolo que no se cumplió, a decir de expertos militares, fue el nulo resguardo que existió en el aeropuerto de San Luis Potosí, durante la llegada y el abordaje de regreso del secretario de Gobernación. En medio de una guerra declarada como la que se vive contra el narco, el Ejército debió estar cuidando en todo momento la terminal aeroportuaria, y en las imágenes que se difundieron del abordaje de regreso de Mouriño no se observa ningún resguardo militar.

Fue hasta las 20 horas del martes, una vez confirmada la muerte de Juan Camilo, que efectivos del Ejército llegaron a acordonar el aeropuerto junto con los peritos de la PGR que comenzaron a buscar evidencias en el lugar. ¿De quién fue la omisión?

La segunda falla grave de seguridad fue permitir que dos funcionarios del nivel del secretario de Gobernación y el ex fiscal antidrogas, José Luis Santiago Vasconcelos, viajaran juntos, en un mismo avión. Máxime cuando sobre el ex titular de la SIEDO pesaban conocidas amenazas de muerte del narcotráfico e incluso hubo intentos de atentados del cártel del Golfo y otros grupos del narco en al menos tres ocasiones, la más reciente el 17 de enero de este año. ¿No sabían los militares del EMP que custodiaban a Juan Camilo que eso es uno de los protocolos básicos en su labor?

El jefe de ayudantes, del EMP, Julio César Ramírez Dávalos, recién nombrado hace unas semanas cuando se cambió al anterior militar encargado de la seguridad de Mouriño, también falleció en el choque, pero alguien debió advertir del riesgo que representaba un viaje con dos funcionarios de ese nivel a bordo de la misma aeronave.

En el Estado Mayor Presidencial debieran explicar qué sucedió y por qué no se siguieron los protocolos de seguridad en momentos en que, se sabe, el gobierno está inmerso en una confrontación abierta y escalada contra los grupos del crimen organizado.

No se sabe aún si esta tragedia fue producto de una falla técnica, un error del piloto o si hubo un atentado de por medio. Eso lo arrojarán las investigaciones que tendrán que ofrecer resultados rápidos y contundentes si no quieren que se generalice, como en otros casos, la percepción y las suspicacias que descalifiquen de entrada la versión oficial.

Pero lo que sí está claro es que, para el nivel de funcionarios que viajaban en esa aeronave, y en el contexto de guerra que se libra en el país contra el narcotráfico, hubo serias fallas en la seguridad. Y de eso tendría que haber responsables.

NOTAS INDISCRETAS... La decisión que tome el Presidente sobre su nuevo secretario de Gobernación es vista de antemano como trascendental. No sólo por la posición estratégica, sino porque según el operador que elija, será la señal que Calderón mande sobre cómo enfrentará esta crisis. Y ya comienzan los nombres: desde César Nava hasta Josefina Vázquez Mota. Héctor Larios y Alejandro Zapata Perogordo serían otras opciones que analizan en la casa presidencial, donde hasta se ha mencionado al embajador en España, Jorge Zermeño. Pero de todos, hay un dato que algo debe significar. El único al que se vio el lunes por la noche en el Palacio de Covián fue a Zapata Perogordo... Dos cosas sorprendieron del mensaje presidencial del martes por la noche y son dignas de mencionar: el aplomo y la entereza con la que el presidente Calderón salió a anunciar la muerte de su amigo y uno de sus hombres más cercanos, y lo bien armado y estructurado del discurso que debió escribirse en menos de dos horas a bordo del avión presidencial... Los dados mandan serpiente. Mala pasada.

No se acabó la rabia

Carlos Marín
cmarin@milenio.com
El asalto a la razón
Milenio

Era previsible: el haber publicado aquí por segunda ocasión (la primera fue cuando vivía) que a Juan Camilo Mouriño se le quiso linchar como supuesto “corrupto” desató insultantes reproches del sector menos informado de la cuestionable “izquierda” fundamentalista.

“Qué cruda estupidez la tuya si crees lo que estás escribiendo de Mouriño y Vasconcelos”, plantea alguien que ignora que aquí no se publica lo que se cree, sino lo que se sabe.

“Ahora resulta que fue (no aclara quién) un hermano de la caridad; seguramente se te acabó el negocio, pero no te preocupes, ya llegará otro que te llegará al precio; total, se ve que eres barato”, escupe otro.

De quienes mueren, es verdad, suele decirse que tenían más virtudes que un santo.

Pero no es el caso de lo escrito aquí a propósito de Mouriño y José Luis Santiago Vasconcelos, cuyos errores o descuidos de salva quisieran sus linchadores hacer pasar como “delitos”.

