diciembre 30, 2008

Atenas

Germán Martínez Cázares
Presidente nacional del PAN
El Universal

Atenas, precisamente la ciudad, la polis que inventó la democracia, tuvo un año terrible, y deja una sensación de que nuestro sistema democrático, pensado y ejecutado por primera vez en esa ciudad por Solón, 600 años antes de Cristo, tiene algunos pendientes. El brutal asesinato de Alexandros, un estudiante de 15 años, a manos de la policía griega destapó la crisis y desbordó a su gobierno. Grecia nos deja una lección a valorar con cuidado: la democracia no satisface a muchos de nuestros jóvenes.

Atenas vivió recientemente una nueva primavera de Praga, un nuevo amanecer 40 años después de aquel emblemático 1968. Los desmanes callejeros protagonizados por una juventud enojada, sin ilusión, es, a primera vista, la victoria de una sociedad nihilista que sólo tiene como valor el consumo.

La muerte de Alexandros es una típica tragedia griega alcanzada en el final a sí misma. El día que la bala perforó su pecho, las manifestaciones de protesta incendiaron y destruyeron muchas tiendas del barrio más elegante de la ciudad, el Kolonaki. La zona de la ciudad —como Polanco con tiendas exclusivas—, extendida desde los pies de la imponente colina de Lykavitos hasta el centro de la ciudad, plaza Sintagma, fue escenario de otra tragedia, porque una de las joyerías saqueadas era de la mamá de Alexandros.

Atenas, como siempre, desde Sócrates, nos interpela. Nos pregunta. Atenas siempre será un reclamo a la razón. Las manifestaciones griegas de repudio a su gobierno, al Estado, a las leyes —le prendieron fuego a la biblioteca de la Facultad de Derecho—, pueden leerse con ligereza como un simple desmán juvenil, o bien, como una duda sobre la calidad de la democracia. En el oráculo de Delfos, la pitonisa que presagiaba el destino, entraba, antes de emitir su sentencia, en un estado de éxtasis, se dejaba poseer por Apolo.

A esa convulsión los griegos le llamaban entusiasmos. La democracia, al menos en la ciudad que la inventó, no está entusiasmando a los jóvenes y esa señal no debe ser menospreciada. ¿Por qué los jóvenes prefieren los métodos violentos a la simple rutina de depositar un sufragio en una urna, para hacerse escuchar? ¿Por qué a los jóvenes no los entusiasma la democracia?

Creo que la respuesta la tiene Platón en sus Diálogos. Es el triunfo de Calicles. Ese personaje clave del Gorgia, que dijo las siguientes palabras: “La filosofía tiene su encanto si se toma moderadamente en la juventud; pero si se insiste en ella más de lo conveniente es la perdición de los hombres. Por bien dotada que esté una persona, si sigue filosofando después de su juventud, necesariamente se hace inexperta de todo lo que es preciso que conozca el que tiene el propósito de ser un hombre esclarecido y bien considerado. En efecto, llegan a desconocer las leyes que rigen la ciudad, las palabras que se deben usar para tratar con los hombres en las relaciones privadas y públicas y los placeres y pasiones humanos; en una palabra, ignoran totalmente las costumbres. Así pues, cuando se encuentran en un negocio privado o público, resultan tan ridículos, del mismo modo que son ridículos, a mi juicio, los políticos cuando vienen a nuestras discusiones”.

Triunfó Calicles: la política está divorciada del pensamiento. Allí debe estar parte de la respuesta al porqué del repudio de algunos jóvenes, al menos griegos, y seguro mexicanos, a la democracia.

***

Que en el Año Nuevo se entusiasmen muchos jóvenes con nuestra democracia. Es mi deseo sincero.

Doce uvas

Juan Manuel Asai
jasaicamacho@yahoo.com
Códice
La Crónica de Hoy

El que coma 12 uvas al compás de las campanadas del reloj que marca las 12 de la noche del 31 de diciembre tendrá, dice la tradición, un Año Nuevo próspero. De igual forma, cada uva ingerida representa un deseo con muchas posibilidades de cumplirse, siempre y cuando la uva, fresca o pasa, se coma en tiempo y forma.

Confieso que a lo largo de mi vida he seguido éstas y otras tradiciones que animan las fiestas familiares de fin de año. Los resultados han sido disparejos. Mis deseos siguen a lo largo del año un camino errático y, al cabo de los 12 meses, regresan a su lugar en el contenedor de uvas.

