junio 30, 2009

Lean

Federico Reyes Heroles
Reforma

El próximo domingo puede ser un día memorable. Memorable porque se ratificará cuáles son los nuevos obstáculos de la democracia mexicana. Memorable porque, una vez más, se hará evidente que la sociedad va por delante, que partidos y pseudolíderes van a la zaga. Lastres y potencialidades quedarán desnudos. Podría ser memorable porque se mostrará una fortaleza institucional que está ahí y que no obedece a ninguna sigla. Alrededor de un millón de ciudadanos estarán encargados del proceso, esto también es México. Curules más curules menos, eso pareciera estar ya en un segundo lugar. El fenómeno del hartazgo ha rebasado a los formadores de opinión y se ha convertido en algo más extenso. Las cifras nos dan sorpresas.

Según las más recientes cifras de Reforma pero también de otras casas como GEA, el movimiento del voto nulo, en blanco o a favor de candidatos independientes, podría haber rebasado 15%. A cinco días de la elección no existe un liderazgo sino varios, lo cual nos habla del grado de espontaneidad del movimiento. Si a los nulos, blancos e independientes sumamos a los mexicanos que votarán por un partido, que no están dispuestos a sacrificar su voto -y pueden tener muy buenas razones- es decir los que sí votarán a pesar de su inconformidad, las cifras podrían englobar a varios millones de mexicanos. A ello se suma otro fenómeno muy interesante.

Pareciera que en las últimas semanas la intención abstencionista ha disminuido. Podría ser menor a lo calculado al principio, en lugar de 70%, sesenta o menos. Pero la intención a favor de los partidos no aumenta en la misma proporción, sí en cambio la intención anulista. En pocas palabras: pareciera que los mexicanos están decidiendo salir a votar pero no por los partidos, sino también por los otros cauces legales que les permiten expresar inconformidad. No tiene sentido lanzar decenas de razones para votar o afirmar que el movimiento anulista nos llevará a la antesala de la dictadura. Antes de lanzar juicios morales a favor o en contra, lo primero es entender el fenómeno, explicarlo y rescatar el mensaje.

Podríamos estar hablando de la tercera fuerza política nacional que estando dispersa -en tanto que esos mexicanos no militan o simpatizan por un partido político y tampoco expresan una misma inclinación ideológica- sí coinciden en el cansancio y aburrimiento, en el hartazgo. Si el PRI sube, si el PAN sigue siendo oposición en Nuevo León o qué tanto caerá la izquierda, se miran ya como asuntos menores frente a una manifestación ciudadana que, tanto por cantidad y como por calidad, debe ser tomada en cuenta. El cerco que los partidos construyeron alrededor de la ciudadanía se empieza a cimbrar. Si el 5 de julio un número significativo de mexicanos expresa su inconformidad votando o anulando y si además logramos descifrar el mensaje, los partidos no podrán negar el hecho. Sería tanto como ignorar la realidad, sería suicida.

Reforma nos brinda ya un primer bosquejo. Anulistas y votantes coinciden en varios puntos: reducir los recursos que el Estado otorga a los partidos (79%); reducir los diputados de representación proporcional (68%); permitir las candidaturas ciudadanas o independientes (58%). Los porcentajes corresponden a quienes opinan que esas medidas ayudarían mucho o algo a mejorar la vida política. Hay otros temas controvertidos, quizá por complejos, como el número de senadores de representación proporcional o permitir que los partidos se anuncien en los medios de comunicación o la reelección. Pero quizá lo más relevante de este estudio (Enfoque, 28 de junio, 2009) es la radiografía general del sistema.

Los anulistas se sienten con menos derechos plenos (67%) que los no anulistas (85%). ¿Por qué? Seis de cada diez anulistas sienten que las elecciones no son libres y equitativas lo cual también es la percepción del 42% de los que sí votarán. ¿Por qué de esta percepción? Dos de cada tres anulistas expresan que todos los partidos son iguales, pero también hay 41% de los votantes que tienen la misma impresión. Un porcentaje altísimo, 91%, reclama que sus representantes informen lo que han hecho. Es una inquietud muy sana. Pero quizá lo más relevante es que anulistas (87%) y no anulistas (76%) no se sienten representados por algún partido. Ocho de cada diez mexicanos NO se sienten representados por algún partido. Hay un problema real y profundo. Ojalá y las dirigencias lean el mensaje.

Pero para quienes miran en este movimiento ciudadano el inicio del incendio basta revisar la convicción democrática de unos y otros. La gran mayoría de los anulistas (76%) y de los no anulistas (84%) declaran que la democracia es una buena forma de gobierno y que debemos fortalecerla. ¿Cuál es el miedo? Sí a la democracia, no al exceso de recursos, no a la excesiva representación proporcional, sí a las candidaturas independientes. Y, finalmente, no nos sentimos representados. No apunten al mensajero, mejor lean el mensaje.

El mundo al revés

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Estimados lectores: el mundo —es decir, los jefazos políticos de las naciones presuntamente civilizadas y los caciques monárquicos de las comarcas salvajes secundados, unos y otros, por sus segundones, como mandan los mandamientos— ha lanzado una condena de lo más unánime para condenar unánimemente a esos buenos congresistas del Congreso de Honduras y a esos magistrados de la Corte Suprema y a esos otros jueces del Tribunal Superior de Elecciones, o como se llame, y esos comandantes y generalotes de las Fuerzas Armadas que, todos juntos y revueltos, decidieron defenestrar a un tipo que, debidamente avisado de que su señora Constitución le prohibía expresamente celebrar un referéndum para que el pueblo soberano de su país expresara su dudoso deseo de que volviera a ser presidente y mandamás absoluto de la sufrida nación centroamericana, decidiera ignorar olímpicamente dicha prohibición, violentando no sólo las disposiciones legales a las que se debía someter por juramento sino desafiando a los otros Poderes del Estado. Bueno, señoras y señores, pues el mundo está mal: el apoyo universal que le brinda a don Zelaya, un personaje proveniente de la oligarquía hondureña devenido en izquierdoso populista aspirante a reelecciones sucesivas conducentes a dictadura disfrazada, no es el sostén que merece un individuo de su calaña que, encima, no es víctima de un golpe de Estado —como dice, precisamente, todo el mundo— sino que fue él quien pretendió quebrar, en un primer momento, la institucionalidad y, al no querer controlar sus instintos de perpetuación en el poder, mereció la respuesta, perfectamente legal, del Congreso y el Poder Judicial de la República de Honduras .

Las simpatías de los líderes del mundo, por el contrario, deberían de dirigirse a un sistema político que, por una vez, se ha desembarazado de un personaje incómodo y peligroso antes de que éste comience su artera estrategia de acoso y derribo de la democracia. Pues eso.

Atentamente: su columnista golpista consentido.

Dos golpes de Honduras: Zelaya y el ejército

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

El golpe de Estado en Honduras, que derrocó al presidente Manuel Zelaya , fue atípico porque se realizó con el respaldo del Congreso y de la Suprema Corte de Justicia e incluso del partido de donde surgió Zelaya, el Liberal. ¿Cómo se puede explicar la conjunción de esas fuerzas en el derrocamiento de un mandatario? Sólo colocando lo que sucede en Honduras en un contexto mucho más amplio, local y regional, lo cual permite confirmar las fallas indudables que existen en los procesos democráticos de América Latina.

Ningún golpe de Estado puede ser aceptable en una comunidad democrática, pero en los últimos años hemos visto cómo se ha ido desarticulando esa comunidad y cómo los instrumentos democráticos han sido utilizados una y otra vez para construir regímenes autoritarios. Zelaya cayó porque quiso, con menos suerte, seguir el camino que ya han recorrido muchos mandatarios en la región: la reforma constitucional para poder reelegirse una y otra vez. El camino lo iniciaron Carlos Menem en Argentina y Alberto Fujimori en Perú en los 90, pero se ha ido perfeccionando y fue llevado al límite por Hugo Chávez, que ha modificado una y otra vez la Constitución para garantizarse una reelección casi a perpetuidad, incluso renovando el ejercicio en las ocasiones en que perdió las consultas populares. Lo ha hecho Chávez y, en cada reforma constitucional, ha cerrado aún más la libertad de expresión, los derechos humanos esenciales, ha perseguido y dejado menos espacio para las oposiciones, hasta convertirse, prácticamente, en un régimen de partido único, gobernado en los hechos por militares, muchos de ellos los que acompañaron a Chávez en sus intentos de golpe de Estado, antes de hacerse con el poder por la destrucción de los partidos tradicionales de centroderecha y centroizquierda. Lo mismo han intentado hacer, con menos control sobre el sistema político y militar, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. Lo hizo también, realizando una extraña alianza con el ex presidente de derecha Arnoldo Alemán, el nicaragüense Daniel Ortega. Fue lo que hicieron, con un giro legal demasiado obvio, los esposos Kirchner en Argentina. Lo ha realizado, en otro extremo ideológico, el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, y era lo que quería hacer Manuel Zelaya en Honduras.

Quizá la única diferencia de Uribe (e incluso de los Kirchner, quienes el mismo domingo perdieron las elecciones en su país) respecto a Chávez, Morales, Correa, Ortega y lo que quería llevar a cabo Zelaya, es que han mantenido funcionando su respectivo sistema político sin convertirlo en maquinaria autoritaria. Pero la norma ha sido la de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, gobiernos que han utilizado los mecanismos de la democracia para transformarla en una coartada con miras a consolidar regímenes autoritarios y unipersonales. Y la comunidad de naciones de América Latina ha caído en esa trampa gustosamente, porque muchos mandatarios creen que podrían recurrir a esos mismos mecanismos si su fuerza y su popularidad se lo permitieran. Hasta ahora, Brasil (donde hubo presiones muy fuertes para que Luis Inácio Lula da Silva buscara también una reforma constitucional que le autorizara reelegirse nuevamente), Chile y Uruguay son los que se han librado en forma más exitosa de esa tentación. Y México, donde el tema de la reelección, sobre todo presidencial, es tabú, incluso yendo más allá de lo deseable en cualquier sistema político maduro. Un tabú que no hubiera resistido mucho tiempo eso ya es una especulación si un personaje tan cercano en sicología y forma de entender el manejo personal del poder con los Chávez, los Morales, los Correa, los Ortega del continente, como López Obrador, hubiera llegado al poder.

Eso es lo que ocurrió con Zelaya, un hombre que llegó al poder gracias a un partido de centroderecha, el Liberal, con el respaldo de Estados Unidos y que, estando ya en el gobierno, abandonó a su partido, rompió sus alianzas nacionales e internacionales, se pegó a la Cuba de Fidel y tomó como modelo a Chávez, con la intención, explícita, de reformar la Constitución de su país para poder reelegirse. Allí se originó el conflicto: ¿la conversión de Zelaya, como había ocurrido antes con Chávez, Correa o Daniel Ortega, se dio porque cambió sus convicciones ideológicas ya en el poder o porque simplemente vio que esas nuevas convicciones le permitirían perpetuarse en el mismo? Por supuesto que fue lo segundo.

El tema es el poder y cualquier mecanismo que permita la reelección continua de quien lo detenta está vulnerando el sistema democrático que lo llevó al gobierno. En cualquier democracia puede haber posibilidades de una reelección o dos, pero debe existir un periodo de tiempo máximo para la permanencia en el poder: es una condición básica del sistema, con el fin de renovarse y legitimarse con regularidad. Si las reelecciones permanentes en el Ejecutivo distorsionan el sistema, mucho más lo hacen cuando el mismo, reconociéndose de derecha o de izquierda, se convierte, como en la enorme mayoría de los casos que hemos citado, en un régimen autoritario y populista.

