abril 12, 2009

Muerte y resurrección

Jean Meyer
Profesor investigador del CIDE
jean.meyer@cide.edu
El Universal

En nuestra época, toda una reflexión se ha desarrollado sobre la vida en su etapa “terminal”, de modo que médicos y sicólogos han renovado la reflexión sobre un tema tan viejo como la inquietud humana.

Hace 3 mil años, Gilgamesh, héroe leyendario de Mesopotamia, buscaba en vano el secreto de la inmortalidad; Jerónimo Bosco y Matías Grünwald pintaron la muerte; León Tolstoi la evocó con una fuerza extraordinaria en La muerte de Iván Illich, y Rainer María Rilke también, mientras que nosotros la encontramos, según nuestra edad, con una frecuencia creciente.

Los cristianos habían elaborado todo un ritual, una preparación, una práctica de la “buena muerte”, que se ha perdido. Nuestra sociedad debe elaborar una ética de la muerte lúcida, alejada de esa inhumana y doctrinaria voluntad de mantener artificialmente en una “no vida” el cuerpo de quien ya murió. Pero debe también volver a familiarizarse con la muerte, para amansarla y vivirla. La conciencia de que somos mortales hace nuestra humanidad; la muerte es a la vez la expresión más fuerte y misteriosa del mal y una ocasión de lucidez. El gran León Chestov dijo que el ángel de la muerte tiene en sus alas numerosos ojos que ven más allá de las apariencias.

No queremos pensar en ella, pero hemos tenido con ella muchos encuentros; claro, es una experiencia parcial, porque se trata de la muerte de los otros, pero cuando se van nuestros padres, cae el último muro que nos separa de ella, y la muerte de todos los que queremos anuncia la nuestra, nos “desteta” cada vez un poco más, nos vuelve adultos y conscientes. Y cada vez sentimos, lamentamos lo que no hicimos, no dijimos… demasiado tarde: la partida es sin retorno y cada vez nos encontramos un poco más solos.

Las antiguas sabidurías enseñaban que había que vivir a fondo cada momento, como si fuese el último: no perder tiempo, no descuidar a los que amamos, lo que debemos hacer. Enseñaban a considerar a los vivos como moribundos: quiero decir, dar toda la importancia a nuestras relaciones con ellos. Enseñan también a considerar a los muertos como vivos.

Todas las iglesias cristianas enseñan que Cristo ha resucitado y que los muertos en Él son vivos. Recuerdo haber asistido a una liturgia ortodoxa y escuchado con emoción al diácono cantar: “¡Hermanos difuntos! Bajen la cabeza para recibir la bendición”. Y entre el domingo de Pascua hasta Pentecostés cantan en las iglesias ortodoxas: “¡Cristo ha resucitado entre los muertos, por su muerte ha derrotado a la muerte, a los que están en los sepulcros, ha dado la vida!”.

Todos los que nos han precedido y duermen del sueño de la paz nos han engendrado, criado, educado, ayudado, ahora son nuestras raíces en lo invisible. Hasta los más materialistas saben de la existencia de esa cadena de las generaciones y pueden decir, como Chateaubriand: “Nunca olvido a los muertos, son nuestra familia”; o como el fabuloso G.K. Chesterton, que existe una solidaridad entre nosotros, los que nos precedieron y los que vienen y vendrán después.

Nietzsche les reclamaba a los cristianos que se atrevieran a dar testimonio de la resurrección de Cristo, que esa gran visión resurreccional del Evangelio por lo menos se reflejara en sus caras. Hoy, después de un siglo terrible de guerras mundiales, genocidios y bombas atómicas, exigiría lo mismo, ¿no les parece? Nietzsche esperaba de los cristianos que fuesen otros tantos San Pablo, el que dijo: “Ya no soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mí”. San Cirilo afirmaba en Alejandría: “La eucaristía es para nosotros el cuerpo mismo de la vida”. Hay una experiencia vieja de 2 mil años, la de la mística cristiana, que demuestra que podemos presentir en este mundo sublunar la alegría de la resurrección.

El obispo Anthony Bloom contaba que un canceroso, ya abandonado por los médicos, le preguntó: “¿Qué puedo hacer? Ya no sirvo para nada”. Le contestó: “En los últimos años, usted siempre soñaba con tener tiempo para meditar, para reflexionar. Ese tiempo que no tomó nunca ahora se lo dan. Revise su vida, el presente y el pasado, para librarse de todo odio, resentimiento, de toda culpabilidad”. Poco después el enfermo le dijo: “ ¡Qué extraño! Soy cada día más débil, es el fin, pero no sólo no me siento morir, sino que nunca me sentí tan vivo. Me doy cuenta de que soy una persona, independientemente de mi estado físico. Vivo mientras mi cuerpo muere”.

Bien lo dijo San Simeón, el nuevo teólogo (Bizancio, siglo XI): “Sé que no moriré, porque estoy adentro de la vida y tengo la vida entera toda que brota en mis adentros”.

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