Por supuesto que vale la pena intentarlo de nuevo. En realidad, lo sabemos todos, el gran logro es vivir un año más para pedir otros 12 deseos. Este año, sin embargo, dejaré de lado las peticiones de salud, dinero y amor para mí y los seres queridos y revelaré desde ahora la docena de peticiones para el 2009, con la intención de que la mayoría de los mexicanos tenga la oportunidad de subir por la empinada cuesta que nos aguarda el primero de enero y lleguen todos, vivitos y coleando, al próximo fin de año.

Que se detenga la caída de las remesas que nuestros compatriotas que trabajan en el extranjero envían a sus familiares en nuestro país. Si dejan de llegar dólares, comenzarán a regresar emigrantes que conocieron el lado oscuro del sueño americano.

Que los programas emergentes para la protección del empleo funcionen. Claro que ya nadie espera que Calderón sea el “presidente del empleo”, pero que por lo menos no se pierdan los que hay. Un padre de familia sin empleo es un fracaso colectivo.

Que no perdamos las divisas que genera el turismo. La derrama que dejan en nuestro país los visitantes extranjeros es agua fresca en el desierto. Hay que proteger al turismo, porque puede ser nuestro único aliado.

Que el precio internacional del barril de petróleo se estabilice por encima de los 70 dólares y que la reforma energética rinda frutos.

Que el gobierno de Estados Unidos detenga, a partir del primer día del 2009, el tráfico masivo de armas hacia México. Mientras el Tío Sam mantenga abiertas sus armerías las 24 horas del día, y sus esforzados guardias fronterizos dejen trabajar sin ninguna molestia a los traficantes de armas, la matazón en nuestro país no tiene para cuándo terminar.

Que el gobierno de Estados Unidos detenga desde el primer día del año próximo las operaciones de lavado de dinero de narcos mexicanos en el sistema financiero norteamericano. Si no hay controles y los sistemas de verificación del origen de los recursos siguen sin funcionar, no se golpeará a los narcos donde más les duele, que es en su bolsillo.

Que la ciudadanía, que la gente común y corriente, los chavos de los barrios populares y las colonias de la alta sociedad, asuman que consumir drogas como esparcimiento es un acto de complicidad con grupos de asesinos desalmados. Que en sus ensoñaciones provocadas por el consumo de estupefacientes, se les aparezcan cuerpos sin cabeza.

Que Barack Obama, en un momento de lucidez, recuerde que el sur existe. Si el nuevo gobierno norteamericano continúa con la idea de que lo que suceda en su llamado patio trasero es irrelevante, se llevará muy pronto una desagradable sorpresa.

Que en las listas de candidatos a diputados federales aparezcan personajes, sin importar de qué partido, con tamaños para rescatar, desde el Congreso, al país.

Que los integrantes del gabinete presidencial den por fin el estirón, o se dediquen a otras cosas.

Que la nueva dirigencia nacional del PRD recuerde que es un partido de oposición al gobierno federal, no de oposición a sus propios militantes. Que alguien les diga que en el espectro político el espacio correspondiente a la centro-derecha ya está ocupado.

Que los periodistas que tomen la decisión de aventarle sus zapatos a los políticos fallidos, mejoren su puntería.

Una sociedad valiosa

Armando Salinas Torre
Excélsior

El año que concluye nos deja una estela de violencia, inseguridad y crisis financiera que no tiene precedentes en los últimos 80 años. Es responsabilidad del Estado encabezar las acciones que hagan frente a dichos problemas, sin menoscabo de la corresponsabilidad social de cada uno de nosotros para contribuir en las soluciones de estos problemas y en la lucha contra la adversidad del próximo año.

Existen muchas formas en que la sociedad puede participar de manera responsable en esta función, sin embargo, en esta ocasión quisiera únicamente referirme a la formación de los valores esenciales de la vida.

En un Estado democrático —como el que deseamos consolidar— la responsabilidad de formar a las familias con los valores que deseamos para la sociedad corresponde, esencialmente, a quienes la integramos.

El liberalismo recuperó de la potestad del Estado, y a favor de la persona, la facultad de autodeterminarse, la cual debe ser ejercida no sólo hasta donde se ubica la libertad del resto de los individuos, sino, además, promoviendo una sociedad comprometida con el bienestar común.

La cotidianidad nos conduce, generalmente, a una perspectiva materialista de la vida; es obvio que se requiere de recursos para satisfacer nuestras necesidades; sin embargo, adoptando aquella perspectiva, nosotros mismos incrementamos dichas necesidades y nos alejamos de lo esencial en la vida.

