noviembre 09, 2008

Genes y conducta social se influyen

Luis González de Alba
Se descubrió que...
Milenio

Pocos temas suscitan las tormentas apasionadas que la sola mezcla de “genes” y “conducta social”. La gente no quiere ni oír. Así que me adelanto: el último número de Science trae una sección especial titulada: Genética de la conducta. Y NO dice que haya un gen que nos haga secuestradores y otro hermanas de la caridad. La Introducción, “De los genes a la conducta social” es un formidable esfuerzo de resumen por Barbara Jasny, Katrina Kelner y Elizabeth Pennisi.

Comienzan por curarse en salud: “Nuestros genes no nos encierran a formas de actuar; más bien, las influencias genéticas son complicadas y mutables y son sólo uno de muchos factores que afectan la conducta”. El Editorial de la revista, firmado por Story Landis y Thomas Insel, señala que la sección especial se enfoca “al área emergente de la neurogenética: el esfuerzo por unir genómica y conducta”. Se llama genómica al estudio del genoma completo, y el genoma es el conjunto de los genes de un organismo. Y también adelantan un caveat: “A todos nos preocupa que la genómica pueda conducir a explicaciones ‘simples’ de conductas complejas, incluso la nuestra. El poder de la genómica se ha revelado ya en nuevas luces sobre la enfermedad y el desarrollo humanos. Así pues, ¿qué lecciones nos enseña este nuevo campo en cuanto a la conducta, y qué podemos esperar de la próxima década?”

Nótese la gran cantidad de salvedades, cautela, reserva y circunspección ante la inminencia de los gritos y sombrerazos por estallar en las escuelas de sociología y otras inutilidades que seguimos pagando.

El editorial de Science explica que los genes sólo codifican la producción de proteínas (y no egoísmos ni carácter de secuestrador), pero esas proteínas “dirigen la formación de circuitos neurales complejos que, a su vez, son los sustratos reales de la conducta, en cuanto estos circuitos responden a estímulos internos y externos.” Así es, a menos que creamos en el dualismo religioso para el que somos alma y cuerpo, y el alma comanda lo que el cuerpo hace (pero nadie sabe cómo), debemos aceptar que no hay más sustrato de la conducta que el cerebro y éste se forma a partir de un genoma particular.

Por años la biología rechazó como errónea toda suposición que implicara herencia de conductas adquiridas. Pero es un hecho que las conductas evolucionan y se transmiten no sólo por aprendizaje, sino por modificación de vías neurales que derivan en la evolución de conductas sociales, como plantea Robinson en la página 896; o que oxitocina y vasopresina regulan la cognición y la conducta reproductiva en muchas especies (Donaldson y Young, p. 900).

En nota aparte, Elizabeth Pennisi observa que una región del cromosoma 17, con un complejo patrón evolutivo en humanos y otros primates, se asocia a varios desórdenes de la conducta, entre ellos retardo mental, dificultades para el aprendizaje y demencias.

La genética, dicen las autoras, puede explicar por qué los individuos respondemos de formas tan diferentes ante circunstancias idénticas, ante los mismos estímulos. No sólo la historia previa influye, sino la diversidad en las vías neurales y, en suma, los genes que se activan o desactivan. Trabajos recientes muestran que la información social percibida (por ejemplo señales de dominación) “puede por sí misma alterar la expresión genética en el cerebro, con efectos posteriores en la fisiología y la conducta”, señalan Robinson y colaboradores.

En la famosa mosquita de la fruta, la Drosophila imprescindible en genética, se han descubierto genes que al ser borrados alteran la conducta. “Esto a su vez ha permitido la disección de circuitos neurales que controlan conductas esenciales. Una de las mejor entendidas es la actividad social necesaria para la reproducción.” Estos análisis han traído a la luz conductas de otra clase, como las guiadas por nuestros relojes internos, los ritmos circadianos.

Por supuesto, los humanos somos mucho más complejos en nuestra conducta social. Para empezar, mostramos menos estereotipos en las respuestas. Sí, sí… nadie lo duda. Pero Robinson, Fernald y Clayton se preguntan “qué genes y secuencias reguladoras contribuyen a la organización y funcionamiento de los circuitos neurales y vías moleculares que soportan, en el cerebro, la conducta social.”

En “Biología, política y la emergente ciencia de la naturaleza humana”, James Fowler y Darren Schreiber plantean: “En los últimos 50 años, los biólogos han aprendido mucho acerca del funcionamiento del cerebro humano y sus bases genéticas. Al mismo tiempo, la ciencia política ha estudiado de forma intensiva el efecto del medio social e institucional.” El trabajo conjunto de la genética y la neurobiología, aplicadas a la política, darán luz acerca de cómo elegimos nuestros líderes.

“Algunos creen que la psicología es la última frontera del análisis genético. Esta sección especial nos provee de muestras acerca de nuestras primeras exploraciones.”

'La cabaña del tío Sam" por Paco Calderón

Paciencia, pide Téllez; los resultados finales, en meses

Blanca Estela Botello
La Crónica de Hoy

Por la trayectoria que llevaba y la velocidad de 500 kilómetros por hora que tenía al momento de caer, se confirma que la aeronave en que viajaba el entonces secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, y ocho personas más, tuvo una pérdida de control súbita y agresiva, señaló Gilberto López Meyer, director Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA), y ex director general de Aeronáutica Civil de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT).

El capitán refirió que la sucesiva desaceleración del Learjet fue por el choque contra los automóviles y el edificio ubicado en Monte Pelvoux y Ferrocarril de Cuernavaca, evitando que llegara hasta Paseo de la Reforma.

"La desaceleración producto del impacto y el encajonamiento de los restos de la aeronave justo en el callejón (que forman Pedregal, Ferrocarril de Cuernavaca y Monte Pelvoux), permitieron confinar y desacelerar rápidamente los restos de la aeronave".