En última instancia, todos los gobiernos autoritarios del siglo XX buscaron formas de legitimación e incluso por la vía electoral llegaron al poder tanto Benito Mussolini como Adolfo Hitler. El voto es parte indivisible de la democracia, sin embargo, para que sea considerada como tal debe tener otros atributos. Y esos los ha ido perdiendo la enorme mayoría de los regímenes que la han utilizado para garantizar un poder unipersonal y permanente. El golpe de Estado es inaceptable, aunque sea con respaldo del Congreso y de la Corte (debe haber mecanismos de revocación que usen otras vías), pero también lo es perpetuarse en el poder escudándose en una escenografía democrática.

Ningún golpe de Estado puede ser aceptable en una comunidad democrática.

“Juanito” Zelaya

Rafael Cardona
racarsa@hotmail.com
El Cristalazo
La Crónica de Hoy

Si el ex presidente Zelaya (hoy irónicamente peregrino por tierras ticas con la “dignidad” de legítimo) regresara a su silla, Hugo Chávez habría logrado imponer a su “Juanito” en la Iztapalapa de Tegucigalpa

Termine como termine el episodio rocambolesco de un presidente echado a patadas en calzoncillos (como Calles) por los militares de la Casa Presidencial de Tegucigalpa, el episodio típico del cuartelazo latinoamericano se convierte hoy en materia de escándalo, al cual se oponen quienes tradicionalmente patrocinaban los cuartelazos: los Estados Unidos y la OEA.

Se ha dicho en todos los tonos posibles que este atropello cercena las posibilidades de la incipiente democracia hondureña; como si la intentona zelayista de perpetuarse en el poder mediante reformas constitucionales, a cuyo contenido se oponían los demás poderes, no hubiera sido el primer atropello a la democracia. O al menos a su espíritu.

Como se sabe, Manuel Zelaya iba tras los pasos de Hugo Chávez, quien hoy como siempre amaga con una imposible intervención, pues ya se sabe cómo reacciona ante el viejo paracaidista ante cualquier episodio: muestra los colmillos y luego se raja del mero asiento como los cántaros de Jalisco.

Zelaya propuso cambios para la prolongación del mandato. A ello se opusieron los miembros de la Suprema Corte de Justicia y buena parte del Congreso, quienes ordenaron la detención del Ejecutivo de afanes repetitivos.

Don Manuel pretendía cambiar la ley fundamental para obtener la reelección, algo expresamente vedado por la propia carta magna, a cuyo contenido sometió su juramento. Eso no sólo está explícitamente prohibido, sino con claros impedimentos para modificar la restricción o brincársela a la torera.

Además, veta cualquier cambio en ese sentido y prevé sanciones (artículos 239 y 240) para quien pretenda hacerlo.

Roberto Micheletti ha sido designado interinamente al frente del país y, según su palabra, las elecciones se realizarán normalmente en la fecha prevista antes del impulso del irrefrenable reeleccionismo: el 29 de noviembre. En este caso los militares no toman el poder.

Solamente como un apunte al margen valdría la pena mencionar hasta dónde pueden derivar los afanes de “anulistas” y “onanistas electorales” en México, cuya mejor oferta “democrática” es por la relación legislativa, comenzando —como casi todo en la vida— por el principio: la repetición inmediata de diputados y senadores en sus cargos, quienes beneficiados por tal condición no dudarían, pasado el tiempo, en cambiar la Constitución para ampliar el beneficio de la extensión al Ejecutivo, con lo cual volveríamos a donde estábamos en 1910.

Pero de vuelta al caso hondureño y las consecuencias de las ambiciones temporales ilimitadas (de seguro, como Porfirio Díaz, allá nadie leyó el Plan de Tuxtepec), llama la atención cómo se preocupan los países latinoamericanos por el asunto. Tanto, como para irse a Managua a salvar la democracia.

El mundo cambia. Eso no se hizo cuando los gringos le dieron un golpe cruento a Salvador Allende, en el Palacio de La Moneda, en el lejano año 1973; tampoco evitaron circunstancias tales en los múltiples casos parecidos en Buenos Aires o Bolivia, ni mucho menos cuando Madero fue asesinado. En aquel tiempo no había OEA, claro; pero la doctrina Monroe se creaba como la verdadera constitución iberoamericana

Hoy, los vientos de la democracia neoliberal dispersan otras semillas. Esas cosas no se hacen, niños, dicen desde Washington la señora Clinton y la Organización de Estados Americanos, cuya reivindicación a la autonomía cubana (por cierto) ha tardado nada más medio siglo y cuya historia es una vergüenza de burocratismo colonial tardío.

Y ante el asunto se alza una voz igualmente descalificada: el organismo internacional de reparto de petrodólares de Hugo Chávez, poéticamente llamado ALBA.

“…los países miembros de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (aquí entran a coro Soledad Bravo y Daniel Viglietti) hemos decidido retirar a nuestros embajadores y dejar a su mínima expresión nuestra representación diplomática en Tegucigalpa hasta en tanto el gobierno legítimo del presidente Manuel Zelaya sea restituido plenamente en sus funciones”.

Si el ex presidente Zelaya (hoy irónicamente peregrino por tierras ticas con la “dignidad” de legítimo) regresara a su silla, Hugo Chávez habría logrado imponer a su “Juanito” en la Iztapalapa de Tegucigalpa.

Pero en este caso con el aplauso, consenso y colaboración de las “jóvenes democracias” latinoamericanas, incluyendo la nuestra. ¡Dios mío!, cuánta banana…

Calderón en el circo de Chávez

La historia en breve
Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

No había de otra más que estar en esa mesa en Managua. Y subrayar con aire indignado el discurso antigolpista. Lo hizo Felipe Calderón al exigir para Honduras política sobre violencia, racionalidad sobre sinrazón.

Calderón tenía que ir a decirlo sin ambigüedades, ahí, a la casa de Daniel Ortega, quien hace 30 años tomó por las armas el poder en Nicaragua; a un lado del presidente de la dictadura cubana, Raúl Castro, quien, caradura, señaló que el “golpe de Estado fascista en Honduras es una afrenta a Latinoamérica”.

Había que ir a apuntalar a Manuel Zelaya, quien habla en primera persona del singular y presume haber logrado, él, el mayor crecimiento económico en la historia de Honduras, y a quien no sólo se le rebeló el Ejército, sino el Congreso y la Corte, cuando se le ocurrió organizar con todas las ventajas una “consulta ciudadana” para poder reelegirse una y otra vez.

Pero, sobre todo, había que irse a meter al reino de Hugo Chávez, un militar que encabezó un fallido golpe de Estado y ahora usa su inmenso poder para mantenerse a perpetuidad en la presidencia de Venezuela. Al circo de Chávez: habló el tiempo que quiso, adjetivó como un gorila, entró y salió de los problemas de otros países con su pasaporte de impunidad.

Calderón, en su papel de presidente pro témpore del Grupo de Río y moderador de la mesa, celebró, aplaudió. En nada se diferenció de Ortega, Raúl, Evo Morales. Sin matices, fue ayer en Managua otro de los peones de Chávez.

Lo más notable, quizá, es que se le veía en su mole. No está por demás recordar, entonces, que él gobierna México con 30, 40 mil soldados patrullando las calles a diario.

Las venas abiertas de la América Latina del siglo XXI.

Siéntense

Marcelino Perelló
bruixa@prodigy.net.mx
Excélsior

Es preciso no hacerse demasiadas bolas. Sólo tantitas. La democracia no es la libertad.Lo asentó de manera transparente, y hace muy poco, quien es el principal apologeta teórico de la democracia, Jürgen Habermas. La democracia es el voto. Ni más ni menos.


Fue Thomas More, Tomás Moro, quien llamó a su obra magna Utopía, el espacio que no está. Que no está en ningún lugar. Que no tiene sitio. Apareció a inicios del siglo XVI. Thomas escribió primero el segundo volumen y un año después el primero. Por lo visto ya había perdido la cabeza mucho antes de ser decapitado.

Se trata, ya lo sabe usted, de la descripción de una ciudad ideal e imaginaria, en la que no existen los conflictos. Con el tiempo, el término y sus derivados fueron haciendo fortuna y hoy se emplea en el sentido de una jalada inalcanzable. Inalcanzable, tal vez sí, pero jalada en ningún caso. Se trata de uno de los textos más perspicaces y filosos de la historia de la reflexión social. A través de la ironía, Moro pone de manifiesto de manera flagrante, sanguinaria, diría yo, que a la sociedad le es inherente el conflicto.

Es un libro que se adelanta por lo menos dos siglos a su tiempo. No será sino hasta Jonathan Swift cuando podremos volver a ver una sátira semejante. Y tendremos que esperar otros dos siglos para que sea recuperada por los pensadores del XIX. Entre ellos destaca de manera brillante, por supuesto, Karl Marx, quien de la mano de Georg Wilhelm Hegel deja establecido para siempre que Utopía no existe. Ni puede existir.

El mismo Lenin fue preguntado alguna vez si, una vez superado el socialismo, en la sociedad comunista seguirían vigentes las leyes de la dialéctica y se producirían contradicciones y enfrentamientos. “Por supuesto”, respondió, sin titubear. “¿Y cuáles serán estos?”, inquirió a continuación el interlocutor, desconcertado. “Esto, joven camarada, deberá esperar a preguntárselo a los ciudadanos del comunismo”.

A mediados del siglo XX, el poeta francés Roger Fernay le puso letra a una bellísima melodía del gran Kurt Weill, y la llamó Youkali. “Con mi barca vagabunda salgo en búsqueda de Youkali, la isla de la felicidad perpetua. Se encuentra en el fin del mundo, pero no renunciaré en mi empeño. Youkali es el país de los amores correspondidos, de la armonía, del entendimiento y el bienestar permanentes. Sólo un problema tiene Youkali: Youkali no existe”.

Youkali es, pues, una utopía. Inalcanzable. También es generalmente considerado utópico el proyecto anarquista de una sociedad sin gobierno, sin leyes y sin dinero. Y sin dios, de pasadita. Ya lo he dicho y repetido, y hoy lo vuelvo a decir y a repetir: Si la acracia, la ausencia de gobierno, es una utopía, la democracia, el gobierno del pueblo, lo es en grado mucho más extremo y descabellado.

Los problemas empiezan desde la etimología misma. Demos y kratos. Pueblo y poder. Pero el pueblo, por definición, es aquello que carece de poder. Sobre el que se ejerce el poder. ¿A quién gobernaría un gobierno del pueblo? ¿A sí mismo? Variante curiosa del gobernar, ya no sé si especialmente fácil o especialmente difícil.

Desde hace unos años, digamos 30 o 35, la democracia ha sido instalada en un altar. Es Youkali. Es el ideal que nuestra barca vagabunda debe perseguir incansablemente. Con la diferencia de que los demócratas de pro están convencidos de que su Youkali sí existe. Y siguen remando. Y siguen esperando que lleguen esos vientos favorables que nunca llegan.

El término “democracia” (las comillas deberían ser consideradas un signo ortográfico obligatorio. Los niños, entonces preguntarían: “¿Papá, democracia se escribe con comillas?” Y el progenitor, cariñoso pero severo, les respondería: “Obviamente, hijo mío. ¿O si no, cómo?”). El término “democracia”, pues, se identifica hoy, de manera inextricable, con el de “libertad”.