Cuando se finca la realización de la persona en la obtención de bienes materiales, aquélla se agota una vez que se obtienen estos últimos y sobreviene un vacío e insatisfacción individual y social. En tanto que, cuando dicha realización radica en valores trascendentes y perennes, como la paz, el respeto por uno mismo, el aprecio por los demás, la amistad, entre otros, la satisfacción, alegría y tranquilidad adquieren tales características.

Se ha arraigado la imagen de que el éxito de la persona depende de la cuantía de su patrimonio material, incluso, sin importar los medios que se utilicen para acceder a ellos. Sin pretender una sociedad utópica, en la que carezcan de importancia los bienes, considero que es indispensable recuperar los valores que dignifican a la persona.

Cultivar y promover el respeto a la dignidad humana y el bienestar común, sin mezquindad, contribuirá a enfrentar los factores que alimentan la violencia e inseguridad que padecemos.

Los seres humanos, independientemente de su credo religioso o aun sin él, suspenden un momento su actividad cotidiana para reflexionar sobre los valores fundamentales de la vida, como la paz, la prosperidad, el amor y la esperanza.

Pensar en lo que le otorga verdadero sentido a la existencia humana, cultiva y recrea la riqueza del espíritu de una persona.

Durante estos días debemos hacer de la convivencia con nuestros seres queridos, motivo de reflexión sobre los valores que le otorgan sustento a nuestra vida. Se trata de un ámbito en el que sólo nosotros podremos librar esta batalla que no se finca en la imposición, sino en el convencimiento, en la congruencia del pensamiento y el desempeño cotidiano.

Es de sobra conocido que el año próximo será aún más difícil para encarar los retos de la inseguridad y la incertidumbre económica. Por lo que respecta al primer tema, existe un firme compromiso del Presidente de la República para enfrentar a las organizaciones criminales y recuperar los espacios públicos y privados, pero, sobre todo, la tranquilidad, confianza y seguridad de la sociedad. A pesar de ello, no será suficiente sin el respaldo y colaboración de la nación entera.

Hay quienes pretenden una sociedad fragmentada, temerosa, amenazada e insegura; sin duda alguna que corresponde al Estado emplear toda la fuerza pública y los instrumentos que le proporcionan su condición de poder público para hacerle frente al problema; no obstante ello, insisto, nos corresponde a todos, en lo individual, la formación de nuestros hijos y seres queridos en los valores de la honestidad, el respeto, y la dignidad.

Por otro lado, enfrentaremos una crisis financiera en la que el Estado debe asumir una responsabilidad frente a la sociedad para emplear los recursos que tiene a su cargo, con la finalidad de aminorar los efectos de la misma; también, en este caso, corresponde a todos que redoblemos el empeño para cumplir nuestras actividades de manera profesional y responsable. Estoy seguro de que si todos nosotros hacemos un esfuerzo, como el que demandan las condiciones del país, para asumir y transmitir los valores que pueden hacer de ésta una sociedad que rechace la corrupción como medio para satisfacer sus necesidades, la violencia para comunicarse e imponerse, la desidia y la apatía en el desempeño de sus funciones, entre otras, lograremos superar éstas y cualquier otra crisis que se nos presente.

Nos encontramos en un momento que pone a prueba la entereza y capacidad de los mexicanos para asumir con responsabilidad nuestro presente y el futuro de nuestros hijos. Hagamos de ésta una sociedad valiosa.

El 2008, ¿qué recordaremos?

Alberto Aziz Nassif
aziz@ciesas.edu.mx
Investigador del CIESAS
El Universal

Con el cambio de calendario viene una momentánea renovación, pero en realidad 2009 llegará cargado de una pesada herencia. Se va un año que fue terrible en muchos sentidos y, al mismo tiempo, tuvo momentos luminosos y esperanzadores.

Los días de 2008 se recordarán durante muchos años, pero no por las inercias de los viejos conflictos, como el enfrentamiento de seis décadas entre palestinos y judíos, a pesar de las novedades fatales de estos días, como el bombardeo en la Franja de Gaza que ya suma más de 300 muertos. Tampoco se recordará que en África hubo noticias importantes, como la violencia que se desató en Kenia por un conflicto electoral que provocó más de un millar de muertos y 300 mil desplazados. Es la maquinaria de muerte que azota a ese continente.

En cambio, quizá sí se recordará que en Zimbabue el partido oficial perdió la mayoría después de gobernar 28 años ese país. El 2008 será el año en el que Kosovo declaró su independencia en contra de la posición de Belgrado, y también quedará la noticia de que Medvedev —el sucesor designado por el propio Putin— ganó las elecciones en Rusia. Es posible que la tercera victoria de Berlusconi en Italia se pierda en la memoria.