Durante el recorrido virtual (debido a restricciones de peritaje para no manipular el lugar de los hechos, sólo el secretario y López Meyer anduvieron por la zona, mientras los reporteros observaban a través de pantallas gigantes), López Meyer y el secretario de Comunicaciones y Transportes, Luis Téllez explicaron la trayectoria que siguió el Learjet al caer, los puntos que impactó y el manejo de la clasificación de las piezas, realizada por equipos de especialistas mexicanos, norteamericanos e ingleses.

Téllez señaló que "sin lugar a dudas, si la nave hubiera caído en el Periférico hubiera causado mucho más daño; no sabemos exactamente por qué siguió este curso, es lo que se está analizando y va a tardar tiempo en analizarse".

Al ser cuestionado por qué la aeronave cayó de sur a norte, si la trayectoria de la aeronave era de norte a sur, López Meyer informó que el pasado viernes, con la utilización de un helicóptero, se hizo una réplica o duplicación de la trayectoria que siguió la aeronave a las velocidades aproximadas, "y se pudo hacer, ciertamente es muy brusca la maniobra, y eso comprueba lo que suponíamos, que es una pérdida de control súbita, agresiva de la aeronave en los últimos segundos del vuelo".

El recorrido que realizaron los dos funcionarios inició en la calle Pedregal. De acuerdo con la explicación de López Meyer, al caer la aeronave ni árboles ni cables de luz fueron impactados, ya que "el avión se impacta en un ángulo muy pronunciado, de cuando menos 45 grados; la punta del ala izquierda del avión se impacta en un árbol, donde quedaron incrustados pedazos del ala; la punta del ala derecha se incrusta en un automóvil".

El director general de ASA dijo que, de acuerdo con el patrón de distribución del fuego por el choque, se puede afirmar que "el avión llegó al impacto en condiciones íntegras, y fue a partir del impacto cuando inició su desintegración".

Indicó que el ala izquierda fue la primera que se rompió, incluso parte del ala partió a la mitad un puesto de comida y resaltó que el que sólo se haya derretido el plástico de los cables que cuelgan sobre al calle implica que el Learjet pasó por debajo de ellos.

Indicó que las piezas del avión que están en lo que llamó primer sector no se quemaron, lo que significa que "fue hasta después del primer impacto cuando se empezó a regar el combustible de las alas y el incendio se inicia precisamente de esta etapa hacia delante. Las primeras piezas del avión no presentan ninguna señal de quemadura".

Tras resaltar que el Learjet chocó de lado con el edificio ubicado en Monte Pelvoux y Ferrocarril de Cuernavaca, López Meyer dijo que un automóvil quedó totalmente destrozado, mientras que otros tres fueron lanzados algunos metros por el impacto, en tanto que un poste fue tumbado por el ala izquierda del avión, pero no se incendió porque el combustible de esa ala ya había sido derramado antes sobre varios coches.

Indicó que el tren de aterrizaje ya venía extendido al momento del impacto, sin embargo esto será comprobado a través de pruebas de laboratorio y mencionó que parte del fuselaje quedó abajo de un auto, el cual fue destrozado por completo.


El motor derecho, dijo, se partió en dos, lo que permite establecer conclusiones sobre la velocidad de rotación que tenía el motor, "esto significa que prácticamente hasta el final del desplazamiento de dicho motor éste venía girando".

Téllez dijo que hay 95 por ciento de probabilidades de que el lunes 10 de noviembre se normalice la actividad en la zona impactada, aunque insistió en que se tardará varios meses en terminar la investigación de manera total.

Tras señalar que la Secretaría de Gobernación resarcirá los daños, el titular de la SCT enfatizó que el gobierno federal indemnizará por igual a todos los deudos, pues, dijo, no hay mexicanos de primera y de segunda, y que si los heridos fueron trasladados a distintos hospitales, algunos del gobierno y otros particulares, fue porque así lo decidió personal de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal y de algunas autoridades que llegaron al lugar ese día.

¿Ajustes de fondo o..?

Enrique Aranda
De naturaleza política
Excélsior

Cumplido el duelo tras los sucesos que costaron la vida a Juan Camilo Mouriño, a José Luis Santiago Vasconcelos y a 12 personas más, el interés nacional más alto exige del Ejecutivo no sólo un posicionamiento claro sobre lo ocurrido y sus eventuales consecuencias —que en cierto modo se ha dado ya— sino, esencialmente, la adopción de medidas que contribuyan a diluir toda sombra de duda sobre el futuro del país y la capacidad de su gobierno para dar garantías.

En las próximas horas, efectivamente y más allá del justificado lamento por la muerte del colaborador más cercano y amigo entrañable, el Presidente deberá enfrentar el reto de completar una reflexión de fondo sobre la compleja realidad nacional, caracterizada por la concurrencia de al menos tres crisis —la económica, la política y la de seguridad— así como la gestación de una cuarta de orden social para, a partir de ahí, tomar las decisiones que el país requiere y la sociedad demanda.

Y esto porque, si bien la muerte de Mouriño constituye una grave pérdida para su administración, es también una oportunidad inmejorable con el fin de hacer un repaso de lo ocurrido en casi dos años y para dar forma a una suerte de “relanzamiento” no sólo de aquello que ha resultado exitoso sino también corregido y de lo que no ha dado los frutos esperados… Y ello, aceptémoslo, supone la realización de cambios de políticas y programas, de alianzas e, igualmente, de responsables…

No hacerlo ahora, cuando la tragedia misma ha propiciado un generalizado cierre de filas en torno al gobierno de la República y de su titular, abriendo con ello la posibilidad de reorientar el rumbo, constituiría el desperdicio de una oportunidad, la última quizá, para avanzar en la solución de muchos de los problemas nacionales y en el logro de muchas de las metas asumidas por su gobierno.

En los próximos días o en la próximas horas, el presidente Felipe Calderón deberá asumir la decisión de designar a un nuevo titular de Gobernación, encargado no sólo de continuar el trabajo de su antecesor sino, esencialmente, de ampliar y fortalecer la gestión de interlocución con todos los actores políticos con miras a garantizar el avance de las políticas públicas y, también, la gobernabilidad hoy en jaque, tanto por los embates del “enemigo” como por la cada vez más evidente ineptitud y falta de experiencia de algunos de quienes ocupan cargos de relieve en la administración.