¿Es necesario decir que se trata de un craso error? Esperaría que no, pero igual lo digo. Se atribuye a Alexis de Tocqueville la definición lapidaria: “Democracia es la tiranía de la mayoría”. Se trata de un esclarecimiento mucho mejor, más ajustado, pero aún insuficiente. ¿La mayoría de quiénes? ¿De veras creía el buen Alexis que las mayorías realmente gobiernan? El poder, el poder real, reside siempre en una minoría muy estricta. Del que alguna mayoría tal vez hace el coro.

Los crímenes cometidos en nombre de la democracia son incontables a lo largo de la historia y a lo ancho de los meridianos. Desde la Revolución Francesa al putsch de anteayer en Honduras. Pasando por la democrática destrucción de Irak y la no menos democrática persecución a los vascos, avaladas ambas con alborozo por los representantes del pueblo en Estados Unidos y en España.

Es preciso no hacerse demasiadas bolas. Sólo tantitas. La democracia no es la libertad. Lo asentó de manera transparente, y hace muy poco, el que es el principal apologeta teórico de la democracia, Jürgen Habermas. La democracia es el voto. Ni más ni menos. Si hay voto hay democracia y, si no, no. No es preciso darle demasiadas vueltas.

Es una forma particular de legitimación del poder actual, como antaño lo fueron la herencia dinástica o la voluntad de los dioses. En plural o en singular. Da lo mismo. En otra aproximación, Jorge Luis Borges dijo alguna vez que la democracia era una superstición, un abuso de la estadística. En otras palabras, la cuantificación de la razón. Eso sería, divino ciego, si el voto fuera libre, pero resulta que no lo es. Los mecanismos de control, condicionamiento y manipulación que hoy poseen los game masters han convertido el viejo sueño del ágora griega o de Montaigne en un simple acto más de consumo.

Y ya que voy de citas, permítame recordar al más ilustre publicista de México, el siempre añorado Eulalio Ferrer (don Eulalio era mucho más que eso). De él escuché que ya no existía ninguna diferencia entre la propaganda electoral y la publicidad comercial.

Me hace un poco de gracia el actual y vigoroso movimiento anulista. Sus promotores e integrantes, por otro lado harto respetables, insisten en que hay que votar, votar nulo, pero votar. Es imprescindible cumplir con la obligación ciudadana. Con el ritual democrático. Finalmente no hacen sino convertir el acto de protesta en una opción electoral más. Queremos participar del proceso. Queremos que nos cuenten. La cosa es contar: Quiénes son más y quiénes son menos, independientemente de la razón que les asista.

Hay una contradicción de fondo ahí. Hay un apoyo vergonzante al IFE y a toda su parafernalia. A fin de cuentas será el IFE quien les diga cuántos son. Y sería realmente chistoso que después de los comicios acusaran al Instituto Electoral de haber cometido fraude y de haberles escamoteado muchos de sus votos nulos.

A los abstencionistas también los va a contar el IFE. No le va a quedar de otra. Pero al menos no le van a hacer el juego. No lo van a usar. Y a los no empadronados, como yo, ni siquiera nos van a contar. Y a mucha honra. Ellos, que saben contar, no cuenten conmigo. Vayan a votar, amigos míos anulistas. Vayan a votar en blanco o por candidatos independientes. En la siempre reconfortante expectativa de que los políticos aprenderán la lección. Vayan a votar y esperen. Sentados.

bruixa@prodigy.net.mx

Me hace un poco de gracia el actual y vigoroso movimiento anulista.

junio 29, 2009

El club de los Presidentes autoritarios

Andrés Oppenheimer
El Informe Oppenheimer
Reforma

Hoy, algo diferente. En lugar de comenzar con las noticias y terminar con mi opinión, como solemos hacerlo, voy a empezar despachándome de entrada

El motivo: Es difícil mantener la cabeza fría ante el desmantelamiento de la democracia que está teniendo lugar en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Honduras.

La semana pasada, cuando los Presidentes de estos países se reunieron en Maracay, Venezuela, para celebrar una cumbre extraordinaria del Alba -la alianza regional de países de izquierda encabezada por Venezuela- fue difícil no ver el grupo como una sociedad de ayuda mutua para la autoperpetuación en el poder.

Todos ellos fueron elegidos democráticamente por sus promesas de combatir la corrupción, pero casi todos, apenas asumieron sus cargos, concentraron toda su energía en cambiar la Constitución para permanecer indefinidamente en el poder.

Veamos los titulares de los últimos días:

· En Honduras, el Presidente Manuel Zelaya anunció el 25 de junio que ignorará un fallo de la Suprema Corte que le ordenaba rehabilitar en su cargo al jefe del Estado Mayor Conjunto, el General Romeo Vázquez.

Zelaya había destituido al General por haberse negado a apoyar un referendo que el Presidente había convocado para cambiar la Constitución y permitir su reelección. La Corte Suprema, el Congreso y el Fiscal General del país han dicho que el referendo de Zelaya es ilegal.

Horas después de que Zelaya desconociera la decisión de la Corte Suprema, el Presidente venezolano, Hugo Chávez, denunció que "en Honduras se prepara un golpe de Estado" encabezado por "la burguesía retrógrada", y todos los Presidentes del Alba manifestaron su apoyo a Zelaya.

· En Ecuador, el Presidente Rafael Correa, quien ya ha cambiado la Constitución para reelegirse, está aumentando sus ataques contra los medios después de que el diario Expreso informó que empresas fantasma propiedad de su hermano Fabricio Correa han ganado licitaciones gubernamentales por más de 80 millones de dólares.

Días después de publicada la noticia sobre Fabricio Correa, el Presidente firmó un decreto prohibiéndoles a las instituciones gubernamentales hacer publicidad en los principales periódicos. La semana pasada, la agencia de telecomunicaciones ecuatoriana impuso una segunda multa administrativa a la emisora de TV independiente Teleamazonas, en medio de advertencias gubernamentales de cerrarla.

· En Venezuela, Chávez, que ya cumplió 10 años en el poder y fue quien inició la actual ola de cambios constitucionales destinados a permitir las reelecciones, dijo en su programa "Aló, Presidente" del 25 de junio que "es probable" que la emisora de televisión Globovisión sea clausurada.

Chávez inició una investigación de Globovisión por supuestamente "incitar al pánico" cuando informó antes que las emisoras oficiales sobre el terremoto que sacudió a Caracas el 4 de mayo. Chávez ya cerró la cadena de televisión independiente RCTV en 2007, después de anunciar repetidamente que lo haría.

En su mismo discurso del 25 de mayo, Chávez atacó al Alcalde opositor de Caracas, Antonio Ledezma, por su viaje a Nueva York para denunciar su caso. Ledezma fue elegido Alcalde en noviembre de 2008, pero al poco tiempo el Congreso dominado por Chávez creó un nuevo cargo, el de "jefe de gobierno" de Caracas, y lo colocó por encima de Ledezma. Luego, Ledezma fue despojado de sus oficinas y de casi todo su presupuesto, que fueron trasladados a la nueva funcionaria municipal que nunca fue electa para nada.

Todo esto es tan sólo una muestra. Por razones de espacio, no vamos a abundar en las medidas de los Presidentes de Bolivia y de Nicaragua para perpetuarse en el poder.

Pareciera que todos ellos están siguiendo el mismo guión.

Acto 1: Presentarse al país como un idealista antisistémico -ya sea encabezando un intento de golpe militar, como Chávez, o encabezando violentas protestas, como Evo Morales- y aprovechar los titulares para convertirse instantáneamente en el centro de atención nacional.

Acto 2: Tras ganar la elección presidencial, cambiar la Constitución introduciendo una claúsula que permita la reelección.

Acto 3: Apenas aprobada la Constitución, adelantar las próximas elecciones presidenciales.

Acto 4: Una vez reelecto, acusar a Estados Unidos, la Iglesia y la oligarquía de intentar un magnicidio, y usar ese pretexto para encarcelar a los líderes de Oposición y cerrar medios de comunicación críticos, preparando el terreno para gobernar con una oposición simbólica y asumir poderes absolutos.

Es cierto que los Presidentes del Alba no son los únicos. Otros, incluido el Presidente colombiano, Álvaro Uribe, están coqueteando con una nueva reelección, aunque todavía no está claro si seguirán ese camino.

Pero Chávez y sus aliados serían mucho más convincentes en sus aseveraciones de que están luchando para los pobres si se dedicaran precisamente a eso, y lograran reducir las tasas de pobreza a la mitad, tal como lo hizo Chile sin tener Presidentes obsesionados por el poder.

En este momento, resulta muy difícil no ver el Alba como una sociedad de ayuda mutua para Presidentes que se cobijan en eslóganes ideológicos para esconder sus agendas narcisistas.

Posdata: Horas después de entregada la primera versión de este artículo, llegan noticias de que Zelaya ha sido expulsado por los militares. Si hubo un golpe militar, debe ser condenado sin vacilaciones.

Tiempo de definiciones

Agustín Basave
abasave@prodigy.net.mx
Excélsior

Por si alguna duda nos quedaba, hemos corroborado la precariedad de nuestro acuerdo en lo fundamental. Carecemos de un verdadero consenso para dirimir el disenso. Por eso, porque los nuevos actores del México plural no se han puesto de acuerdo en qué hacer cuando no están de acuerdo, padecemos tantas incertidumbres y turbulencias.

Este domingo vamos a elegir 500 diputados federales y, en algunas entidades federativas, gobernadores, presidentes municipales o jefes delegacionales y diputados locales. También vamos a determinar el tamaño de la inconformidad ciudadana con nuestro sistema de partidos. Antes, en los próximos seis días, sabremos además si el gobierno federal panista se decide a usar uno de los misiles mediáticos que tiene listos contra narcopriistas o si se lo guarda para lanzarlo de cara a la elección presidencial del 2012. Y poco después conoceremos la correlación de fuerzas políticas y las agendas que habrán de desbrozar —que no pavimentar— la salida de un sexenio que quizá termine tan accidentadamente como empezó.

Estas campañas nos están enseñando muchas cosas. No recuerdo un proceso electoral tan revelador de la transición inveterada en que los mexicanos estamos atrapados ni tan rico en reflexiones y debates sobre la democracia y sus instrumentos. Por si alguna duda nos quedaba, hemos corroborado la precariedad de nuestro acuerdo en lo fundamental. Carecemos de un verdadero consenso para dirimir el disenso. Por eso, porque los nuevos actores del México plural no se han puesto de acuerdo en qué hacer cuando no están de acuerdo, padecemos tantas incertidumbres y turbulencias. Las reglas no escritas de la era del partido hegemónico han cedido el paso a las reglas que fueron escritas para servir de referente límite y no para aplicarse sistemáticamente, y el rediseño institucional brilla por su ausencia. Se han reemplazado algunos engranajes pero la maquinaria sigue siendo la misma y es, en condiciones diametralmente opuestas a las que le dieron origen, disfuncional.

Pero la coyuntura da para rebasar el análisis del régimen mexicano. El debate sobre el voto nulo ha exhibido una de las limitaciones del sistema democrático: la personificación del menú y a la concomitante nebulosidad de la voluntad del electorado. Al votar por alguien más que por algo se fomenta el culto a la personalidad y se relegan las ideas, dificultando así la lectura de lo que la gente manda. Quienes queremos que la democracia siga siendo la fuente de legitimación de poder por antonomasia no podemos conformarnos con eso. La solución, a mi juicio, está en crear mecanismos de rendición de cuentas y consecución de promesas electorales. El célebre “mandato de las urnas” es la conclusión a la que políticos y académicos llegan tras de elucubrar y conectar miles de decisiones a menudo inconexas. ¿No sería mejor imprimir en la boleta, junto al nombre y en lugar de la fotografía del candidato, la descripción en un par de renglones de sus dos o tres propuestas principales? ¿No convendría supeditar la continuación del gobernante o del legislador en su cargo al cumplimiento de sus compromisos electorales?