Por el contrario, en América Latina será recordado el rescate de Íngrid Betancourt, que estuvo secuestrada por las FARC de Colombia desde 2002.

Sin duda, hubo tres asuntos que capturaron el interés internacional y permanecerán en la memoria. El primero son las Olimpiadas en China, que estuvieron antecedidas de una serie de enfrentamientos y protestas por el añejo conflicto con el Tíbet. El segundo, las elecciones presidenciales en Estados Unidos, que pasarán a los libros de texto en ese país y se recordarán porque hubo cambios muy significativos, como la meteórica carrera de Barack Obama, quien pasó de ser un precandidato relativamente desconocido a ser el primer presidente negro en ese país de histórico y profundo racismo.

Y el más estrujante de los tres será la crisis económica que estalló con fuerza en los últimos meses del año y sobre la cual muchos especialistas miran a 1929 para hacer comparaciones.

Para México, 2008 fue un año complicado y terrible. Incluso en los espacios internacionales nuestro país alcanzó una de las cifras más altas de asesinatos violentos en la guerra contra el narcotráfico. Se acumularon más de 5 mil 500 muertes. Salvo que 2009 sea más violento, este año que termina se llevará el récord en décadas. La inseguridad, los secuestros y los atentados se han vuelto un clima cotidiano al que los mexicanos nos resistimos a acostumbrarnos.

Sin embargo, cada día la noticia es peor que la del día anterior (matanzas en Creel, La Marquesa, Morelia, Chilpancingo). Sobre ese lienzo de muerte se tejieron historias desgarradoras de víctimas inocentes que recordaremos porque volvieron a despertar la protesta social bajo la demanda a las autoridades de: “Si no pueden, renuncien”. Casos conocidos y cientos de casos anónimos formaron una avalancha que desnudó a un Estado penetrado por la delincuencia hasta sus más altos niveles. Esa será una marca perdurable de 2008.

Otro hecho que atrapó la atención fue la reforma de Pemex, que sintetizó las posturas políticas, mostró un nivel de debate que podemos tener sobre los temas importantes del desarrollo del país y develó espacios de negociación, porque a pesar de vivir un clima polarizado, hubo acuerdos. Sin embargo, es posible que recordemos más la toma de las tribunas en el Congreso que los debates en el Senado.

De 2008 permanecerán las imágenes sobre la caída del Learjet 45 donde murieron el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, y el ex fiscal antidrogas José Luis Santiago Vasconcelos. De los partidos políticos permanecerá la elección interna del PRD, cuyo litigio duró más de ocho meses, la recuperación electoral del PRI y las múltiples derrotas del panismo que tuvo un año electoral muy malo. Se recordará también la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de mantener la despenalización del aborto. Llegó también un repunte inflacionario.

Adiós a 2008 y suerte en 2009, que todos la vamos a necesitar…

El ansia de llegar

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

La carretera. Una especie de maldición, en vacaciones. Un espacio no habitado que sólo sirve para transitar hacia otra parte y que, justamente por ello, carece de interés propio (a no ser que sea el escenario de maravillosos paisajes en cuyo caso no debería ser recorrido sino visitado). La exasperante impaciencia de los niños hace de la carretera un interminable rosario de reclamaciones condensado en una sola pregunta: ¿ya vamos a llegar? Y, así, lo que sería un trayecto meramente necesario se transmuta en la más agobiante odisea a través del tiempo, un viaje en que cada minuto adquiere la dimensión del aburrimiento supremo.

Pero, todo esto es desagradecimiento puro. Nos olvidamos que la vida es un regalo y que el tiempo, ese bien desechable que deseamos consumir lo más prontamente posible para llegar a nuestra “destinación” —alguna gente habla de “destino”, lo cual es bien revelador por más que se trate de una designación arbitraria en tanto que supone un dominio absoluto sobre cuestiones inmanejables (si chocas y te mueres en la autopista, ése hubiera sido, con perdón, tu destino, en vez de Puerto Vallarta o Manzanillo)—, nos olvidamos, repito, que el tiempo es un bien precioso e irrecuperable. Luego, pasados muchos años, ya en la cama del hospital y conectados a los tubos que nos prolongarán piadosamente la existencia, habremos tal vez de lamentar nuestra dispendiosa, e irresponsable, administración del tiempo y, a lo mejor, en un fugaz aleteo de la memoria, recordaremos esa tarde pasada en la carretera, desentendidos de nuestra plenitud, maldiciendo las colas del peaje y deseando, en todo momento, arribar al final de la jornada.