La opción hoy para el Ejecutivo, entonces, no parece otra que elegir entre amigos —sin duda leales, pero inexpertos— y políticos con experiencia y temple para asumir el grave reto que enfrenta el México de nuestros días. Veremos…

Asteriscos

* Prácticamente a nadie entre los asistentes a la ceremonia luctuosa en Campo Marte pasó desapercibida la forma en que el jefe del Ejecutivo “desestimó” el eventual aporte de la titular de la SEP, Josefina Vázquez Mota, en la solución del problema que por 79 días mantuvo cerradas a cientos de escuelas de Morelos. ¡El Presidente —habría que decir— sólo destacó lo ocurrido..!

* Se aceleró en las últimas horas —entre panistas, especialmente— la recolección de currículos por parte de quienes, en Energía, rodean al hasta hoy subsecretario Jordi Herrera quien, como le adelantamos aquí desde el pasado 26 de octubre, confía iniciar el próximo 2009 instalado ya en la oficina principal de la Secretaría que hasta hoy ocupa la señora Georgina Kessel.

* Inminente como es la reunión del presidente Calderón con la jerarquía católica, este miércoles, y en razón de la situación prevaleciente tras la caída del avión en que viajaba el secretario de Gobernación, a nadie en la Conferencia Episcopal extraña, aunque sí molesta a algunos, el “excesivo celo” —en el rubro seguridad, especialmente— con que el Estado Mayor Presidencial prepara el sitio y evalúa a todos y cada uno de los posibles asistentes…

* Digna de encomio, la decisión del Tribunal Federal de Justicia Fiscal y Administrativa que lidera Francisco Cuevas de crear el Premio al Mérito Licenciada Margarita Lomelí, en reconocimiento a esta mujer que, a sus 90 años y luego de ocupar la presidencia del organismo en dos periodos, conserva una lucidez y unos valores dignos de reconocimiento. La presea se entregará cada 7 de noviembre.

Veámonos el miércoles, con otro tema De naturaleza política.

¿Todos iguales?

Sara Sefchovich
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
El Universal

Así como en vida no todos somos iguales, así tampoco lo somos a la hora de la muerte. Cuando en 1969 se estrelló un avión en las cercanías de Monterrey y murieron muchos pasajeros, entre ellos mi tía y mi prima, era muy doloroso ver que ni quien las mencionara, pues las esquelas y discursos sólo hablaban del político tabasqueño Carlos Madrazo y del tenista Rafael Osuna. Y cuando en 2005 cayó el helicóptero en que viajaba el entonces secretario de Seguridad Pública, Ramón Martín Huerta, y varios funcionarios más, todos los cuales murieron, sucedió lo mismo.

Y es más, a la hora de la ceremonia presidida por Vicente Fox, una de las esposas se atrevió a increpar a las autoridades porque, según dijo, al menos dos de los féretros estaban vacíos, incluyendo el de su marido.

Con la tragedia del avión de la Secretaría de Gobernación se ha repetido el esquema: desde la colocación de los féretros en el Campo Marte hasta las esquelas y discursos ponen por delante a Juan Camilo Mouriño. Luego están las que lamentan la muerte de José Luis Santiago Vasconcelos, las que incluyen en letra más pequeña los nombres de los demás funcionarios fallecidos y algunas que también mencionan los de la tripulación de la aeronave. Una que otra agrega sus condolencias por la muerte de las personas que estaban en el lugar, a ninguna de las cuales se le llama por su nombre.

Cuando estudié a las esposas de los gobernantes de México, me llamó la atención que la historia no registró sus nombres y cuando lo hizo las llamó con distintos apelativos sin preocuparse demasiado por conocer el verdadero. Entonces atribuí eso a las dificultades de la información en esos tiempos, pero sobre todo al hecho de que las mujeres importaban poco, de modo que conocemos cómo se llamaba cada virrey y cada presidente de la República así estuviera en funciones 10 años o 45 minutos, pero no sucede lo mismo con su cónyuge.

En las esquelas y notas sobre el accidente, llama la atención que la sobrecargo, de apellido Carrillo, se llama indistintamente Gisel, Giselle, Gisely, Giselli, Gissel. Esto parecería insignificante, si no fuera porque los seres humanos somos quienes somos por nuestro nombre, y el bautizo, el registro civil o la circuncisión no sólo nos imponen un apelativo, sino que nos dan nuestra pertenencia a una familia, una comunidad, una iglesia, una nación. Pero al mismo tiempo, el nombre es lo que nos identifica en el mundo como individuos únicos, diferentes de los demás.

Samuel González se quejó de que el Presidente había hecho gran elogio del secretario de Gobernación y en cambio a quien se la había jugado en la lucha contra la delincuencia organizada sólo lo había nombrado en la lista de fallecidos, sin darle la importancia que en su opinión merecía.

Algo similar han hecho amigos de otros fallecidos. Pero de la tripulación se ha dicho muy poco, al punto que una amiga de la sobrecargo afirmó que dudó de si era o no a quien ella conocía porque el nombre no coincidía. Por respeto a ellos y a sus familias, habría que ser más cuidadosos.

La muerte y el poder

Ariel Jiménez González
arijimenez@milenio.com
Analecta de las Horas
Milenio

Fuera de cuanto dejamos de hacer, decir y pensar, la muerte no nos exime de nada. En el orden legal y familiar, desde luego, nuestra eventual desaparición supone el final de diversos compromisos y responsabilidades; pero en lo que hace a la memoria colectiva y al juicio que de nosotros harán quienes nos conocieron, es bueno recordar —aunque parezca una perogrullada—, que morimos siendo quienes hemos sido, con todas nuestras virtudes y defectos, con todos nuestros alcances y limitaciones.