Salvo evidencia en contrario (no chismes, no calumnias, no cuentos), a sus deudos les queda el consuelo de que ambos fueron hombres honrados.

En la tragedia, cambios indispensables

Humberto Musacchio
hum_mus@hotmail.com
Excélsior

La muerte violenta de Juan Camilo Mouriño y de José Luis Santiago Vasconcelos debe poner en guardia a las autoridades de todo ámbito y nivel, pues si es un mero accidente habrá más de un culpable por ineptitud o negligencia, pero si, como muchos sospechamos, se confirma que fue un atentado del narcotráfico, se comprobará que los poderes fácticos han tomado la iniciativa en la guerra contra el Estado mexicano, pues ya no se trata meramente de la persecución de delincuentes, sino de un cabal enfrentamiento, de tú a tú, al más alto nivel, entre el crimen organizado y las instituciones, lo que significa que nadie, ni las personas más protegidas del país, está a salvo.

México padece la profunda división que dejó el sucio proceso electoral de 2006. Para una parte de la sociedad, las instituciones se pusieron al servicio de una facción y la consecuencia es que el encono está presente en las relaciones entre el gobierno y un amplio sector de la población. En esas condiciones, sobra decirlo, sufre una merma notoria la eficacia que requiere cualquier gobierno.

Pero con todo y la debilidad institucional, debe insistirse en que ni uno ni varios ni todos los poderes fácticos pueden ser superiores al Estado, pues cuando así ocurre —por ejemplo en una revolución o cuando una sociedad llega a la descomposición extrema, como lo hemos visto en Haití y en otros países— es porque las instituciones ya no juegan papel alguno. Por fortuna no es hoy el caso de México, pero en la esfera estatal hay insuficiencias, cabos sueltos, tendencias centrífugas que deben atenderse de inmediato, especialmente en la coyuntura de una profunda y previsiblemente larga crisis económica de la que ya empezamos a sentir los efectos.

Una primera medida que se antoja indispensable es hablar con la verdad. La información se ha manejado mal, ya sea por insuficiencia o deseos de manipularla o ambas cosas. La noche del siniestro se dijo con insistencia que solamente eran ocho los muertos, cuando nada más en el avión viajaban ocho y en la zona del impacto hubo decenas de vehículos destruidos, muchos con personas a bordo, a las que habría que sumar las que caminaban ahí en la hora en que los empleados salen de las oficinas.

Por testimonios aparecidos en la prensa, sabemos que la explosión fue de alto poder destructivo y que lo fue igualmente la onda expansiva, al extremo de que un número indeterminado de cuerpos no podrán localizarse, pues fueron lanzados en pedazos en todas direcciones y más de uno pudo literalmente esfumarse por el efecto del estallido y la altísima temperatura que se alcanzó en el momento.

Si se confirma la hipótesis del atentado, habrá que reorientar la estrategia informativa, la que hasta ahora presentaba el enfrentamiento contra el crimen organizado como una sucesión interminable de éxitos gubernamentales, pese a que esa versión era desmentida cotidianamente por los hechos. Parece más sensato reconocer que no hay victoria posible y que la elevación geométrica de los costos obliga a replantearse el problema con realismo para recurrir a salidas sensatas que muy bien pueden incluir la despenalización reglamentada de las drogas, al menos de algunas. De otro modo seguiremos en la espiral de violencia, con el diario reguero de muertos y ahora, por si algo faltara, con el asesinato de personajes del más alto nivel.

Parece llegada la hora de grandes cambios en el equipo de Felipe Calderón, quien incluso tendría que pensar en un gabinete de coalición en el que estén las personas más indicadas. Los hechos ya mostraron que no se puede gobernar con los amigos y patrocinadores. Cuando está en riesgo la República, el príncipe tiene que olvidarse de afectos y si es necesario aliarse con sus enemigos de ayer.

El triunfo de Barack Obama en Estados Unidos, un país legalmente racista hace apenas cincuenta años, es consecuencia de una profunda y extendida transformación de las mentalidades que exige modificaciones de fondo en líneas estratégicas de economía, política exterior y actividad militar. Los alcances de la abrumadora votación a favor del candidato afroestadunidense tardaremos en reconocerlos y más todavía en entenderlos, pero con todos sus problemas y retos, las épocas de transformaciones profundas son también de grandes oportunidades.