Me ha sorprendido, anteayer, mi propia ansia de llegar cuanto antes, de cancelar el momento presente y glorificar el instante del arribo, como si la vida no estuviera en la carretera, sino únicamente en el puerto de llegada. Algún día, tomaré el coche y conduciré lentamente; me pararé mil veces para mirar el campo y el cielo. Algún día.

Bicentenario de una indigestión

Luis Miguel Martínez Anzures
lmmtz@prodigy.net.mx
Doctor en Administración Pública y Maestro de Posgrado de la FCPS-UNAM.
Iconoclastia
La Crónica de Hoy

Historia de dos colonias. Una nación colonial coloniza a un continente colonial. Vendamos mercancía a los españoles para obtener oro y plata, ordenó Luis XVI, en clara referencia a que lo importante era la producción no los territorios de ultramar; Gracián exclamó en El Criticón: España es de las Indias de Francia. Pero también pudo haber dicho: España es las Indias de Europa. Y la América española fue la colonia de una colonia posando como un imperio.

Lo que se observó en la Corona, durante todo el periodo de colonización y ocupación, fue la exportación de lana, importación de textiles y fuga de metales preciosos. Todo ello fue enviado al norte de Europa con el objeto de compensar el déficit de la balanza de pagos ibérica, y fin de importar los lujos del Oriente para la aristocracia ibérica, pagar las cruzadas contrarreformistas y los monumentos mortificados de Felipe II y sus sucesores, los defensores de la fe. En su “Memorial” de la política necesaria, escrito en 1600, el economista González de Celorio, citado por John Elliot en su España Imperial, dice que si en España no hay dinero, ni oro ni plata, es porque los hay; y si España no es rica, es porque lo es. Sobre España, concluye Celorio, es posible, de esta manera, decir dos cosas contradictorias y ciertas a la vez.

La enfermedad del centro se extendió a la periferia y desafortunadamente las colonias no escaparon a la ironía de Celorio. Después de casi dos siglos de ocupación peninsular, la tradición heredada del Imperio español no fue otra sino un patrimonialismo desaforado, a escala gigantesca, en virtud del cual las riquezas dinásticas de España crecieron desorbitadamente, pero no la riqueza de los españoles.

Si Inglaterra, como indican los Stein, eliminó todo lo que restringía el desarrollo económico —privilegios de clase, reales o corporativos; monopolios; prohibiciones—, España los multiplicó. El imperio americano de los Asturias fue concebido como una serie de reinos añadidos a la corona de Castilla. Los demás reinos españoles estaban legalmente incapacitados para participar directamente en la explotación y la administración del Nuevo Mundo.

América fue el patrimonio personal del rey de Castilla, como lo fue Comala de Pedro Páramo, el Guarari de los Ardavines y Limón en Zacatecas del cacique don Mónico.

A pesar de las grandes riquezas obtenidas en las Indias, España no creció, creció el patrimonio real. Pese al dinero, oro, plata, mano de obra y materia prima, España no produjo ningún crecimiento. Todo lo obtenido se usó para financiar una corte parasitaria e inútil, en donde lo único que aumentó fueron la aristocracia, la Iglesia y la burocracia. El número de dependientes se acrecentó tanto que llegó al grado en que en 1650 había 400,000 edictos relativos al Nuevo Mundo en vigor. La militancia castrense y eclesiástica pasa, sin solución de continuidad, de la reconquista española a la conquista y colonización americanas; en la península permanece una aristocracia floja, una burocracia centralizadora y un ejército de pícaros, rateros y mendigos.

Hernán Cortés está en México y es miembro de una generación que representa a un tiempo distinto; Cortés es el hombre nuevo de la clase media extremeña, hermano activo de Nicolás Maquiavelo y de su política para la conquista, para la novedad, para el príncipe que se hace a sí mismo y no hereda nada. Pero es derrotado por el imperium de los Habsburgo españoles, el absolutismo impuesto a España primero por la derrota de la revolución comunera en 1521, y en una segunda ocasión por la derrota de la reforma católica en el Concilio de Trento de 1545 a 1563.

La América Española debe aceptar lo que la modernidad europea juzga intolerable: el privilegio como norma, la Iglesia militante, el oropel insolente y el uso privado de los poderes y recursos públicos.

Tomó a España ochenta años ocupar su imperio americano y dos siglos establecer la economía colonial sobre tres columnas, nos dicen Bárbara y Stanley Stein: los centros mineros de México y Perú: los centros agrícolas y ganaderos en la periferia de la minería; y el sistema comercial orientado a la exportación de metales a España para pagar las importaciones del resto de Europa.