Por otra parte, las secuelas de la polarización de 2006 piden a gritos mojoneras democráticas. Ninguna democracia funciona bien sin delimitar la cancha ideológica. Si los jugadores no saben dónde están las líneas de meta y de banda, ningún árbitro puede manejar el partido y los equipos acaban a golpes. En Europa, cuando llegan al gobierno, la izquierda respeta los intereses legítimos de los empresarios y la derecha no intenta desmantelar el Estado de bienestar. El ejemplo no es el más feliz porque a raíz del derrumbe del socialismo real el mundo se derechizó y el terreno de juego se ha ido estrechando del lado progresista, pero si retrocedemos a las contiendas europeas de los años 60 o 70 la metáfora es válida. En México, en cambio, persisten sectores derechistas e izquierdistas anacrónicos, alérgicos al pluralismo, proclives al veto de contrarios e incapaces de aceptar linderos y por ende entorpecedores de la transición. Y es que los extremismos son intrínsecamente antidemocráticos. Si las opciones de poder se radicalizan al grado de no tolerar que sus adversarias gobiernen, la democracia se pervierte. Un deplorable ejemplo de ello es lo que está ocurriendo en Honduras.

El 5 de julio será muy importante, pero más lo será la actitud de la ciudadanía a partir del 6 de julio. El fenómeno del anulismo enfrentará su prueba de fuego, y su éxito o fracaso dependerá de su organización poselectoral: si su desencanto se traduce en unidad y estrategia, la partidocracia mexicana tendrá que transformarse. Con una agenda común, sin sucumbir al canto de las sirenas fácticas, sus demandas pueden convertirse en realidad. Hay discrepancias en otros temas, pero es grande la coincidencia en tres puntos: reelección consecutiva de diputados y senadores, candidaturas independientes y plebiscito, referéndum e iniciativa popular. Algunos partidos ya dicen sí a esa agenda, pero eso habían dicho antes y ante la ausencia de una exigencia social se desdijeron. Si no hay presión, o si esa presión es difusa o desarticulada, van a postergar esas medidas una vez más. Es obvio: las tres cosas debilitan un poco a sus dirigencias. No tanto como ellas creen, por cierto, porque en Europa los legisladores se reeligen consecutivamente y pueden llegar al Parlamento sin postulación partidista, mientras que los ciudadanos cuentan con las herramientas de la democracia participativa, y sin embargo los partidos siguen siendo muy fuertes. Pero aquí sienten que legislar en ese sentido sería un suicidio. Y el suicidio es antinatural.

Estos son tiempos de definiciones. Pronto conoceremos los resultados electorales, con los ganadores y perdedores de la competencia que se libra en este país cada tres años. Pero ahora hay algo más en juego. Estamos ante la posibilidad de saber también si, la próxima vez, las reglas y los competidores seguirán siendo los mismos.

Votando

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Me preguntan lectores cómo votaré el 5 de julio. A los que saben que simpatizo con el movimiento anulista les sorprende la respuesta: no anularé todos mis votos, votaré diferenciadamente.

Las elecciones intermedias incluyen la elección de legisladores y autoridades locales: jefe delegacional y asambleísta, en el caso de la Ciudad de México, además de diputado federal.

Desde hace muchos años he dado mi voto en esas elecciones sólo a candidatos que han hecho algún contacto significativo con mis necesidades o mis expectativas como votante.

Siguiendo ese criterio, en las últimas dos elecciones intermedias me he abstenido de votar por diputado y por asambleísta.

He votado en cambio dos veces por el PAN para jefe delegacional. Las dos veces en reconocimiento a un delegado panista anterior, por el que no voté, pero que hizo en mi colonia, la San Miguel Chapultepec, un cambio completo de las banquetas, que son ahora de las mejores banquetas de la ciudad.

Es el único bien público tangible que he recibido de alguna autoridad local como vecino de la San Miguel Chapultepec. Y no me olvido.

Votaré nuevamente por el candidato panista a jefe delegacional de la Miguel Hidalgo, Demetrio Sodi. Lo haré por las banquetas que hizo su antecesor, pero lo haría sin ellas, porque Demetrio Sodi me parece un candidato serio, comprometido y experimentado: el mejor candidato que he tenido al alcance en mucho tiempo.

Ningún contacto han hecho con mis necesidades o mis expectativas los candidatos a la Asamblea y a la diputación federal que me corresponden.

En vez de abstenerme, como otras veces, votaré anulando mi voto en la modalidad de votar por un candidato no registrado, lo cual equivale a un voto nulo, pero el IFE está obligado a contarlo por separado.

El voto nulo me ha sacado de la simple conducta abstencionista de antes. Me ha dado un horizonte para manifestar algo más que indiferencia a los candidatos: rechazo al diseño vigente de nuestro sistema de partidos.

No se trata del abandono de la política, como sugirió el Presidente la semana pasada, ni de renunciar al voto, como dicen otros. Se trata de un acto político de rechazo a los acomodos de un sistema de partidos inoperante, centrado en sí mismo. Y de usar el voto para algo más que resignarse a la lógica del candidato menos malo.

El movimiento anulista ha tenido ya consecuencias políticas. En parte debido a él han empezado a abrirse instancias de nuevas reformas a la infortunada reforma del 2007. No es poco ni mucho, pero es más de lo que conseguirán los votantes resignados.

X

Jacobo Zabludovsky
Bucareli
El Universal

El próximo domingo votaré nulo. Mi intención, generada sólo por una ley electoral defectuosa, para presionar su reforma, podría tener muchos otros motivos. La semana ha sido pródiga en causas de protesta que un voto nulo puede desahogar, aunque se estrelle contra el muro del importamadrismo oficial.

No sé por dónde empezar. Por donde sea. Es igual. De pronto aparece el escudo nacional que interrumpe los programas más vistos de la televisión y el presidente Felipe Calderón, entre la bandera y la secretaria de Relaciones Exteriores, informa solemnemente al pueblo de México que una francesa secuestradora convicta y sentenciada no será extraditada a su país. Bastaba un boletín de prensa de seis renglones. O tres. Me imagino a Sarkozy de pronto en la televisión francesa para informar a sus compatriotas que un mexicano delincuente, confeso, procesado y encarcelado en París por delitos del orden común, no será extraditado a México. Esa misma noche la señora Bruni dormiría sola y su esposo con camisa de fuerza en un asile d’aliénés. Pero, claro, Francia y el México actual son países distintos, cada uno con sus costumbres y cada cosa en su lugar. Allá ellos. Nosotros estamos orgullosos de ser una república chocolatera marca Morelia Presidencial.

En cambio, la tragedia más grande de la historia de México en que las víctimas fueron niños, no mereció un mensaje televisado. Aunque sólo fuera para dar el pésame a los padres de 70 niños quemados vivos, 48 de ellos sepultados y los demás con lesiones graves, dolorosas, que les dejarán huellas físicas y síquicas irreversibles. Aunque sólo fuera para comprometerse con la justicia y manifestar una voluntad política de no dejar impune el complejo de delitos que, emanados de la corrupción, provocaron el desastre del sexenio.

Todo terminó, aparentemente, en la aprehensión de funcionarios de inferior jerarquía y un pugilato verbal entre el secretario de Gobernación y el gobernador de Sonora. “No le acepto al gobernador el tono altanero con que se refiere al Presidente”, dijo un secretario que está ahí por un dedazo, al hablarle en tono altanero a un gobernador que está donde está mediante el voto ciudadano en un estado libre y soberano. Dicho sea esto refiriéndome a las instituciones, no a las personas, después de que el gobernador elevó la discusión a las alturas del intelecto socrático al dictar cátedra: “Queremos saber a qué se refiere con eso de aventar la bolita”. No hay a quién irle.

Desde antes de que se enfriaran las cenizas, el procurador general de la República declaró que nadie iría a la cárcel y ahora, al atraer el incidente, como lo llamó el invisible director del Seguro Social, dirigirá las investigaciones que llevarán al resultado previsto: se los dije, y a otra cosa mariposa.

Es entonces cuando el presidente Calderón toma el toro por los cuernos y nos aconseja afiliarnos a los partidos políticos. “Si se quieren mejores partidos, particípese en los partidos, y si éstos no convencen, fórmense otros”, dijo. Nunca habló de reformar una ley injusta, para que coexistan partidos y otras maneras de registrar candidatos de acuerdo con el espíritu de la Constitución, que hace del derecho de votar por quien uno escoge libremente la piedra fundamental de la democracia. Para el señor Calderón no hay más ruta que la nuestra, como dijo el comunista Siqueiros. Yo creo en un camino probado en otros países, con partidos políticos que coexistan con organismos que ofrezcan más opciones. Que desaparezca el sistema monopólico del registro de candidatos, que no sea derecho exclusivo de los partidos políticos. Todo por la vía pacífica, respetuosa, dentro del marco de la ley.

Por eso mi voto será nulo. Si tuviera alguna duda me bastaría, para fortalecer mi convicción, ver quiénes reprueban esta forma reposada de ejercer un derecho. No debo estar tan extraviado si los que se creen dueños de la brújula, del rumbo y del destino, se muestran unánimes en urgir la presencia de un exorcista para que nos saque del cuerpo el espíritu maligno.

Que cada quien vote como se le pegue la gana y en santa paz.

Yo votaré con una X.

El doctor Calderón, médico forense

Germán Dehesa
german@plazadelangel.com.mx
Gaceta del Ángel
Reforma

Ustedes ya podrán imaginarse a la familia de Michael Jackson. Como siempre que se junta un grupo de consanguíneos para lucrar con la vida y con la muerte de alguien que ha tenido en vida una cierta fama; este grupo se va pareciendo cada vez más a una bandada de buitres donde todos quieren su jirón del difuntito. Comento esto porque, ahora que tratan de establecer las causas de la muerte del negrito bailarín, todavía es la hora de que no llegan a un veredicto serio y científico. Los doctores ya hicieron una autopsia, pero a la familia no le gustó el resultado y de inmediato ordenó que se le haga otra. Creo que aquí es muy pertinente aclarar que a mí Michael Jackson ni me va, ni me viene: desconozco minuciosamente su obra, he leído y oído hablar de su fabulosa fortuna que, al parecer fue siendo dilapidada entre pitos y flautas; recuerdo vagamente su visita a México donde tuve el gusto de no asistir a ninguna de sus presentaciones y donde fue recibido en Los Pinos por Carlos Salinas. Parece que a Michael le gustaban los pequeñines. Le pegó una santa corretiza por todos Los Pinos al maligno chaparro. Hasta aquí mis recuerdos más vívidos de Michael Jackson.

Por puras casualidades, me enteré después de que se había hecho una casa-castillo muy roara y extrania de donde entraban y salían los niños que, casi siempre, eran patrocinados por sus papacitos. Luego se supo que él ya estaba dando síntomas de locura, que, tal como mandan los cánones de esta época, gastaba a lo imbécil y se aproximaba en caída vertiginosa a la quiebra. Con esto queda claro que el conocimiento de esa persona de tantos colores me fue casi totalmente negado. Como bien diagnosticó Fita a pregunta expresa: pues no sé quién sea ese señor, pero todos los muertos merecen nuestro dolor y eso es lo que yo digo. Como verán, Fita es una filósofa estoica y melenuda.