Este razonamiento viene a cuento en la hora trágica que vive el gobierno mexicano, porque las muertes de Juan Camilo Mouriño y Santiago Vasconcelos han sido objeto, además de un sinnúmero de especulaciones entre las que no faltan hipótesis descabelladas, de apreciaciones hiperbólicas sobre su desempeño. Éstas, sin embargo, han sido de lo más extremosas: por un lado, en unas cuantas horas, dos funcionarios que habían vivido la descalificación política y el permanente cuestionamiento desde muchos flancos partidistas y mediáticos, pasaron a ser (en muchos casos por boca y pluma de sus otrora feroces críticos) poco menos que figuras heroicas e hijos dilectos de la patria. Por otro, tampoco ahora han faltado la mezquindad o incluso bajeza de algunos de sus adversarios, quienes si bien simulan no alegrarse, sí descargan de diferentes formas y sin tregua todos sus enconos hacia la administración del presidente Calderón.

Al final, todos morimos. Pero es cierto que no lo hacemos del mismo modo. El poder político suele atribuir (o negar, según sea el caso) una dimensión singular a algunos decesos. Olaf B. Rader, en su interesante estudio sobre el culto político a los muertos (Tumba y poder), da por sentado que “la formación de una organización política, que debe contribuir a la conservación del orden y la conformidad, lleva aparejados unos fenómenos que son de relevancia fundamental para lo relativo a los cadáveres y las tumbas: el poder, la autoridad, la legitimidad”.

Las exequias de Mouriño y Vasconcelos, junto con las del resto de las víctimas del avionazo ocurrido el pasado martes, fueron uno de esos trances complejos en los que un gobierno intenta mostrarse íntegro a pesar del impacto brutal de los acontecimientos. Pero en medio de la más cruenta guerra contra el crimen organizado caben demasiadas especies y nuestra imaginación —no pocas veces rebasada por la realidad— da rienda suelta a muchas posibilidades que ni siquiera los comunicados oficiales nulifican (“hasta que se den por concluidas las investigaciones correspondientes”).

La dinámica vertiginosa y terrible del país no nos da respiro. Apenas reparamos cabalmente en el crimen de ayer, se nos viene encima una nueva masacre o ejecución; apenas nos intentamos convencer de alguna de las verdades sospechosas que nos son presentadas, se pone una más en juego (una que casi siempre nos hace mirar con mayor desconfianza a los cuerpos policiacos y autoridades). Así, nuestra capacidad de asombro está seriamente dañada y la credibilidad es el bien más escaso.

Ningún gobierno, por fuerte que sea, puede ocultar su vulnerabilidad frente a la pérdida de sus funcionarios centrales. Menos aún un gobierno con un serio déficit de operación política; un gobierno que sin contar con las instancias de inteligencia y seguridad más adecuadas, emprendió un combate frontal con el crimen organizado cuyo desenlace es absolutamente incierto.

Desafortunadamente, ante pérdidas humanas como las que acaba de sufrir, el aparato de gobierno mexicano corre más que nunca el riesgo de la confusión y la parálisis. Sus próximos movimientos deberán ser muy cuidadosos si desea transmitir a la sociedad un mínimo de firmeza y certidumbre acerca del rumbo que se sigue. En especial, los hombres que elija para reemplazar a los caídos tendrán que estar probados en las tareas políticas y de seguridad que se les van a encomendar. La gravedad del momento no admite equívocos ni mayores dilaciones acerca de las decisiones que habrán de tomarse.

No obstante, puede ser que nada de esto ocurra y que el país siga deslizándose por la penosa pendiente del desastre y la clase política en su conjunto siga mostrándose incapaz en toda su pequeñez. Finalmente, este es un periodo más de nuestra historia. Y frente a ella, ahora mismo, me siento como Ernst Jünger cuando escribió:

“¿Mas quien conoce las verdaderas magnitudes de la historia y la otra cara del medallón acuñado por la conciencia? ¿Quién sabe qué cosas perdió Francia en la noche de San Bartolomé y cuáles otras fueron obstaculizadas por la mala estrella de Wallenstein? Pero todo esto no son sino especulaciones que uno urde junto a la chimenea o a que se entrega una noche en vela para pasar el tiempo. Sobreestimamos el significado de las piezas del ajedrez político y cada uno de sus movimientos”.

Fue un atentado...

Vianey Esquinca
La inmaculada percepción
Excélsior

“Fue un atentado del narcotráfico” esa es la idea que ha adoptado buena parte de la población mexicana para explicar las causas que provocaron que el avión donde iban el ex titular de la Secretaría de Gobernación y el ex encargado de la SIEDO se derrumbara y, pase lo que pase y digan lo que digan las pruebas o las autoridades, esa será la percepción que se quedará.

No se trata de una alucinación colectiva provocada por la infalible ley popular del piensa mal y acertarás ni tampoco a un exceso de creatividad generalizada. Hubo información y hechos que contribuyeron a construir el pensamiento naturalmente sospechosista del mexicano. Primero: se está desarrollando en el país la guerra más cruenta y jamás vista contra el crimen organizado, con miles de muertos en el camino y, a últimas fechas, con varios narcotraficantes capturados. Segundo: para nadie era un misterio que José Luis Santiago Vasconcelos había recibido innumerables amenazas de muerte. Su cabeza tenía precio. Cuando renunció a la SIEDO, dependencia que encabezaba, con el fin de ocupar el cargo de secretario técnico para la Implementación del Sistema de Justicia Penal, comenzó a preparar iniciativas que iban directo contra el enriquecimiento de los narcotraficantes y de sus familias. Tercero: el narcotráfico ha demostrado que es capaz de todo y que no tiene respeto por nadie, ¿por qué no iba a mandar una señal de este nivel si ya había sido capaz de atentar contra la gente de Morelia?