La minería pagó los costos administrativos del Imperio pero también protagonizó el genocidio colonial, la muerte de la población que entre 1492 y 1550 descendió, en México y el Caribe, de 25 millones a un millón y en las regiones andinas, entre 1530 y 1750, de seis millones a medio millón. En medio de este desastre demográfico, la columna central del Imperio, la minería, potenció la catástrofe, la castigó y la prolongó mediante una forma de esclavismo, el trabajo forzado, la mita, acaso la forma más brutal de una colonización que primero destruyó la agricultura indígena y luego mandó a los desposeídos a los campos de concentración mineros porque no podían pagar sus deudas.

La guerra de los dioses

Marcelino Perelló
bruixa@prodigy.net.mx
Excélsior

Realmente. La cosa realmente no tiene nombre. ¿Qué extraña y perversa maldición cayó desde el inicio de los tiempos sobre esa tierra yerma llamada Santa? Se trata de uno de los parajes más pobres y desolados del mundo. No hay yacimientos ni de petróleo ni de minerales. Apenas hay agua. Los escasos y escuálidos ríos son prácticamente de estiaje. Y cultivar ahí una brizna de olivo representa toda una proeza.

Lo que sí hay son hombres. Muchos. Que se aferran con una tenacidad feroz a esa tierra triste y sombría. ¿Cómo explicarlo? Así ha sido desde siempre y así será para siempre, por los siglos de los siglos. Hay hombres. Y hambre y sangre. Mucha. Y hay rezos, muchos. Oran a sus dioses, cada uno al suyo. A alguna de las tres deidades que se disputan el territorio: Alá, Jehová y el Dios de los cristianos.

A lo mejor es eso: quienes se empeñan en permanecer ahí y en defender su feudo a sangre y fuego son los dioses. No los hombres. Y los hombres se ven arrastrados por la mítica y la mística que sus respectivos dioses les imponen. Y no hay nada qué hacer. Donde manda capitán, no gobierna marinero. Donde reina el altísimo, no rige el feligrés.

Es la guerra de los dioses. En la antigua Judea, en la antigua Palestina, en la antigua Israel, en la antigua Fenicia, en la antigua Canaán, las guerras se han sucedido durante milenios, de manera interminable. Tan pegadas que podríamos hablar de una sola guerra. La guerra eterna.

Dicen que no es ahí exactamente el lugar elegido para dar origen al hombre. Aseguran los antropólogos que es muy cerquita, en el cuerno de África, en el actual resort de los piratas. Pero hay que atravesar el Mar Rojo. Lo que sí es seguro es que es ahí donde nace la civilización. Valiente civilización. Quién sabe quién fue el primero que decidió cruzar el canal de Suez, que aún no existía, y estacionarse por allá. ¿Qué le gustó, qué le convino, qué lo inmovilizó? Pero pinche idea, me cae.

A lo mejor, también, tiene que ver el que es el punto de confluencia de los tres continentes. Los únicos tres que existían hasta anteayer. Pero así que diga uno qué tanta geografía sabían aquellos hombres y qué tan precisos mapas habían elaborado, pos no. Pero la geografía y la historia tienen su propia dinámica y sus propios misterios.

He ahí un término clave: misterio. En el Oriente Medio habita un misterio. Un misterio clave. La cantidad de masacres terroríficas, inverosímiles, que han ido teniendo lugar en ese paisaje agobiante, en nombre del misterio, es estremecedora. El antiguo testamento describe muchas, pero muchas más se le barrieron, por antiguas, y otras muchas ocurrieron después.

El número de pueblos que han pasado por esas colinas, en el fondo del fondo del Mediterráneo, también es innumerable. Ni crea que voy a intentar una lista, ni que fuera parcial. Es inabordable. Y todos llegaban a partirles la madre a los que ya estaban ahí. ¿Por qué? ¿Qué disputaban? Ni ellos mismos lo sabían. El misterio.

De los últimos en llegar fueron los árabes, en el siglo VII de nuestra era. Después irrumpieron Alejandro Magno, Eduardo VII de Inglaterra y George W. Bush. Entre otros. Los musulmanes, que todavía no sabían que eran musulmanes, se asentaron. Matando a quien se les ponía enfrente. Y dejándose matar, también digámoslo, por el que, al ponérseles enfrente, resultaba más fuerte que ellos. A fin de cuentas, sin embargo, establecieron su hegemonía. Los árabes no sólo conquistaron, colonizaron.