Este artículo iba por otro rumbo, pero se desvió ligeramente para fundamentar el hecho de que ya con Michael Jackson me tienen optudimóder y que no entiendo las primeras planas que le han dedicado, ni el caudaloso dolor que ha manifestado López Dóriga. Me pregunto: ¿quién era ese buey cuya muerte, según nuestros jilgueros, ha paralizado al mundo?. ¿Y si le achicáramos?.

Vean, por favor, el caso de Felipe Calderón. Tal parecería que no tuviera problemas de urgencia nacional y que nuestras guarderías fueran lo más seguro del mundo y que el Dóberman Bours estuviese aplacadito y contento y no haciendo sus berrinches que, en el fondo, lo único que quieren es mostrarle a los posibles votantes que el PRI no se deja ni de nada, ni de nadie (¡Ay, Chuss!). Bueno, como si todo esto no existiera, Calderón aborda otras materias y tal parecería que quiere igualar en frecuencia y contenidos a aquellas pláticas mañaneras de AMLO.

Sin ir más lejos, esta semana que concluye, Calderón estaba hablando de no sé qué relacionado con las drogas que tanto dañan a nuestra juventud, sobre todo a aquélla que no tiene asideros morales, ni conoce a Dios (y como dice el pueblo: el que no conoce a Dios, a cualquier barbón le reza). Dicho esto, pasó sin más ni más a hacer ese diagnóstico de la muerte de Michael Jackson que ningún gringo ha querido hacer. Según Calderón, la muerte de M.J. se debió a un uso indebido y excesivo de drogas. ¡Éntrale a San Juan bailando y a México de rodillas!. A mí no me deja de alegrar que, además de Presidente, tengamos a un médico forense que es capaz, sin siquiera ver el cadáver, de diagnosticar las causas de la muerte de cualquier ser animado cuya talla supere la de un conejo. Ahora que yo procedo a internarme en Cardiología, espero honestamente no necesitar de los servicios de Felipe Calderón, médico forense.


¿QUÉ TAL DURMIÓ? MDLXXXII (1582)

MONTIEL.

Cualquier correspondencia con esta columna médica, favor de dirigirla a dehesagerman@gmail.com (D.R.)

junio 28, 2009

Alejandro Martí para presidente

Alvaro Cueva
alvarocueva@milenio.com
Ojo por ojo
Milenio

Momento, momento. Entre la avalancha de estímulos noticiosos que usted y yo hemos recibido en los últimos días, acaba de pasar algo importante e inesperado.

¿Qué? Se consolidó un líder, se fortaleció un nuevo personaje en la escena política nacional: Alejandro Martí.

¿Y? ¿Qué tiene esto de especial? Que en cuestión de semanas don Alejandro consiguió devolverle la esperanza a miles de mexicanos, algo que ningún político había podido hacer en años.

Lo veo y le juro que me acuerdo de esos instantes en los que personajes tan carismáticos como Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador evolucionaron de políticos a héroes de la nación.

La gran ventaja del señor Martí es que él no es político. ¿Y de qué está hasta el gorro buena parte de la sociedad? De los políticos, independientemente de si son rojos, verdes, azules, amarillos o de cualquier otro color.

Alejandro Martí es el líder perfecto porque no representa los intereses de ningún partido, representa los intereses de la gente común y corriente, de la que quiere resultados.

Si le hacemos un análisis de imagen, don Alejandro cumple con todos los requisitos de los grandes personajes que mueven a las multitudes: su tamaño, su voz, su edad, su estilo, sus canas.

Por si esto no fuera suficiente como para adorarlo, el señor Martí es un hombre sano, no tiene ninguna necesidad ni de dinero ni de poder, los analistas lo respetan, los medios no lo pueden bloquear porque es un estupendo anunciante y es algo así como la representación del mártir mexicano del siglo XXI.

A él la delincuencia le ha hecho lo mismo que a la gran mayoría de los habitantes de este país: le han quitado algo, le quitaron lo que más amaba.

Su historia la conocen todos, su frase “si no pueden, renuncien” ha sido repetida por millones de personas a lo largo y ancho de todo México y su organización SOS goza del mejor de los posicionamientos.

¿Puede haber una celebridad más perfecta que Alejandro Martí en este momento histórico?

Como usted sabe, ante el patetismo de las campañas políticas y la propuesta del voto en blanco, a don Alejandro se le ocurrió lo de “mi voto por tu compromiso”.

La idea es que pedirle a la ciudadanía que vote sólo por personas que cumplan con determinados requisitos, uno de ellos consiste en que los candidatos firmen su promesas ante notario público a manera de garantía.

Qué tan buena no habrá sido esta estrategia que, más allá de la cantidad de candidatos que se apuntó o que no se apuntó, desató un nuevo escándalo en la opinión pública.

Que si lo de esas firmas es exactamente igual a lo que hizo, en su momento, Enrique Peña Nieto; que si eso es un atentado contra el IFE, que si quién es Alejandro Martí para convocar a los candidatos, que si no va a funcionar, que si todo esto es la mano negra de alguien que está manipulando al señor Martí para acabar con el voto en blanco.

Lo más significativo ha sido ver y escuchar la reacción de muchos políticos que quisieran detener a don Alejandro, pero que, ante su movimiento, su poder, su carisma y su biografía, no pueden. ¡No pueden!

El enemigo de los políticos ya no está en otro partido, ya no está en otro nivel de poder; está en la sociedad, se llama Alejandro Martí y es peligroso.

Se imagina usted lo que pasaría si el señor Martí se quisiera lanzar como candidato a la Presidencia de la República en 2012 o si decidiera apoyar a algún candidato en particular.

¿Quién le diría que no? ¿Quién le impediría acceder a las tribunas más populares de la nación? ¿Quién lo atacaría? ¿Quién se atrevería a meterse con el fantasma de su pérdida?

Sí está como para ponerse a pensar. SOS suena bien hasta como nombre de partido político en un país tan desesperado como el nuestro.

¿Cómo fue que pasó esto? ¿En qué momento la carrera de Alejandro Martí dio un giro tan radical? ¿Se lo propuso él o se lo propusieron? ¿Quién se lo propuso? ¿Algún político escondido o la misma presión de una sociedad abandonada?

Haya sido como haya sido, aquí ya pasó algo. Alejandro Martí se ha convertido en un símbolo y su Sistema de Observación para la Seguridad Ciudadana, en otro poder.

Vamos a ver qué pasa con ellos en las elecciones de la próxima semana pero, sobre todo, vamos a ver qué pasa con ellos después. Se va a poner bueno. ¿A poco no?

¡Atrévase a opinar!

junio 27, 2009

Por qué

Jaime Sánchez Susarrey
Reforma

La agenda de la siguiente legislatura no debe quedar en manos de la misma clase política, timorata, irresponsable, baquetona y mediocre

Voy a anular mi voto porque me parece inaceptable que el IFE les otorgue este año 3 mil 600 millones de pesos a los partidos políticos. Para los políticos profesionales la crisis no existe y el ajuste del cinturón es una práctica buena para los ciudadanos y las empresas, pero inaplicable a ellos porque trabajan por... la patria. ¿Ok?

Voy anular mi voto porque me parece escandaloso que el Partido Verde (propiedad de la familia González Torres), el Partido del Trabajo (encabezado por un maoísta trácala), Convergencia (negocio de Dante Delgado), Nueva Alianza (feudo de la maestra Gordillo) y el Partido Socialdemócrata reciban este año mil 300 millones de pesos.

Voy a anular mi voto porque estoy harto de escuchar los spots-basura de todos y cada uno de los partidos políticos. La vacuidad y pobreza de esos mensajes contrasta con la pretenciosa definición de los partidos como "organizaciones de interés público". La simulación y la mentira no pueden ser el santo y la seña de nuestra Constitución.

Voy a anular mi voto porque me parece de un cinismo descomunal que quienes ofrecieron "desespotizar" las campañas políticas nos estén bombardeando con 23 millones 400 mil spots. Si la participación el 5 de julio ronda los 30 millones y de esos 4 y medio millones anulan su voto, los electores que sufraguen por los partidos sumarán poco más de 25 millones, esto es, tendríamos, casi, una correlación de un elector por un spot.

Voy a anular mi voto porque el artículo 41 de la Constitución viola el derecho a la información de todos los ciudadanos al impedir el debate y la confrontación de ideas entre partidos y candidatos. La legislación es tan efectiva y sofisticada que el único debate que se estaba gestando entre el PRI y el PAN lo echó abajo el IFE enarbolando el principio de equidad.

Voy a anular mi voto porque el artículo 41 viola el derecho a la libertad de expresión de todos los ciudadanos. Mientras los partidos nos tapizan de basura con spots llenos de promesas vacuas o absurdas -como bajar el precio de la gasolina-, quienes están a favor de la anulación del voto tienen prohibido contratar espacios en radio y televisión para explicar y promover su movimiento. Si esto no es un atentado contra el derecho a la libertad de expresión, entonces qué es.

Voy a anular mi voto porque el IFE se ha convertido en el gran censor de la vida pública y no sólo durante las campañas políticas. Lo mismo censura a López Obrador por autonombrarse "presidente legítimo" que saca del aire un spot del PAN por definir como violentos a los partidos políticos, leales al rayito de esperanza, que tomaron la tribuna del Congreso.

Voy a anular mi voto porque si las cosas continúan como van y los partidos siguen haciendo lo que les venga en gana, pasarán a censurar internet. Ya ha ocurrido con varios spots y el espíritu de la ley lo alienta. El pulpo de la censura debe ser detenido.

Voy a anular mi voto porque el PRI, el PAN y el PRD cometieron un verdadero atraco contra el Instituto Federal Electoral. La decapitación de los consejeros, sin causa que lo justificara, fue un ajuste de cuentas. No les importó vulnerar la autonomía del IFE ni restarle credibilidad. La contrarreforma de 2007 constituye un paso atrás y atenta contra las instituciones y los principios democráticos.

Voy a anular mi voto porque el nombramiento de los nuevos consejeros fue un atraco aún mayor. Todos llevan el sello de un partido, son personajes de medio pelo, y entraron en funciones con una advertencia muy clara: deben abstenerse de lastimar a los partidos, porque de hacerlo correrán la misma suerte que el anterior Consejo Electoral. La espada de Damocles pende sobre la cabeza de cada uno y en especial del consejero presidente, que puede reelegirse. ¿Qué se puede esperar de un árbitro que los partidos pueden emplear y despedir a voluntad?

Voy a anular mi voto porque ni el PAN ni el PRI ni el PRD, para no mencionar al presidente de la República, han hecho un mea culpa. Se niegan a reconocer, primero, que la contrarreforma de 2007 es ya un completo y absoluto fracaso. Segundo, no se hacen cargo de las violaciones flagrantes a la libertad de expresión y de información.

Voy a anular mi voto porque todos los partidos, pero en particular los tres grandes, nos están dando atole con el dedo. Agustín Carstens reconoció hace unas semanas que las finanzas públicas tienen un boquete de 400 mil millones de pesos. Consecuentemente, la primera medida de la nueva legislatura será operar una nueva "reforma fiscal". ¿Cómo? Como siempre: cargándole la mano a los causantes cautivos. Los tres grandes están de acuerdo en lo esencial: viven de nuestros impuestos y no están dispuestos a reducir su tren de vida. Los paganos seremos, como siempre, los ciudadanos.