El Tratado de Libre Comercio, tan celebrado por los sectores empresariales beneficiados, ha ahondado aquí la desigualdad y ha llevado a los sindicatos del país vecino, especialmente a los de la industria automotriz, a una situación que exige cambios inmediatos. México debe aprovecharlo para negociar los aspectos más negativos del acuerdo e introducir en el debate temas que hoy son tabú, como la despenalización concertada de las drogas, de ciertas drogas al menos.

Nuevo gabinete aquí y nuevo presidente allá pueden propiciar las respuestas que esperamos los mexicanos para que la crisis económica sea menos desastrosa, para que aminore la violencia criminal y, sobre todo, para que la esperanza vuelva al escenario y al ánimo de cada mexicano.

En busca del accidente perdido

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

Los narcotraficantes son capaces no sólo de matar polícias, sino de tirar aviones
Tanto especula el que señala atentado como el que se aferra a que fue un accidente


Con sensatez, el secretario de Comunicaciones y Transportes, Luis Téllez, reclamó “no hacer especulaciones si no hay datos precisos” sobre la tragedia que sacudió al gobierno federal.

Sí, sin datos puntuales y producto de una profunda investigación, no es posible aventurar conclusiones. Sin embargo, el propio Téllez —además de otros secretarios de Estado— parece que “ruegan a Dios” por confirmar un accidente, antes que dejar que las pesquisas den respuestas que den los especialistas forenses en accidentes de aviación.

Y es que si el gobierno federal apela a no especular en tanto no existan resultados científicos sobre la tragedia, los propios servidores públicos federales —sea la PGR, SSP, Sedena, SRE o SCT—, deben limitarse a especular sobre la inexistencia de un eventual atentado que pudo ser la causa de la tragedia. ¿Por qué?

Porque, en efecto, sin evidencias, sin el trabajo y los resultados de los científicos forenses de aviación, las probabilidades de que se haya tratado de un accidente son iguales a aquellas de que haya sido un atentado. Salvo pruebas contundentes —las que nadie tiene hasta ahora, y nadie tendrá sino en semanas o meses—, nadie puede asegurar que fue o no fue un accidente o que fue o no un atentado. Es decir, especulan tanto los que dicen que no hay indicios de atentado, como aquellos que aseguran que se pudo haber tratado de un atentado.

Vale recordar que según la ciencia forense especializada en tragedias aéreas, son miles las causas que provocan la caída de un avión. Y de entre esas causas las hay de lo más inverosímil y absurdo, hasta atentados terroristas y el estallido de un artefacto; el cansancio de materiales o una descompresión explosiva. Algunas de las grandes tragedias de la aviación mundial, por ejemplo, se han producido por bombas —artefactos colocados por grupos terroristas— o por simples errores como el de dejar pegado en sensores de temperatura un simple adherible, o por la falta de un tornillo.

Pero llegar a una conclusión como las anteriores lleva semanas o hasta meses de investigación, recopilación de evidencias, pruebas científicas, recopilación de evidencias y testimonios… En suma, de un trabajo monumental que hace imposible saber en dos o tres días, a botepronto, a simple vista, a partir de una sola evidencia, si es o no es un accidente, si es o no un atentado. Y pretender convencer a todo un país de uno u otro de los extremos, sin más argumentos que los políticos, resulta, por lo menos, irresponsable.

En sentido contrario —y les guste o no a los hombres del poder—, no se incurre en especulación alguna si se habla de “la guerra” que desató el gobierno de Calderón contra el crimen organizado y el narcotráfico, y sobre la posibilidad de que se pudo tratar de un atentado. Debemos entender —y no olvidar ni un solo minuto por lo menos durante esa guerra—, que los narcotraficantes son capaces no sólo de tirar aviones, colocar bombas en helicópteros, matar jueces, policías, secretarios de Estado; sea en México, sea en Colombia o en donde los gobiernos se atraviesan a los criminales.

Vicente Fox cometió el error de “echarle tierra” a la muerte de su secretario de Seguridad Pública, Martín Huerta, en un accidente de helicóptero —sin la debida investigación—, pero Felipe Calderón no puede caminar por la misma ruta. Hoy se sabe que existen evidencias de que Vicente Fox fue sometido por los grupos criminales —a los que habría dejado hacer a placer—, y que por esa razón se llegó a los niveles de fuerza de la criminalidad.

Sin embargo, existe una contradicción entre la postura asumida por el presidente Calderón y la orientación que quisieran dar algunos secretarios de Estado. En su primer mensaje, en el hangar presidencial, Calderón no aceptó la hipótesis de accidente, pero tampoco de atentado. Más aún, advierte que la tragedia no lo somete, sino que es motor que refuerza su lucha contra el crimen.