Había ahí, sin embargo, un problema que ellos desconocían y que no había manera que conocieran. Los judíos. Ellos habían sido expulsados de su tierra, mil años antes, por Nabucodonosor II, el babilonio. Fue la primera diáspora. Muchos mosaicos se propusieron y lograron quedarse, sin embargo, la segunda se produjo en el año 70 de nuestra era, ante la represión atroz que desencadenó el general y futuro emperador romano Tito. La tercera tuvo lugar 60 años más tarde, cuando fue ahogada en sangre la rebelión de Bar Kojba, de los hebreos rejegos que permanecían ahí.

La cosa es que los judíos no se disolvieron en las naciones a las que fueron llegando, como hacen todos los migrantes decentes. Ellos no. No se desnaturalizaron y permanecieron judíos. Milenios enteros. Con sus costumbres, su religión, incluso sus hábitos culinarios y vestimentarios. Eso no estaba previsto. No hay precedente histórico de algo así. A no ser el de los gitanos, pero ya es otra historia. Y otro misterio.

Lo peor de todo, sin embargo, es que los judíos querían regresar a esa pinche tierra estéril, buena para nada. A la que ellos consideraban, dos mil años después, su tierra. Así se los ordenaba, por lo visto, Jehová.

Y regresaron. De qué manera regresaron. Gracias a Hitler. Gracias a la bestialidad del holocausto, las naciones del mundo se proponen encontrar una solución final (término nazi) a la cuestión judía. En 1947, la flamante ONU decide la creación del Estado de Israel en la antigua Judea, dividiendo la antigua colonia británica, Jordania, en dos partes: una árabe, la actual Jordania, y otra judía, el actual Israel.

Ello provoca un desaguisado. No podía ser de otra manera. La creación de todo Estado es sangrienta. En la gestación de todo ser humano existe una cogida. Y en la de todo país, también. En la génesis de cualquier país hay los cuatro líquidos esenciales: sangre, sudor, lágrimas y semen.

Del flamante Estado israelí no se corre a nadie ni se expropia nada. De hecho, actualmente, cerca de 20% de la población de Israel es árabe. Pero les cambian la jugada. Y Alá les prohíbe que se instalen ahí los herejes. Muchos, por ello, se van, por propia decisión. Otros se quedan, y hoy, contrariamente a los que nos sirven las versiones maniqueas, sostienen una convivencia armónica con los judíos. Unos van a comprar a la recaudería del otro y el otro toma café apaciblemente en el bar del uno.

Pero el conflicto está armado. Si los dejaran solos, seguro se entendían. A pesar de los dioses. Pero no. Ahí están los game masters, el poder mundial, los señores del capital, que atizan el fuego y amarran navajas. Quién sabe por qué y para qué. No es como Irak, manantial de oro negro. Allí no. No van a sacar nada, más que sangre y dominio. Criterios estratégicos que a nosotros se nos escapan, a pesar de Alfredo Jalife.

La cuestión, una de las facetas de la cuestión, es que los árabes actuales se erigen como racistas, como nazis elevados al cubo. No solamente hay que echar a los judíos al mar, sino que hay que exterminarlos de la faz de la Tierra. Goebbels, desde el purgatorio, los envidia. La Carta de la organización Hamas pone los pelos de punta. Afirma que los judíos son los culpables de todos los males sobre la Tierra. De guerras, hambrunas, enfermedades y crisis. De todas. Hay que aniquilarlos. Como al bacilo del cólera. Como al demonio, que no existe en el Corán.

Le acabo de decir que hay muchos árabes que viven en Israel. Es impensable, del todo, que un judío viva en un país árabe. La sola idea mueve a risa. Aunque el judío en cuestión sea pro árabe. Que los hay y muchos. En Israel hay a cada rato manifestaciones pro Palestina. Pensar en el recíproco provoca ya no risa, sino hilaridad incontenible. Cuando no lágrimas.

Soy ferviente partidario de la libertad y la independencia del pueblo palestino. Que ni qué. Pero no voy a dejar de creer que los judíos tienen el mismo derecho a defender la tierra que consideran suya. Y que como tal han trabajado. La tierra es de quien la trabaja, dijo un ranchero cercano a mi corazón. Y la arena también. Y un territorio rodeado de enemigos enrabiados no es, créame, una situación fácil.

Pa’ acabarla de amolar, por ahí están también los cristianos, los entrañables maronitas del Líbano y los coptos de Egipto, nomás mirando. A ver a qué hora les toca. Les vuelve a tocar. En fin. Ese nudo, a pesar de lo que dice la topología, no tiene solución. No es que no haya a quién irle. Es que le va uno a todos. Si es la guerra de los dioses, que la resuelvan los dioses. Pero, por lo visto, no quieren. Les gusta, a los tres, la sangre.