Voy a anular mi voto porque los partidos han hecho del consenso la piedra de toque de la democracia. El debate y la confrontación de ideas y programas están ausentes. Por eso vimos al presidente de la República festejar una reforma energética, con sello perredista, que no aborda ni resuelve los problemas. En la noche del consenso todos los partidos son pardos. Al final del día, los diputados del PRI o del PAN terminan confundidos con los del PRD.

Voy a anular mi voto porque el fracaso de la contrarreforma del 2007 obligará a una nueva reforma electoral. La agenda de la misma no debe quedar en manos de una clase política mediocre, timorata, irresponsable y baquetona. La anulación del voto puede y debe ser el primer paso de un movimiento ciudadano que presione y obligue a la partidocracia a rectificar. Si el cambio no viene de abajo, no vendrá de ninguna parte.

¿Por quién vota el que no vota?

Ilán Semo
La Jornada

El debate entre "abstencionistas" y "anulacionistas", es decir, entre quienes propugnan hoy no asistir a las casillas y quienes están por ir a las urnas para anular el voto, podría adquirir una dimensión inédita en los pocos días que faltan para las elecciones federales.

En general, los índices de abstención en la historia electoral mexicana siempre han sido cuantiosos. No es casual. Entendido como una práctica clientelar por millones de electores durante más de 70 años, el ritual de "elegir" representantes se reducía a una manifestación de lealtad o de obediencia al único poder que podía dispendiar los beneficios de la política. En rigor, era un ritual que grosso modo condonaba (y no penaba) la abstención como forma (incluso celebrada) de indiferencia. Finalmente, la diferencia entre los sistemas autoritarios (como lo fue el mexicano) y los regímenes totalitarios a lo largo del siglo XX residió en que los primeros se limitaban a controlar las acciones de los individuos, mientras que los segundos aspiraban a gobernar sus mentes.

Pero si se examina con más detalle, el antiguo sistema priísta fue mucho más lábil (y vulnerable) frente a sus implosiones electorales u oleadas de abstencionismo de lo que se podría pensar. Hay dos "picos" en la estadística abstencionista de la segunda mitad del siglo XX mexicano, que se suceden, el primero, en las elecciones intermedias de 1961, y el otro, en las presidenciales de 1976. No parece ser casual que ambas fechas fueran sucedidas por sendas reformas electorales, que querían legitimar un sistema que se sabía en control pleno de sus disidencias. En 1961, el ausentismo en las urnas alcanzó proporciones inéditas, y en 1976 el partido oficial llegó al absurdo de tener que presentarse a las elecciones sin contendiente alguno. Sea como sea, se puede inferir que la implosión ausentista del 76 causó tantos estragos en la percepción que el poder tenía de su propia legitimidad como muchos de los movimientos que se le opusieron abiertamente.

El movimiento por la abstención y/o la anulación de 2009 tiene, obviamente, características muy distintas. Para empezar es eso: un movimiento (y no una simple deriva). Ha creado ya el código de un efecto: a más votos faltantes mayor será su éxito. Por ello, sería demasiado sencillo concluir que la abstención (es decir, el no presentarse a la urna) no afectaría los tejidos esenciales de la forma, prácticamente distópica, como se concibe hoy el problema de la legitimidad. Es una acción que se propone causar un "efecto de ausencia" y no un "efecto de presencia", operación en torno a la cual gira toda la mercadotecnia electoral actual. Habría tan sólo que imaginar un mercado sin consumidores, o al centro comercial Santa Fe sin clientes, o la exhibición de una película sin público, para imaginar sus efectos. Su fin no es movilizar, sino dejar a quienes hablan en nombre del "consenso" en el lugar del monólogo, hablando solos. En realidad, ya ha tenido efectos antes de la elección. Habría que escrutar, por ejemplo, las dificultades del IFE para encontrar presidentes de casillas en las grandes urbes. La información es que la gente está haciendo mutis al "cargo". Un fenómeno paralelo es el rechazo de muchas instituciones públicas (¡!) para servir de espacio a las campañas electorales. Y sobre todo: la extinción del concepto de "militante", y su sustitución por el de "promotores del voto", que reciben una paga. En suma: un sistema electoral incapaz de afianzar las condiciones mínimas que le permiten hacer del voto la razón de su existencia. Paradójico, sin duda.

El "anulacionismo" parte de la idea de que un "no voto" es un voto, una manera de votar. Y tiene razón al respecto. Pero aquí cabría diferenciar las posibilidades del voto mismo. Habrá quienes voten por representantes locales y anulen los votos federales. O viceversa. Todos ellos guiños de un mismo embalaje: extraviar las cuentas de quienes no quieren contar.

Abstenerse o anular son dos formas de hacer presente una ausencia: la de los ciudadanos que disienten no entre sí sino de la forma en como se ha creado el consenso mismo. Habrá que ver los efectos que tiene cada una de estas variantes de un llamado a reformar lo que nadie, en la sociedad política, ni siquiera quiere mencionar.

Búsquense otra sociedad

Diego Petersen Farah
Acentos
Milenio

La frase del presidente Calderón “si no convencen éstos (partidos), hagan otros” es poco afortunada. Aunque pueda ser bien intencionada, equivalente a la del papá que le dice el hijo adolescente “si no te gusta cómo llevo las cosas en esta casa, consíguete otra”. No cabe duda que desde el poder las cosas se ven distintas y que desde el último piso del Empire State hasta Obama se ve chiquito. El mareo de altura es una de las peores enfermedades del poder, decía Castillo Peraza, y es evidente que el Presidente no está entendiendo el tamaño de la crisis del sistema de partidos, porque él lo ve desde arriba.

Quizá lo que no se ha entendido desde el poder es que lo que la sociedad reclama no es falta de opciones ideológicas. Ese no es el problema: tenemos desde fascismo verde hasta izquierda autoritaria, pasando por liberalismo zapateado y derecha clerical. Podríamos pensar en otras alternativas, como laborismo gay o socialismo tropical, pero no es el tema. Lo que no terminan de entender los partidos y los políticos es que lo que la sociedad les reclama es que tengamos que mantener a un grupo político que viven de nuestros impuestos (y esto incluye a López Obrador) y que estos partidos se pongan de acuerdo para reservar los espacios sólo para la clase política existente. Que Calderón revise a los candidatos de su propio partido para que se de cuanta cómo éste ha sido cooptado por una burocracia alimentada, corruptamente, desde el poder. Y lo mismo sucede en el PRI y el PRD.

Pero más allá del costo de los partidos, lo que está en el fondo es que los ciudadanos no nos sentimos representados en ese sistema, y eso sí es grave. La democracia funciona en la medida en que cada ciudadano transfiere su derecho a decidir sobre cuestiones puntuales en un tercero que lo represente. Esta transferencia se hace a través del voto. Si los partidos no son capaces de materializar esta representación el sistema de partidos entra en crisis, que es lo que está evidenciando esta elección.

Una nación, y una familia, no se pueden administrar con lógica de mercado. No se trata sólo de hacer nuevos partidos. Menos aún cuando el sistema está diseñado para que esto no suceda, pues los nuevos partidos no pueden acceder a presupuestos públicos y al mismo tiempo se les prohíbe el acceso a recursos privados. Es como decirle al hijo rebelde que se haga de comer él solo, pero que el refrigerador y la despensa son sólo para los hijos que se portan bien.

Si no empezamos por reconocer que el sistema de partidos vigente está en crisis, no vamos a resolver el problema. Y está en crisis porque es un sistema que fue diseñado para liberar presiones de los partidos políticos en un Estado autoritario y un régimen de partido único. El absurdo más grande del sistema de partidos, valga como ejemplo, fue la invasión del Senado. Le cambiaron radicalmente el sentido de representación del pacto federal para convertirla en otra cámara de representantes. En el Senado no deben estar representadas las corrientes ideológicas (aunque al llegar a través de un partido evidentemente representan ciertas ideas). Los senadores deberían representar los intereses de sus propios estados, en igual número y en igualdad de condiciones. El Senado debe ser la representación del pacto federal y no un espacio de tour de force entre los partidos. ¿Para qué sirven los senadores plurinominales? Para desviar al Senado de sus funciones, para hacerlo grillo y cada vez más caro de operar. Hay que regresar a la fórmula de dos senadores por estado. Incluso habría que pensar si ellos deberían ser de elección directa o si podrían, por ejemplo, ser nombrados por los estados, a través de los Congresos locales, como representantes en el pacto federal, tal como sucede en otras repúblicas federales. Al estar metidos los partidos en la elección de senadores éstos se convierten en el premio de consolación o los cargos de retiro de los militantes. Tenemos senadores que no se hablan con sus gobernadores o los que consideran que el puesto es un bono de vejez.

Otro tema fundamental de la agenda para la desarticulación del oligopolio de la política nacional es abrir los cauces de las candidaturas independientes y los partidos regionales. La excusa ha sido la fiscalización de recursos y evitar que las mafias se metan a las campañas. Primero, los partidos no son una barrera para las mafias. Y si no que nos expliquen lo que pasó en Michoacán y lo que está sucediendo en estas campañas en todo el país. El mismo trabajo cuesta fiscalizar una candidatura independiente o un partido regional que a uno grandote. El problema es que para fiscalizar a una candidatura independiente hay que ser mucho más estrictos de lo que se es ahora y que esas mismas reglas tendrían que aplicarse a todos los partidos y todos los candidatos. No es que no se pueda fiscalizar a los candidatos independientes, es que los partidos no quieren ser fiscalizados con el rigor que se requiere.

No deja de extrañar (y de divertir) que los partidos estén ahora en plan de mártires ante la sociedad que les reclama. Las campañas del voto blanco y el voto nulo los desnudaron y exhibieron. Entiendo que los partidos consideren que el argumento es demasiado simplista. Detrás de la frase simplificadora “todos los hombres son iguales” (que no hay hombre que la festeje) lo que hay es un reclamo sobre la cultura machista que en menor o mayor medida todos reproducimos. Detrás del “todos los partidos son iguales” hay un reclamo a la cultura política y al sistema de partidos del cual todos los políticos y los ciudadanos somos responsables.

A la propuesta del Presidente de “hagan otros partidos” sólo se puede responder con “búsquense otra sociedad”. Pero como ni unos ni otros nos vamos a ir, mejor pongámonos de acuerdo.

Legisladores caros y sin memoria

Manuel Gómez Granados
La Crónica de Hoy

Una costumbre arraigada entre los políticos mexicanos es que, ante las demandas de los ciudadanos, son reactivos más que proactivos.

Cada inicio de legislatura “olvidan” que sus propuestas son las mismas que intentaron sacar en la anterior. ¿Por qué esta desmemoria en nuestros legisladores?

Simple: aunque la realidad y los ciudadanos griten desesperadamente por la urgente solución a temas de interés colectivo, su respuesta estará sujeta a la coyuntura y vaivenes del juego político.

El más reciente ejemplo es el del senador Manlio Fabio Beltrones, quien en su artículo de Reforma: “Las reformas necesarias”, enumera acciones legislativas que permitirían, según él, “avanzar de la alternancia a la transición política”.

No obstante, “sus” propuestas son demandas enarboladas desde hace tiempo por los ciudadanos y muchas responden sólo a intereses políticos de la nueva mayoría priista, que el senador tricolor prevé para la LXI Legislatura.