Cuarto: Juan Camilo Mouriño representaba el brazo derecho y era uno de los hombres más confiables de Felipe Calderón. Quinto: a unas horas de ocurrido el accidente, la primera información que comenzó a correr en los medios era confusa y reforzaba la hipótesis del atentado. Se dijo que el avión donde iban los funcionarios jamás había tenido un problema mecánico; que el piloto era un aviador experimentado y confiable; que desde la aeronave no había salido ninguna señal de alerta; que todo indicaba que había sido sorpresivo el descontrol. El secretario de Comunicaciones y Transportes, Luis Téllez, declaró muy rápido que todo apuntaba a que había sido un accidente, con lo que generó la duda y la desconfianza con respecto a que el gobierno federal tenía mucha prisa por concluir y cerrar el caso. Afortunadamente para el gobierno, la estrategia de comunicación fue corregida a tiempo.

Sexto: tal vez lo que más pesa en el subconsciente colectivo es la permanente desconfianza a las versiones oficiales. Esto, por supuesto, no es gratuito. Durante años, décadas, se han quedado casos, accidentes, incidentes y muertes sin resolver o con explicaciones fabricadas a modo. En el asesinato del ex candidato presidencial Luis Donaldo Colosio la gente nunca creyó el veredicto del asesino solitario personalizado en Mario Aburto, incluso fabricó a sus culpables: Carlos Salinas de Gortari y Manuel Camacho Solís.

La población tampoco compró los dictámenes de suicidio que las autoridades judiciales hicieron en los casos de Luis Miguel Moreno, ex secretario de Transportes y Vialidad del Distrito Federal y quien en 1995 aparentemente decidió dispararse dos veces en el pecho en pleno escándalo y quiebra de la Ruta 100 y de Digna Ochoa, quien escogió la peor posición para suicidarse en octubre de 2001.

¿Quiénes fueron los asesinos materiales e intelectuales del ex político José Francisco Ruiz Massieu? ¿Qué provocó exactamente que el helicóptero donde venía Ramón Martín Huerta, el ex secretario de Seguridad Pública durante el sexenio de Vicente Fox, se precipitara al suelo? ¿Quién mató realmente al camarógrafo estadunidense, Bradley Roland Hill en octubre de 2006 en la ciudad de Oaxaca? La APPO dice que la policía local, la policía local que miembros de la APPO… Estos son casos sin resolver, pero que siempre traen detrás una explicación oficial frágil o poco creíble. Es tal la desconfianza en las instituciones tradicionales que incluso si se llega a detener a presuntos culpables, inmediatamente la gente piensa que son sólo chivos expiatorios para cubrir al verdadero responsable.

Pero también hay casos que no importa que cimbren a la sociedad, no hay manera de que llegue la justicia: las muertas de Juárez, los enriquecimientos inexplicables de varios políticos mexicanos, los asesinatos de periodistas que han quedado en la impunidad.

Definitivamente, la burra no era arisca. Por todo lo anterior no habrá manera de que la población mexicana deje de pensar o sospechar, en el mejor de los casos, que la muerte de Juan Camilo Mouriño y José Luis Santiago Vasconcelos fue provocada. Acostumbrados a tantas verdades a medias, los habitantes dan sus versiones a los hechos que ocurrieron el pasado martes: “Drogaron al piloto”, “pusieron un líquido que cuando se activa corroe los instrumentos del avión y eso provocó la caída en picada”, “violaron o intervinieron los instrumentos y por eso no quedaron huellas”, etcétera.

Finalmente, hay que añadir un octavo elemento y es que la negación o la adopción de una realidad alterna es una forma de evasión de aquella que puede ser dolorosa. Por eso, es preferible pensar que Pedro Infante o Elvis Presley no murieron, sino que viven escondidos, en algún lugar del mundo. Hay gente que desde el primer momento, y antes de la primera conferencia de prensa que dio la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, se dijo a sí misma: “Esto fue un accidente” y no porque tuvieran acceso a pruebas, sino porque “si fuera un atentado, esto significaría que de veras ya nos cargó el payaso”.

Avionazo, seña de inseguridad

Francisco Valdés Ugalde
ugalde@unam.mx
Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM
El Universal

De inmediato corrieron rumores de que había sido un atentado. No bien se desplomó el avión, en todas partes se especulaba sobre la posible intencionalidad del acto en contra de un gobierno que quiere combatir a fondo al crimen organizado.

No resulta extraña la reacción inmediata. Dos factores conspiran para que así ocurra: uno es la secular desinformación en que el poder ha mantenido a la sociedad mexicana durante generaciones, y el otro es el clima de violencia delincuencial y encono en que se encuentran la sociedad y la política en México.

Las autoridades han procedido a esclarecer los hechos. Parece que lo han hecho correctamente, pero el efecto de verosimilitud no consigue hacerse presente en la magnitud necesaria. Los dos factores arriba mencionados parecen seguir reinando sobre la moral pública, al grado de desconfiar de la información generada por la autoridad.

No podemos dejar de lado que en la sociedad mexicana predominan las creencias sobre la verificación de información. Preferimos creer que constatar. Esto ocurre en los asuntos públicos al igual que en los privados. Es como si la creencia centenaria en la divina providencia fuera el asidero ante una tradición ayuna de información pública veraz y confiable.

Quizá haya que esperar algún tiempo para saber con mayor margen de credibilidad si la información emitida por las autoridades se apega a los hechos. Contra esa credibilidad conspiró el propio discurso del Presidente de la República el martes por la noche, cuando llamó a sus colaboradores a no “doblegarse” ante situaciones adversas. Al momento en que fue pronunciado, el discurso parecía indicar que el Presidente tenía razones de peso para hacer de un discurso luctuoso un llamado a no dejar la plaza. El funeral del ex secretario de Gobernación, celebrado con ribetes heroicos, mantuvo este tono en los días sucesivos.

Más allá de la información gubernamental, poco se ha reflexionado sobre cómo puede ser posible, si es que fue un accidente, que el avión en que viajaba el responsable de la seguridad interna y otro funcionario destacado por su confrontación con la delincuencia organizada pudo mantener una distancia poco prudente y fuera de reglamento de la nave que le antecedía. También extraña que el piloto del avión oficial pareciera no haber atendido a las instrucciones del control aeroportuario o acaso haber violentado dichas instrucciones en función de un presunto apuro.

