noviembre 29, 2008

La paradoja calderonista

Ivonne Melgar
Retrovisor
Excélsior

Como en los niños, un gobierno que llega a sus primeros dos años, ya sabe caminar solo.

Y el de Felipe Calderón lo hace sobre un terreno difícil, sí, pero no minado por sus adversarios políticos, como alguna vez se pensó que sería su sexenio.

Había razones, en el arranque de la gestión, para pronosticar que el suyo sería un escenario sin espacios de soluble gobernabilidad.

Todavía hace un año, aun cuando se le reconocía capacidad para sortear a un siempre activo Andrés Manuel López Obrador, los pronósticos no eran halagüeños en torno al Presidente que llegó a Los Pinos con una ventaja de sólo 0.6% de votación.

Para finales de 2007 ya se había dado el pacto de descabezamiento del IFE, permitiendo una especie de borrón y cuenta nueva en lo correspondiente a las reglas de la competencia política, y la suerte de Calderón se imaginaba entonces siempre sujeta a una oposición que le había tomado pronto la medida.

Ya fuera por un PRI con fuerza en el Senado para determinar el avance en materia de seguridad y en la reforma petrolera o por la capacidad de López Obrador para frenar las iniciativas gubernamentales en dos pistas simultáneas: desde el Congreso y con movilizaciones ciudadanas.

Los hechos relevantes en el estira y afloja de la clase política durante este 2008 podrían documentar con creces esa visión de un Presidente acotado por la sagacidad del priismo gobernante y la audacia política de quien se hace llamar presidente legítimo.

Mencionemos sólo dos: la herida política de muerte que desde su llegada a la Secretaría de Gobernación padeció Juan Camilo Muoriño con la denuncia de López Obrador en torno al presunto conflicto de intereses entre su cargo y los negocios familiares. En ese caso, el PRI no sólo dejó solo al calderonismo, sino que en su momento acuñó sobre el ejemplo del ahora desaparecido funcionario que este era un gobierno “de cuotas y de cuates”.

Un segundo expediente que ilustraría los escasos márgenes de Los Pinos para avanzar en sus propósitos es la negociación de la reforma petrolera en su primera parte.

El movimiento del ex candidato presidencial del PRD resurgió con el talento del tabasqueño para azuzar a sus bases de que la privatización estaba en puerta. Y el priismo parlamentario aprovechó el momento difícil de Calderón para elevar el costo de su operación política. En ambas coyunturas, muchas, decenas de veces, escuché a gente, conocedora del poder y de sus complejas jugadas, augurar el descarrilamiento del gobierno.

“Ahora sí se les acabó la buena suerte”, susurraban.

Como reportera con la oportunidad de cubrir diariamente las actividades presidenciales, otras tantas ocasiones recibí la misma pregunta: “¿Cómo ves? ¿Verdad que en esta ocasión ya se le puso difícil todo a Calderón?”

Y siempre he dado la muy impopular e incorrecta respuesta, políticamente hablando, de que no, de que las crisis se han convertido para el segundo presidente del PAN en momentos de impulso.

Hay en el estilo calderonista de gobernar una capacidad de avance, justo en medio de aparentes situaciones de caos, presión y cerco.

Y así ocurrió en el peor momento de la reforma petrolera y en los días de duelo por la muerte de Mouriño y sus acompañantes en el avionazo del 4 de noviembre.

Lo hemos platicado ya: Calderón optó por aplicar los ajustes energéticos perredistas y priistas, a cambio de un plan presupuestal anticrisis, lo cual la convierte en la administración con más dinero para todo tipo de programas sociales, asistenciales y obras, en un año de disputa electoral.

Mientras que, en medio de la tragedia, el Presidente asumió la conducción de los días posteriores con un éxito mediático y político, aun cuando sabemos que en las calles y en las conversaciones familiares la duda del accidente persiste. Pero, en la balanza, la imagen presidencial flota y —si bien habrá que atenernos a próximas evaluaciones— acaso repunta en cuanto a la calificación del manejo de situaciones complicadas.

Lo paradójico es que, a estas alturas de 2008, aquellas tensiones políticas por la impugnación a sus colaboradores o por la intención de canalizar dinero privado a Pemex, no tendrían los primeros lugares en la lista de los días más negros y difíciles del año para el gobierno.

Las horas tristes corren afectando a miles por la violencia sin antecedentes en varios puntos de la República y porque los pasos de la escasez, las deudas y el desempleo comienzan a ser caminados de manera generalizada. Y, sin embargo, paradójicamente, la factura social no llega aún al gobierno.

Aunque el pejismo buscará encabezar la capitalización política de esta situación económica, como legítimamente lo hacen las oposiciones en el mundo, paradójicamente ahora que sí existen motivos de recordar las promesas pendientes del “presidente del empleo” —tal cual fue uno de los principales lemas de campaña—, López Obrador se acerca a una complicada correlación de fuerzas en el interior de su partido.

Porque mañana, cuando Calderón celebre su primer bienio, simultáneamente, en el PRD, el lópezobradorismo estará enfrentando uno de sus más duros golpes: la llegada a la dirigencia de un Jesús Ortega que ya ha dado demasiadas muestras de que su futuro no es más del lado del tabasqueño.

Lo paradójico es que el balance presidencial incluirá como hazaña la existencia de un plan anticrisis para amortiguar los efectos de la mala racha financiera internacional. Lo paradójico es que, a pesar de este pésimo tiempo económico, la cosa política va y mejor de lo imaginado.

Y lo más paradójico es que ese gobierno que ya sabe caminar, cuando se cae, lo hace porque se mete zancadillas, a causa de sus disputas internas.

Por eso, en Palacio Nacional, el priista César Duarte, con la jiribilla de quien ha escuchado decenas de veces el llamado presidencial a la unidad, ayer balconeó abiertamente a los dos más importantes hombres del gabinete de seguridad, dirigiéndose a Genaro García Luna y a Eduardo Medina Mora, para solicitar madurez y que eviten “actitudes sectarias”.

Ironías de la paradoja calderonista. Delicadas piezas sueltas de un estilo de gobernar cuyos ajustes más importantes son íntimos, internos, y apenas habrán de acomodarse.

Porque este gobierno que ha sabido torear al indestructible, a los experimentados priistas, al colapso financiero, a los cárteles del narco, no puede ocultar las rencillas de su gabinete, la división entre los cercanos y los no cercanos.