Como hace poco en “8 erres”, nuevamente el senador las presenta como necesarias:

1. “Ratificación de los integrantes del gabinete por el Senado”. ¿Ganan con esto los ciudadanos o su grupo parlamentario, que tendría más elementos para presionar al Presidente de la República? Con ello, la partidocracia incrementaría su poder.

2. “Reducción del tamaño de las cámaras legislativas, sin lista nacional en el Senado y 100 diputados de representación proporcional menos”. ¿Por qué no eliminar totalmente la representación proporcional, como demandan los ciudadanos? ¿Acaso no es cierto que esta figura está de más y ya cumplió su cometido?

3. “Reelección inmediata de legisladores y munícipes”. Otra vieja demanda ciudadana para tener representantes eficientes comprometidos con los ciudadanos.

4. “Reorganización del gobierno federal para reducir el dispendio… y (que) cueste menos”. ¡Buena propuesta! Empecemos con las dietas, aumentos, bonos, prestaciones, boletos de avión y “apoyos” que reciben los legisladores y que, junto con la reducción de su número, significarían un ahorro enorme para el erario.

5. “Referéndum en reformas constitucionales de trascendencia”. Esta “nueva” propuesta ya está vigente en varias legislaciones locales y resulta inexplicable que no se haya elevado a nivel constitucional.

6. “Revocación del Mandato”. Lograr esta añeja demanda significaría una poderosa arma para despedir a gobernantes y representantes ineptos y corruptos. ¿Qué tan dispuestos estarán nuestros legisladores a ponerla en práctica?

7. “Rendición de cuentas”. A esta vieja propuesta le faltaría un pequeño pero elemental detalle: que la instancia que vigile la comisión de actos de corrupción, impunidad y negligencia sea efectivamente autónoma de los tres poderes, de otro modo será simple comparsa.

8. “Regulación económica moderna”. Yo diría regulación económica efectiva, las instituciones ya existen (Cofetel, Cofeco, Cofemer), lo que falta es autonomía, mayor infraestructura jurídica, técnica y humana y “dientes” para cumplir cabalmente su función: garantizar la competitividad de las empresas en beneficio de consumidores y trabajadores que somos todos y no de unos cuantos empresarios, y que el Ejecutivo dé marcaje a estos objetivos.

Si la intención es, como dice Beltrones, “transformar a México y ponerlo en pie” (parece que para él el país no se ha transformado y está en la lona) y una reforma que “devuelva el poder al ciudadano” (aceptación implícita de que los ciudadanos no tenemos poder), habrá que exigir que él y su partido pugnen por alcanzar estas reformas, sobre todo las que le devolverían el poder a la ciudadanía.

No nos engañemos, México no puede ser mejor que la suma de los mexicanos: nuestra clase política no es sino la expresión de lo que es la sociedad. No podemos pedirle “peras al olmo”, tal vez sea el momento de empezar a sembrar perales.

El efecto Juanito

Rafael González Montes de Oca
rafael@gonzalez.com.mx
La Crónica de Hoy

Como no me gusta utilizar este espacio para repetir comentarios que se han expresado en todas partes, no me detendré a analizar mucho en qué grado se opone a la democracia lo que está sucediendo en Iztapalapa, de todo el país la unidad geográfica que más beneficios electorales aporta al partido que gana ahí –desde hace nueve años el PRD–. Ha sido casi unánime la opinión de que la churrigueresca propuesta que ha planteado López Obrador a los votantes es antidemocrática, contradictoria, incongruente y mañosa. Sí es ingeniosa, eso nadie lo cuestiona. No dudo que varios guionistas de programas de parodia política al escucharla hayan sentido franco coraje: “¿Cómo no se me ocurrió a mí para un sketch?”.

Pero cabe detenerse un poco más en el personaje cuya vida cambió en el momento mismo del anuncio de esa especie de rally electoral, en el que se gana si se va avanzando en cada una de las etapas y se superan todos los obstáculos: un hombre llamado Rafael Acosta e identificado por todos como Juanito, que se precia lo mismo de haber golpeado a policías con sus propios toletes que de haber aparecido en una película, bailando con Lynn May.

Existe una teoría denominada “de las rebanadas delgadas”, desarrollada por el psicólogo de la Universidad de Washington John Gottman, según la cual al observar una pequeña muestra se pueden hacer observaciones generales con bastante precisión. Es algo parecido a lo que sucede con un pastel: al probar una rebanada, aunque sea una delgada, se puede conocer ya el sabor de todo el pastel. Si hacemos un análisis del caso de Juanito a partir de esta teoría podemos comprender mejor la dinámica relacional y conductual que se da entre López Obrador y sus aún muchos seguidores.

Cada vez que el ex candidato presidencial incurre en algún exceso, o que tiene expresiones que salen de cualquier lógica, o que se conduce en contradicción con lo que ha anunciado como sus valores y creencias, se cree que va a perder seguidores y, por lo tanto, parte de su fuerza. Incluso se presentan hechos que parecen comprobarlo, como cuando no llegó casi nadie a una marcha de gran importancia convocada hace unos meses. Sin embargo, después de algún tiempo vienen nuevas elecciones, se hacen encuestas y los seguidores siguen ahí, fieles por encima de toda expectativa lógica. ¿Por qué, a pesar de todo, siguen ahí? Tal vez la respuesta la encontramos en Juanito.



Para quienes lo vemos desde fuera, Juanito fue claramente agraviado, tratado con desdén, si no es que desprecio. “El candidato que aquí… está conmigo”, dice López Obrador, señalándolo con el pulgar, evidenciando que no sabía siquiera cómo se llamaba. ”Que haga el compromiso… porque él no se la va a creer, que él lo va a ganar”. ¡Qué pena con Juanito! No sólo es maltratado públicamente, sino forzado a comprometerse frente a todos a seguir las instrucciones y hacer lo que tal vez sería su único acto como jefe delegacional de dos millones de habitantes: renunciar.

Ah, pero Juanito toma el micrófono para aceptar esa vergüenza, aparentemente convencido, y no sólo eso, sino que aprovecha para ensalzar a su “presidente legítimo”. ¿Por qué acepta estas condiciones poco honrosas? ¿Por qué la reacción obediente de Juanito? Porque estas condiciones no vienen de cualquiera: vienen del héroe. Y más allá: en el pensamiento de quien tiene un héroe, seguir sus designios lo hace a uno mismo un poquito héroe también. Si todo sucede como ahí fue anunciado, Juanito será para los lopezobradoristas iztapalapenses un héroe de la democracia. Sería una especie de mártir, ¿y no tienen todos los mártires algo de héroes?

Cuando los designios vienen de quien es percibido como un salvador, no valen tanto por sí mismos, sino por aquél. Quien cree que ha hallado a un salvador no le pone adjetivos que no sean positivos, hay que comprenderlo así. Nadie que se esté ahogando diría por ejemplo: “¡por fin llega el salvavidas… pero está feo y su mirada es extraña!”. En ese momento no es más que el salvavidas, y si acaso se le puede calificar sin duda será de glorioso, de heroico, de maravilloso, y así será al menos mientras lo pone a uno a salvo.

Existe un sentido místico, se hace real la proverbial longevidad de la esperanza, tiene un sentido profundo seguir al líder alfa a pesar de todos los elementos que pongan en duda el sentido de hacerlo. Existe esa idea de que seguir al guía en lo que diga, sin importar si es algo razonable o francamente descabellado, finalmente servirá de algo. Porque Juanito sin duda cree que algo pasará, que tendrá una recompensa, si no tangible, al menos de satisfacción personal: un papel en la historia.

Poder observar de primera mano en la persona de Juanito lo que sucede en las motivaciones y justificaciones profundas de los seguidores del líder perredista/petista (¿ambos? ¿ni lo uno ni lo otro?) nos permite comprender mejor no sólo a la parte de la población que cree que tiene otro presidente, sino al país mismo, al México en el que vivimos el día de hoy, y entender cómo es que se mantiene en el pueblo el efecto Juanito. Juanito Pueblo. El pueblo con Juanito.

junio 26, 2009

El voto blanco, al alza

Ramón Alberto Garza
Dossier Índigo
El Universal

Los mexicanos estamos cansados de la política. La corrupción y la impunidad nos robaron la capacidad de indignación. Ya no creemos en nada, ya no sabemos en quién creer.

El cinismo de la clase política ofende. Se acabó el escaso pudor. En la política mexicana el crimen ya no tiene castigo. Incluso es premiado. Pueden robarse partidas secretas, pactar monopolios para sus amigos, traficar con nuestros energéticos desde el extranjero, negociar la libertad de delincuentes, sentarse a la mesa con el narco. Lo que sea.

Nadie se dará cuenta. Y si se les descubre, la receta la tienen medida. Negarlo todo y aguantar hasta la próxima tormenta. El escándalo se borra con el de mañana. Pasó con Salinas y Fox. Con el Pemexgate y los Amigos de Fox. Con la caída del sistema en el 88 o con el haiga sido como haiga sido de 2006.

Nadie capturó a los asesinos ni de Posadas ni de Colosio ni de Ruiz Massieu. Tampoco a los victimarios de las muertas de Juárez o a los secuestradores de los cientos de Fernandos Martí o Silvias Vargas, ni a los responsables de las miles de ejecutados por la narcopolítica.

Las botellas de cogñac de Mario Marín se añejan en el olvido, los negocios judiciales del Jefe Diego trascienden los sexenios y los relojes Bulgari de Marta Sahagún marcan que estamos instalados en la hora de la impunidad.

Bejarano ya está libre para seguir “ligando” su próximo cargo; Ahumada, “fajador” de perredistas, es el literario juez supremo y Oscar Nahúm Círigo Vázquez legisla sin que haya sido electo por su nombre, sino por su alias de René Arce.

En política y negocios son los mismos apellidos de hace 30 años los lucran con una patente que les concedió el sistema priísta que no se desmantela. El mismo que secuestró en su tiempo al presidente del cambio y hoy hace lo suyo con el del empleo. Nunca antes el tamaño de los políticos mexicanos estuvo tan cerca del suelo. Nunca antes el clamor de “¡Hagamos algo por México!” estuvo más cerca del cielo. Y es que la ciudadanía ya se dio cuenta de que no importa por quién se vote el próximo 5 de julio, los jefes de los partidos ya tienen decidido quién manejará la agenda nacional.

Esta garantizada con sus diputados plurinominales, los que ya tienen asegurado su asiento en el Congreso. La mesa está puesta y el pastel está repartido. Para que todo siga igual. Sobre todo cuando la partidocracia se encargó de cerrar, por ley el paso a las candidaturas ciudadanas. Toda aspiración debe someterse a la dictadura de una siglas con las que la mayoría de los mexicanos no compartimos. Y nos sentimos atrapados.

Por eso hoy aparece un horizonte blanco para México. Es el movimiento del voto blanco, que cada día va tomando más fuerza para expulsar los colores oscuros de la mala política y darle transparencia a una sociedad que exige pesos y balanzas para reconstruirse.

Es un llamado a la esperanza que con distintos liderazgos, en distintas ciudades, despierta para recuperar los espacios ciudadanos en el quehacer político, que ya exige en México una cirugía mayor. No lo pierda de vista. El voto blanco será la bandera que ondee con más fuerza en las próximas elecciones de julio.

¿Quién vota nulo?