Si la seguridad nacional es una prioridad para el gobierno y para la sociedad, debe aclararse con toda seriedad si el accidente, en caso de que se comprobase inequívocamente que lo fue, se debió a causas ajenas a la voluntad humana o a descuido o negligencia por parte de los encargados de la seguridad de los funcionarios o de la administración del tráfico aéreo. Si el accidente tuvo en su origen algún error o negligencia, más vale saberlo para corregir a tiempo eventualidades que no deberían repetirse bajo ninguna circunstancia y menos en la actual, de por sí ya cargada de amenazas y violencia.

El pendiente de José Luis Santiago Vasconcelos

Carlos Puig
Historias del Más Acá
Milenio

En unos años, la justicia mexicana en el ámbito federal será otra cosa. Irreconocible comparada con los que hoy conocemos.

Los cambios constitucionales están hechos y ha comenzado el largo camino de implementación en todo el país. A cargo de esa tarea había nombrado el presidente Calderón a José Luis Santiago Vasconcelos, fallecido el martes.

Hace apenas unos días, el Presidente había firmado el decreto que formalizaba y daba rango al nuevo puesto del ex subprocurador y que dice:

“Se crea el Consejo de Coordinación para la Implementación del Sistema de Justicia Penal como una instancia de coordinación que tiene por objeto establecer la política y la coordinación nacionales necesarias para implementar, en los tres órdenes de gobierno, el Sistema de Justicia Penal en los términos previstos en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos”. El consejo será presidido por el secretario de Gobernación y realmente dirigido por una Secretaría Técnica —el puesto de Santiago Vasconcelos. El consejo “es un órgano administrativo desconcentrado de la Secretaría de Gobernación”.

El nombramiento parecía acertado. La reforma del sistema de justicia ha sido criticada por ser lo que algunos llaman “garantista”, es decir cargada hacia el respeto a los derechos de los presuntos delincuentes. Todos saben, sin embargo, que como en todo, el diablo está en los detalles y es su implementación y codificación en leyes y normas secundarias la que definirá con precisión la verdadera personalidad de la nueva justicia mexicana.

José Luis Santiagos Vasconcelos era un hombre que —valga el cliché— había visto a los ojos al diablo. En los últimos años había lidiado como pocos, tal vez nadie, con las redes de delincuencia y narcotráfico. Más de una vez le pregunté si tenía por escrito la memoria de sus días investigando y atrapando capos, historias que a veces, pocas, contaba en una mesa. “Todo lo tengo aquí”, contestaba, señalándose la cabeza. “Hay cosas que no se olvidan nunca”, decía.

Estaba, de hecho, terminando otro libro, uno más académico. “Te lo mando en unos días”, me dijo la última vez que lo vi en las instalaciones de este diario hace un par de semanas.

Poner a José Luis Santiago Vasconcelos para implementar la reforma tenía jiridilla y ya comenzaba a causar tensiones entre los actores involucrados. En público y en privado, el funcionario no dudaba en decir que le preocupaba que en la implementación la reforma quitara a la autoridad herramientas para combatir el crimen. Fruncía el ceño cuando pensaba en cómo se podrían hacer juicios orales y públicos a capos con ejércitos armados de fuego y dinero contra nuestros fiscales mal pagados. Y a pesar de los elogios que muchos grupos de la sociedad civil hacen de, por ejemplo, lo que hoy sucede en Chihuahua donde ya hay juicios orales, Santiago Vasconcelos argumentaba que eran un desastre. Y daba cifras.

Se reía cuando escuchaba hablar de las comparaciones con Chile, que cambió su sistema de justicia penal. “Con todo respeto para los chilenos, la delincuencia en su país es nada con respecto a lo nuestro. Cualquiera de nuestros capos se instala allá y les toma el país en dos meses”.

La estrategia del Presidente era clara. En la mesa de negociación había puesto a un duro frente a un grupo de académicos y organizaciones no gubernamentales como la red por juicios orales y debido proceso. Santiago Vasconcelos estaba listo para la discusión que no sería sencilla. “Sólo quiero que entiendan —me dijo el último día que lo vi— que no podemos tratar al diablo como si fuéramos santos. Con respeto a los derechos humanos y la presunción de inocencia y la ley, pero necesitamos herramientas que igualen, desde la ley, el poder de estos hijos de puta”.

El diputado César Camacho, uno de los principales arquitectos de la reforma, le acababa de tundir con todo al recién nombrado, según escribió en el diario El Economista: “Es sorprendente que la dependencia responsable de la política interior cree problemas donde no los hay, como si no bastara lo que tiene pendiente. Es una pena desaprovechar el clima de colaboración que permitió alcanzar la reforma al texto de la Carta Magna y que, en lugar de continuar el diálogo constructivo que condujo a ella, Gobernación lance un monólogo y orille a todos a alzar la voz. Que no entendían sobre la construcción de acuerdos políticos estaba claro; pero lo más grave es que no aprenden, ni dan muestras de tener disposición para hacerlo. En un asunto que transitaba bien, no deberían atravesar obstáculos. ¡Ni hablar!”. José Luis estaba listo para dar esa batalla política, después de años de conocer las profundidades más negras de la sociedad mexicana.

Porque estoy convencido de que esta será la reforma más importante del sexenio de Calderón, lo había invitado a ser el primer invitado de En 15. Llegó al estudio agitado, después de caminar, seguido de sus protectores, unas cuadras para evitar algún bloqueo. Hicimos la entrevista. Una hora después, me informaron que por un problema técnico no se había grabado el audio. Así son los partos.

“Estoy feliz”, me había dicho a manera de despedida a las puertas de este diario, mientras se subía a su camioneta blindada y rodeada de más camionetas y agentes que lo cuidaban.

Nunca pude pedirle una disculpa por la entrevista que no salió.