En todo caso queda claro que las posibilidades de un accidente son iguales a las de un atentado. Pero si la tragedia se mira a través de la guerra lanzada contra el crimen organizado y el narcotráfico, ante los golpes que ha dado el gobierno a los barones de las drogas, ante las amenazas de las llamadas narcomantas, ante la incautación de verdaderas fortunas en dinero y droga, nadie puede descartar la eventualidad de un atentado.

Calderón está obligado a una investigación profunda y moderna. Y si resulta que se trató de un atentado, deberá asumirlo como tal. Por lo pronto, haya sido o no un accidente, son abundantes los errores logísticos y de seguridad en torno de la tragedia. Una perla: permitir que viajaran en un mismo avión Mouriño y Vasconcelos.

Barack Obama y “yo he tenido un sueño”

Juan María Alponte
México y el mundo
El Universal

Para Virgilio Caballero

Mi voto estaba decidido ante ustedes. Pero la victoria de Barack Obama, además de la vinculación que hice hace unos días con Lincoln, ha despertado en mí, de nuevo, la lectura, estremecedora, del discurso de Martin Luther King en la escalinata del Lincoln Memorial, en Washington, DC, aquel 28 de agosto de 1963.

Comenzó por el principio: “Hace un siglo, un estadounidense excepcional, bajo cuya simbólica sombra nos encontramos hoy, firmó la Declaración de la Emancipación”, esto es, la declaración que terminaba con la esclavitud. Dos años después, Lincoln fue asesinado.

Aquel día de agosto, ante el Lincoln Memorial —siempre que voy a Washington donde pasé la primera fase de mi exilio transito por allí—, Luther King transformó la palabra en redención, profecía y dolor acumulado en el tiempo: “Tengo el sueño de que un día esta nación se levantará y hará revivir el verdadero significado de su credo: ‘que todos los hombres fueron creados iguales’. Tengo el sueño de que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos propietarios de esclavos podrán sentarse juntos alrededor de una mesa de hermandad”.

“Tengo el sueño de que un día, incluso el estado de Mississippi, un estado desértico, que se abrasa bajo la injusticia y la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia. Tengo el sueño de que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su espíritu. Tengo el sueño de que un día, el estado de Alabama, cuyo gobernador escupe hoy palabras de interposición e invalidación, se convertirá en un lugar en que los niños negros y los niños blancos podrán tomar la mano de los niños negros y los niños blancos y caminar juntos como hermanos y hermanas. Yo tengo un sueño. Con esta fe seremos capaces de tallar, en la gran cantera de la desesperación, una piedra de esperanza…”. El discurso íntegro está en mi libro Los liberadores de la conciencia.

Confieso, sin exceso alguno, que he llorado al volver a recitar para ustedes y para mí, ese texto prodigioso. También lloró Madero cuando asistió a los funerales de Justo Sierra. El jueves 4 de abril de 1968, Luther King fue asesinado en Memphis. La patria nacional y universal que él soñaba ha sobrevolado el mundo con la “obamamanía”. Ha sido una especie de ascesis hacia la libertad. Obamamanía que se ha pagado con el lodo de las viejas tinieblas: que si era negro, islámico, cristiano oscuro y hombre dispuesto a hablar con los enemigos. El hecho de que haya sido elegido por mayoría, inclusive en el Electoral College de los 538 grandes electores que deciden por voto indirecto, el presidente y vicepresidente es un enorme dato de esperanza. El voto por Obama —“Yo he tenido un sueño”— es el voto directo, traducible a la pasión por la historia y la libertad, contra Bush y contra su política nacional y mundial.

En estas horas cabe recordar a la hija de Luther King y Coretta Scott, la preciosa niña Yoki, sobrecogida, el día que asesinaron a Kennedy. Se acercó a su madre, sollozante, para decirle: “Mamá, ahora no conseguiremos nunca la libertad”. La sangre, generosa y multiplicadora de la vida, repitió la tragedia. En efecto, Bob Kennedy, vencedor de las elecciones de California, se enteró casi a las mismas horas, que habían asesinado a Luther King. Bajó a las calles, se metió solo en el barrio negro y allí, en multitud, lloraron juntos. No tardó, él mismo, en ser asesinado. ¿Qué dijo Yoki King Scott? Eso no lo sé. Sé que las guerras planificadas por Bush y que todos los horrores que hemos vivido no serán fáciles de superar en la ruina económica, pero el discurso de McCain reconociendo la victoria de Obama y alzando la bandera por el presidente 44 es la esperanza de que la roca más dura puede ser un hombre libre.