marzo 08, 2009

Una sociedad de oídos sordos

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
La Semana de Román Revueltas Retes
Milenio

Ni reforma fiscal, ni reforma energética ni cambio verdadero alguno sino meros ajustes de poca monta negociados con una oposición cuyo primer interés es vender muy caro su amor. Hay más tiempo que vida, reza el refrán en una de las más perniciosas expresiones de la sabiduría popular; y, sí, guiados por esa máxima comodona, los mexicanos nos tomamos las cosas con calma olvidando que el futuro no sólo está siempre a la vuelta de la esquina sino que ya nos ha alcanzado: México, hoy día, es un país poco competitivo, amenazado por una recesión de pronóstico reservado, irremediablemente embrollado en los mismos problemas de siempre y cautivo, por vocación propia, de unas minorías perfectamente capaces de imponer, una y otra vez, sus intereses particulares al resto de la nación.

El debate público, en este sentido, exhibe una asombrosa inconciencia. Se organizan incontables foros y debates para analizar los problemas; se convoca a los “actores sociales” y se buscan “consensos” pero, al final, las políticas públicas surgidas de estas discusiones se supeditan inexorablemente a los provechos de los partidos y sus aviesos personeros. No hay visión de Estado ni preocupación alguna por otro futuro que no sea el que se perfila en el horizonte inmediato, es decir, el de las siguientes elecciones. El PRI, en su condición de socio remolón y oportunista del actual Gobierno, ha aprovechado esta circunstancia al máximo: se presenta como un interlocutor bienintencionado y responsable a la vez que cosecha los frutos de su avieso oposicionismo. Resulta así que los ciudadanos mexicanos tienen ahora la idea de que sólo el tricolor “sabe gobernar” y están inclusive dispuestos a perdonarle que, mientras administra tan eficazmente los asuntos públicos, sus funcionarios se sirvan con la cuchara grande. La corrupción ya no le quita el sueño a la gente. Lo que quiere es que las “cosas se hagan”.

En este camino —y con parecida conciencia, justamente, de las cosas— los grandes temas pasan a un segundo plano: no hay ya la idea de que las estructuras de este país se forjaron de manera muy perversa por un sistema corrompido —dedicado a la atención de sus clientelas— y que ese modelo es el que ha terminado por socavar la viabilidad misma de la nación mexicana; tampoco parece preocuparnos esa situación de no retorno que hemos alcanzado en un asunto crucial como el de la educación pública o la futura quiebra financiera del Estado. Por simple oportunismo, no establecemos una relación de causa y efecto entre el modelo inventado por el antiguo régimen y las plagas bíblicas que nos amenazan. A lo mucho, se aparecen por ahí los interesados pregoneros de algunos partidos —como, por ejemplo, el Verde Ecologista— para propugnar la pena de muerte. Y eso, en el país de la injusticia flagrante y de los juicios bajo sospecha como el que se le administró a Florence Cassez y que tanto preocupa a Monsieur Sarkozy. Pero, no hay una visión crítica de la realidad nacional que permita atar cabos y endosar responsabilidades verdaderas. Dicho de otra manera: no tenemos intención alguna de cambiar.

La más inmediata de las amenazas que se ciernen en el escenario nacional es la de una estruendosa crisis de las finanzas públicas: los ingresos petroleros van a la baja y la recaudación fiscal desciende al tiempo que sube el gasto del Gobierno. En algún momento —muy pronto, esto es, dentro de doce meses— el erario no tendrá recursos para afrontar sus obligaciones corrientes o, en el mejor de los casos, el déficit alcanzará niveles inaceptables de acuerdo a los cánones de la ortodoxia macroeconómica. Tendremos, ahí sí, un cuadro de fuga masiva de capitales, devaluación catastrófica, desempleo y desplome de la actividad económica, todo ello como una especie de cereza del pastel para coronar la actual debacle financiera.

No se puede hacer nada, sin embargo: cuando a Felipe Calderón se le ocurrió apenas comentar que, de haberse consumado una reforma energética más profunda, México hubiera podido construir cuatro refinerías en vez de una sola, los buitres de la oposición se le echaron encima. Bueno, ya les tocará, a ellos y a nadie más, recomponer el desastre si es que, como nos pronostican los encuestadores, vuelven al poder.

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