México, país de presidentes

René Avilés Fabila
Excélsior

Hay nostálgicos del pasado que añoran los tiempos del PRI porque imaginan que México requiere de un presidente-caudillo, duro, decidido, autoritario, quizá no tanto como Díaz Ordaz, pero sí de mano metálica como han sido la mayoría de los hombres que se han sentado en lo que Carlos Fuentes (la cita es obligatoria, no quiero quedarme atrás en el torneo de desmesuras al novelista) llamó la silla del águila. No sé si tengan razón. Yo nunca dejé de criticar al PRI y ahora veo a muchos de esos priistas, corruptos y abusivos, convertidos en campeones de la democracia y la honestidad. Bueno, al parecer el contacto con el PRD los transformó de villanos a héroes, de tímidos centristas a izquierdistas radicales.

Lo que me llama la atención es que ahora la democracia mexicana ha ido mucho más lejos de lo soñado. No estamos en una república regida por un parlamento, pero sí vivimos en un país donde tenemos tres presidentes coexistiendo: uno es Felipe Calderón, el que pareciera tener cierta legalidad institucional; otro es Andrés Manuel López Obrador, quien se ha investido a sí mismo como presidente legítimo y el último es Vicente Fox, un político que no se resigna a dejar la Presidencia de México y para probarlo no sólo hace declaraciones insensatas aquí, en España o en Estados Unidos, sino que mandó hacer, en su muy mejorado rancho de San Cristóbal, una réplica exacta de las salas y los despachos que utilizó en Los Pinos. Dicen los medios que más de un mueble o un objeto no son copias sino cosas que pudo saquear con la anuencia del Estado Mayor Presidencial. Me limito a ver las fotografías en diarios, noticiarios televisivos e internet. Nunca he sido invitado al ranchote a conocer sus espléndidas instalaciones y las de la fundación que ahora poseen los Fox para conseguir recursos y pagar los gastos de su presidencia vitalicia. Por cierto, Marta se refiere a él diciéndole “presidente”.

Alguna vez un avezado político del PRI (FGB), me dijo que en México no había hombre más triste que aquél que se quitaba la banda presidencial para dársela al sucesor. Los dos polos: el funcionario radiante que llega y el que lamenta dejar el poder absoluto que solía detentar en aquellos tiempos. Así lo vimos con Luis Echeverría: le entregó el cargo a su mejor amigo, José López Portillo, un fantástico actor que solía llorar, defender el peso como un perro, escribir libros espantosos como sus Memorias y Don Q y a amar mujeres hermosas. Echeverría se aferró al poder como ahora lo hace Fox. Hubo necesidad de llamar a Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación, para tranquilizar a don Luis. Lo mandaron como embajador plenipotenciario a las Islas Fidji. Allí trató de gobernar a sus habitantes.

El problema de tener tres presidentes es no saber quién manda, qué órdenes y disposiciones debemos acatar. Calderón dice una cosa y López Obrador otra muy distinta; Fox da sus propios puntos de vista, como de costumbre, sin sentido y contrarios a los anteriores. Para más de un mexicano con sentido del humor esta suerte de santísima trinidad es benéfica, pues hay gobernantes para todos los gustos. Lo vimos durante el informe a la nación de AMLO en la Cámara de Diputados: algunos de sus fieles lloraron, basta leer el artículo que Rosario Ibarra escribió al respecto, comenzaba exaltada con aquello de “Ya suenan los claros clarines” del peor Rubén Darío, y siguió con la emoción que le produjeron las palabras del presidente legítimo.

Fox también tiene sus fieles adeptos. Por ello, los medios aceptan sus inauditas declaraciones, no olvidemos que el hombre habla de todo y que él, insiste, sí era capaz de resolver los problemas. Por ello intentó eternizarse en el poder primero a través de Marta, su esposa, luego de Santiago Creel. En ambos casos, por ventura, perdió.

Esos mismos nostálgicos dicen que el mejor sistema político fue el presidencialismo a la mexicana, un absolutismo que manejaba todo desde la voluntad de un sólo personaje. Pero los tiempos pasados no suelen regresar y hay que acostumbrarnos a tener tres presidentes en el país. Lo incómodo son los gastos: la injusticia es visible, mientras que Ebrard mantiene al legítimo y a Fox sus amigos y aquello que pudo sustraer de las arcas nacionales, Calderón dispone de ilimitados recursos. No se vale, dicen Fox y López Obrador. Por ello, diputados del PAN piensan proponer a la Cámara que haya partidas para todos los mandatarios. Para eso justamente fue AMLO a presentar su propuesta económica hasta San Lázaro, donde pidió 369 mmdp.

Los políticos mexicanos aman el poder, lo sabemos históricamente, ninguno ha querido dejarlo, como Santa Anna. Porfirio Díaz dijo que nadie se perpetuara en el poder y la suya sería la última revolución. Luego de 30 años hubo que hacer otra para echarlo. Lo conveniente sería dividir al país en tres regiones y asignarle a cada uno su cuota de poder. O rogarle al nuevo secretario de Gobernación poner orden constitucional y político.

Malquerencias

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

Mientras que desde la Secretaría de Comunicaciones y Transportes se insiste, sin mucha suerte, en una estrategia mediática para contener las muchas caras de la especulación sobre la tragedia, también se hace visible el otro rostro del caso: el del odio

De Colosio a Mouriño
Sucesores malogrados


Mientras que desde la Secretaría de Comunicaciones y Transportes se insiste, sin mucha suerte, en una estrategia mediática para contener las muchas caras de la especulación sobre la tragedia, también se hace visible el otro rostro del caso: el del odio. ¿A qué nos referimos?

A la malquerencia que en sectores sociales amplios sembró el cuento del fraude, y que hacían ver a Juan Camilo Mouriño como la representación terrenal del “diablo”, a quien no se le perdonó haber sido hijo de padre español, tener la doble nacionalidad y que su familia fuera de empresarios exitosos.