Hacer una pausa

Javier Corral Jurado
Profesor de la FCPyS de la UNAM
El Universal

Las postrimerías de 2008 nos conducen a pensar en un balance necesario de nuestras vidas y a reflexionar sobre nuestra vida en comunidad. Del ejercicio personal habría que recordar a George Steiner cuando afirma que “el pensamiento es inmediato sólo para sí mismo”, y ahí cada quien tendrá los resultados de sus acciones y omisiones en la medida que tenga el valor de descender a las carencias y a las insuficiencias personales, a quien realmente le interese reconocer su obra personal en la vida. Pero de ese ejercicio singular puede sobrevenir una reflexión colectiva, capaz de cambiar al mundo en sus malas maneras.

El hombre de nuestro tiempo debiera detenerse con más frecuencia para pensar en la forma que está resolviendo su vida y, con su actuar, la de los demás. Si estamos o no haciendo las cosas bien, con relación a la mismísima sustentabilidad del planeta que habitamos.

De estos seres humanos, pienso, los que se dedican preferentemente a la política debieran tener como otro de los imperativos estratégicos hacer un receso para generar un momento retrospectivo. Pero entre ellos no es un proceso frecuente, porque pensar retrospectivamente conduce a hacer una pausa, detener por un momento los elementos que constituyen la base de control y autoridad a nuestro alcance, de poder y significación. Y pausar tiene la aberrante connotación en la disputa por el poder, de generar un vacío. Luego aplican como dogma, la máxima de que en política no hay vacíos, porque alguien los llena. Y en ese torbellino que es el quehacer público, gana la acción apresurada sobre la meditación, y no se pueden parar un momento.

El hombre diario, el hombre en general, no se detiene. Lo que es peor, vivimos el frenesí de la velocidad en todo, y así como en el mundo de la tecnología de la comunicación cada día tenemos más información pero sabemos menos, la aceleración no nos está funcionando para llegar puntuales a nuestros destinos, sino que tiene accidentado al planeta; la mayoría de la humanidad está herida por el hambre, la ignorancia, la insalubridad y la guerra. Mil 400 millones de personas viven en extrema pobreza.

Sólo en este año se nos juntaron cuatro crisis mundiales —la ambiental, la alimentaria, la energética y la financiera— y a nuestro país lo sacuden la inseguridad y la violencia criminal del narcotráfico. He pensado en esto los últimos días de 2008, movido por una singular convocatoria que me dejó girando: me invitó el cineasta Alfonso Cuarón a la casa de mi querida y admirada Denise Dresser para hablarnos a un grupo multidisciplinario de la importancia de pausar. Cuarón tiene clarísimo el potencial que significa esa acción en la transformación de la faz de la Tierra, exactamente como tiene el conocimiento para hacernos del cine un instrumento de elevación humana. Esperemos que pronto se concrete el proyecto que sólo él puede anunciar.

Lo importante es dar cabida a la pausa como espacio para la reflexión en el destino de nuestra vida y de nuestro prójimo. Hacerlo de manera tranquila o al menos apaciguados. Como lo recomienda la Desiderata poética: “Camina plácido entre el ruido y la prisa, y piensa en la paz que se puede encontrar en el silencio”. Es menester formularnos muchas preguntas, cada quien de su entorno y en sus responsabilidades. ¿Cómo estamos haciendo las cosas como personas, como ciudadanos? ¿Hacia dónde se conduce el concepto de familia? ¿Todavía hay patria? ¿De qué manera se comportan los gobernantes? ¿A qué intereses sirve el gobierno? ¿Hacia dónde camina la política de los partidos? ¿Cuál es la misión de las iglesias? ¿Qué tanto están educando los maestros? ¿Cómo realizan los médicos su vocación frente a los enfermos? ¿Qué relación tienen los comunicadores con sus auditorios?

Si, de acuerdo con Oscar Wilde, el vicio supremo de la conducta humana es la superficialidad, no habría peor rostro de ella que la mera contemplación del tiempo que transcurre, sobre todo del tiempo perdido, sin un balance real. Y en México hemos perdido enormes oportunidades este año frente a lo que podríamos ser como nación.

Auscultemos, pues, un poco ese transcurrir anual que se acaba; y reflexionemos también, como escribió el enorme Sándor Márai en La hermana, la novela que le siguió a El último encuentro, “sobre la curiosa indiferencia con que el destino regula nuestras vidas”.