Diego Petersen Farah
diego.petersen@milenio.com
Acentos
Milenio

Las encuestas realizadas por la empresa Berumen y Asociados para Público-Milenio tienen una característica que las diferencian del resto de las publicadas en otros medios: esta es la única empresa de las que han publicado en Guadalajara que se hizo la encuesta con boleta (otras al parecer las hicieron con veleta, pues han ido cambiando el resultado según sopla el viento, pero ese es otro tema). Lo importante de hacer la encuesta con boleta y urna es que le da certeza metodológica, reduce el número de personas que se niegan a contestar y, específicamente para esta elección, permite medir lo que ha sido el fenómeno y la novedad de este proceso: el voto nulo.

Del universo total de la encuesta en Zapopan y Guadalajara 6.6 por ciento de los encuestados anularon su voto tachándolo o escribiendo alguna frase encima de la boleta (mentadas de madre incluidas). Por otra parte, 10.5 por ciento sólo depositaron la boleta en blanco. Para efectos de la elección todas estos votos se hubieran contabilizado como voto nulo, pero en términos de la encuesta el voto en blanco significa cosas tan diversas como: no se por quién votar, no quiero decirte por quién voy a votar, o mi voto no es para nadie, que equivaldría a la anulación conciente. Es decir, parte del voto en blanco puede ser voto nulo, pero no lo sabemos con exactitud. De este universo hay que descartar a los que es muy probable que no vayan a ir a votar. Gente que anula su voto en la encuesta, pero no sabe cuándo es la elección o nunca ha votado, es en realidad un abstencionista vestido a la moda anulacionista. De ahí que la estimación de escenario electoral es que la gente que irá a las urnas a anular su voto en Guadalajara y Zapopan este 5 de julio poco más o meno 5 por ciento de los electores, una cifra que habla del tamaño del malestar que hay contra los partidos. El voto nulo es hoy la tercera fuerza electoral en Guadalajara.

Otro dato muy interesante es el perfil del votante nulo. Una tercera parte corresponde al tipo más visible del anulacionista: clase media alta y alta, de alto perfil educativo. La sorpresa, al menos para mí, fue encontrar que 40 por ciento del voto nulo es de mujeres y que 75 por ciento de éstas son amas de casa; o que 36.4 por ciento tiene estudios de secundaria o menos. Es decir, este es un movimiento que, como los anuncios sobre alcoholismo, no respeta sexo, estudios ni condición social. No es el enojo de un grupo sino una expresión de toda la sociedad que no es homogénea, no es encasillable y que sólo tiene en común una cosa: el hartazgo por la manera de hacer política de los partidos.

Pluralidad sin rapacidad

José Antonio Crespo
Horizonte político
Excélsior

A Juan Manuel Saval, actor y amigo.

Tenemos un sistema pluralista que desde muchas perspectivas podría considerarse más democrático que uno de dos o tres partidos (aunque los de pocos partidos suelen ser más estables). Se parte de que la sociedad abriga diversas corrientes políticas, y otras que guardan matices, que debieran ser representadas en el Congreso. Igualmente, puede haber expresiones sobre temas específicos a los que los partidos grandes no prestan demasiada atención, como son los partidos ecologistas (los auténticos) o los que enfatizan la tolerancia a la diversidad sexual o de otra índole. De ahí que la pluralidad partidaria, en principio, pueda ser sana y democrática.

Pero en México, al parecer, no pasa mucho tiempo antes de que desvirtuemos los modelos que en otros países funcionan satisfactoriamente bien. El pluralismo se fortaleció con la reforma política de 1979 y se expandió al incrementarse el número de diputados plurinominales de 100 a 200, en 1987. El umbral para preservar el registro y merecer representación parlamentaria es relativamente bajo (2% de la votación emitida) con respecto a lo que sucede en otras democracias multipartidistas (generalmente, 5% de la votación emitida). Tras la reforma política de José López Portillo, afloraron diversas formaciones políticas, como el Partido Socialista Unificado de México (cuyo origen era el Partido Comunista, nacido en 1919), el Partido Revolucionario de los Trabajadores (de corte trotskista) y el Partido Mexicano de los Trabajadores, de Heberto Castillo. También surgieron formaciones a la derecha, como el Partido Demócrata Mexicano, de inspiración sinarquista. Y no podían faltar nuevos partidos paraestatales y mercenarios, como el Partido Socialista de los Trabajadores de Rafael Aguilar Talamantes, con el modelo de los ya existentes, como el PARM y el PPS.

Varios de esos partidos desaparecieron al fusionarse en uno mayor (como el Partido Mexicano Socialista, primero, y el PRD, después) o por haber perdido su registro. Pero la ley permitía (con buenas intenciones) el surgimiento de nuevos partidos, que desafortunadamente muy pronto adoptaron la modalidad de negocios familiares o aparatos mercenarios. Surgió el Partido Verde Ecologista de México, que jamás ha honrado cabalmente su ideario (como lo demuestra claramente su actual propuesta a favor de la pena de muerte), pero en cambio ha sido un estafador político, muy eficaz, a través de malabarismos y engañifas al electorado. Ha sido un redituable negocio familiar, además de un mercenario a la venta del mejor postor. Postor que hoy podrían ser las televisoras, según apuntan varios indicios recientes, como el hecho de que, según lo ha divulgado Carmen Aristegui, sus candidatos seguros provienen de las filas de Televisa. El PT, de Alberto Anaya; el PC, de Dante Delgado, y el Panal, estratégica pieza de Elba Esther Gordillo, están en una tesitura semejante: la de maniobrar políticamente en beneficio directo de sus respectivos regentes. También logró su registro, en 2006, el Partido Socialdemócrata (antes Alternativa), germen de una izquierda moderna y con una propuesta fresca. Muy pronto, una facción se apoderó de esa franquicia a fuerza de golpes y patadas, lo que orilló a su candidata presidencial, Patricia Mercado, a abandonar por congruencia el partido al que le dio el registro (pues, sin ella, difícilmente lo hubiera logrado).

Lo que tenemos hoy es, pues, una pluralidad basada en la rapacidad, el oportunismo, la incongruencia ideológica y las turbias componendas. No son un contrapeso de los partidos grandes, como muchos pretenden: mercadean sus votos legislativos o el respaldo electoral, pero a precio de oro (sólo hay que ver el tamaño de la factura pagada a la maestra Gordillo por su decisiva ayuda a Felipe Calderón en 2006). El dinero que se destina a esos partidos es imponente: casi la mitad del presupuesto partidario lo concentran los cinco partidos emergentes. Entre todos, perciben cerca de diez millones de pesos cada día, en este año electoral. Leo Zuckermann ha calculado que el Partido Verde recibe diez veces el presupuesto destinado al Instituto de Detección Epidemiológica; una aberración política. Cada uno de los votos de los pequeños resulta mucho más caro que el de los partidos grandes. En 2003, por ejemplo, cada voto por el PRI —la primera fuerza— costó 115 pesos (de por sí, mucho), en tanto que cada sufragio por el PT fue de 223 pesos. Cada voto a favor del Partido de la Sociedad Nacionalista —que afortunadamente ya perdió su registro— costó mil 410 pesos. La nueva ley electoral exige que, para preservar su registro, cada partido, coaligado o no con otros, deberá recibir 2% de la votación total emitida. Y debe recordarse que el voto de protesta (nulo o por candidato no registrado) también se computa para calcular ese umbral. Es decir, si una franja importante de abstencionistas decidiera mejor concurrir a las urnas y emitir un voto de protesta, varios de esos partidos-negocio podrían abandonar el tablero, sin que muchos les lloraran (salvo sus pocos beneficiarios directos).

En todo caso, no se trata de debilitar o desaparecer al sistema de partidos: no se ha llegado a ese punto (pero de persistir la cerrazón y la ceguera de los partidos, no estaremos lejos de ello). Se trata de legitimar y fortalecer al sistema de partidos y transformar éstos en unos menos abusivos, más incluyentes, más responsables ante sus electores. Por todo ello, convendría incluir en la próxima reforma electoral una ley de partidos para ese efecto, que contenga mecanismos de democracia interna, transparencia y mejor rendición de cuentas. Una ley que permita generar una pluralidad partidaria con representatividad, una pluralidad sin impunidad, una pluralidad sin rapacidad.

Lo que tenemos hoy, pues, es una pluralidad basada en la rapacidad, el oportunismo, la incongruencia ideológica y las turbias componendas.

¿Fin de la abnegación política y social? El voto nulo SÍ cuenta

Víctor Sánchez Baños
Poder y dinero
La Crónica de Hoy


El honor consiste en hacer hermoso aquello que uno está obligado a realizar. Alfred Victor de Vigny (1797-1863)
Escritor francés

Aquellos que quieren obligar a los mexicanos a votar por uno de los partidos políticos que están en las boletas electorales, se han convertido en intolerantes ante un ejercicio ciudadano de libertad.

El voto nulo cuenta. El voto nulo es una patada a los todo poderosos hombres de la política. El voto nulo (léase NO en blanco ya que debe anularse al votar por cualquier, incluso por tu perro que tendría más fidelidad que muchos políticos), es al final de cuentas una opción.

Ayer les platiqué de José Samarago y su libro Ensayo de la lucidez que habla de las elecciones en un estado cualquiera donde el 80 por ciento de la población votara en blanco. Desde el presidente hasta los más “humildes” burócratas se vuelven locos en primero justificarlo a su favor hasta la descalificación sistemática de una sociedad harta de la corrupción, la ineficiencia “e” impunidad (con “e”).

México en la antesala del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución, parece que tiene poco que conmemorar. No ha cambiado la historia de los que menos tienen y cada día se ensancha la brecha para que las clases medias puedan ascender. Todo derivado a las malas políticas gubernamentales que no ofrecen reglas para estimular la competitividad, por una parte, y consolidar los derechos constitucionales a la educación, el trabajo y a la justicia.

Por, y más, anularé mi voto. El 6 de julio, ese lunes, veremos cuántos mexicanos no están de acuerdo con la clase política y la forma en que gobierna. Seremos cientos de miles… quizá millones. De ese tamaño será el zapato para patear a los incompetentes.

PODEROSOS CABALLEROS.- Alejandro Martí, esta cegado por su protagonismo. Ahora quiere montarse en movimientos sociales que demuestran el hartazgo de los mexicanos contra los políticos. Creo en los liderazgos independientes y auténticos. No creo en aquellos que aprovechando una desgracia pública o personal se conviertan en adalides de la justicia y la libertad. Es un asunto de congruencias. Martí puede decir lo que quiera y, yo, en mi libertad de expresar lo que desee incluso de aquellos que se auto proclaman “líderes”. Yo no elegí a Martí; ni tú ni nadie. Si quiere hablar por mí, pues cuando menos que me lo pregunte. Yo no acepto los liderazgos de plásticos como los de los políticos o esos nuevos paladines. No descalifico lo que piensa. Es libre de hacerlo. Descalifico su protagonismo.*** Por la ley electoral, el IFE suspende campañas cuatro días antes de las elecciones. ¿Por qué tratan al electorado como retrasado mental? ¿No se han dado cuenta que el ciudadano ya no quiere del “cuidado” en la toma de sus decisiones electorales?*** El voto nulo es peor que la influenza y los políticos están presas del pánico. Escuché hoy a Jacobo Zabludowsky que se suma al voto nulo. Imagínense, Manuel Bartlett también.

CHIQUILLERÍA.-Va como puntero por la alcaldía de Temoaya, Edomex, el candidato del PRD, Geraldo García Garduño. ***La verdad, poco me conmueve que Michael Jackson se haya ido del planeta. Sus perversiones con niños aniquilaron la admiración que alguna vez tuve por su música. *** Empieza el mea culpa de los funcionarios. Empieza Daniel Karam del IMSS, quien reconoce la responsabilidad del Instituto.

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