Para los amloístas fanatizados —intelectuales y periodistas muchos de ellos— el origen gallego de Mouriño, las empresas familiares vinculadas a Pemex y su amistad con el presidente Calderón —y que fue el operador para lograr el triunfo de julio de 2006 para el panista—, lo convirtieron en el principal blanco de los ataques de odio y difamación. Y si a eso agregamos que a partir de la llegada de Calderón a la Presidencia, Mouriño se convirtió en su potencial sucesor, las cosas llegaron al extremo del odio y la intolerancia.

Hoy, muerto en forma trágica, Mouriño sigue siendo no sólo motivo de ese odio irracional —que es posible ver en los mensajes llegados a medios y espacios periodísticos— sino que su desaparición permite ver el tamaño del daño causado a una sociedad envenenada de odio, resentimiento y polarización.

¿Qué dijeron las indagatorias oficiales y legislativas sobre la presunta “relación perversa” de Mouriño y las empresas familiares? Su resultado mostró que no había nada ilegal —como con maldad fue sembrada la duda— sino que el asunto se quedó en el terreno de la ética. ¿Era o no ético que un diputado, funcionario o servidor público fuera juez y parte en empresas petroleras y el propio servicio público? No, no era ético. Bueno, pues ese fue el problema. Pero de eso a convertir a Mouriño en “perro del mal” —como pretendieron los fanáticos amloístas— existe una larga distancia. En todo caso el asunto tiene claros matices políticos.

ACABAR AL POTENCIAL SUCESOR

En realidad los ataques a Mouriño no fueron porque existiera o no algo irregular en las empresas familiares y los vínculos presuntamente ilegales de su calidad de servidor público. En el fondo de los ataques, el odio y la xenofobia sembrados en torno a él había claros elementos políticos. ¿De qué hablamos?

De que para no pocos de los adversarios políticos del Presidente y de su gobierno, Mouriño era el blanco a derribar. ¿Por qué? Porque no sólo había sido el artífice del triunfo de Calderón, sino el potencial sucesor. Y en la política en general —y en especial en la mexicana— la lucha por el poder no se basa sólo en el trabajo de los políticos y los líderes; no es sólo una cuestión de construcción personal, sino que para el éxito político tiene mucho que ver el debilitamiento del adversario.

Para tratar de entender el asunto primero debemos responder a una interrogante fundamental. ¿Por qué AMLO convirtió a Mouriño en blanco de sus fobias y de esa enfermiza persecución? Porque el tabasqueño pretendía cobrar venganza del que fuera el capitán del barco de la candidatura de Calderón. En buena medida Mouriño fue el responsable no sólo del triunfo de Calderón, sino de la derrota de AMLO. Y en política los triunfos y las derrotas siempre se pagan y se festejan.

Además, resulta que Mouriño era el más aventajado de los eventuales sucesores rumbo a 2012. Por eso era blanco de tirios y troyanos. Por eso se convirtió en el “villano favorito” de los nuevos tiempos políticos.

LA REPeTICIÓN

El día de la tragedia observamos la repetición de una película que ya vimos como sociedad —con otras características, en otro tiempo y apenas con un tercio del sexenio recorrido—: la destrucción de un político que era cuidadosamente llevado de la mano para reemplazar a su padre político.

Es decir, si con la muerte de Colosio por un asesino, manos ajenas le quitaron al presidente Salinas a su sucesor, con la muerte de Mouriño un accidente y/o atentado arrebataron a Calderón a su sucesor. A querer o no, la política mexicana, la de todo el mundo —y si no véase lo que ocurre en Rusia—, los hombres del poder siempre construyen a su sucesor. Y claro, no siempre el construido llega al poder.

Tiene sentido la especie si recordamos que en los previos a la tragedia era insistente el rumor de que había llegado el tiempo en que Mouriño debía salir de Gobernación para seguir su camino hacia la construcción de un sucesor presidencial. ¿Recuerdan cuál fue el camino que recorrió Luis Donaldo Colosio antes de llegar a la candidatura?

Bueno, pues hoy se sabe que Mouriño tenía en su destino político —por supuesto, la tragedia no era parte del presupuesto— una o las dos escalas de poder que dan el gobierno de Campeche y/o la jefatura de la diputación federal panista. Era para el Presidente el prototipo del sucesor ideal, y hoy también ha quedado claro —por lo doloroso que ha resultado para el propio Calderón— que trabajaba en la construcción del que sería su sucesor.

RECUENTO DE DAÑOS

Nadie sabe hoy lo que provocó la tragedia, si fue un mero accidente o manos ajenas provocaron un atentado. Y todo indica que el Presidente está a la espera de un indicio para decidir por un sucesor. Pareciera que Calderón realiza su muy personal recuento de daños, al extremo de haber visitado ayer el lugar de la tragedia. Frente al hecho hemos descubierto a un Presidente de sorprendente sensibilidad espiritual.

Por lo pronto, todo indica que Calderón espera un indicio sobre el origen de la tragedia para tomar la decisión de quién será el nuevo secretario de Gobernación. ¿Por qué esperar un indicio? Porque el rumbo del gobierno de Calderón dependerá de esos indicios. En pocas palabras, si se trató de un mero accidente —en cualquiera de sus modalidades— el gobierno tendrá una cara y acaso la que ya conocemos.

Pero si se trató de un atentado —lo que nadie puede descartar— la cara del gobierno, su nuevo secretario de Gobernación y acaso todo el gabinete cambiarán. Porque si existen evidencias de un atentado hablaremos de una guerra abierta, frontal, en la que las bajas serán de ambos bandos: el oficial y el del crimen organizado. Y para hacer frente a esa realidad será necesario otro gabinete con otras características.

Por eso no se ha nombrado al nuevo secretario de Gobernación. Claro, además de que el espiritual Presidente que hemos descubierto también se está dando su tiempo de duelo. Aun así, es previsible que concluido el homenaje que se le rendirá a Mouriño en el Partido Acción Nacional, se cierre el capítulo y se dé a conocer quién será el nuevo secretario de Gobernación.